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Viva el protocolo

Carlos Mármol | 7 de octubre de 2012 a las 6:15

El último trimestre de 2012 comienza sin que se hayan cumplido, de momento, las previsiones de ingresos del presupuesto municipal, cuya ejecución se revela incompleta justo cuando toca comenzar con el siguiente.

No pueden alegar ni ignorancia ni desconocimiento. Sabían de sobra lo que ocurriría y el jardín en el que se metían. Consecuencia de ver la política exclusivamente en el corto plazo. El último trimestre del año 2012 se inicia este mes de octubre, comienzo del imperceptible otoño sevillano, tan leve, sin que el gobierno local haya podido hasta ahora cumplir con las previsiones que él mismo hizo al elaborar las cuentas municipales del año fatídico que ahora entra en su recta final. El presupuesto municipal todavía en vigor tiene una trascendencia política superior a la de cualquier otro año. Dos elementos lo explican: fue el primero de Zoido como alcalde de Sevilla y se elaboró en un contexto económico adverso provocado por la suma de la crisis económica, el descenso de los ingresos municipales ordinarios y las consecuencias de los años de grandeur de Alfredo Sánchez Monteseirín. La célebre herencia.

Zoido tuvo que dirigir el Ayuntamiento durante los primeros compases de su mandato –seis meses– con las cuentas que aprobaron socialistas e IU, un factor que lógicamente jugaba en su contra, ya que el campo de acción del que disponía el alcalde tan sólo le permitía hacer modificaciones parciales de las cuentas en un momento en el que la recaudación ya no iba bien, al estar vinculada a la marcha de la actividad económica global y a unas ordenanzas fiscales que también procedían de su antecesor.

Un cambio con herencia. El arranque del mandato no fue, en términos económicos, nada sencillo. Quizás por eso las decisiones más importantes que tomó el gobierno local consistieron en una contradicción:desmontar los símbolos del pasado municipal más reciente (Plan Centro) para vender la idea de cambio sin dejar en paralelo de usar un argumento –la nefasta herencia– que precisamente remitía al pretérito en lugar de al presente. Y  que daba pocas pistas, y no precisamente optimistas, del futuro.

El viento, sin embargo, soplaba a favor. La ola de popularidad del regidor era enorme –los famosos 20 ediles, las advocaciones en la procesión del Corpus– y parecía harto difícil que nadie reparase, y mucho menos llamase la atención, sobre estas incoherencias argumentales, demasiado finas para ser percibidas por los ciudadanos, que estaban encantados unos, y esperanzados otros, con la idea del deseado relevo municipal. Los tiempos nuevos sólo se construyen con ciertas dosis de olvido sobre los malos momentos pasados, aunque en este caso desde primera hora el gobierno municipal siguiera explotando a su favor la ventaja que suponía contar con información delicada y el vicio de enfocar los faros, en cuanto alguien osaba hacer una mínima crítica, hacia el mandato anterior.

Todo esto empezó a cambiar a medida que los meses se sucedieron. El PP intentó, con éxito relativo, transmitir a los ciudadanos durante esta primera fase que su gestión estaría guiada por la austeridad, la profesionalidad y la eficacia. El saldo es muy discutible, si bien es cierto que en apenas un año su imagen, siendo ya peor que al arranque del mandato, está todavía muy lejos del deterioro que sufrió Monteseirín al final de su última Alcaldía. No es casual. En Plaza Nueva se sabía que las dificultades comenzarían cuando se pusieran a hacer números. No sólo para ver cómo estaban las arcas municipales, sino para con la realidad heredada –impagos, dinero escaso, promesas laborales sin presupuestar– poder marcar por primera vez sus propias prioridades en el documento político más importante: un presupuesto.

Luces cortas. Las opciones estaban fijadas desde el principio. El PP, pese a poder justificar su apuesta presupuestaria sobre la herencia recibida, sólo tenía dos caminos. O traducir directamente su programa de gobierno en el presupuesto o posponer determinadas medidas –las más impopulares, y las que según los expertos deben tomarse nada más llegar al poder– en el tiempo. Se optó por la segunda opción. Algo sorprendente si hablamos de un gobierno recién formado y con un apoyo electoral increíble. No era falta de ganas, sino consecuencia de un cálculo puramente electoral. Zoido sabía desde la oposición que si ganaba las elecciones el desgaste sería inmediato en caso de empezar a aplicar un plan de saneamiento y ajuste en el Ayuntamiento que inevitablemente pasa por reducir las plantillas en las empresas municipales, replantear convenios, ajustar los gastos a los ingresos –entonces ya en retroceso– y hasta abrir la puerta a privatizaciones de empresas públicas. Todo esto iba en contra del discurso de la campaña electoral, cuando no había ciudadano que se acercara al candidato del PP sin irse con una promesa bajo el brazo que no fuera a ser cumplida.

El desgaste de la figura política del alcalde era en todo caso asumible. Estaba en la cumbre. El PP confiaba en que fuera leve (lógico después del milagro de los veinte concejales) y podía responsabilizar de las medidas impopulares a la herencia, más que a la voluntad del nuevo gobierno. El problema no era estrictamente de índole municipal, sino autonómica. Apenas unos meses después los comicios regionales, en los que el PP era el claro favorito según las encuestas, debían cerrar el giro maestro:la victoria completa en todos los ámbitos de poder (municipal, regional y estatal) en España. Especialmente importante era la batalla de San Telmo: si Javier Arenas llegaba a la presidencia de la Junta el éxito, apoyo y sustento a las políticas municipales de su hipotético Gobierno regional estaba garantizado. Entonces se pondría en marcha el plan previsto:modificación por partes, pero integral, del Plan General de Sevilla; y cambios legales en consonancia con el programa de ajustes presupuestarios y asistenciales que se estudió en la oposición. Todo ello con un factor ambiental favorable. No habría más poder institucional que el del Partido Popular.

Con esa lógica Zoido hizo su primer presupuesto, consagrado, mayormente, al protocolo amable, su gran aportación política, junto a la promoción de eventos deportivos, en su año largo de mandato. La reducción del gasto (en realidad se ha desviado por otras vías) se programó en distintas etapas y se pospusieron hasta final de año decisiones críticas, como la renegociación de los convenios en las empresas públicas. No bastaba. Tuvieron también que fabricar un plan de inversiones irreal para vestir el muñeco porque el PP no podía dar a la oposición la munición que suponía la evidencia de un primer presupuesto sin inversiones reales. El discurso de que la ciudad se había parado de pronto sería imbatible. Ni siquiera el famoso argumento de la deuda heredada impediría que en plena guerra por conquistar San Telmo que el PSOE no aprovechase tal error.

El resultado fueron unas cuentas municipales –las que ahora entran en su tramo final– que son pura ficción, al estar supeditado su capítulo más importante a unas operaciones patrimoniales (la venta de la Gavidia, del edificio municipal de la calle Pajaritos y la subasta del mobiliario del hotel Alfonso XIII) que se sabían inviables. Zoido subastó la antigua grandeur del principal hotel de la Exposición del 29, pero se quedó sin los ingresos de los edificios municipales porque chocó con la legislación urbanística, su mayor talón de Aquiles. La recurrente confrontación con la Junta le permitió disimular el planteamiento de partida, pero casi un año después de la batalla urbanística ni ha vendido estos edificios ni ha ingresado el dinero que necesitaba para pagar las inversiones que prometió. Eran casi 20 millones de euros. Tras la estéril victoria electoral de Arenas, que alejó definitivamente a la Junta del PP, las cábalas municipales sólo han empeorado. Ni dinero, ni inversiones, ni sintonía con la administración regional. Ahora se aproxima el segundo presupuesto. Las cuentas de los inminentes recortes.

Cosas que hacer cuando estás muerto

Carlos Mármol | 23 de noviembre de 2011 a las 6:03

El PSOE cuenta con escaso tiempo para remontar la mayoría del PP en Andalucía · La crítica situación obliga a dar un giro político en la Junta, buscar alianzas y taponar la ‘guerra interna’.

La cuenta atrás ha comenzado. Y el tiempo, como dijo Quevedo en un verso, es la única cosa que nunca tropieza. Siempre sigue su camino. Igual que una saeta. Los socialistas andaluces tienen apenas cuatro meses –dependiendo de la fecha exacta que finalmente elija Griñán para convocar los comicios regionales– para recomponer la delicada situación electoral que el domingo mostraron las elecciones generales: 751.433 votos menos y una considerable vía de agua que quiebra la leyenda histórica de su imbatibilidad en Andalucía. Ya no se trata de encuestas o sondeos. Son las urnas.

La situación es crítica. A pesar de las declaraciones de estos días, en las que los socialistas intentan relativizar el ascenso del PP, no queda otra salida. Todo obliga a Griñán a adoptar una estrategia ofensiva si realmente quiere frenar la ola que desde Madrid parece aupar a Javier Arenas al Palacio de SanTelmo.

No es fácil: además del estrecho plazo disponible, el viento juega en contra, la tesis de que los recortes que aplicará Rajoy beneficiarán al PSOE andaluz no es perfecta y la situación orgánica es altamente explosiva. La llamada a la unidad –que se va a poner en escena en un gran acto conjunto, según se supo ayer– no garantiza por completo que, con un congreso federal previsto en febrero, a un mes de que los andaluces vayan a las urnas, la lucha por el poder interno no termine traduciéndose en un drama añadido. Probablemente, el peor.

De todo esto se habló, y mucho, en la Ejecutiva que los socialistas celebraron el lunes. La lectura oficial es que existe una “base sólida” para ganar en marzo, que se puede remontar y que ahora es necesario que Andalucía (el 25% de los delegados al congreso federal) acuda unida tanto al cónclave en el que se disputará el poder interno –en un partido que está siendo expulsado de las instituciones– como a las elecciones.

Dejando de lado la versión oficial, siempre insuficiente, lo cierto es que el PSOE andaluz sólo cuenta con un arma válida frente al ejército popular: la Junta. Un soldado que está cercado en una trinchera tiene dos opciones:o rendirse o pelear con el fusil que le quede en la mano. Punto. De ahí que probablemente en los próximos meses empecemos a ver un significativo y rápido viraje –inevitable, por otro lado– en el papel que hasta ahora ha venido jugando la administración regional. La Junta tendrá que dejar atrás el perfil que le es inherente y propio (el institucional) para ponerse a trabajar en clave política. De campaña. De guerra.

¿Cómo se concreta este giro? Con una estrategia conjunta en relación a los mensajes, la visibilidad pública y la capacidad (teórica) del Consejo de Gobierno para jugar un papel protagonista en la liza política. Algo evidentemente poco ortodoxo, pero que, igual que ha ocurrido en territorios como Castilla-La Mancha, donde el PP usó sin problemas las instituciones para aumentar su mayoría, es consustancial a una situación de guerra a vida o muerte.

Además, es urgente. Los socialistas quieren poner en valor sus posibles activos políticos. En las dos grandes cuestiones que planea explotar el PP en los próximos meses –el conflicto con los funcionarios por la reforma de la administración y la trama de los ERE– cuentan poco margen de acción. La investigación de la juez Alaya seguirá dándoles disgustos y el litigio con los funcionarios tiene ya difícil marcha atrás. A lo sumo, el único aspecto a trabajar en este campo pasaría por mantener las condiciones de los trabajadores públicos frente a los posibles recortes (salariales) que aplique el Gobierno de Rajoy. Una forma de singularizarse sin moverse demasiado.

Los socialistas creen que la ola popular ha tocado techo con la victoria del 20-N. Su tesis –la que les hizo separar los comicios estatales de los regionales– es que la acción de gobierno del PP ayudará a que muchos ciudadanos vuelvan a confiar en ellos. La teoría se antoja excesivamente optimista:es obvio que las decisiones que vaya tomando el Ejecutivo de Rajoy causarán perjudicados, aunque eso no significa necesariamente que todos estos ciudadanos vuelvan a votar a los socialistas. De hecho, la certeza que dejan estas últimas elecciones es otra distinta: miles de votantes del PSOE han huido despavoridos hacia otras marcas políticas. IU y UPyD, esencialmente.

La Junta no tiene otra opción que tratar de singularizarse con resoluciones políticas propias frente a la agenda de Rajoy. Y debe hacerlo evitando la confrontación –que tanto le ha criticado el PSOE al PP– sobre la base de explotar políticamente sus decisiones. En la mano tiene dos instrumentos: su presupuesto y la actividad institucional, cuyo protagonismo mediático está garantizado. Aunque tendrá que pasar a los hechos de forma inmediata para ser creíble. El mantra sería del siguiente tenor: “En España recortan médicos y profesores; en Andalucía, en cambio, se mantienen”. Y así una y otra vez. Hasta el infinito y con todas las cuestiones posibles, especialmente las políticas sociales, asunto al que, según los socialistas, los ciudadanos son extremadamente sensibles.

Para que la estrategia funcione hay que hacer cambios en el capítulo de la comunicación. La percepción de la calle, sobre todo en la última fase de la era Zapatero, es que quien ha recortado políticas sociales ha sido el PSOE. “Esta afirmación va a cambiar cuando Rajoy empiece a gobernar”, explica un destacado dirigente socialista. Toda la receta se resume en dos palabras:hay que responder a los ataques (de Madrid) y vender las políticas (sociales) diferenciales. Y confiar en que la pulsión de cambio político después de tres décadas de gobierno no sea superior.

Después vendría el terreno de las alianzas. Se trataría de recuperar las bolsas de voto estratégicas para, contando con que el PP no crezca más –la hoja de ruta de Arenas consiste en intensificar su presencia en las localidades interiores, donde el PSOE de Sevilla, por ejemplo, ha resistido– conseguir remontar lo suficiente para articular un pacto de gobierno con IU. Los votos que los socialistas pierdan por la izquierda tendrían pues una importancia relativa, ya que, al final, dado como están las cosas, terminarán en la misma bolsa común, si bien pagando determinados peajes. Junto a la entente cordiale política, vendría la sindical: al igual que el PP buscó una alianza estable con la patronal andaluza, los socialistas intentarán rubricar un acuerdo conjunto de acción con UGTy CCOO. Un frente público en defensa de las políticas sociales y contra los recortes del Gobierno del PP.

La papeleta más difícil de todas es la orgánica. Fundamentalmente porque un congreso se sabe cómo empieza –ahora hay dos opciones potenciales: los viejos patriarcas contra la reformulación del zapaterismo– pero nunca cómo termina. La lucha por el liderazgo en el PSOE federal amenaza con abrir en canal a la organización andaluza, enredada desde hace tiempo con sus propias batallas internas, a un mes para los comicios. Imposible de soportar.

La obsesión es dar una imagen de unidad. Algo que sólo parece posible aplicando la fórmula de paz por listas. Esto es: la dirección regional dejará margen a los secretarios provinciales –algunos abiertamente hostiles a Griñán, especialmente la cuota gaditana– para confeccionar las candidaturas autonómicas a cambio de un congreso autonómico sereno que no ponga en cuestión a la dirección regional.

Este hipotético acuerdo entre las distintas familias tropieza con una piedra de considerable tamaño: ¿qué papel jugarían en la trama los dos referentes andaluces en la Ejecutiva federal, Chaves y Zarrías? Una incógnita de cuya resolución depende casi todo su éxito. Porque lo cierto es que si la guerra sin cuartel que viene sucediéndose durante los últimos años en el seno del PSOE andaluz termina en una coyunda circunstancial, en función de lo que ocurra en Andalucía el próximo mes de marzo el asesino (político) de Griñán puede no ser Arenas. Sino los suyos.

San Telmo: la reinvención integral

Carlos Mármol | 7 de mayo de 2010 a las 11:41

Caixaforum

La clave para comprender el proceso de recuperación del Palacio de San Telmo, un edificio que además de una de las joyas del barroco civil sevillano es un auténtico palimpsesto de la arquitectura hispalense, pues a lo largo de su devenir refleja las idas y venidas del arte de crear espacios simbólicos, consiste en ser capaz de entender la analogía. Esa relación íntima entre dos elementos distintos y, al tiempo, parejos. La arquitectura que Vázquez Consuegra ha utilizado en la remodelación de San Telmo es, precisamente por eso, de corte arriesgado. Atrevida. Casi se diría que incluso temeraria. Sustancialmente porque asume el reto heroico de luchar contra una ficción: la de cierta Sevilla eterna que acostumbra a apoyarse en cáscaras majestuosas cuyo interior, en cierto sentido, suele estar decrépito.

Así era el San Telmo que recibió el arquitecto en la década de los 90. Un edificio con abundante literatura (costumbrista; en general, mala) que aspiraba a sustentarse sobre la leyenda del esplendor de la pequeña corte de los Montpensier. Como el arte de la imagen pública radica, entre otras cosas, en esconder las miserias bajo la alfombra, el mito que se transmitió entonces a muchos sevillanos obviaba el quebranto que para el propio edificio supuso su etapa eclesiática (fue cedido a la Iglesia por la infanta María Luisa en 1897) con el fin de fijar por siempre en el imaginario colectivo la idea de una arcadia nobiliaria y feliz, hermosa incluso en su decadencia. Herencia de Lampedusa: cortinas blancas de hilo meciéndose al compás de la brisa fluvial.

Cuestión de apariencia

La realidad, sin embargo, era bien distinta. El problema es que, como tantas veces ocurre en Sevilla, se ocultó para evitar las molestias. Quizás por eso cuando se repasan las edades del edificio (los planos, los grabados históricos), cuando se investiga, se cae en la cuenta de que detrás de la magnífica fachada barroca de los Figueroa (Leonardo y descendientes) lo que se escondía ya no era un palacio, sino una vieja colmena de seminaristas. Una sucesión de minifundios y celdas unipersonales. Un jardín inexistente (más bien pradera) y un edificio, en general, maltratado y cuya estructura original, complicada (quizás por eso tan sevillana y hermosa), había sido violentada con una simetría que, a quien no conozca la historia de su propia ciudad, casi le parecería pertinente. Digna de perdurar aunque, en el fondo, nada tuviera que ver con la planta original del San Telmo mítico (el de la Universidad de Mareantes) que, para desesperación de los arquitectos, con frecuencia engreídos, trazó un sencillo maestro de obra cuyo nombre casi se diría vulgar: Antonio Rodríguez. Está visto que en Sevilla los padres de las grandes hazañas están condenados a que se les olvide. Un anonimato homicida del que la ciudad ha hecho tradición.

San Telmo, aunque a muchos les suene raro, en realidad es un edificio mestizo. Fruto de sus sucesivas reformas y remodelaciones. Como cualquier obra maestra, no es hijo de un único progenitor, sino de la suma de varios padres. Esencialmente dos: el citado Figueroa, que sobre los planos del desconocido Rodríguez fijó la imagen clásica del palacio creando su portada, el patio central y la iglesia (una joya de una singular modernidad); y Balbino Marrón, el padre de la Sevilla del XIX, arquitecto municipal, que lo adaptará a su función palaciega con un sentido del equilibrio tan depurado que casi no se percibe ruptura entre la imagen del San Telmo viejo y la embajada de los Montpensier. A él se deben tres de las cuatro fachadas del inmueble y el Salón de los Espejos. Hizo también algo más trascendente: convirtió San Telmo en una pieza arquitectónica singular. Hasta entonces estaba cercado por las construcciones circundantes, siguiendo el canon del antiguo palacio sevillano: una joya rodeada de arquitectura popular, común, vulgar a veces, siempre promiscua. Marrón es pues quien termina, por así decirlo, un edificio incompleto y difícil. Como casi todo lo que de verdad merece la pena en la vida.

El San Telmo que Vázquez Consuegra devuelve a Sevilla tras cinco años de obras inaugura probablemente la tercera etapa de esplendor del edificio. Y lo hace de forma similar, aunque distinta, a como en su día hizo el célebre arquitecto municipal: transformando algo para conservar lo que aún funciona. Buscando el equilibrio entre lo heredado y lo nuevo, un tránsito inevitable si se quiere perdurar en el tiempo sin llegar a caer en la mera caricatura. Sin dogmas, pero con respeto.

Vázquez Consuegra nos devuelve un edificio distinto y, sin embargo, profundamente fiel a su génesis. Otra cuestión es que este ejercicio pueda llegar a ser entendido. La arquitectura es un arte conceptual y de síntesis. Abstracta y concreta. Para entenderla hay que saber mirar. Conocer. Saber que las demoliciones acometidas no han sustituido traza barroca alguna, porque ya no existía, sino únicamente los siniestros camarines del seminario; que la galería corrida que funcionará como zona de exposiciones, desde la que se divisa el jardín, en su día era un sórdido aseo colectivo. Y que casi todo lo que el costumbrismo elogiaba de San Telmo fue destruido previamente por Talavera cuando planteó su reconversión en escuela eclesiástica. El nuevo proyecto devuelve la escala doméstica al norte del palacio, reinventa el ala Sur, incluido el antiguo patio de San Jerónimo, donde Basterra y Sagastizábal impusieron su simetría sobre la primitiva planta barroca (compleja y enreverada), y amplía un jardín escuálido.

Lo hace con sintaxis contemporánea. Con materiales y lenguaje del siglo XXI. Sin repetir lo antiguo pero, paradójicamente, inspirándose en lo preexistente para poder así acertar en el tránsito escogido para caminar. La verdadera esencia de las cosas nunca está en lo aparente. Ni en lo superfluo. Vázquez Consuegra es nuclear, subjetivo y correoso. Ha conseguido una arquitectura lírica que reinventa lo que nunca existió. Que lo convierte (casi) en un clásico.