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La madeja del CaixaFórum

Carlos Mármol | 4 de noviembre de 2012 a las 6:15

La indecisión y el cambio de criterio del gobierno de Zoido mantiene la incertidumbre sobre la construcción del centro cultural de la Caixa en las Atarazanas, el único proyecto privado real que ha apostado por Sevilla.

Decía Goethe, el poeta mayor de Alemania, que contra la estupidez humana hasta los dioses luchan en vano. El poder divino resulta estéril frente a la cerril obstinación de los hombres. No sé qué hubiera pensado el ilustre vate romántico, al que en su país todavía se le profesa una asombrosa devoción, todo lo contrario del pálido amor que algunos españoles aún tenemos por nuestros líricos, si hubiera pasado sus últimos días, aquellos en los que la vida nos colma con los postreros desengaños, en Sevilla en lugar de en Weimar. Probablemente se hubiera reiterado en su idea. No tenemos remedio.

Sólo así, por una obstinación sostenida, se explica que una ciudad como la nuestra, habitualmente huérfana de la atención del mundo exterior en igual proporción que se considera a sí misma el centro de orbe –en un universo sin nadie más, acaso el peor infierno–, lleve algo más de un año jugando con fuego y casi haya conseguido la gesta de quemar su última nave, dada su obsesión por cuestionar el único gran proyecto que tenía verdaderas opciones de convertirse en realidad en los próximos años. Hablo del CaixaFórum, el centro de vanguardia que la entidad que se ha convertido en dueña de las antiguas cajas de ahorros locales pretende levantar dentro del asombroso edificio de las Atarazanas.

En esta cuestión, que algunos consideran erróneamente resuelta, y que por el momento dista bastante de estarlo, se está poniendo en cuestión el escaso prestigio de Sevilla:aquel que nos pudiera quedar después de ciertas conductas políticas recientes. Se trata de la última oportunidad para que esta ciudad no quede definitivamente presa de una determinada concepción del mundo que frente a la modernidad y a la autocrítica fértil reacciona con espanto mientras abraza con devoción los vicios aldeanos de los ateneos antiguos y los cabildos añejos. Aquellos que nacieron bajo los sobrenombres de las sociedades de excursiones y juegos florales o las congregaciones devotas, donde lo único que se venera son los puñales.

Una necesidad cultural. La cuestión del CaixaFórum trasciende el aspecto urbanístico y político. Incluso supera el ámbito económico. Siendo todos estos factores importantes, lo que nos jugamos en este envite es la propia idea de la ciudad –entendida ésta como escenario propicio para la cultura–, que queremos para los próximos años. Un patrimonio inmaterial que para algunos no cotiza en mercado alguno, ni siquiera secundario, pero que resulta vital justamente ahora para afrontar muchos de los problemas que tenemos sobre nuestras cabezas, algunos de los cuales nos aplastarán durante décadas. Es lisa y llanamente una cuestión de supervivencia mental. Intelectual.

Una ciudad sin un sentido propio y profundo de la cultura es una ciudad muerta. Mucho más que una urbe en la ruina. En el acelerado proceso de argentinización en el que parece haber entrado España como resultado del estallido de la burbuja inmobiliaria nos falta ya lo mismo que a los argentinos les faltó en su momento –el dinero y la ilusión, perdidos después de un inmenso atraco a gran escala– pero además carecemos de lo único que a ellos les sobra: verdadera devoción por la cultura. Cosmopolitismo. Nuestra flor imposible.

En España, hundida por los excesos recientes, quebrada y sola ante un porvenir aciago, el trabajo hace tiempo que se convirtió en un bien (el más necesario) sin valor alguno, el esfuerzo quedó sepultado bajo la losa de la indiferencia y la presión de los linajes y la inteligencia sigue enjuiciándose como un problema. Un político ilustrado –de los que ya cada vez nos quedan menos– me decía el otro día que a él le parecía increíble que un país como Argentina, donde los teatros no cerraron ni en el peor momento y las librerías siguen siendo templos de la vida cotidiana, se haya arruinado sin remedio casi cada quince años a pesar de todo este extraordinario patrimonio intelectual. Es cierto. Una patología singular que oscurece aún más nuestro panorama: ¿si esto ocurre donde todavía se ama a la cultura qué es lo que le va a pasar a España, donde se desprecia?

El CaixaFórum de Sevilla no es sólo el proyecto de la obra social de una entidad financiera. Es bastante más: una determinada forma de ligarnos al mundo de la cultura con mayúsculas, aunque sea de forma lateral. Acaso la última. Puede que este leve sendero hacia otros mundos distintos a los habituales no sea perfecto. Pero resulta esencial precisamente en el contexto actual. Quizás sea esto lo que a algunos les provoca pánico: que Sevilla pueda tener una embajada dedicada a que quien quiera pueda ver el mundo –y por tanto a la propia Sevilla, que es lo realmente peligroso– desde otro prisma. Acaso por eso, y por la envidia, que aquí se sirve en vaso largo después de las comidas, haya quien todavía quiera tumbar este excepcional proyecto recurriendo, ilustres prohombres incluidos, a la vieja bandera de siempre: la protección del patrimonio histórico de la ciudad. El mismo que algunos han despreciado sin rubor alguno cuando les convenía desde hace demasiadas décadas. Medio siglo, casi.

Que en Sevilla haya gente que sueñe con congelar la ciudad en formol, como si fuera un muñón de la infancia, no es ninguna sorpresa. Algunos quisieran vivir en un museo de monumentos muertos a condición de ser los únicos visitantes. Pero que la máxima institución política de la ciudad se preste a este juego resulta sorprendente. Sobre todo si además lo hace a destiempo. Como mínimo, es incoherente con su propio discurso político. ¿Tiene lógica afirmar que los proyectos de la ciudad necesitan seguridad jurídica y que después sea el propio gobierno local quien se desdiga por intereses partidarios de su posición institucional sabiendo que esta postura bloqueará el último gran proyecto importante que podrá hacerse en la Sevilla del paro y la exclusión?

¿Miedo a gobernar? Eso, y no otra cosa, es lo que está ocurriendo con el CaixaFórum, cuyo calendario de obras ha pasado a ser más virtual que nunca. El Ayuntamiento, que al principio utilizó esta iniciativa privada para exaltar la imagen política de Zoido –el alcalde dijo hace casi un año que lo había desbloqueado en el ámbito urbanístico– ha cambiado sorprendentemente de criterio, igual que una peonza, y ahora no se digna a conceder la licencia de obras.

Sus razones no se sostienen: reclama un plan especial que, en el caso de un monumento con la máxima catalogación patrimonial, y con un proyecto arquitectónico tan definido, es a todas luces innecesario. Primero porque un plan es mucho más inconcreto para calibrar la reforma de las Atarazanas que un proyecto arquitectónico visado y validado por la Junta. Segundo porque en casos similares –el convento de San Agustín, sin ir más lejos– jamás se ha pedido. Y tercero porque quien tendría que respaldarlo legalmente es la Comisión de Patrimonio, que ya ha dado luz verde a la iniciativa en dos ocasiones con todas las garantías jurídicas necesarias y amplia publicidad.

El centro cultural de la Caixa ha superado con éxito el cursus honorum patrimonial. Es conforme a ley. Cuenta con un proyecto arquitectónico de calidad que respeta la herencia secular del edificio y es capaz de devolvérsela a los ciudadanos a través de la creación de un espacio público. Tiene un promotor solvente e inversión suficiente. ¿Cuál es el problema? ¿Acaso que alguien es incapaz de decidir porque tiene miedo a las consecuencias? En la Plaza Nueva hay quien cree que el CaixaFórum terminará como la biblioteca del Prado. ¿Piensan realmente en Sevilla o solamente en sí mismos?

Deberían leer a Tucídices:

“Los más valientes son los que tienen una idea clara de lo que está delante de ellos;la gloria y el peligro uno al lado del otro y, aún así, no se resisten a encontrarse con ellos”.

La herencia, futuro imperfecto

Carlos Mármol | 3 de junio de 2012 a las 6:05

La recta final de las obras de Fibes permite a Zoido aprovechar en su beneficio político un proyecto iniciado por su antecesor en la Alcaldía. Un hecho que contrasta con las recurrentes críticas del PP sobre la herencia recibida.

Si tenemos por cierta la sentencia clásica que sostiene que el hombre es esclavo de sus propias palabras y, al mismo tiempo, dueño de sus particulares silencios, convendremos en que la única defensa real ante nosotros mismos es mantener la boca cerrada. Es la mejor manera de que a uno no lo cojan en una irremediable contradicción. Extraña que este consejo, tan sabio, no se aplique con demasiado interés en la vida política sevillana, donde el cúmulo de contradicciones, autodesmentidos e incoherencias es tal que casi podríamos hacer, a la manera de Ciorán, un verdadero breviario de podredumbre política basado en las mentiras a la hispalense manera, que es amplia y, por lo que se ve, extensa. Casi un oficio.

En Sevilla hablar sin mesura, e incluso sin mucho fundamento, no es que salga gratis, sino que incluso permite a determinados personajes lograr singulares recompensas que no siempre, en realidad casi nunca, se corresponden con su propio esfuerzo; la única razón, en mi opinión, por la que debería avanzarse en la vida, más allá de los habituales linajes, las influencias y eso que –ahora– se llaman contactos; conceptos todos ellos contrarios al hermoso e ilustrado espíritu de la meritocracia.

El alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, ha anunciado esta semana con honda satisfacción en una entrevista radiofónica que a finales de mes terminan por fin las obras del Palacio de Congresos de Sevilla (Fibes), el complejo que la ciudad necesita desde hace más de una década para dar un salto de escala en la captación de eventos turísticos. En mitad del océano diario de desgracias, parece que estamos ante una buena noticia. Aunque, quizás, también nos encontremos delante de una nueva contradicción en el discurso político del gobierno municipal. Ambos términos no son necesariamente incompatibles.

En realidad, la fecha de finales de junio no es una novedad: a las tres empresas constructoras ya se les dijo al pagarles el último plazo (más de siete millones de euros) que si no terminaban la obra el 30 de junio serían penalizadas con la imposición de una multa millonaria. Es una cuestión básica que se recoje en los pliegos que regulan la mayoría de las contrataciones públicas, de las que vamos a dejar de hablar durante mucho tiempo dada la actual situación de crisis.

¿Cuál es entonces la novedad en Fibes? Fundamentalmente, el propio edificio, cuya calidad arquitectónica es mayúscula. Cuando Monteseirín intentó improvisar una precipitada inauguración antes de abandonar la Alcaldía con el fin de no dejar nada por estrenar a su hipotético sucesor –fuera Zoido o Espadas–, todavía no se percibía del todo su envergadura. Ahora, después de que dentro de unas semanas terminen los últimos trabajos pendientes, el resultado es a todas luces extraordinario. Vázquez Consuegra roza la perfección con este proyecto a pesar incluso de todas las dificultades que han acompañado a esta extrañísima obra.

La ejecución del nuevo Palacio de Congresos nunca fue un ejemplo de rigurosidad administrativa. Una responsabilidad que corresponde imputar más al promotor –el anterior gobierno local– que al padre de la criatura, que ya advirtió antes de la contratación que el edificio terminaría costando mucho más del precio oficial de salida que –inexplicablemente;o quizás no tanto– fijó el Consistorio. Así lo corroboraron incluso las consultoras externas a las que recurrió el Ayuntamiento.

Todo fue anómalo casi desde el origen. Por eso es llamativo que, aunque sea a un coste importante, y con retraso, el nuevo Fibes haya terminado tan bien, todo lo contrario a otros proyectos, como el Parasol de la Encarnación. Desde el singular método jurídico para contratar el edificio –una encomienda legal a favor de Emvisesa, la empresa municipal de vivienda–, al sistema de ejecución elegido, confiado a un consorcio de tres empresas distintas que dijeron que podrían construir por 65 millones de euros lo que el arquitecto advertía que costaría 90 millones, todo abocaba al conflicto.

La dirección misma del proyecto se dividió en compartimentos estancos: la responsabilidad arquitectónica, por un lado; la ingeniería;por otro; y la ejecución material, por otro. Se intuían problemas de plazo y coste. Y el posterior sinfín de reformados sobrevenidos por la estrategia de las constructoras de recuperar en la obra –con el contrato ya en cartera– un presupuesto que no fue nunca el del concurso.

Que con todos estos condicionantes Vázquez Consuegra haya hecho lo que ha hecho, sin las ataduras que, por ejemplo, tuvo en San Telmo, donde el elemento patrimonial marcó su trabajo, sólo puede deberse al talento o a un milagro, más que a la versión oficial del actual Consistorio, que incide estos días en resaltar la desconcertante habilidad del presente alcalde para llegar y desbloquear con inusitada eficacia suiza cualquier proyecto que se le ponga delante.

Rara vez las cosas son tan simples, aunque sospecho que el trazo excesivamente grueso de este relato es propio de quien escribe los renglones torcidos por los que discurre el sendero que ha elegido el regidor. ¿Si la herencia anterior es la excusa recurrente de su magro balance de gobierno cómo se explica que ahora se adjudique el tanto de una obra ajena? La herencia, tan denostada, va camino de ser el único futuro –probablemente imperfecto– del gobierno local. De momento, no se vislumbra otro.

Es indiscutible, porque hablamos de un hecho, que la conclusión del Palacio de Congresos es un aliento de esperanza en un momento económico grave. Si el turismo sevillano quiere seguir siendo la única industria local debía contar con un recinto capaz de jugar en una división distinta en el mercado de congresos. Sevilla nunca ha albergado, dadas sus dotaciones, ni una cuarta parte de las mayores reuniones profesionales españolas. En el ámbito europeo todavía era peor: un 75% de estos congresos jamás han venido al Sur.

El Fibes de Vázquez Consuegra soluciona esta cuestión, aunque su éxito dependerá de que el Consistorio sea capaz de sacar rendimiento a unas instalaciones que nos permiten jugar –esta vez sin retórica ni exageración– en la misma liga que grandes capitales europeas. La idea de los actuales gestores de Fibes de mantener sus instalaciones en el antiguo recinto y abrir sólo parte del nuevo palacio con el argumento de la austeridad inducen a pensar que quizás el gobierno local no es consciente de la gran potencialidad del auditorio congresual.

El proyecto ha salido caro. Aunque pongamos las cosas en su contexto:en comparación con otros recintos congresuales, de menor tamaño y presupuesto inicial similar, no tanto. Al menos, en términos relativos. A quienes focalizan todo el análisis en el coste definitivo del proyecto congresual acaso habría que recordarles que la pérdida de beneficios que ha sufrido Sevilla por no contar antes con un palacio de congresos adecuado se calculó en 40 millones de euros al año. Cifra notable.

También se olvida que es una iniciativa pública. Y no por elección, sino por exclusión. Los empresarios del sector turístico sevillano jamás quisieron participar en el proyecto porque aspiraban a un palacio de congresos en el centro, aunque probablemente sí aprovechen ahora su actividad. Sería deseable que esta anómala participación sobrevenida, financiada, como siempre, con el dinero de todos, tuviera cierta contraprestación social en términos de empleo. Es lo mínimo.

Un edificio hipnótico

Carlos Mármol | 23 de febrero de 2012 a las 6:05

Tiene razón Antonio Barrionuevo Ferrer, uno de los arquitectos que mejor conocen Sevilla y, quizás justo por eso, que peor ha sido tratado por esta ciudad cruel que es la capital del Sur. En uno de sus estudios sobre las Atarazanas, cuyas primeras intervenciones tuvo encomendadas, sostiene que lo esencial de su arquitectura es la sala. El espacio, sublime, que componen las diecisiete naves alzadas sobre la vieja alquería medieval: el elemento simbólico más importante de este noble edificio que es una catedral imperfecta.

En realidad, la Atarazanas no son nada más –ni nada menos– que esto: una sucesión hipnótica de arcos apuntados sobre los que, con el correr de los años, se fueron sucediendo distintas intervenciones (unas más afortunadas que otras) que terminaron creando un segundo nivel edificado, en buena medida destruyendo casi toda la herencia previa, cuyo fin era cobijar el tesoro: los arcos.

La planta original del antiguo astillero fue alterada a lo largo de su historia con fortuna dispar: Hacienda hizo tabla rasa con la herencia naval sin que se alzaran voces críticas y la Iglesia de La Caridad, mucho antes, se construyó apoyándose sobre estas estructuras o negándolas (por ejemplo en sus patios) cuando le convenía. Dos antítesis de un proceso de evolución que es inherente al edificio que, ahora, le toca recuperar a Guillermo Vázquez Consuegra.

Las Atarazanas son acaso el mejor símbolo de Sevilla: una ciudad –no una estampa detenida en un tiempo estático en el que algunos buscan el paraíso perdido– acostumbrada a los cambios. Hija de la sucesión histórica. Un rasgo, aunque parezca mentira, de lo moderno. Curiosa paradoja en una urbe que algunos creen tradicionalista y, por supuesto, exclusivamente católica, como si La Giralda –otra muestra de magnífica síntesis arquitectónica– la hubieran forjado las manos cristianas.

Vázquez Consuegra se inserta en esta sucesión (infinita) de la arquitectura patria. Ganó el concurso porque supo entender lo permanente de tantos cambios –el valor del edificio son sus naves– proyectando todo el CaixaForum sobre el segundo nivel, sustituyendo unas cubiertas que están en las Atarazanas pero no son las Atarazanas. Superando, con respeto, la herencia recibida y prescindiendo, como en San Telmo, del mito de una Sevilla que jamás existió. Una Sevilla que sólo es ficción.

Anatema

Carlos Mármol | 22 de febrero de 2012 a las 6:05

Si fuera por ellos, Sevilla seguiría siendo una estampa en lugar de una ciudad. Una ficción en vez de un lugar. Un sueño (con mucho de pesadilla) en lugar de un posible hogar compartido. El proyecto que Vázquez Consuegra ha concebido para las Atarazanas ha provocado la airada reacción de algunos de los sectores más conservadores –que no conservacionistas– de Sevilla, contrariados porque, a pesar de no tener presupuesto alguno, ni respaldo jurídico de nadie, ni siquiera entidad, sus particulares ideas sobre este edificio han sido desoídas por las administraciones y, en último término, hasta por Zoidoalcalde. ¿Hasta dónde vamos a llegar? Un rotundo fracaso, algo inaceptable dado que llevaban –y llevan– de embajador a un prohombre como Manuel del Valle, ex alcalde.

Hoy tienen convocada una mesa redonda en el Ateneo para debatir sus propios dogmas. Libres son de discutir lo que gusten. ¿Quién se lo impide? Sin embargo, lo que ayer preocupaba a alguno –otros son unos auténticos caballeros– era que alguien los oyera y, a ser posible, les brindara un titular de periódico que hiciera a los políticos pensárselo dos veces –ahora, en elecciones– antes de dar luz verde al proyecto del mejor arquitecto que ha dado Sevilla en décadas. Dado este anhelo, su posicionamiento debía parecerles a ellos mismos ínfimo. Quizás porque es justamente así.

El proyecto de Vázquez Consuegra acaso no guste a todos, pero tiene la inmensa virtud –frente a las peregrinas ocurrencias de esta sociedad civil, tan dada a los padrinos–, de entender y vincular en un magnífico ejercicio de síntesis la Sevilla histórica con una ciudad presente que, mal que les pese a los costumbristas de guardia, siempre atentos a establecer las esencias de la sevillanía, es tan inevitable como rotunda. Está aquí. Es la que existe. No hay otra.

Critican a Vázquez Consuegra por proyectar el CaixaForum sobre las Atarazanas, lo que, en su opinión, implica su destrucción. Al parecer, esto es un anatema. Y también es lo que hizo Hernán Ruiz en La Giralda: cimentar el Renacimiento sobre el alminar desde el que el muecín llamaba a la oración y defendía la sharia. Justo igual que ahora.

Navegación: la catedral fluvial

Carlos Mármol | 5 de febrero de 2012 a las 6:05

La reforma del Pabellón de la Navegación, una de las joyas arquitectónicas de la Expo, compartimenta para usos mercantiles un edificio cuya vocación es albergar un museo integral sobre la relación de Sevilla con el Guadalquivir.

A los museos con vocación lúdica a veces les sucede como a ciertos libros del añejo costumbrismo sevillano: debajo del aparente aderezo no hay nada. Ni siquiera el vacío, que en su defecto bien podría ser una suerte de propuesta existencialista. Todo en ellos se reduce a la retórica. A un discurso insustancial lleno de colores. Curiosamente, de un tiempo a esta parte se ha consolidado entre mucha gente la creencia de que esto –el vacío colorista– es lo que uno debe comprender cuando se acerca a un museo. Al museo, según esta singular visión, hay que ir a divertirse, a jugar, a disfrutar con toda la familia; incluso a merendar. A casi todo menos a aprender. Como si ambas cuestiones, divertirse y aprender, fueran incompatibles en lugar de ser complementarias.

Hace unos días, cuando ya habían quedado prudentemente lejos las inauguraciones oficiales, las fotos de los políticos y la información a conveniencia, tan abundante últimamente, decidí, dada mi condición de peatón vocacional, darme una vuelta por el extraordinario edificio que Guillermo Vázquez Consuegra, el arquitecto sevillano, diseñó para la Exposición Universal. Una catedral contemporánea para la ciudad fluvial que es –y debería seguir siendo– Sevilla. Encontré un edificio soberbio –lo era ya durante la Muestra Universal, tan dada a la arquitectura banal y efímera de la que nos ha quedado tan poca cosa de verdadero valor– y en su interior contemplé justamente eso: el vacío. A casi cinco euros la entrada, por cierto.

A algunos les parecerá algo ingrato que después de una inversión de casi once millones de euros se critique la operación autonómica para salvar al pabellón de la Navegación. Es normal. Sin embargo, si se repara en que buena parte de este presupuesto (casi la mitad) se ha destinado sólo a los nuevos contenidos expositivos del pabellón, y se comprueba que su principal característica es que han sido diseñados como si fueran la atracción de un parque temático en lugar de piezas para un museo con verdadera vocación cultural, quizás esta opinión contraria al habitual regocijo institucional no parezca tan descabellada. Ni de lejos. La obsesión lúdica suele resultar tan cara como estéril.

La Navegación ha estado casi veinte años cerrado. Abandonado. Inundado a ratos por las crecidas del Guadalquivir y sin un destino que fuera realmente acorde con sus enormes cualidades arquitectónicas. Ahora, el viejo y noble edificio de madera y acero ha vuelto a abrir aunque su interior, que recuerda el vientre de un barco, está demasiado vacío. Casi se diría triste. Melancólico.

Que una ciudad mantenga abandonada esta joya de la arquitectura moderna durante casi dos décadas dice bastante del sentido de Sevilla para valorar su propio patrimonio. Nulo. Pero que cuando se acuerde del edificio, que está protegido pero nunca estuvo conservado, lo recupere con el actual programa de usos casi se antoja peor. En la Navegación no se ha creado ningún museo, sino simplemente una feria para niños sobre la fotogenia relativa de un océano de leds similares a los que se venden en los chinos. Pura apariencia. Probablemente estemos, como otras muchas veces ocurre en Sevilla, ante un problema de concepción. De origen.

El Pabellón de la Navegación, al igual que otros activos de la Expo 92, pasó a depender tras la muestra de una empresa pública instrumental –Agesa– que comenzó siendo estatal y después devino en autonómica como resultado –gran paradoja– del pago de la deuda del Gobierno central con Andalucía. Una inmobiliaria de capital público cuyo objetivo social desde el principio fue sacar toda la rentabilidad económica posible al patrimonio del certamen universal. A corto plazo. Sin matices. Sin un proyecto global.

Su gestión, vista con la distancia, ha sido bastante calamitosa para Sevilla. No sólo porque en su afán de rentabilizar de cualquier forma determinadas cuestiones haya dejado a la ciudad sin importantes activos turísticos –el caso del Cine Omnimax, por poner un caso–, sino porque ha ido destruyendo espacios tan significativos como el Palenque, el Canal de la Expo y otras herencias del territorio del 92 sin que las posibles alternativas para reemplazarlas estuvieran cerradas. El resultado:la Isla sigue teniendo múltiples lugares ociosos que, dada la actual coyuntura económica, tardarán todavía lustros en ocuparse. La Cartuja es el condominio de algunos privilegiados que compraron el suelo público a buen precio y se beneficiaron de las generosas exenciones fiscales. El distrito urbano resultante es hijo del interés inmobiliario de las sucesivas administraciones políticas en lugar de ser una parte más de la propia ciudad. Algo de todos.

Agesa también fue quien vendió a Puerto Triana los terrenos del Sur de la Cartuja para levantar un complejo comercial sin un marco urbanístico consensuado. Aquel proyecto privado fue mutando, sin respeto a la normativa urbanística, que siempre quiso torcer, hasta derivar en la actual Torre Pelli, cuya construcción se ha demorado casi 15 años y es objeto ahora de una de las más intensas polémicas políticas de los tiempos recientes. Otra buena muestra de que la política patrimonial del Estado, primero;y de la Junta, después, ha creado en la Isla de la Cartuja a Sevilla más problemas que ventajas. Probablemente porque ninguno de los sucesivos presidentes de Agesa contemplaron su papel al frente de esta entidad más que como una estación de paso. Un cementerio dorado para los jarrones chinos de la política. El ex alcalde Monteseirín lo resumió con una frase: “Agesa no tiene corazón; sólo cartera”. Claro que la dijo cuando quien mandaba en el condominio era el PP; no el PSOE.

Un mirador secreto

La recuperación de la Navegación aparece así como el único hito en positivo –al menos, en términos ciudadanos– de esta cuestionable gestión. Pero llega tarde –si Sevilla hubiera tenido este edificio en uso durante el pasado ciclo económico sus datos turísticos hubieran sido mejores– y se ha concebido con una mentalidad provinciana, mediocre, al obligar al arquitecto a dividir la propia unidad conceptual del magnífico edificio, cuya vocación desde su más remoto origen fue convertirse en un museo integral sobre Sevilla y la navegación –la Sevilla americana–, en una sucesión de espacios lucrativos que hipotecan la enorme potencialidad de este contenedor cultural.

La Junta ha abierto una exposición menor como reclamo de ocasión, pero sus fines al rehabilitar el inmueble son crematísticos: alquilarlo para congresos de aforo medio y vender los servicios de restauración asociados. Evidentemente, es mejor que tener el pabellón cerrado. ¿Quién lo duda? La pregunta es otra: ¿Es lo mejor que Sevilla puede hacer con este edificio singular? La catedral contemporánea del Guadalquivir que Vázquez Consuegra concibió en uno de los recodos del antiguo cauce fluvial se merece bastante más. Un verdadero museo integral, en lugar de un parque de atracciones.

La exposición existente niega además las virtudes del propio edificio, alobligar a los visitantes a ver sólo el itinerario del parque temático recién inaugurado cuando, si algún valor tiene la recuperación del Pabellón de la Navegación, es descubrir a los sevillanos una visión distinta de su propia ciudad. Vista desde las zonas incomprensiblemente cerradas al público –esencialmente la galería exterior, donde el arquitecto logró el milagro de reinventar la luz del Guadalquivir– Sevilla parece distinta. Soberbia. Lo de menos es la pregonada exposición. El espectáculo real es el propio edificio. Y la ciudad que todavía nos descubre.

Fibes: una obra contra los elementos

Carlos Mármol | 17 de noviembre de 2011 a las 6:01

El proyecto del nuevo Palacio de Congresos ha sufrido un sinfín de problemas por la decisión municipal de adjudicarlo, en contra del criterio de la dirección técnica, con una baja del 25% sobre el presupuesto real.

Lo barato sale más caro, se termina más tarde y, con bastante frecuencia, acaba dando más problemas de lo esperado. Las obras del nuevo Palacio de Exposiciones y Congresos de Sevilla (Fibes), que todavía tienen por delante más de seis meses de ejecución, han sufrido a lo largo del último año sucesivos parones imputables al perverso sistema de gestión elegido por el anterior Ayuntamiento para sacar adelante la construcción de este edificio singular, llamado a convertirse en uno de los nuevos símbolos de la ciudad.

El gobierno de Juan Ignacio Zoido (PP) anunció este martes que había “desbloqueado” el proyecto tras acordar con las empresas constructoras (Acciona, Heliopol e Inabensa) lo que denominó como una “quita” sobre las cantidades económicas que estas firmas, asociadas en una Unión Temporal de Empresas (UTE) para la realización del proyecto, reclamaban al Consistorio bajo la amenaza de no continuar con los trabajos. El propio regidor, que celebró el acuerdo como muestra de la voluntad de su gobierno por “desbloquear” las iniciativas de la anterior etapa municipal, culpó a su antecesor en el cargo –sin nombrarlo– de los retrasos y elogió públicamente la “predisposición y generosidad de las empresas” para terminar el edificio.

En el primer punto quizás tenga parte de razón. En el segundo, desde luego, no demasiada. La construcción del nuevo Fibes es un ejemplo de que Sevilla y Suiza –cuyo concepto de eficacia reclama Zoido para la administración local que preside– se parecen más bien poco. Por no decir nada. Una obra de tal magnitud se hubiera construido en el país helvético en plazo y respetando el presupuesto inicial. En Sevilla, sin embargo, ni los plazos se han cumplido, lo que perjudica a la ciudad, ni la gestión de la obra ha sido ejemplar. Un cúmulo de circunstancias que se cierran ahora con la decisión del alcalde de zanjar el litigio pagando siete millones de euros, frente a los trece que exigían las constructoras.

¿De quién es la responsabilidad de los retrasos? ¿Había realmente que pagar más dinero? Para contestar a ambas cuestiones es necesario analizar cuál fue el proceso de gestación de esta obra. Cosa que el actual equipo de gobierno debía de haber hecho para delimitar la conveniencia –o no– de aportar más dinero público al edificio.

El proyecto del nuevo Palacio de Congresos lo ganó en un concurso público el arquitecto sevillano Guillermo Vázquez Consuegra, premio nacional de arquitectura. Consuegra diseñó un edificio de nueva planta adosado al recinto ya existente que, en realidad, lo reinventa al convertirlo en un objeto de arquitectura de vanguardia. Su estudio se hizo cargo, por decisión de Fibes –el consorcio que gestiona el Palacio de Congresos– exclusivamente de la dirección arquitectónica de la obra. Todas las instalaciones y las estructuras se adjudicaron a otro: la empresa Ayesa, propiedad del ingeniero José Luis Manzanares.

Tras designar a los dos técnicos encargados del nuevo palacio, Fibes dejó el proyecto en manos de la empresa municipal de la vivienda (Emvisesa), que recibió una encomienda especial del anterior gobierno local para poder adjudicar las obras. Es entonces cuando se opta por dar el contrato al consorcio empresarial formado por Acciona, Heliopol e Inabensa.

La clave del retraso de las obras radica en el perverso sistema de gestión elegido en su día por el Ayuntamiento, que opta por separar la dirección técnica de las obras de la estructura y las instalaciones –la dirección facultativa corresponde pues a dos operadores diferentes– y, a su vez, asignar la ejecución material del proyecto a la UTE, que ha puesto en jaque su realización debido a que sus prioridades (económicas) a medida que avanzaba la obra dejaron de coincidir con las que prometieron al obtener la licitación. Hablar de “generosidad” en su caso, como ha hecho Zoido, se antoja como un gesto cortés, pero algo gratuito.

El edificio de Vázquez Consuegra costaba 86 millones de euros, sin incluir el IVA. Esta cifra se refiere exclusivamente al precio de la contrata. Emvisesa encargó a una consultoría que revisase el plan económico presentado por el arquitecto sevillano antes de iniciar el proceso de licitación. Dicha empresa confirmó los datos:Fibes costaba en el año 2007 ese dinero. Sin embargo, a la hora de contratar las obras el Ayuntamiento decidió adjudicarlas por 65,4 millones a la citada UTE. Exactamente un 24,5% menos de su coste real. Decisión llamativa. ¿Cómo puede costar una cuarta parte menos un edificio que, según su autor y una consultora independiente, no podía bajar, con unas determinadas calidades, de los 86 millones de euros?

Cualquier ingenuo pensaría que el Ayuntamiento hizo bien. Aparentemente se ahorraba dinero. Exactamente: 21,2 millones de euros. En realidad lo que ha ocurrido después ha sido todo lo contrario: las empresas adjudicatarias, una vez conseguido el contrato, han estado modificando sin parar el programa de obras –cuya ejecución era responsabilidad suya– para lograr por la vía de los extras parte del dinero que en su momento no incluyeron en la adjudicación. Precisamente el dinero que desde el principio costaba el edificio, tal y como aparece en el proyecto de Vázquez Consuegra.

Los cambios introducidos en Fibes no benefician a la dirección arquitectónica: sus honorarios profesionales se liquidan en función del presupuesto de adjudicación y tiene, además, que supervisar los cambios de la ejecución. La existencia de tres responsables distintos en las obras, además, suele ser con frecuencia objeto de conflicto. Tan anómala situación arroja cierta luz sobre la naturaleza de los retrasos: cada vez que interesaba presionar al gobierno local para conseguir un determinado pago, las obras se detenían. Hasta que el Ayuntamiento no liberaba el dinero de los gastos extraordinarios no continuaban.

Ocurrió justo antes de las elecciones locales, cuando el ex alcalde Monteseirín decidió inaugurar el edificio sin terminar, a sabiendas de que la obra no había sido recepcionada. Y ha vuelto a ocurrir ahora que Zoido ha terminado aceptando –probablemente porque no tenía otro remedio– este singular modus operandi para evitar que el palacio se quedara sin terminar. Efectivamente, se trata de un sacrificio, aunque no sea precisamente objeto de celebración alguna, sino más bien de resignación.

El acuerdo final al que ha llegado el PP recoge las modificaciones del diseño original asumidas por la dirección de obras. Aquellas mejoras reales sobre el primer proyecto y los gastos extraordinarios inherentes a su ejecución, como las nuevas las infraestructuras escénicas, el mobiliario (el edificio se entrega completo) y otros conceptos, como el saneamiento integral de una calle exterior que no se había contemplado. También un nuevo cerramiento.

El presupuesto original ha tenido una desviación relativamente baja. Otra cosa es el coste final en relación al precio de adjudicación (menor), cuya vigencia era responsabilidad de las constructoras, que se comprometieron a entregar el edificio a un precio que después ha sido objeto de “optimizaciones” técnicas. Un eufemismo que esconde una agresiva política de ahorro de costes y modificados. Las constructoras, que han tenido una disputa con Ayesa sobre la responsabilidad de ciertas partes del edificio (en concreto, una pasarela), tenían hasta doce personas dedicadas exclusivamente a modificar el proyecto. Una forma de construir que es todo menos suiza.

San Telmo: la reinvención integral

Carlos Mármol | 7 de mayo de 2010 a las 11:41

Caixaforum

La clave para comprender el proceso de recuperación del Palacio de San Telmo, un edificio que además de una de las joyas del barroco civil sevillano es un auténtico palimpsesto de la arquitectura hispalense, pues a lo largo de su devenir refleja las idas y venidas del arte de crear espacios simbólicos, consiste en ser capaz de entender la analogía. Esa relación íntima entre dos elementos distintos y, al tiempo, parejos. La arquitectura que Vázquez Consuegra ha utilizado en la remodelación de San Telmo es, precisamente por eso, de corte arriesgado. Atrevida. Casi se diría que incluso temeraria. Sustancialmente porque asume el reto heroico de luchar contra una ficción: la de cierta Sevilla eterna que acostumbra a apoyarse en cáscaras majestuosas cuyo interior, en cierto sentido, suele estar decrépito.

Así era el San Telmo que recibió el arquitecto en la década de los 90. Un edificio con abundante literatura (costumbrista; en general, mala) que aspiraba a sustentarse sobre la leyenda del esplendor de la pequeña corte de los Montpensier. Como el arte de la imagen pública radica, entre otras cosas, en esconder las miserias bajo la alfombra, el mito que se transmitió entonces a muchos sevillanos obviaba el quebranto que para el propio edificio supuso su etapa eclesiática (fue cedido a la Iglesia por la infanta María Luisa en 1897) con el fin de fijar por siempre en el imaginario colectivo la idea de una arcadia nobiliaria y feliz, hermosa incluso en su decadencia. Herencia de Lampedusa: cortinas blancas de hilo meciéndose al compás de la brisa fluvial.

Cuestión de apariencia

La realidad, sin embargo, era bien distinta. El problema es que, como tantas veces ocurre en Sevilla, se ocultó para evitar las molestias. Quizás por eso cuando se repasan las edades del edificio (los planos, los grabados históricos), cuando se investiga, se cae en la cuenta de que detrás de la magnífica fachada barroca de los Figueroa (Leonardo y descendientes) lo que se escondía ya no era un palacio, sino una vieja colmena de seminaristas. Una sucesión de minifundios y celdas unipersonales. Un jardín inexistente (más bien pradera) y un edificio, en general, maltratado y cuya estructura original, complicada (quizás por eso tan sevillana y hermosa), había sido violentada con una simetría que, a quien no conozca la historia de su propia ciudad, casi le parecería pertinente. Digna de perdurar aunque, en el fondo, nada tuviera que ver con la planta original del San Telmo mítico (el de la Universidad de Mareantes) que, para desesperación de los arquitectos, con frecuencia engreídos, trazó un sencillo maestro de obra cuyo nombre casi se diría vulgar: Antonio Rodríguez. Está visto que en Sevilla los padres de las grandes hazañas están condenados a que se les olvide. Un anonimato homicida del que la ciudad ha hecho tradición.

San Telmo, aunque a muchos les suene raro, en realidad es un edificio mestizo. Fruto de sus sucesivas reformas y remodelaciones. Como cualquier obra maestra, no es hijo de un único progenitor, sino de la suma de varios padres. Esencialmente dos: el citado Figueroa, que sobre los planos del desconocido Rodríguez fijó la imagen clásica del palacio creando su portada, el patio central y la iglesia (una joya de una singular modernidad); y Balbino Marrón, el padre de la Sevilla del XIX, arquitecto municipal, que lo adaptará a su función palaciega con un sentido del equilibrio tan depurado que casi no se percibe ruptura entre la imagen del San Telmo viejo y la embajada de los Montpensier. A él se deben tres de las cuatro fachadas del inmueble y el Salón de los Espejos. Hizo también algo más trascendente: convirtió San Telmo en una pieza arquitectónica singular. Hasta entonces estaba cercado por las construcciones circundantes, siguiendo el canon del antiguo palacio sevillano: una joya rodeada de arquitectura popular, común, vulgar a veces, siempre promiscua. Marrón es pues quien termina, por así decirlo, un edificio incompleto y difícil. Como casi todo lo que de verdad merece la pena en la vida.

El San Telmo que Vázquez Consuegra devuelve a Sevilla tras cinco años de obras inaugura probablemente la tercera etapa de esplendor del edificio. Y lo hace de forma similar, aunque distinta, a como en su día hizo el célebre arquitecto municipal: transformando algo para conservar lo que aún funciona. Buscando el equilibrio entre lo heredado y lo nuevo, un tránsito inevitable si se quiere perdurar en el tiempo sin llegar a caer en la mera caricatura. Sin dogmas, pero con respeto.

Vázquez Consuegra nos devuelve un edificio distinto y, sin embargo, profundamente fiel a su génesis. Otra cuestión es que este ejercicio pueda llegar a ser entendido. La arquitectura es un arte conceptual y de síntesis. Abstracta y concreta. Para entenderla hay que saber mirar. Conocer. Saber que las demoliciones acometidas no han sustituido traza barroca alguna, porque ya no existía, sino únicamente los siniestros camarines del seminario; que la galería corrida que funcionará como zona de exposiciones, desde la que se divisa el jardín, en su día era un sórdido aseo colectivo. Y que casi todo lo que el costumbrismo elogiaba de San Telmo fue destruido previamente por Talavera cuando planteó su reconversión en escuela eclesiástica. El nuevo proyecto devuelve la escala doméstica al norte del palacio, reinventa el ala Sur, incluido el antiguo patio de San Jerónimo, donde Basterra y Sagastizábal impusieron su simetría sobre la primitiva planta barroca (compleja y enreverada), y amplía un jardín escuálido.

Lo hace con sintaxis contemporánea. Con materiales y lenguaje del siglo XXI. Sin repetir lo antiguo pero, paradójicamente, inspirándose en lo preexistente para poder así acertar en el tránsito escogido para caminar. La verdadera esencia de las cosas nunca está en lo aparente. Ni en lo superfluo. Vázquez Consuegra es nuclear, subjetivo y correoso. Ha conseguido una arquitectura lírica que reinventa lo que nunca existió. Que lo convierte (casi) en un clásico.