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La madeja del CaixaFórum

Carlos Mármol | 4 de noviembre de 2012 a las 6:15

La indecisión y el cambio de criterio del gobierno de Zoido mantiene la incertidumbre sobre la construcción del centro cultural de la Caixa en las Atarazanas, el único proyecto privado real que ha apostado por Sevilla.

Decía Goethe, el poeta mayor de Alemania, que contra la estupidez humana hasta los dioses luchan en vano. El poder divino resulta estéril frente a la cerril obstinación de los hombres. No sé qué hubiera pensado el ilustre vate romántico, al que en su país todavía se le profesa una asombrosa devoción, todo lo contrario del pálido amor que algunos españoles aún tenemos por nuestros líricos, si hubiera pasado sus últimos días, aquellos en los que la vida nos colma con los postreros desengaños, en Sevilla en lugar de en Weimar. Probablemente se hubiera reiterado en su idea. No tenemos remedio.

Sólo así, por una obstinación sostenida, se explica que una ciudad como la nuestra, habitualmente huérfana de la atención del mundo exterior en igual proporción que se considera a sí misma el centro de orbe –en un universo sin nadie más, acaso el peor infierno–, lleve algo más de un año jugando con fuego y casi haya conseguido la gesta de quemar su última nave, dada su obsesión por cuestionar el único gran proyecto que tenía verdaderas opciones de convertirse en realidad en los próximos años. Hablo del CaixaFórum, el centro de vanguardia que la entidad que se ha convertido en dueña de las antiguas cajas de ahorros locales pretende levantar dentro del asombroso edificio de las Atarazanas.

En esta cuestión, que algunos consideran erróneamente resuelta, y que por el momento dista bastante de estarlo, se está poniendo en cuestión el escaso prestigio de Sevilla:aquel que nos pudiera quedar después de ciertas conductas políticas recientes. Se trata de la última oportunidad para que esta ciudad no quede definitivamente presa de una determinada concepción del mundo que frente a la modernidad y a la autocrítica fértil reacciona con espanto mientras abraza con devoción los vicios aldeanos de los ateneos antiguos y los cabildos añejos. Aquellos que nacieron bajo los sobrenombres de las sociedades de excursiones y juegos florales o las congregaciones devotas, donde lo único que se venera son los puñales.

Una necesidad cultural. La cuestión del CaixaFórum trasciende el aspecto urbanístico y político. Incluso supera el ámbito económico. Siendo todos estos factores importantes, lo que nos jugamos en este envite es la propia idea de la ciudad –entendida ésta como escenario propicio para la cultura–, que queremos para los próximos años. Un patrimonio inmaterial que para algunos no cotiza en mercado alguno, ni siquiera secundario, pero que resulta vital justamente ahora para afrontar muchos de los problemas que tenemos sobre nuestras cabezas, algunos de los cuales nos aplastarán durante décadas. Es lisa y llanamente una cuestión de supervivencia mental. Intelectual.

Una ciudad sin un sentido propio y profundo de la cultura es una ciudad muerta. Mucho más que una urbe en la ruina. En el acelerado proceso de argentinización en el que parece haber entrado España como resultado del estallido de la burbuja inmobiliaria nos falta ya lo mismo que a los argentinos les faltó en su momento –el dinero y la ilusión, perdidos después de un inmenso atraco a gran escala– pero además carecemos de lo único que a ellos les sobra: verdadera devoción por la cultura. Cosmopolitismo. Nuestra flor imposible.

En España, hundida por los excesos recientes, quebrada y sola ante un porvenir aciago, el trabajo hace tiempo que se convirtió en un bien (el más necesario) sin valor alguno, el esfuerzo quedó sepultado bajo la losa de la indiferencia y la presión de los linajes y la inteligencia sigue enjuiciándose como un problema. Un político ilustrado –de los que ya cada vez nos quedan menos– me decía el otro día que a él le parecía increíble que un país como Argentina, donde los teatros no cerraron ni en el peor momento y las librerías siguen siendo templos de la vida cotidiana, se haya arruinado sin remedio casi cada quince años a pesar de todo este extraordinario patrimonio intelectual. Es cierto. Una patología singular que oscurece aún más nuestro panorama: ¿si esto ocurre donde todavía se ama a la cultura qué es lo que le va a pasar a España, donde se desprecia?

El CaixaFórum de Sevilla no es sólo el proyecto de la obra social de una entidad financiera. Es bastante más: una determinada forma de ligarnos al mundo de la cultura con mayúsculas, aunque sea de forma lateral. Acaso la última. Puede que este leve sendero hacia otros mundos distintos a los habituales no sea perfecto. Pero resulta esencial precisamente en el contexto actual. Quizás sea esto lo que a algunos les provoca pánico: que Sevilla pueda tener una embajada dedicada a que quien quiera pueda ver el mundo –y por tanto a la propia Sevilla, que es lo realmente peligroso– desde otro prisma. Acaso por eso, y por la envidia, que aquí se sirve en vaso largo después de las comidas, haya quien todavía quiera tumbar este excepcional proyecto recurriendo, ilustres prohombres incluidos, a la vieja bandera de siempre: la protección del patrimonio histórico de la ciudad. El mismo que algunos han despreciado sin rubor alguno cuando les convenía desde hace demasiadas décadas. Medio siglo, casi.

Que en Sevilla haya gente que sueñe con congelar la ciudad en formol, como si fuera un muñón de la infancia, no es ninguna sorpresa. Algunos quisieran vivir en un museo de monumentos muertos a condición de ser los únicos visitantes. Pero que la máxima institución política de la ciudad se preste a este juego resulta sorprendente. Sobre todo si además lo hace a destiempo. Como mínimo, es incoherente con su propio discurso político. ¿Tiene lógica afirmar que los proyectos de la ciudad necesitan seguridad jurídica y que después sea el propio gobierno local quien se desdiga por intereses partidarios de su posición institucional sabiendo que esta postura bloqueará el último gran proyecto importante que podrá hacerse en la Sevilla del paro y la exclusión?

¿Miedo a gobernar? Eso, y no otra cosa, es lo que está ocurriendo con el CaixaFórum, cuyo calendario de obras ha pasado a ser más virtual que nunca. El Ayuntamiento, que al principio utilizó esta iniciativa privada para exaltar la imagen política de Zoido –el alcalde dijo hace casi un año que lo había desbloqueado en el ámbito urbanístico– ha cambiado sorprendentemente de criterio, igual que una peonza, y ahora no se digna a conceder la licencia de obras.

Sus razones no se sostienen: reclama un plan especial que, en el caso de un monumento con la máxima catalogación patrimonial, y con un proyecto arquitectónico tan definido, es a todas luces innecesario. Primero porque un plan es mucho más inconcreto para calibrar la reforma de las Atarazanas que un proyecto arquitectónico visado y validado por la Junta. Segundo porque en casos similares –el convento de San Agustín, sin ir más lejos– jamás se ha pedido. Y tercero porque quien tendría que respaldarlo legalmente es la Comisión de Patrimonio, que ya ha dado luz verde a la iniciativa en dos ocasiones con todas las garantías jurídicas necesarias y amplia publicidad.

El centro cultural de la Caixa ha superado con éxito el cursus honorum patrimonial. Es conforme a ley. Cuenta con un proyecto arquitectónico de calidad que respeta la herencia secular del edificio y es capaz de devolvérsela a los ciudadanos a través de la creación de un espacio público. Tiene un promotor solvente e inversión suficiente. ¿Cuál es el problema? ¿Acaso que alguien es incapaz de decidir porque tiene miedo a las consecuencias? En la Plaza Nueva hay quien cree que el CaixaFórum terminará como la biblioteca del Prado. ¿Piensan realmente en Sevilla o solamente en sí mismos?

Deberían leer a Tucídices:

“Los más valientes son los que tienen una idea clara de lo que está delante de ellos;la gloria y el peligro uno al lado del otro y, aún así, no se resisten a encontrarse con ellos”.

Urbanismo pluscuamperfecto

Carlos Mármol | 28 de octubre de 2012 a las 6:15

La recalificación del entorno urbano del Estadio de la Isla de la Cartuja es un ejemplo de ‘la eficacia’ del gobierno municipal en asuntos urbanísticos: un expediente que no se sostiene unido a una media verdad.

Hay quien piensa que un buen sistema para ocultar las carencias es dar gritos. Hacer un alarde para distraer la atención. Puede ser. En cualquier caso, éste es el sendero que ha elegido para el presente el gobierno municipal del PP, cuya extraordinaria mayoría en el Pleno –20 ediles tiene– parece ser proporcional a su falta de solvencia política. Especialmente en las lides urbanísticas. El alfa y omega de la política municipal. Una pena. Una triste realidad.

Estos días repaso la prensa atrasada –dicen no hay nada más antiguo que un periódico (de ayer)– después de un largo paréntesis. Al hacer el obligado escrutinio otoñal encuentro una extraña sucesión de golpes de efecto, en su mayoría fallidos, impulsados con vehemencia por el habitual equipo de guardia de la Alcaldía, que da la impresión de haber volcado sus energías en la delegación más problemática, donde sigue estando, tan rotunda como evidente, la misma piedra con la que desde hace ya dos años no deja de tropezar el alcalde.

El rosario tiene las cuentas muy claras. Las enumero. En el último mes el PP ha puesto al borde del fracaso al estratégico proyecto cultural del CaixaForum con un cambio de criterio inexplicable y caprichoso. Ha recibido un sonoro tirón de orejas en público por parte de la patronal sevillana por subir casi todos los impuestos. Comienza ya a escribir el preámbulo del gigantesco ajuste que viene y que no ha empezado todavía a vislumbrarse en toda su extensión: Sevilla Global ya no existe, Giralda TV va camino de la disolución. De colofón, según cuentan ciertas voces oficiales, ha hecho una recalificación como un estadio. La del coliseo de la Cartuja, que el viernes ratificó el Pleno.

El ‘episodio Decathlon’. Sobre esta cuestión merece la pena detenerse. Los exégetas del alcalde nos la transmitieron con tono marcial: “He dado las instrucciones oportunas para que se cambie el PGOU”, dijo el regidor. La versión oficial afirma que con la operación se busca que Sevilla no pierda inversores por culpa del marco urbanístico vigente. No es cierto. Aunque eso a ellos se ve que les importa poco. Nada. En su lógica política la verdad ha pasado a ser algo contingente.

Zoido acaso no ansíe con este nuevo movimiento más que otro argumento interesado en su perpetua estrategia de confrontación con la Junta. En caso contrario no se explica bien ni el fondo ni la forma elegidos. Francamente, la eterna canción del victimismo municipal cansa. Los ciudadanos tienen otras cosas que atender. La esencial: tratar de seguir vivos en el enorme océano de amargura en el que se está convirtiendo la vida diaria. En la Alcaldía parecen haber dejado de reparar en la rotunda postración por la que pasan miles de sevillanos y continúan vendiéndonos el libro de siempre: el superhombre contra los diablillos rojos de San Telmo. En fin.

En honor a la verdad, el único principio al que se debe un periodista, habría que decir que el episodio de Decathlon no es sino una muestra más del sentido de la eficacia de Plaza Nueva: es un expediente urbanístico que no se tiene en pie y que tan sólo persigue armar un relato político sesgado sustentado en una media verdad. Algo casi peor que una mentira.

La historia ya la publicó –en exclusiva– este diario. El equipo de gobierno del PP ha estado durante muchos meses dando un trato dispar y caprichoso a los inversores privados interesados en desarrollar proyectos inmobiliarios en Sevilla en función de quién fuera el promotor, no de pautas técnicas, objetivas y expresas. Mientras en el caso del aparcamiento de la Alameda o la recalificación de la Gavidia modificaba el Plan General sin más miramientos, a Decathlon, una empresa que quería abrir una gran superficie comercial junto al estadio de la Cartuja, le cerraron las puertas. El hecho resultaba contradictorio con el discurso público de la Alcaldía. No les importó demasiado. ¿Quién se iba a enterar?

Su actitud sólo se entiende debido a la competencia que existía entre la iniciativa de esta firma y el proyecto virtual de nuevo pabellón deportivo de la Federación Española de Baloncesto, después fallido. Dado que el alcalde es aficionado a ejercer de promotor deportivo, en las caracolas le dijeron a los de Decathlon que lo suyo no sólo no podía ser, sino que era imposible. Dos veces. En reuniones documentadas. En la sorprendente falta de interés del Ayuntamiento pesó también otro hecho: la recalificación del estadio de la Cartuja sólo beneficiaba a la Junta de Andalucía, gestora del recinto deportivo, con quien Decathlon tenía suscrita una concesión económica.

Al equipo municipal no le gustó nada verse retratado en esta suerte de urbanismo reversible. Es lógico. No salían bien. Lo inaudito es que apenas unos meses después quienes dejaron morir un proyecto que hubiera sido relativamente viable con determinados cambios quieran aparecer como salvadores de la patria. Justo ahora, cuando la compañía de artículos deportivos ya ha desistido de su iniciativa dada la respuesta oficial del Consistorio.

Zoido obvió al comunicar su marcial decisión todos estos antecedentes –molestos para el discurso del Ayuntamiento– y, como suele ser recurrente, culpó al anterior gobierno local de todo. Hasta de la guerra de Troya. Es el disco habitual: traspasar las responsabilidades propias a los demás se ha convertido en una insana costumbre en el PP. También lo hizo el concejal de Urbanismo, Maximiliano Vílchez, después de poner a la Caixa al borde de renunciar a la rehabilitación de las Atarazanas al culpar a la entidad financiera de hacer las cosas tarde y mal. Cosa que no deja de ser sorprendente si se tiene en cuenta que fue el propio gobierno del PP –ningún otro– quien dijo por escrito que este proyecto era totalmente viable sin necesidad de un plan especial.

La recalificación. Si se analiza el expediente de la recalificación del Estadio Olímpico –una parcela exterior, en realidad–, se verá que estamos ante un ejemplo de aquella excelencia suiza que nos prometió en campaña el regidor. El Consistorio va a modificar una normativa de aplicación general para dar cobijo exclusivamente a una hipotética situación particular cuyo promotor es inexistente. Una heroicidad. La fórmula no sólo es extraña, sino ilegal. Y lo es porque la figura jurídica en la que se sustenta –la reserva de dispensación– ha sido tumbada en los tribunales. El motivo: un Ayuntamiento no puede cambiar una norma general para satisfacer un interés parcial. De hacerse, el cambio debería alcanzar también a todos los otros propietarios de suelo en idéntica situación. Esperaremos a que el Consultivo se lo explique.

No es la única paradoja. Al tomar este singular sendero urbanístico, a quien realmente perjudica Zoido es al propio Ayuntamiento. Y lo hace además para beneficiar a la Junta. ¿No me creen? Es obvio: el Estadio verá incrementado automáticamente su valor patrimonial gracias a este urbanismo a la carta mientras el Consistorio, que es el titular registral de la mayoría de dotaciones deportivas de Sevilla, no porque todas ellas quedan excluidas de la nueva norma. Extraña forma de velar por los intereses públicos.

La operación además no soluciona nada. Y no permitirá la implantación de una gran superficie en el coliseo deportivo. El PP ha optado por modificar un artículo equivocado  –el 6.6.11 de las normas del PGOU– sin reparar en que en 2010 se modificó otro –el número 6.5.39– que sigue impidiendo legalizar “grandes superficies comerciales en suelo urbano consolidado”. Sólo es posible en terrenos urbanizables. El Estadio está en territorio urbano.

Vílchez dijo en el Pleno: “El PGOU no es infalible, ni perfecto, ni intocable”. Podría discutirse. De lo que ya no nos cabe  duda es de que al gobierno del PP le ocurre lo mismo. Ni es infalible, ni perfecto, ni intocable. Más bien parece un perfecto desastre. A pesar de su piadosa costumbre de creerse pluscuamperfecto. Laus Deo.

Viva el protocolo

Carlos Mármol | 7 de octubre de 2012 a las 6:15

El último trimestre de 2012 comienza sin que se hayan cumplido, de momento, las previsiones de ingresos del presupuesto municipal, cuya ejecución se revela incompleta justo cuando toca comenzar con el siguiente.

No pueden alegar ni ignorancia ni desconocimiento. Sabían de sobra lo que ocurriría y el jardín en el que se metían. Consecuencia de ver la política exclusivamente en el corto plazo. El último trimestre del año 2012 se inicia este mes de octubre, comienzo del imperceptible otoño sevillano, tan leve, sin que el gobierno local haya podido hasta ahora cumplir con las previsiones que él mismo hizo al elaborar las cuentas municipales del año fatídico que ahora entra en su recta final. El presupuesto municipal todavía en vigor tiene una trascendencia política superior a la de cualquier otro año. Dos elementos lo explican: fue el primero de Zoido como alcalde de Sevilla y se elaboró en un contexto económico adverso provocado por la suma de la crisis económica, el descenso de los ingresos municipales ordinarios y las consecuencias de los años de grandeur de Alfredo Sánchez Monteseirín. La célebre herencia.

Zoido tuvo que dirigir el Ayuntamiento durante los primeros compases de su mandato –seis meses– con las cuentas que aprobaron socialistas e IU, un factor que lógicamente jugaba en su contra, ya que el campo de acción del que disponía el alcalde tan sólo le permitía hacer modificaciones parciales de las cuentas en un momento en el que la recaudación ya no iba bien, al estar vinculada a la marcha de la actividad económica global y a unas ordenanzas fiscales que también procedían de su antecesor.

Un cambio con herencia. El arranque del mandato no fue, en términos económicos, nada sencillo. Quizás por eso las decisiones más importantes que tomó el gobierno local consistieron en una contradicción:desmontar los símbolos del pasado municipal más reciente (Plan Centro) para vender la idea de cambio sin dejar en paralelo de usar un argumento –la nefasta herencia– que precisamente remitía al pretérito en lugar de al presente. Y  que daba pocas pistas, y no precisamente optimistas, del futuro.

El viento, sin embargo, soplaba a favor. La ola de popularidad del regidor era enorme –los famosos 20 ediles, las advocaciones en la procesión del Corpus– y parecía harto difícil que nadie reparase, y mucho menos llamase la atención, sobre estas incoherencias argumentales, demasiado finas para ser percibidas por los ciudadanos, que estaban encantados unos, y esperanzados otros, con la idea del deseado relevo municipal. Los tiempos nuevos sólo se construyen con ciertas dosis de olvido sobre los malos momentos pasados, aunque en este caso desde primera hora el gobierno municipal siguiera explotando a su favor la ventaja que suponía contar con información delicada y el vicio de enfocar los faros, en cuanto alguien osaba hacer una mínima crítica, hacia el mandato anterior.

Todo esto empezó a cambiar a medida que los meses se sucedieron. El PP intentó, con éxito relativo, transmitir a los ciudadanos durante esta primera fase que su gestión estaría guiada por la austeridad, la profesionalidad y la eficacia. El saldo es muy discutible, si bien es cierto que en apenas un año su imagen, siendo ya peor que al arranque del mandato, está todavía muy lejos del deterioro que sufrió Monteseirín al final de su última Alcaldía. No es casual. En Plaza Nueva se sabía que las dificultades comenzarían cuando se pusieran a hacer números. No sólo para ver cómo estaban las arcas municipales, sino para con la realidad heredada –impagos, dinero escaso, promesas laborales sin presupuestar– poder marcar por primera vez sus propias prioridades en el documento político más importante: un presupuesto.

Luces cortas. Las opciones estaban fijadas desde el principio. El PP, pese a poder justificar su apuesta presupuestaria sobre la herencia recibida, sólo tenía dos caminos. O traducir directamente su programa de gobierno en el presupuesto o posponer determinadas medidas –las más impopulares, y las que según los expertos deben tomarse nada más llegar al poder– en el tiempo. Se optó por la segunda opción. Algo sorprendente si hablamos de un gobierno recién formado y con un apoyo electoral increíble. No era falta de ganas, sino consecuencia de un cálculo puramente electoral. Zoido sabía desde la oposición que si ganaba las elecciones el desgaste sería inmediato en caso de empezar a aplicar un plan de saneamiento y ajuste en el Ayuntamiento que inevitablemente pasa por reducir las plantillas en las empresas municipales, replantear convenios, ajustar los gastos a los ingresos –entonces ya en retroceso– y hasta abrir la puerta a privatizaciones de empresas públicas. Todo esto iba en contra del discurso de la campaña electoral, cuando no había ciudadano que se acercara al candidato del PP sin irse con una promesa bajo el brazo que no fuera a ser cumplida.

El desgaste de la figura política del alcalde era en todo caso asumible. Estaba en la cumbre. El PP confiaba en que fuera leve (lógico después del milagro de los veinte concejales) y podía responsabilizar de las medidas impopulares a la herencia, más que a la voluntad del nuevo gobierno. El problema no era estrictamente de índole municipal, sino autonómica. Apenas unos meses después los comicios regionales, en los que el PP era el claro favorito según las encuestas, debían cerrar el giro maestro:la victoria completa en todos los ámbitos de poder (municipal, regional y estatal) en España. Especialmente importante era la batalla de San Telmo: si Javier Arenas llegaba a la presidencia de la Junta el éxito, apoyo y sustento a las políticas municipales de su hipotético Gobierno regional estaba garantizado. Entonces se pondría en marcha el plan previsto:modificación por partes, pero integral, del Plan General de Sevilla; y cambios legales en consonancia con el programa de ajustes presupuestarios y asistenciales que se estudió en la oposición. Todo ello con un factor ambiental favorable. No habría más poder institucional que el del Partido Popular.

Con esa lógica Zoido hizo su primer presupuesto, consagrado, mayormente, al protocolo amable, su gran aportación política, junto a la promoción de eventos deportivos, en su año largo de mandato. La reducción del gasto (en realidad se ha desviado por otras vías) se programó en distintas etapas y se pospusieron hasta final de año decisiones críticas, como la renegociación de los convenios en las empresas públicas. No bastaba. Tuvieron también que fabricar un plan de inversiones irreal para vestir el muñeco porque el PP no podía dar a la oposición la munición que suponía la evidencia de un primer presupuesto sin inversiones reales. El discurso de que la ciudad se había parado de pronto sería imbatible. Ni siquiera el famoso argumento de la deuda heredada impediría que en plena guerra por conquistar San Telmo que el PSOE no aprovechase tal error.

El resultado fueron unas cuentas municipales –las que ahora entran en su tramo final– que son pura ficción, al estar supeditado su capítulo más importante a unas operaciones patrimoniales (la venta de la Gavidia, del edificio municipal de la calle Pajaritos y la subasta del mobiliario del hotel Alfonso XIII) que se sabían inviables. Zoido subastó la antigua grandeur del principal hotel de la Exposición del 29, pero se quedó sin los ingresos de los edificios municipales porque chocó con la legislación urbanística, su mayor talón de Aquiles. La recurrente confrontación con la Junta le permitió disimular el planteamiento de partida, pero casi un año después de la batalla urbanística ni ha vendido estos edificios ni ha ingresado el dinero que necesitaba para pagar las inversiones que prometió. Eran casi 20 millones de euros. Tras la estéril victoria electoral de Arenas, que alejó definitivamente a la Junta del PP, las cábalas municipales sólo han empeorado. Ni dinero, ni inversiones, ni sintonía con la administración regional. Ahora se aproxima el segundo presupuesto. Las cuentas de los inminentes recortes.

El tiempo, ese enemigo

Carlos Mármol | 30 de septiembre de 2012 a las 6:15

El mandato municipal de Zoido corre rumbo a su ecuador y augura una maquiavélica encrucijada: cada vez queda menos tiempo para un gran proyecto y menos para posponer el calendario del futuro ajuste municipal.

Tempus fugit, decían los clásicos. Las horas se esfuman aunque nos parezcan eternas. La vida corre. Todo muta. Buena parte de la cultura occidental está basada en las variantes sobre el concepto del tiempo. Dicen que es uno de los elementos que nos diferencian a occidentales y orientales. En la Europa del Norte el calvinismo lo convirtió en un lingote. Las horas son de oro, se dice. En el vértice meridional del Viejo Continente, en cambio, el grito de guerra es de estirpe latina: carpe diem. Aprovecha el momento porque, como nos dijera Quevedo, el tiempo es el único caminante que no se vuelve tras sus pasos. Ni tropieza ni mira hacia atrás. Los que miramos en dirección a los días vacíos del pretérito sólo somos nosotros.

La literatura clásica está llena de apelaciones a la eternidad efímera –un tiempo que se sueña detenido pero que se diluye– y maldiciones contra los relojes, los artefactos que con arena, mecánica o la propia luz del sol usamos para dibujar un relato, el de nuestra propia existencia, cuyo desarrollo siempre se nos escapa. En política ocurre lo mismo. Las horas cuentan. Los años pesan.

El principal activo de un gobernante no es el dinero ni las ideas, sino el tiempo. Antes de llegar al poder, cuando se está en la oposición, la batalla se plantea en términos de conquista electoral: el plazo de un mandato o una legislatura viene a ser el único método de medición. Cosa que no siempre beneficia a los administrados, a los que muchos políticos sólo valoran en función de la decisión que toman cada cuatro años: ir (o no) a votarles. Después, cuando se ha alcanzado la cima, que no siempre está tan lejos de la sima, el calendario, otra medida de tiempo, se impone: la planificación es la primera decisión estratégica que toma un gobernante instalado en el sillón del poder. Nada más coger el bastón de mando en un Ayuntamiento, lo inteligente es mirar la caja y, a continuación, medir los tiempos. Planificar.

Reinar o gobernar. No se trata de ningún capricho, sino de una evidencia: en política lo mejor suele ser enemigo de lo bueno, sobre todo si para alcanzar lo primero se carece de la habilidad necesaria para lograr lo segundo. Ocurre mucho más en el ámbito municipal, donde el tiempo útil de cualquier alcalde está devorado por las obligaciones protocolarias y sociales, dejando escaso margen temporal a las que quizás sean las tareas políticas más trascendentes: pensar, calibrar, dirigir, decidir. Sin ellas se puede reinar, pero no gobernar. Quizás por eso la obsesión de los políticos que conocen la vida municipal sea trabajar con un calendario global del mandato. Porque las iniciativas que no se culminan se convierten en frustraciones y aquello que no se empieza en su debido momento puede volverse pesado como la cadena de un reo. Será visto como una muestra de incapacidad.

Que los mandatos municipales se limiten a cuatro años es garantía de que un mal gobierno no será eterno, aunque a veces priva a las ciudades de un futuro estable. Los ciclos políticos integrales generalmente requieren un mínimo de ocho años. Los motivos son dos: una ciudad no se transforma en un año y buena parte de las energías de los gobernantes se pierden en poner a caminar –hacia la dirección correcta– la maquinaria municipal, que es un organismo con males de origen decimonónimo y demasiadas costumbres ajenas a los tiempos.

No es pues ninguna locura lo que dice el viejo consejo de un regidor sevillano: “el primer año piensas y, si puedes, inicias los proyectos; el segundo los impulsas y los supervisas. El tercero, los compruebas. Y el cuarto año los cuentas. Si fallas en cualquiera de estas fases sencillamente estás muerto. Llegarás a la reelección con problemas”.

Hay quien cree que a Zoido ya le está ocurriendo justamente esto. Acaso por eso Soledad Becerril, la única alcaldesa que ha tenido el PP en Sevilla, le aconsejó al llegar a la Alcaldía que hiciera pocas cosas, pero bien. Sabía de sobra por experiencia propia que el calendario es el primer enemigo de un alcalde. La guillotina constante. Después vienen las tareas de representación institucional, muy útiles para el contacto electoral permanente con ciertos sectores sociales pero, por contra, estériles para sacar adelante los proyectos, sean éstos grandes –estratégicos– o pequeños.

Posiblemente sea una extraña broma del destino, pero en el caso de Zoido no hay metáfora más acertada para representar esta encrucijada que la que él mismo utilizó, sin reparar en su vigencia, durante su última fase en la oposición. Decía entonces, cuando era un candidato con muchas opciones, pero no todavía el alcalde con mayor respaldo electoral de la historia en Sevilla, que quería que la ciudad funcionase como un reloj (suizo). Una acertadísima expresión: denotaba algo de europeísmo, eficacia y puntualidad. Todo lo contrario a lo que históricamente ha sido la gestión de los sucesivos gobiernos municipales sevillanos, con independencia de su diferente signo político.

Pues sí: todo se resume en un reloj. Hasta los socialistas, una vez asumido su batacazo tras las elecciones, planificaron su primera etapa de oposición al PP sobre un sencillo eje de coordenadas: la primera fueron las promesas electorales múltiples de Zoido; la segunda, el tiempo. Hasta hicieron una web para medir los incumplimientos del gobierno municipal, lo que no deja de ser en cierto sentido un reconocimiento: no buscan todavía ilusionar los electores, sino decepcionar a los contrarios. Bautizaron el invento como El cronómetro, robándole el nombre a la célebre relojería de la calle Sierpes.

Su lectura, lógicamente, es interesada. Pero incluso si no se comparte su enfoque parece obvio tras más de un año y medio al frente del Ayuntamiento que el principal enemigo del PP no es Espadas –el portavoz socialista– ni el líder de IU, Antonio Rodrigo Torrijos, al que el equipo de Zoido castigó civilmente para llegar al poder tanto como ahora lo ignora, sino la figura del propio alcalde en relación al paso de los meses. Su famoso reloj. El tiempo va a ser el factor que inclinará en un sentido o en otro la valoración de este mandato municipal. Un recurso efímero, escurridizo y que dificulta la estrategia política porque, al contrario que otros elementos, las impresiones que fija el mero discurrir del calendario no pueden negarse, matizarse ni disfrazarse.

En la Plaza Nueva todo lo justifican por la mala herencia recibida. Un argumento que cada día está más amortizado. No por capricho: es el mero paso del tiempo quien lo desgasta. Muchos ciudadanos, entre ellos votantes del actual alcalde, han visto en este periodo cómo las promesas se han ido quedando en gestos y la buenas intenciones en reprobaciones hacia otros que ya no están. El ejecutivo local ha perdido mucho tiempo (que era su mayor activo) haciendo de oposición de la oposición, sin comprender que su problema no está en el pasado, sino en el futuro.

A medida que las elecciones quedan más lejos en la distancia se acorta el tiempo de gracia y se aproxima el momento del gran ajuste municipal, que viene obligado por la nueva ley municipal y la situación económica del Consistorio. El plan de adelgazamiento, que costará votos, sacrificios y disgustos, tiene fecha. Un calendario de hierro. El tiempo, que fue el gran aliado del PP en la oposición al contribuir al desgaste completo de Monteseirín, empieza a jugar ahora en su contra. Tanto por los meses  transcurridos sin fruto como por los dos años de previsibles quebrantos que restan de mandato. La maldita encrucijada del reloj.

Bagatelas de otoño

Carlos Mármol | 15 de septiembre de 2012 a las 6:15

Bueno, pues ya tenemos culebrón político para este otoño. La paralización del Metro, que más o menos se daba por descontada en los mentideros, vino ayer a tomar cuerpo –como en la misa– cuando el alcalde, al igual que Artur Mas tras la Diada, cogió la bandera hispalense, almagra pasional, y proclamó que no consentirá más “agravios” de la Junta contra Sevilla. Aunque uno, como Baroja, no lo llamaría precisamente agravio, sino una pura bagatela política. Entretenida para algunos, pero estéril.

Que el regidor del PP defienda el proyecto entra dentro del guión. Es natural. Razonable. Lo que ya no resulta tan comprensible es que haga una cruzada interesada de una desgracia común y extendida –la paralización de los contratos de obra pública– en la que el PP, que es quien administra el tijeretazo general, tiene bastante que decir, sin entrar a recordar que la línea 1, que ahora la Alcaldía pone como el ejemplo a seguir, la pagó la Junta, unos ayuntamientos de signo socialista y el Gobierno central, entonces del PSOE.

El PP nunca soltó un duro para el proyecto. Es así. La apelación a la gran batalla, pues, habría que ponerla, dados estos precedentes, entre comillas. Parece que el mensaje que quiere lanzar Zoido es: en Andalucía no se invierte porque los rojos no dan confianza. Bueno está. Para la cuestión que nos ocupa, en realidad, la retórica decimonónica sólo sirve para hacer barquitos de papel. Rojas Marcos y Becerril –en su difícil cohabitación municipal– reclamaron todas las semanas durante casi una década a la Junta que hiciera el Metro. Apelaban a la dignidad y al orgullo hispalense.

La cosa permitió manchar muchas páginas de periódico pero el proyecto no resucitó hasta que el PSOE vio que si quería retener la Alcaldía para Monteseirín había que pasar por el arco alejandrino. “O Metro o la Alcaldía será para la marquesa”. Hubo Metro.

La solución que ahora necesitamos no es política. Ni técnica. Sabemos cómo debe ser la red integral de Metro. Lo que no tenemos es una solución financiera. Y lo que se espera de los gobernantes es que lo arreglen, no que lo empeoren. Así que haya paz y talento. Por favor.

El nuevo dogal municipal

Carlos Mármol | 2 de septiembre de 2012 a las 6:05

La reforma legislativa que prepara el PP para reducir la capacidad política de los ayuntamientos siembra el terreno para la privatización y disolución de casi todas las empresas municipales antes de agosto de 2015.

La fábula es uno de los géneros literarios más eficaces que existen para contar una historia. Desde los reinos de Mesopotamia a los imperios clásicos (Grecia y Roma), pasando por sus reformulaciones medievales, estos cuentos permiten contemplar todo el bosque en lugar de dejarnos mirando el árbol. Ayudan a entender lo complejo de forma sencilla. En Sevilla empezamos a vislumbrar una de ellas. Con el inevitable correr del tiempo terminará haciéndose realidad.

El motivo, a priori, parece baladí. Es natural: los grandes secretos salen a la luz gracias a una leve fisura. Los socialistas han vuelto del verano con ganas de marcar el nuevo curso político municipal. Su portavoz, Juan Espadas, ha denunciado que el gobierno de Zoido piensa desmantelar la Empresa Municipal de la Vivienda (Emvisesa). Sus palabras sentaron muy mal en el PP y provocaron una reacción inmediata. El gobierno niega que Emvisesa vaya a disolverse con el argumento habitual: “si esta empresa está en la ruina es porque PSOE e IU [coalición que no existe desde hace más de un año] acometió a su cargo la construcción del nuevo Fibes”.

Contradicciones. Hasta aquí todo normal. Es lo de todas las semanas. La oposición critica a Zoido y el gobierno se defiende haciendo de oposición a la oposición. Un bucle perpetuo. Sin embargo, la extraordinaria intensidad de la respuesta municipal da que pensar. ¿Por qué tanta virulencia con una mayoría absoluta de 20 concejales y un horizonte de casi tres años?

Sin entrar en demasiadas honduras, su posición incurre en algunas contradicciones. Cito sólo dos. Primero, una de ámbito escénico: ¿si la construcción de Fibes es para el PP una operación ruinosa por qué el alcalde se fotografió frente a este edificio durante una de sus poses estivales? La segunda es de sentido común: ¿no es natural que exista incertidumbre sobre el porvenir de las empresas y organismos municipales si el equipo de gobierno ya ha disuelto Sevilla Global y tiene a Emvisesa sin actividad cierta?

La directriz de la Plaza Nueva ante este tipo de noticias es negarlas categóricamente. Según su versión, no habrá privatizaciones, ni despidos de empleados públicos, ni desmantelamiento de las empresas municipales. Todo responde, a su juicio, a la necesidad del líder de la oposición de llamar la atención. Ya veremos si toda esta galería de negativas sucesivas es incierta.

Los hechos son los que son: Emvisesa tiene 15.000 demandantes de vivienda social y hace ya casi un año derogó el Plan de VPO existente sin plantear ninguna alternativa. El PP argumenta que está buscando suelo para construir estos pisos –prometió hacer 1.000 al año– y alega que el anterior programa residencial del Ayuntamiento sólo era “virtual”.

No tiene que ir muy lejos para buscar los terrenos: todos están delimitados en el Plan General. Su problema no es el suelo, sino encontrar inversores privados que urbanicen y construyan. El PP se haría un favor a sí mismo si contase sencillamente esto en lugar de inventarse la ficción de que no hay suelo disponible. ¿Por qué no lo hace? ¿Acaso porque, incluso con el suelo urbanizado, estos pisos ya no tendrán una línea de ayudas estatales –las cortó Zapatero y Rajoy no las va a recuperar– y buena parte de la demanda potencial para comprarlos es insolvente? Misterio.

La reforma que viene. La cuestión de fondo, sin embargo, va mucho más allá del caso puntual de Emvisesa. Se trata del programa global que prepara el PP para reformar el Ayuntamiento de Sevilla. Está cocinándose desde hace más de un año. Contempla la posibilidad de privatizar buena parte de los servicios públicos y disolver muchos entes municipales.

El proyecto no responde a una elucubración de la oposición, sino al análisis objetivo de la reforma legislativa que prepara el Gobierno central para reducir la capacidad política local. Un revolución sin precedentes en la arquitectura municipal española que prácticamente dejará sin autonomía a los consistorios. Un proyecto al que no es ajeno el alcalde. Ha sido hasta hace apenas unos pocos meses presidente de la FEMP.

Si el conflicto de Emvisesa de esta semana es el árbol, el anteproyecto de ley para reformar la administración local es el bosque de la fábula. El plan está perfectamente trazado. El texto definitivo de la ley todavía no se ha hecho público. No es extraño: será una bomba política. Los borradores que circulan no dejan muchas dudas. El Gobierno reformará la ley de bases de régimen local y parte de la norma de las haciendas municipales para que el criterio de solvencia económica sea el único que se aplique en la gestión municipal. Dicho así no suena trascendente. La realidad es distinta.

Si hacemos una lectura en clave sevillana de este proyecto legislativo las consecuencias son que Zoido tendrá que acometer antes del año 2015 una profundísima remodelación del consistorio hispalense que incluye privatizaciones, la disolución de muchas empresas y organismos autónomos e, inevitablemente, despidos. Ninguna empresa municipal es ahora solvente. Emasesa, la joya de la corona, dejó de serlo ya durante la etapa en que fue dirigida por Manuel Marchena, el gran valido de Monteseirín.

El modelo municipal del PP implica pues la desaparición de las actuales competencias locales en materia de medioambiente, sanidad, educación, mujer, vivienda y cultura que ahora ejercen los ayuntamientos. En Sevilla estos cambios afectarían de lleno a Emvisesa, al servicio de mantenimiento de los colegios públicos, a buena parte de la asistencia social y a organismos como el ICAS, el brazo ejecutor de toda la política cultural.

También a Tussam, Lipasam, Mercasevilla y la empresa pública de aguas. Cuando se apruebe esta nueva norma legal, el Ayuntamiento sólo podrá seguir gestionándolas directamente si alcanzan el equilibrio financiero –algo imposible sin reducir personal– o si, aplicando el principio de intervención subsidiaria, no resultasen interesantes para la iniciativa privada. Dicho de otra forma: todo es potencialmente privatizable salvo aquello que no genere beneficios.

No se trata de una mera expresión de intenciones. Hay un calendario cerrado. A partir de la aprobación de la ley se fija un plazo de apenas un año –31 de diciembre de 2013– para aprobar un plan de saneamiento en cada empresa y organismo municipal. Para superarlo hay que despedir o incrementar exponencialmente los ingresos ordinarios.

Si el déficit no ha sido eliminado el 31 de diciembre de 2014 –dentro de dos años–, estas entidades públicas entrarán en situación legal de disolución forzosa. Desaparecerán. Los ayuntamientos no pueden elegir: si los alcaldes no lo hacen la ley impone una disolución “automática” con la fecha límite del “1 de agosto de 2015”.

Salta a la vista que este plan de ajuste municipal va a generar mucha conflictividad social y un alto grado de deterioro político. Con razón decía Aristóteles que la fábula es una de las seis partes de la tragedia. El cierre del círculo es completo porque la norma estatal también impedirá a los ayuntamientos vender parte de su patrimonio para salvar a el balance de las empresas e impedir que sean disueltas de oficio dentro de tres años. No se ha dejado nada al azar. Los sindicatos municipales son los únicos que van a tener trabajo.

El Ayuntamiento de Sevilla pasará así de ser una de las administraciones con más actividad –debido a su cercanía a los ciudadanos– a un mero coordinador de servicios. Los alcaldes se limitarán al protocolo. Algunos dirán que esta fábula no es cierta. El Ayuntamiento igual hasta se atreve a hacer un mentís que mentirá.

No importa. El tiempo nunca tropieza. Sólo hay que esperar al consejo de ministros de cualquier viernes. No es raro que algunos crean que Zoido no va a presentarse a la reelección a la Alcaldía. Ganar después de esta reforma sería un milagro.

La patología de las estatuas

Carlos Mármol | 19 de agosto de 2012 a las 6:15

La instalación del monumento dedicado a Juan Pablo II en la plaza Virgen de los Reyes, junto a la Catedral, provoca una controversia pública en la que se mezclan la disparidad estética y el sentido de la identidad urbana.

En Sevilla la obsesión por las estatuas va camino de convertirse en una patología grave. Intratable. Esta semana, durante el ritual del ecuador de agosto que para los sevillanos más tradicionalistas significa la festividad de la asunción (mariana, por supuesto), el Ayuntamiento y la autoridad eclesiástica, que en estas cosas y en otras muchas siempre van de la mano, inauguraron con el máximo protocolo el monumento en honor a Juan Pablo II que una asociación civil llevaba seis años intentando colocar en alguno de los espacios públicos del centro.

Para celebrarlo hubo un concierto de la banda municipal, discursos varios de congratulación y la constatación del éxito que todavía tiene en una parte de esta ciudad aquello que –antaño– se llamaba una cuestación popular. Esto es: hacer una colecta para una determinada causa piadosa o benéfica. Una variante patria de los famosos rastrillos.

Claro que en este episodio lo primero que habría que preguntarse es si el fin –honrar la memoria del anterior Papa, convertido por la Iglesia en beato gracias a un procedimiento express– es realmente una causa benéfica. No tanto porque se atisbe en tal iniciativa lucro económico –cosa que sí sucedía en tiempos no demasiados lejanos– o el supuesto objetivo piadoso sea discutible en el caso de un líder religioso como Karol Wojtyla, tan adorado por algunos como cuestionado por muchos otros. Como todos los personajes relevantes.

El orgullo promotor. No se trata de todo esto. Tiene que ver con otra cosa. Una característica intrínseca de Sevilla: cuando aquí alguien propone erigir una estatua para mayor gloria de un tercero la lógica habitual, que se supone basada en la generosidad, se trastoca. Al final termina siendo mucho más importante quién promueva la cuestión que la iniciativa misma. Se aprende mucha sociología mirando a quienes forman el grupo habitual de sevillanos civiles. En Sevilla el homenajeado termina siendo un puro pretexto, aunque inevitablemente su elección proyecte (sobre el espacio colectivo) una determinada creencia, ideología y escala de valores.

La patología de las estatuas, en esto, es muy similar al incesante medalleo institucional: algunos han convertido en materia intrascendente al premiado –en algunos casos con motivo, porque hay demasiados honores para tan escasos méritos– sólo para que toda la atención pública se concentre en los inductores de la cruzada. Los que dan las cosas. ¿A quién le importa el personaje de la estatua o la medalla si los protagonistas reales son aquellos capaces de hacer su propia muesca en un lugar simbólico?

No es casual. Ninguna de estas iniciativas buscan cobijo en la Sevilla real (la urbe extramuros), sino reconquistar –al modo de don Pelayo– una parte noble de la ciudad ideal que sigue encerrada mentalmente dentro de las antiguas murallas. Obsesiva costumbre hispalense que se disimula con el argumento de que para hacer estas cosas hay que buscar lugares dignos. Como si determinadas partes de Sevilla no lo fueran o pudieran llegar a serlo precisamente por ubicar en ellas este tipo de hitos.

Siendo Sevilla, como es, una ciudad escénica, teatral, hipócrita en tantos sentidos, no es extraño que esta ceremonia de las estatuas se preste a una lectura (nada sutil, por otra parte) en términos de poder. Incluida su vertiente aldeana. Algunos disfrutan de la capacidad de reinventar el paisaje colectivo, que no tiene dueño pero se quiere manejar en función de determinados valores particulares, mientras otros tienen que esperar sentados durante años a que se produzca un milagro que jamás llega: que algunas autoridades municipales se dignen a atenderles. No es cosa nueva. Ni patrimonio local. Pero aquí no deja de suceder.

Sevilla rinde culto a las imágenes por un evidente afán de emulación, principio sobre el que pivota la vida social. Sobre el culto a las figuras se sustenta la gran representación histórica y social –la Semana Santa– y la posteridad todavía se confunde a ojos de muchos sevillanos con el honor de tener una escultura propia. Quizás porque sea una de las bellas artes más concretas que existen. Una disciplina que admite una escasísima polisemia –al contrario que la música, por ejemplo;pura forma– y que acota la capacidad de interpretación del espectador.

En Sevilla no entendemos el arte abstracto ni el conceptual. Sólo nos mueve el afán de estar. La ciudad sigue indefensa ante los caprichos de los grupos de influencia. Unos son bienintencionados. Otros están obsesionados con la gloria –siempre efímera– de creer ser mucho más de lo que son. Y no por sus méritos, sino por la mera presencia.

No hay mayor signo de prepotencia –como nos demostró el caso de Monteseirín con el célebre Parasol– que tratar de condicionar el paisaje colectivo con los propios caprichos, sean éstos del signo que sean. Bajo estos intentos sólo late un espíritu de patrimonialización de la ciudad que tiende a ignorar que la sociedad ya no es la de antes y que la lectura de los espacios públicos debe ser plural, que no es lo mismo que ecuménica. Entre la diversidad y el cosmopolitismo hay una diferencia nítida: consiste en la calidad de la mirada, no en la absurda repetición de un cómodo sistema de cuotas.

El mal, de todas formas, viene de lejos. Con Rojas Marcos y Becerril en el Ayuntamiento ya se perpetraba la reinvención a capricho del nomenclátor. Los gobernantes que en teoría representaban a todos dieron aliento a la sustitución del callejero histórico –herencia cultural y, por tanto, patrimonio– por una Sevilla folclórica y cofrade cuya fijación es rendirse culto a sí misma. Sin límites.

Un concejal de aquellos años –Manuel García (PP)– terminó después siendo elegido hermano mayor de la Macarena. Entre sus méritos en favor de la hermandad, que nadie discute, probablemente estuviera sustituir la antigua calle Escuderos por Jesús de la Sentencia. Dejó hasta una placa para que no hubiera dudas de la autoría.

Desde entonces todo ha ido a peor: el anterior gobierno local (PSOE e IU) se repartió los honores escénicos por cuotas. Los comunistas rindieron homenaje a sus héroes –José Díaz, primer secretario general del PCE– mientras los socialistas, siempre temerosos de cuestionar el histórico statu quo sevillano, terminaron poniendo estatuas por doquier. Desde a la duquesa de Alba, que ya gozaba de palacio y de una rotonda en Torneo, a pagar con el dinero de todos una parte del monumento a la madre del Rey que la patronal andaluza puso frente a la Maestranza. A caballo, para que no hubiera confusión.

Zoido da ahora alas al mismo revisionismo del nomenclátor (le ha puesto el nombre de un capataz a la vieja encrucijada de Los Terceros) y abraza cualquier iniciativa –deportiva y religiosa, sobre todo– que le permita hacerse fotos. Nada ha cambiado demasiado. Es cierto que los actores son distintos. Pero el teatro permanece. Inmutable.

Una mirada discreta. No es que haya forzosamente que discutir los méritos de los perpetuados en mármol o bronce, que serán (o no) estimables. Se trata de reivindicar, porque es lo que aconseja el sentido común, que, siendo imposible la coincidencia plena, estas cuestiones se decidan con cierto consenso. Es lo mejor si se quiere guardar respeto a los personajes elegidos y a la propia historia de la ciudad. Pero se antoja difícil: las fiebre de las estatuas es ya una ceremonia tan lamentable como aparatosa.

Salta a la vista al contemplar el escaso respeto a la escala de las últimas aportaciones: un Papa casi a tamaño natural o la irreal amazona regia. En Sevilla hay ejemplos de cómo hacer estas cosas con algo más de sentido de la proporción: figuras respetuosas con la propia ciudad, hechas para mejorar el espacio público, no para ocuparlo. Estatuas que no gritan, sino que son síntoma de cultura. Es el caso de la de Cervantes, en Entrecárceles, o Mozart, frente al río.

Homenajes que no necesitaron ni bendiciones ni incienso para encarnar a una Sevilla cosmopolista, capaz de mirarse a sí misma y al mundo, de la que cada vez quedan menos señales. Al menos, en las plazas.

Viajes hagas y los cuentes

Carlos Mármol | 12 de agosto de 2012 a las 6:06

La visita de Zoido a los Juegos Olímpicos provoca una leve tormenta de verano con la oposición, que aplica al regidor la receta que el PP usó para llegar a la Alcaldía: sembrar dudas sobre la rentabilidad de estos viajes.

No nos habríamos ni enterado si una cámara de televisión no hubiera cazado la imagen. Pero no hay mal (para el gobierno local) que por bien (para los ciudadanos) no venga. El alcalde ha pasado esta semana cinco días en Londres, donde la épica llama olímpica todavía se consume, para participar en un acto promocional de condición institucional: la organización en España del Mundobásket 2014. Hasta aquí todo perfecto. Normal.

De la naturaleza del desplazamiento nos informó el propio Consistorio a través del twitter del regidor. Menos de 140 carácteres y sólo después de que circulara por las redes sociales –traicioneras– una instantánea que mostraba al alcalde ya in situ y muy alejado de las egregias imágenes que nos envía su “director gráfico”. Mientras el relato oficial nos mostraba a un Zoido activo, a pie de tajo, sin fatiga, durante el tórrido verano sevillano –vigilando el carril-bus, en la fábrica de Artillería, en el Vacie–, la primera autoridad municipal ya estaba en realidad en tierras británicas. Pérfida Albión.

Era de esperar que el episodio, menor pero ilustrativo, degenerase en una breve tormenta de verano. El PSOE reclama información del viaje, su coste y todos los detalles relacionados con el particular. El gobierno local aplica el protocolo usual. Admite lo evidente (negar lo obvio suele ser el primer error) y minimiza la cuestión volviendo la vista atrás con las tesis de rigor: con Monteseirín y Cía esto era un dispendio –cierto es– y a los ciudadanos no les cuesta dinero porque lo ha pagado un tercero; en este caso la Federación de Baloncesto. Por tanto, no hay tema. Esto último sí es bastante discutible. La importancia de las cosas no depende de quien pague, sino del criterio que se tenga. Aquí hay asunto.

El pasado, ese enemigo. Lo que ocurre tiene más que ver con el pasado –y su interpretación política– que con el momento actual. Aunque en este tema el pretérito es siempre presente. Zoido es libre de ir a Londres a promocionar lo que estime conveniente –esta decisión está dentro de sus atribuciones como alcalde– al igual que en su día su antecesor elegía pensando en los intereses generales si había que hacer una gira (o varias) de promoción por Estados Unidos para vender a Sevilla como destino de negocios.

Estas misiones comerciales, que acostumbran a dar escaso rédito –las estrategias que funcionan requieren más trabajo que presencia– forman parte de la normalidad. Convertirlas en un escándalo es pisar el terreno de la demagogia política. Cierto es que (antes y ahora) este tipo de aventuras deben abordarse al menor coste posible para el erario público. Con sobriedad. Sin familia ni séquito. La única diferencia con respecto a la situación anterior es que los papeles se han invertido: quien ahora viaja es Zoido, que fue implacable durante su etapa en la oposición a la hora de sembrar dudas sobre las giras de Monteseirín. Hasta el punto de parecer que un regidor no podía moverse de la Plaza Nueva. Un aldeanismo inexplicable, por otro lado

El PSOE está aplicando al PP la misma medicina que hasta hace un año el actual gobierno suministraba desde la oposición: amplificar las cosas ordinarias para transmitir a la opinión pública una imagen de dispendio, como si el único factor para valorar los viajes institucionales fuera su coste. Desde antiguo se sabe: sólo el necio confunde valor y precio. Las cosas hay que enjuiciarlas en términos de su rentabilidad en relación a su coste. Por eso el actual equipo de gobierno elude la cuestión de fondo: ¿Sirven para algo estos viajes? Habría que preguntarse qué es más importante: si el coste de la excursión propiamente dicha o la prolongada ausencia del regidor de los asuntos locales, cosa que no depende del sitio donde se encuentre, sino de cómo se fija su agenda política.

Con dinero público. Frente al argumento que utiliza el Ayuntamiento –como paga otro, no hay debate– siempre he pensado que lo preocupante no es que un político viaje a costa del erario público –siempre y cuando los gastos sean razonables y no suntuarios; sin familia y sin colaboradores–, sino que se preste a determinadas invitaciones. Nadie da duros a pesetas. Ciertos pagos en especie antes o después terminan en un cruce de favores  que pueden condicionar –en ciertos casos– la exigible independencia política que otorga una mayoría absoluta. Siempre es mejor tener como alcalde a  un hombre libre que a un promotor deportivo patrocinado.

Por otra parte, el argumento de que quien pagó el desplazamiento fue la Federación de Baloncesto (FEB) es débil. Infantil. Tan frágil como el que usó el gobierno local –por boca de Gregorio Serrano, el concejal superlativo– para justificar el polémico desfase de un millón de euros que nos dejó la organización de la final de la Copa Davis. “Es que la Junta y la Diputación no participaron”, vino a decir, obviando la mayor. Si lo hubieran hecho el coste al erario hubiera sido superior, pues ambos organismos manejan dinero del contribuyente.

Con sus particulares variantes, algo parecido le ocurre a la FEB: una parte de su financiación depende de las arcas públicas, al igual que pasa con otras entidades corporativas del mundo del deporte. El dinero lo cobran en función de una serie de programas, pero sale del mismo sitio: del bolsillo de los ciudadanos.

Si alguien lo pone en discusión, véase el BOE, que en mayo de este mismo año, en estos tiempos inmisericordes de crisis, aprobó una serie de subvenciones a las federaciones deportivas, al igual que desde diferentes administraciones se hace con los sindicatos, los empresarios y otras entidades civiles y religiosas. Todas dependen, en un porcentaje variable, del dinero de los ciudadanos. La autofinanciación es una asignatura pendiente del cuerpo social español y, especialmente, andaluz.

El patrocinador. Así pues, que quien abone la escapada sea oficialmente la FEB viene a ser, además de una cortina de humo, lo de menos. Monteseirín también se fue a Turquía con su hombre de confianza en un jet privado al final de su mandato y el argumento dado al PP, entonces en la oposición, fue el mismo: es que paga otro, no los sevillanos. La pregunta de antes continúa siendo aplicable ahora: ¿Y para qué lo paga? ¿Qué tiene que darle Sevilla a cambio? Todo esto, claro, no se explica en un mensaje de twitter. Ni para poder comprenderlo sirven la luz (relativa) ni los taquígrafos que, afortunadamente, no son iguales a los periodistas, aunque algunos sueñen con cronistas como los transcriptores del Congreso, que sólo copian; no piensan por sí mismos ni pretenden analizar nada, que es peor.

Lo más llamativo del caso es que la FEB, a cuyo presidente Zoido concedió una de las medallas de Sevilla por su buen hacer en favor de la ciudad, es, además de representante institucional de un deporte, otras muchas más cosas distintas. Entre ellas, un operador inmobiliario con determinados intereses que pueden (o no) coincidir con el beneficio general de la ciudad. Ocurrió igual con la Federación de Tenis. A la vista está que acoger la final de la Davis fuera bueno para Sevilla es discutible, sobre todo dado el balance definitivo de la aventura. Y, sin embargo, quien lo cuestiona es poco menos que un hereje.

Viniendo de un ejecutivo que dice no creer en los dogmas urbanísticos –la ley, en realidad– no deja de resultar divertido, aunque como demostró hace poco el caso Decathlon (en colisión con el primer proyecto de la FEB para el Mundobásket) el urbanismo del PP tienda a ser reversible en función de lo que se decía en el Siglo de Oro: por ser vos quien sois. Zoido hace bien en promocionar lo que crea oportuno. Ahora sólo resta que nos cuente dónde irá el pabellón del Mundobásket y cuánto nos costará el capricho. Y, como dicen en las escuelas de negocio, si el proyecto tiene retorno, y no se queda, como siempre, sólo en un billete de ida.

Sevilla: el vaso medio vacío

Carlos Mármol | 5 de agosto de 2012 a las 6:06

El Ayuntamiento se gasta 14.000 euros de dinero público en hacer una encuesta para examinar los servicios municipales y, de paso, rastrear la posible intención de voto. La conclusión:Sevilla aún sigue sin funcionar.

Una encuesta que sólo recoge aquello que se quiere oír es la mejor receta para el autismo político. Tiene devotos, no crean. El gobierno municipal, tras varios días poniendo el parche antes de que saliera la herida –sabedor de que no quedaría bien–, ha querido hacer “un ejercicio de transparencia” –el término es suyo– y publicar los resultados del sondeo que, con el dinero de todos, contrató entre mayo y junio para saber cuál es la valoración de los ciudadanos sobre su gestión, cómo funcionan los servicios públicos y todos aquellos datos que a los políticos les interesan para diseñar sus estrategias. Muchas gracias, hombre. Es todo un detalle.

Que este tipo de sondeos se financien con el dinero de los impuestos, y encima se justifique, dice bastante de cuál es el concepto que ciertos gobernantes sevillanos tienen de los contribuyentes: somos gente cuya única función consiste en asentir y pagar. El Consistorio, desgraciadamente, no es una excepción en esta tónica dominante –la cosa es habitual desde hace años en la Junta y en la Diputación– a pesar de las altas dosis de azúcar con las que el equipo municipal acostumbra a aderezar sus postres.

La encuesta, realizada por la empresa que gestiona el 010, pregunta a los sevillanos por su percepción sobre la ciudad pero incluye en sus cuestionarios asuntos que forman parte de lo privado: ideología, sentido del voto y simpatía por los referentes municipales. Algo que el edil responsable de su realización (Beltrán Pérez, el hombre subvención del gobierno local), todavía no ha explicado bien. Ni lo va a explicar. Es natural: no puede. Si dijera la verdad del caso tendría que dimitir. Todavía no está en la edad.

Con independencia de este lamentable hecho –los partidos deberían dejar de pagar sus sedes con la consignación de los grupos institucionales, como le ocurre al PSOE y contratar con sus propios fondos sus encuestas, recomendación que no respeta el PP– la lectura del sondeo Beltrán depara momentos de placer inauditos que ayudan a pasar la tarde. Tras su análisis uno termina convencido de que, en lugar de en Sevilla, vive en Marte.

El aprobado, raspado. La lectura oficial de la encuesta afirma que los ciudadanos han aprobado a Zoido por la mínima. Un cinco. Si hubiera sido al contrario probablemente la figura política del alcalde se hubiera diluido interesadamente en el genérico “gobierno local”. Nos lo enseñaron los clásicos: la victorias siempre son cosa de uno; las derrotas siempre están huérfanas de protagonistas. Son de todos. El dogma del suficiente, sin embargo, es discutible: un aprobado justísimo (en una encuesta con cocina política) y con un margen estimado de error del 3% no es precisamente para felicitarse.

Sobre todo si en muchas de las respuestas los ciudadanos que son incapaces de valorar la gestión e incluso identificar los méritos concretos del actual equipo de gobierno son numerosos. Por ejemplo: hasta un tercio de los encuestados no saben ni contestan cuando se les pide que digan cuáles son los aspectos más positivos de la gestión del PP en el Ayuntamiento. El 20%, en cambio, piensa que todo ha ido a peor.

Por tanto, más de la mitad de los encuestados o no tienen ni idea o son críticos con la gestión del gobierno local. Repárese en la glosa oficial de este capítulo: “La respuesta más repetida, sin referirse a ningún hecho concreto, va encaminada [es de suponer que lo que el encuestador trata de usar sin llegar a conseguirlo es el verbo resaltar] a los intentos del gobierno de actuar de la mejor manera posible”. ¿Les parece una lectura objetiva? Más bien se diría que es cándida. Enternecedora.

La ‘micropolítica’. Nadie lo ha dicho estos días, pero la encuesta Beltrán tiene otro mérito oculto: confirma que la leyenda urbana de la micropolítica –el término también es del PP local– no es sinónimo de éxito. En el año largo de mandato de Zoido, una de cuyas principales banderas políticas han sido las cuestiones domésticas, muchos ciudadanos no ven que los “intentos” del equipo de gobierno se concreten en su entorno más próximo.

El aprobado virtual se convierte así en suspenso: casi un 40% de los encuestados no aprueban la gestión municipal que se desarrolla en su ámbito más cercano. Sólo un 2,5% de los sondeados dicen haber visto con sus propios ojos los efectos de la micropolítica. Esto debería preocupar –y mucho– en la Alcaldía por aquello de la famosa pieza teatral de Pirandello: Así es si así os parece. Si esto es lo que piensan los ciudadanos, quizás ocurra que la propaganda municipal no funcione más que en los entornos favorables. La calle no hace precisamente la ola a la gestión municipal.

De hecho, la seguridad, la limpieza y el tráfico siguen siendo las grandes preocupaciones al evaluar el funcionamiento de la ciudad. Una constante que apenas si varía en cualquier estudio de opinión sobre Sevilla. Todas ellas son tareas primordiales del Consistorio. Parece evidente que algo no está funcionando. Quizás por eso se pregunte a continuación con insistencia algo que no tiene nada que ver con los servicios municipales: “¿Qué periódico lee usted , qué radio escucha y qué televisión prefiere?”.

A tenor de esta pregunta habría que preguntarse quizás si la verdadera preocupación en la Plaza Nueva no tiene que ver más con su imagen que con su gestión. Ambas cosas no son exactamente lo mismo. Gestionar bien favorece la valoración ciudadana, pero tener buena prensa no es lo mismo que gobernar con acierto.

Esta es justo impresión que deja el sondeo: el PP quiere atisbar si la valoración que se tiene del gobierno local en la calle –donde están los votantes– sigue respondiendo al guión preestablecido de las buenas apariencias. Parece que hay dudas. Sensación de desgaste prematuro. Existe la posibilidad, aunque para algunos sea remota, de que la opinión publicada del equipo de Zoido –generalmente favorable o muy benigna– no coincida ya exactamente con la opinión pública. Justo al contrario de lo que le ocurrió en su día a los socialistas.

La prioridad, sin resultado. Otro de los elementos del sondeo es su aparente incoherencia. En todas las encuestas se registran contradicciones –el juicio de los ciudadanos no tiene que responder fielmente a los criterios de coherencia argumental– pero determinadas afirmaciones categóricas contra tendencia dan que pensar. Y mucho.

Un caso: ¿cómo es posible que la valoración global del gobierno local sea un aprobado raspado si lo que menos puntúan los ciudadanos de su trabajo es justo aquella cuestión que socialmente se estima más importante? El paro y los problemas económicos focalizan la agenda política y social desde hace cinco años. Dos terceras partes de los ciudadanos creen que éste es el asunto capital.

La diferencia con respecto a otros problemas además es abismal y al menos un tercio de los encuestados consideran que esta cuestión es competencia exclusiva de Zoido (un 53% estima que es compartida con otras administraciones). En este campo en el último año no se ha avanzado nada. ¿Tiene pues lógica el aprobado?

Según la encuesta Beltrán, tal milagro (a favor del equipo de gobierno) se produce por la organización de la Semana Santa, la Feria o la Copa Davis (entonces no se sabía el déficit que ha dejado el torneo). Es una forma de verlo. Hay otra: Sevilla sigue sin funcionar, que es lo que se prometió. Todavía restan tres años de mandato. Pero para ciertas cosas comienza a ser tarde.

El equipo de Zoido tiene muchos factores a su favor, pero también empieza a tenerlos en su contra. Fin del idilio. La proporción entre quienes ven el vaso medio lleno y medio vacío ya no es tan insalvable. Un posible trasvase de opinión es una hipótesis factible. El rostro ideal que el PP dibujó en la oposición puede estar resquebrajándose. Veremos.

Tres instantes, una factura

Carlos Mármol | 29 de julio de 2012 a las 6:06

La organización de la final de la Copa Davis, uno de los primeros hitos de la era Zoido, termina con un déficit de casi un millón de euros. El gobierno local, que afrontó en solitario la factura, culpa ahora a Junta y Diputación.

Se dice con frecuencia que una imagen vale más que mil palabras, así que como el tema requiere gozar de una cierta extensión de página –los análisis necesitan un mínimo de tiempo, reposo y un caudal de argumentos– les voy a intentar resumir la cuestión a través de la breve glosa de tres instantes temporales distintos. Todos ellos vinculados directamente con una imagen. Una fotografía. Una suerte de metáfora.

Uno. El viaje iniciático por el río.

No sé si recordarán la instantánea. En su momento causó furor: Zoido y el presidente de la Federación Española de Tenis, José Luis Escañuela, triunfantes, montados en la cubierta de un barco deportivo junto a un séquito de enchaquetados –directivos de ambas instituciones– arribando por el río al Arenal, junto a la Torre del Oro, con la ensaladera de la Davis en la mano.

En aquel momento la alianza mutua entre el alcalde y el máximo responsable institucional del tenis español se había hecho estrecha –do ut des– con el pretexto de que Sevilla había logrado el aval federativo para organizar este importante evento deportivo. El barco, cosa que no contaron porque rompía la épica, era prestado: un amigo de Serrano (Gregorio), uno de los hombres para todo del regidor, hizo las gestiones pertinentes.

Conocía el gremio: es aficionado a la náutica. De ahí que, frente a lo que le ocurrió a otros capitulares, tuviera el inmenso privilegio de salir en la imagen institucional, protagonismo que la Alcaldía reserva exclusivamente para el alcalde. La expedición recordaba a las míticas incursiones de los antiguos normandos que en el siglo IX llegaban a Isbilya en busca del posible botín que pudiera ofrecer una ciudad, por entonces, en manos de los infieles. La expedición de la Davis, en cambio, venía en son de paz. El acta del negocio ya había sido rubricada.

En esencia: el alcalde, recién llegado al poder, rentabilizaba en términos políticos el evento deportivo y la Federación de Tenis se garantizaba una línea de crédito abierto procedente de los fondos de una administración pública para costear el evento. Algo nada fácil en un contexto económico pésimo que aconsejaba no hacer locuras con el dinero común. Valencia fue la única competidora de Sevilla. Madrid y Málaga se retiraron antes de la liza.

Dos. La tierra batida.

Un día antes de que comenzase el torneo en el Estadio de la Isla de la Cartuja, cuando la moda entre los simpatizantes sociológicos del PP municipal era hablar de tenis con una naturalidad pasmosa, al igual que en las estivales carreras de caballos de Ascott se diserta sobre los tocados y sombreros de las damas, regulados por el estricto protocolo británico, el alcalde abría la sección deportiva de todos los telediarios probando personalmente con su raqueta las pistas de tierra batida, donde unas horas después los equipos nacionales de España y Argentina –con sus respectivas estrellas– se disputarían la ensaladera.

Zoido, vestido con un polo y ropa deportiva, practicaba su famoso revés ante un oponente cuya única misión cierta consistía en facilitarle al regidor el cómodo intercambio de golpes. Llamar a aquella ceremonia peloteo no era una licencia expresiva con mala intención, sino una obligación descriptiva. Sevilla organizaba la Copa Davis para que Zoido contase nada más llegar al gobierno local con una plataforma mediática a su medida.

La versión oficial ponderaba los beneficios económicos que la cita deportiva tendría para las empresas sevillanas y situaba por toda la ciudad un lema: Sevilla, ciudad talismán. Una frase que parecía tener en realidad mucha más vinculación con la reciente victoria política del regidor en las municipales, que lo convirtió en la estrella emergente de un PP en su mejor momento electoral.

La vinculación entre deporte y política ha sido desde entonces una constante del año largo de gobierno del PP en el Ayuntamiento. Una estrategia que busca utilizar en su propio beneficio el inmenso potencial de los eventos deportivos, de seguimiento masivo. Una táctica para consolidar y fortalecer la imagen del regidor, que practica desde sus tiempos en la oposición un populismo de sonrisa perpetua que consiste en encabezar personalmente todas las muestras de entusiasmo por cualquier cuestión que se presuma de impacto popular:desde las victorias deportivas a iniciativas de corte televisivo, como la famosa Operación Talento.

Tres. Una medalla para Escañuela.

Tras el torneo, que salió redondo en términos deportivos –victoria de España en una final emocionante– y políticos –vino el Rey y hasta Griñán tuvo que acudir a un palco al que previamente se había negado a ir– parecía obligado agradecer el favor a quien permitió a Zoido alcanzar semejante cuota de pantalla. Se impuso el patrón habitual. Era justo el que usaba Monteseirín: hacer de la entrega de las medallas de la ciudad la ocasión propicia para, bajo el paraguas de los beneficios generales, pagar favores particulares. Algo que el antecesor de Zoido en la Alcaldía hizo de forma repetida, constante.

Así llegamos a la tercera instantánea, en este caso inédita: el alcalde concediendo una de las medallas de Sevilla a José Luis Escañuela, presidente de la Federación de Tenis, amigo del regidor y hacedor de la operación para que la Davis viniera a Sevilla. Que el premiado fuera un abogado con conocidos antecedentes republicanos fortalecía todavía más la imagen de Zoido como nuevo símbolo de concordia política. Escañuela, sin embargo, no fue a recoger el galardón.

Había, no obstante, quien se preguntaba entonces cuánto nos había costado –a todos– esta sucesión de imágenes egregias. El Ayuntamiento, sabedor de que los números no le eran favorables, ha dilatado todo lo que ha podido la respuesta. Esta semana el habitual concejal en alza, Gregorio Serrano, desvelaba las cuentas: un déficit de casi un millón de euros.

Cifra que incumple la promesa del PP: la organización de la final de la Davis sería un gran negocio para Sevilla y tendría coste cero para los contribuyentes. No es verdad. Y es un problema: en el momento más delicado de los recortes municipales, la fiesta –innecesaria– del torneo nos deja otro balance de números rojos. Si tenemos en cuenta que una de las promesas del gobierno local fue administrar el dinero de los sevillanos con sobriedad, el episodio, como mínimo, resulta molesto. Rompe el discurso.

El PP culpa ahora de este déficit a las instituciones del PSOE: Junta y Diputación. Su argumento: como no pusieron el dinero previsto (por el Ayuntamiento), al contrario que en 2004, el balance tenía que ser por fuerza negativo. De esta justificación, tan débil, se deduce que lo del déficit cero no era más que una promesa virtual. Lo que el PP perseguía era socializar las pérdidas del torneo. Autofinanciarse no es lo mismo que una deuda subvencionada. Quien decidió correr con todos los gastos en solitario fue el Consistorio. Por tanto, la responsabilidad es estrictamente municipal.

Al PP no parece importarle el fondo de la cuestión: que los ciudadanos sean siempre quienes paguen este tipo de cuestiones. Lo que no explica, ni va a explicar, es por qué el Ayuntamiento, que aceptó las condiciones leoninas de la Federación, incluidos los gastos suntuarios, incumplió su propio presupuesto. El gobierno local dijo que la Davis costaría 2,5 millones de euros. La factura final ha sido de 3,8 millones.

La reutilización de la cubierta, que se compró en vez de alquilarse, sigue siendo un misterio. ¿Dónde está la cubierta? ¿Puede realmente reutilizarse? Todo esto recuerda al célebre ubi sunt de los clásicos. ¿Dónde fueron a parar los tiempos de austeridad? ¿Dónde está el cambio?