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Tiranías con buena prensa

Carlos Mármol | 23 de octubre de 2011 a las 6:05

El PP ha conseguido con los coches lo mismo que PSOE-IU con las bicicletas:que sus conductores crean que la ciudad es suya, obvien la normativa vial y recuperen su orgullo de clase privilegiada. Todo un logro político.

Las vueltas que da la vida. Quién iba a decirnos que justo el término –y el argumento entero, en realidad– que hace unos años esgrimían los comerciantes de Sevilla –su representación gremial, al menos– contra los ciclistas iba a poder aplicársele, sin forzar siquiera la mano, a los coches particulares a los que el nuevo gobierno municipal ha decidido volver a permitir el acceso libre, sin restricciones reales, al centro de la ciudad. Una gesta política en toda regla que, aunque esté amparada en una promesa electoral, puede terminar provocando importantes dolores de cabeza al ejecutivo local del PP.

Cuando Zoido era el líder de la oposición no se cansó de reclamar al equipo de Monteseirín que ordenase la circulación de los ciclistas por las zonas peatonales. Algo lógico. Razonable. Entonces a algunos, sin embargo, no se lo parecía tanto. Tras la construcción de la red de carriles bici y la aprobación de la ordenanza municipal que regulaba el acceso al centro, los usuarios de ciclos se vinieron arriba de tal forma que parecía que toda la ciudad era propiedad únicamente suya. Al menos, ésa era la opinión general entre los ciudadanos. Y ya se sabe: las cosas no siempre son como son, sino como parece que son.

Sin desdeñar el gran avance que para la ciudad ha supuesto la utilización de la bicicleta como medio de transporte ordinario –un mérito de IU que el PSOE se encargó pronto de intentar patrimonializar a su favor debido a su enorme éxito social–, y a pesar de la deficiente ejecución de algunos tramos de la red de carriles, lo cierto es que el anterior gobierno municipal pecó de ingenuidad al dejar la ordenación viaria de las zonas centrales de la ciudad en segundo término, limitándose a hacer las obras. Tarde y mal, en muchos casos. Y a un coste notable, también. La regulación viaria sólo se abordó cuando el problema ya estaba salido de madre y se había instaurado en la mente de los peatones, que somos todos, la creencia de que lo de ir en bici está muy bien siempre y cuando no te arrollen mientras caminas.

Para entonces, las posiciones de ambas partes en litigio estaban demasiado radicalizadas. Los ciclistas –representados por la entidad A contramano; deberían pensar en ir cambiando de nombre– alegaban que respetaban las normas y que eran fuerzas contrarias al progreso quienes se oponían a la presencia de la bici. Los comerciantes, que ya se sabe que todo lo que no sea un coche en doble fila no lo ven como un beneficio para sus negocios, los acusaban directamente de ser los nuevos “tiranos”. Ambas partes, probablemente, tenían a su manera una porción de razón.

Como los políticos, más que serenar los ánimos y solventar problemas, disfrutan en muchas ocasiones empeorándolos –prefieren reafirmarse sí mismos en lugar de cambiar las cosas– el PP, dado que estaba en la oposición, apoyó las quejas de los comerciantes y PSOE e IU, entonces en la Alcaldía, la de los votantes que utilizaban la bici. Conclusión: el conflicto latente desde entonces no ha dejado de repetirse con más o menos intensidad. Especialmente después de que el anterior Consistorio decidiera que todos los espacios públicos ganados al coche durante la última década podían compartimentarse para satisfacer a las distintas minorías en liza.

Un ejemplo de esta falta de criterio es la avenida de la Constitución, donde el viejo sueño peatonal hace tiempo que se frustró debido a la coexistencia del tranvía, la bicicleta y, sobre todo, la avalancha de terrazas (puestas en cualquier sitio) que han proliferado. Desde que el Gobierno central prohibió fumar dentro de los bares, el negocio se trasladó de dentro afuera. A la calle. El resultado práctico ha sido que muchos de los nuevos espacios ciudadanos se han convertido en gigantescos abrevaderos al aire libre donde puedes comer, ir en bici o tomar un refresco, pero es casi imposible caminar con cierta tranquilidad.

La convivencia sigue sin ser nada fácil. Porque, como suele suceder, los diferentes no pueden cohabitar sin unas reglas del juego adecuadas y alguien que vele por su cumplimiento. Las ordenanzas no evitan que los más grandes –tranvía o ciclistas, que paradójicamente continúan sin asumir del todo su condición de lobby– terminen imponiéndose a los más pequeños, que ahora son –y serán siempre– los peatones. Más en número, pero mucho más frágiles.

Con esta cuestión sin arreglar estábamos hasta que Zoido ganó las elecciones locales. En tres meses de gobierno su equipo no ha hecho demasiado por poner ideas nuevas encima de la mesa para dar salida a este litigio. Se ha limitado a derogar el Plan Centro –que impedía a los coches privados entrar en el corazón de Sevilla por encima de un tiempo prudencial–, suplir las cámaras de vigilancia por policías locales que ponen multas (10.000 sanciones) y anunciar, sin concretar demasiado, el retorno de la zona azul:un sistema de pago por estacionar un máximo de dos horas que sólo beneficiará a quien la administra. Nunca a los residentes, para los que no está concebida.

No ha sido su única aportación. Hace unas semanas insinuó que no descartaba la vieja aspiración de construir un aparcamiento en la Alameda de Hércules, el gran espacio público del centro de Sevilla. La cosa parecía un globo sonda para testar el grado de oposición vecinal. Los populares, que parecen haber entregado la ciudad a los interlocutores del gremio de comerciantes –colectivo que se ha negado siempre a la peatonalización y que todavía sigue diciendo que restringir el tráfico mata sus negocios, que probablemente mueran por culpa de ellos mismos– son conscientes de que la propuesta generaría cierta polémica. No parece probable que la aborden a corto plazo, pero siempre podrán argumentar ante los votantes que irán a las urnas en las autonómicas que ellos están dispuestos a pesar de que haya que modificar el Plan General. Y asumir el desgaste de destruir una plaza viva donde en los últimos años se han invertido cinco millones de euros. Dinero que se tiraría a la basura.

El PP parece no tener ninguna alternativa para ordenar el tráfico en el casco histórico. Y, si existe, no la aplicarán hasta después de primavera, cuando se despeje la incógnita de San Telmo. ¿Significa eso que la circulación, de nuevo caótica, se va a quedar como está? Lo más seguro es que sí. Zoido se limita a hacer anuncios genéricos pero sin entrar en el corazón de las cuestiones. El nuevo ejecutivo local ni siquiera ha estudiado en profundidad cómo mejorar el transporte público disponible en el centro, principal perjudicado por la barra libre que implica la legalización de la circulación indiscriminada de vehículos privados. Su inactividad contrasta con el argumento que entonces esgrimían:“antes de blindar el centro hay que mejorar el transporte público”.

Muy bien.¿Por qué no lo hacen de verdad? Su única decisión ha sido cambiar paradas de algunas líneas periféricas hacia el interior del centro. El problema real está en los barrios más próximos al casco histórico. Como es obvio que el Metro va a tardar en ir por el centro, podrían redimensionar a conciencia las líneas de Tussam, algo que proponía el PGOU y que Monteseirín dejó pendiente. ¿Dónde está la eficacia suiza?

Todas las líneas de transporte de Tussam al centro han perdido viajeros este año. Algunas han sufrido un descenso de hasta dos dígitos. Menos clientes, menos dinero. Peor servicio. Una ecuación que debería ser suficiente para que alguien entienda que la derogación del Plan Centro también perjudica comercialmente a Tussam. La empresa municipal necesita ganar mercado si no quiere continuar en la ruina. Motivo evidente para estudiar, con el necesario consenso, un plan alternativo al que existía. Todo lo que no sea esto sólo es marear la perdiz.

A la tiranía de los ciclistas le ha sucedido ahora la de los coches. Es peor. Sólo sucede que, para algunos, todavía tiene buena prensa.

Por decreto

Carlos Mármol | 26 de julio de 2011 a las 19:00

Ni hacía ninguna falta ni, a tenor del discurso oficial del PP, parecía ser conveniente. Pero ninguna de estas dos circunstancias ha servido de nada. Zoido decidió ayer derogar el Plan Centro por decreto. Promesa electoral cumplida, contradicción sobre la mesa.

Habrá quien piense que lo que ha hecho el nuevo alcalde es un ejercicio de coherencia: cumplir lo que decía su programa electoral. Es discutible. No tanto en el fondo –la eliminación de las restricciones del vehículo privado en el casco antiguo– sino en las formas: con una inesperada resolución de la Alcaldía –quien la firma viene a ser lo de menos– que instaura el viejo vicio del ordeno y mando.

Se dirá que el anterior regidor, Monteseirín, usó idéntico procedimiento. ¿Lo hace eso acaso mejor? No lo parece. Si éste es el argumento único del PP resulta débil. Infantil. Exculpatorio. Si a Monteseirín se le reprochaba haber impuesto el Plan en lugar de consensuarlo con los afectados, a su sucesor puede aplicársele el mismo patrón, pero en sentido negativo. Impone su derogación, sin matices ni consenso que valga. Que Zoido cuente con una mayoría de 20 ediles y Monteseirín tuviera una de 17 concejales es secundario. Los dos tuvieron en su momento el requisito esencial: suficientes votos en el Pleno.

                                                       Foto: Juan Carlos Vázquez

Extraña el camino elegido. Zoido, que pregonaba el consenso para todo en su etapa en la oposición, y que nada más tomar posesión prometió que gobernaría como si no tuviera la absolutísima mayoría de la que disfruta, anunció que llevaría al Pleno la derogación. Al menos la oposición iba a tener derecho al pataleo. Tres días antes decide promulgar la resolución, después de que su versión oficial –que las cámaras no funcionaban– haya sido desmentida por los propios funcionarios municipales. Algo falla. Había prevista una manifestación de protesta de 23 colectivos. ¿Miedo a la calle? Quizás no. Pero el cambio de criterio da que pensar. Y bastante.

Argumentos para una derogación

Carlos Mármol | 24 de julio de 2011 a las 6:06

La eliminación del Plan Centro, que a pesar de sus errores ha conseguido reducir la afluencia de vehículos al corazón de Sevilla, pondrá a Zoido frente a la primera movilización ciudadana contraria a su gestión política.

La estampa es asombrosa. Inusual. Todo un acontecimiento: ver al nuevo gobierno local admitiendo, por vez primera, algún tipo de éxito por parte del anterior ejecutivo municipal, al que siempre culpó de todos los males que en Sevilla, como decía la célebre cita de Miguel de Cervantes, “vieron los siglos pasados, los presentes y esperan ver los venideros”.

Lo digo por un llamado informe –yo lo denominaría de otra forma, pero ésta es una cuestión que ahora no viene al caso– que esta semana se ha sacado de la chistera la Alcaldía para justificar su honda obsesión (otros lo llaman coherencia) por derogar el Plan Centro. Ya saben: el sistema municipal de control de vehículos privados del corazón de Sevilla que, con pedagogía escasa y errores ciertamente notables, vino a poner en marcha el equipo de gobierno presidido por Monteseirín en la última fase de su tercer mandato. Antes del ocaso.

Resulta que Zoido, que juró durante la campaña electoral derogar tal medida, y que probablemente lo haga esta próxima semana en un Pleno que promete ser entretenido (tratándose de una sesión de la Corporación esto ya es toda una novedad), ha desvelado esta semana, amparándose en dicho dictamen, que las cámaras de vigilancia que debían velar por la aplicación de la medida están desactivadas desde marzo. Por tanto, su idea de dejar sin efecto las restricciones en realidad no causará problema alguno en la movilidad de la ciudad.

El documento, en honor a la verdad, no es un informe, aunque esté encabezado con este generoso epígrafe. Tampoco es técnico. Viene a ser algo así como un folio y pico que firma el director general de movilidad –que no es funcionario, sino arquitecto; uno de los altos cargos fichados por el PP del sector privado– donde se expone un singular análisis sobre la aplicación de esta polémica iniciativa municipal. El miembro del equipo de Zoido afirma (en realidad supone; de ahí las dudas sobre su naturaleza técnica) que la causa de la inoperatividad del sistema de cámaras de vigilancia del centro “pueden ser los índices de error por las deficiencias en las lecturas de las matrículas [de los coches]”. Ylo pone en negritas, para que no haya dudas. Bueno.

Lo mejor del informe, sin embargo, no es su conclusión (discutible), sino su inicio. Lo que los retóricos llamaban el introito. Reza así: “Desde 2007 a 2011 se ha producido un descenso del 48% del tráfico de vehículos particulares a la zona centro de Sevilla”. Todo un dato a tener en cuenta. De ser verdad tal afirmación –cosa que no hay que poner en duda– habría que concluir que el Plan Centro, tan denostado, ha sido un rotundo éxito incluso antes siquiera de nacer.

Porque el sistema no empezó a funcionar hasta finales de 2010. Que vengan menos coches al casco antiguo de Sevilla –100.000 vehículos lo colapsaban a diario– es un mérito del anterior gobierno local, que, como el Cid, después de fenecido ha salido triunfante del envite. Que lo diga además el actual ejecutivo municipal es doble honor. Se sabe: uno no debería juzgarse nunca a sí mismo (cosa que suelen hacer los políticos), sino aceptar que sean los otros los que analicen tus gestas. Sobre todo en la vida pública.

El PP, obviamente, no lo interpreta igual. Considera que en realidad ha sido un fracaso, algo que a todas luces es contradictorio con el único dato expuesto en el citado informe. De todas formas, la lógica en esto tiene muy poco que decir. Zoido va a derogarlo sí o sí, como se dice ahora. No hay mucho que discutir. Y, sin embargo, los argumentos de fondo en los que se sustenta esta inminente decisión política denotan cuál es la mentalidad predominante en el gobierno local sobre lo que es (o debe ser) una ciudad. Su nuez histórica, más concretamente.

El alto cargo municipal que firma este estudio nos aclara la cuestión: el Ayuntamiento, al parecer, ha recibido “quejas de los comerciantes y de las empresas que gestionan los párkings rotatorios” instalados (todavía) dentro del conjunto histórico. Dicen haber perdido clientes. Esto es: vinculan un hecho (el descenso del tráfico privado) con otro (la pérdida de ingresos). En el caso de los aparcamientos, no cabe duda: a menos coches, menos ingresos. En el supuesto de los comerciantes (afectados por la crisis, igual que todos) la cuestión ya es mucho más subjetiva. ¿La gente no va a comprar a sus comercios sólo porque no llegan a ellos en coche o quizás por otros motivos?

El Ayuntamiento dice además que, junto a las quejas de estos sectores, con evidentes intereses crematísticos en el acceso de vehículos al centro, “el ciudadano no ha entendido la medida”. Llamativo: ¿si no se ha entendido la medida cómo es que vienen muchos menos coches al centro? Todo un misterio.

Dejando de lado todas estas incógnitas, que me temo que nadie va a aclarar, el gobierno local concluye –sin dar argumento alguno– que modificar el sistema actual, como ha propuesto la oposición, “no mejoraría la consideración que los sectores económicos tienen del Plan Centro”. Magnífico: la cuestión no es el beneficio general de la medida, sino la consideración de los “colectivos económicos” antes citados. Previsible, por otra parte: a la oposición se le ofrecen todos los pactos del mundo pero a la hora de la verdad sus propuestas se desestiman. Para eso el PP cuenta con una mayoría (absolutísima) en el Pleno.

La principal razón del PP para derogar el Plan Centro es que “en estos tiempos de crisis hay que facilitar las transacciones económicas y las correctas relaciones comerciales entre los diferentes sectores de la población”. Lo de “correctas” es notable. De dicha afirmación se desprende que la movilidad en la ciudad es una cuestión en la que el único criterio a considerar, frente a todos los posibles, es la facturación de determinados negocios y tiendas particulares. Revelador, sin duda.

Que el Plan Centro nació con problemas no es un secreto. El anterior gobierno local lo quiso imponer (más que consensuar) e improvisó su implantación hasta el infinito, actitud que avivó la controversia. El tiempo, sin embargo, le ha dado la razón: la circulación (y el aparcamiento) han mejorado en el centro. Dado que las cámaras no han funcionado parece que el éxito consistió más bien en un factor psicológico: se convenció a los conductores de que se puede vivir sin llegar en coche a todos sitios. No es lo ideal, pero parece suficiente. Ni el centro se ha muerto (basta mirar a la calle para darse cuenta) ni la ciudad se ha colapsado. El plan puede y debe mejorarse. Pero levantar la veda al vehículo privado no traerá mejora alguna. Más bien quizás el colapso que se vaticinaba.

Zoido tiene que reformar una ordenanza vigente para poder derogar el plan. Todavía es un misterio si no hará en su totalidad o en parte. Tampoco se sabe si sustituirá otras medidas de dicha ordenanza. Su pregonada política de transparencia aún no ha aclarado este extremo. Sí parece claro, a tenor del informe que ha enseñado esta semana el PP, que su visión de Sevilla está mucho más influida por las quejas de estos colectivos (los párkings y un sector de los comerciantes, curiosamente aquellos instalados en zonas peatonales) que por otros ciudadanos con mentalidad distinta, menos condicionados por la facturación a la hora de discutir el tipo de ciudad en la que desean vivir. Al parecer, el centro de Sevilla no debe servir más que para aparcar en los párkings rotatorios y comprar en ciertas tiendas. Todo lo demás es secundario. Salvo el día del Corpus, por supuesto.

El regidor afirma que debe cumplir su promesa electoral. Es su opción. También lo es la decisión de las entidades sociales favorables al proyecto (peatones, ciclistas, ecologistas, discapacitados y hasta los taxistas, colectivos dispares) de manifestarse contra su derogación por entender que perjudica a la ciudad. Será la primera concentración contra la política de Zoido. El autotitulado alcalde de la calle. Veremos.

Punto medio: paradero desconocido

Carlos Mármol | 5 de septiembre de 2010 a las 12:35

Venecia busca cómo encauzar la desmesurada arquitectura de vanguardia. Nueva York acoge una exposición que fantasea con convertir las urbes en espacios saludables. Sevilla vive incrédula el cierre del centro al tráfico.

A veces una mera comparación puede ser lo más hiriente del mundo. Sobre todo si se formula de forma espontánea. Deja ver el pensamiento íntimo. Desnuda. Las personas, entre otras cosas, pensamos gracias al lenguaje. Las ciudades, cuando razonan, que no siempre lo logran, suelen demostrarlo a través de su arquitectura o con su urbanismo. Mediante la concepción cultural de sus espacios públicos. Como nos enseñaran los clásicos, ellos son la verdadera ciudad. No hay otra.

Nada expresa mejor la capacidad intelectual de una comunidad que las urbes que construye o administra. En función de los cambios que introduce en el tejido secular de las ciudades antiguas, traspasadas de padres a hijos a lo largo del tiempo, como una herencia a cámara lenta, puede analizarse la potencia creativa de cualquier colectivo. Su sentido de la historia. Sus aspiraciones. Sus sueños. En este campo el dinero es (casi siempre) un factor secundario. Hay países ricos que han fracasado a la hora de crear espacios urbanos habitables y naciones pobres que han conseguido en cierto sentido la eficacia: hacer lo máximo con lo mínimo.

Los debates urbanos, que algunos consideran un asunto municipal, materia doméstica, sin excesivo interés ni proyección, encierran con harta frecuencia significados bastante profundos sobre las sociedades que los acogen. Es cuestión de saber mirar. La sentido real de la civilización radica en buena medida en las pequeñas cosas. Las que hacen feliz o desgraciada a cualquier persona.

Lugares comunes

En Sevilla las discusiones sobre la ciudad suelen oscilar entre los lugares comunes –los habituales tópicos patrios–, el cultivo de una cierta estética hispalense, generalmente ficcional, y un curioso sentido de la propiedad sobre el bien común que acostumbra a perseguir casi siempre el monopolio de la opinión pública. En contraste con lo que sucede en otros pagos, el debate sobre la urbe se sustenta aquí en un único punto de vista. ¿Para qué hay que cambiar las cosas si Sevilla está bien justo como está? ¿No fue así siempre?

Ambas preguntas, como es obvio, son retóricas. Están contestadas de antemano. Predomina en ciertos círculos sociales, y en sus altavoces, la idea de que es completamente estéril discutir sobre cuál debe ser la evolución de la ciudad porque la pauta de Sevilla, el patrón, es la ciudad ya existente, siempre en peligro de quebrarse por supuestas agresiones, casi todas ellas anónimas aunque sus verdaderos autores tengan nombres y apellidos. Una curiosísima vocación de inmutabilidad que –es llamativo– suele mezclarse de forma simultánea con la constante elegía del tiempo perdido.

En otros lares la discusión discurre por otros cauces. Prueba quizás de que en otros sitios se mira el pasado sólo como fórmula para mejorar el presente. No justo al revés. Dos ejemplos. Venecia, ciudad decorado del turismo empaquetado y, sin embargo, hermosa, acoge estos días la XII Bienal de Arquitectura. Un foro en el que los profesionales buscan caminos para, en estos duros tiempos de crisis económica y moral, intentar encauzar hacia senderos más útiles y razonables la arquitectura de vanguardia que durante los lustros previos se convirtió en una maquinaria tan deslumbrante como previsible. Factoría en serie.

La concepción de la disciplina arquitectónica que se basa en la espectacularidad, en el mero diseño formal y, por lo general, en el encarecimiento ad infinitum de los ya magros presupuestos públicos –los privados manejan el dinero de otra forma–, se enfrenta a un escenario de depresión económica general. Y, por tanto, a unas condiciones objetivas muy distintas para intentar hacer ciudad.

punto medio- baja

En este contexto suele reivindicarse el ejercicio de una arquitectura más humilde. Cosa complicada, dado el singular gremio del que tratamos, pero no imposible. Bastaría, para empezar, con el ejercicio que propone la directora de la Bienal, la japonesa Kazuyo Sejima, que es arquitecta y, al tiempo, alguien capaz de oír a sus clientes, que no son siempre las corporaciones, los gobiernos y las administraciones, sino la gente. Quienes por lo común pagan los impuestos con los que se han financiado tantas barbaridades en la arquitectura reciente.

La suya es una revolución lenta y, justo por eso, más peligrosa: no se trata de cambiar el mundo, sino de mejorar la vida de la gente. Propuesta que, como es natural, implica que quienes impiden este objetivo por intereses particulares tengan más que temer de esta frágil arquitecta que de cualquier ideólogo. ¿Y si la gente empezase de pronto a pensar diferente? ¿Y si en realidad hace tiempo que ya lo hace aunque no se la escucha?

En Nueva York, que nos sirve de segundo ejemplo, también están con esta labor. Mérito quizás de una sociedad que al tiempo que ha desarrollado de forma exponencial y planetaria el músculo económico básico del capitalismo tiene en su mismo seno algunos de los principales focos de contracultura. Foros de resistencia –ciudadana, social– que se añoran en Europa. En especial desde Andalucía, donde el tejido civil o realmente no existe –su representación es otra ficción más con la que tenemos que convivir– o es un mero remedo de los poderes clásicos, que construyen su inofensivo opuesto para que la obra teatral global no se venga abajo ante el patio de butacas, donde se sientan los espectadores, que no sólo son los que miran (a veces sin ver del todo), sino quienes pagan.

La Gran Manzana alberga estos días en su Centro de Arquitectura una muestra –Our cities, Ourselves– en la que se fantasea sobre cómo sería la vida en las grandes ciudades si los principios del urbanismo sostenible fueran realmente aplicados. Otro mundo. Cosa que, por otro lado, hace tiempo que descubrieron los nórdicos, que pueden dar lecciones al mundo mediterráneo sobre la gestión de las políticas urbanas. Desde Holanda a Finlandia. Casi todas las propuestas persiguen el mismo fin: aumentar las zonas verdes, conservar los espacios públicos y atenuar, mediante restricciones o alternativas de movilidad pública, el impacto de los coches.

Discurso sin eficacia

Algunos dirán que ambos ejemplos demuestran que Sevilla está en vanguardia en estos temas. Seguro. ¿Es así? Parece una verdad a medias. El discurso municipal de los últimos años ha reproducido algunos de estos planteamientos. Un mérito que supone apenas un diez por ciento de lo necesario para cambiar realmente las cosas. Porque en esta cuestión la prueba de fuego no consiste en replicar teorías ya conocidas (y aplicadas), sino en el grado real de acierto a la hora de saber gestionarlas. El riesgo de no hacer las cosas bien en este campo no es tanto incurrir en determinadas equivocaciones, sino dar firmes pasos, con botas de siete leguas además, hacia la involución completa del modelo.

En eso estamos. En Sevilla Monteseirín sigue presumiendo de haber creado la ciudad de las personas. El Ayuntamiento está financieramente quebrado como resultado de tanta grandeur. Pero lo peor aún está por llegar: existe el riesgo cierto de dar pasos atrás a un modelo urbano correcto pero cuya gestión técnica y política ha sido nefasta.

¿Exageraciones? Zoido, el candidato del PP, ha anunciado que si llega a la Alcaldía derogará el blindaje del centro al tráfico, cuya aplicación es otro rosario de torpezas municipales –anuncio, marcha atrás, modificación de la ordenanza, nula información, escasa labor de persuasión–. El modelo del PP consiste en llenar de párkings el centro, empezando por la Alameda. La teoría del péndulo se cumple. Sevilla tendrá que elegir dentro de nueve meses entre estos dos extremos. ¿No sería mejor buscar un punto medio?

Europa: dirección prohibida

Carlos Mármol | 21 de febrero de 2010 a las 14:37

La decisión municipal de restringir el tráfico privado en el centro conecta con las políticas vigentes en toda Europa desde hace lustros. Una medida necesaria que, sin embargo, no se ha gestionado con mucho acierto.

EUROPA DIRECCIÓN PROHIBI baja

PERMISO para disentir. O la vieja costumbre de ir en dirección contraria. Por una vez, y sin que sirva de precedente, salvo que ahora muden de usos y costumbres, algo poco probable, hay que dar la razón al gobierno local: el cierre del centro al tráfico privado es una medida positiva que contribuirá a mejorar la ciudad. Por supuesto, habrá quien opine lo contrario. La libertad consiste justo en poder decirlo alto y claro y, sobre todo, en ser capaz de argumentarlo. Esto ya es más difícil. Depende de la credibilidad y de la capacidad de convicción de cada uno. Y en la Plaza Nueva, precisamente, no sobran. Casi escasean. Nada que, por otra parte, no sea fruto de la propia voluntad. En principio, casi todo el mundo goza de la credibilidad ajena. Son las propias decisiones las que después la quiebran.

Teoría del señuelo

En mitad del maremoto político provocado por el encallamiento del Parasol de la Encarnación y la investigación judicial del caso Mercasevilla –que ha cogido una línea ascendente tan interesante como peligrosa para Monteseirín–, el gobierno local se ha descolgado esta semana con el proyecto que, desde hace tres años, viene prometiendo sin llegar a poner en marcha. No parece ser fruto de la casualidad. Huele a señuelo.

El blindaje del centro al tráfico, en cualquier caso, retorna a la agenda política. Desde el propio término elegido, esta discusión –natural, sana, lógica– ha estado mal planteada desde el Ayuntamiento. Lo que defiende del Plan General de Sevilla no es tanto un cierre del centro, sino un drenaje: una operación que consiste en reducir la intensidad del tráfico particular en la Sevilla histórica. Un proceso que los redactores del PGOU armonizan en fases y donde una decisión implica otra. Sin incoherencias. Invertir los factores es la mejor manera para hacer tambalearse el modelo, testado desde hace décadas en Europa. Una idea acorde a los tiempos, en especial en las urbes de corte histórico.

Desde Barcelona a Cracovia, desde Vitoria a Londres, desde Cork a Bristol. Bremen. Odense. Hasta Roma –parcialmente– con la que tan aficionados son a compararse ciertos costumbristas, han ensayado fórmulas para que el exceso de tráfico no mate a las ciudades. La vida es peatonal. No nacemos con dos ruedas. Tampoco hay que viajar lejos para darse cuenta: Burgos, Zamora, Ávila, Salamanca están bien cerca. Todas ellas, con sus variedades, tienen sistemas para equilibrar el tránsito peatonal con el de los vehículos privados. Granada, gobernada por el PP, es otro buen ejemplo.

Estas experiencias tienen un lugar común: se ensaya primero; se evalúa después y, por último, se decide. Los pasos se dan en corto. Con prudencia. Y antes de darlos se saca adelante un programa de movilidad alternativo para dejar sin excusas a los sectores –que por uno u otro motivo; aquí nadie es inocente– ven con reparos la medida. En Sevilla la oposición a la limitación del vehículo privado es materia vieja. Casi añeja. Fruto del miedo de no ser capaces de adaptarse a nuevas situaciones.

Hay que recordar lo que le ocurrió a Rojas Marcos cuando era alcalde: la peatonalización de Tetuán supuso una batalla cruenta. La asociación de comerciantes, como ahora, se oponía. Los negocios de la calle, a los que el regidor andalucista visitó uno por uno, decían lo contrario. Pero en privado. En público se alineaban con el gremio. Propio de esta ciudad, donde a la cara se dice una cosa y por la espalda se defiende la contraria. Tetuán se peatonalizó. Hoy es un ejemplo de éxito comercial. Todavía hay quien insiste en que la operación salió mal. ¿No existirán otros factores que expliquen la decadencia del comercio tradicional? ¿Toda la culpa es sólo de no poder utilizar el coche? ¿La competencia, tan sana, no es acaso un elemento a tener en cuenta? Tanto simplismo, asusta.

Pedagogía cero

Extraña también que muchos de quienes critican el lamentable estado de las calles de la ciudad –mal ejecutadas y destrozadas por aparcamientos irregulares– sean quienes ahora se escandalicen ante una iniciativa que, con todos los matices que se quiera, debe implantarse en Sevilla. Acaso el principal problema del gobierno local, en este asunto, no sea su intransigencia, sino la falta de inteligencia. La ausencia del más mínimo sentido de la pedagogía política. Su incapacidad para dejar a sus opositores sin argumentario.

Desde que se anunció la medida han pasado tres años. Tiempo suficiente para reunirse con los comerciantes, los residentes y todos los sectores económicos afectados para convertirlos en aliados. O, quizás, pactar su no beligerancia. Tiempo de sobra para enseñarles cómo funciona el sistema en otras urbes. Pulir el asunto. Negociar. Hacer política. Nada de eso se ha intentado. Y aquí es donde radica el problema.

Para hacerlo primero hay que dominar la materia: no basta con contratar a una empresa de cámaras. Hay que conocer los modelos existentes, ponerlos en crisis, mejorarlos. Ser capaz de armar acuerdos. Demostrar eficacia. Construir los aparcamientos disuasorios y el Metro. Gobernar sin excusas. Sin inventos. Sin sacar conejos de la chistera. Ser europeos también consiste en esto. Es cuestión de carácter. Pura y simple cultura.

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Sevilla, ciudad silente

Carlos Mármol | 15 de abril de 2008 a las 11:55

Sevilla, ciudad silente

El Consistorio elabora un mapa urbano de ruidos cuya principal conclusión es que este grave problema, asociado generalmente a la circulación y a la movida, no resulta excesivo en Sevilla en contraste con otras urbes españolas

CADA UNO cuenta la feria en función de cómo le va. Nada más cierto. El Ayuntamiento, en la semana previa a las dionisiacas ceremonias de abril, donde el ruido es tan protagonista como los farolillos –no en vano se trata de la segunda gran fiesta de Sevilla–, nos sorprendió a todos con un informe técnico –oficialmente era estratégico, pero este adjetivo, de tan usado, ha perdido ya casi todo su valor semántico– en el que defiende, en base a determinados parámetros y conclusiones técnicas, que Sevilla no sólo no es una urbe especialmente ruidosa, sino que en comparación con otros municipios españoles puede que incluso sea hasta silenciosa. Más bien silente, diría uno. Por sus célebres silencios.

El documento, cuya realización era una obligación impuesta por una ley de rango estatal, llevaba en proceso de ejecución desde el año 2002. Lo que significa que, en términos globales, ha tardado casi un hermoso lustro en elaborarse. Todo un síntoma: si una Administración pública tarda casi media década en medir su situación con relación a uno de los principales indicadores para valorar la salud ambiental de un territorio –en este caso, urbano– acaso deba concluirse sin demasiado margen de error que tardará más o menos lo mismo, o probablamente más, en poner en marcha cualquiera de las recetas necesarias para atenuar este problema.

la cultura de la tierra

En todo caso, a juzgar por las conclusiones a las que han llegado los expertos, en Sevilla ni siquiera existe tal. No se sabe si las mediciones al respecto se han mezclado con las de alguna capital centroeuropea o se hicieron a determinadas horas de la noche, pero lo cierto es que concluir que la capital de Andalucía es menos ruidosa que Valencia, Alicante o Málaga hay que reconocer que es un verdadero acto de fe ciega. Se dirá que los datos, fríos y sin padres, desmienten el lugar común, tan subjetivo, que suele situar a la urbe hispalense entre las ciudades sureñas donde el ruido forma parte indisoluble del ambiente y de la cultura de la tierra. Patrimonio etnológico, al parecer.

Pero las cosas, con independencia de cómo algunos dicen que son, en cierto sentido también son como la mayoría de la gente las percibe. Como parecen. Sobre todo en términos políticos, que en materia de ruido cuentan. Y mucho: los electores, en especial en unos comicios municipales, dirigen su voto no sólo en base a su ideología, sino también en función de la conducta del Consistorio ante determinados problemas que, por lo general, están cerca de casa. En el barrio.

Sobre el particular, además, hay estudios de todos los estilos. Las asociaciones cívicas aseguran que el 44% de los hogares sevillanos padecen este problema. En el informe municipal, en cambio, se señala al barrio de Los Remedios como el área urbana más ruidosa en horario diurno, mientras que Nervión aparece con los índices más elevados de contaminación acústica por las noches, que son también intensos en el centro, la Macarena o Triana. Esencialmente, las áreas donde vive buena parte de la población. Claro que, a este respecto, el Ayuntamiento insiste en el optimismo que le caracteriza: su dictamen dice que “sólo” un 18% de la población está sometida a niveles sonoros diurnos superiores a los 65 decibelios, mientras que en horario nocturno “sólo” el 27% de la población está padeciendo un índice de ruido superior a lo aconsejable. Resalta sobremanera el énfasis que ponen los munícipes a la hora de acotar ambos porcentajes: que casi dos de cada diez sevillanos padezcan el ruido de día y casi un tercio tengan este grave problema de noche –cuando se supone que la mayoría de la población descansa– no es precisamente un dato para estar satisfechos. Estos porcentajes, que el Consistorio desprecia, cuentan. Resultan demasiadas veces decisivos en términos electorales.

La literatura que acompaña al citado estudio del ruido sobresale, sobre todo, por ser consecuencia directa del vicio esencial del ejecutivo municipal: enaltecer a la menor oportunidad que se presente una gestión con claroscuros. La suya. Siempre bajo la táctica de contraponer la Sevilla moderna con la ciudad tradicional o eterna, cuando ambas, en realidad, comparten más ritos profundos, usos y hasta ciertas costumbres de lo que los supuestos representantes de cada sector se atreverían a reconocer.

cara y cruz

Justo es decir que, dejando de lado este mal, tan adolescente, de la reafirmación constante –sólo se reitera en sí mismo aquel que duda de sí–, lo cierto es que el Consistorio ha hecho algunas cosas en los últimos años por atenuar el ruido. Acaso lo consiguiera hasta sin querer –en el centro la peatonalización aún es tímida, por mucho que se venda como un logro extraordinario– y sólo en algunas de las partes más reconocibles de la ciudad antigua. Haría falta más decisión en la eliminación del tráfico de los centros urbanos –que no sólo están ya en el casco histórico– y ser vigilantes con la movida. Pero, en este punto, PSOE e IU prefieren pecar de tolerantes a ser rigurosos. La ley antibotellona les obliga. Pero ellos se declararon objetores hace tiempo. La buena fama les gusta más que la norma. Y jugar a ser modernos les priva más que ser serios y coherentes. Es su elección. Ya dirán los sevillanos cuál es la suya.