La Noria » PSOE

Archivos para el tag ‘PSOE’

‘Momentum catastrophicum’

Carlos Mármol | 15 de julio de 2012 a las 6:06

El guión estaba escrito antes de empezar: los ‘susánidas’ logran la mayoría orgánica en el congreso del PSOE de Sevilla y relegan a los ‘críticos’ a las catacumbas, paradójicamente cuando por fin habían logrado un líder y avales.

El congreso provincial del PSOE de Sevilla de ayer tuvo algo de cuadro descompuesto y grotesco. Expresionista. Lo digo sin ánimo de ofender, aunque seguro que algunos –los de siempre– se van a dar inevitablemente por aludidos. Allá ellos. Es igual. Mientras en la calle el grado de cabreo civil sube en intensidad –la última vuelta de tuerca del Gobierno de Rajoy ha provocado que no haya otro tema en la agenda doméstica, que a efectos políticos es la única que cuenta– en el Hotel Alcora estuvieron hasta bien entrada la noche las respectivas tribus socialistas para elegir a su nueva dirección política, hablar de cómo va lo suyo, maldecir con cariño y afecto a los compañeros y resituarse, dependiendo de si la suerte les ha sido más o propicia, en el statu quo que va a dirigir la organización durante los próximos años.

El guión ya estaba escrito de antemano. Tan sólo los aficionados y los voluntariamente intoxicados, algunos con sumo gusto, cegados probablemente por la sensación de sentirse importantes en la sobremesa, víctimas del aparato de propaganda habitual, tan hábil en los reservados cercanos a las Cinco Llagas como inconsistente después en determinados foros públicos, creyeron de verdad que los críticos, como se denominan a sí mismos desde los tiempos pretéritos –Deo gratia– de Monteseirín, contaban realmente con una oportunidad cierta para plantar una batalla de fondo por el control de la agrupación más importante del PSOE en España.

La guerra era desigual desde los mismos términos de origen:un sector tenía la caja de las nóminas de los delegados que formaban el cuerpo electoral y el otro constituía una alianza heterogénea de antiguos enemigos –hoy compañeros de un extraño viaje que parece no ir a ninguna parte– cuya única aspiración confesa era no quedarse a partir de ahora varados en la cuneta, fuera del poder institucional, que es el único alfa y omega de la política que se hace en nuestros días, donde si tienes una idea eres un peligro pero si practicas la adulación tu futuro será grande.

Estrictamente hablando, en el cónclave socialista lo que ha predominado no ha sido ni el sentido de la ambición ni aquello que el filósofo Nietzsche llamó la “voluntad de dominio”. No. Todo ha sido mucho más pedestre, provinciano, de andar por casa. Parecido a la famosa academia científico-literaria de chapelaudienses que el gran Baroja, el hombre malo de Itzea, se inventó para desmenuzar en un soberbio libro menor ese engendro político que es el nacionalismo extremo.

Su singular tesis, esbozada en este divertidísimo ensayo breve titulado Momentum catastrophicum, viene a cuestionar, con un sentido del humor que desmiente su leyenda de hombre huraño, los principios defendidos por aquellos que consideran, como si fuera un dogma, que un hecho tan banal como el lugar de nacimiento debería contar con una traducción política estable. Doctrina absurda, por otro lado, porque ni importa mucho donde se viene al mundo, ni existen las razas –salvo que se asesine para lograrlas– y ni siquiera el idioma hace patria alguna. No digamos ya la militancia política. Y menos en el PSOE de Sevilla, donde todos se han acostado –en el sentido platónico del término– con todos y la promiscuidad política no puede estar mal vista salvo que ésta no termine dando los resultados deseados. No se trata de una cuestión moral, sino de un singular sentido del pragmatismo, que es la doctrina ambigua de los hipócritas, el escudo bajo el que se cobijan los apetitos insaciables.

Que la guerra púnica entre los socialistas sevillanos es una cuestión de vanidades frustradas, antipatías personales e intereses –las mismas razones que para Baroja explican el nacionalismo– lo demuestran, además de los personajes principales, un somero análisis de los mensajes de las dos candidaturas en duelo. Empezando por los lemas.

Para unos la cosa se trataba de “sentir a Sevilla”, frase que, además de ambigua –los sentimientos pueden ser tan variados como las personas; el odio es lo único que siempre es igual–, viene a ser una réplica del populismo huero que tan bien ha usado Juan Ignacio Zoido, encumbrado ayer a la presidencia del PP andaluz en un congreso abrupto que terminó antes de lo previsto para evitar que las protestas sociales terminaran estropeando la foto a “los vencedores” que, de momento, siguen en la oposición en la Cinco Llagas.

Para los otros, en cambio, la disyuntiva era de otra índole. Había que demostrar que “juntos, somos más”. Cosa realmente notable, pues se trata de una obviedad aritmética: dos siempre suman más que uno. Tres más que dos. Y así sucesivamente. La cuestión en realidad no era tanto sumar más, sino ver si los elementos en confrontación podían llegar a soportarse. Y en el caso del PSOE sevillano está claro que no. El grado de incompatibilidad mutuo es alto y manifiesto. Desde antiguo.

Al final, se impusieron los susánidas –nombre del ejército institucional encabezado por Susana Díaz, la nueva general secretaria del PSOE sevillano– al conseguir casi siete de cada diez votos en disputa. No ha sido una victoria espectacular –en el anterior congreso el tándem ya roto que formaron Viera y Díaz obtuvo un 88% de apoyos– pero sí holgada para poner en práctica sin problema la doctrina Griñán, que consiste en ignorar a los críticos a pesar de que éstos, a la desesperada, intenten hacerse notar votando en blanco (como pasó en Almería) y enarbolando listas alternativas cuyo objetivo no es ganar, sino no morir. La integración propia era el único móvil que orientaba su discurso. Un claro síntoma de debilidad.

A tenor de los resultados, el pulso de los críticos ha sido fallido. Motivos: pierden dos puntos porcentuales en relación al congresillo del pasado mes de junio –del 35 al 33%– y han sido laminados por la nueva mayoría en los órganos de dirección, paradójicamente justo en el momento en el que habían dejado de ser anónimos –Gutiérrez Limones es ahora su referente– y contaban con avales para poder presentarse ante el aparato. Hace cuatro años ni siquiera pudieron intentarlo.

Ahora lo han hecho, aunque muy tarde y sin más mensaje que la peregrina idea de que Sevilla capital forme una agrupación independiente a la provincial, un asunto que sólo persigue zafarse de la incomodidad que para las aspiraciones personales de algunos implica que la mayoría crítica en la ciudad –cada día más débil– esté supeditada al ámbito provincial. Su mensaje heroico –somos David contra Goliath– era exagerado. En esta ocasión sí contaban con refugio institucional en los grandes municipios metropolitanos. Los alcaldes son los que corrían menos riesgos. Otros lo van a pasar peor. Ansiaban revalidar la gesta de José Caballos (45% de votos en 2004 con todo el aparato regional en su contra). Han sacado doce puntos menos. Muy lejos del cielo. Demasiado cerca de un infierno llamado Susana Díaz Pacheco.

Guerras púnicas, el capítulo infinito

Carlos Mármol | 6 de julio de 2012 a las 6:06

Las tribus del socialismo sevillano tocan los tambores de una nueva guerra en la que lo que está en juego no es quienes serán los vencedores, sino la propia supervivencia de una de las dos corrientes internas del partido.

Las tribus del socialismo patrio, que es lo mismo que decir sevillano, porque para ellas el partido en Sevilla es como su familia, y en los clanes unidos por el parentesco ya se conoce que puede suceder de todo, tienen reunión en Almería este fin de semana. Toca congreso regional. Una cita en la que se ratificará a Griñán como guía supremo –gracias a la carambola que le permitió conservar el poder en las últimas elecciones autonómicas– y la novedad, si descontamos los nombres de la próxima dirección, que es un asunto que sólo les interesa a ellos, consistirá en evaluar el peso –relativo– de un posible núcleo opositor construido sobre los restos del descontento en las distintas agrupaciones provinciales –cada una con sus particulares batallas–, la larga herencia del chavismo, ese sistema de equilibrios que ya parece lejanísimo, y los espontáneos. Poco más.

Una semana después, en plena canícula de julio, la agrupación sevillana (el 25% del partido en Andalucía) tiene convocado su particular duelo interno para dirimir si durante los próximos cuatro años –o quizás antes, porque en política nunca se sabe– seguirán existiendo dos corrientes orgánicas, desiguales y en confrontación o, por el contrario, la organización girará de forma irremediable hacia una mayoría perdurable, lo que no quiere decir tranquila. Los socialistas sevillanos son de natural correosos. No es posible la paz si no es armada.

Estos días se están produciendo los primeros movimientos con cierta profundidad en el tablero donde se juega el poder orgánico provincial, que quedará, como siempre, manchado con sangre. El sector susánida, que según la última foto fija –la elección de los delegados al congreso regional– goza de una mayoría holgada (65%) ha presentado su propia candidatura a la secretaria general mientras los críticos –una amalgama de nuevos aliados y enemigos pretéritos– sopesan si dan –o no– la batalla por el poder interno. Los susánidas han presentado ya un manifiesto, los avales suficientes para presentarse, dicen tener a su lado a 50 de los 61 alcaldes sevillanos y, tan seguros están de su próximo triunfo, que incluso se reparten los cargos. Para secretario de organización suena el nombre de Carmelo Gómez, aunque otras voces señalan al concejal Alberto Moriña y hasta al ex alcalde de Mairena del Aljarafe, Antonio Conde.

La lucha, en todo caso, será más teórica que real. Lo que se juega en el cónclave sevillano no es tanto quién será el triunfador –esto ya parece más o menos claro antes de comenzar, aunque los congresos del PSOE son imprevisibles–, sino si la organización seguirá marcada por la cohabitación más o menos agresiva de las dos tribus mayores. Para unos el congreso se presenta pues como la consumación formal de un mando más o menos tácito; para otros, en cambio, el simple hecho de sobrevivir al duelo viene a ser como ganar. Seguir vivos no implica tampoco que algún día, lejano, puedan vencer, aunque lo que es seguro es que los muertos (incluso los fenecidos en vida) nunca triunfan, aunque sus expectativas se sustenten más en los deméritos del rival que en los logros propios.

La foto del congreso regional de Almería marcará la pauta. En función de cómo quede la cosa pueden producirse dos situaciones. Una: que los críticos, que siempre han jugado a ser anónimos (el único que dio la cara por la corriente fue Demetrio Pérez, candidato a la secretaria provincial en el pasado congreso), sigan sin líder reconocido. Dos: que el grado de respaldo a la Ejecutiva de Griñán no sea absoluto, en cuyo caso la opción es derivar la batalla al ámbito de las guerrillas provinciales. Se trata de una tradición: los socialistas sevillanos planifican sus guerras púnicas en función de las distintas legitimidades de índole orgánica. Tienen donde elegir para matarse.

Como lo previsible es que Griñán apenas si encuentre contrapeso –más allá de lo testimonial– en la cita regional, la gran incógnita es si el supuesto nuevo referente de los críticos –Antonio Gutiérrez Limones, alcalde de Alcalá de Guadaíra– dará el paso de armar una mayoría para oponerse a la de Susana Díaz. Los críticos no las tienen todas consigo. Con Limones, esto es imposible. El también senador quiere marcar sus propios tiempos para anunciar su hipotética candidatura pero, en realidad, espera a orientarse mejor según sea el panorama del congreso regional. No quiere inmolarse sin necesidad.

La fórmula Limones, de hecho, se basa en un liderazgo relativo y, en cierto sentido débil. Las causas son múltiples. Tienen que ver con las relaciones personales entre el grupo crítico –que son circunstanciales, más que sustantivas– y las consecuencias que implica plantear un desafío al poder institucional, que es quien controla las nóminas de los cargos públicos y asimilados (los delegados de los congresos). El maná que explica casi todos los movimientos internos en el seno del socialismo sevillano.

Limones, oficialmente, medita qué hacer. Se ha rodeado de un equipo que viene celebrando encuentros con militantes desde hace tiempo. En él figuran algunos de los grandes alcaldes metropolitanos –Dos Hermanas, La Rinconada–, referentes históricos del PSOE –el caso de José Rodríguez de la Borbolla es el más notable– y los jóvenes (aunque ya no tanto) que aspirarían a encarnar un relevo generacional diferente al de los susánidas. También están los habituales discrepantes por principio: el caso de Evangelina Naranjo, secretaria local de Miraflores y ex consejera con Chaves, que es la opción en la recámara si Limones al final no se atreve a dar el paso. Una candidatura de puro pataleo, condenada a un rotundo fracaso.

¿Se presentará Limones? Se verá este mismo lunes, después de que se despejen las dudas sobre el peso –directo o indirecto– que su adversaria mantendrá en la futura Ejecutiva regional. La número dos del PSOE-A dejará la sala de máquinas del partido pero quiere conservar su influencia en la dirección regional sin abandonar tampoco la Junta. A lo largo de su carrera política, Limones no se ha caracterizado por ser alguien que asuma riesgos, una actitud que, precisamente, le resta potencialmente algunos de los apoyos que necesitaría en este congreso provincial.

Hace cuatro años, en el duelo entre oficialistas y críticos que ganó el tándem formado por Viera y Díaz (cuya posterior ruptura provocó la crisis que terminó con la actual gestora), dejó sólo ante el abismo a Demetrio Pérez, que, además de su amigo, fue su primer jefe de gabinete. Una posición dubitativa que define al candidato crítico –en el cónclave de los delegados a Almería se posicionó primero con una lista y después se pasó a la candidatura contraria– y que puede pasarle factura en este duelo, si es que llega a producirse. ¿Votarían a Limones antiguos aliados a los que abandonó a última hora en congresos anteriores con el argumento de que el PSOE de Sevilla es un partido de aparato?

Por otra parte, entre los críticos anónimos la sintonía interna depende de una meteorología variable. Hay quien piensa que Limones se ha apuntado al carro a última hora –es la creencia en el entorno de Gómez de Celis, el frustrado delfín de Monteseirín– y quien piensa –como Francisco Toscano, alcalde de Dos Hermanas– que llega muy tarde y que se corre el riesgo de no tocar ni la orilla. El propio Toscano tuvo que dar esta semana la réplica a la presentación de la candidatura susánida por la indecisión del líder teórico. Toscano se excluyó de la batalla tras encabezar la delegación crítica sevillana al congreso de Almería. El alcalde de La Rinconada, primera opción de los críticos, también se desmarcó entre bambalinas.

Hasta ahora el único que ha salido al ataque ha sido Borbolla, un notable, que no se juega nada porque su reino ya no es de este mundo. Los críticos saben que todo induce al fracaso. La llave de la caja –Diputación, Junta– está en manos de los susánidas. Su disyuntiva no es ganar, sino sobrevivir. Convertir en gris lo que ahora es negro sería un éxito. Lograr un 40% de votos –en la designación de los delegados consiguieron un 35%– que les permitan seguir contando algo en el PSOE de Sevilla. Ése es su reto. Su problema es que no tienen líder, su pasado no es edificante y todo su discurso se basa en reivindicar una integración que sólo pasa por ellos mismos. A priori, un mensaje de perdedores. O quizás no. Veremos.

Las vísperas del gozo

Carlos Mármol | 24 de mayo de 2012 a las 6:05

Los socialistas sevillanos fijan posiciones con vistas a su congreso de julio. Los dos sectores en liza marcan sus señas de identidad: unos tienen el poder institucional y el respaldo de Griñán; otros, una oferta de integración.

Los cofrades y los socialistas sevillanos se parecen más de lo que, a primera vista, pudiera parecer. No es broma. Primero porque, evidentemente, hay devotos que militan en el PSOE. Los partidos políticos ya son casi como cabildos espirituales, aunque sus quinarios sean divergentes a los ortodoxos. Y segundo porque, a tenor de la reiteración con la que en el seno del socialismo sevillano se repiten ciertos ciclos sangrientos, casi como las estaciones del año, bien pudiera decirse, igual que les sucede a los fieles de las cofradías hispalenses, que en Luis Montoto y alrededores están prácticamente todo el calendario en eso que los entendidos en materias doctrinales llaman las vísperas del gozo. El tiempo previo de la espera ante la llegada de lo sublime.

La diferencia, acaso, estribe en que mientras en las corporaciones católicas lo que se conmemora es la pasión y muerte del redentor, el ritual en el PSOE se ciñe a sus eternas disensiones, los enfrentamientos y las vendettas. Duros conflictos de familia. Unas guerras púnicas perpetuas que no cesan ni ante la inminencia de las citas electorales. Sólo se posponen in extremis para volver a empezar. Hasta el infinito.

Salvados en el último minuto de las recientes elecciones regionales gracias a que la alianza con IU les ha permitido apuntalar los agrietados muros de su particular Roma (la Junta de Andalucía), las distintas tribus del PSOE sevillano vuelven estos días a medir sus fuerzas con el pretexto de la elección de los delegados para el inminente congreso regional de Almería. Nada extraño. Ni importante si la cuestión se mira desde el prisma del ciudadano, aunque entretenido si de lo que se trata es de contemplar el espectáculo –no siempre edificante– de la pura lucha por el poder. Aquí, de ideología, no hablamos.

Susánidas y críticos

El pulso previo a la batalla por Sevilla, que será en julio, mes caluroso y agrio, comenzó hace una semana más o menos igualado. Al menos, de partida. Por un lado, las huestes susánidas, afines a la actual secretaria de Organización del PSOE andaluz, Susana Díaz Pacheco. Por otro, un frente heterogéneo –demasiado, quizás– que vincula a antiguos enemigos internos, ahora avenidos en una suerte de operación para facilitar la posible reinstauración del chavismo frente al liderazgo –tardío, pero efectivo– de José Antonio Griñán, que a pesar de perder ante Rubalcaba el congreso federal se ha convertido por la carambola electoral en el patriarca del socialismo andaluz.

El sendero estaba marcado de antemano: los chavistas planeaban abrir frentes en las distintas agrupaciones provinciales de Andalucía en contra de la actual dirección regional para forzar así una posible alternativa política al presidente de la Junta –la opción más optimista– o, al menos, conseguir algo más de protagonismo en el nuevo escenario político regional. Llamémosle a esta última opción por su nombre: una cuota propia. Bastante más relevancia. Opciones. Agua.

En Sevilla esta vía pasaba por armar, frente a la secretaria de Organización del PSOE andaluz, que puede presentarse en julio, directa o indirectamente a la secretaría provincial, una lista con referentes indiscutidos –grandes alcaldes metropolitanos– capaces de dar la batalla ante un hipotético alineamiento total de Griñán con Díaz, tal y como ocurrió cuando se discutieron las listas electorales de las autonómicas. En esta batalla estaban casi todas las minorías: los vieristas (afines a José Antonio Viera), la intelligentsia (las huestes que profesan lealtad a Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, antiguo delfín de Monteseirín) y otras agrupaciones más, como Sur, Miraflores o Bellavista. Los caballistas, como acostumbran, optaron por una fórmula distinta. Siguieron su propio camino: marcar distancias con los chavistas.

Se buscaban dos cosas: lograr un cierto efecto arrastre y unir bajo una misma bandera a los desencantados con Díaz –que son legión– para provocar su salida de la dirección regional o, en su defecto, su descarte de la batalla de Sevilla en base a que, ante los ojos de Griñán, se impusiera antes la necesidad del consenso –su integración, en realidad– que la posibilidad de una victoria completa. Una arriesgada apuesta que forzosamente requería, como viene siendo habitual desde hace años entre las filas críticas del PSOE de Sevilla, inflar el globo todo lo posible. Llevar las cosas al límite. Provocar por todos los medios preocupación, crear desazón, salir en la prensa, despertar inquietud.

Claro que, dados los resultados electorales de las autonómicas, en la dirección regional del PSOE no está ocurriendo nada de todo esto. Los síntomas que pretendían despertar los críticos no aparecen por ningún sitio. La realidad es justo la opuesta: Griñán ha salido reforzado de la guillotina del 25-M y, en consecuencia, su ariete en Sevilla –Díaz Pacheco– no sólo ha pasado a compaginar su puesto orgánico con el principal cargo político de la Junta –la consejería de Presidencia–, sino que está decidida a tomar el control, hasta ahora en discusión, de la agrupación sevillana. No es nada raro: Sevilla, en términos cuantitativos, es la asamblea más importante del PSOE andaluz. Quita y pone al secretario general en Andalucía. Y, a la larga, es de quien depende la presidencia de la Junta de Andalucía. Una joya.

Con independencia de lo que ocurra de aquí a julio –mayormente el congreso de Almería, donde se visualizará el grado real de oposición que tiene Griñán– la batalla secreta por Sevilla parece haberse saldado ya esta misma semana de forma abrupta, casi prematura. La designación de los delegados al congreso regional era el banco de pruebas para el enclave provincial. Los críticos han logrado representantes en algunas agrupaciones pero se han quedado sin líder en el arranque mismo del proceso. Están huérfanos. Su globo parece desinflarse.

Su plan pasaba por convertir a Javier Fernández, el alcalde de La Rinconada, en el nuevo referente provincial. Un hombre de la confianza del anterior secretario general, José Antonio Viera, ahora enfrentado a Susana Díaz, su antigua mano derecha, y que podía encarnar cierta renovación sin perder la tradición, ya que alcaldes como el de Dos Hermanas o el de Alcalá iban a unirse al grupo. Fernández, sin embargo, se ha negado a encabezar una operación de dudoso éxito.

El motivo es evidente: Díaz Pacheco controla la Diputación (a través de Fernando Rodríguez Villalobos, que ya abandera la lista oficial al congreso de Almería), la Junta (el control de los altos cargos) y el grupo municipal hispalense, donde Juan Espadas, el portavoz en el Ayuntamiento, sufre continuos episodios de desestabilización interna inherentes a los tradicionales usos y costumbres de algún significado crítico.

Todo el poder institucional, que es el que otorga mayorías orgánicas –nunca al revés–, está en manos de Díaz Pacheco. El efecto arrastre, si llegaba, iba a ser contrario a los intereses críticos. Empezando por sus hipotéticos generales: Gutiérrez Limones, famoso por sus saltos internos en todos congresos previos. La negativa del alcalde de La Rinconada fue la causa de que el regidor de Dos Hermanas, Francisco Toscano, se autoproclamase candidato de esta corriente, por falta de mejor alternativa, durante unos pocos días.

Esta semana, sin embargo, se autodescartó para encabezar una lista propia al congreso de Sevilla, lo que ha dejado a los críticos –apenas unas pocas agrupaciones en la capital– sin jefe de filas. A medida que pase el tiempo corren el riesgo de quedarse también sin soldados. Tienen dos opciones: o presentar una candidatura de pataleo –acaso con Evangelina Naranjo como cabeza de lista– o autodisolverse en la mayoría. Ellos verán. Pero su futuro parece tan negro como el ruán cofrade.

La diabólica encrucijada de IU

Carlos Mármol | 28 de marzo de 2012 a las 6:05

La coalición de izquierdas se enfrenta a la cohabitación con el PSOE con el nefasto antecedente del PA, que salió del Parlamento tras sostener a los socialistas. IU quiere centrar el pacto en la lucha contra la corrupción.

Hay pactos que te salvan y otros que te hunden. Matrimonios que te mejoran o te destruyen. Las alianzas pueden ser vínculos de pura conveniencia o acuerdos sinceros. Casi ninguno es neutro. Izquierda Unida, tercera fuerza política de Andalucía, principal vencedora moral de las elecciones del pasado domingo, tiene por delante un folio en blanco. El previsible acuerdo con los socialistas para armar una mayoría capaz de gobernar la región no será nada fácil pero –salvo sorpresa mayúscula– terminará por rubricarse. Nadie lo pone en duda. Otra cuestión son sus bondades: los efectos concretos que tenga para la ciudadanía y para esta organización que, salvo coyunturas políticas muy determinadas, siempre ha jugado un papel necesario pero objetivamente secundario en el mapa político de Andalucía.

Precisamente el debate interno abierto ahora en IU consiste en cómo salvar esta cuestión: ¿pactar con el PSOE beneficia o perjudica? Como casi siempre en política, igual que en la vida, la pregunta no tiene una respuesta única. Depende. Fundamentalmente de los motivos reales merced a los cuales se suscriba dicho acuerdo. La duda no es mala –demuestra que los cargos no son el fin único– pero no puede ser eterna. Ni recurrente. Y sobre todo: debe permitir a la coalición encontrar un difícil equilibrio entre lo principal y lo secundario. De saber distinguir bien ambas cuestiones depende el éxito de la coalición con el PSOE y, igual de importante para ellos, el futuro inmediato de su organización.

El PA: el antecedente

Hay quien en IU está agitando desde hace tiempo el fantasma de lo que le ocurrió a los andalucistas cuando ayudaron a sostener a los socialistas en la Junta. Que esta discusión responda a un convencimiento mayoritario entre sus bases o sea la consecuencia de un mero afán de protagonismo personal es ya otro cantar. Lo cierto es que el PA, que gobernó con el PSOE durante dos legislaturas seguidas –1996/2004–, salió bastante mal parado de la experiencia. Terminó fuera de la cámara andaluza. Así sigue: como una fuerza residual, sin apoyo electoral ni muchos visos de futuro. Realmente con este antecedente es para pensárselo. El éxito en política puede tornarse fracaso con demasiada facilidad. Que se lo pregunten a Arenas.

El modelo de pacto político que los socialistas y los andalucistas suscribieron durante la V y VI legislatura andaluza –tras la etapa de la pinza, que castigó especialmente a IU– se basaba en un principio simple y pragmático: votos (en el Parlamento) a cambio de consejerías, presupuesto, cargos de confianza, poder formal. Nunca hubo un principio programático común ni una coincidencia real de objetivos más allá que mantener una estabilidad que para Chaves –entonces en San Telmo– se había convertido en una obsesión.

Los andalucistas, con 4 y 5 diputados respectivamente, dirigieron dos consejerías y media –la dirección de Relaciones Institucionales se engordó para cubrir sus necesidades– durante ocho años. Se sentaron en el consejo de gobierno con una representación electoral que ni en el mejor de los casos pasaba del 7,53% del electorado. Un éxito relativo fruto del enorme sentido de la ocasión que siempre caracterizó la carrera política de Alejandro Rojas Marcos.

Si se hiciera una traslación con los criterios de entonces en función de la representación actual de IU, el resultado sería que los socialistas tendrían que cederle a la coalición de izquierdas entre cuatro y seis consejerías. Dependiendo de si la regla de tres se hace en base al respaldo electoral –IU tiene el 11,30 de los votos en Andalucía– o al número exacto de diputados (12). Incluso si sólo se tuvieran en cuenta los escaños que el PSOE necesita de IU para tener la mayoría de la cámara –ocho– la cuenta no bajaría de las seis carteras de gobierno. ¿Demasiada cuota en un futuro gobierno que forzosamente tendrá que ser reducido?

La situación actual no es tan simple. Tampoco el punto de partida de IU es el mismo del PA: la coalición de izquierdas es una organización más longeva que los andalucistas, que prácticamente fueron una franquicia política abierta a cualquier alianza, y sus resultados en las autonómicas son mejores. Han pasado de ser un aderezo a convertirse en el centro del mapa político. Un éxito, sí, pero también una hoja de dos filos.

El análisis, sin embargo, adopta otro prisma diferente si se tiene en cuenta que, con independencia de lo que resulte del obligado proceso de debate interno (el voto de las bases), el punto inicial de negociación de la organización que lidera Diego Valderas no son los cargos –eso, al menos, dicen– sino las políticas. El programa. Los proyectos. Uno de los clásicos mensajes de la coalición desde los tiempos de Anguita.

Claro que esta tesis del programa es relativa. El corpus ideológico de IU es prolijo –sus programas suelen ser libros, lejos de los folletos de otros partidos– aunque Valderas ya ha resumido casi todo lo básico en un contrato –con notario incluido– que ha puesto a disposición de aquellas fuerzas políticas que reclamen su colaboración parlamentaria. Hasta ahora el único mensaje ha sido que IU contribuirá a que se investigue el caso de los ERE irregulares y será beligerante frente a la corrupción.

Los socialistas, que desde la misma noche electoral ya contaban como propios los votos de la coalición –una costumbre fruto del paternalismo con el que el PSOE siempre ha concebido sus relaciones con IU–, barajan distintas fórmulas de colaboración. Todas son superficiales: la presidencia del Parlamento, un número indeterminado de consejerías menores y algún que otro gesto que permita a Izquierda Unida marcar el acento de la nueva etapa. Poco más. ¿Es suficiente? Se verá.

Lo cierto es que la coalición de izquierdas tiene por delante una oportunidad histórica si es capaz de impulsar –en el tiempo– la génesis de un proceso de regeneración democrática más que necesario en la política andaluza. Algo que debería plasmarse en un nuevo sistema parlamentario de control sobre las políticas de la Junta –una especie de comité bicolor– y otras fórmulas jurídicas para que el sistema autonómico genere sus propias defensas ante la corrupción. No basta con comisiones de investigación. Es preciso un instrumento parlamentario válido para definir las responsabilidades políticas –con independencia de las judiciales– en los casos de irregularidades. Mecanismos que impidan que ciertos usos y costumbres de treinta años de gobierno socialista terminen contaminándoles.

La vía reformista

Las opciones de IU pasan más por el reformismo –en el contexto andaluz sería prácticamente una revolución de terciopelo– que por la desfasada vía revolucionaria, entendida ésta como la reivindicación de ciertas cuestiones históricas discutibles y muy superadas por el tiempo. Si IU es capaz, como ha hecho internamente el movimiento civil del 15-M, de pactar con los socialistas un decálogo de acuerdos mínimos para un verdadero impulso democrático y de transparencia –aceptable por las clases medias– estarían logrando un doble objetivo: mejorar la democracia, un bien de todos, no partidario, y al mismo tiempo desmontar con hechos reales la previsible caricatura con la que –no hay que dudarlo– el mundo sociológico del PP en Andalucía va a iniciar ya una operación a largo plazo para desgastar a la coalición autonómica PSOE-IU antes incluso de empezar a gobernar.

El gran problema, visto desde su orilla, no es tanto la relación con los socialistas. Es la incógnita de si en la coalición existe una conciencia real sobre los peligros de la cohabitación. IU tiene su gran talón de Aquiles en su tobillo: los sectores que, como ya se vió en el caso del Ayuntamiento de Sevilla, gobiernan más en función de una patológica necesidad de reafirmación ideológica –innecesaria, y que no crea más que conflictos– que con sentido común. No se trata de renunciar a la ideología, que en democracia es tan lícita como la del PP. Se trata sencillamente de distinguir cuáles son las verdaderas prioridades sociales, más allá de las partidarias. ¿La reforma agraria, un clásico de la autonomía, o la creación de empleo? ¿Que los ciudadanos vuelvan a confiar en la democracia o los sillones?

El inesperado rédito electoral no debería nublarles la vista: un respaldo del 11,3%, con independencia de su importancia estratégica (fruto del contexto, que cambiará sin remedio), no parece ser aval suficiente para imponer determinadas políticas a toda la sociedad. En cambio, sí parece útil para poder impulsar una renovación tan urgente como necesaria. De ellos depende. Tanto su éxito como su fracaso.

¿Y tú de qué te ríes?

Carlos Mármol | 27 de marzo de 2012 a las 6:05

El PSOE celebra como una gesta la carambola de permanecer en el poder autonómico a pesar de que su respaldo electoral ha descendido en todos los ámbitos. El PP tardará tiempo en digerir la derrota. IU diseña su estrategia.

Alex O´Dogherty, uno de los mejores actores andaluces, tiene un monólogo espléndido que se llama ¿Y tú de qué te ríes? Entre otras disquisiciones sobre el humor absurdo –el mejor de todos– se pregunta en esta pieza teatral la razón por la cual la mayoría de la gente, cuando va por la calle y ve que alguien se tropieza y se cae, mucho más si es un amigo, directamente se parte de risa. Me acordé de esta imagen el domingo por la noche, cuando después de que las urnas dejaran al PP clavado en una mayoría agridulce –50 diputados, muy lejos de la absoluta que todo el mundo esperaba; sobre todo ellos– la televisión (Canal Sur, por supuesto) retransmitía la sonrisa de oreja a oreja que muchos altos cargos de la Junta de Andalucía tenían detrás de Griñán, que comparecía con gesto cansado, como quien sale de una larga pesadilla.

¿De qué se ríen? Supongo que precisamente de lo mismo que contaba O´Dogherty: alguien, de forma inesperada, se ha tropezado por la calle y está en el suelo. Ha tocado el piso, que dicen en la Argentina. La conducta no es demasiado noble, pero responde la verdad. No hay nada que haga más gracia que el fracaso ajeno, mucho más si éste resulta ser inesperado. Y, desde Maquiavelo, ya sabemos que la política –mucho más la meridional– no es noble, ni buena, ni sagrada, como dijera Lorca de la vida. Los socialistas, sin iniciativa política salvo para destrozarse mutuamente desde hace más o menos dos años, con un partido en total interinidad en Sevilla desde hace algo más de un mes, casi no terminan de creerse la carambola que les permitirá, si IU cierra un acuerdo estable de gobierno, retener el poder autonómico.

Cantares de gesta

Y es que, en realidad, los motivos para tanta risa se reducen a la desgracia ajena, no a los méritos propios. Tras cualquier elección es tradicional que los partidos políticos interpreten los resultados electorales como mejor convenga a sus intereses. Cualquier argumento es válido. Griñán habló ayer de que sus resultados electorales son “una gesta”. Quizás estemos asistiendo a una reelaboración de un género literario –de raíz clásica y cuya formulación en castellano es de época medieval– que hace varios siglos que no se practica y que Cervantes terminó de desmontar –creando la novela moderna– en El Quijote. ¿Una gesta? Decididamente es una manera optimista de verlo. Porque lo que señalan de forma nítida las urnas es que la marea del PP está empezando a retrodecer –algo previsible, aunque algunos no hayan sabido verlo– pero no porque los socialistas estén mucho más fuertes. Que uno pierda habiendo ganado y otro gane habiendo perdido no es exactamente lo mismo que ganar y perder de forma limpia. Ni de lejos.

En Andalucía, el PSOE se ha venido abajo. Diez puntos menos de respaldo electoral, nueve diputados menos y 654.831 votos por debajo del baremo de las anteriores autonómicas. Son hechos. Si Griñán se considera a sí mismo como un caballero andante en fiera y desigual batalla contra la derecha será porque, como ocurre en El Quijote, el caballero de la Blanca Luna –que no es el PP, sino los ciudadanos– le ha vencido pero le deja volver sano a casa para que recupere la cordura. La diferencia es que Alonso Quijano aceptó su derrota y el líder del PSOE andaluz no parece estar demasiado dispuesto a asumir esta misma evidencia, incluso con el inesperado regalo de mantenerse en el poder durante cuatro años. Le cuesta. Cosa que da que pensar. Bastante.

Especialmente significativo es el retroceso electoral de los socialistas en Sevilla, la provincia que, pese a todo, sigue siendo donde el PSOE tiene la mayoría. Se mire por donde se mire, los datos permiten resoplar pero no sacar pecho. En relación a las últimas autonómicas –hace cuatro años– los socialistas han caído 11 puntos. Pierden 172.287 votos. En comparación con las elecciones generales –la radiografía política más próxima– el retroceso es algo menor –porque ya estaban bastante mal– pero se acerca a casi los 28.000 votos incluso aunque, en términos relativos, por la redistribución de los sufragios, puedan argumentar una subida de dos puntos. Vano consuelo: la cuestión de fondo es que, a pesar de conservar el poder autonómico, la sangría de votos que se inició en las municipales no ha terminado. Prosigue.

En la capital, donde Zoido volvió a imponerse, el coordinador de la campaña del PSOE y líder de la oposición municipal, Juan Espadas, hizo ayer una lectura positiva de los resultados: si las municipales fueran ahora el PP no pasaría de los 16 concejales. Otra forma optimista de verlo. El PSOE no ha mejorado demasiado: en relación a las generales la pérdida de votos puede cifrarse en 7.181 votos. Es cierto que la burbuja Zoido –dada su sobreexposición provincial– parece que empieza a desinflarse –mucho desgaste en excesivamente poco tiempo–, pero eso no se traduce en un mayor grado de confianza de los electores en favor de los socialistas. Ni mucho menos. El discurso oficial del PSOE resulta previsible pero es impostado.

¿Cuál es entonces la diferencia? Parece que, frente a otras elecciones anteriores, el factor diferencial ahora radica en un hecho inédito: una buena parte de los votos del PSOE han ido directamente a Izquierda Unida, duplicando la representación parlamentaria de la coalición de izquierdas. Hasta ahora lo que ocurría era lo contrario: cada vez que los socialistas apelaban al miedo a la derecha y reclamaban el voto útil, IU era la gran perjudicada. En todos los ámbitos. Los votantes de izquierdas sacrificaban periódicamente a la coalición para sostener a un PSOE débil frente al ascenso de los populares.

Ahora, en cambio, no ha ocurrido esto: Griñán, siguiendo el catón de su partido, apeló al voto útil y centró su campaña en alertar de que el PP desmontaría el Estado del Bienestar, pero los votos huérfanos no se han quedado en las candidaturas socialistas. Se han ausentado –el descenso en la participación ha sido significativo– o se han trasladado a IU. Una diferencia notable. Tanto como para que este factor permita a la coalición de izquierdas, demonizada por el PP en Sevilla en las últimas municipales, jugar un nuevo papel en la política autonómica y, a largo plazo, quizás de nuevo en la municipal. Al tiempo.

La coalición de izquierdas ha recogido buena parte del voto socialista espantado por la sucesión de casos de corrupción. Y este hecho diferencial marcará el futuro: IU, más que en el reparto de cargos, centrará su táctica de negociación política con los socialistas en la máxima de que hay que “abrir las ventanas”. Todas. El electorado no ha avalado la corrupción, como argumentan determinados analistas de Madrid. Sencillamente han dejado a Arenas a las puertas de San Telmo: el mensaje reformista del PP dejó de ser verosímil cuando Rajoy comenzó a gobernar.

Ha pesado también la reforma laboral. Mucho. No se quiere admitir, pero los ciudadanos corren menos riesgos laborales dejando de votar al PP en las autonómicas que secundando la huelga del jueves. Arenas, asumida la debacle, salió al balcón de la calle San Fernando junto a sus ministros en el Gabinete de Rajoy: Báñez y Montoro. Los dos tienen mucho que ver con su trágica coyuntura. Tanto como el bajón electoral en la provincia de Sevilla, capital incluida.

La cuestión interna

Los resultados electorales también tienen una evidente lectura orgánica para los dos grandes partidos. El PP se enfrenta al vacío: la sucesión de Arenas es una incógnita. Durante varios lustros el propio líder del PP andaluz se ha encargado de impedirla, moviendo a los mismos para distintos puestos. Su derrota no es sólo suya, sino también de su guardia de corps. Especialmente en el caso sevillano.

Los socialistas, en cambio, tienen un escenario mucho más cómodo para sus ajustes de cuentas. Los rubalcabistas del Sur, que en caso de una derrota electoral hubieran tomado el poder orgánico andaluz y provincial sin demasiados apuros, ven ahora como la dulce derrota de Griñán y Cía bloquea en buena medida el plan de la reconquista.

Griñán pidió ayer que “le respeten su sitio”. Traducido: que el ejército chavista, sobre todo sus apéndices hispalenses, siempre activos pero casi siempre en la sombra, no piensen que va a dejarles degustar los honores de la caballería andante. Si hay cabeza habrá un pacto entre familias. Es lo más razonable para que la próxima vez su destino no dependa del fracaso de otros más que de sus propios méritos.

La excepción sevillana

Carlos Mármol | 26 de marzo de 2012 a las 6:05

El PSOE resiste la marea electoral del PP en Sevilla lo suficiente para robarle la mayoría absoluta a Arenas. Zoido gana en la capital pero pierde apoyo en relación a las municipales. IU es la fuerza política más beneficiada.

Una victoria diabólica. Amarga. Sin consuelo. El PP, que había planteado desde hace algo más de año y medio estas elecciones autonómicas como una enmienda a la totalidad a los treinta años de gobierno socialista en Andalucía, se quedó ayer a las puertas del poder regional –el Palacio de San Telmo donde Arenas dijo no querer sentarse– porque la provincia de Sevilla, cuya importancia electoral era mayúscula, no respondió con el entusiasmo deseado al mensaje de cambio político lanzado por el líder del PP. Sevilla era clave. Y la clave le cerró la puerta de la mayoría absoluta al PP en Andalucía clavando sus listas en los 50 diputados. A cinco –muy lejos– de la ansiada mayoría absoluta.

Dado que el órdago del PP era total –o César o nada, parecía ser la apuesta de Arenas–, la victoria del Partido Popular, por el juego cruel de las paradojas políticas, se ha convertido en realidad en una especie de infierno de terciopelo. Ha hecho historia al ser por primera vez la lista más votada en Andalucía pero este factor no impedirá que PSOE e Izquierda Unida puedan formar una mayoría suficiente –y legal– en la cámara andaluza. Salvo que la coalición de izquierdas permita al PP gobernar, como ocurrió en Extremadura, no habrá cambio de régimen –según la terminología usada por los populares– y la marea azul que comenzó hace ahora nueve meses en las elecciones municipales parece tocar a su fin. Retrocede.

Si se tiene en cuenta que la fuerza política más beneficiada en el nuevo mapa electoral andaluz es IU –los socialistas han perdido casi diez puntos de respaldo y hasta nueve parlamentarios en relación a la última convocatoria regional– la intensa huida del electorado del PSOE no ha seguido esta vez el guión de las pasadas municipales, cuando –en Sevilla, al menos– terminó beneficiando al PP.

En esta ocasión los electores socialistas se han escorado claramente hacia posiciones de izquierda –quizás como consecuencia de determinadas medidas adoptadas por el Ejecutivo de Rajoy, en especial la reforma laboral– o sencillamente no han ido a las urnas, como señala el notable descenso del índice de participación. En cualquier caso, la demonización de IU –táctica puesta en práctica por el PP en las municipales– no ha tenido efecto alguno en el ámbito andaluz. La coalición de izquierdas ha doblado su respaldo electoral. Algo que marcará la política regional durante los próximos cuatro años.

Que la victoria electoral de Arenas corría el serio riesgo de convertirse en un agrio cambio a medias se confirma si se analizan los resultados electorales en la provincia. Sevilla se convirtió en las pasadas elecciones generales en la aldea gala del PSOE en España –junto a Barcelona– y, en esta ocasión, ha vuelto a ser el principal territorio donde los electores han optado por sostener la hegemonía socialista.

El PP debía incrementar como mínimo en cinco puntos su respaldo electoral en una serie de localidades medias sevillanas –doce pueblos donde las municipales y las generales parecían señalar un cambio de tendencia política– y conservar su ventaja en la capital. Su táctica fue tratar de exportar al área metropolitana y a la mayor parte de estas localidades el llamado efecto Zoido –la popularidad del alcalde hispalense, para algunos más bien populismo– pero la operación ha tenido un éxito discreto. Escaso.

Y no precisamente porque los socialistas hayan aguantado bien en estas plazas. El PSOE ha perdido en la provincia algo más de 31.000 votos –a pesar de que en términos relativos su respaldo electoral crece casi un punto y medio– en relación a las pasadas elecciones generales. Los socialistas no han crecido. Al contrario: muchos de sus votantes han emigrado a las candidaturas de IU –que gana hasta 24.000 votos en términos reales y crece tres puntos y medio– o sencillamente han optado por otras fuerzas minoritarias, que copan juntas 45.000 votos. Su victoria provincial es mínima. Frágil. Delicada. Aunque también suficiente.

El PP: baja la marea

¿Entonces? Parece que el voto prestado que los populares lograron cosechar en las pasadas generales –condicionadas por la gestión de la crisis económica del ex presidente Zapatero– ha emigrado de sus candidaturas. Así lo confirman los datos: el PP ha perdido 76.130 votos en la provincia de Sevilla en relación a los comicios generales. Un retroceso de casi tres puntos y medio. Suficiente para que la situación de partida –que ya era bastante ajustada– se haya complicado hasta dejar a Arenas sin mayoría suficiente para poder desalojar al PSOE de la Junta.

El análisis por localidades no deja lugar a dudas. Los primeros meses de Gobierno del PP en la Moncloa han hecho retroceder a casi todas las candidaturas elaboradas por Arenas en estos municipios. Si el objetivo oficial era ganar cinco puntos en relación a las generales, lo cierto es que los resultados son una broma cruel: esta cifra –cinco puntos de respaldo electoral– es justo lo que el PP ha perdido de media en muchas de estas localidades estratégicas.

En el área metropolitana, donde el PP de Sevilla creía haber abierto una vía de agua contra el PSOE en municipios como Alcalá de Guadaíra o Dos Hermanas, los datos electorales señalan de forma nítida un retroceso de las candidaturas populares en relación a hace sólo unos meses. Un desgaste intenso. Y llamativo. Sólo puede obedecer al efecto de las primeras medidas de gobierno de Rajoy: subida de impuestos, una polémica reforma laboral, incremento del paro.

Tres factores que, sin llegar a mejorar los resultados de los socialistas en la provincia, han sido más que suficientes para que el pulso a la grande planteado por Arenas no haya salido. El PP estableció su propio techo –tres puntos porcentuales de distancia con el PSOE en la provincia– en las últimas elecciones generales. Ahora esta horquilla está en ocho puntos. Una distancia que aleja definitivamente a Arenas de San Telmo, impide a los populares arriar la bandera del PSOE en la provincia y, a pesar de las apariencias, aconseja no ser excesivamente triunfalista en el caso de la capital.

Un retroceso relativo

En la urbe hispalense se ha producido el mismo proceso, aunque con variantes, que en otras localidades provinciales. Los resultados de Sevilla tenían especial interés para medir la resistencia de la figura política del alcalde hispalense, Juan Ignacio Zoido, que encabezaba –de nuevo– la lista provincial a la cámara de las Cinco Llagas. Tras nueve meses de gobierno, el regidor ha vuelto a ganar claramente en la capital andaluza, lo que confirma que, en su caso, su suelo electoral todavía es suficientemente sólido.

Su victoria, sin embargo, padece el mismo mal que en el resto de la provincia están sufriendo las candidaturas del PP: pierde votos. Aunque, en su caso, de forma mucho menos acusada. Los datos señalan que en relación a los comicios generales –Montoro fue el cabeza de lista por Sevilla, pero Zoido tuvo gran protagonismo– el PPha perdido ya más de 21.000 votos. Casi dos puntos. Es un desgate relativamente discreto pero cuya importancia se debe al hecho de que no se produce con relación a los socialistas –el PSOE deja escapar más de 8.314 votos, aunque en porcentaje crezca más de un punto– sino con respecto a sí mismo.

El regidor, que logró 20 ediles de los 33 que tiene el Pleno de la Corporación hace nueve meses, comenzó su mandato con un respaldo global del 49% de los electores sevillanos. Algo histórico. Esta cifra –su techo electoral– bajó ya en las generales –el PP tuvo más votos en la capital pero cinco puntos menos de respaldo electoral– y ahora se ha situado casi siete puntos por debajo de la foto electoral que le llevó a la Alcaldía. Desde entonces a ahora el PP ha perdido 17.000 votos. Una cantidad de sufragios que no pone en peligro su notable apoyo popular pero que señala –también en la capital– que ya se está produciendo un proceso similar a la bajada de la marea en el mapa político provincial. En Sevilla, el agua llegó a la capital pero sigue sin inundar la provincia. Sevilla nació como una isla menor del río Guadalquivir. Políticamente, hasta dentro de cuatro años no va a dejar de serlo.

¿Un cambio a medias?

Carlos Mármol | 25 de marzo de 2012 a las 6:15

Los resultados electorales en Sevilla condicionarán el poder autonómico en Andalucía. El proyecto político de Zoido para la capital depende de la victoria de Arenas. El PSOE entrará en crisis si no aguanta el envite.

Es cierto. Sevilla se juega muchas cosas hoy, jornada de las trascendentes –sobre todo para los políticos– elecciones autonómicas. En cambio, no está tan claro, ni es tan nítido, que los sevillanos nos juguemos demasiado. Toda una paradoja. Indudablemente, lo que se dirime es importante: quién administrará el poder regional, quién repartirá un presupuesto que, por fuerza, será menguante a medida que pase el tiempo y quién decidirá el sentido del ajuste que hundirá a Andalucía en su situación económica real –tenebrosa– durante los próximos cuatro años, como mínimo. Todo esto depende de las urnas.

Los problemas reales, domésticos, de los ciudadanos –el paro estructural, la falta de perspectivas individuales, la ilusión cada vez más inexistente, convertida ya casi en una utopía yerma, el inmenso miedo al incierto futuro– tienen, en cambio, bastante poco que ver con las gráficas que dicte el recuento de las papeletas electorales. El mundo no se va a arreglar en un día. Ni siquiera en dos. Probablemente nunca.

La importancia –relativa– de los comicios, por tanto, es sobre todo política. Pero no en el sentido más noble del término –el interés por el devenir de los asuntos colectivos– sino más bien en su más clásica acepción gremial. Se trata de una pura guerra abierta entre políticos profesionales en la que los ciudadanos somos decisivos pero apenas durante un breve suspiro. Una vez introduzcamos nuestro voto en las urnas pasaremos de nuevo a una posición secundaria en beneficio total de la democracia representativa e imperfecta en la que todos cohabitamos. Así es el cuento.

En el caso de Sevilla, los comicios del 25-M van a condicionar el signo político de la Junta de Andalucía, la gran maquinaria de prebendas y disgustos de la región. Los resultados ya están más o menos escritos, salvo sorpresa mayúscula, en la mayoría de las distintas provincias excepto en tres, entre ellas Sevilla, donde la cuestión está suficientemente abierta como para que en ella se vaya a resolver quién gobernará. Lo que se decide hoy es el gobierno, no la victoria. Todos los sondeos dan por seguro desde hace tiempo que el PP será la lista electoral más votada. Que finalmente llegue a gobernar ya es otra cuestión distinta.

Además de esta lectura, el mapa político autonómico que saldrá del 25-M tendrá incidencia directa en el porvenir inmediato de los dos grandes partidos políticos de la provincia. En el caso del PP sevillano, favorito en la pugna, lo que está por ver es si será capaz de romper por vez primera la histórica hegemonía política de los socialistas. En el ámbito local esta asignatura pendiente se superó hace nueve meses, pero no así en una serie de localidades medias donde el crecimiento de las candidaturas populares está más vinculado a la ola política nacional que a una convicción profunda. Justamente es en estas localidades donde Arenas tiene que crecer –al menos cinco puntos en relación a los resultados de los comicios generales– para poder entrar en el Palacio de San Telmo.

En Sevilla capital, además, está en discusión algo más: la fortaleza de la burbuja política que encarna el actual alcalde, Juan Ignacio Zoido. El regidor encabeza la lista electoral del PP a las Cinco Llagas y su principal reto es no perder sufragios –con respecto a citas anteriores– para poder sostener el crecimiento del PP. Probablemente lo consiga, aunque los resultados autonómicos van a condicionar toda la política municipal el resto del mandato.

El círculo perfecto

Si Arenas es investido presidente de la Junta de Andalucía, el círculo perfecto del PP se habrá cerrado. Zoido tendrá entonces a su favor una herramienta institucional clave para poder consolidar en el tiempo su proyecto para dirigir la capital de Andalucía. El aval de la administración regional es esencial para él en muchos sentidos. Primero, en el orden simbólico: sería la primera vez que el PP dominase en ambos escenarios políticos. Después, en el terreno práctico: casi todos sus proyectos de cierta envergadura –centrados en una concepción del urbanismo muy similar a la que nos ha llevado a la debacle económica– requieren pasar filtros autonómicos que, con Arenas en la presidencia de la Junta, no sólo serán superados, sino que probablemente se eliminen por completo.

Igual que en una profecía bíblica: las barreras (para hacer ciertas cosas) caerán. El camino (en determinada dirección) se allanará. Y el poder popular será como el Dios del Antiguo Testamento: omnipresente. Hasta el punto de poder calificarse de excesivo. Basta ver algunos de los argumentos de campaña del candidato popular a la Junta para darse cuenta de que la sintonía política que se establecerá entre la Plaza Nueva y el Palacio San Telmo será total. Nítida. Completa. No es raro: Zoido es una exitosa creación (política) de Arenas.

Habrá a quien esta circunstancia –que la Alcaldía hispalense sea la correa de transmisión de la Junta del PP– le parezca una cosa ideal. Y a quien le asuste el simple hecho de pensarlo. Hay que ser pacientes. No es tampoco la primera vez que ocurre: la historia democrática de Sevilla tiene precedentes ilustres. La ciudad rara vez ha tenido a un alcalde independiente, entendiendo tal adjetivo en relación a Sevilla, más que a su propia organización política. La ciudad ha elegido o a alcaldes con excesiva sintonía con la Junta –motivo por el cual su perfil político venía a ser redondo, poco reivindicativo, instrumental– o a regidores en eterno conflicto virtual con la administración autonómica, casi siempre por intereses –también– partidarios más que institucionales.

En el primer caso, la ciudad perdía peso político. En el segundo, quedaba sin capacidad de influencia. En ambas situaciones los beneficios han sido muy escasos. De este bucle parece difícil que salgamos. Sólo podría hacerse con otros perfiles políticos. No se adivinan en el paisaje. Si Arenas gana y gobierna, el plan de ajuste que el PP tiene previsto hacer en el Ayuntamiento hispalense –incluidas las empresas y organismos autónomos– y el proyecto de corte revisionista del que se han visto notables muestras en estos nueve meses no tendrá ya freno.

En cambio, si por una broma cruel del azar el PP no llegase a la presidencia de la Junta –con independencia de que se abriría de golpe el melón del liderazgo en el PP en Andalucía, un proceso en el que Zoido parece estar muy bien colocado– y PSOE e IU logran armar un gobierno autonómico estable, el grado de confrontación entre la Plaza Nueva y el Gobierno regional subirá hasta máximos históricos. De nuevo, por motivos partidarios que, si se mira bien, son los que casi siempre condicionan la política patria. Al menos, en el mundo meridional. En todo caso, la revolución reformista del PP en Sevilla quedaría en este supuesto como un proyecto a medias, abortado. Detenido. Algo que, a largo plazo, puede terminar hasta provocando el cuestionamiento de la emergente figura del alcalde.

La espiral interna

Los socialistas no tienen este problema. Su disyuntiva es mucho más simple: o resistencia o nueva crisis interna, quizás para situarse durante años en una posición secundaria inversamente proporcional al poder total del que han disfrutado durante las tres décadas de autonomía. El PSOE de Sevilla se juega todo o nada el 25-M: si aguanta el envite y conserva su secular liderazgo político provincial, aunque sea por la mínima, habrá alguna posibilidad, por remota que parezca con Arenas en la Junta, para poder al menos dar la batalla de la oposición.

Si en cambio es barrido de sus feudos sevillanos –una hipótesis que parece difícil, pero ni mucho menos imposible– el guión está escrito: nueva crisis interna, en este caso sangrienta, a la vuelta de la esquina. Primero en clave regional; después provincial. Una guerra púnica completa de la que parece complicado que salga una alternativa sólida. Más bien , a lo sumo, una nueva variante de las tribus socialistas. Insuficiente para una organización política que, si hoy cae en las urnas, tendrá que pasar un purgatorio que será tan largo e inmisericorde que, probablemente, a muchos se les haga eterno. Como el infierno, tan temido.

Promesas, el vicio perpetuo

Carlos Mármol | 18 de marzo de 2012 a las 6:05

El PP desempolva todos los proyectos de infraestructuras pendientes en la provincia de Sevilla sin garantizar ni plazos ni presupuesto. Los socialistas se limitan a plantear el 25-M como un dique contra la involución.

Las campañas electorales cada vez se parecen más a una gran estafa. O a un extraño juego de trileros. O a una comedia que, en ocasiones, adquiere visos de tragedia, si se tiene en cuenta que se juega con las ilusiones de la gente y con la fe (ciega) de los ciudadanos en un sistema –la democracia– que cada vez es más formal –el ritual no se pierde– pero mucho menos sustancial. Lo mismo le ocurrió en su día a la Iglesia: todo el mensaje evangélico quedó sepultado bajo la mera liturgia.

El 25-M, al igual que los comicios municipales de hace apenas ocho meses y las últimas elecciones generales, ahondan en esta tendencia que consiste en que los candidatos –sin rubor alguno– se lancen a prometer cosas que ni siquiera tienen mínimamente estudiadas, desdigan con sus propias palabras casi todos sus hechos previos y, al cabo, limiten el debate público que debe ser inherente a una convocatoria electoral a una galería de fotos, un cuaderno de homilías y algunas misas de corte papal, con la grey moviendo banderitas al son del himno oficial. Vamos a ganar. Todo lo demás, en realidad, a quién le importa.

Este proceso, común a los dos grandes partidos, que son los que ocupan el escaso espacio disponible, aprovecha dos vicios comunes en los tiempos actuales: la insustancialidad (política) y la falta de memoria –relativa– del cuerpo electoral; incapaz, según algunos, de recordar lo que se dijo mucho más allá de una semana. No es cierto –nunca lo fue–, pero los estrategas de campaña de los candidatos trabajan siempre sobre estas dos premisas. Una: el elector funciona por un mecanismo emocional; la lógica no cuenta en una convocatoria electoral. Dos: la coherencia argumental es lo de menos; lo importante es la convicción con la que se defienden las incoherencias. Nadie se fija en el mensaje, sino el tono.

Esto es lo que dice el lugar común. Supongo que porque, en términos estadísticos, es lo que sucede. Sin embargo, hay algunas excepciones. Ciudadanos –votantes en términos electorales– que no sólo recuerdan lo que van diciendo los políticos en campaña, sino que incluso son capaces de mencionar lo que hicieron cuando gobernaban. Y que establecen diferencias. Jerarquías. Distancias. Y a partir de este ejercicio –crítico– obtienen sus propias conclusiones. Casi todas ellas dejan a los aspirantes a un cargo –alcalde, presidente de autonomía o candidato a presidir un Gobierno– en una situación escasamente edificante. No tanto porque exista una tendencia natural a criticar a la clase política –ellos niegan serlo, pero las evidencias los desmienten–, sino porque hacen su camino sin importarles demasiado sus propias renuncias. Piensan que no tienen el mínimo coste electoral.

Esta semana hemos asistido en Sevilla a un episodio ilustrativo. El PP, principal favorito en estos comicios, ha organizado una gira de actos por las localidades medias de la provincia –el cinturón urbano que todavía se le resiste– para intentar cosechar los votos que Javier Arenas necesita para lograr una mayoría suficiente, que en realidad se llamaría absoluta. Hasta aquí, lo lógico. Cada partido es libre de establecer su propia táctica de campaña. El problema surge cuando se analiza, con algo de sobriedad, sin los habituales entusiasmos, los mensajes de fondo lanzados por el partido conservador.

Todos ellos se han centrado en la política de infraestructuras, uno de los capítulos en los que la historia reciente de Sevilla muestra el escaso peso político que la provincia tiene no sólo en el ámbito andaluz, sino a nivel estatal. El discurso de Arenas, que en parte ya había puesto en práctica Zoido unos días antes, viene a afirmar que si los electores le otorgan su confianza dentro de una semana Sevilla logrará una ley de capitalidad –una vieja reivindicación de la ciudad– y, por arte de magia o milagro, recuperará el tiempo perdido en materia de inversiones públicas durante los últimos dos lustros.

Arenas no dejó –casi– nada por mencionar. Desde la red integral del Metro de Sevilla, cuya única línea hace tiempo que se quedó corta, pasando por la SE-40, la construcción de la SE-35 –una ronda urbana; municipal, por tanto– o el tranvía de Alcalá de Guadaíra. A juicio del aspirante popular, la Junta de Andalucía –el PSOE, en realidad– se “olvidó” de esta provincia después de la celebración de la Expo 92. “Esta provincia sencillamente dejó de existir”, sentenció el cabeza de lista popular.

Sobre el diagnóstico, hay poco que objetar. Son sencillamente datos estadísticos los que avalan esta tesis, aunque en otros territorios andaluces todavía continúe viva la vieja costumbre de los agravios contra la capital hispalense. Dicho esto, y dándole la razón a Arenas en el punto de partida de la discusión, lo cierto es que no sólo hay que analizar los presupuestos autonómicos, controlados por los socialistas en los últimos treinta años, para certificar estas carencias.

También los sucesivos gobiernos estatales han aprobado sus respectivas cuentas anuales con partidas de inversión muy débiles en relación al peso poblacional, económico y político que debería tener Sevilla. Y en esta cuestión, obviamente, algo también ha tenido que ver el PP. O lo que es lo mismo: los dos gobiernos presididos por José María Aznar, en los que Arenas jugó un papel político notable. Justo aquí es donde el discurso electoral del PP patina. Y la credibilidad política de su candidato resulta ser, cuanto menos, discutible. El PP sabe perfectamente que éste es uno de sus talones de Aquiles. Aunque parece confiar en que la memoria útil de los ciudadanos sea lo suficientemente escasa como para orillar semejante contradicción.

Un caso paradigmático es el Metro. El PP promete ahora hacer la red integral del ferrocarril metropolitano. Zoido lo pregonó durante su campaña, pero después pactó con la Junta un programa para dar prioridad a la línea 3, sin dejar de discutir el resto del proyecto. Parecía una solución razonable dado el contexto económico en el que vivimos. Sin embargo, vuelve a usarlo como argumento electoral. Habrá a quien le parezca lícito. A otros nos parece simplemente teatro: los gobiernos del PP en Madrid, con el ciclo económico a su favor, jamás llegaron ni siquiera a participar en la financiación de la línea 1. De donde se infiere que ahora difícilmente podrían asumir lo que entonces no quisieron pagar. Basta recordar, además, el reciente anuncio del ministro De Guindos sobre el inminente recorte del 40% en las licitaciones estatales en los próximos presupuestos para que la promesa del PP se derrumbe. Sencillamente: no es verosímil por muchas visitas de la ministra de Fomento que organice el PP. Visitas donde sólo se expresan buenas intenciones. Ni plazos ni presupuestos. Nada cierto.

La realidad es muy terca. Y los datos hablan sin excesiva glosa: el déficit de inversiones estatales que padece la provincia desde hace al menos dos lustros puede cifrarse en 2.173 millones de euros. El cálculo lo realizó en su día –2009– Francisco Ferraro, catedrático de Economía de la Universidad de Sevilla. Un argumento de peso que no induce precisamente a esperar un cambio de tendencia. Y que resta validez a la promesa electoral del PP de devolver a Sevilla el porcentaje de inversión del que viene privándosele en la última década. Esta deuda histórica oculta jamás la admitieron ni los socialistas ni los populares.

Los socialistas, asombrosamente, han querido sacar pecho al hilo del tropezón de Arenas. Para ellos el 25-M es ya el último dique contra la involución. El presidente de la gestora que dirige el PSOE sevillano tras su enésima crisis le mandó esta semana una carta al candidato popular en la que le reprocha que no quiera admitir la realidad. “Hemos hecho una segunda modernización”, le dice Manuel Gracia, el presidente de la dirección interina socialista. Basta ver las cifras del paro –el gran lastre de nuestra economía– para darse cuenta de cómo el papel lo aguanta todo. Sobre todo en campaña. Los socialistas prometieron en su día –Plan Estratégico de Alfredo Sánchez Monteseirín– el pleno empleo en la Sevilla de 2012. A la vista está que la promesa se ha cumplido. Nadamos en la abundancia.

Sevilla 25-M: lecturas cruzadas

Carlos Mármol | 11 de marzo de 2012 a las 6:05

Los socialistas se juegan otra vez el mito de su imbatibilidad electoral. El PP intentará arañar los sufragios que necesita para la mayoría absoluta en el cinturón de ciudades medias. Los comicios tendrán derivación municipal.

El tiempo, ese concepto difuso que, según San Agustín, existía y al mismo tiempo, nunca mejor dicho, dejaba de existir en función de la ocasión, es el factor que va a marcar la campaña electoral que, como dicen los argentinos, recién ha comenzado esta semana en Andalucía. Tiempo, según los socialistas, es lo que quizás le va a faltar al PSOE en las dos semanas largas que restan para que se produzca el dictamen de las urnas. Tiempo, a juicio del PP, es lo que probablemente le sobre (a tenor de las últimas encuestas) a Javier Arenas de cara al 25-M. Y tiempo (que perder) es lo que la mayoría de los electores consideran que va a gastarse en el circo mediático en el que se han convertido las carreras electorales.

Al igual que cualquier otra guerra, una victoria es una suma de batallas –no siempre menores– que hacen ciento. Los comicios regionales en los que se disputa el inmenso poder institucional de la Junta de Andalucía –poco más; no se engañen– se alimentan pues de un sinfín de enfrentamientos provinciales simultáneos que, debido a que las elecciones se organizan a partir de las distintas circunscripciones territoriales, cobran especial relevancia a la hora de asignar los diputados necesarios para la mayoría absoluta (del PP) o la minoría relativa (que formarían PSOE e IU). Las dos variantes iniciales del menú.

En este contexto es donde la batalla de Sevilla –ciudad mil veces conquistada; escasamente leal, a pesar del lema de su escudo oficial; centro obsesivo de atención en los duelos electorales previos– adquiere especial interés, al depender el resultado global de las autonómicas en buena parte de lo que ocurra en una provincia que, todavía, parece resistirse –con independencia de los motivos potenciales– a formar parte del cambio de ciclo político que desde hace ocho meses está transformando el mapa del poder en España. La Numancia sevillana es para los socialistas la última esperanza para no fenecer (políticamente) por completo. Para el PP, en cambio, viene a ser como la Granada de los nazaríes en tiempos de la Reconquista, que, como todo el mundo sabe, no fue sino una mera conquista por las armas. Sin preámbulo alguno.

Hay mucho en juego. Demasiado. Pero de forma distinta en función de cada protagonista. En el caso del PSOE, lo que ocurre en Sevilla es, sobre todo, una guerra psicológica, de identidad. Con independencia del resultado final –los sondeos hablan de un empate técnico en número de diputados entre los grandes partidos– lo que se dirime en Sevilla es una cuestión mítica. Esto es: si la provincia seguirá siendo el último reducto de sustento electoral de unos socialistas en fase menguante y, como era de esperar, más acostumbrados a devorarse a sí mismos que a vencer a sus adversarios.

Lo que está en juego no es sólo la Junta, sino el mito de la imbatibilidad electoral del PSOE de Sevilla. La condición que le ha convertido a lo largo de la historia reciente en el corazón mismo del partido, como se dice en Madrid, o, visto desde las provincias andaluzas, en una organización que es necesario someter o controlar para que el PSOE de ámbito regional mantenga en su fuero interno un cierto equilibrio que evite que termine saltando por los aires.

Dado el tamaño de la batalla –a nivel interno y externo– lo que resulta del todo sorprendente es que el PSOE sevillano llegue al campo de juego con una situación de interinidad tan profunda como la que salió tras la última de las guerras púnicas: la elaboración de la lista electoral. Los socialistas, cuyo principal reto para no fracasar consiste en movilizar a los suyos, se presentan a los comicios con una nómina electoral que la mitad de la organización rechaza y una serie de condicionantes internos que hacen prácticamente imposible lograr un grado de movilización suficiente para no estar intranquilo. No es extraño que los actos políticos se hayan programado en aforos limitados –para no dar sensación de orfandad– y en clave, si no íntima, sí muy discreta. Hay pocos motivos para el optimismo incluso a pesar de que los últimos sondeos van reduciendo –de forma leve– la distancia que el PP ha llevado durante meses a los socialistas.

Todo se juega a una carta, y la baraja ya no está exclusivamente en manos del PSOE, que además cuenta con inquietantes señales del fin de siècle: no tanto por la corrupción, que también, sino por otros síntomas tan gráficos como el retroceso electoral que, en los recientes comicios generales, se produjo en localidades metropolitanas de usual mayoría socialista: Alcalá de Guadaíra y Dos Hermanas, esencialmente; además de otras urbes medias donde el PP casi ni osaba dar la batalla.

Los sondeos, por otra parte, en realidad no aclaran demasiado el resultado final. Formalmente ganaría el PP, pero nada se dice –porque es imposible– de cuál va a ser el comportamiento electoral en el interior de la provincia, donde realmente se librará la batalla por la Junta de Andalucía. La bolsa de indecisos –oficiales– todavía es demasiado gruesa para que nadie cante victoria, ni siquiera los favoritos en la carrera electoral. Y eso que el precedente de las municipales podría hacer pensar –cosa que antaño se consideraba inaudita– que los votantes todavía no alineados podrían votar en masa al PP.

Si hace ocho meses esta hipótesis terminó siendo cierta, que vuelva a repetirse el fenómenos ahora es mucho más improbable. Un factor ha cambiado por completo el panorama: Zapatero no está; ya gobierna Rajoy y la economía sigue igual de mal que entonces, o bastante peor, ya que han comenzado las primeras medidas de ajuste –subida de impuestos, reforma laboral– y las decisiones paliativas que el PP ha ido aprobando para tratar de no perder imagen –protocolo contra los desahucios, límites a los sueldos de los altos cargos públicos– no ocultan la realidad subyacente: la crisis la va a pagar, como ocurre siempre, la gente normal.

Probablemente en lo único que Griñán ha acertado en los últimos meses fue en separar los comicios regionales de los estatales, en los que Rubalcaba no pudo evitar la extraordinaria sangría electoral de los socialistas. El tiempo –creían los socialistas– jugaría a su favor. Aunque esta tesis tampoco está del todo clara si se tiene en cuenta que la batalla de San Telmo puede estar perdida desde hace más o menos año y medio, cuando estalló el escándalo de los ERES falsos.

Los populares saben, en todo caso, que sólo con el mensaje de la corrupción no tienen garantizada la victoria necesaria. No basta. Insisten en su táctica de poner en cuestión la gestión de los socialistas –que han dado munición para varias décadas– pero a nadie se le escapa que su gran asignatura pendiente es crecer en el circuito de urbes medias que forman el fortín sevillano de los socialistas. No es extraño que el 70% de su lista electoral esté formada por concejales. Busca así el PP que sus referentes en estos ámbitos geográficos –localidades cuya población se sitúa entre los 10.000 y los 20.000 habitantes– logren arrancar votos que hasta ahora se les han resistido. O, al menos, que los socialistas no puedan recoger demasiada cosecha, lo que les permitiría sumar los restos necesarios para la mayoría hipotética. Suficientes para que los tres puntos de distancia de las últimas generales eviten que la bandera de la Numancia socialista sevillana continúe en pie.

En esta táctica, cuentan –y mucho– los votos de la capital. También, inevitablemente, habrá pues una lectura en clave hispalense. Los socialistas han dejado la campaña en la capital en manos de Juan Espadas, el líder de la oposición municipal, que en las generales presumía de haber logrado pinchar –levemente– la burbuja Zoido. Habrá que ver qué ocurre ahora para confirmar dicha teoría. El PP está en ascenso. Es un hecho cierto. También lo es que después de ocho meses de ejercer el poder municipal la figura política del regidor sevillano no es inmaculada. Ni mucho menos. Tendría gracia que el PP no lograse la mayoría absoluta por no retener todos los votos con los que cuenta en Sevilla capital.

La herencia inconfesable

Carlos Mármol | 26 de febrero de 2012 a las 6:05

El gobierno del PP en Sevilla construyó toda su oferta electoral sobre un cuestionamiento de la herencia política recibida de Monteseirín. El alcalde recurre ahora a sus proyectos para mostrar algo de gestión.

Marco Tulio Cicerón, orador romano, senador destacado, dijo un día: “Malos tiempos: los hijos han dejado de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe libros”. Efectivamente: es así. Los tiempos actuales son pésimos para casi todos, incluso para aquellos a los que les toca en suerte la tarea (ardua) de gestionar algún tipo de herencia. Ya se sabe: son la causa de las mayores disputas que se producen en esa institución (social) que todavía llamamos familia.

En política ocurre igual. Hay herencias mortales y veniales, pero nunca neutras. Ninguna es fácil de llevar. Las excelentes provocan, con frecuencia, un problema de contraste: si el que llega al poder resulta ser inferior a su antecesor, la losa será imposible de levantar. Si, en cambio, es superior, acaso el gobernante que salga favorecido tras la comparación se contente con lo mínimo, en lugar de aspirar a lo máximo. Lo que suele generar, por lo normal, mediocridad.

Juan Ignacio Zoido, alcalde de Sevilla desde hace ocho meses, alcanzó el poder formal –el supremo debe ser de Dios, dueño de nuestros días– precisamente renegando de la herencia política previa que, tras ocho años de gestión, dejaba el gobierno PSOE-IU. Todo su proyecto discurrió, durante el lustro que estuvo en la oposición, por el raíl del revisionismo: el ejecutivo de Monteseirín era un gobierno con una corrupción estructural, que no salía a la calle y que se embarcaba en proyectos que dejarían en la ruina la hacienda pública. Cambio. La estrategia le salió redonda: sacó 20 concejales. Dejó sentado a un PSOE que todavía no ha sido capaz de entender cómo, con todos los recursos en su mano, su ex-alcalde, con más de una década de gestión, abandonó a su suerte a su base electoral.

Los primeros compases de la era Zoido también han estado marcados por las cuestiones de herencia. Su principal argumento político en este tiempo, casi el monotema, ha sido la denuncia (por los procedimientos habituales) de buena parte de las irregularidades cometidas por Monteseirín y Cía. Una salmodia que han repetido, por tierra, mar y aire, durante más de medio año. La táctica se equilibraba con golpes de efecto (relativos) para ir desmontando algunas de las medidas emblemáticas de la etapa anterior. Fue el caso del Plan Centro, derogado sin alternativa, o la paralización de facto de la Empresa Pública de la Vivienda (Emvisesa), pasando hasta por la modificación del callejero urbano, quitándole (ofensa sin necesidad) su calle a Pilar Bardem para rebautizarla con un nombre de Virgen. Laus Deo.

El revisionismo se ha convertido así, unas veces de forma más tibia, en otras ocasiones con un estilo más vehemente, en uno de los rasgos del ejecutivo de Zoido, que prometió –en su investidura– ser el alcalde de todos. Con veinte concejales y los añadidos externos, el ejército de guerra sucia del PP ha tenido estos meses una tarea enorme. Reunir un arsenal de bombas de racimo –de estallido mediático inmediato– por si alguien, principalmente de la oposición, se atrevía a no aplaudir el retablo de las maravillas en que algunos convirtieron la llegada al poder local del PP.

Gobernar es tarea ardua y, como la confianza ciudadana había sido alta, parecía que esta estrategia podría mantenerse hasta bien cumplida la primera anualidad del mandato. Las voces independientes y críticas –escasas– eran gotas en un océano de adulación, entusiasmo, mucho interés y cierta ceguera. Se podían hasta convertir en gestas las cosas menores: la reivindicación de la Navidad –inventada desde que la Iglesia así lo decidió– o asuntos delicados, como las tragedias personales (caso Marta), que si algo merecen por parte de todos no es compasión, sino respeto. Un hondo y profundo respeto.

Y, sin embargo, algo empezó a virar el rumbo del barco municipal, impulsado con fuerza por el viento de Poniente. Quizás la cosa mutó cuando, en un exceso de entusiasmo, el gobierno del PP decidió –en plena crisis económica– organizar en Sevilla aquella final de la Copa Davis que costearon las arcas municipales. El político sencillo y austero, sorprendentemente, iba por el mismo sendero de sus antecesores: los grandes eventos, espejismo en el que en su día nadaron Manuel del Valle (PSOE), Alejandro Rojas Marcos (PA) y Monteseirín. Tan sólo Soledad Becerril, casualmente de su mismo partido, se salvó de esta pandemia.



A partir de la Davis, todo ha ido a peor. No tanto porque el barco municipal esté naufragando –cosa imposible dado el escaso tiempo de gobierno, la solidez de la mayoría en el Pleno, la marea azul que vive el PP en España y muchos otros factores–, sino porque la imagen excesivamente idílica construida durante la campaña ha ido, poco a poco, resquebrajándose. Es el gran riesgo, en política, de los episodios de amplificación hasta la desmesura. Cuando se quiebran, se parten mucho más rápido que los retratos de corte más realista. Ciertos.

Curiosamente, el ocaso del mensaje evangelista del PP de Sevilla está coincidiendo con las vísperas de los comicios autonómicos, a los que Zoido concurre –de nuevo– como candidato a diputado regional. Quizás por esta circunstancia, la máquinaria municipal decidió hace unas dos semanas que convenía resaltar ante los ciudadanos la imagen del alcalde como la de un político capaz de impulsar los proyectos relacionados con el empleo. Ya no valían las soflamas contra los de antes. Cumplidos los ocho meses, los de antes ya eran los de ahora.

El plan consistió en escoger una serie de hitos que sustentasen la tesis electoral: Zoido impulsa proyectos para que exista trabajo en Sevilla. En un momento crítico –la reforma laboral del PP favorece el despido– parecía ser una buena táctica, si no fuera porque, ante la ausencia de una cosecha propia –la gestión de estos ocho meses es magra– tuvieron que recurrir a la herencia previa, tan criticada, y ocultando además su procedencia. Se sucedieron así las estampas: la remodelación del Mercado del Barranco, el impulso a la Ciudad de la Imagen (Higuerón Sur) y, por último, el “desbloqueo definitivo” de Ikea. Todo en sólo tres días. En un escenario egregio (la sala capitular) y con un mismo mensaje: Sevilla funciona gracias a Zoido.

La cosa, sin embargo, no salió como estaba previsto. Primero porque la gente normal, pero sobre todo la oposición, todavía tiene algo de memoria. Y segundo porque las medias verdades tienen las patas cortas. Era demasiado grueso hacer pasar lo que no eran sino meros trámites administrativos por hechos trascendentes. Incluso el colofón de Ikea saltó por los aires apenas unos días después cuando la propia multinacional sueca enfrió el optimismo municipal.

No hubiera sido demasiado trágico si la semana no hubiera terminado con el fin de la inocencia: los socialistas, quién se lo iba a decir a algunos, desvelaron que el PP tenía, al igual que ellos en su época, una red para contratar a familiares de hasta tres concejales y cargos provinciales del partido en los distritos. La primera reacción fue combativa: el edil responsable del asunto, Beltrán Pérez, dio una surrealista rueda de prensa en la que, como no podía negar la mayor (era verdad), amenazó a la oposición con rebuscar en su idílico pasado. Cosa singular: el pecado, parecía pensar el concejal, no era hacer ciertas cosas, sino que te cojan, como si determinados precedentes invalidasen el presente.

Al final, siendo un tema menor, terminó en causa mayor cuando Zoido forzó –gesto que es digno de reconocimiento– la salida de cinco de los familiares contratados por sus vínculos con el PP. Quizás la medida sea insuficiente. Cosmética. Pero demuestra varias cosas. Una: el periodo general de gracia ha terminado. Dos: la oposición, a pesar de los habituales espadanoicos, está funcionando. Y tres: los discursos excesivos siempre encierran en su interior la semilla misma de su contradicción. Es así.