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El alcalde y sus heterónimos

Carlos Mármol | 17 de junio de 2012 a las 6:15

La hipótesis de que Zoido termine liderando el PP andaluz tras la renuncia de Arenas mantendría a la ciudad en la pesadilla de unas elecciones perpetuas, una coyuntura que no contribuirá a resolver sus problemas.

No es ninguna sorpresa. Y, sin embargo, lo parece. Desde que en marzo el camino hacia San Telmo se cerró de golpe para Javier Arenas, líder de la derecha andaluza desde hace ya dos décadas, la figura de Juan Ignacio Zoido, alcalde hispalense apenas hace un año escaso, era la mejor posicionada, por numerosos factores tanto de índole institucional como personal, para protagonizar un proceso de sucesión que algunos –por la cuenta que les traía– no querían ni plantearse.

Pues bien: el tiempo ha pasado y el relevo político de Arenas ya es oficial. Zoido no es que aparezca en las quinielas, sino que ha sido ungido por la mayoría orgánica establecida, cosa que resulta inquietante si se tiene en cuenta que ni siquiera se ha esperado a la celebración del congreso propiamente dicho, después de que el difunto líder lo señalara directamente con el dedo. Igual que hizo Aznar con Rajoy. Por consenso, sobre todo, con respecto a sí mismo.

Junto a este paralelismo, donde la opinión de los militantes parece no contar demasiado, el relevo de Arenas al frente del PP confirma otra vieja tesis sobre el poder: dirigimos como somos. Incluso aunque no se buscase, la Operación Zoido termina teniendo cierta coherencia en relación al estilo de mando con el que Arenas ha dirigido su organización durante dos largos decenios. La figura se llama rotación. Pero en los mentideros populares se usa otro nombre más malévolo y, por eso, acertado: el síndrome de los moros de Queipo.

Consiste en trasladar sin descanso a los mismos nombres –cuatro o cinco, apenas– por los sucesivos puestos claves, institucionales u orgánicos, para poder controlar la dirección de un partido político. Es lo que ha hecho Arenas durante estos cuatro lustros en los que su guardia de corps se ha repartido sin cesar los cargos internos, electorales, parlamentarios o municipales. Los mismos en todos sitios. Llamativa manera de modernizar una organización política.

Zoido, políticamente hablando, es consecuencia directa de esta singular forma de dirigir. Por eso en el ámbito municipal, en el que lleva ya seis años, el próximo jefe de filas del PP regional la adoptó como propia llevándola casi al extremo. Hasta el punto de anular literalmente cualquier hipotético protagonismo político de sus colaboradores, que apenas son unos meros figurantes en un decorado prefabricado donde la única estrella cuyo brillo resulta tolerable, o conveniente, bajo pena de excomunión si se incumple el mandamiento, es la del alcalde.

No es por tanto nada extraño que Zoido vaya ahora a ser designado presidente del PP andaluz con idéntico procedimiento –gracias a una decisión digital, aunque de paternidad discutida– cuyo brevísimo atenuante, impostado en realidad, son las cautas declaraciones que el regidor hizo en las horas previas a que el aparato decidiera que, en realidad, no es necesaria discusión alguna porque todo está ya consumado.

La fórmula usada fue un motivo retórico clásico. Una captatio benevolentiae basada en la apelación pública y expresa a la propia humilitas. Generalmente funciona. Pero los buenos oradores saben que no es más que puro teatro. Que Arenas no confiaba en demasiada gente a su alrededor –cosa natural si se ha leído a Maquiavelo– era cuestión sabida. Que uno de ellos –apenas son cuatro más– era Zoido, también, a quien el todavía jefe popular impuso en la carrera municipal de Sevilla hace seis años manu militari, sin importarle nada relegar a puestos secundarios en la política autonómica a Jaime Raynaud, su antecesor en la Plaza Nueva, uno de los escasos políticos realmente liberales que militan en el PP andaluz.

Zoido siempre ha sido una prolongación política de Javier Arenas. De nadie más. De ahí que, al igual que en su momento le sucedió a Rajoy tras el dedazo, su primera misión será ganarse la legitimidad real, que es distinta a la formal. Lograr un verdadero liderazgo que, de entrada, le viene ancho, ya que no ha sido objeto de una auténtica discusión interna. Arenas juega todavía a ser su mentor aunque en el PP existe la tesis –no del todo incierta– de que se ha producido un cierto distanciamiento entre ambos a raíz de la derrota de las autonómicas. Una teoría que explicaría la abrupta marcha del líder del PP andaluz tras perder un pulso interno –el segundo– con la actual secretaria general del partido, María Dolores de Cospedal. Su victoria parece no haber sido muy costosa a tenor del batacazo electoral del mes de marzo.

Todas estas cuestiones, que son estrictamente partidarias, resultado de la eterna guerra por el poder, las alianzas y las traiciones que se producen en cualquier organización humana, por diminuta que ésta sea, y que nada tienen que ver con los problemas reales de la gente, son las que probablemente van a marcar la agenda política de Sevilla en los próximos años. Una coyuntura tan desgraciada como anómala.

La pregunta salta a la vista: ¿cómo va a afectar a la ciudad que su alcalde, recién elegido casi, se lance a la arena política autonómica? ¿Debe hacerlo? ¿Puede? No vamos a incurrir aquí, como han hecho otros, en los habituales consejos que buscan disuadir al regidor de su derecho a postularse como el sucesor de Arenas.

Él sabrá. Es cosa estrictamente suya. Nadie le puede criticar que tenga ambición –cuestión distinta es su capacidad para defenderse en la tarea de ejercer un rosario de cargos que superan incluso a los múltiples heterónimos de Fernando Pessoa, el poeta portugués afectado por la patología del desdoblamiento múltiple– y que su éxito electoral de hace menos de un año le avale realmente como posible opción para liderar su partido en Andalucía.

El problema no es si puede o debe hacerlo, sino si Sevilla necesita –justo en estos momentos– un alcalde a tiempo parcial, dedicado, junto al protocolo de la Alcaldía, a una larga carrera electoral para la que, aunque es cierto que quedan todavía cuatro años, es necesario comenzar a correr una vez cerradas las urnas de la elección previa.

Hay quien cree que todo esto juega a favor de Zoido. Que la Alcaldía es mucho mejor trampolín que el Parlamento autonómico –al que renunciaría, igual que a la FEMP– y que su gestión en Sevilla constituye una excelente herramienta para hacer oposición a la Junta. Todas estas teorías, fruto de la herencia cortesana que ha marcado la política española desde el Siglo de Oro, obvian una cuestión trascendente: los juegos políticos no sirven de mucho –salvo como espectáculo sangriento, igual que ciertas comedias y dramas de Shakespeare– si no resuelven algunos de los verdaderos problemas de los ciudadanos. Mucho más en este devastador contexto económico.

Zoido, que repite que su sitio es Sevilla –la cuestión no es el lugar, sino el cargo–, parece haber optado por una especie de extraña huida hacia adelante. ¿Huir un triunfador? se preguntarán su exégetas. Pues sí. Cualquiera que conozca la política municipal sabe que los proyectos que no se acometen en los 24 primeros meses de mandato son inviables. Zoido ha consumido ya doce sin excesivo éxito. Una encuesta confirma estos días que ésta es la opinión mayoritaria. Lo que significa que, probablemente, las cimas electorales de hace un año ya no son tales.

Gobernar implica decidir, lidiar con el descontento, desgastarse. Un terreno en el que el alcalde jamás se ha movido bien. Zoido lleva más de un lustro en una campaña electoral perpetua: primero, como aspirante a la Alcaldía; después, como opositor contra un gobierno que él acusó de ilegítimo y, ya en la Alcaldía, como ariete del asalto de Arenas a San Telmo. De repente, la rueda se ha detenido.

¿Qué hacer? Continuar con la estela electoral usando a la ciudad como pretexto. Mala cosa: Sevilla no es un argumento político, sino una urbe que necesita soluciones. Todo induce al pesimismo. Quizás por aquello que nos dijo Quintiliano en sus Institutio Oratoria: “Facilius est multa facere quam diu” [Es más fácil hacer muchas cosas que hacer una durante mucho tiempo].

La reconquista de los patriarcas

Carlos Mármol | 27 de noviembre de 2011 a las 6:05

El congreso federal de los socialistas en Sevilla dirimirá si el PSOE es capaz de renovarse tras la rotunda derrota electoral o volverá a estar bajo la tutela de los líderes históricos. El resultado condicionará los cónclaves regional y provincial.

La idea está hermosamente esbozada por Borges. Brevísimo epílogo del libro El hacedor. Dice así: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, reinos, montañas, bahías, naves, islas, peces, habitaciones, instrumentos, astros, caballos y personas. Antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”.

A veces ocurre. Sobre todo tras las derrotas: uno busca comprender el porqué de las cosas y de pronto se topa en el camino con el reflejo de su propio rostro. La cara del mundo. La metáfora sirve para ilustrar el pozo en el que acaba de entrar, tras las últimas elecciones generales, el PSOE. Expulsado sin contemplaciones de las instituciones después de las dos últimas convocatorias electorales –municipales y generales– y con Andalucía, su último gran feudo, en peligro, los socialistas anuncian para febrero un congreso federal en Sevilla cuyo objeto es curarse las heridas con la designación de una nueva dirección política que, dado como están las cosas, quizás no sea tan nueva.

A priori, la organización política a la que los ciudadanos han encargado ejercer la oposición contra el nuevo poder, casi omnímodo, que las urnas otorgaron al PP pensaba entrar en su propia guerra púnica con sólo dos bandos claros: la vieja guardia, que representarían Rubalcaba, Chaves y casi todos los referentes del felipismo; y los herederos del zapaterismo, personificados en la figura de Carmen Chacón. Los primeros nunca se han ido del todo. Los segundos se han quemado –por su propia bisoñez, entre otras cosas– demasiado pronto. En apenas ocho años de gobierno.

La profunda sima del 20-N trastoca, sin embargo, este planteamiento a dos aguas. Rubalcaba, que aspira a controlar la organización pese a su batacazo en las urnas (su candidatura no tenía otro objetivo más que éste), parece estar siendo cuestionado –y con motivos– por los zapateristas, que no piensan pasar a la historia como los únicos responsables del hundimiento total del PSOE. Probablemente con parte de razón: la responsabilidad debería ser compartida –como compartido fue el poder– aunque en distinto grado.

El entorno de Chacón –la política es muy dada ahora al juego de los heterónimos de conveniencia, un recurso para desdecirse según las circunstancias de lo que se piensa– también ha visto seriamente recortadas sus aspiraciones tras los resultados en Cataluña. Otras posibles opciones se autodescartan. A la vista no se adivina ningún mirlo blanco. Parece pues que los socialistas no tendrán más remedio que optar, si no aparecen inesperados aspirantes, por dos proyectos fracasados en las urnas para reconstruirse. Paradójico.

Con independencia de lo que ocurra en dicho cónclave, situado peligrosamente a un mes escaso para las autonómicas, probablemente los comicios más dramáticos del ciclo electoral perpetuo en el que estamos, el panorama orgánico de los socialistas tiene por delante una etapa llena de incertidumbre. Zapatero dejará el poder orgánico en dos meses, pero quiere un congreso abierto, similar al que lo encumbró hace ahora once años. Los patriarcas abogan por capitanear un proceso de tutela –algo paternalista– que salve los únicos muebles que quedan en el políticamente ruinoso predio del PSOE. Quizás para reinventar sobre las esencias del pasado la próxima larga etapa política en la oposición. Regreso al préterito.

La cosa no deja de tener gracia. La candidatura de los socialistas al 20-N ya se configuró sobre la base de una sucesión extraña, anómala, antinatura: los abuelos desplazando a los nietos. La batalla orgánica se perfila ahora como el reverso de la clásica figura de la muerte del padre. En este caso estaríamos ya ante el entierro de los infantes. En ambos casos, una liza sangrienta, lo que confirma que la política es mucho peor que la vida. Max Weber: los sentimientos nobles, en política, no siempre engendran felicidad, sino desgracias. Uno empieza postulándose para cambiar el mundo y termina matando a quien tiene al lado para tratar de sustituirlo en el atrio. Los sueños utópicos terminan demasiadas veces en el barrizal.

Estos días veo a algunos ilustres socialistas argumentar su apoyo a Rubalcaba debido a la gravedad de la situación.“¿Cómo vamos a decirles ahora a los ciudadanos que quien hemos propuesto para dirigir el país no puede liderar el partido?”, se preguntan. El argumento es válido. Aunque para mí la respuesta aparece al volver la pregunta, como suele decirse, a pasiva: si los ciudadanos no han elegido a Rubalcaba como presidente del Gobierno su liderazgo en el PSOE parece, cuanto menos, discutible.

En realidad, el fondo de la cuestión es mucho más simple: hay que optar entre el patriarcado y la democracia. No hay más. La fragilidad política que les espera a los socialistas durante los próximos años parece inclinar la balanza en el primer sentido. Probablemente por el eterno miedo a la libertad, que incluye la posibilidad de equivocarse. Aunque la etapa política de Zapatero no ha quedado invalidada por cómo fue su llegada al poder –democrática–, sino sencillamente por su falta de coherencia. Los resultados políticos no anulan necesariamente el método de elección. Confundir ambas cosas es un recurso interesado.

Claro que, si hablamos de la lucha por el poder, el interés se da por supuesto. Como el valor en la milicia. Se presupone, aunque no siempre abunde. La batalla orgánica de febrero no será en realidad el fin, sino el principio. La renovación de la dirección política en el PSOE federal seguirá un camino descendente que pasa por Andalucía y por Sevilla.

En el ámbito regional, las espaldas están en lo alto: Griñán busca pactar una posición común con sus críticos, que son los chavistas. El presidente juega a dos bandas: elogia a Rubalcaba pero sin rehuir a Chacón. Por si acaso. Adscribirle directamente a uno de los dos contendientes es arriesgado. Tiene edad para ser uno de los patriarcas del PSOE –secundario en términos históricos– pero su poder en Andalucía se gestiona ahora a través de generaciones posteriores que padecen el mal que Baroja certificaba en su libro Juventud, egolatría. Todo hace indicar que al final apostará por Rubalcaba, pero tampoco es seguro. Veremos.

Seamos sinceros: en Andalucía el zapaterismo no ha existido nunca. En las sectas (políticas) nunca se vieron con buenos ojos las primarias. Igual que en Sevilla, aquí los bandos en disputa son mucho más heterogéneos: los contendientes son viejos conocidos, antiguos aliados –amigos cuyos vínculos se han roto por completo–, generaciones interpuestas (abuelos y nietos juntos) y la lectura electoral no estará clara hasta el mes de marzo. Puede ocurrir de todo.

Una cosa sí es segura: si los viejos patriarcas triunfan en Ferraz la ola, en esta ocasión, sí descenderá hacia el Sur. Con Zapatero no pasó de Despeñaperros. Lo hará con mentalidad de reconquista. Igual que cuando Fernando III, el rey castellano, entró en Sevilla llevando la espada que esta semana le ha tocado llevar a Zoido (PP).

En el PSOE de Sevilla es donde las cosas están más difusas. La actual dirección perdió las municipales en la capital pero ha aguantado el tipo –por la mínima– en las generales. Las autonómicas servirán para desempatar. Oposición al aparato existe, pero es débil y tampoco tiene demasiados motivos de orgullo: es corresponsable de la pérdida de la Alcaldía. ¿Se atraverán sus referentes a dar el gran paso? En solitario es poco probable. Barajan y esperan a ver qué ocurre con los abuelos. Si ganan, quizás. Si pierden, harán como Borges: mirar su propio rostro en el espejo.

Espadas no irá a la Plaza de España

Carlos Mármol | 27 de marzo de 2010 a las 15:36

La propuesta, en bruto, tenía tantas ventajas ciertas como evidentes inconvenientes políticos. Unos sólo veían las primeras; otros, los segundos. En plena discusión interna, un día se filtró interesadamente la idea -aquí nada es inocente- y la cosa al final va a terminar quedándose en barbecho.

Bastaba mirar la cosecha del consejo de ministros de ayer para darse cuenta de que algo fallaba: no aparecía por ningún lado el nombramiento formal de Juan Espadas como nuevo delegado del Gobierno central en Andalucía. Tampoco se produjo la destitución de Juan José López Garzón de este mismo cargo. De momento todo continúa igual. Lo que, por otra parte, tampoco significa que quizás no vayan a producirse cambios a medio plazo. Desde luego, ahora no toca. Igual que el soneto con estrambote de Cervantes: “Fuese y no hubo nada”.

La verdad del cuento es que la propuesta llegó a existir. Estaba quizás sin cocer, pero era verosímil. Los socialistas, por tanto, han decidido dar marcha atrás apenas unas horas después de que saliera la noticia. ¿Por qué? ¿Las críticas del PP? ¿Los evidentes problemas de solapamiento que implica ocupar un puesto institucional de tanto nivel y, al mismo tiempo, tener que hacer en apenas un año una campaña electoral a la Alcaldía de Sevilla cuyo éxito no está garantizado? ¿La mencionada confusión entre lo público y lo privado? ¿Un desacuerdo con el PSOE federal?

La lista de posibilidades es infinita. Además, unas no invalidan a las otras. Hay tantas opciones como gente haciendo cábalas y proyecciones sobre la Alcaldía hispalense y, por tanto, sobre ellos mismos. Unos porque están dentro y quieren salir hacia otros horizontes y no saben todavía cómo. Otros porque están fuera y desean tomar el control. Entre todos -el aspirante, el cesante, la interina y el aparato- están llevando la espiral de descoordinación a tal punto de que puede existir quien piense que Monteseirín no era tan mal comunicador.

CONSEJO DE GOBIERNO ANDALUZ-ESPADAS

Pero lo cierto es que Juan Espadas es el primero que no veía la cosa clara. La propuesta ha sido expuesta sin la cocina suficiente. Además, el candidato -hipotético, aún- sabe perfectamente lo que implica ejercer un puesto institucional: dedicación completa, integral, total. La Delegación del Gobierno supone tener que coordinar las Fuerzas de Seguridad del Estado en un territorio que es el 20% de España y liderar el resto de políticas de la Administración central en Andalucía. Demasiado tajo para compartirlo con visitas a los distritos y presentaciones públicas sobre el nuevo proyecto socialista para la ciudad de Sevilla. El precio -humano y vital- de las fotos se antojaba a todas luces excesivo.

Por otro lado estaba la cuestión estética: iniciar la carrera electoral desde un puesto institucional de tanta importancia se antojaba un hecho imposible de no censurar, incluso aunque se estuviera de acuerdo en la estrategia del PSOE de dotar a su supuesto cabeza de lista para las elecciones de 2007 de una plataforma que le garantice visibilidad. También están los descontentos: López Garzón no tiene ganas de dejar el cargo. “Habrá llamado a Madrid para quejarse, se habrá movido, seguro”, comentaba ayer un dirigente relacionado con este nuevo sainete municipal.

En cualquier caso, el primer tropezón de la opción Espadas -diga lo que diga la versión oficial; que en realidad aún no dice nada- ya se ha producido. Sería de desear que no se repita en cierto tiempo. Quizás así se explique que, un día después del galimatías de esta última semana -Espadas estando pero sin estar, Monteseirín marchándose sin marcharse y Rosamar Prieto con hambre de Alcaldía- la dirección provincial quisiera bajar el balón al suelo. Aparentar un control de la situación que, dada la profusión y actividad de los actores de la trama, no tiene visos de durar demasiado.

Viera se entrevistó con Monteseirín en privado. El encuentro nunca fue anunciado por el PSOE de Sevilla. La Alcaldía sí dejó caer el momento de su celebración, al igual que otras citas. Es de suponer que como vía de presión para acelerar las cosas y que éstas salgan (en parte) en el sentido adecuado. Desde que Griñán anunció que Monteseirín no repetiría como candidato cada paso del todavía regidor municipal requiere exégesis.

Todas las interpretaciones conducen al mismo mensaje: quiere un salida digna, pero no le gusta las que tiene en el horizonte. Sólo así se explica que redactara su carta de despedida -cuando todavía le queda un año de mandato- y dejase alimentar la tesis de que no llegaría como alcalde a la Semana Santa. No sólo va a llegar, sino que puede que incluso termine iluminando la Feria de Abril. “Aquí hay Monteseirín para rato”, comentaba ayer otro ilustre militante socialista, afín al regidor.

Las primeras ideas hechas al regidor no son de su agrado. O quizás no gusten a su entorno, que en este proceso es casi tan importante como el propio regidor. El discurso de Monteseirín fue ayer de tono conciliador y constructivo. Habló de un proceso de colaboración entre el Ayuntamiento y la dirección provincial “interesante y delicado que hay que llevar con cuidado” para que el proyecto de ciudad iniciado por su gobierno sea impulsado por el futuro candidato. Qué lejos están estas palabras de las que dijo Monteseirín en su día, cuando defendía ante José Antonio Viera (entonces el número dos de la lista electoral del PSOE a las pasadas elecciones municipales) “la independencia de la institución” frente al intento de “injerencia” de us propio partido. Este tránsito retórico resulta muy llamativo.

Al parecer, el alcalde quiere cariño. Apoyo. No le basta con su entorno político. Lo ansía de la Junta de Andalucía y del PSOE de Sevilla. En román paladino podría entenderse el culebrón en el sentido de que la propuesta de reubicación -que es lo que negocia con el PSOE; sobre el sucesor la postura de Monteseirín ha dejado hace tiempo de importarle a la Ejecutiva- aún no le satisface.

Hace falta tiempo para alcanzar un acuerdo. Y, como era previsible, mientras este asunto no se cierre, la permanencia en la Alcaldía del regidor se da por seguro. Digan lo que digan ciertas voces que insisten en lo duro que resulta para Monteseirín seguir cuando se sabe públicamente que no será el cabeza de lista del PSOE en 2011. Vincular su salida del Ayuntamiento a su candidatura fue un error de libro. Probablemente por eso ayer el propio regidor insistía en que, de momento, “no hay un candidato” elegido para sucederle. Una de dos: o la cosa va a durar bastante (y Espadas tendrá que esperar más)o alguien aún está dándole vueltas a la cabeza.

Movimientos en el tablero

Carlos Mármol | 25 de marzo de 2010 a las 13:13

Politica 09/10

SALIR va a terminar siendo casi más difícil de lo que fue entrar. Es lo que ocurre cuando no se tiene adonde ir. O cuando hay que volver a un destino poco apetecible. Un día después de que las opciones de Juan Espadas como próximo candidato del PSOE a la Alcaldía de Sevilla quedaran claramente de manifiesto tras la operación para hacerlo aterrizar en la Delegación del Gobierno en Andalucía, el resto de actores políticos implicados en la transición desde el régimen de Monteseirín a la nueva era municipal continúan agazapados en sus puestos –que atisban más efímeros cada día que pasa– y lanzan mensajes para que su salida de la Plaza Nueva –alguno la llamaría expulsión– sea lo menos dolorosa posible. Está visto que la etapa Monteseirín –que ha marcado un hito en la historia reciente de Sevilla– no puede terminar de forma sosegada y tranquila. Ya lo dijo el clásico: el carácter (casi siempre) acostumbra a ser buena parte del destino.

La plataforma

Lo de Espadas aún estaba a medio cocer. Pero es la segunda señal –tras su salida del Gobierno andaluz– que dice hacia donde va a girar la opción de Viera (con el aval expreso de Griñán) para capitanear la reconquista del Ayuntamiento. El tiempo dirá si también de la Alcaldía. Solventar esta incógnita sólo corresponde a los electores.

Los socialistas saben que su candidato requiere de una plataforma institucional para empezar a elevar –a marchas forzadas– su escasa popularidad. No había demasiadas opciones: la Delegación del Gobierno en Andalucía conlleva –por su condición de tercera autoridad institucional en la región– una generosa cuota protocolaria. Ya se sabe: un político que no aparece en una foto (aunque su capacidad de gestión sea infinita) es, a efectos prácticos, como si no existiera. El puesto, que en su día ocupó de forma breve el propio José Antonio Viera (también Zoido), garantiza esta cuota de pantalla. No es tan seguro, sin embargo, que sea neutro: su teórico radio de acción comprende toda la Comunidad Autónoma –en la provincia el que manda es el subdelegado; el prefijo no ayudaría mucho– y esto podría suscitar determinadas críticas de otros territorios andaluces. El PP ya empezó ayer a ir en esta dirección. Es el principio de lo que viene.

El segundo inconveniente de la operación es estético: el actual titular de este mismo puesto, Juan José López Garzón, se desayunó ayer la noticia en los periódicos. Un factor que demuestra escaso tacto. O quizás sugiere que su etapa como coordinador de las políticas estatales en Andalucía ha sido escasamente valorada. En política, incluso en la vida, no puede tratarse a la gente como meros instrumentos de los que prescindir en función de las circunstancias. A López Garzón se le buscará acomodo (como siempre) pero, ciertamente, los detalles en este proceso no se están cuidando todo lo que debieran.

Monteseirín no se fía

Hay, sin embargo, a quienes estos matices han dejado de importarle. Lo trascendente es el incierto futuro. Un ejemplo: en el PSOE, incluso en el caso de ciertos críticos que hasta ayer mismo le reprochaban a Espadas su militancia en Dos Hermanas, se empiezan a hablar maravillas del hipotético aspirante. Motivo suficiente para que, tras haberse caído del caballo (en singular), algunos antiguos alfredistas estén dispuestos a lo que llaman un gesto de responsabilidad: ayudar al candidato del PSOE a ganar la Alcaldía.

O lo que viene a ser lo mismo: ayudarse a sí mismos. En el partido esta actitud –que consiste en arrimarse al nuevo poder una vez que el anterior ha caído en desgracia– se resume con la misma frase: “Nos peleamos, sí, pero una vez que se decide quién va a ser el cabeza de lista del PSOE, éste es el candidato de todos”. No siempre pasa. Claro que, dada la coyuntura, ésta es la única fórmula si se quiere sobrevivir (o intentarlo) con los vientos oficialistas que soplan –y bien fuertes– dentro del PSOE de Sevilla. ¿Dónde están los valientes?

Los mensajes no dejan de circular. No sólo en privado: ayer apareció la primera teoría sobre la salida digna que se le va a dar a Monteseirín: una cosa relacionada con el Guadalquivir. El término obedece a su falta de concreción: una especie de empresa pública cuyo objetivo sería transformar el cauce del Guadalquivir en un territorio de innovación y excelencia.

Oficialmente, se dice en el PSOE, no se ha planteado nada a nadie. Quizás sea la idea que el secretario provincial, José Antonio Viera, formule al alcalde en una reunión inminente. Si fuera así, la opción podría haber sido ya carbonizada: el regidor hispalense no quiere un destino virtual, genérico e indefinido. Aunque la fórmula –una empresa pública– es justo la que pidió en su día porque, entre otros factores (personales), le permitiría recolocar a algunos de sus colaboradores. De momento, desde la Alcaldía no se quiere (oficialmente) entrar en el juego. Monteseirín, dicen, no tiene prisa. La orden oficial de Griñán –agotar el mandato municipal– no ha cambiado. Que se sepa. Claro que quizás el alcalde no esté, políticamente hablando, en la mejor coyuntura para exigir nada.

Aspiraciones de Celis

El segundo asunto a resolver, tras la cuestión Monteseirín, es la salida de su delfín: Alfonso Rodríguez Gómez de Celis. Desde el principio sus opciones de refugiarse en la Junta de Andalucía han sido un argumento durante la fase previa de la sucesión. Otra cosa es que cuajen. O, al menos, que lo hagan de la manera deseada. Celis puede tener la opción de acompañar a Monteseirín en su salida del Ayuntamiento, aunque todavía hay que casar los deseos con la realidad. Aquí es donde aparecen algunos problemas. El primero es el rango: el edil de Urbanismo aspiraría a una viceconsejería. Hay quien piensa que sería más que suficiente con una simple dirección general.

¿Dónde? Algunas tesis señalaban ayer a la Consejería de Economía e Innovación que dirigirá Antonio Ávila. Otra teoría lo situaba en Obras Públicas y Vivienda, por aquello de que ahora ocupa el área de Urbanismo. Una tercera línea teorizaba (con cierto cariño) sobre su hipotético aterrizaje en la consejería de la Presidencia.

Celis desea salir del Ayuntamiento tanto como Monteseirín. Fracasadas sus opciones de relevar al alcalde desde dentro –el plan de acción inicial de los críticos– sabe que el siguiente movimiento de la Ejecutiva provincial que dirige Viera será alterar el statu quo del grupo municipal. Su portavocía tiene los días contados. Quienes no se salvarán de la quema son los demás alfredistas: Celis no podrá tirar de ellos en su nuevo destino, así que se impone un mensaje catastrofista. ¿Si son purgados quién va a gestionar el Consistorio? “Hay que dejar las cosas como están. Espadas no ganará las elecciones si no se termina la Encarnación o no se culminan los proyectos”.

Rosamar se postula

Ajena a estas cuestiones, ayer volvió a postularse –por segunda vez y sin esperar a que Monteseirín se haya ido– Rosamar Prieto, presidenta del Pleno. Hipotética alcaldesa interina durante la transición hacia el espadismo. Prieto, que se mostró encantada hace semanas con la idea de llegar a la Alcaldía de rebote, dijo que si es alcaldesa no lo será en funciones. Querrá mandar. En el último Pleno ya colisionó (de frente) con Torrijos. Rosamar representa el sector más conservador del PSOE, dicen sus críticos, que los tiene. Tanto como rendidos e interesados adoradores. El difícil proceso de transición que van a ensayar los socialistas está lleno de peligros.

El escenario se antoja muy confuso: los críticos calibran las vías de escape (los que pueden) o ruegan (los que no pueden) por la integración; Prieto busca dejar huella (un año para pasar a la historia parece escaso) y Espadas tiene, desde fuera, el reto de ganar las elecciones. Demasiadas piezas en un tablero que no deja de moverse. La Ejecutiva socialista se reúne hoy para cubrir los huecos derivados del congreso regional. Elección del nuevo secretario de organización y reasignación de funciones. Es de esperar que Viera, que ayer se dejó ver con Espadas, lance algún mensaje nítido. Otra cuestión es que se entienda.

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Primarias que no llegarán

Carlos Mármol | 10 de marzo de 2010 a las 12:34

ALGUNO va a tener que meterse debajo de la mesa y no sacar la cabeza, si la tiene en buena estima, durante cierto tiempo. La peregrina idea que durante los últimos días han lanzado sotto voce ciertos miembros del sector crítico del PSOE de Sevilla amagando –porque ellos nunca llevan las cosas hasta el final– con la idea de forzar la convocatoria de elecciones primarias para elegir al candidato a la Alcaldía hispalense terminó ayer viniéndose abajo. Derrumbándose por completo. Claro que, como oficialmente nadie es en realidad el padre de tan sublime propuesta, ninguno de los afectados se dio –oficialmente– por aludido. Cosas que pasan gracias al anonimato.

La teoría de los críticos, cuyo referente hasta hace sólo una semana era Monteseirín –ahora no se sabe muy bien quién es; algunos dicen que Celis, pero éste juega a la media distancia; por ejemplo, no habló en defensa del regidor en el plenario del último congreso provincial extraordinario–, era que, puesto que José Antonio Griñán había amortizado, en seco y por agencia, a Monteseirín no existía otra salida políticamente válida más que las bases del partido eligieran al cabeza de lista.

Nadie apadrinaba con su rostro la idea. Según algunas fuentes, este planteamiento habría nacido de un grupo de añejos militantes del PSOE. Gente con trienios y experiencia… teórica. Ya. ¿Pero quién? Todos se cuidaban de no dar nombres. Acaso porque éstos no existían. Una de dos: o la cosa no era en plural, sino en singular, o no podía revelarse la procedencia so riesgo de aniquilamiento. En fin. Si imitamos a los clásicos, que para acertar casi siempre se preguntaban a quién benefician –qui prodest– las cosas, parece evidente que tal música procedería de ciertas sirenas más o menos cercanas a algunas agrupaciones locales contrarias a la Ejecutiva.

No es la primera vez además que se intenta introducir este elemento en el debate sobre el candidato a la Alcaldía. El propio Monteseirín, en sus frecuentes declaraciones al respecto, siempre dijo que él ganó en su día unas primarias –la verdad es que quien las ganó fue José Caballos, líder natural del PSOE sevillano; Monteseirín sólo iba de cartel– y que, por tanto, quien le sucediera en el cargo debía llegar de forma idéntica. Existe, claro es, quien piensa esto. Y también quien no lo ve así. Entre ellos, el presidente de la Junta y futuro secretario general del PSOE andaluz, José Antonio Griñán, que ayer descartó esta opción en el transcurso de una entrevista radiofónica.

tranvia

La celebración de primarias, en realidad, no era más que un mero recurso retórico. Algo para tratar de poner nerviosa a la Ejecutiva del PSOE sevillano. Previamente, la mayoría oficialista había hecho lo propio: ante la posibilidad de que Monteseirín se fuera de golpe y dejase –por su cuenta y riesgo– todo el poder municipal a Alfonso Rodríguez Gómez de Celis a espaldas del partido, la dirección del PSOE habría intentado abortar la operación proponiendo que la alcaldesa interina fuera Rosamar Prieto. En realidad, cualquiera antes que Gómez de Celis.

Siempre dando por bueno el cuento, las agrupaciones de la capital afectas al edil de Urbanismo y Presidencia habrían tomado tal idea –su planteamiento es que el relevo natural de Monteseirín debe ser Celis– como afrenta y, en respuesta directa, zarandearían el fantasma de las primarias, que tanto miedo da a los aparatos de los partidos. Con primarias quien tendría las de ganar –en teoría– sería Celis. Primero porque tendría una vía para disputarle la decisión clave a Viera –también a Griñán; y aquí empieza el problema–; después porque quienes le votarían serían los militantes de las agrupaciones socialistas de Sevilla capital –en teoría 70 a 30 a favor de los críticos– y, por último, porque dotaba de cierta representatividad a lo que hasta ahora sólo es un deseo de sucesión. Vale. Pero llegaba al punto peligroso de forzar las cosas

Tan es así que la propuesta sería, de hecho, un suicidio político. Primero por un factor jurídico: los estatutos del PSOE no contemplan la celebración de primarias en aquellos municipios en los que el partido gobierna. Caso de Sevilla. De salida, la opción ya iba a contramano. En segundo término hay otro elemento, puramente aritmético: es necesario contar con más del 30% de los avales de los militantes –firmados y rubricados– para plantear tal trámite ante la poderosa dirección federal.

Hay quien interpreta –a su capricho, claro– que en Sevilla este mínimo puede ser aún menor porque, una vez descabalgado Monteseirín, no existe ningún “candidato que gobierne”. Parece una exégesis demasiado forzada. En cualquier caso, salvar la situación se antojaba muy complicado. Sobre todo dados los antecedentes: el sector crítico del PSOE ni siquiera pudo presentar lista propia en el último congreso provincial ante la falta de avales. Si no se consiguieron entonces todos estos apoyos, parece evidente que ahora no sería fácil. Sin entrar en el mérito de enfrentar a un tercio de las bases con las direcciones provincial, regional y estatal.

Porque lo que es evidente es que ninguno de los ámbitos de poder del PSOE iba a dar su bendición a tal idea. ¿Los promotores de la iniciativa iban a lanzarse al monte en su defensa? ¿Alguien veía a Viera dando por buena dicha propuesta? En ambos casos, no. ¿Griñán? Algunos esperaban ayer con ansia su diagnóstico sobre el particular, quizás en busca de alguna esperanza. El presidente de la Junta habló en una entrevista radiofónica largo y tendido. Lo dijo muy clarito. Niet. “Si quieren primarias habrá primarias sólo si lo dicen los estatutos, pero no creo que éste sea el caso”, sentenció. Zapatero, me temo, tampoco está por la labor: ¿estaría dispuesto el presidente del Gobierno a reabrir este proceso en una capital como Sevilla y no hacer lo propio en todas las demás grandes ciudades? Va ser que no

La ocurrencia pues pasará el resto de la eternidad en el limbo. Aunque quizás contribuyó a que la actitud de Griñán fuera ayer pura polisemia de gestos y movimientos. El presidente de la Junta no sólo se despegó de la tesis de forzar las primarias, sino que dijo no tener “un candidato” propio –mala cosa para alguno– y dejó la responsabilidad de elegirlo “a la dirección provincial del PSOE de Sevilla”. Un papel –la interlocución política– hasta cierto punto natural, pero que, en el contexto actual, es muy ilustrativo. Para algunos es bastante preocupante.

Griñán, sin citarlo, dijo al alcalde –que el día antes señaló en público que su salida del Consistorio se había comunicado mal, amagó con irse antes de que termine el mandato y reclamó un puesto institucional– que reactive su agenda municipal y no contribuya a que el debate abierto sobre su salida prematura siga vivo en la prensa. También hizo algo más: nombró a Viera presidente del congreso regional. Viera, hace unos días, hizo lo propio con el consejero Juan Espadas. Las cosas empiezan ya a aclararse. ¿ O quizás no?

La opción Viera

Carlos Mármol | 9 de marzo de 2010 a las 17:58

SIN hoja de ruta definida para la fase previa a la carrera electoral –que, según la tradición, no debería demorarse más allá del año antes de los comicios– el PSOE tiene por delante una sola incógnita: ¿Quién va a ser el cabeza de lista? Con Monteseirín fuera del tablero y dos candidatos virtuales –Juan Espadas, inteligentemente discreto; Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, silente pero alerta– la resolución a dicha cuestión se presenta complicada, delicada y, sobre todo, azarosa. El capricho, bastante más que en otras ocasiones, tendrá un papel esencial en la elección final.

Mientras los analistas se distraen haciendo quinielas y con los nombres habituales, un sector del partido en Sevilla empieza a armar el argumento que se pondrá encima de la mesa de negociación, en la que –parece obvio– quien se sentará, en primer término, será José Antonio Griñán. El presidente de la Junta, que será investido secretario general en el inminente congreso del PSOE andaluz, tendrá que bendecir la designación. Lo que aún no está tan claro es si será él quien directamente proponga un nombre –y en consecuencia asuma solo la responsabilidad plena– o se limitará a avalar una propuesta ajena, obviamente cocinada desde la organización socialista sevillana. El aparato.

La batalla por Sevilla es clave para las autonómicas de 2012. Y, por tanto, para Griñán, que aunque lo relativiza sabe que todas encuestas señalan la misma tendencia: empate técnico con el PP en Andalucía e, incluso, una ajustadísima victoria de Javier Arenas. Otra cosa diferente es que el PP gobierne. De ahí que el escenario actual aconseje que la elección del candidato a la Alcaldía hispalense sea lo menos arriesgada posible y que la culpa, por si las cosas salen al final mal, o sea de otro o esté suficientemente compartida.

Hay quien dice que existe un candidato durmiente. ¿Y si el cabeza de lista estuviera ya bajo los focos y, como en las novelas de detectives, precisamente por eso esté tan bien oculto? ¿Y si el tapado de Viera fuera él mismo? El secretario general del PSOE de Sevilla, que en 2007 ya quiso quitar a Monteseirín como candidato a la Alcaldía –el terror de Chaves a tal mudanza fue la única razón por la que el alcalde siguió–, tiene clavada la espina de su abrupta salida del Consistorio al inicio de este mandato. Fue de número dos, acaso porque confiaba en una dimisión prematura del regidor, pero optó por marcharse cuando el alcalde rompió casi todos los puentes.

“Es lógico que después de que Griñán haya amortizado a Monteseirín acaricie la idea de volver como candidato”, reconocen algunos hombres cercanos al propio alcalde. En la Ejecutiva socialista no responden. Tampoco lo desmienten. Salvo que a última hora aparezca una estrella, la opción Viera es, a día de hoy, posible. Incluso probable. Tan sólo queda que Griñán la considere también la fórmula válida. O acaso la menos arriesgada. “Cuando existen opciones reales de ganar todo el mundo quiere opinar y decidir; cuando el escenario no es tan bueno, en cambio, son las direcciones provinciales las que tienen que asumir todos los riesgos”, sostiene un importante socialista. “Viera no decidirá solo, pero será quien hable primero”, afirma otro.

VIERA

¿Existe otra alternativa?¿Juan Espadas? La Ejecutiva provincial, que presume de que Espadas es una de sus cuotas en el Gobierno regional, deja que el globo del consejero de Vivienda se infle. Es fácil. Basta con no desmentir nada de lo que se diga y darle, como en el congreso extraordinario, protagonismo. Claro que no hace demasiado tiempo el candidato de la mayoría oficialista era Emilio Carrillo, ex vicealcalde y concejal de Urbanismo. Y, sin embargo, desde Luis Montoto –la sede provincial del PSOE– se le dejó caer cuando la presión de las huestes del alcalde hicieron imposible la vida inteligente en el Ayuntamiento. ¿Se pensaba ya entonces en la fórmula Espadas o en realidad Viera intuía que Carrillo había cumplido su función y no importaba su marcha? Este cambio de caballo hace pensar que a quien le interesa que todavía no esté claro quién será el candidato es justo a la dirección provincial. Mientras más dudas existan, más opciones tiene de convencer al resto de actores que participarán en la decisión. Sin alternativas a la vista, con un escenario electoral hostil y dado el grado de incertidumbre, todo conduce a confiar la suerte a la fortaleza de la marca PSOE en Sevilla. ¿Quién encarna dicho concepto? El secretario provincial.

La opción Viera tiene ciertos inconvenientes. Pero no distintos a la alternativa Espadas. El grado de conocimiento popular de ambos es bastante bajo, lo que, en cualquier caso, nunca ha sido motivo suficiente. A Zoido en 2007 tampoco lo conocía todo el mundo: ganó las elecciones. Quizás gracias más al rechazo del electorado hacia Monteseirín que por méritos propios. Con el alcalde ya fuera de juego, este elemento desaparece del todo del tablero de juego. La guerra sólo tiene dos combatientes: Zoido y el PSOE. Un PSOE que, al final, ha tenido el arrojo de sacar del poder a Monteseirín. Para muchos, aunque algo tardía, ya es una buena decisión.

Ni el perfil político de Viera ni su personalidad –adusta, desconfiada, según sus críticos; seria– permiten un candidato populista. Todo lo contrario al alcaldable del PP. Sería un cabeza de lista con experiencia de gobierno –ha sido delegado de la Junta en Sevilla, consejero de Innovación, delegado del Gobierno central en Andalucía–, responsable de la principal agrupación socialista de España –en resultados electorales, al menos– y con mando para movilizar a las bases del partido. Ganó con un respaldo de más del 80% el último congreso provincial. Controla el aparato y, aunque hay agrupaciones de la capital que ahora no le son afines –otras sí–, si Griñán respaldase la operación muy raro sería que muchos de los militantes que ahora son tenidos por críticos no terminen mudando, en horas venticuatro, en oficialistas. Cosas más sorprendentes se han visto en una organización que, como bien dice Antonio Gutiérrez Limones, alcalde de Alcalá de Guadaíra, cercano primero a los críticos y después alineado en el último congreso provincial junto a Viera, “siempre ha sido muy del aparato”.

El secretario general, además, llegado el caso de una derrota, tiene vía de escape: podría presidir la Diputación –basta ser concejal– y, desde aquí, plantar cara a Zoido, conservando los resortes institucionales que permiten conservar el poder orgánico. La oposición de las agrupaciones de la capital que durante los últimos dos años han sido afines a Monteseirín –entre otras cosas, por las prebendas del poder– no es un obstáculo. Podrá entorpecer, pero Viera cuenta con la estructura provincial del PSOE, la Diputación y la posibilidad de elegir junto a Griñán al nuevo rey socialista en el Ayuntamiento. No le preocupan las direcciones locales que, en teoría, controlaría Gómez de Celis.

Sólo tiene una obsesión: impedir la salida interina que plantean los críticos. Esto es: que el sucesor sea el edil de Urbanismo y Presidencia. Ésa era la jugada que se ensayó hace dos meses, previamente acordada entre Monteseirín y Celis, y que, según algunos, parece desinflarse porque, aunque Griñán tiene cierta simpatía personal por el delfín de Monteseirín –es militante de la agrupación que éste lidera–, esto no implica que sea forzosamente el elegido. Tampoco lo contrario.

La Ejecutiva lanza el nombre de Rosamar Prieto como piedra para taponar esta vía de agua. Nadie, sin embargo, cree que tal tesis pueda ser tomada en serio, lo que no implica que, llegado el caso, no termine sucediendo. Los motivos: con ella el PSOE seguiría sin referente durante demasiados meses ante un Zoido sin rival, cuando se nombre al candidato se entrará en una situación de bicefalia (justo el motivo por el cual se va a hacer un congreso regional) y una supuesta huida de Celis dejaría al Ayuntamiento sin una parte de su intelligentsia. Rosamar Prieto tendría problemas para contar con cuadros técnicos. La cuestión no es tanto quién va a reinar en el Ayuntamiento, sino quién va a terminar en condiciones todo lo que Monteseirín dejará a medias. Un requisito esencial para poder presentarse ante el electorado.

El ritual de seducción hacia el presidente de la Junta es intensísimo: Viera lo cortejó durante el congreso extraordinario de esta semana; Celis lanza, indirectamente, mensajes hacia la Ejecutiva federal y algunos de sus fieles insinúa una hipotética salida hacia responsabilidades autonómicas dentro del grupo de los jóvenes valores socialistas. Lo cierto es que Griñán tiene tan despistados a todos los aspirantes a algo en el PSOE que cualquiera puede decir una cosa y, al tiempo, pensar justo lo contraria. Estar aparentemente bien posicionado y quedarse fuera de foco. Males del cesarismo.

Un tablero sin rey

Carlos Mármol | 7 de marzo de 2010 a las 0:51

montaje alcalde

DICE el clásico: “Uno es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios”. Alfredo Sánchez Monteseirín, el alcalde de Sevilla durante los últimos once años, afirmó en 2003: “No puedo prometer no equivocarme nunca. No puedo prometer actuar siempre al gusto de todas las opiniones. Pero sí hacerlo en conciencia, corregir cuando sea necesario y dialogar con todos, escuchar a todas las partes y explicar mis decisiones cuantas veces sea necesario”. El momento en el que las pronunció era solemne: su segunda toma de posesión como regidor hispalense, tras cuatro difíciles años de dura cohabitación política con los andalucistas.

Podría afirmarse que Monteseirín nació al destino –por decirlo con el mismo término que en su momento usó su antecesora, Soledad Becerril, en idéntica situación– en ese justo instante. Antes, es cierto, había presidido la Diputación Provincial e incluso gobernado la ciudad durante cuatro años. Pero nunca fue por méritos propios: su carrera política está marcada desde el principio por la suerte –que en general le ha sonreído, aunque él piense lo contrario–, por la inestimable ayuda de ciertos padrinos políticos y por su acierto para estar en el lugar conveniente en el momento justo. Demasiados elementos para que no piense que su devenir no es sino fruto de su capacidad como gobernante.

En 2003, sin embargo, quizás por primera vez, logró algo por sí mismo: ganó las elecciones (la única vez de las tres en las que se ha presentado) y consiguió un elevado grado de autonomía en el Consistorio gracias al pacto con Izquierda Unida que negoció José Caballos, el entonces líder natural de la agrupación socialista sevillana. El viento soplaba a su espalda. Sus huestes reclamaban la Gerencia de Urbanismo –la verdadera residencia del poder– y él, acaso animado por su entorno, que ha terminado llevándolo al desastre, soñó con ser el príncipe de lo que cierto perito en geografía llama el “nuevo renacimiento”. Una era de esplendor deslumbrante. Cualquier cosa.

Los méritos de su gestión, que existen, y no son pocos, en su mayoría proceden de este segundo mandato. Antes, ni tenía proyecto ni modelo de ciudad propio. Basta releer su primer discurso de investidura para darse cuenta. El cerebro del modelo urbano, que siempre se planteó con una clara vocación institucional, pero que Monteseirín quiso hacer exclusivamente suyo de forma interesada, fue Manuel Ángel González Fustegueras, el director del Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) quien, paradójicamente, rompió silenciosamente amarras con Sevilla cuando se dio cuenta de la verdadera capacidad de gestión del gobierno local.

Después, a partir de 2007, su única guía ha consistido, de una u otra forma, en intentar silenciar a todos aquellos que, desde prismas distintos, y en el ejercicio de su libertad, eran críticos con su figura. Es una etapa, a la que Griñán ha puesto punto y final esta misma semana, marcada por el conflicto constante. Hacia el partido, que respondía con idéntica actitud; hacia antiguos amigos y compañeros políticos –el caso de Emilio Carrillo–; hacia ciertos sectores de la ciudad y, en general, hacia todo aquel que, con razón o sin ella, no marcara el paso. Es la herencia más negra de su etapa como alcalde. Sus palabras de investidura quedaron convertidas en mera retórica.

Las buenas intenciones

Si algo caracteriza estos dos lustros largos en los que el PSOE ha gobernado Sevilla después de ocho años previos de exilio del poder en Plaza Nueva que, según pronostican los sondeos, pueden volver a repetirse a partir de 2011 si no se acierta con el nuevo candidato, ha sido la explosiva suma de buenas intenciones con altas dosis de ineficacia. De querer hacer cosas –actitud honrosa, por otro lado– y no sólo no saber hacerlas con relativo acierto, sino –y en este punto radica la clave del periodo político que ahora se cierra– exigir a los demás –ciudadanos, militantes, profesionales– la aceptación completa, integral y categórica de su triunfo.

Como si la vida pública consistiera en promulgar un decreto en favor de establecer una suerte de ceguera colectiva. O como un contrato de adhesión firmado en blanco y a la fuerza. Actitud poco democrática y excesivamente cercana al pensamiento único. Conducta que contrasta con la imagen bondadosa, cercana y extremadamente afable que Monteseirín siempre ha querido proyectar hacia el exterior. No hay más que ir al refranero para ver que de lo que se presume suele ser aquello de lo que se carece.

Todo ha terminado, al cabo, periclitando. Con el pie en el estribo, el alcalde ha sido sacado del tablero por un Griñán sobrado al que la tesis de Chaves –“a un alcalde lo echan los ciudadanos, nunca el partido”– ya no le sirve. El inmovilismo conducía a la derrota. Si la decisión se ha demorado en demasía –pudo haberse hecho de forma razonable en 2007– es un error que sólo perjudicará al PSOE, que si antes tenía un referente cuestionado ahora sencillamente no lo tiene. Salvo que éste sea Zoido. Laus Deo.

El candidato: más pronto que tarde

Carlos Mármol | 5 de marzo de 2010 a las 19:56

EL MONTE ES ORÉGANO baja

EN política, en general, las decisiones se toman en base a dos elementos: la intuición y el análisis. La afinidad personal, huelga decirlo, entra dentro de la primera categoría. En función de cuál de las dos materias predomine más o menos a la hora de resolver una determinada cuestión, el resultado consecuente será fruto del genio –en el primer caso– o del cerebro –en el segundo–. O de la suma de ambos. A veces ni uno ni otro garantizan eso que llamamos triunfo.

El proceso de salida de Monteseirín de la Alcaldía hispalense, precipitado esta semana por el anuncio del presidente de la Junta, se antoja complicado y agrio. No sólo para él, que si ha cambiado de criterio en relación a sus conocidos deseos de encabezar una cuarta candidatura a la Alcaldía acaso sea como posible baza de negociación para lo que su entorno llama “una salida digna” del cargo. También para los otros actores presentes en el tablero de ajedrez. Unos, por la incertidumbre creada tras el sorprendente anuncio de Griñán. Otros, por el desconocimiento de cuáles son sus opciones reales de futuro.

Lo que parece evidente es que el calendario oficial tan sólo es eso: oficial. Cumplirlo se antoja una tarea imposible. Si el PSOE insistiera en posponer cualquier decisión hasta julio dejaría a Zoido –crecido tras la confirmación de la salida forzada de Monteseirín– campo abonado para liderar durante más de un año un Ayuntamiento cuyo gobierno municipal estaba desde hace tiempo en una fase de decadencia más que notable. Incluso aunque Monteseirín decidiera agotar todo el mandato –como le piden ahora Griñán y la Ejecutiva provincial– la ausencia de un referente político único y claro en las filas socialistas sólo contribuiría a dar alas al PP.

Tal situación, además, no se salva estableciendo una Alcaldía interina en la persona de Rosamar Prieto, opción con la que en su día amagó, aunque puramente a efectos retóricos, la Ejecutiva provincial. Un regidor a tiempo parcial no restaría protagonismo –por su propia naturaleza temporal– a Zoido, al que el escenario político de momento le beneficia. Notables representantes de la dirección del PSOE de Sevilla reconocen en privado que tal idea buscaba más evitar las opciones de Celis –como sucesor natural de Monteseirín– que otra cosa.

De hecho, la petición de Griñán para que Monteseirín agote el actual mandato fue ayer muy bien recibida por el partido en Sevilla. La dirección provincial, de hecho, ya trabaja con la hipótesis de que los tiempos deberán de acelerarse al máximo. ¿Cuándo? Todavía no está claro. Para abrir el proceso de designación del candidato habría que pedir antes el plácet de Madrid. Y éste, de momento, no se ha producido, aunque, vistas las cosas, no será nada difícil. Todas las fuentes consultadas coinciden en que no se puede esperar hasta julio. Que sea en abril o mayo entra dentro de lo razonable. Una vez despejado el escenario global tras la celebración del congreso regional en el que Griñán será investido oficialmente secretario general del PSOE andaluz.

La segunda cuestión es quiénes van a decidir sobre la sucesión. La opinión de Griñán, evidentemente, es el factor clave. Claro que, dada la singular coyuntura electoral de Sevilla, hasta ahora hostil a los socialistas debido a la distorsión que producía la figura política del alcalde, no sería raro que esta resolución no sea cosa de una única persona, sino resultado de las deliberaciones de una suerte de sanedrín en el que uno tome la iniciativa y los demás ponderen. La presencia de Monteseirín se da por descontada. Se le consultará por cortesía previa. Punto. Después la cosa será interna. Con esa hipótesis trabajan algunos de los hipotéticos alcaldables, que por ahora evitan postularse de forma directa ante el riesgo cierto de quemarse antes de tiempo.

Si la decisión es pues compartida, y el campo de batalla no garantiza la victoria, todo conduce a pensar que quien hable primero marcará el proceso. La postura de la dirección provincial es conocida al menos desde 2007: el cambio de candidato era necesario para combatir la tendencia electoral a la baja que acusa el PSOE en la capital. Misma tesis que alimentaba en su día la sustitución de Monteseirín por Emilio Carrillo, operación que frustró el regidor al negarse a aceptar la salida acordada con el partido para evitarse un sucesor no deseado.

Ido Carrillo, casi todos los nombres realmente con opciones se limitan a dos: Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, concejal de Presidencia y Urbanismo; y Juan Espadas, consejero de Vivienda y Ordenación del Territorio de la Junta de Andalucía. Ninguno de ambos se incluyen a sí mismos en quiniela alguna. Pero son las personas de las que todo el mundo –dentro y fuera del PSOE– habla. A favor del primero cuenta su cercanía con Griñán. En contra, su vínculo con Monteseirín y la antipatía que provoca en la dirección provincial del PSOE de Sevilla.

El segundo, que sería una posible opción por parte de la dirección socialista a pactar con Griñán, está el factor de la renovación. La llegada de un consejero a la batalla por la Alcaldía implicaría, según algunos, que el partido se toma el reto en serio. En contra, en cambio, al igual que Celis, tiene su escaso grado de conocimiento popular. Una de las claves de los estudios de opinión encargados por el PSOE en Sevilla es que es necesario tiempo suficiente para dar a conocer a un cabeza de lista. Espadas, por otro lado, contaría con el inconveniente de no poder hacer campaña desde Plaza Nueva –cosa que sí podría hacer Celis– y de no tener tampoco estructura orgánica propia, cosa que, en el caso de algunas agrupaciones de Sevilla capital, sí tiene el concejal de Urbanismo.

Fuentes de la dirección del PSOE insisten en que los nombres que salen a la palestra no son válidos. Aunque todo el mundo coincide en los mismos. “El partido no ha hablado con nadie”, se sostiene. “Se elegirá la opción que permita ganar”, recalcan. Y se pide que no se hagan elucubraciones. Esencialmente, más que por prudencia porque –sorprendentemente– no hay hoja de ruta. Esto es: los socialistas han precipitado la salida de Monteseirín –con la que venía especulándose desde 2007– en un momento procesal realmente difícil. Con todo el partido pendiente del reparto de poder que se consumará en el inminente cónclave regional, donde, salvo la figura de Griñán, la gran incógnita es saber quién jugará el papel de mayoral orgánico del presidente de la Junta y medir el protagonismo de los distintos secretarios generales, entre ellos el de Sevilla, José Antonio Viera.

Claro que desde que Emilio Carrillo decidió tirar la toalla, presionado por el entorno de Monteseirín, y renunciar a su acta de concejal, junto a los habituales nombres de Celis y Espadas, siempre ha existido la posibilidad –para unos, remota; para otros, cierta– de que quien encabece la lista del PSOE a la Alcaldía sea el propio secretario provincial. La falta de un referente claro abonaría esta tesis, que desde el PSOE se presentaría como un “sacrificio” debido a la difícil herencia a gestionar: el pacto con IU en Plaza Nueva –inevitable si se quiere gobernar–, los grandes proyectos pendientes y, sobre todo, el escenario electoral a partir del cual hay que empezar a trabajar. Con un PP ascendente –aunque aún, según los estudios, sin mayoría para gobernar solo– y con un PSOE en descenso y con la hipoteca de IU.

¿Y si pierde? ¿Puede un secretario provincial descabalgar a un alcalde y no revalidar después la mayoría? Para contestar a esta pregunta hay que mirar en dirección al cuartel de la Puerta de la Carne, sede de la Diputación Provincial. Para presidir la Corporación basta con ser concejal. No es necesario ser alcalde.

Las cábalas de junio

Carlos Mármol | 11 de enero de 2010 a las 13:03

Los hipotéticos ‘alcaldables’ del PSOE de Sevilla juegan sus cartas con la vista puesta en el momento en el que la dirección federal decidirá quién será el candidato a la Alcaldía de Sevilla. Lo decidirán las encuestas.

MOMENTÁNEO compás de espera en el PSOE de Sevilla.¿Hasta cuándo? Nadie lo sabe con exactitud. Teóricamente debería durar unos pocos meses. Los movimientos de finales de año tienen una lógica interna aunque se hayan hecho de cara a la galería. A la vista. Eran los pasos previos a la calma, que suele ser el preámbulo de la tempestad. Porque la elección del futuro candidato socialista a la Alcaldía de Sevilla será tempestuosa. De eso cabe poca duda.

Los máximos dirigentes regionales han llamado estos últimos días a la mesura después de varias semanas en las que cada parte en litigio –en el socialismo sevillano la paz completa se antoja difícil– ha jugado sus cartas con objeto de posicionarse de la mejor manera posible para el día cierto de la carrera. Los mensajes de Chaves y Pizarro son coincidentes con el de Griñán. “El alcalde debe agotar el mandato”. Lo mismo ha dicho el propio regidor, aunque añadiendo un matiz: su partido –sostiene– le ha dejado las manos libres para tomar sus propias decisiones. Ya se verá.

Madrid decide

Resulta evidente que la resolución final no será cosa de la Alcaldía, sino de Madrid. La dirección federal del PSOE es quien, oídas las partes, tendrá la última palabra. Y no la pronunciará hasta que cuente con un escenario demoscópico nítido que oriente o sirva para justificar la decisión. Con esta inamovible certeza trabajan todos los alcaldables. De ahí que su objetivo, sus gestos, sus palabras, no tengan otro fin que tratar de incrementar sus posibles opciones para ese momento, que será la hora de la verdad. Y acaso también la de los justos. De momento, más que jugar a poder ser candidatos, los hipotéticos –conocidos y confesos unos; desconocidos, otros– intentan convertirse al menos en protagonistas de encuesta. No se juegan aún la inclusión en las listas, sino el simple hecho de aparecer con opciones en los sondeos que terminarán inclinando la balanza de un lado o hacia otro.

CÁBALAS DE JUNIO baja
Es obvio, de cualquier forma, que los plazos oficiales no van a respetarse. Aunque la dirección federal ha dado orden de no abrir el debate sobre los candidatos a las municipales durante la presidencia española de la UE, nadie cree que la situación actual pueda sostenerse hasta otoño. Al menos, en Sevilla. Probablemente la cosa estallará bastante antes. Los hipotéticos lo saben. Quien se esté quieto y asuma a rajatabla el calendario oficial puede acabar quedándose con la brocha en la mano y sin pared alguna en la que pintar algo.

Todas las partes en liza sitúan en junio el punto de inflexión. El momento de las encuestas. Quizás, algo antes. Depende de quién haga los sondeos. Con este escenario temporal en mente, los movimientos y las escaramuzas de finales de 2009 se entienden a la perfección. En primer lugar, la táctica del actual alcalde, al que algunos dan por amortizado. Desde su entorno –cada vez más limitado– se ha alimentado en las últimas semanas el mito de que piensa dejar la Alcaldía antes de que termine el mandato. Como estas cosas no se dicen directamente, la estrategia ha consistido en resaltar los detalles a aquellos que puedan picar el anzuelo. “Su agenda ha caído en picado: por las tardes ya casi no se dedica a actos institucionales”, cuentan.

Este fingido paso atrás, hábil, permite alimentar el segundo argumento: el delfín es Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, el edil de Urbanismo y Presidencia. Quien –no casualmente– está ganando protagonismo en los últimos meses. Monteseirín quiere que se especule –como ya se está haciendo– con su nombre. Los beneficios de tal postura son dos: si finalmente decide dejar el poder, condicionaría –a través de Celis– la sucesión en Sevilla. En caso contrario, y si su candidato genera rechazo (cosa obvia, a juzgar por la posición de la dirección provincial, que prefiere a cualquier otro concejal como sustituto), su figura quizás podría volver a aparecer como la solución menos mala. Al fin y al cabo, ya es el alcalde. Más que suscitar consenso (cosa imposible), lo que pretendería es medir el grado de rechazo interno de su sustituto, acaso para reiterar su firme voluntad de ir él mismo, llegado el caso, hacia el filo del precipio (dados los sondeos existentes) de una hipotética derrota electoral. No hay como jugar al contraste para que las cosas muten de aspecto.

¿Qui prodest?

Celis, que en público niega que aspire a la sucesión, gana en esta coyuntura la posibilidad de empezar a ser visto –para bien y para mal– como una alternativa plausible. Algo clave de cara a las encuestas, en las que hasta ahora aparece con un perfil político relativamente bajo (cosa que tiene arreglo si le dejan tiempo) y demasiado vinculado a Monteseirín (situación más complicada). En política acostumbra a decirse que la apariencia es el primer paso de la esencia. El edil de Urbanismo hace tiempo que evita las fotos conjuntas con el regidor –salvo cuando no hay otro remedio– e intenta volar solo. Tiene a su favor el apoyo de algunas asambleas locales –controladas de forma directa o indirecta– y en contra el veto de la dirección provincial del PSOE. Los sondeos, que dicen desde hace un año que con Monteseirín el PSOE perderá Sevilla, apuntan a un cambio de caballo. Pero, para eso, hay que tener alternativa. ¿Existe?

Arquitecturas efímeras

Carlos Mármol | 29 de noviembre de 2009 a las 19:51

La estrategia del PP para desgastar a la coalición municipal por el flanco de IU busca no tanto quebrar las bases electorales de la federación de izquierdas, sino conseguir una amplia abstención en los barrios de signo socialista.

NO hay fuerza más temible y constante que el odio. Sobre todo en política. Se trata de un sentimiento antónimo del amor, pero no tan distinto, que suele destrozar por dentro a quien lo experimenta. Y que, a veces de forma prácticamente simultánea, arroja a muchos hasta situaciones que jamás se hubieran planteado vivir. Son las dos caras de un mismo monstruo interior. En determinados casos, el odio funciona como un infatigable motor vital. Acaso triste, pero siempre poderoso. No hay más que fijarse en cómo se producen determinados divorcios.

Decía Séneca que “el primer arte que deben aprender aquellos que aspiran al poder es justo el de ser capaces de soportar el odio ajeno”.

No siempre se tolera el sacrificio, claro. Pero resulta a todas luces evidente que el ejercicio de cualquier tipo de mando implica que nazca y se desarrolle, más a medida que más mediocre sea el ámbito de batalla, determinado sector crítico.

En el seno del socialismo sevillano, que esta semana anda tomando las primeras posiciones en relación a la hipotética salida de Monteseirín de la Alcaldía –unos en un sentido; otros, justo en el contrario–, este axioma se cumple a la perfección. Acaso por aquello que sostenía Ortega:

“En nuestro primer momento de trato con el otro (el semejante), sin darnos cuenta, calculamos su ecuación vital; es decir, cuánto hay en él de convencional y cuánto de auténtico”.

El resultado de tal ejercicio suele resultar, con frecuencia, desolador. Gente verdaderamente auténtica hay bastante poca.

Votando a la contra baja

Tal reflexión viene a cuento del periodo político que se abre estos días en Sevilla. Aunque oficialmente hasta otoño de 2010 los socialistas no elegirán a su candidato a la Alcaldía, los primeros movimientos sobre el terreno ya están en marcha. Esta semana algunos han empezado a postularse, otros a tratar de no postularse en exceso y alguno a apostarse comidas sobre seguro. ¿O no? En cualquier caso, este ejercicio que consiste en marcar el territorio, aparentar que se cuenta con un apoyo superior que acaso no se tenga del todo y, hasta cierto punto, simplificar las cosas, entra dentro de guión. El de los socialistas no está cerrado –más bien se encuentra más abierto que nunca– pero sí el del resto de fuerzas políticas.

Al menos, en el caso del PP, cuyo cabeza de lista, Juan Ignacio Zoido, lleva de campaña desde el mismo día que perdió el poder habiendo ganado las elecciones, y sin haber llegado siquiera a tocarlo. Lo que son las paradojas del destino. Zoido, desde el principio, ha centrado casi toda su acción en la oposición en uno o dos principios básicos. Poco más. Probablemente por aquello de que los conceptos abstractos aburren al personal. “No se venden bien”, dicen.

Cuando uno oye afirmaciones así, no puede sino recordar el viejo tratado de Tousssaint Dinouart, El Arte de callar: “A veces el silencio hace las veces de sabiduría en un hombre limitado, y de capacidad en un ignorante”.

Hay quienes prefieren un mensaje simple, superficial, demagógico e infantil: “Ellos son los malos; nosotros, los buenos”. Y los que optan por no ser simpáticos. En este último grupo está el portavoz de IU, Antonio Rodrigo Torrijos, objeto de la mayor parte de las críticas del PP e, incluso, de un sector de su propia organización política, como pudo observarse con la tormentosa salida del cargo de ex edil de Empleo, Jon Ander Sánchez.

Torrijos ha cometido un sinfín de errores. El esencial: intentar gobernar no desde la ideología real –la que marcan los hechos– sino desde la retórica –en este campo su aportación ha sido realmente notable–, lo que ha dado pie a que se haga de él un personaje que, aunque algunos insisten en presentar como un temible Moisés tronante acaso no lo sea tanto. Si algo preocupante tiene el portavoz de IU es intentar ser como Demóstenes. Ya parece bastante condena. Igual que digerir mejor o peor a Gramsci. Claro que otros prefieren otro tipo de piezas retóricas, en verso e in voce. Cada uno elige su propia tortura mental.

La táctica del PP de orientar el desgaste del gobierno local sólo en su figura puede, sin embargo, no dar el resultado soñado. Lo que Zoido busca, más que hundir a IU, que no parece estar en su mano (más bien reside en sus propios dirigentes), es intentar animar a los votantes socialistas a la abstención masiva. Una vía para alcanzar la mayoría absoluta (la única que le valdría para gobernar) que no tiene.

Los métodos son dos: forzar el lado menos amable del ex sindicalista (evidente) y sobrevalorar el papel de IU en el gobierno –“quien manda es Torrijos, Monteseirín no pinta nada”– para que los electores del PSOE críticos con el alcalde –la mayoría– tengan motivos suficientes para no ir a las urnas. Las encuestas, al menos las que manejan los socialistas (IU no tiene dinero para estudios estadísticos), dicen que dicha estrategia no está funcionando. La evolución del electorado de IU no baja. Va en ascenso: puede que incluso con un edil más. Sus bases, escasas, llevan muchos años enrocadas en sí mismas. Dependiendo de cuántos sevillanos voten, su cuota pesará más o menos.

La clave de la batalla sigue en las filas socialistas: Zoido crecerá en la medida que siga capitalizando el sentimiento anti-Monteseirín. Si el PSOE cambia de verdad de candidato y apuesta por alterar el rumbo, esta arquitectura del PP puede quedarse en materia efímera. Algo, por otro lado, muy sevillano. Fuese y no hubo nada.