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La cohabitación

Carlos Mármol | 1 de abril de 2012 a las 6:05

Los resultados autonómicos redibujan el panorama político en el Ayuntamiento hispalense. Las cosas aparentan seguir igual pero las percepciones han cambiado. Zoido no podrá ya apoyarse en Arenas. PSOE e IU toman aire.

Las grandes victorias, y por tanto las derrotas, que son su reverso, no obedecen simplemente a los azares de la aritmética, la suerte, los méritos o el capricho. También dependen –y bastante– de la psicología. De la mirada. Los comicios autonómicos de hace una semana, en los que el PP se quedó en el umbral de San Telmo –llamando a las puertas del cielo, por utilizar el símil dylaniano–, también han modificado la política municipal sin llegar en realidad a alterar la situación que hace nueve meses situó al PP al frente del Ayuntamiento de Sevilla con una mayoría histórica.

Todo continúa igual. Y, sin embargo, casi todo ha cambiado. Otra cuestión es que quiera aceptarse de esta forma. Resulta evidente que, según la lectura oficial, los populares no han perdido la mayoría –sólida– que los aupó a las alcaldías de las capitales andaluzas. El suelo electoral del PP es muy fuerte –decir lo contrario sería pecar de ingenuo– pero la tendencia subyacente que señala el 25-M parece fortalecer la tesis de que la cosecha municipal fue tan excepcional para los conservadores porque se situó justo en el punto en el que la marea popular subía. Los últimos indicios apuntan a que ha comenzado a bajar.

Y dicen algo más: a pesar de que el sistema electoral fija periodos de gobierno de cuatro años –por un criterio lógico de estabilidad política– la crisis económica en la que vivimos desde hace ya casi un lustro es capaz de cambiar en un plazo bastante más corto las fotos que arrojan las elecciones. Sin dejar de ser válidas, ya no son perdurables. Mutan a velocidad de vértigo. Cosa que debería hacer reflexionar a los legisladores sobre si la representatividad política no debería, como ocurre con la legislación laboral, empezar a explorar nuevas vías, más flexibles, que respondan a los cambios de opinión de los ciudadanos.

Cambio de percepción

El gran cambio que nos ha traído el 25-M no es el que señalaban los sondeos: la sustitución de los socialistas por los populares en la Junta de Andalucía. Tampoco el cambio seguro que, según la terminología de campaña, reivindicaban los socialistas, entre otras cosas porque después de más de tres décadas en el poder en el Sur de España tratar de obviar la idea de que las cosas deberían ser distintas resultaba argumentalmente obsceno. No.

El gran cambio ha sido mucho más sutil y, quizás justo por eso, bastante más profundo. Se trata de un cambio de percepción. De óptica. Los ciudadanos ya no dan cheques en blanco a nadie –no hay liquidez bancaria, mucho menos de confianza– y retiran los ahorros, que en política son el crédito y los votos, cuando creen que el sendero por el que caminan los gobernantes es equivocado. Lo hacen con independencia de cuál sea tiempo transcurrido y obviando los formalismos de propio sistema electoral. Sin problemas. Es natural: la situación social, económica y política es de urgencia nacional.

En el caso de Sevilla, uno de los focos de la batalla política que vienen librando populares y socialistas desde las municipales –unos para conseguir la supremacía plena; otros para sencillamente evitar su desaparición–, el movimiento sísmico sobre todo ha sido de perspectiva. Un terremoto silencioso y, en el caso del PP de Sevilla, excesivamente prematuro. Increíble.

Los populares tenían motivos para la confianza: todos los hitos que jalonaban su pugna con los socialistas parecían allanar el camino hacia el triunfo. Arrasaron en las municipales, triunfaron en las generales y, según todos los estudios, el pálpito social –más escénico que cierto, pero éste es otro tema– prácticamente daba por hecho que Roma –Andalucía, tierra por igual de vicios y oropel– caería de su lado. Pues no.

El desajuste ha cogido al PP tan a traspié que va a tardar en poder articular un discurso, siquiera defensivo: los leales estafados son peores que los aduladores interesados. La misma noche electoral el alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, el símbolo de este ascenso al poder abortado en su última estación, repetió el mismo argumento de su particular campaña electoral: “La alianza PSOE-IU es un pacto de perdedores. No durará”. Quizás sea así, pero serán quienes gobiernen Andalucía cuatro años. Y eso, en cierto sentido, sí es una victoria. Incluso aunque la política no sea únicamente el poder.

No resultan nada extrañas las palabras de Zoido, aunque afortunadamente se haya desvinculado con ellas de la oleada de lugares comunes, insultos y reprobaciones que desde los creadores de opinión –llamativo término para referirse a los propagandistas de plantilla– de Madrid dedican a los andaluces por haber ejercido en un determinado sentido su derecho al voto. Zoido es quien más va a padecer que la última apuesta de Javier Arenas haya salido mal. En términos personales (una cuestión privada y, por tanto, respetable), pero también en el campo político. De forma directa.

El gobierno local, que tiene por delante casi la totalidad del mandato municipal,se enfrenta a un grave imprevisto con el nuevo panorama político que se dibuja en la Junta de Andalucía. Un escenario, porque la política es sobre todo una puesta en escena ante los ciudadanos, a los que hay que convencer, que va a condicionar toda su gestión. Hasta el momento –nueve meses después de la victoria– el plan de ruta de Zoido ha consistido en golpes de efecto –muchos fallidos por un exceso de confianza–, cambios aparentes en el seno del Ayuntamiento –caras nuevas, vicios eternos– y un sentido de la paciencia que sólo se explica por la estrategia del PP de dejar que el cambio se consumase.

Al contrario que Rajoy, forzado por las circunstancias, el alcalde ha evitado tomar cualquier medida impopular –cayendo repetidas veces en un revisionismo inexplicable– para que su enorme crédito político, avalado por las urnas, aunque discutible, no perjudicase las aspiraciones de Arenas. Una opción singular que se concreta en un gobierno que hace oposición a la oposición en lugar de gobernar asumiendo riesgos, apostando y enfrentándose al desgaste inherente al ejercicio del poder.

La nueva situación complica todo esto. Lo impide. Zoido tendrá que empezar a gobernar –si quiere sobrevivir en el tiempo– sin demora, sin aliados (Arenas no estará en San Telmo) y con su principal embajador exterior –el líder del PP andaluz– en horas bajas en Madrid. Bastante más solo que antes, cuando estaba en multitud. Si Arenas hubiera ganado, el PP sevillano lograba la cuadratura del círculo: interlocución privilegiada, flexibilidad legislativa, sintonía y presupuesto ajeno a su servicio.

La derrota autonómica limita el campo de acción a lo institucional. Es lo más razonable –avivar la confrontación desde las instituciones no es valorado por los ciudadanos– pero parece improbable. Veremos. Pero lo cierto es que incluso la vía de ataque –a una Junta controlada por PSOE e IU– ya no sirve: el campo de juego para la confrontación ha saltado de escala. La pelea, cruenta, va a ser entre Madrid y Sevilla, no entre San Telmo y Plaza Nueva. Es la tragedia de pasar de ser un actor principal al elenco de reparto. Comienza la cohabitación.

Espadas: nueva estación

Este proceso afecta también a la oposición. El cambio de percepción que pone en crisis el rol del PP como partido triunfante ayudará a que su papel, necesario, se evalúe sin los prejuicios de quienes tienen miedo a caminar lejos del poder. Espadas sostiene que Zoido ya ha perdido la mayoría absoluta que logró en las municipales. Los datos le avalan, pero si el análisis se hace sobre las generales –la última foto política– el saldo no induce tanto al optimismo. Los socialistas mejoran pero siguen perdiendo votos que van a parar a IU. La derrota dulce de Griñán le ayuda –a la espera de contemplar las tensiones orgánicas– pero sólo ha cumplido un hito (acelerar el desgaste de Zoido, que era previsible por sus propios excesos) del camino hacia la Alcaldía. La estación termini todavía queda lejos.

La reconquista de los patriarcas

Carlos Mármol | 27 de noviembre de 2011 a las 6:05

El congreso federal de los socialistas en Sevilla dirimirá si el PSOE es capaz de renovarse tras la rotunda derrota electoral o volverá a estar bajo la tutela de los líderes históricos. El resultado condicionará los cónclaves regional y provincial.

La idea está hermosamente esbozada por Borges. Brevísimo epílogo del libro El hacedor. Dice así: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, reinos, montañas, bahías, naves, islas, peces, habitaciones, instrumentos, astros, caballos y personas. Antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”.

A veces ocurre. Sobre todo tras las derrotas: uno busca comprender el porqué de las cosas y de pronto se topa en el camino con el reflejo de su propio rostro. La cara del mundo. La metáfora sirve para ilustrar el pozo en el que acaba de entrar, tras las últimas elecciones generales, el PSOE. Expulsado sin contemplaciones de las instituciones después de las dos últimas convocatorias electorales –municipales y generales– y con Andalucía, su último gran feudo, en peligro, los socialistas anuncian para febrero un congreso federal en Sevilla cuyo objeto es curarse las heridas con la designación de una nueva dirección política que, dado como están las cosas, quizás no sea tan nueva.

A priori, la organización política a la que los ciudadanos han encargado ejercer la oposición contra el nuevo poder, casi omnímodo, que las urnas otorgaron al PP pensaba entrar en su propia guerra púnica con sólo dos bandos claros: la vieja guardia, que representarían Rubalcaba, Chaves y casi todos los referentes del felipismo; y los herederos del zapaterismo, personificados en la figura de Carmen Chacón. Los primeros nunca se han ido del todo. Los segundos se han quemado –por su propia bisoñez, entre otras cosas– demasiado pronto. En apenas ocho años de gobierno.

La profunda sima del 20-N trastoca, sin embargo, este planteamiento a dos aguas. Rubalcaba, que aspira a controlar la organización pese a su batacazo en las urnas (su candidatura no tenía otro objetivo más que éste), parece estar siendo cuestionado –y con motivos– por los zapateristas, que no piensan pasar a la historia como los únicos responsables del hundimiento total del PSOE. Probablemente con parte de razón: la responsabilidad debería ser compartida –como compartido fue el poder– aunque en distinto grado.

El entorno de Chacón –la política es muy dada ahora al juego de los heterónimos de conveniencia, un recurso para desdecirse según las circunstancias de lo que se piensa– también ha visto seriamente recortadas sus aspiraciones tras los resultados en Cataluña. Otras posibles opciones se autodescartan. A la vista no se adivina ningún mirlo blanco. Parece pues que los socialistas no tendrán más remedio que optar, si no aparecen inesperados aspirantes, por dos proyectos fracasados en las urnas para reconstruirse. Paradójico.

Con independencia de lo que ocurra en dicho cónclave, situado peligrosamente a un mes escaso para las autonómicas, probablemente los comicios más dramáticos del ciclo electoral perpetuo en el que estamos, el panorama orgánico de los socialistas tiene por delante una etapa llena de incertidumbre. Zapatero dejará el poder orgánico en dos meses, pero quiere un congreso abierto, similar al que lo encumbró hace ahora once años. Los patriarcas abogan por capitanear un proceso de tutela –algo paternalista– que salve los únicos muebles que quedan en el políticamente ruinoso predio del PSOE. Quizás para reinventar sobre las esencias del pasado la próxima larga etapa política en la oposición. Regreso al préterito.

La cosa no deja de tener gracia. La candidatura de los socialistas al 20-N ya se configuró sobre la base de una sucesión extraña, anómala, antinatura: los abuelos desplazando a los nietos. La batalla orgánica se perfila ahora como el reverso de la clásica figura de la muerte del padre. En este caso estaríamos ya ante el entierro de los infantes. En ambos casos, una liza sangrienta, lo que confirma que la política es mucho peor que la vida. Max Weber: los sentimientos nobles, en política, no siempre engendran felicidad, sino desgracias. Uno empieza postulándose para cambiar el mundo y termina matando a quien tiene al lado para tratar de sustituirlo en el atrio. Los sueños utópicos terminan demasiadas veces en el barrizal.

Estos días veo a algunos ilustres socialistas argumentar su apoyo a Rubalcaba debido a la gravedad de la situación.“¿Cómo vamos a decirles ahora a los ciudadanos que quien hemos propuesto para dirigir el país no puede liderar el partido?”, se preguntan. El argumento es válido. Aunque para mí la respuesta aparece al volver la pregunta, como suele decirse, a pasiva: si los ciudadanos no han elegido a Rubalcaba como presidente del Gobierno su liderazgo en el PSOE parece, cuanto menos, discutible.

En realidad, el fondo de la cuestión es mucho más simple: hay que optar entre el patriarcado y la democracia. No hay más. La fragilidad política que les espera a los socialistas durante los próximos años parece inclinar la balanza en el primer sentido. Probablemente por el eterno miedo a la libertad, que incluye la posibilidad de equivocarse. Aunque la etapa política de Zapatero no ha quedado invalidada por cómo fue su llegada al poder –democrática–, sino sencillamente por su falta de coherencia. Los resultados políticos no anulan necesariamente el método de elección. Confundir ambas cosas es un recurso interesado.

Claro que, si hablamos de la lucha por el poder, el interés se da por supuesto. Como el valor en la milicia. Se presupone, aunque no siempre abunde. La batalla orgánica de febrero no será en realidad el fin, sino el principio. La renovación de la dirección política en el PSOE federal seguirá un camino descendente que pasa por Andalucía y por Sevilla.

En el ámbito regional, las espaldas están en lo alto: Griñán busca pactar una posición común con sus críticos, que son los chavistas. El presidente juega a dos bandas: elogia a Rubalcaba pero sin rehuir a Chacón. Por si acaso. Adscribirle directamente a uno de los dos contendientes es arriesgado. Tiene edad para ser uno de los patriarcas del PSOE –secundario en términos históricos– pero su poder en Andalucía se gestiona ahora a través de generaciones posteriores que padecen el mal que Baroja certificaba en su libro Juventud, egolatría. Todo hace indicar que al final apostará por Rubalcaba, pero tampoco es seguro. Veremos.

Seamos sinceros: en Andalucía el zapaterismo no ha existido nunca. En las sectas (políticas) nunca se vieron con buenos ojos las primarias. Igual que en Sevilla, aquí los bandos en disputa son mucho más heterogéneos: los contendientes son viejos conocidos, antiguos aliados –amigos cuyos vínculos se han roto por completo–, generaciones interpuestas (abuelos y nietos juntos) y la lectura electoral no estará clara hasta el mes de marzo. Puede ocurrir de todo.

Una cosa sí es segura: si los viejos patriarcas triunfan en Ferraz la ola, en esta ocasión, sí descenderá hacia el Sur. Con Zapatero no pasó de Despeñaperros. Lo hará con mentalidad de reconquista. Igual que cuando Fernando III, el rey castellano, entró en Sevilla llevando la espada que esta semana le ha tocado llevar a Zoido (PP).

En el PSOE de Sevilla es donde las cosas están más difusas. La actual dirección perdió las municipales en la capital pero ha aguantado el tipo –por la mínima– en las generales. Las autonómicas servirán para desempatar. Oposición al aparato existe, pero es débil y tampoco tiene demasiados motivos de orgullo: es corresponsable de la pérdida de la Alcaldía. ¿Se atraverán sus referentes a dar el gran paso? En solitario es poco probable. Barajan y esperan a ver qué ocurre con los abuelos. Si ganan, quizás. Si pierden, harán como Borges: mirar su propio rostro en el espejo.

El nuevo ‘cursus honorum’

Carlos Mármol | 20 de noviembre de 2011 a las 6:02

La probable victoria de Rajoy abrirá una nueva etapa política después de ocho años de gobiernos socialistas · Tras la ‘marea azul’ de las municipales, que ha tenido a Sevilla como epicentro, el PP gozará de un poder omnímodo.

La política es una moneda de dos caras. En el anverso acostumbran a situarse el poder, los honores, los privilegios, todos los valores asociados al triunfo (social)y, en demasiadas ocasiones, también la prevalencia económica. En el reverso, que es la parte que casi nunca se tiene en cuenta, pero que suele ser la más agria, están los sacrificios asociados al ejercicio de cualquier tipo de mando: la soledad, la responsabilidad, el sentido del deber moral, la capacidad para soportar las críticas ajenas y, al mismo tiempo, la fortaleza interior necesaria para asumir que nadie, salvo uno mismo, va a entender el sentido último de tus propias decisiones.

Las elecciones generales que hoy se celebran en España probablemente abrirán un nuevo ciclo político en el que –si se cumplen los pronósticos de todos los sondeos– el Partido Popular conseguirá alcanzar la Moncloa después de ocho años de oposición. Gracias al trascendental avance logrado en las todavía recientes elecciones locales y autonómicas, en las que Sevilla ha funcionado como símbolo (efímero) del cambio, disfrutará por primera vez de un poder casi omnímodo para aplicar su programa político. Una marea azul de la que, de momento, sólo se salvan Cataluña, el País Vasco y Andalucía.

Rajoy, que llegará al poder gracias al respaldo de las urnas, tiene por delante un misión imposible:evitar de forma urgente que el país sea intervenido –por los mercados financieros–, restablecer un mínimo de confianza social y crear cierto consenso público para poder abordar un urgente plan de regeneración de España, herida por la sangría de los cinco millones de parados, la corrupción que predomina en todas las administraciones públicas –incluidas las gobernadas por el PP; el PSOE no tiene la exclusiva de las irregularidades– y un tejido productivo débil, endogámico (al menos en el Sur) y más acostumbrado, salvo contadas excepciones, a poner la mano en lugar de generar ingresos y crear empleo de calidad.

Ninguno de estos retos, que son los que tienen abierta en canal a España, son fáciles de lograr. Requerirán tiempo –cosa que no tenemos– y mucho diálogo –algo a lo que no estamos acostumbrados–. Pero sobre todo necesitan un sentido mayúsculo del equilibrio. Las decisiones que irá tomando el nuevo Gobierno nos afectarán a todos –administraciones y ciudadanos– y servirán para averiguar si la democracia formal de la que disfrutamos todavía funciona para un país que ha cambiado –hemos naufragado desde el espejismo de la riqueza a la pobreza repentina– y que, a través de plataformas como el 15-M, reclama en la calle, de forma civilizada, profundos cambios que no coinciden precisamente con los que imponen los mercados financieros y tantas veces pregonan los dirigentes políticos. Especialmente los del PP.

La gran reforma, sin embargo, no podrá acometerla Rajoy en solitario por mucha mayoría absoluta que consiga hoy en las urnas. Se trata de la reformulación del propio modelo democrático. Algo para lo que necesita al resto de grupos políticos. Desde el primero hasta el último. Lo que está en juego en el nuevo paradigma político en el que ya vivimos, probablemente sin quererlo, no es puramente el juego de mayorías y minorías, ni la representatividad parlamentaria –asuntos que nadie discute–, sino la supervivencia de un modelo que sólo permite a los ciudadanos elegir cada cuatro años a unos políticos que cada vez son menos políticos (en el sentido clásico del término) y mucho más tecnócratas (dirigentes al servicio de causas mayores; siempre económicas). La actual crisis, junto a sus repercusiones continentales, siembra dudas sobre la vigencia de la vieja democracia griega. ¿Si mandan los mercados y éstos quitan y ponen a los gobiernos para qué votan los ciudadanos?

Si alguna lección están aprendiendo los españoles de la profunda tempestad –económica y moral– en la que braceamos desde hace ya cuatro años es que la política, el territorio común y público, no puede abandonarse en manos de nuestros representantes formales, que acostumbran a llegar al poder con un programa y, en demasiadas ocasiones, terminan aplicando una agenda diferente. Cosa que en Sevilla, por ejemplo, ha empezado a suceder en el caso del nuevo gobierno municipal del PP, más dedicado a cuestiones como la Copa Davis, o a seguir escudándose en la herencia recibida, que a la tarea de gobernar desde el primer minuto. La dialéctica civil forma parte de la sustancia de la política. Lo contrario es llamar democracia a un régimen político meramente formal. Válido pero insuficiente.

Zapatero, que hoy comenzará a ejercer como presidente en funciones hasta la toma de posesión del ganador del 20-M, llegó a la Moncloa prometiendo que bajo su mandato no habría recortes de índole social. La realidad es que, forzado por las circunstancias, ha acometido el mayor ajuste que ha conocido España en décadas. Una contradicción que probablemente deje a Rubalcaba con una representación de diputados escasa en comparación con la actual.

El PP, en caso de ganar hoy los comicios generales, tendrá que desvelar –con los hechos, no con palabras– su verdadero programa político. Una agenda de reformas (recortes, en realidad)en las que deberá elegir quién soportará, y en qué medida, las consecuencias inmediatas del doloroso proceso al que nos obliga la pertenencia al euro. En su mano está compensar los posibles sacrificios –en muchos casos injustos, pues lo sufrirán capas medias de la población que no provocaron la crisis– con ciertas compensaciones sociales, de forma que el peso de levantar al país no recaiga únicamente en los de siempre.

En pocas palabras, lo que se espera de Rajoy es cierto sentido de lo que los romanos denominaban officium. El deber moral que debe exigírsele a cualquier gobernante, empezando por los de ámbito municipal. Es curioso contemplar los principios rectores de la legislación clásica sobre el gobierno municipal –la política nace en las ciudades– y ver cómo, siendo un sistema oligárgico, nada democrático en realidad, está lleno de sentido común. De una sabiduría que, en nuestro caso, hemos perdido por completo. No tanto porque no figure en los corpus legales, sino porque en la práctica ha dejado de aplicarse. Y de exigirse. Cosa que explica el relativismo moral que en política –la vida privada es otra cosa– impera en nuestros días.

Los políticos romanos tenían que pasar (en época republicana) por las diferentes estaciones de un cursus honorum. Ninguno accedía al poder –por mínimo que éste fuera– sin cierta experiencia (buena y mala; la segunda ayuda más que la primera). Lo trascendente, sin embargo, no es esta exigencia, que si se impusiera en el seno de todos los partidos políticos mejoraría sustancialmente la calidad de nuestra democracia, sino las cautelas de índole económica que el sistema romano establecía para quienes ejercían el gobierno y, por tanto, manejaban fondos públicos.

A todos ellos se les reclamaba una fianza patrimonial –en forma de aval o propiedades inmobiliarias propias– para impedir que su gestión causara un quebranto al erario común que no pudiera ser recuperado a posteriori. Una caución que, al tiempo que disuadía a los políticos de tentaciones inconfesables, reducía el ejercicio de la política sólo a las clases más pudientes, el ordo de la oligarquía. Un estamento endogámico y elitista.

En nuestros días el ejercicio de la política está –teóricamente– abierto a todos. Sin condiciones. Afortunadamente, la representación pública ya no depende del patrimonio ni de la cuna, sino de los votos. ¿Sólo de los votos? Aún no hemos perjurado del mismo mal que había en el imperio:los candidatos de las listas electorales siguen pasando por el filtro de los partidos, igual que los decuriones romanos elegían a sus sucesores en el senatus local, en lugar de concurrir en listas abiertas. No somos Roma. Pero, en ocasiones, se echa de menos algo de su sentido del equilibrio –exigir dignidad y mayores sacrificios a quien es el encargado de tomar decisiones– a la hora de elegir a nuestra clase política, cuyos errores están condenados a pagar siempre los ciudadanos.

Apuntes previos al derrumbe

Carlos Mármol | 6 de noviembre de 2011 a las 6:05

La campaña electoral de las generales comienza en la provincia de Sevilla con unas cifras de desempleo históricas y las dudas sobre si en esta ocasión el PSOE será capaz de resistir la creciente marea del PP.

Cinco meses después volvemos a empezar. Idéntico ceremonial. El mismo bucle electoral del que parece que no vamos a terminar de salir nunca. El viaje hacia las urnas tiene en esta ocasión aspecto infinito. Interminable. También es previsible: no esperen sorpresas. Los comicios generales del 20-N probablemente son los que menos emoción suscitan en el tablero de juego político e inmediato.

La victoria del PP se tiene por cosa ya descontada –las encuestas auguran una diferencia de hasta 15 puntos en relación a los socialistas– y todas las dudas (como si en realidad lo fueran) consisten en ponerle la lupa al programa de Rajoy para tener alguna base a partir de la cual poder atisbar el panorama venidero. Ejercicio inútil: los políticos, al convertirse en gobernantes, acostumbran a dejar sus promesas personales a un lado para –ya desde el poder– trabajar en su propia agenda. La suya.

En Sevilla ha ocurrido justo esto tras los últimos comicios locales, cuando Zoido llegó a la Alcaldía aupado por un alud de sufragios y una representación de veinte concejales. La mayor de la historia de la democracia. El respaldo electoral del alcalde fue abrumador, lo que daba a entender (a aquel que no obvie la evidencia) que los ciudadanos preferían una propuesta alejada de la grandeur de antaño y más ligada a la política doméstica. La gestión municipal. Lo que algunos neófitos en la materia llaman ahora la micropolítica.

El paso del tiempo, sin embargo, ha torcido el sendero original: el día a día municipal está siendo demasiado discreto y, salvo excepciones, todos los esfuerzos del nuevo equipo municipal siguen concentrados en los habituales golpes de imagen. No hay cambios de registro. El tono es monocorde. Acaso porque están pendientes de lo que suceda en primavera.

El prometido cambio de valores, que consiste en gobernar de otra forma, no con caras distintas, continúa aún por abordar. La incógnita es si este necesario tránsito llegará a producirse algún día. Esto es: si tras las elecciones autonómicas el PP se decidirá por fin a gobernar Sevilla (en lugar de achacar todo al pasado reciente) o seguirá durante cuatro años más concentrado en sacarle brillo a la Copa Davis.

Que las prioridades de la campaña –barrios, eficacia, soluciones, empleo, inversiones– han mutado es obvio. Basta abrir la web municipal [sevilla.org] para encontrar la mejor metáfora del cambio de perspectiva. El cuento del open goverment se guardó en un cajón:hay departamentos como Urbanismo cuya página electrónica es un verdadero monumento al desastre. De la web oficial ya sólo emerge, rutilante y brillante, la ensaladera, en la que el PP ha puesto extrañamente todo su predicamento (que era mucho) al mismo tiempo que Sevilla sufre una de las peores etapas de su historia reciente, que, a pesar de todas las apariencias, nunca fue muy dada a las alegrías.

El alcalde se fotografiaba hace unos días en un barco en el río –¿dónde quedó aquella idea de un transporte fluvial regular para todos los ciudadanos?– con el único trofeo inmediato de la nueva era, que es prestado. Mientras, los datos del paro en Sevilla –más familias que caen en el agujero negro del desempleo– certifican el raudo avance de un creciente malestar social ante cuyo paso no sirven iniciativas como la organización de trofeos deportivos.

En otros tiempos, cuando algunos confundían el trabajo con la especulación y el dinero con la riqueza, estos excesos acaso tuvieran algún sentido. Yo siempre he pensado que son el preámbulo de la decadencia. De Sevilla, en este caso. Basta repasar la historia:los fastos públicos en Roma eran mucho más deslumbrantes cuanto más mancilladas se encontraban las virtudes romanas que sirvieron para forjar el imperio. En el contexto económico actual, estas estampas denotan esencialmente dos cosas:o ausencia de sensibilidad social o falta de vista. Olas dos. Ambas hipótesis son malas.

Alguien ha dejado de preocuparse por la dirección en la que sopla el viento. Y las velas del barco están destrozadas. Tenemos encima de nuestras cabezas un temporal que no cesa y cuyas consecuencias –la factura social de la crisis– son los 257.500 parados registrados en la provincia de Sevilla. Un 27%. Hasta seis puntos por encima de la media oficial española. El mayor índice de desempleo contabilizado en los últimos quince años. ¿Realmente tenemos algo que celebrar?

El gobierno local, por lo visto, sí: se celebra a sí mismo. Sonríe de forma permanente ante el triunfo que todos los sondeos pronostican para el 20-N y, también, para la primavera del año 2012. Dicen que la clave de cualquier victoria política o bélica consiste en lograr antes un triunfo psicológico. Lo que significa que el PP quizás ya ha ganado la guerra. Aún así habría que preguntarse si, incluso pese a esta posibilidad, no sería deseable algo más de sobriedad. Ética y estética.

La batalla que sucede en la calle, en la que combaten los sevillanos anónimos, consiste en tratar de sobrevivir, pagar las deudas, no ser despedido, seguir caminando a pesar de las heridas diarias. La pelea en la dirección de los grandes partidos es totalmente distinta. Los socialistas aspiran a resistir la marea azul –en Sevilla, al menos– mientras los populares cuentan los días que restan para abrir las urnas, conscientes de que el descrédito de los sucesivos gobiernos socialistas –en Madrid, en San Telmo– les llevará en volandas a un poder que, por muy rotunda que sea su victoria, a la larga será efímero –como todos– si se separa nada más llegar de las causas profundas que lo explican. Si no se centra en hacer lo que se le prometió a la gente: contribuir a arreglar sus problemas. El ejemplo de Zapatero, el verdadero muñeco roto de la política nacional, es bastante ilustrativo.

Sevilla, en los distintos comicios generales que se han sucedido en la última década, siempre ha votado en una misma dirección:PSOE. Si se repasan los resultados históricos, se llega a dos conclusiones: la abstención se ha mantenido cercana a un tercio de electorado –bastante inferior a las convocatorias locales– y la distancia entre socialistas y populares prácticamente no se ha visto erosionada en dos lustros. Según algunas encuestas, Sevilla aparece todavía como una de las contadas provincias en las que los socialistas podrían ondear su banderín rosa.

A pesar del cambio político en la capital, la provincia nunca ha dejado de apoyar a los socialistas:casi el 60 % de los votos en los anteriores comicios generales –2004 y 2008– frente al tercio largo de votos captados por los populares, que nunca han pasado del 34% del total de los sufragios en disputa. El PSOE ha captado siempre el 49% de votos. La traducción en actas de diputados es expresiva: ocho a cuatro. Justo el doble.

Si se cumplen los pronósticos, los socialistas bajarán en votos en Sevilla, aunque se antoja difícil –pero no imposible– que queden por debajo del PP. La clave está en la participación. La movilización del electorado popular es muy alta, lo que augura que su cuota de votos superará el 34% de los sufragios que lograron en el año 2000. Éste es el techo histórico del PP en Sevilla en unas generales. Cinco diputados. Justo los que ahora les otorga el barómetro del CIS, que quita dos a los socialistas y asigna uno a IU, que lleva ya dos legislaturas sin representación sevillana en Madrid.

La tendencia actual favorece al PP. Aunque la lectura de los resultados no pasa tanto por Madrid –el hecho de sentar más o menos diputados en las Cortes– como por el Palacio de San Telmo. El comportamiento de la provincia sevillana decantará las elecciones autonómicas, previstas en marzo. La mayoría del PP en Andalucía depende de lo que ocurra en Sevilla.

Expulsados de Madrid, a los socialistas sólo les quedaría el asidero de su feudo del Sur, en trance de convertirse en la nueva Alhama. El 20-N puede ser el preámbulo del derrumbe político definitivo del PSOE. Para ellos es una tragedia. La de los demás es otra: el naufragio económico en el que braceamos desde hace ya cuatro años.