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Tiranías con buena prensa

Carlos Mármol | 23 de octubre de 2011 a las 6:05

El PP ha conseguido con los coches lo mismo que PSOE-IU con las bicicletas:que sus conductores crean que la ciudad es suya, obvien la normativa vial y recuperen su orgullo de clase privilegiada. Todo un logro político.

Las vueltas que da la vida. Quién iba a decirnos que justo el término –y el argumento entero, en realidad– que hace unos años esgrimían los comerciantes de Sevilla –su representación gremial, al menos– contra los ciclistas iba a poder aplicársele, sin forzar siquiera la mano, a los coches particulares a los que el nuevo gobierno municipal ha decidido volver a permitir el acceso libre, sin restricciones reales, al centro de la ciudad. Una gesta política en toda regla que, aunque esté amparada en una promesa electoral, puede terminar provocando importantes dolores de cabeza al ejecutivo local del PP.

Cuando Zoido era el líder de la oposición no se cansó de reclamar al equipo de Monteseirín que ordenase la circulación de los ciclistas por las zonas peatonales. Algo lógico. Razonable. Entonces a algunos, sin embargo, no se lo parecía tanto. Tras la construcción de la red de carriles bici y la aprobación de la ordenanza municipal que regulaba el acceso al centro, los usuarios de ciclos se vinieron arriba de tal forma que parecía que toda la ciudad era propiedad únicamente suya. Al menos, ésa era la opinión general entre los ciudadanos. Y ya se sabe: las cosas no siempre son como son, sino como parece que son.

Sin desdeñar el gran avance que para la ciudad ha supuesto la utilización de la bicicleta como medio de transporte ordinario –un mérito de IU que el PSOE se encargó pronto de intentar patrimonializar a su favor debido a su enorme éxito social–, y a pesar de la deficiente ejecución de algunos tramos de la red de carriles, lo cierto es que el anterior gobierno municipal pecó de ingenuidad al dejar la ordenación viaria de las zonas centrales de la ciudad en segundo término, limitándose a hacer las obras. Tarde y mal, en muchos casos. Y a un coste notable, también. La regulación viaria sólo se abordó cuando el problema ya estaba salido de madre y se había instaurado en la mente de los peatones, que somos todos, la creencia de que lo de ir en bici está muy bien siempre y cuando no te arrollen mientras caminas.

Para entonces, las posiciones de ambas partes en litigio estaban demasiado radicalizadas. Los ciclistas –representados por la entidad A contramano; deberían pensar en ir cambiando de nombre– alegaban que respetaban las normas y que eran fuerzas contrarias al progreso quienes se oponían a la presencia de la bici. Los comerciantes, que ya se sabe que todo lo que no sea un coche en doble fila no lo ven como un beneficio para sus negocios, los acusaban directamente de ser los nuevos “tiranos”. Ambas partes, probablemente, tenían a su manera una porción de razón.

Como los políticos, más que serenar los ánimos y solventar problemas, disfrutan en muchas ocasiones empeorándolos –prefieren reafirmarse sí mismos en lugar de cambiar las cosas– el PP, dado que estaba en la oposición, apoyó las quejas de los comerciantes y PSOE e IU, entonces en la Alcaldía, la de los votantes que utilizaban la bici. Conclusión: el conflicto latente desde entonces no ha dejado de repetirse con más o menos intensidad. Especialmente después de que el anterior Consistorio decidiera que todos los espacios públicos ganados al coche durante la última década podían compartimentarse para satisfacer a las distintas minorías en liza.

Un ejemplo de esta falta de criterio es la avenida de la Constitución, donde el viejo sueño peatonal hace tiempo que se frustró debido a la coexistencia del tranvía, la bicicleta y, sobre todo, la avalancha de terrazas (puestas en cualquier sitio) que han proliferado. Desde que el Gobierno central prohibió fumar dentro de los bares, el negocio se trasladó de dentro afuera. A la calle. El resultado práctico ha sido que muchos de los nuevos espacios ciudadanos se han convertido en gigantescos abrevaderos al aire libre donde puedes comer, ir en bici o tomar un refresco, pero es casi imposible caminar con cierta tranquilidad.

La convivencia sigue sin ser nada fácil. Porque, como suele suceder, los diferentes no pueden cohabitar sin unas reglas del juego adecuadas y alguien que vele por su cumplimiento. Las ordenanzas no evitan que los más grandes –tranvía o ciclistas, que paradójicamente continúan sin asumir del todo su condición de lobby– terminen imponiéndose a los más pequeños, que ahora son –y serán siempre– los peatones. Más en número, pero mucho más frágiles.

Con esta cuestión sin arreglar estábamos hasta que Zoido ganó las elecciones locales. En tres meses de gobierno su equipo no ha hecho demasiado por poner ideas nuevas encima de la mesa para dar salida a este litigio. Se ha limitado a derogar el Plan Centro –que impedía a los coches privados entrar en el corazón de Sevilla por encima de un tiempo prudencial–, suplir las cámaras de vigilancia por policías locales que ponen multas (10.000 sanciones) y anunciar, sin concretar demasiado, el retorno de la zona azul:un sistema de pago por estacionar un máximo de dos horas que sólo beneficiará a quien la administra. Nunca a los residentes, para los que no está concebida.

No ha sido su única aportación. Hace unas semanas insinuó que no descartaba la vieja aspiración de construir un aparcamiento en la Alameda de Hércules, el gran espacio público del centro de Sevilla. La cosa parecía un globo sonda para testar el grado de oposición vecinal. Los populares, que parecen haber entregado la ciudad a los interlocutores del gremio de comerciantes –colectivo que se ha negado siempre a la peatonalización y que todavía sigue diciendo que restringir el tráfico mata sus negocios, que probablemente mueran por culpa de ellos mismos– son conscientes de que la propuesta generaría cierta polémica. No parece probable que la aborden a corto plazo, pero siempre podrán argumentar ante los votantes que irán a las urnas en las autonómicas que ellos están dispuestos a pesar de que haya que modificar el Plan General. Y asumir el desgaste de destruir una plaza viva donde en los últimos años se han invertido cinco millones de euros. Dinero que se tiraría a la basura.

El PP parece no tener ninguna alternativa para ordenar el tráfico en el casco histórico. Y, si existe, no la aplicarán hasta después de primavera, cuando se despeje la incógnita de San Telmo. ¿Significa eso que la circulación, de nuevo caótica, se va a quedar como está? Lo más seguro es que sí. Zoido se limita a hacer anuncios genéricos pero sin entrar en el corazón de las cuestiones. El nuevo ejecutivo local ni siquiera ha estudiado en profundidad cómo mejorar el transporte público disponible en el centro, principal perjudicado por la barra libre que implica la legalización de la circulación indiscriminada de vehículos privados. Su inactividad contrasta con el argumento que entonces esgrimían:“antes de blindar el centro hay que mejorar el transporte público”.

Muy bien.¿Por qué no lo hacen de verdad? Su única decisión ha sido cambiar paradas de algunas líneas periféricas hacia el interior del centro. El problema real está en los barrios más próximos al casco histórico. Como es obvio que el Metro va a tardar en ir por el centro, podrían redimensionar a conciencia las líneas de Tussam, algo que proponía el PGOU y que Monteseirín dejó pendiente. ¿Dónde está la eficacia suiza?

Todas las líneas de transporte de Tussam al centro han perdido viajeros este año. Algunas han sufrido un descenso de hasta dos dígitos. Menos clientes, menos dinero. Peor servicio. Una ecuación que debería ser suficiente para que alguien entienda que la derogación del Plan Centro también perjudica comercialmente a Tussam. La empresa municipal necesita ganar mercado si no quiere continuar en la ruina. Motivo evidente para estudiar, con el necesario consenso, un plan alternativo al que existía. Todo lo que no sea esto sólo es marear la perdiz.

A la tiranía de los ciclistas le ha sucedido ahora la de los coches. Es peor. Sólo sucede que, para algunos, todavía tiene buena prensa.

La guerra de astracán

Carlos Mármol | 16 de octubre de 2011 a las 6:05

El nuevo gobierno municipal diseña toda su acción política en función de los intereses electorales del PP en las generales y las autonómicas. Los problemas de Sevilla pasan a un segundo plano. Lo que importa es ganar.

El episodio, según cuentan los historiadores, le sucedió a los conquistadores musulmanes que a las órdenes de un cruel cobrador de impuestos árabe llamado Musa, acusado de malversación de caudales en Basora, arribaron por vez primera a Híspalis para convertirla en lo que después sería Isbilya. Su victoria sobre los cristianos fue tan rotunda que llegó un momento en el que perdieron el sentido de su propio sendero. Dejaron de mirar hacia atrás. Se olvidaron de dónde venían, quién los mandaba y a quién servían.

Empezaron a creerse los elegidos. La letra alfa de la nueva era. Los señores del nuevo predio recién ganado. Lo primero que hicieron fue pactar o directamente emparentar con los propietarios seculares de la tierra –las familias visigodas– para consolidar así su poder, acuñar moneda propia y repartir tierras entre la soldadesca sin las bendiciones expresas del gran califa. Se trataba de echar raíces sólidas, permanentes. Musa fue llamado a consultas al Damasco de los Omeyas. Jamás regresó de nuevo a Al-Andalus.

Todos los triunfos abrumadores encierran en su interior una maldición secreta:la pérdida de perspectiva. Quizás por eso siempre se diga que lo importante en política no es tanto llegar al poder, sino saber permanecer cierto tiempo en la cima. Una complicada tarea que para muchos requiere ejercer la violencia, o el quebranto, y que en realidad más bien consiste en tener siempre presente la lección del Tao:pase lo que pase, ocurra lo que ocurra, nunca dejamos de ser lo que fuimos antes de llegar.

Suele citarse al respecto de esta cuestión la sabia costumbre romana de recordar al soberano –casi siempre un dictador– que, a pesar de las adulaciones y los requiebros, aunque se vanaglorien del exagerado culto a la personalidad que caracteriza a todas las sociedades serviles, quien manda sigue siendo humano. A la vista está que los césares no solían hacer demasiado caso del consejo. El poder cierra los oídos, tiende a confundir las voces con los ecos y, en general, obliga a quien cree tenerlo –si realmente lo tiene– a caminar por un sendero autista, ensimismado. Insensible a la calle.

Cuestión distinta es que este tránsito, inevitable en muchas ocasiones, sea ya una deriva voluntaria. Entonces la cosa es más preocupante. El gobernante que deja de apreciar las razones y motivos que lo han conducido al poder –creyendo que éste será siempre eterno, o al menos duradero– para dedicarse a sus asuntos particulares está condenado a tener, antes o después, problemas.

Algo de eso parece estarle ocurriendo ya, a los tres meses de llegar, al gobierno municipal de Sevilla, al que Zoido arribó con una mayoría política de 20 concejales que le permitirá reinar sin problemas hasta dentro de cuatro años. Puede que incluso más, porque la democracia formal en la que vivimos obliga a conservar en el tiempo esta foto fija aunque puedan producirse cambios posteriores en la apreciación de los votantes. Como tantas veces, asumimos una convención para poder manejarnos. Mientras tanto, el mundo cambia. Los días corren. Los templos, sobre todo los financieros, se tambalean. Todo empeora.

Zoido llegó a la Alcaldía prometiendo algo que probablemente no podrá cumplir –crear más empleo–, mucha austeridad y eficacia helvética. Como la de los relojes suizos. Probablemente en la primera cuestión, en el fondo, ni siquiera tuviera mala intención: sencillamente arreglar el drama del paro está fuera de su ámbito de acción política. A lo sumo sólo podría atenuarlo. La paradoja radica en haber garantizado que podría hacerlo sabiendo que en los tiempos que corren trabajar se ha convertido casi en una utopía.

Sobre la austeridad y la eficacia habría mucho que hablar, a pesar de que en la Plaza Nueva quieren salvar este debate presumiendo –hacia afuera– de unas costumbres espartanas que son más que discutibles. Sobre todo si, en lugar de dejar que cada uno se forme su propio juicio con datos, quien las pregona es el propio monje que las practica. Basta comparar los compases del nuevo mandato con la etapa de gobierno de Soledad Becerril –el único antecedente de un gobierno local del PP– para poder sacar las conclusiones pertinentes. La marquesa sí que era espartana. De verdad. Bastaba oír a sus colaboradores maldiciendo tan sobrias costumbres –propias de quien se arregla con la lectura y la música; ¿para qué más?– para darse cuenta que, en su caso, la austeridad era una convicción, no un eslogán. El equipo de Zoido, en cambio, habla poco y con cierto temor. Se nota que la guardia pretoriana les ha prohibido a muchos incluso hacer uso de la palabra según con quién sea. Lástima. No existe otro sistema para que te comprendan que te escuchen.

De todas formas, si se mira con ojos irónicos, tampoco el balance municipal es tan magro. Zoido ha conseguido muchas cosas en estos meses: tomar posesión, hacer un gobierno propio, lamentarse por la herencia recibida –sobre todo– y derogar el Plan Centro, el único intento serio para limitar el acceso de los coches al corazón monumental de la ciudad. También, claro está, según nos ilustran sus exégetas, que son legión, conseguir la final de la Copa Davis para Sevilla. Todo un hito si no fuera porque la perspectiva desde la cual algunos ciudadanos contemplan este episodio es bastante más tibia en relación a otros tiempos, cuando parecíamos ricos y felices.

Durante la campaña los socialistas acusaban al PP de tener una agenda oculta que no revelaban y que aplicarían cuando llegasen al gobierno. La agenda oculta era como la caja de Pandora, llena de calamidades. Hasta ahora, en cambio, lo único que se percibe es que la biblia que guía los pasos del alcalde es un agenda paralela:la de contribuir a que Rajoy y Arenas –sobre todo el último– ganen sus respectivos comicios electorales. El alcalde da la impresión de haber diseñado toda su estrategia sobre este pilar, sin reparar, acaso, que esta elección implica relegar a un papel bastante secundario los verdaderos problemas de Sevilla.

Se dirá que esto no es así. Que la ciudad está mejor, que se nota la capacidad de mando. Bueno. Cada uno es libre de pensar lo que guste. Lo indiscutible es que el regidor está más preocupado por mantener, amplificar y cuidar los frentes institucionales contra la Junta –todavía en manos de los socialistas– que en arreglar determinadas cuestiones. Ejemplos: el tráfico en el centro es un caos tras la eliminación del Plan Centro. En vez de encontrar una solución de consenso –que es lo que Monteseirín nunca fue capaz de hacer– ordena una investigación sobre el pasado, pone multas y anuncia la vuelta de la zona azul sin abordar el fondo de la cuestión.

Otro: las empresas municipales están casi en quiebra. En vez de aplicar un plan de urgencia, mantiene las hipotecas, recoloca o conserva a algunos antiguos directivos de su cuerda y aprueba medidas electoralistas como el bonobús de la tercera edad, reduciendo las inversiones. ¿Busca así la salvación de las empresas? Todas sus decisiones tienen un único mensaje:vota a Arenas. Impuestos: prometió bajarlos de inmediato pero, salvo excepciones, ahora dice que lo hará en cuatro años. La Davis: la pagará un ayuntamiento arruinado pero sirve para amplificar en el Parlamento –en los medios– la tesis del victimismo.

“La Junta maltrata a Sevilla: no le paga las deudas, bloquea sus iniciativas, no soporta la victoria del PP”. Todo esto está muy bien. Incluso puede que, en parte, sea cierto. Ya lo reivindicó en su día el socialista Caballos. No es cosa de ahora. La pregunta más bien es otra: ¿tanta queja arregla en realidad algo o sólo constata lo evidente? A Zoido lo votaron para gobernar. No para poner en escena La Venganza de Don Mendo. Una guerra de astracán.

Por decreto

Carlos Mármol | 26 de julio de 2011 a las 19:00

Ni hacía ninguna falta ni, a tenor del discurso oficial del PP, parecía ser conveniente. Pero ninguna de estas dos circunstancias ha servido de nada. Zoido decidió ayer derogar el Plan Centro por decreto. Promesa electoral cumplida, contradicción sobre la mesa.

Habrá quien piense que lo que ha hecho el nuevo alcalde es un ejercicio de coherencia: cumplir lo que decía su programa electoral. Es discutible. No tanto en el fondo –la eliminación de las restricciones del vehículo privado en el casco antiguo– sino en las formas: con una inesperada resolución de la Alcaldía –quien la firma viene a ser lo de menos– que instaura el viejo vicio del ordeno y mando.

Se dirá que el anterior regidor, Monteseirín, usó idéntico procedimiento. ¿Lo hace eso acaso mejor? No lo parece. Si éste es el argumento único del PP resulta débil. Infantil. Exculpatorio. Si a Monteseirín se le reprochaba haber impuesto el Plan en lugar de consensuarlo con los afectados, a su sucesor puede aplicársele el mismo patrón, pero en sentido negativo. Impone su derogación, sin matices ni consenso que valga. Que Zoido cuente con una mayoría de 20 ediles y Monteseirín tuviera una de 17 concejales es secundario. Los dos tuvieron en su momento el requisito esencial: suficientes votos en el Pleno.

                                                       Foto: Juan Carlos Vázquez

Extraña el camino elegido. Zoido, que pregonaba el consenso para todo en su etapa en la oposición, y que nada más tomar posesión prometió que gobernaría como si no tuviera la absolutísima mayoría de la que disfruta, anunció que llevaría al Pleno la derogación. Al menos la oposición iba a tener derecho al pataleo. Tres días antes decide promulgar la resolución, después de que su versión oficial –que las cámaras no funcionaban– haya sido desmentida por los propios funcionarios municipales. Algo falla. Había prevista una manifestación de protesta de 23 colectivos. ¿Miedo a la calle? Quizás no. Pero el cambio de criterio da que pensar. Y bastante.

Argumentos para una derogación

Carlos Mármol | 24 de julio de 2011 a las 6:06

La eliminación del Plan Centro, que a pesar de sus errores ha conseguido reducir la afluencia de vehículos al corazón de Sevilla, pondrá a Zoido frente a la primera movilización ciudadana contraria a su gestión política.

La estampa es asombrosa. Inusual. Todo un acontecimiento: ver al nuevo gobierno local admitiendo, por vez primera, algún tipo de éxito por parte del anterior ejecutivo municipal, al que siempre culpó de todos los males que en Sevilla, como decía la célebre cita de Miguel de Cervantes, “vieron los siglos pasados, los presentes y esperan ver los venideros”.

Lo digo por un llamado informe –yo lo denominaría de otra forma, pero ésta es una cuestión que ahora no viene al caso– que esta semana se ha sacado de la chistera la Alcaldía para justificar su honda obsesión (otros lo llaman coherencia) por derogar el Plan Centro. Ya saben: el sistema municipal de control de vehículos privados del corazón de Sevilla que, con pedagogía escasa y errores ciertamente notables, vino a poner en marcha el equipo de gobierno presidido por Monteseirín en la última fase de su tercer mandato. Antes del ocaso.

Resulta que Zoido, que juró durante la campaña electoral derogar tal medida, y que probablemente lo haga esta próxima semana en un Pleno que promete ser entretenido (tratándose de una sesión de la Corporación esto ya es toda una novedad), ha desvelado esta semana, amparándose en dicho dictamen, que las cámaras de vigilancia que debían velar por la aplicación de la medida están desactivadas desde marzo. Por tanto, su idea de dejar sin efecto las restricciones en realidad no causará problema alguno en la movilidad de la ciudad.

El documento, en honor a la verdad, no es un informe, aunque esté encabezado con este generoso epígrafe. Tampoco es técnico. Viene a ser algo así como un folio y pico que firma el director general de movilidad –que no es funcionario, sino arquitecto; uno de los altos cargos fichados por el PP del sector privado– donde se expone un singular análisis sobre la aplicación de esta polémica iniciativa municipal. El miembro del equipo de Zoido afirma (en realidad supone; de ahí las dudas sobre su naturaleza técnica) que la causa de la inoperatividad del sistema de cámaras de vigilancia del centro “pueden ser los índices de error por las deficiencias en las lecturas de las matrículas [de los coches]”. Ylo pone en negritas, para que no haya dudas. Bueno.

Lo mejor del informe, sin embargo, no es su conclusión (discutible), sino su inicio. Lo que los retóricos llamaban el introito. Reza así: “Desde 2007 a 2011 se ha producido un descenso del 48% del tráfico de vehículos particulares a la zona centro de Sevilla”. Todo un dato a tener en cuenta. De ser verdad tal afirmación –cosa que no hay que poner en duda– habría que concluir que el Plan Centro, tan denostado, ha sido un rotundo éxito incluso antes siquiera de nacer.

Porque el sistema no empezó a funcionar hasta finales de 2010. Que vengan menos coches al casco antiguo de Sevilla –100.000 vehículos lo colapsaban a diario– es un mérito del anterior gobierno local, que, como el Cid, después de fenecido ha salido triunfante del envite. Que lo diga además el actual ejecutivo municipal es doble honor. Se sabe: uno no debería juzgarse nunca a sí mismo (cosa que suelen hacer los políticos), sino aceptar que sean los otros los que analicen tus gestas. Sobre todo en la vida pública.

El PP, obviamente, no lo interpreta igual. Considera que en realidad ha sido un fracaso, algo que a todas luces es contradictorio con el único dato expuesto en el citado informe. De todas formas, la lógica en esto tiene muy poco que decir. Zoido va a derogarlo sí o sí, como se dice ahora. No hay mucho que discutir. Y, sin embargo, los argumentos de fondo en los que se sustenta esta inminente decisión política denotan cuál es la mentalidad predominante en el gobierno local sobre lo que es (o debe ser) una ciudad. Su nuez histórica, más concretamente.

El alto cargo municipal que firma este estudio nos aclara la cuestión: el Ayuntamiento, al parecer, ha recibido “quejas de los comerciantes y de las empresas que gestionan los párkings rotatorios” instalados (todavía) dentro del conjunto histórico. Dicen haber perdido clientes. Esto es: vinculan un hecho (el descenso del tráfico privado) con otro (la pérdida de ingresos). En el caso de los aparcamientos, no cabe duda: a menos coches, menos ingresos. En el supuesto de los comerciantes (afectados por la crisis, igual que todos) la cuestión ya es mucho más subjetiva. ¿La gente no va a comprar a sus comercios sólo porque no llegan a ellos en coche o quizás por otros motivos?

El Ayuntamiento dice además que, junto a las quejas de estos sectores, con evidentes intereses crematísticos en el acceso de vehículos al centro, “el ciudadano no ha entendido la medida”. Llamativo: ¿si no se ha entendido la medida cómo es que vienen muchos menos coches al centro? Todo un misterio.

Dejando de lado todas estas incógnitas, que me temo que nadie va a aclarar, el gobierno local concluye –sin dar argumento alguno– que modificar el sistema actual, como ha propuesto la oposición, “no mejoraría la consideración que los sectores económicos tienen del Plan Centro”. Magnífico: la cuestión no es el beneficio general de la medida, sino la consideración de los “colectivos económicos” antes citados. Previsible, por otra parte: a la oposición se le ofrecen todos los pactos del mundo pero a la hora de la verdad sus propuestas se desestiman. Para eso el PP cuenta con una mayoría (absolutísima) en el Pleno.

La principal razón del PP para derogar el Plan Centro es que “en estos tiempos de crisis hay que facilitar las transacciones económicas y las correctas relaciones comerciales entre los diferentes sectores de la población”. Lo de “correctas” es notable. De dicha afirmación se desprende que la movilidad en la ciudad es una cuestión en la que el único criterio a considerar, frente a todos los posibles, es la facturación de determinados negocios y tiendas particulares. Revelador, sin duda.

Que el Plan Centro nació con problemas no es un secreto. El anterior gobierno local lo quiso imponer (más que consensuar) e improvisó su implantación hasta el infinito, actitud que avivó la controversia. El tiempo, sin embargo, le ha dado la razón: la circulación (y el aparcamiento) han mejorado en el centro. Dado que las cámaras no han funcionado parece que el éxito consistió más bien en un factor psicológico: se convenció a los conductores de que se puede vivir sin llegar en coche a todos sitios. No es lo ideal, pero parece suficiente. Ni el centro se ha muerto (basta mirar a la calle para darse cuenta) ni la ciudad se ha colapsado. El plan puede y debe mejorarse. Pero levantar la veda al vehículo privado no traerá mejora alguna. Más bien quizás el colapso que se vaticinaba.

Zoido tiene que reformar una ordenanza vigente para poder derogar el plan. Todavía es un misterio si no hará en su totalidad o en parte. Tampoco se sabe si sustituirá otras medidas de dicha ordenanza. Su pregonada política de transparencia aún no ha aclarado este extremo. Sí parece claro, a tenor del informe que ha enseñado esta semana el PP, que su visión de Sevilla está mucho más influida por las quejas de estos colectivos (los párkings y un sector de los comerciantes, curiosamente aquellos instalados en zonas peatonales) que por otros ciudadanos con mentalidad distinta, menos condicionados por la facturación a la hora de discutir el tipo de ciudad en la que desean vivir. Al parecer, el centro de Sevilla no debe servir más que para aparcar en los párkings rotatorios y comprar en ciertas tiendas. Todo lo demás es secundario. Salvo el día del Corpus, por supuesto.

El regidor afirma que debe cumplir su promesa electoral. Es su opción. También lo es la decisión de las entidades sociales favorables al proyecto (peatones, ciclistas, ecologistas, discapacitados y hasta los taxistas, colectivos dispares) de manifestarse contra su derogación por entender que perjudica a la ciudad. Será la primera concentración contra la política de Zoido. El autotitulado alcalde de la calle. Veremos.