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La ciudad: manual de instrucciones

Carlos Mármol | 1 de julio de 2012 a las 6:12

Sevilla se ha salvado de la condena pública de la Unesco pero se enfrenta a una encrucijada que consiste en saber gestionar las pulsiones que, al igual que antes se inclinaron hacia lo efectista, ahora reclaman la tradición.

La biblia nos enseña que no existe mejor propagandista que un converso. Véase el caso de Pablo de Tarso. Esta semana, mientras la ciudad oficial vivía en vilo por saber el resultado del examen de la Unesco sobre la Torre Pelli, convertido por unos en una enmienda a la totalidad sobre Sevilla al completo, probablemente para enaltecer el orgullo patrio; al mismo tiempo que reproducíamos una vez más la controversia eterna sobre la identidad del predio hispalense, fluvial y antiguo; cuando algunos insistían en salvar lo que llaman la marca Sevilla (una ciudad, en realidad), nuestro prestigio, en cierto sentido, dependía más de la impresión personal de William J.R. Curtis, un historiador y crítico que es considerado por casi todos los organismos que entienden algo de arquitectura como el mejor juez (después del tiempo) del arte que consiste en construir edificios contemporáneos.

Curtis no vino a conocer el Parasol ni la Torre de la Cartuja. Viajó para ver San Telmo y, entre otros edificios, el olvidado poblado de Esquivel. Este historiador, que es un escritor brillante y, a ratos, impertinente, aunque acostumbre a acompañar sus opiniones con su eterna sonrisa de inglés bonachón, tiene la virtud de, además de tener un criterio propio, algo que se echa de menos sobre todo en la política municipal, argumentar sus decisiones (prueba de que las ha reflexionado) y aportar, en el océano de populismo y demagogia por el que discurre el debate sobre Sevilla, una visión externa, ajena a los compromisos y a los intereses que condicionan la discusión sobre la ciudad. Quizás por eso sus enseñanzas sean tan fecundas.

Su discurso, además de un profundo conocimiento de la historia de la arquitectura, nos deja una enseñanza sorprendente. Podría resumirse así: Sevilla continúa sin llegar a ninguna conclusión sobre cómo debería evolucionar, moviéndose siempre entre los extremos del efectismo moderno y el dogma del clasicismo porque, en realidad, no sabe leerse bien a sí misma. No reconoce los versículos de su propio libro urbano.

Si una ciudad es un pergamino antiguo, noble, gastado, donde se superponen las distintas escrituras del tiempo, como una atlántida sumergida que hay que descubrir para poder seguir navegando sin naufragar, la capital de Andalucía parece haber olvidado por completo algunas de las lecciones que la historia, maestra de la vida, nos enseñó hace décadas. Incluso siglos: la modernidad consiste en saber reinventar lo antiguo en función del contexto, del lugar y de la verdadera identidad.

No se trata de ninguna teoría académica. Ni de un concepto de corte intelectual. No. Los edificios que son realmente excepcionales casi siempre tienen dos méritos: son impuros, en el sentido de que mezclan diversos lenguajes en un único discurso, generalmente nuevo; y son el fruto de la síntesis inteligente entre las lecciones del pasado y la sabiduría del presente. No es fácil dar con la combinación precisa. Por eso todas las ciudades, en cierto sentido, resultan proyectos fallidos. Y, sin embargo, el verdadero reto consiste en no dejar de buscar.

Sevilla tiene, en la Giralda y en algunos otros edificios más, desconocidos incluso para los propios ciudadanos, algunos ejemplos de esta extraordinaria capacidad de la que goza la arquitectura para poder encarnar las aspiraciones de un tiempo o una época. Curtis lo explica con otras palabras: “Los grandes edificios son aquellos que transmiten antes incluso de que se les entienda”. La pedagogía viene después.

La reflexión del crítico inglés resulta conveniente justo en este preciso momento. Cuando Sevilla, tras la certeza de que la Torre Pelli será terminada, parece condenada a repetir la pulsión de los años previos, aunque con la variante opuesta. Si en la etapa de Monteseirín se optó por una arquitectura efectista, cara y de resultados discutibles, la era Zoido parece adentrarnos en el peligroso terreno de la ciudad como parque temático, sólo que de corte tradicional en lugar de futurista. Con independencia de las preferencias que tenga cada uno, el hecho evidente es que siempre nos movemos como un péndulo salvaje (en los extremos), sin acertar a encontrar el término medio, el punto en el que, según los clásicos, radica la virtud.

Sevilla ha llegado tarde a todas estas estaciones. Los políticos, porque las ciudades las construye el poder, rara vez los ciudadanos, optaron hace una década por reproducir, a nuestra escala, mucho más provinciana, el circo de artefactos formalistas de la arquitectura de la globalización. La ciudad quedaba reducida así a una imagen, un único símbolo que permitiera su comprensión inmediata, sin tener que pensar demasiado, capaz de ser reproducido en una revista de aeropuerto.

Frutos de esta megalomanía son el Parasol de la Encarnación, cuya relación con la arquitectura es tan discutible como su estética o su rentabilidad económica; y la Torre Pelli, que quedará (ya es inevitable) como ejemplo de un tiempo marcado por la desmesura. Siendo el proyecto más sobrio de todos los posibles para el Sur de la Cartuja (el concurso de ideas tenía propuestas aún más surrealistas), reproduce la misma patología icónica de la globalización. Esto es: una ciudad (la clásica o la moderna) debe poder resumirse sólo con una única imagen. Una foto.

Habría que preguntarse si somos tan simples. Si Sevilla no será en realidad bastante más compleja. El nuevo escenario que se abre tras la Torre Pelli, por los escasos signos legibles del discurso municipal, parece augurar una especie de vuelta a las raíces, aunque con variantes. La tesis de que la Sevilla tradicional debe prevalecer en el centro y que los experimentos, si se hacen, porque ahora no hay dinero, mejor en lo que el Ayuntamiento todavía denomina “los barrios”, que es la Sevilla extramuros. La ciudad real.

El modelo, a pesar incluso de su escasa solidez conceptual, se resume en una receta: el centro debe ser un parque temático para el turismo, con azulejos en Triana; y la periferia (relativa) el territorio para dar carta blanca al inversor. La célebre alfombra roja. Y, sin embargo, ninguna ciudad puede ser un organismo armónico si se mueve entre estos dos extremos. Más bien será una ciudad dual, sin cohesión no sólo social, sino urbana.

La receta de William J.R. Curtis es de naturaleza distinta. Y, sorprendentemente, viniendo de alguien de fuera demuestra conocernos mejor que nosotros mismos. Probablemente porque, por muy singulares que creamos ser, somos iguales a otras muchas urbes. Su propuesta está llena de sentido común: hay que aprender del pasado, pero renovándolo, reinventándolo.

Sevilla nunca tuvo necesidad de acudir a modelos ajenos porque su modernidad está, aunque no sepamos atisbarla, en su raíz. Es ella misma. Tan a la vista está (en la Giralda, un edificio donde el Renacimiento se cimenta sobre el pasado musulmán y los sillares más antiguos son romanos y visigodos) que no sabemos ni mirarla.

No se trata de reproducir los modelos heredados, imitándolos, como si el tiempo no hubiera pasado, o de convertir la ciudad intramuros en un parque temático destinado al turismo para situar los edificios en altura fuera del centro. Se trata, en palabras de William J.R. Curtis, de “recordar que lo mejor de lo nuevo a veces puede depender de la metamorfosis inteligente de lo antiguo”. Toda una lección.

Milagro en escabeche

Carlos Mármol | 28 de junio de 2012 a las 6:06

Los excesos de optimismo, al igual que los entusiasmos superlativos, con frecuencia degeneran en la temeridad. Ora pro nobis. Para juzgar lo que pasó ayer en San Petersburgo, ciudad de múltiples puentes levadizos, cementerio de zares, hay que reparar en las reacciones de los líderes políticos tras conocer la noticia. En especial es importante analizar todo lo que se refiere al tono. En primer lugar, la prosodia heroica. Zoido (PP): “La ciudad sale fortalecida de la Unesco. Además, vamos a hacer un congreso mundial para poner en común los avances teóricos y doctrinales en relación con el paisaje urbano y los bienes patrimoniales”.

Después, el enfoque optimista. Espadas (PSOE): “Siempre dijimos que no existía ningún riesgo. Voy a ir a recoger a Zoido al aeropuerto. Hay que hacer una campaña de promoción turística para resarcir la imagen de Sevilla”. Por último, la siempre fecunda variante neoestoica del edil Torrijos (IU):“Habríamos ahorrado meses de preocupación innecesaria si el alcalde, con su actitud, no hubiese alentado una polémica que luego ha tratado de apaciguar”. Salvo este último, que puede permitirse el lujo de decir lo que piensa sin temor al efecto que implica la verdad, en los parlamentos de los munícipes late una evidente inconsciencia, una manifiesta voluntad de cargar la suerte. Denotan su carácter y, por tanto, su probable destino.

La Unesco nos ha perdonado la vida in extremis –algunos somos ya algo mayores para creer en los cuentos– y encima sacamos pecho. Humildad, sí señor. ¿No sería mejor dejar las cosas como están? ¿Conviene abusar de la buena estrella? Sobre todo después de ciertas conversiones repentinas. Hacer un congreso doctrinal no se antoja prudente: los de la Unesco pueden cambiar el veredicto después de ver la torre con sus ojos. No es educado tampoco mentar la soga en casa del ahorcado. Recoger a Zoido en el aeropuerto tampoco se entiende. Salvo que Espadas ande falto de cariño, el regidor ya trae su séquito almonteño. La campaña turística, menos: ¿Si no existía riesgo hay que volver a reincidir con los Reyes de Gregorio (Serrano)?

Nos quieren vender la carambola como victoria. Nada nuevo.

Ya lo escribió Góngora en una coplilla satírica.

“Que anochezca cano el viejo,/Y que amanezca bermejo,/Bien puede ser;/Mas que a creer nos estreche/Que es milagro y no escabeche/No puede ser”.

Torre Pelli, vicios capitales

Carlos Mármol | 24 de junio de 2012 a las 6:06

Sevilla no ha sido capaz a lo largo de su historia de construir una imagen de sí misma compartida por la mayoría de los ciudadanos. Su configuración urbana nace de la eterna oposición entre los contrarios, nunca de la síntesis.

Francisco de Quevedo y Villegas, caballero de la Orden de Santiago, espía y poeta, señor de la Torre de Juan Abad, un diminuto villorrio manchego cercano al Campo de Montiel, lo dejó escrito en su excelente tratado sobre el poder de las monarquías: Política de Dios, Gobierno de Cristo. “A vuestro cuidado, no a vuestro albedrío, confió las gentes Dios nuestro Señor”.

Otro tanto podría decirse de los alcaldes y la ciudades: las grandes urbes, igual que los pueblos y las naciones, son dejadas en custodia a los sucesivos gobernantes para que éstos las mejoren o al menos no las empeoren durante su mandato, no para que las descompongan a su antojo y capricho.

Sevilla siempre ha ignorado este consejo. Su configuración mental y urbana, en lugar de ser fruto de un cierto consenso, obedece a una sucesión de decisiones arbitrarias tomadas por los sucesivos linajes con mando en plaza, muchos de ellos efímeros, pero aspirantes perpetuos a capitalizar las tareas de su gobierno.

No somos pues una ciudad con vocación ecuménica ni armoniosa, sino el resultado de ese vicio tan sevillano que consiste en superponer las propias ficciones sobre las ajenas, imponer nuestras obsesiones jerárquicas sobre la realidad y preferir la decoración y el aderezo a la solidez de los buenos edificios. El lugar donde perduró durante más tiempo la arquitectura efímera.

Hace falta mirar hacia atrás para poder comprenderlo. En el Renacimiento, los humanistas hispalenses, de vida breve y herencia escasa, proyectaron la sombra de su ciudad ideal –Roma– sobre el territorio de la Colonia Rómula Iulia. La urbe en la que habían nacido no les satisfacía: era una ciudad medieval, abigarrada, sin plazas, llena de adarves. La conquista cristiana se limitaba a un pendón sobre una de las torres del Alcázar y a un cuerpo de campanas en la cima de las viejas mezquitas.

Prefirieron negar esta realidad –renunciando en consecuencia a mejorarla– para sustituirla por su aspiración. Recurrieron a la tecnología de los artefactos: instalaron, con motivo de las celebraciones públicas más tracendentes, un rosario de decorados virtuales –de inspiración clásica, en su mayoría– sobre un tejido urbano cerrado y difícil. Durante un tiempo hicieron cierto su sueño mediante el recurso de la suplantación.

El problema fue que, fracasando, crearon escuela. Desde entonces hasta ahora muchos continúan negando en Sevilla la ciudad cierta porque no pueden comprenderla o no son capaces de transformarla de verdad, más allá de la epidermis.

Cuando uno contempla la Sevilla actual, en cierto sentido visualiza la ciudad de los nobles arcos triunfales que podían ser barridos por el viento, hechos para el Corpus, o los túmulos dedicados a conmemorar los decesos regios. La capital del soneto con estrambote de Cervantes. Roma triunfante en ánimo y nobleza donde todo resulta majestuoso un instante y, al punto, se esfuma. Un lugar pretencioso y falso. Pues su ánimo era bastante corto y los linajes se compraban en las gradas.

Cinco siglos después, estas dos ciudades no desentonan en demasía. Todavía padecemos una sucesión de arquitecturas frustradas, muchas de ellas con vocación grandilocuente, que persiguen sustituir la Sevilla anterior confiando en los milagros. La única diferencia es que lo que antes era efímero ahora es sólido. Por lo demás, seguimos peleándonos con enorme furia por gritar a los demás cómo somos en lugar de pensar cómo deberíamos ser.

Sevilla conocerá dentro de cuatro días el resultado de la asamblea de la Unesco que decidirá si nos retira el máximo sello patrimonial que disfrutamos por el mejor cahíz de la tierra, como llamaban en el XVI al conjunto monumental formado por la Catedral, el Alcázar y la Lonja.

En función de lo que pase se harán distintas lecturas, pero todas –me temo– esquivarán el problema de fondo: ¿Por qué no asumimos de una vez la ciudad que tenemos e intentamos mejorarla en lugar de dedicarnos a enfrentar las banderas de la nostalgia costumbrista y la modernidad aparente?

Si retenemos nuestro prestigio patrimonial –relativo, en todo caso–, muchos dirán que habremos salvado el buen nombre de Sevilla. Alguno se creerá un héroe. Si nos dejan sin él, el sermón más previsible nos culpará por haber pecado de soberbia al poner en peligro nuestra alma por el capricho de la atalaya que se levanta, desafiante, al Sur de la Cartuja, que más que competir con la Giralda, la emula.

Ambas posturas prolongan el eterno bucle de Sevilla, que consiste en reinventar sin descanso una ciudad que existe desde hace siglos. Que tenemos delante de los ojos y que no queremos ver, cegados por nuestras propias ideas sobre ella. Sevilla es la suma de todas las urbes previas y la antesala de todas las futuras. Un nombre polisémico. Pero no hemos sabido configurarlo como un bien compartido, común. Preferimos tirarnos a la cara nuestros respectivos decorados.

La Sevilla antigua dejó su sitio a la musulmana; la medieval, a la renacentista. Después vinieron la urbe de la Contrarreforma y la Inquisición. La ruina y los señoríos agrarios se consolidaron algo más tarde, con el breve paréntesis de Olavide, el sueño de una hermosa ilustración hispalense que, como tantas otras cosas, nos llegó desde América. Desde entonces, añoranzas y exposiciones universales, seguidas de las correspondientes crisis. Cíclicas. Constantes.

Al calor del polémico dictamen de la Unesco discutimos de nuevo si tradición o modernidad, si paisaje histórico o rascacielos. ¿Importa demasiado si todos seguimos mirando en la dirección equivocada? Los sucesivos tránsitos históricos reproducen siempre un mismo canon: niegan la ciudad existente para prometer una utopía modernizadora, en lugar de hacer el camino contrario, que pasaría por mejorar primero la Sevilla real para justo después alcanzar los sueños.

Ninguna de estas dos visiones enfrentadas quiebra nuestra aspiración de seguir siendo una urbe celestial. Nuestro problema quizás radica justo en esto: no somos capaces de ser una ciudad normal. Llevamos siglos obsesionados con imponer a los demás nuestra propia ficción sobre Sevilla. Es controversia infinita: al fin y al cabo lo que queremos consolidar es un relato sobre nosotros mismos. Nunca lo lograremos.

Sevilla nos parece destinada a encarnar este decorado capaz de cambiar en función de las circunstancias históricas o económicas. Pero en el fondo para nosotros mismos sigue siendo un misterio íntimo, el gran secreto. Escondido y a la vista, al mismo tiempo. Si aún no lo hemos comprendido antes es porque no dejamos de inventarla, superponiendo espectros para simular transformaciones que no llegan.

En la Sevilla del Renacimiento los humanistas usaban arcos triunfales para camuflar espacios impuros que igual servían como tentaderos que para los autos de fe. La Torre Pelli, el Parasol o la difunta biblioteca del Prado tienen idéntico objeto aunque su génesis sea diferente; mientras los renancentistas ignoraron la ciudad real por su ansia de alcanzar la urbe ideal, los falsos arcos de la gloria de Monteseirín nacieron del absolutismo, el mal de quienes gobiernan sobre la regla de sus caprichos, en lugar de garantizar las necesidades generales.

Las ocurrencias más recientes de Zoido –destruir la Alameda de Hércules o instalar un azulejo de cerámica en la zapata de la calle Betis para anunciar lo evidente: que Triana sigue donde siempre, idea que parece más propia de Las Vegas que de Europa– acaso son menos aparatosas pero igualmente estériles. Porque mientras unos se regodean en la gloriosa involución y otros pregonan el futuro, del presente de Sevilla no se ocupa nadie. La verdadera ciudad sigue esperando. Extramuros.

Unos piensan en Sevilla como un organismo perfecto que no debe cambiar. Una momia que nunca envejece. Otros la ven como un pueblo pobre y con pretensiones que necesita hacer ruido para llamar la atención. ¿Por qué hay que conformarse con estos extremos? Elegir entre la urna de San Fernando y la Torre Pelli no soluciona nada.

Nuestro problema es cultural. La verdadera Sevilla se nos antoja misterio porque es evanescente. Desconocida hasta para sus hijos, queda oculta tras el velo de las polémicas. La Unesco puede condenarnos pero no resolverá esta duda. No descubrirá cómo somos porque esto –la identidad– depende de nosotros. De nadie más.

El argumentario imposible

Carlos Mármol | 6 de junio de 2012 a las 6:05

El equipo de Zoido ha logrado la cuadratura del círculo: convertir en un referéndum sobre su propia gestión la polémica generada por la construcción de la Torre Cajasol, que le fue impuesta y que no ha sabido manejar.

La escena es anecdótica. Pero revela cómo han sido las cosas. Un insigne miembro del equipo de gobierno de Juan Ignacio Zoido –muy dado a la campechanía– es preguntado por otro sobre su posición política en relación a la última resolución sobre la Torre Cajasol.

–“¿Que cuál es mi criterio? Pero cómo voy a tenerlo, si la dichosa resolución está escrita en inglés”.

El interlocutor se queda perplejo ante la respuesta, a la que sigue, como era de esperar, una sonrisa de complicidad. No hay mejor metáfora para resumir la situación: el gobierno municipal, a pesar de su robusta mayoría, parece no haber entendido ni de lejos, ni de cerca, ni antes, ni ahora, el evidente riesgo político que tenía entrar en la controversia generada al calor del rascacielos del Sur de la Cartuja.

Prueba de ello es la contradicción en la que ha quedado atrapado el alcalde. Animado por su círculo más próximo, insinuó en varias ocasiones que sería capaz de parar este proyecto para que Sevilla no perdiera su condición de Patrimonio de la Humanidad; extremo que incluso mereció letras de imprenta, es de suponer que con su beneplácito.

Esta semana ha consumado un extraño giro copernicano: después de que la Unesco haya elaborado una resolución previa para declarar como bienes en peligro a la Catedral, el Archivo de Indias y el Alcázar, el regidor ha proclamado que “personalmente” defenderá el edificio de César Pelli ante este organismo internacional. ¿Cómo es posible?

Las razones son múltiples. Casi ninguna de ellas deja en buen lugar al político que ocupa la Alcaldía con el mayor respaldo popular de toda la democracia. Lo más curioso es que en el aprieto se ha metido solo, porque, como ahora insisten en recordar desde la Plaza Nueva, Zoido ni impulsó este proyecto ni le gusta. Lo cual hace mucho más singular, que no exitosa, su estrategia política en relación a este asunto.

Para entender el trasfondo de la historia primero habría que cuestionar algunos lugares comunes. Ya saben: esas frases que se repiten –generalmente porque las ha dicho otro– sin reparar en si son ciertas. La esencial: “El PP nunca amparó a la Torre Pelli, que es un proyecto del anterior alcalde, que embarcó en la operación a la antigua caja sevillana, hoy integrada en Banca Cívica y, en septiembre, en Caixabank”.

La insistencia exculpatoria de Plaza Nueva es intensa pero no sólida. Es verdad que fue la obsesión de Monteseirín de pasar a la historia –otra cuestión es con qué repercusión lo ha hecho– el origen de la Torre Pelli; igual que fue la causa del Parasol de la Encarnación.

El proyecto se aprobó con la mayoría del anterior equipo municipal –PSOE e IU– y con un aval tácito, que no expreso, de la Junta, aunque la responsabilidad jurídica –la concesión de la licencia, que es lo relevante– sea competencia única del Ayuntamiento. Una de las vías de escape que ahora usa la Alcaldía para tratar de justificar su insólito cambio de postura intenta focalizar la atención en el hecho de que “el proyecto es del PSOE”. “De Chaves, Monteseirín y Pulido”, al que Zoido califica como “un militante socialista”.

Todo esto es cierto. Hay, sin embargo, otros factores que se obvian. Por ejemplo: el marco urbanístico a partir del cual se otorgó la polémica licencia de construcción –un Plan Especial– fue aprobado con el voto favorable del PP. Lo que implica que la construcción de la torre no fue, al menos a efectos políticos, una decisión exclusiva de PSOE e IU, sino también del PP, en cuyo grupo municipal estaban entonces muchos ediles del gobierno actual.

No pueden alegar ignorancia: el documento urbanístico que votaron incluía para la Cartuja Sur una “propuesta arquitectónica de 50 plantas”. Ni siquiera su respaldo fue flor de un día: el convenio urbanístico previo al Plan Especial, sobre el que éste se sustenta, fue ratificado en el Pleno por unanimidad. El PP votó a favor.

Estos datos aclaran un poco el panorama y matizan la tesis oficial. El proyecto era del anterior gobierno, cierto, pero el PP no se opuso nunca a su realización en las sucesivas ocasiones disponibles. Siempre votó a favor. Su primer cambio de postura se produce después de que los ciudadanos contrarios al proyecto, que forman una plataforma heterogénea donde conviven desde profesionales de reconocido prestigio a grupos conservacionistas, pusieran en práctica una doble táctica: acudir a la vía judicial y censurar su impacto en el ámbito patrimonial.

Este colectivo, que empezó a funcionar cuando el Plan Especial ya había sido aprobado –algo tarde para sus propios intereses–, no ha logrado hasta ahora respaldo judicial para paralizar las obras, pero, en cambio, sí ha conseguido que su visión sea asumida, en primer término al menos, por la Unesco. Una victoria que ha cogido a contrapié a todos. Promotores, políticos y a los propios críticos con la torre.

Zoido, tanto durante la campaña electoral como en los primeros meses de su mandato, siempre se alineó con las tesis de este colectivo. Hizo suya la idea de que, si corría peligro el status patrimonial de Sevilla, había que parar las obras. Pueden ver una muestra –por si alguien todavía lo pone en cuestión– en internet.

En enero, cuando la Unesco comenzó a alertar de que la torre afectaba al paisaje histórico de Sevilla, el alcalde llegó incluso a amagar con paralizar el proyecto unilateralmente si Cajasol no aceptaba renegociarlo. Fue un proclama transitoria: la entidad financiera reiteró que no tenía intención de suspender las obras y dijo que pediría indemnizaciones millonarias. Zoido calló. Esto es: otorgó. No movió pieza. Empezó a meterse en el jardín. Todavía no ha salido.

Intentó ganar tiempo quitando importancia a las alertas de la Unesco. Esta semana la cuestión dejó de ser opinable: la propuesta de resolución que se vota a finales de mes en San Petersburgo recomienda, de entrada, retirar a Sevilla su sello patrimonial. Para asombro general, Zoido ha empezado ahora a sostener lo contrario de lo que siempre dijo, negando además estar incurriendo en ninguna contradicción. Probablemente sea para no darle al portavoz socialista en el Ayuntamiento, Juan Espadas, el gusto de terminar haciendo precisamente lo que él le había propuesto a inicios de este año. Sin éxito.

Parece claro, de cualquier forma, que Zoido no sopesó bien la cuestión cuando se alineó en contra del rascacielos, acaso por dar más importancia a los titulares de prensa que al árido mundo del derecho urbanístico. Era la clave: según la ley, una licencia es un acto reglado –no graciable– y debe concederse siempre si se ajusta a derecho. Es el caso de la Torre Pelli. Revocar su permiso de construcción sin una razón urbanística –no valen las políticas ni las estéticas– implica incurrir en un acto administrativo nulo e, incluso, potencialmente delictivo.

Las licencias están amparadas por el principio de irrevocabilidad. Es el mismo talón de Aquiles de todos los grandes asuntos de su primer año de gobierno: Ikea, Alameda, Gavidia. Contar con una mayoría de veinte ediles no exime de tener que cumplir la ley y, en su caso, contar con razones defendibles ante terceros, incluso en sede judicial. Hace falta tener argumentos. Y el argumentario oficial de la Alcaldía, ahora se ve, es sencillamente imposible.

El alcalde niega que haya cambiado de posición. Quizás sea cierto: nunca la ha tenido. La Torre Pelli, más que un atentado a la Sevilla histórica o un proyecto con beneficios económicos, para el PP ha sido simplemente un argumento electoral. Un recurso para erosionar al anterior gobierno y a la Junta sin importar las consecuencias, que ahora son nefastas.

Si se consuma la propuesta de la Unesco, Sevilla sufrirá un revés en su marca exterior, una de las obsesiones del regidor. No es el único daño: la credibilidad del alcalde también va a bajar muchos enteros, si no lo ha hecho ya. Es el peligro de gobernar a base de golpes de efecto: las cañas se tornan lanzas. Algún capitular de la Plaza Nueva debería aprender inglés. Y otros, algo de urbanismo. Es duro, pero tiene sus satisfacciones.

Hombre mirando a sudoeste

Carlos Mármol | 29 de enero de 2012 a las 6:05

Zoido ha dado marcha atrás tras su anuncio de paralizar por decreto la construcción de la Torre Pelli. El alcalde tomó esta decisión sin reparar en que su margen de movimientos es extraordinariamente escaso. Casi se diría nulo.

Probablemente en la Alcaldía, entre los gruesos muros medievales, con vistas a la Giralda, alguien pensó que a él, el alcalde los veinte concejales, nadie iba a ser capaz de decirle que no. No iban a dejar un ruego suyo sin atender. Pero cuando hablamos de dinero –y de eso, sustancialmente, se trata– la diplomacia suele tropezar con la fuerza de las evidencias. Algunos lo denominan pragmatismo. Otros sencillamente cosas del poder. Como se prefiera. El caso es que la promotora de la Torre Pelli, la entidad financiera Cajasol, vino a decirle a Zoido exactamente eso: no.

La respuesta, conociendo el paño hispalense, era bastante previsible. Esperar otra cosa distinta hubiera sido una sorpresa. Sin embargo, a algunos los cogió con el paso cambiado: confiaban en la coherencia del político que ocupa, gracias a su rotundo apoyo en las urnas, la Alcaldía. Aunque frente a determinadas circunstancias, ya se sabe: las cosas empiezan a mutar, las opiniones comienzan a matizarse y al final termina uno mirando, como se decía en la película que Subiela hizo sobre la poesía de Vicente Huidobro, al sud(o)este. Justo donde se levanta el esqueleto del futuro rascacielos, discutido por unos, alabado por otros, de la impar Sevilla.

El problema de fondo no es tanto que Cajasol haya dicho nones, sino que lo hace después de que el alcalde hubiera lanzado un mensaje unívoco: las obras de la Torre Pelli deben detenerse sí o sí. Por las buenas (la vía diplomática) o por las malas (la vía ejecutiva). De momento ninguna de las dos ha dado el más mínimo resultado: el rascacielos seguirá ascendiendo hasta que alguien tome una decisión (y asuma sus consecuencias) o hasta que la Unesco aclare si va a hacerle caso a sus propios asesores o, en cambio, optará por ignorarlos. La incógnita de Samarcanda, cuya expedición reclaman los principales interesados en defender hasta el final el proyecto. Por motivos evidentes.

Zoido parece que ha dado marcha atrás. En horas veinticuatro. Sin transición. De momento el alcalde ha anunciado que, más que la negativa a su petición, le preocupa “resolver el problema”. Habría que preguntarse cuál es el problema, si la torre (para algunos consiste justo en esto) o el bosque en el que se ha metido el regidor por su costumbre de seguir a ciegas el consejo de sus asesores, obsesionados en alimentar la máquina de los golpes de efecto sin reparar en que, a veces, las cosas no basta con simularlas, sino que llega el día de hacerlas. Exactamente en eso consiste gobernar una ciudad. En tomar decisiones, no sólo en hacer proclamas.

Lo extraordinario es que el regidor hispalense se lanzara a la piscina sin saber si había agua. El Guadalquivir queda cerca de la torre, pero parece que hubiera sido mucho más prudente elevar las pertinentes consultas, informarse, barajar, sopesar y, sólo después, tomar una resolución firme.

En los lances urbanísticos, que son dagas mortales cuando se carece de la debida mesura, el actual gobierno municipal lleva un rosario glorioso de arrepentimientos. Nada grave. Cosas del periodo en prácticas (siete meses lleva el PP gobernando el Consistorio), pero que, indirectamente, empeoran la imagen de un político cuando, además de fallidas, en lugar de admitirse honestamente, se reiteran. Sucedió con la famosa recalificación de Ikea, que iba a arreglarse en un santiamén. Todavía estamos esperando no ya una solución, sino una postura clara. Ocurrió a continuación con la venta de la comisaría de la Gavidia –que no hay técnico en Urbanismo que quiera informarla, por motivos obvios– y ha vuelto a repetirse ahora con la torre del Sur de la Cartuja, que no puede pararse (por mucho que se quiera) sencillamente porque la ley –de momento– lo impide.

Es curioso: el desarrollo urbanístico del Sur del antiguo recinto de la Exposición Universal lleva casi 15 años en discusión porque sus antiguos promotores pretendían sacar adelante un proyecto lucrativo privado con independencia del marco urbanístico común. Ahora, en cambio, es la red jurídica que arropa al urbanismo la que protege al edificio de Pelli. Un giro copernicano que ha demorado más de una década y que termina convirtiendo a los defensores de sus propios intereses en vehementes reivindicadores de la ley.

El fondo de la cuestión es nítido. El margen real de movimientos del Ayuntamiento –que es el legal– es bastante escaso. Casi nulo. Por eso causa cierta incredulidad ver al gobierno local anunciando una decisión –en este caso parar las obras de la Torre Cajasol– que sencillamente no puede defender en base a la legislación vigente. Hasta que el TSJA no resuelva el recurso presentado por las entidades ciudadanas opuestas al proyecto –que discuten que la licencia se diera correctamente– o la Unesco no defina su posición definitiva de forma expresa estamos en un punto muerto. Justo lo que necesita el rascacielos para convertirse en un hecho consumado.

El derecho urbanístico, disciplina árida pero vital para entender la política municipal, sólo permitiría revocar la licencia –cualquier licencia– por una razón urbanística objetiva. El problema es que, hasta ahora, ésta no aparece por parte alguna. Salvo que los promotores de la Torre Pelli hubieran cometido una infracción urbanística, cualquier orden de paralización sería nula de pleno derecho e, incluso, delictiva. Palabras mayores. ¿Por qué? Porque en nuestro corpus legal una licencia urbanística está condicionada por el principio de irrevocabilidad. Esto es: la administración, una vez dada, no puede ir contra ella salvo por los cauces establecidos. Con razones indiscutibles. Y en este caso no se vislumbra ninguna, salvo que el Consejo Consultivo, que tendría que informar una orden de paralización, diga lo contrario.

Zoido puede –si quiere– ordenar la paralización de los trabajos, aunque esto sería como comprar un billete directo a los juzgados. A más de un asesor puede partírsele el corazón viendo al regidor ante la puerta de la Audiencia como reo, en lugar de como denunciante. Parece pues que el Ayuntamiento, hasta ahora, parece no tiene clara la cuestión de fondo. El alcalde ha cambiado de discurso en dos ocasiones, no quiere que se hable de la cuestión en el Pleno –lo pidió el PSOE esta semana– y, tras la negativa de los promotores, recurre a las normas del viejo libro de protocolos: nombrar una comisión de trabajo e intentar que otras administraciones –Junta y Estado– se animen a apoyarlo, aunque todavía no se sabe muy bien para qué. La cuestión de momento es ganar algo de tiempo y apelar al “interés general”, que, como todo el mundo sabe, es un concepto indeterminado, mientras que la licencia es algo determinado. Concreto. O está bien o está mal.

Cabe la posibilidad de que el alcalde revise de oficio del permiso de construcción, pero este trámite, si concluye con que la licencia es acorde a derecho, sólo reforzaría la posición de Cajasol. Modificar el PGOU, cosa a la que tan dado es el PP, tampoco arreglaría nada: con independencia de que es un proceso largo e incierto, no invalidaría la torre, cuya construcción se sustenta en el Plan Especial vigente. El regidor puede argumentar en base al reglamento de servicios de las corporaciones locales, una normativa de 1955, todavía en vigor, cuyo artículo 16 permite dejar sin efecto las licencias “si se incumplieren las condiciones a que estuvieren subordinadas”. Es decir: si cambiaran las circunstancias.

¿Han cambiado? De forma objetiva, no. Y, en todo caso, esta vía no eximiría de indemnizar a los promotores por el perjuicio causado. La disyuntiva por tanto no consiste ya en detener o no las obras, sino en cuánto cuesta hacerlo. La factura, se adivina, será enorme. Millonaria. ¿Están dispuestos a pagar los ciudadanos por que no se haga nada en el Sur de la Cartuja? Conviene pensárselo. La decisión que se tome, si es errada, puede destrozar la carrera política de cualquiera. Incluido Zoido.

La obra, antes que la torre

Carlos Mármol | 21 de enero de 2012 a las 6:05

Existen dos posibilidades. O todo es un ceremonial con el fin de mostrar una posición de fuerza para una negociación posterior (fenicia, obviamente) o el futuro de la Torre Pelli puede terminar dirimiéndose ante los tribunales de justicia, donde últimamente –al menos en Sevilla– las cuestiones urbanísticas, con sus derivaciones no siempre edificantes, copan las salas de lo contencioso.

La entidad que promueve el rascacielos del Sur de la Cartuja [Cajasol] insinuó ayer, después de 24 largas horas de silencio, que no va a atender la petición municipal de negociar una rebaja de las dimensiones de su edificio. Lo que significa negar por la vía de los hechos una mayor –la evidente afección de la torre sobre la Sevilla histórica– que cada vez es más evidente. La entidad financiera defiende sus intereses. Zoido sugirió ayer por boca de su edil de Urbanismo que está dispuesto a defender los de Sevilla. El duelo, si llega, será en el Prado. Edificio de los juzgados. Y el heroísmo de ambas partes nos va a salir bastante caro.

Cajasol mantiene una calculada ambigüedad: sin negarse a colaborar invierte el objeto de la alianza institucional al plantear una réplica de la famosa embajada medieval a Tamorlán para reiterar ante la Unesco las bondades de la torre. El método es llamativo: restar valor a la opinión de sus expertos. En realidad, una forma hábil de ganar tiempo –al menos hasta junio– mientras la obra continúa, que es de lo que se trata. Y que, probablemente, al final va a terminar siendo hasta casi más importante que el proyecto de Pelli.

Con independencia del resultado del pulso, y si nadie reconduce la situación, lo que se atisba en el horizonte, junto al rascacielos, es que la ciudad va a salir perdiendo de todas formas ante la incapacidad de ambas partes para acordar una salida. El Consistorio no tiene fácil dar con un argumento sólido para tumbar la torre: la licencia es legal y su idea de que la Junta y el Estado compartan la indemnización no se sostiene. Lo que sí tiene son unas elecciones (autonómicas) en puertas y a un alcalde que repite como candidato y que, quizás, quiera volver a jugar a salvar a la Sevilla Eterna. Esperaremos las noticias de Samarcanda.

No es la torre, sino el sitio

Carlos Mármol | 20 de enero de 2012 a las 6:05

La Unesco no quiere la Torre Pelli. Esta vez no han sido necesarios intérpretes ni exégetas. Los expertos que vinieron a Sevilla en el mes de noviembre, gente extremadamente educada pero también bastante discreta y silenciosa (cosa que para algunos siempre resulta inquietante), lo han puesto por escrito (en inglés) y lo han remitido oficialmente a la embajada correspondiente. La misiva ha llegado a Plaza Nueva y alguno, lleno de inconsciencia, ha dado un salto de alegría: ya hay un argumento para paralizar la torre de Pelli que se alza al Sur de la Cartuja. Otro sueño de Monteseirín en la picota.

Claro que la cosa dista de estar arreglada. La cuestión ahora es cómo hacerlo, si es que finalmente Zoido (a quien le corresponde tomar la iniciativa) opta por detener el rascacielos de la polémica, rival de la Giralda. No tiene más que un camino: hablar con Cajasol para encontrar un punto intermedio que consistiría en reducir notablemente la volumetría del edificio (casi a la mitad, al menos) con el fin de evitar el “sustancial e indubitado impacto” que tiene sobre el paisaje de la Sevilla histórica. De esta forma se salvaría la inversión y no se privaría al Sur de la Cartuja de un foco de actividad.

Por las bravas es imposible: la licencia urbanística está en perfecto orden y revocarla sería un acto de arbitrariedad política. Además daría lugar a indemnizaciones inasumibles, aunque fueran muy inferiores a las que alguno ya había calculado antes de poner ni siquiera un ladrillo. Seguir adelante con las obras dados los duros términos del dictamen de la Unesco sería una temeridad similar a la que cometió el rector con la Biblioteca del Prado de Zaha Hadid.

Y es que la realidad tarda, pero al final se impone. La topografía suele ser tozuda. No cambia: el problema de la Torre Pelli no es sólo la superlativa escala del edificio (su diseño era el mejor de todos los posibles; sus dimensiones son discutibles), sino el enclave elegido para su construcción, cosa que sólo se explica por un factor fenicio: la venta que hizo Agesa de estos suelos públicos a los antiguos promotores de Puerto Triana. Lo mismo pasó con el campanile de Ricardo Bofill. No era la torre, sino el sitio.