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Guerras púnicas, el capítulo infinito

Carlos Mármol | 6 de julio de 2012 a las 6:06

Las tribus del socialismo sevillano tocan los tambores de una nueva guerra en la que lo que está en juego no es quienes serán los vencedores, sino la propia supervivencia de una de las dos corrientes internas del partido.

Las tribus del socialismo patrio, que es lo mismo que decir sevillano, porque para ellas el partido en Sevilla es como su familia, y en los clanes unidos por el parentesco ya se conoce que puede suceder de todo, tienen reunión en Almería este fin de semana. Toca congreso regional. Una cita en la que se ratificará a Griñán como guía supremo –gracias a la carambola que le permitió conservar el poder en las últimas elecciones autonómicas– y la novedad, si descontamos los nombres de la próxima dirección, que es un asunto que sólo les interesa a ellos, consistirá en evaluar el peso –relativo– de un posible núcleo opositor construido sobre los restos del descontento en las distintas agrupaciones provinciales –cada una con sus particulares batallas–, la larga herencia del chavismo, ese sistema de equilibrios que ya parece lejanísimo, y los espontáneos. Poco más.

Una semana después, en plena canícula de julio, la agrupación sevillana (el 25% del partido en Andalucía) tiene convocado su particular duelo interno para dirimir si durante los próximos cuatro años –o quizás antes, porque en política nunca se sabe– seguirán existiendo dos corrientes orgánicas, desiguales y en confrontación o, por el contrario, la organización girará de forma irremediable hacia una mayoría perdurable, lo que no quiere decir tranquila. Los socialistas sevillanos son de natural correosos. No es posible la paz si no es armada.

Estos días se están produciendo los primeros movimientos con cierta profundidad en el tablero donde se juega el poder orgánico provincial, que quedará, como siempre, manchado con sangre. El sector susánida, que según la última foto fija –la elección de los delegados al congreso regional– goza de una mayoría holgada (65%) ha presentado su propia candidatura a la secretaria general mientras los críticos –una amalgama de nuevos aliados y enemigos pretéritos– sopesan si dan –o no– la batalla por el poder interno. Los susánidas han presentado ya un manifiesto, los avales suficientes para presentarse, dicen tener a su lado a 50 de los 61 alcaldes sevillanos y, tan seguros están de su próximo triunfo, que incluso se reparten los cargos. Para secretario de organización suena el nombre de Carmelo Gómez, aunque otras voces señalan al concejal Alberto Moriña y hasta al ex alcalde de Mairena del Aljarafe, Antonio Conde.

La lucha, en todo caso, será más teórica que real. Lo que se juega en el cónclave sevillano no es tanto quién será el triunfador –esto ya parece más o menos claro antes de comenzar, aunque los congresos del PSOE son imprevisibles–, sino si la organización seguirá marcada por la cohabitación más o menos agresiva de las dos tribus mayores. Para unos el congreso se presenta pues como la consumación formal de un mando más o menos tácito; para otros, en cambio, el simple hecho de sobrevivir al duelo viene a ser como ganar. Seguir vivos no implica tampoco que algún día, lejano, puedan vencer, aunque lo que es seguro es que los muertos (incluso los fenecidos en vida) nunca triunfan, aunque sus expectativas se sustenten más en los deméritos del rival que en los logros propios.

La foto del congreso regional de Almería marcará la pauta. En función de cómo quede la cosa pueden producirse dos situaciones. Una: que los críticos, que siempre han jugado a ser anónimos (el único que dio la cara por la corriente fue Demetrio Pérez, candidato a la secretaria provincial en el pasado congreso), sigan sin líder reconocido. Dos: que el grado de respaldo a la Ejecutiva de Griñán no sea absoluto, en cuyo caso la opción es derivar la batalla al ámbito de las guerrillas provinciales. Se trata de una tradición: los socialistas sevillanos planifican sus guerras púnicas en función de las distintas legitimidades de índole orgánica. Tienen donde elegir para matarse.

Como lo previsible es que Griñán apenas si encuentre contrapeso –más allá de lo testimonial– en la cita regional, la gran incógnita es si el supuesto nuevo referente de los críticos –Antonio Gutiérrez Limones, alcalde de Alcalá de Guadaíra– dará el paso de armar una mayoría para oponerse a la de Susana Díaz. Los críticos no las tienen todas consigo. Con Limones, esto es imposible. El también senador quiere marcar sus propios tiempos para anunciar su hipotética candidatura pero, en realidad, espera a orientarse mejor según sea el panorama del congreso regional. No quiere inmolarse sin necesidad.

La fórmula Limones, de hecho, se basa en un liderazgo relativo y, en cierto sentido débil. Las causas son múltiples. Tienen que ver con las relaciones personales entre el grupo crítico –que son circunstanciales, más que sustantivas– y las consecuencias que implica plantear un desafío al poder institucional, que es quien controla las nóminas de los cargos públicos y asimilados (los delegados de los congresos). El maná que explica casi todos los movimientos internos en el seno del socialismo sevillano.

Limones, oficialmente, medita qué hacer. Se ha rodeado de un equipo que viene celebrando encuentros con militantes desde hace tiempo. En él figuran algunos de los grandes alcaldes metropolitanos –Dos Hermanas, La Rinconada–, referentes históricos del PSOE –el caso de José Rodríguez de la Borbolla es el más notable– y los jóvenes (aunque ya no tanto) que aspirarían a encarnar un relevo generacional diferente al de los susánidas. También están los habituales discrepantes por principio: el caso de Evangelina Naranjo, secretaria local de Miraflores y ex consejera con Chaves, que es la opción en la recámara si Limones al final no se atreve a dar el paso. Una candidatura de puro pataleo, condenada a un rotundo fracaso.

¿Se presentará Limones? Se verá este mismo lunes, después de que se despejen las dudas sobre el peso –directo o indirecto– que su adversaria mantendrá en la futura Ejecutiva regional. La número dos del PSOE-A dejará la sala de máquinas del partido pero quiere conservar su influencia en la dirección regional sin abandonar tampoco la Junta. A lo largo de su carrera política, Limones no se ha caracterizado por ser alguien que asuma riesgos, una actitud que, precisamente, le resta potencialmente algunos de los apoyos que necesitaría en este congreso provincial.

Hace cuatro años, en el duelo entre oficialistas y críticos que ganó el tándem formado por Viera y Díaz (cuya posterior ruptura provocó la crisis que terminó con la actual gestora), dejó sólo ante el abismo a Demetrio Pérez, que, además de su amigo, fue su primer jefe de gabinete. Una posición dubitativa que define al candidato crítico –en el cónclave de los delegados a Almería se posicionó primero con una lista y después se pasó a la candidatura contraria– y que puede pasarle factura en este duelo, si es que llega a producirse. ¿Votarían a Limones antiguos aliados a los que abandonó a última hora en congresos anteriores con el argumento de que el PSOE de Sevilla es un partido de aparato?

Por otra parte, entre los críticos anónimos la sintonía interna depende de una meteorología variable. Hay quien piensa que Limones se ha apuntado al carro a última hora –es la creencia en el entorno de Gómez de Celis, el frustrado delfín de Monteseirín– y quien piensa –como Francisco Toscano, alcalde de Dos Hermanas– que llega muy tarde y que se corre el riesgo de no tocar ni la orilla. El propio Toscano tuvo que dar esta semana la réplica a la presentación de la candidatura susánida por la indecisión del líder teórico. Toscano se excluyó de la batalla tras encabezar la delegación crítica sevillana al congreso de Almería. El alcalde de La Rinconada, primera opción de los críticos, también se desmarcó entre bambalinas.

Hasta ahora el único que ha salido al ataque ha sido Borbolla, un notable, que no se juega nada porque su reino ya no es de este mundo. Los críticos saben que todo induce al fracaso. La llave de la caja –Diputación, Junta– está en manos de los susánidas. Su disyuntiva no es ganar, sino sobrevivir. Convertir en gris lo que ahora es negro sería un éxito. Lograr un 40% de votos –en la designación de los delegados consiguieron un 35%– que les permitan seguir contando algo en el PSOE de Sevilla. Ése es su reto. Su problema es que no tienen líder, su pasado no es edificante y todo su discurso se basa en reivindicar una integración que sólo pasa por ellos mismos. A priori, un mensaje de perdedores. O quizás no. Veremos.

Bienvenidos a la ‘interinidad bélica’

Carlos Mármol | 13 de febrero de 2012 a las 6:05

La abrupta salida de Viera de la dirección del PSOE de Sevilla aboca a la primera agrupación socialista de España a una incierta deriva política a sólo 42 días del 25-M. Ni siquiera se sabe si hay lista electoral.

Todo ha saltado por los aires. Y sólo es el principio. Probablemente del final. El PSOE de Sevilla, la agrupación históricamente más importante de los socialistas españoles, y la única que hasta ahora había logrado mantenerse a salvo de la marea electoral que desde hace siete meses empuja al PP hacia el poder total (primero en los comicios municipales; después en los generales y dentro de apenas seis semanas en los autonómicos) se fracturó ayer definitivamente en dos bandos irreconciliables tras una surrealista ceremonia que bien pudiera ser el preámbulo de una guerra civil en toda regla, a cielo abierto, a sólo cuarenta y dos días para las elecciones regionales, donde el socialismo andaluz se juega la autoestima y su último reducto de poder institucional.

La sorpresiva dimisión del secretario provincial, José Antonio Viera, que llegó a la cúspide del poder orgánico en 2004 de forma accidental (como resultado de una operación ordenada por Chaves para cortarle las alas a José Caballos, el histórico líder natural del PSOE sevillano), aboca a la organización a un incierto proceso de interidad bélica que sin duda repercutirá en los resultados electorales, ya que de lo que ocurra en la provincia depende que Javier Arenas (PP) obtenga o no la mayoría absoluta en el futuro Parlamento andaluz que los votantes elegirán el 25-M.

La dimisión

¿Por qué ha dimitido Viera? La tesis oficial es que ha recibido presiones e injerencias de la dirección regional en su labor como máximo dirigente del partido en Sevilla. No sorprende a nadie, pero lo mismo sucedió en el último y tormentoso congresillo previo al cónclave federal socialista y, sin embargo, Viera hizo valer su posición hasta el punto de que, en el duelo entre Rubalcaba y Chacón, resultó ser uno de los grandes triunfadores. Algo falla. Y, efectivamente, lo que diferencia aquel momento del actual es que la mayoría actual en la Ejecutiva provincial quizás no fuera ya tan sólida. Lo que irremediablemente, en caso de votación en contra de su propuesta, hubiera abocado a Viera a una salida mucho menos honrosa. Mejor adelantarse. En todo caso, esta posibilidad no se sabrá nunca, porque la lista electoral que había elaborado Viera no llegó a presentarse ni a votarse. Viera renunció antes de verse sometido a este trance, lo que sigue dejando abierta la gran incógnita: ¿quién manda realmente en el PSOE de Sevilla? De momento, nadie. A partir de hoy, lunes, probablemente lo haga Rubalcaba. Y eso es justo lo que ayer algunos esperaban.

En todo caso, el número de militantes que se prestaron al sainete de votar una lista que nadie (con legitimidad suficiente) había presentado da una idea de cómo están las cosas. Si las cuentas se hacen contemplando como afines a la dirección regional a los presentes en el supuesto comité provincial (79 de 214) el reparto sería de apenas un 37% frente a un 63%. Claro que, a la hora de votar la lista ficcional a las autonómicas, los votos favorables reducen este porcentaje de afines a la secretaria de Organización del PSOE-A, Susana Díaz, a sólo un 33,6%. Si las cuentas se hacen con 144 miembros, como defiende la regional, los votos favorables serían un 50%. Sin mayoría total.

Parecía pues claro que Viera, que no ha podido incluir en la lista a algunos de sus afines (léase el caso del diputado Ramón Díaz), no fuera a arriesgarse por un margen tan estrecho a perder a ojos de todos la mayoría ganada en el congreso provincial de 2008. La dimisión le permite dejar el campo de batalla sin que formalmente haya perdido este pulso y sin que su ahora enemiga, Susana Díaz, hasta hace un año su mejor aliada, pueda enarbolar, más allá de lo retórico, una cierta victoria. La guerra sigue abierta.

El punto de ruptura

El enfrentamiento, en todo caso, no se ha limitado a un único motivo. Podría decirse que es la cristalización del proceso de tensión que se vive en el PSOE de Sevilla desde hace un año y que tuvo su punto de no retorno a finales de enero, cuando las posiciones se hicieron antagónicas y las distintas familias que cohabitan en el seno de la organización se realinearon en nuevos bandos. Antiguos enemigos en uno. Viejos aliados en los dos.

Probablemente la salida del secretario provincial haya tenido mucho que ver con el escaso apoyo recibido desde San Vicente, sede del PSOE regional, por el escándalo de la trama de los ERE. Argumento que los partidarios de Díaz utilizaron en contra del secretario provincial en los últimos meses a pesar de que las investigaciones judiciales (que cercan a Viera pero todavía no han producido una imputación formal) datan de hace bastante más tiempo. Año y medio, al menos. También la relativa seguridad que le da su protección como diputado (aforado) en las últimas Cortes de Madrid ante un posible proceso judicial.

Viera sabía que su ciclo político tocaba a su fin y, por tanto, su posición en el combate con la dirección regional, en buena medida un acto de fidelidad última a su pasado chavista, dependía más de sus nuevos aliados frente a Díaz (los antiguos críticos, los afines a José Caballos y otras minorías) que de, en el fondo, una posición propia, más allá de su apuesta por entender la organización de forma abierta, sin reparar únicamente en las lealtades expresas. De ahí que las negociaciones se rompieran por una cuestión ordinal: ¿quién era el número siete de la lista?

El acuerdo, en realidad, estaba hasta entonces al alcance de la mano. Los intermediarios de Viera (los alcaldes de La Rinconada y Dos Hermanas) habían aceptado los primeros puestos obvios (Griñán, Díaz) y hasta cinco representantes del sector susánida en puestos de salida. Uno de los negociadores de este bando (Carmelo Gómez) se jugaba ser relegado a un puesto no seguro (el noveno) y forzó el desplazamiento a este lugar de Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, lo que dinamitó cualquier posible acuerdo. El asunto es harto llamativo. Notable: Viera termina dimitiendo porque no se incluye en la lista en un lugar con garantías a unos de sus más activos opositores durante seis de sus ocho años como secretario general. Paradójico.

¿La lista es válida?

Aunque lo que alcanza la categoría de surrealista es el desenlace de la batalla: una lista electoral que se pretende presentar ante los ciudadanos y que ni siquiera reúne los requisitos estatutarios mínimos, sin mencionar que quien la encabeza es el presidente de la Junta y candidato a la reelección, José Antonio Griñán. Ambas partes mantienen posiciones divergentes sobre este punto. Aunque lo cierto son los hechos: la dimisión de Viera impidió que el órgano que tiene que proponer la lista (la Ejecutiva) y la asamblea que tenía que votarla (el comité provincial, compuesto por la dirección política y las distintas asambleas locales) lo hiciera de forma ortodoxa.

La mitad del plenario abandonó la sala y los restantes asistentes terminaron votando (no todos a favor) una candidatura cuya legitimidad formal está en cuestión desde su mismo origen. Algo inaudito. Tendrá ahora que ser la dirección federal quien aclare si este proceso es válido o no, así como hacerse cargo de la gestión del PSOE sevillano a seis semanas para la cita con las urnas. Los dos bandos han extendido ya su agria pugna a la nueva dirección federal. Ambos usaron a sus respectivos embajadores en el máximo órgano ejecutivo el partido (vocales) en esta batalla interna. Mientras los soldados de Arenas (PP) están a punto de invadir Persia, los medos y los susánidas ajustan sus cuentas. Babilonia no tardará en caer.

Legitimidad variable

Carlos Mármol | 26 de enero de 2012 a las 6:06

La destrucción de la mayoría que gobernaba el PSOE de Sevilla desde 2008 provoca un realineamiento entre las distintas ‘familias socialistas’ con vistas a la cruenta batalla del verano, cuando se dirimirá el control del partido.

Todo se reduce a una cuestión de legitimidad. O a su diatriba, por ser más exactos. La profunda fractura producida este fin de semana en el seno del PSOE de Sevilla, la principal agrupación de los socialistas en España, no es un efecto colateral del posicionamiento en dos bandos al que obligan las vísperas del inminente congreso federal del próximo mes de febrero. Se trata de una quiebra mucho más honda que trastoca el frágil tablero del poder que gobernaba este partido en la provincia desde hace ya casi cuatro años, cuando el todavía secretario provincial, José Antonio Viera, fue reelegido como el líder de toda la organización con un respaldo de un 80% de la militancia.

El conflicto desatado hace ahora una semana altera este statu quo. Y está provocando un realineamiento de las distintas familias que cohabitan en el seno del PSOE –la convivencia entre las diferentes tribus se ha tornado en muchos casos imposible a la vista del cariz de los últimos enfrentamientos– con vistas al próximo verano, cuando, pasadas las elecciones autonómicas, comience la ronda de congresos territoriales. Primero, el regional; después, el provincial. Un proceso que afectará directamente al corazón del PSOE andaluz, ya que la mayoría de la que disfruta José Antonio Griñán, dada la oposición interna existente en muchas de las provincias, depende del posicionamiento monocolor de los socialistas sevillanos. Justo el pilar que se ha destruido hace unos días en lo que Griñán llamó el congresillo.

¿Quién es la mayoría?

La primera cuestion que habría que preguntarse ahora es cuál es la actual mayoría en el partido. Uno de los sectores en liza, el liderado desde la regional del PSOE por su responsable de Organización, Susana Díaz, se adjudica el predominio de la organización sevillana en base a una singular teoría: la actual Ejecutiva ya no respaldaría al secretario provincial, José Antonio Viera, al que desde San Vicente se da por políticamente amortizado con el argumento del escándalo de los ERE.

Evidentemente, se trata de una opinión. Interesada, por supuesto. Y algo tardía además, puesto que la cuestión de los expedientes de regulación de empleo lleva más de un año ardiendo. Con ella se busca agitar la situación interna del PSOE sevillano –que todavía dirige Viera– apuntalando la idea de su supuesta falta de legitimidad. Como teoría ofensiva, tiene su lógica, aunque los hechos hasta ahora no terminan de corroborarla por completo. ¿Es cierto que Viera ha perdido la mayoría en la dirección del partido? ¿En qué foro orgánico del PSOE se ha visualizado esta pérdida de confianza?

De momento, en ninguno. Precisamente el hecho de que durante el tormentoso congreso del pasado fin de semana se llegara in extremis a una lista única evitó que aflorase esta cuestión. Si se hubieran votado dos listas sí habría quedado claro quién tenía –con independencia de los motivos– la mayoría en el PSOE de Sevilla. Sin votación diferenciada, seguimos en el terreno de las conjeturas. O lo que es lo mismo: de las versiones. Lugares comunes que se transmiten para intoxicar (en beneficio propio) a la prensa con objeto de asentar un juicio de valor que, acaso, aún no sea muy compartido.

Esto explica que el sector susanista (afín a la secretaria de Organización) se asigne directamente una supuesta legitimidad orgánica superior a la de Viera. Su discurso se basa en dos elementos: el recuento de los posibles aliados potenciales dentro de la Ejecutiva y, sobre todo, el factor de poder que supone el control de la Diputación Provincial y de la Junta de Andalucía, donde todavía se reparten los sueldos disponibles. Teniendo en cuenta ambos factores, Díaz cree tener al alcance el control del PSOE sevillano.

Ocurre, sin embargo, que tal teoría viene a ser como un dogma de fe. Uno puede creer o no en ella, pero no hay manera de demostrarla: la Ejecutiva no ha tenido la opción de elegir entre los dos bandos en liza. Por otra parte, la dirección provincial, surgida del congreso de 2008, representa a la jefatura del partido, pero no a la totalidad de las familias de Sevilla. Las principales minorías socialistas sevillanas fueron excluidas de la dirección hace algo más de tres años, pero no están muertas. Andan refugiadas en las asambleas territoriales. En la capital son mayoría. Esperan simplemente el momento adecuado para despertar.

Lo que sí es un hecho objetivo –confirmado por ambas partes– es que la tríada que formaban Viera, Díaz y Villalobos, el presidente de la Diputación, se ha roto de forma definitiva. Completa. Algo que se veía venir hace un año pero que no había cristalizado hasta ahora, cuando la situación obligaba a alinearse. Que Viera no cuente ya con mayoría dentro de su Ejecutiva es una cuestión que aún está por ver. Pero lo indiscutible es que el equilibrio de fuerzas que representaba la hasta ahora dirección política provincial ha saltado por los aires. Viera, de hecho, se negó hasta en cuatro ocasiones a sentarse a negociar con Díaz durante este último conflicto, tal y como le había reclamado Griñán. El secretario provincial fue categórico. No. Sólo admitió a Villalobos como interlocutor. Una muestra del deterioro de las relaciones personales entre los referentes del antiguo sector oficialista.

Desde la dirección regional del PSOE se insiste en interpretar la batalla del último congreso provincial bajo el prisma del congreso federal, postulando además una mayoría intuida entre los delegados, aunque los 55 elegidos en la lista de consenso de Sevilla van a votar en secreto al nuevo líder estatal del PSOE. Por tanto, su adscripción a cualquiera de ambos sectores no es del todo segura. Tan sólo aproximada.

La verdadera guerra, en realidad, acaba de comenzar. El conflicto no tiene tanto que ver con el resultado del cónclave estatal –que evidentemente marcará el futuro inmediato, pero no explica la inusitada violencia verbal de los recientes enfrentamientos– sino con las listas autonómicas y con la incógnita mayor: ¿quién será el futuro administrador del PSOEde Sevilla, única plaza que ha soportado la marea azul del PP? Ésa y no otra es la cuestión.

Una lista sin vetos

Vayamos a los hechos. El único elemento disponible para analizar la verdadera composición de fuerzas en el PSOE –que muta sin descanso en función de los acontecimientos– es la lista de delegados aprobada el sábado. Siendo cartesianos, se trata de la única certeza, con independencia de las interpretaciones. ¿Qué mayoría refleja esta lista?

Obviando las dos versiones posibles, la relación de delegados muestra (en clave interna) un ajustadísimo empate. De hecho, la resolución del conflicto se alargó durante horas sólo porque la dirección regional no aceptaba el acuerdo que, de madrugada, habían apalabrado Villalobos y Viera: 27 delegados para uno y Griñán como primus inter pares. Los susanistas exigían el 70% de la lista y vetaban a militantes concretos. Los vieristas mantuvieron el pulso asumiendo un empate como mal menor con el fin de no mostrar debilidad, cosa que hubiera sido evidente si la batalla termina con una lista encabezada por Griñán diferente a la de Viera, lo que hubiera forzado a cambiar de posición de golpe a muchos de militantes.

El acuerdo se saldó al final con un reparto de 25 delegados para cada sector y 5 para Griñán, de forma que el presidente apareciera como ganador. ¿Pero quién ganó en realidad? Nadie. Lo que sí es comprobable es que la posición de partida de los susanistas no se impuso –de una proporción de 7 a 3 delegados pasaron a 5 a 5– y los vetos, salvo en el caso de Alfonso Guerra, que Griñán no quiso, no salieron adelante. En la lista están todos los malditos: históricos como José Caballos o significados enemigos políticos de Díaz, como Alfonso Gómez de Celis o Evangelina Naranjo.

Cualquiera en el PSOE de Sevilla sabe que si la lista la hubiera elaborado Susana Díaz a su voluntad todos estos delegados jamás aparecerían en ella. Y aparecen. Prueba de que, a veces, las victorias pregonadas en realidad son derrotas silenciosas. Camufladas.

Los ‘muertos’ no se tocan

Carlos Mármol | 22 de enero de 2012 a las 6:05

La crisis de los socialistas sevillanos, provocada por la decisión de la dirección regional del PSOE de copar manu militari la lista de los delegados al congreso federal, termina con una derrota disfrazada de empate.

La última guerra púnica de los socialistas sevillanos, la agrupación más importante de un PSOE menguante, ha sido la más violenta de cuantas se recuerdan por estos pagos, habituados desde antiguo a resolver con dagas brillantes, y de madrugada, los viejos conflictos familiares mientras se reivindica sin reparos el singular sentido meridional de la santa lealtad. Hoy te abrazo con ternura; mañana quizás te asesine por la espalda. Quién sabe. No es nada personal: sólo es política.

Desde 2004, cuando el aparato regional en pleno se rebeló contra la mayoría natural del PSOE de Sevilla, representada por José Caballos, con una vehemencia que era fruto del terror, más que de la valentía, no se había visto tanto calibre en las dentelladas. La historia ha vuelto a repetirse ahora, para estupor de los militantes a los que de verdad les duele el postrado presente de su viejo partido, durante toda esta intensa semana. Aunque con ciertas variantes en relación a aquel agrio congreso de hace ya casi ocho años.

Muchos actores han revivido las mismas escenas de entonces, pero con papeles distintos. Verdugos de antaño han pasado a ser víctimas repentinas, mientras otros sufrían un extraño dèja vu por persona interpuesta. Las circunstancias, de todas formas, son un poco diferentes. En 2004 había un elemento esencial que ya cada vez es más dudoso: una perspectiva real de seguir cerca del poder. Cosa que a setenta días de las próximas elecciones autonómicas no está nada clara. Ni de lejos.

La batalla de los delegados al congreso federal (que promete ser épico) terminó ayer a destiempo, con la tarde más que avanzada, el cuerpo cortado y un ceremonial con forma de pax armada. Lista única. Empate aparente. Sonrisas forzadas y un amargo sabor de boca después de una larga madrugada de ceniza en la que los principios de acuerdo se rompían sin pensar que, en la vida, a veces hay pulsos que aunque parezca que se están ganando en realidad se pierden. Sólo cabe disfrazarlos y esperar. El verdadero conflicto, que es mucho más profundo y tendrá sus inevitables réplicas inmediatas en las listas autonómicas, y en el panorama que se abrirá en función de lo que ocurra en el mes de marzo, recién ha comenzado. Será cruel.

El parte bélico es éste: todos los soldados, generales incluidos, están muertos. Pero, en realidad, ellos todavía no lo saben. La metáfora usada por uno de los principales actores de la tragicomedia socialista, el presidente de la Diputación Provincial, Fernando Rodríguez Villalobos, que habló de muertos (políticos) vivientes que aspiraban a resucitar, no pudo ser más certera. Al tiempo que inoportuna, porque en el PSOE sevillano casi nadie puede ya tirar la piedra sin esperar recibir, a su vez, una pedrada del contrario.

El congresillo socialista de ayer, en realidad, fue una misa vociferante de difuntos. Una verdadera puesta en abismo. Un velatorio con un finado (el propio PSOE) cuyo duelo parecía la tropa del libro (ahora también película) de Rafael Azcona. Los muertos no se tocan, nene.

Todo comenzó con una especie de golpe de estado. Fruto tanto de la inconsciencia como de la debilidad. La difícil situación interna del PSOE en Andalucía (conflictos en casi todas las demarcaciones provinciales) provocó que la batalla de Sevilla, que podía haberse diluido sin problemas, se transformara en una guerra a vida o muerte. A sangre. O se ganaba (por decreto) o no habría monedas suficientes que cambiar en el cambalache de talentos que será el inminente cónclave federal.

Los números, que no salían, precipitaron el conflicto e hicieron estallar una pugna en la que lo que se decidía no eran ya los enviados al congreso mayor, sino el propio control del partido en Sevilla (un cónclave ordinario por adelantado, sin que mediara convocatoria alguna), la mayoría política estable de la organización y, sólo por extensión, el posicionamiento oficial en el duelo Chacón/Rubalcaba. Por ese orden.

Como todas las guerras, incluso las caprichosas, requieren de algún tipo de argumento moral, al igual que las dictaduras suelen intentar dotar de cierta representatividad las imposiciones, la actual dirección regional recurrió a tres argumentos y a un ariete para dar la batalla. Las razones más o menos se resumen así: la mayoría de Sevilla debe copar toda la lista de los delegados al congreso federal, el actual secretario provincial (José Antonio Viera) está políticamente muerto por el escándalo de los ERES y quien no esté con San Vicente es que discute al presidente de la Junta, José Antonio Griñán, que, sorprendentemente, se precipitó al avispero del PSOE sevillano sin reparar en que su mayoría en Andalucía depende de esta agrupación provincial.

El ariete elegido era el más convincente: Villalobos, que ocupa un cargo honorífico en la ejecutiva provincial pero tiene en su mano la llave de las nóminas de cientos de militantes socialistas y asimilados. La Diputación Provincial. El mensaje estaba claro: se trataba de las cosas, cada vez más escasas, de comer. La ideología brillaba por su ausencia en todo el planteamiento de guerra.

La victoria, además, parecía segura a tenor del antecedente de 2004. Al final, hubo derrota (es de suponer que en buena medida debido a lo bronco del planteamiento de origen), aunque se disfrace de empate ajustado y la cosecha no se quiera remover en demasía para no minar todavía más la imagen del candidato a la reelección en la Junta, que se ha alineado con una parte del partido en Sevilla en detrimento de la contraria. Un error mayúsculo. Tanto como para lograr el inaudito milagro de convertir en aliados coyunturales (vieristas y minorías críticas) a los más antiguos enemigos. Realmente notable.
De humor negro.

¿Qué ha ocurrido? Pues que parece que el supuesto muerto decidió fenecer con cierta dignidad. Ya se sabe: cuando a uno ya no le queda casi nada que perder es cuando, paradójicamente, las victorias, o las derrotas honrosas, como se quiera llamar al resultado final, son más fáciles. Se puede arriesgar hasta el final. Uno quizás seguirá estando muerto sin saberlo pero, al menos, ganará el tiempo suficiente para elegir cómo será su propio entierro y, en su caso, hasta los herederos.

La fragmentación en dos del PSOE sevillano, episodio que ya avanzamos hace casi un año, en el mes de marzo de 2011, en una de estas vueltas de la noria, cuando el timón del partido en Sevilla no era todavía resultado de una disputa en campo abierto, sino soterrada, no va a dejar a nadie vivo si dentro de unas semanas se produce el posible derrumbe del Imperio Romano, que es San Telmo (Palacio). Todos los actores de la tragedia (para ellos) o de la comedia (para el PP) son difuntos previsibles: los críticos seguirán siendo minoría, los vieristas tendrán que asumir la rotunda erosión del escándalo de los ERES y los susanistas, si no salen bien del congreso federal y pierden las elecciones autonómicas, pueden llegar a convertirse en jóvenes cadáveres. Salvo Villalobos. Hasta Griñán, con su retórica autosuficiente, está invitado al entierro, que probablemente será en un camposanto yermo. Con el nuevo sol en su cénit.

Parece que durante esta semana de ira bíblica (varios de los personajes de la trama tienen barba de evangelistas), mientras los socialistas sevillanos se apuñalaban con estrépito para confeccionar una simple lista de nombres, nadie pensaba en los motivos del deceso que viene. Parte médico: la sociedad, preocupada por el paro, la debacle económica, la falta de futuro, el desastre cotidiano, dejó de prestar atención a la eterna función bélica del PSOE, que, en vez de lanzar un mensaje para capear la crisis sin renunciar a determinados valores, prefirió dedicarse al descabello mutuo.

Un mensaje glorioso a sólo unas semanas de ir a las urnas. Laus Deo.

El precio de la simpatía

Carlos Mármol | 25 de abril de 2010 a las 11:30

La intervención del PSOE en el conflicto entre los trabajadores y la dirección de la empresa de autobuses ha desatado una polémica que obvia que Tussam está en situación crítica debido a lustros de ‘generosidad’.

Un viejo adagio periodístico suele aconsejar a los profesionales del oficio desconfiar, por norma, de las historias demasiado redondas. Suelen tener truco. Acostumbran a ser inciertas por el procedimiento más infame: decir una verdad a medias. Consejo pertinente en estos tiempos en los que el periodismo se confunde con las relaciones públicas, la independencia de criterio con la resistencia, el costumbrismo con el ingenio y, en general, el culo con las témporas.

Algo de todo esto hay en la polémica que esta semana ha marcado la vida política de Sevilla, sumida en plena dramaturgia de la Feria, cuando la ciudad –casi siempre teatral– se convierte en un enorme decorado efímero con los vicios hispalenses de siempre: displicencia disfrazada de frialdad, alegría interesada, emulación fútil. La diatriba viene al caso de la tradicional huelga de los trabajadores de la empresa municipal de autobuses, que convocaron un paro para presionar al gobierno local. La Feria empezó marcada por este conflicto y terminó sin él. Aparentemente por la mediación del PSOE regional.

La historia, sin embargo, presenta otros ángulos. El más llamativo es de índole política: ¿por qué tiene que intervenir el PSOE andaluz en un asunto que es estrictamente local? Todo el mundo ha dado al episodio la misma lectura: Susana Díaz, la actual secretaria de Organización del PSOE andaluz, se erigió en representante municipal para que se visualizase la debilidad del alcalde, cuya jubilación política está decidida para 2011. Según esta versión, la dirigente regional, hasta hace unas semanas número dos del PSOE provincial, demostraba así quién manda en la ciudad, con independencia de que Monteseirín siga en el cargo hasta el último día.

Otra fuente glosa el asunto de manera diferente: Díaz, casi forzada por las circunstancias, tuvo que intervenir cuando los sindicatos de Tussam se manifestaron ante la caseta del PSOE por un conflicto que el equipo municipal no ha sido capaz de resolver. Corre el rumor, además, de que Zoido quería marcarse un tanto ante los sindicatos, que, de todas formas, ya tenían decidido desconvocar por motivos económicos. Iban a dejar de cobrar los pluses salariales de Feria si seguían con la huelga. Ante esta coyuntura, el PSOE regional optó por intervenir, a falta de un alcaldable, para no dar más oxígeno al PP.

Con independencia de cuál de las dos opciones prefiera el lector, lo cierto es que en ambas se echa de menos algo más de perspectiva. Porque lo cierto es que si se analiza la situación exclusivamente en lo que se refiere al paro de la Feria no se entenderá muy bien la posición real de cada uno de los actores.

EL PRECIO DE LA SIMPATÍA baja

En primer lugar, es evidente que la negociación con los sindicatos municipales no es competencia de los partidos políticos. Éstos pueden reunirse con quien gusten para discutir de lo que estimen conveniente, aunque la capacidad de decisión (institucional) no reside en el poder orgánico, sino en los concejales y, por extensión, en el Pleno.

El aparato del PSOE, que se ha impuesto a los hombres de Monteseirín en la batalla que libran por el poder desde hace seis años, ha desautorizado con su actitud no sólo al (todavía) alcalde, sino también a IU. A todo el gobierno local. Algo que, por otra parte, ocurre en otros muchos ámbitos de la vida cuando alguien es capaz de decir no ante una disyuntiva crucial y los afectados intentan buscar a alguien más simpático y, con afán de protagonismo, que entre hacer lo que debe para salvar a la empresa o aceptar a las presiones, siempre elige esta última opción. Es lo más popular y lo menos comprometido. Y, en el fondo, ¿a quién le importa la empresa cuando lo realmente trascendente es escenificar en público una innecesaria demostración de poder?

Tussam está en una coyuntura crítica. En términos financieros es un cáncer para el Ayuntamiento. Su agujero económico, fruto de un proceso de cesiones políticas que empieza hace ya una década, lastra cada año las cuentas locales e impide al Consistorio mantener un nivel de inversión presentable. En paralelo, durante dos lustros, sus gastos de personal se han multiplicado –altos directivos incluidos– y el precio del servicio no ha dejado de subir. Sin olvidar ciertos usos y costumbres (la endogamia familiar en determinados puestos) poco edificantes. ¿No debería haber intervenido también ante todo esto el PSOE regional? ¿Nadie en el partido pudo reconducir la situación a tiempo? Lo que es la vida: alguno de los antiguos responsables de la situación son ahora conversos del PSOE provincial. Ver para creer.

Claro que, en el Ayuntamiento, tampoco es que puedan presumir de firmeza. Por mucho que el vicepresidente de Tussam haya dimitido tras el episodio y antes tratase de aparentar fortaleza frente a las reivindicaciones sindicales, Monteseirín nunca ha sido capaz de mantener ningún pulso laboral en las empresas municipales. La estrategia del no pasarán es mera retórica. Bajo cuerda siempre ha aplicado la misma táctica: dar dinero para evitar problemas. Le pasó con los taxistas. Le pasa en Tussam. Es normal que los sindicatos estén crecidos tras una década de tanta generosidad. A fin de cuentas, a ellos les da igual quién sea su interlocutor siempre y cuando éste acepte sus posiciones. Mientras nadie haga de verdad de ogro, la factura la seguiremos pagando todos los sevillanos.

Vierismo y susanismo

Carlos Mármol | 13 de marzo de 2010 a las 18:44

AHORA que casi todos en el PSOE de Sevilla se han vuelto de golpe vieristas –todos no; el antaño líder natural, José Caballos, no pudo: fue castigado en la elección de delegados al congreso por su alianza táctica con los críticos de la agrupación Cerro-Amate– es cuando empieza a cobrar verdadero sentido una diferenciación que, de puertas adentro, algunos siempre han hecho en los mentideros del partido socialista sevillano, aunque a veces ésta no trascendiera con claridad hacia afuera. Y es: el vierismo no es lo mismo que el susanismo. Aunque, a veces, pudiera parecerlo.

El secretario general de los socialistas sevillanos, que ayer presidió el congreso regional por decisión personal de Griñán, tiene como mano derecha a Susana Díaz, secretaria de organización del partido, responsable de la agrupación del PSOE en Triana y enemiga íntima de Alfonso Rodríguez Gómez de Celis. No siempre por ese orden. Díaz, cuya carrera política es relativamente corta (nació en octubre de 1974), lleva dos mandatos consecutivos dirigiendo el aparato del partido en la provincia sevillana y, según sus fieles, que los tiene, fue quien hizo que Viera ganase con más de un 88% de respaldo el último congreso provincial.

Estudió derecho, hizo el habitual curso de posgrado institucional de la Fundación San Telmo –moneda común entre muchos jóvenes cachorros del PSOE– y ocupó diversos cargos institucionales. En ninguno ha destacado demasiado. Primero fue edil en el Ayuntamiento durante el primer mandato de Monteseirín. Se encargó del área de recursos humanos y de la junta del distrito de Triana. Después fue diputada por Sevilla en el Congreso (2004-2008) y desde entonces ocupa un escaño por la circunscripción provincial en el Parlamento de Andalucía, donde ocupa la portavocía en la comisión de Presidencia. Sus funciones principales, sin embargo, consisten en hacer política, cuidar el poder provincial. Conspirar.

Al igual que otras jóvenes promesas de los socialistas –con las que Griñán quiere impulsar un proceso de renovación supuestamente basado en la meritocracia– su experiencia laboral, ajena a la política, es corta. Por no decir nula. Su trayectoria ha sido desde el principio fruto de su militancia. Desde las juventudes del partido. Un militante histórico del PSOE lo explicaba ayer de forma clara: “Antes, cuando la Transición, éramos de UGT además de del PSOE porque todos teníamos una profesión además de la actividad política. Ahora la principal ocupación de los jóvenes es militar en las Juventudes Socialistas”.

No es extraño que la figura política de Díaz sea objeto de todo tipo de calificativos y adjetivos por parte del sector crítico del PSOE que, tras la caída en desgracia de Monteseirín, y la súbita conversión de su delfín –Celis– prácticamente va a quedarse en Francisco Fernández, Alfonso Mir y algunas agrupaciones más. Muchas de ellas probablemente inicien ahora un elocuente tránsito tras los sucesos de las últimas semanas, durante las cuales el alcalde ha sido despedido por Griñán y Viera ha impuesto sus tesis en la operación para relevar a Monteseirín de la Alcaldía y en el proceso de la sucesión.

Al cierre de esta edición, su poder orgánico parecía capaz –aunque la noticia no estaba confirmada– de elevar a la secretaría de organización del PSOE andaluz a Díaz, que, de confirmarse, pasaría a ser la número tres del partido en Andalucía. Un nombramiento que obligaría a modificar la dirección del PSOE de Sevilla –¿otro congreso?– pero que, sobre todo, pondría a alguno en un trance. Porque parece claro que muchos de los críticos son capaces de convertirse, en horas veinticuatro, en vieristas, pero hacerse susanistas es otra cosa.