El ejecutivo diocesano

Carlos Navarro Antolín | 22 de octubre de 2018 a las 5:30

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BUENO Monreal (1904-1987) fue el cardenal que adaptó la Iglesia de Sevilla al Concilio Vaticano II. En 1973 convocó un Sínodo que supuso meses de trabajo en la Catedral, en largas sesiones de grupos de trabajo que se organizaban en capillas y en las que, como curiosidad, se empleaban máquinas de escribir y las sillas de enea tan características del templo metropolitano durante muchos años. En la logística de aquel Sínodo colaboró junto al sacerdote Antonio Hiraldo, vicario general y secretario general del acontecimiento, un jovencísimo sevillano que atendía por Jesús Pérez Saturnino (Sevilla, 1941), llamado a ser el gran ejecutivo de la Iglesia de Sevilla durante casi treinta años. En aquel sínodo, por cierto, las cofradías recibieron un gran zamarreón, se las instó a ponerse al día, tener más vida eclesial, adquirir más compromisos de cara a la sociedad, abrir las puertas… A partir de entonces florecieron las casas de hermandad, las cuadrillas de hermanos costaleros y los grupos jóvenes que han llegado a nuestros días. Y esa apertura fue posible porque en aquel sínodo participaron cofrades que supieron entender el mensaje y que, lejos de atrincherarse, se pusieron las pilas. Tuvieron luces largas. En aquellas sesiones participaron cofrades de la talla de Ramón Pineda, Ramón Martín Cartaya, José Sanchez Dubé, Ricardo Mena Bernal, Antonio Hermosilla, Joaquín de la Peña, José Rueda…

Pérez Saturnino conoció en directo la gestación de la diócesis de los siguientes 50, 60 o 70 años. Su experiencia fue clave, así como su perfil de hombre resolutivo, de empresa privada y con fuerte compromiso cristiano. Congenió siempre con el cardenal Amigo, que desembarcó en Sevilla en 1982. Don Carlos le encomendó un papel principal en casi todos los hitos de su pontificado: las dos visitas del Papa Juan Pablo II, el congreso internacional de hermandades y el traslado de Santa Ángela a la Catedral. Pérez Saturnino llegó a alcanzar tal grado de influencia que no pocos se referían a él como Jesús… del gran poder. Si hablaba don Jesús en las largas sesiones de trabajo de cualquiera de esos acontecimientos, se podía dar por hecho que la suya era la opinión del prelado. Y si don Jesús decía que tenía que consultar algún aspecto con don Carlos, estaba claro que así sería. Ha sido probablemente el laico más influyente en la Diócesis sevillana durante casi tres décadas, a lo cual han contribuido su enorme capacidad de trabajo y su profundo conocimiento de la realidad de la Iglesia en España, con especial atención también a la curia romana.

Pérez Saturnino es un apasionado de Roma que, además, está al día del quién es quién de los cardenales y de los principales cargos vaticanos. Fue miembro consultor del Pontificio Consejo de Laicos y tiene una fluida relación personal con Piero Marini, maestro de ceremonias que fue de Juan Pablo II. Marini fue quien simbólicamente cerró las puertas de la Capilla Sixtina (“Extra omnes”) para que diera comienzo el cónclave. Cuentan que en 1993, estando el Papa en Sevilla a punto de comenzar la ordenación de varios sacerdotes en el Pabellón de Deportes de San Pablo, en una de las tardes de mayor calor que se recuerdan, Marini mandó pararlo todo y anunció por megafonía: “No empezamos hasta que venga Jesús Pérez Saturnino”. Un sacerdote comentó que el tal Pérez Saturnino debía ser alguien muy importante, pero otra asistente que oyó el comentario replicó: “No se crea, no es nadie importante”. Quien hizo este último comentario era la esposa de Pérez Saturnino.

Hombre austero, sin concesiones. Fumador, muy fumador. Gran lector. De muchos viajes regresa con una maleta de más por la cantidad de libros que ha comprado. Su biblioteca tiene de todo sobre la Iglesia y su gran pasión: la liturgia. Siempre procura que cualquier ceremonia se ajuste a la liturgia romana, de ahí que en ocasiones haya chocado con la afición de las cofradías por antiguas y barrocas formas. Hay quienes lo han visto como azote de los cofrades, cuando en realidad no era así. Simplemente trataba de cumplir, por decirlo de alguna manera, la normativa vigente, por llevar a la práctica las enseñanzas conciliares. Por ejemplo, si en Roma se usa un único incensario, no hay por qué usar dos en las funciones de las cofradías.

Y su perfil de hombre pragmático podía quizás revestir algunas de sus decisiones de cierta frialdad. A él se atribuye que la Virgen de la Pura y Limpia quedara directa y repentinamente sobre el presbiterio, sin pedestal, en la Statio Orbis de 1993 en el campo de la Feria, lo que generó cierta polémica. Pérez Saturnino siempre lo ha atribuido a disposiciones del equipo del Papa, que con buen criterio expusieron que en una eucaristía la Virgen no podía tener más protagonismo que el crucifijo. A algunos no se les olvidará el disgusto de Juan Castro, hermano mayor de la Pura y Limpia, cuando se percató de que la imagen mariana estaba desprovista de basamento. Por fortuna todo se solucionó cuando el Papa Juan Pablo II llegó al altar y se arrodilló ante la virgencita del Postigo.

La vida son recuerdos de aquellos años de estudio en el Seminario de San Telmo, de donde no salió un sacerdote, pero sí una persona profundamente vinculada a la Iglesia. La vida es salir muchísimas noches a las once o doce de la noche del Palacio Arzobispal por estar trabajando en esos grandes acontecimientos que le tocaron gestionar. La vida es madrugar y acostarse tarde en Roma para pasear, pasear y pasear por la ciudad eterna. Y sentarse a ver pasar la vida… en Roma. La vida es controlar los impulsos de quien sabe de liturgia casi más que todos los que están en la curia local. A veces le cuesta guardar silencio. Y hasta en alguna ocasión, en otros asuntos, se le ha oído: “Eso no esta bien así, señor cardenal, pero si usted quiere que se haga así, se hace así”. Disciplina se llama.

Don Carlos le daba mucha libertad y él sentía (y siente) predilección por monseñor Amigo. Como es lógico, alguna vez chocaba con el secretario personal, el hermano Pablo, pero nunca eran refriegas que dejaran heridas. Se imponía la diplomacia vaticana. La vida es ir junto al sacerdote Francisco Navarro por el Vaticano y recibir el saludo marcial de la Guardia Suiza. Testigos de la escena se preguntan todavía si era porque reconocían a Navarro, que fue del cuerpo diplomático de la Santa Sede, o si era por Jesús… y su gran poder. La vida es la felicidad cuando don Carlos retorna a Sevilla para bautizarle un nieto. La vida es una forma de ser sevillano por la que uno se ríe para adentro, se ríe para sí mismo, cuando oye algún disparate de uno de los muchos hermanos de la cofradía de los enteraos que radica en esta ciudad.

Tan experto fue siempre Pérez Saturnino en cuestiones de liturgia que don Carlos creó un cargo para él: maestro de ceremonias episcopales. A excepción de las que tenían lugar en la Catedral, el cardenal era asistido por Jesús en todas las ceremonias. La verdad es que toda la notoriedad de Pérez Saturnino ha sido en el altar. Fuera de altar no ha sido hombre de buscar fotos ni otros protagonismos. Acumular tal grado de influencia durante tantos años lo convirtió también en diana de algunos críticos, que le culparon de que el cardenal Ratzinger no participara en el congreso de hermandades que se celebró en Sevilla al ser visto entonces como un purpurado excesivamente conservador.

Tuvo un papel muy importante en los preparativos del traslado de Santa Ángela a la Catedral, junto con cofrades como el historiador Joaquín de la Peña Fernández. Hubo que hilar fino para desactivar la idea de usar el paso de la urna del Santo Entierro. Dicen que de aquellos actos masivos salió don Carlos relanzado definitivamente como nuevo cardenal, por el impresionante eco que tuvieron en la Conferencia Episcopal y en Roma. Y, por cierto, quedó el acuerdo de que aquellas andas, fabricadas expresamente para la ocasión, se desmontarían y almacenarían. Y así se hizo.

El día de la despedida de don Carlos y del recibimiento de don Juan José Asenjo en la Catedral, fue Pérez Saturnino quien estuvo rápido para reclamar que los fieles acudieran a recibir la comunión del nuevo prelado, pues la inmensa mayoría hacía cola para recibirla del cardenal. Tacto se llama. Un día recogió los bártulos y dejó su despacho del Palacio Arzobispal. Ciclo terminado para seguir leyendo, fumando y, tal vez, riéndose para dentro. Y, por supuesto, para seguir ejerciendo de lector puntilloso que no deja pasar a ciertos periodistas un fallo en asuntos de la Iglesia, sobre todo si son cuestiones de liturgia.

La obsesión por el orden

Carlos Navarro Antolín | 14 de octubre de 2018 a las 5:00

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EN la sociedad de desarrapados de hoy, donde por el mero hecho de llevar una simple camisa te preguntan si te han invitado a una boda, hay gente que le queda como un traje a medida el antiguo adjetivo de emperifollado. Sostiene el maestro sastre Fernando Rodríguez Ávila, el que recogió la medalla de la ciudad junto a Felipe González, que el hombre de hoy se ha desvestido porque la mujer se ha desvestido con anterioridad. Vestir bien, que hoy consiste simplemente en ir vestido, supone ir a contracorriente. En Sevilla hay un señor que aparece en cualquier acto y llama la atención por el terno, la camisa de cuello duro y los zapatos impolutos. Tiene un punto de provocación en el estilo, le va la marcha de saberse juzgado cuando es sometido al primer escrutinio, y sabe que en la ciudad es conocido como El Pija o El inglés.

José Pérez Benítez (Madrid, 1957) ha sido muchos años el rostro de la consultora Ernst&Young en Andalucía, hoy rebautizada como EY. Impronunciable lo primero y lo segundo. En sus años en primera línea de batalla ha combinado la imagen ortodoxa con la labia fácil, el perfil duro y altivo con la sonrisa del relaciones públicas, la estética de tiburón de los negocios con el ejercicio del amable anfitrión. Ha sido el rostro de la compañía en el Sur de España, con un estilo particular que incluía el detalle de invitar a los competidores a la cena anual en los salones del Consulado de Portugal.

La verdad es que Pepe Pérez entra en un acto y no se sabe si lo hace un actor de cine o un torero del siglo XIX, si lo hace Torcuato Fernández Miranda o Buster Keaton. Y si entra en la sede histórica del Labradores parece un diputado tory. De entrada es una persona que genera algún ceño fruncido. Y eso, en el fondo, le produce cierto placer porque le convierte en inaccesible, una ventaja si se tiene en cuenta la de años que se ha pasado recibiendo peticiones de colocaciones para amigos e hijos de amigos. Este Pérez, que nunca ha renegado de ser un Pérez y que jamás se ha puesto preposiciones superfluas delante del primer apellido, se ha hartado de dar trabajo, incluso en algunos casos con demasiada generosidad, que ya se sabe qué ocurre cuando se le da pan a perro. Guau.

Hombre nervioso, tremendamente nervioso, obsesionado por el orden, por controlar todos los detalles y por tenerlo todo previsto: desde la decoración de todos los rincones de la casa a la hora de la reserva de la mesa en el restaurante, desde el planchado de la camisa a la habitación que le deben asignar en el hotel. La vocación de auditor la plasma en todos los órdenes de la vida, trufada siempre de lo que algunos conocen como sibaritismo productivo. Se paga sus caprichos y es esclavo de su puntillosismo.

Hijo de una madre jiennense y de un padre sevillano, nacer en Madrid fue una casualidad. Pepe Pérez se cría en Andújar y se forma en Sevilla, una ciudad que le viene como uno de esos trajes que se prueba veinte veces en Javier Sobrino. Tiene hondo arraigo en Cantillana por la familia paterna. A Javier Arenas se le habla de Pepe Pérez y te suelta: “Don José Pérez Benítez, ¡de Cantillana!”.

Pérez tiene una fuerte vocación de anfitrión. Sólo lo pasa mal, incluso alcanza el estado de angustia contenida, si alguien le vierte una cerveza en la mesa o en la alfombra. Cuentan que su obsesión por el orden le lleva a alisar los cojines del sofá en cuanto el invitado se levanta un momento para ir al baño. Lo hace con disimulo pero es fácil trincarlo. Para sus cenas cuenta con un asistente singular, un mayordomo de nacionalidad india que atiende por Sebástian. Sí, con la tilde en la primera a. Cuentan que es toda una experiencia comprobar los esfuerzos de Pepe Pérez por explicarle a Sebástian las diferencias entre una torrija y un pestiño.

–Sebástian, traiga usted unas torrijas, por favor.
Y Sebástián trae pestiños.
–No, Sebástian, los dulces cuadraditos, los cuadraditos.
Y Sebástian venga a servir pestiños hasta que es mejor dejarlo por imposible.
–A comernos los pestiños, que no están malos.

La limpieza y la pulcritud están en el escudo de su casa civil. Pérez tiene los trajes y los coches igual de limpios. El vehículo siempre parece recién salido del concesionario. Y también la vespa que tiene del 58, una moto de colección, uno de esos antojos que se autoconceden los hombres de triunfo. Cuentan que en Sotogrande tiene un porsche, pero no lo trae a Sevilla porque sabe que esta ciudad está llena de buenísimas personas, pero miles de buenas personas, que aquí no caben las buenas personas de tantas como hay, que sabrían apreciar (por las que hilan) que es un coche comprado a base de trabajo. Mejor dejarlo aparcado en invierno y lejos de la ciudad para no alterar la salud estomacal de los allegados.

Un día le encargó a un carpintero un mueble de cedro a medida para guardar los gemelos y los relojes. Entre sus relojes favoritos figura el rolex que su padre le regaló al finalizar los estudios. Todos los zapatos son guardados con sus correspondientes hormas de madera. Y siempre limpios, muy limpios. Tan limpios que ni en la Feria presentan una capa de polvo. Aseguran que se desplaza por el real caminando por el pavimento de adoquines para evitar el albero. “Don José, ahí tiene usted el cepillo”, le dicen al llegar a la Caseta del Aero.

La vida es pasear por el centro al perro salchicha que atiende al nombre de Duque. Nunca le gustaron especialmente los animales, pero este can ha generado un sentimiento de protección y mimos en este vecino del centro que aprovecha esos paseos para dar cuenta de algún habano. La vida es cuidar el peso sin necesidad de ir al gimnasio. Si hay excesos, se quita del pan y de los fritos. Su meticulosidad para todo encuentra un excepción cuando da rienda suelta al hábito de comerse las uñas. Ahí pierde toda la paciencia que, sin embargo, muestra ante el espejo para peinarse con abundante cantidad de fijador de la marca Patrico. Peine y cepillo, cepillo y peine. La vida es paciencia que rima con vehemencia cuando las estrofas del día a día así lo requieren. La vida es ir de caza con Gonzalo Madariaga, colocados ambos desde el alba en esos puestos de alguna finca próxima a Sevilla. La vida son los toros vividos como abonado del 3 en la plaza de la Maestranza. La vida es soñar con que una cofradía pase por delante de su casa para poder tener invitados y atender a los amigos. Con lo cómodo que es ver una cofradía en un balcón sin soportar chácharas ajenas, pero… allá cada uno.

Su arraigo en Sevilla es fuerte, salvo en cuestiones de Semana Santa, donde se instruye poco a poco como hermano del Baratillo de la mano de Moeckel y próximamente de alguna más. Una Madrugada protagonizó una de las anécdotas más memorables. Llamó a Endesa para quejarse de que se había ido la luz en la calle. Era ya noche cerrada. Tenía invitados en casa para vivir los días grandes. Pérez fue enérgico en su protesta. “Claro, señor, hemos cortado el suministro como todos los años porque va a salir una cofradía, ¿sabe usted?”. Era la del Silencio. Otro año estaba en un balcón de la Campana e invitó a subir a una dama apremiándola porque estaba pasando “el Gran Poder”. Era la del Calvario.

La Feria que se pasó sin caseta fue una particular pena para quien se recrea recibiendo y atendiendo. También le sirvió para saber con qué techo podía contar. En las desgracias se conoce a los amigos, decían los romanos. Al Rocío no irá hasta que lo alicaten. Y a la Feria volverá con caseta en 2019. Y con Sebástian, que lo acompaña para ayudarle a atender a la legión de invitados, Juan Ignacio Zoido incluido. Si ha de vivir la Feria por la noche, retorna a casa para quitarse la chaqueta de hilo y ponerse el traje oscuro. Censura que haya gente que siga con el terno de color barquillo cuando se han encendido las bombillas del real. Cuando baila sevillanas hay quien dice que parece que está danzando una jota.

Ahora vive los días dorados de la prejubilación. Sigue en los listados de invitados a los actos de la ciudad. Y mantiene la disciplina de los horarios y los contactos. Está al día de todos los movimientos de ese mundo empresarial donde gira el tiovivo de los ejecutivos estresados. Sigue sin disimular cuando alguien no le entra por el ojo. Habla poco en las reuniones de trabajo y observa mucho. Y, en cambio, es el protagonista arrasador en las reuniones de asueto.

Nunca le verán con anillos o cadenas. Sí con gafas de sol de las más variadas. A sus 62 años podría protagonizar algún que otro anuncio de perfume caro para talluditos con vitola de interesantes que, además, pueden presumir de haber sido el socio más joven de la compañía. Aunque, por fortuna, no es de los que pegan la brasa hablando de sí mismos. Los días de lluvia gasta gabardina a lo Dick Tracy y paraguas de Loewe. Y los de frío escoge alguno de sus cotizados abrigos oscuros, idóneos para esos funerales de alto rango en El Escorial que salen retratados en el couché. Se inventa ensaladas combinando sabores originales, colecciona cuadros de Salinas y Suárez, invierte en grabados de Piranesi, procura no compartir mesa en el AVE y siempre deshace el equipaje y recoge las maletas cuanto antes nada más regresar a casa de algún viaje. El orden, obsesión por el orden.

Ahora tiene la ventaja de que recibe menos llamadas de teléfono para colocar ejemplares de esa generación criada en la debilidad y en la hipercomodidad. Quizás ahora comprenda que hubo años de excesiva dedicación al trabajo. Pero nada que no se resuelva con un paseo en la vespa por Sevilla, Roma andaluza que todavía conserva adoquines. Porque el porsche conviene dejarlo en Sotogrande. Aquí el mejor porche es el de las casas. Sebástian, traiga unas torrijas y así probamos los pestiños.

El pensamiento veloz

Carlos Navarro Antolín | 7 de octubre de 2018 a las 5:00

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HAY más abogados en Sevilla que tipos de aceitunas. Por eso fue un acierto que el Ayuntamiento dedicara una plaza al gremio en 2007: Plaza de los Letrados de Sevilla. Sí señor. Con acuerdo unánime del Pleno, bandera, música y amplio reportaje en La Toga, que es el BOE de los abogados de Sevilla trufado con decenas de fotos del decano Gallardo, fotos donde el número de retratados es impar. ¿Por qué? Porque así el decano se asegura salir siempre en el centro. Habilidad se llama. Cuando el decano se marche del puesto solo nos quedará Eduardo Herrera, presidente perpetuo de la Federación Andaluza de Fútbol, como último mohicano del paisanaje de la Sevilla de los años 80 y 90. Todo cambia, nada permanece. Hasta la tienda de Cañete la están cambiando. Hay abogados, decíamos, de todas las pintas: estudiosos, ratones de despacho, fatuos de las redes sociales, prestigiosos juristas, anónimos currelantes, brillantes oradores, con despachos donde no se ve el lomo de un Código Civil (son los bufetes de influencia) y otros en los que no se apaga la luz ni en domingo. Hay quien defiende que hay que tener amigos en el infierno y en Facua, como hay que conocer abogados de todas las condiciones.

Jesús Bores Saiz (Sevilla, 1946) es un abogado civilista y mercantilista que hace muchos años que no se reviste con la toga. Hace tiempo que dejó de actuar en vistas y juicios. La causa, dicen, es porque su pensamiento va mucho más rápido que su palabra. Existe un pensamiento débil que provoca pusilánimes, un pensamiento ligero que multiplica los bobos y un pensamiento sagaz que da el fruto de buenos profesionales en diferentes oficios. Tener la testa bien engrasada es una cualidad propia de los brillantes, una virtud que Bores administra a favor de querencia. No todo el mundo se conoce a sí mismo con fina precisión. Bores evita el tiro en el pie. Mejor dirigir y enfocar las estrategias de defensa, asumir la compleja labor del diagnóstico, y que otros comparezcan ante el magistrado.

Bores ha lidiado buena parte de su vida con el sambenito de ser socialista y abogado de Felipe González. No tiene carnet del PSOE. Y nunca representó a su amigo Felipe. Es cierto que fueron eso, muy amigos, pero Bores forma parte de esa minoría que nunca le pidió nada cuando el de Bellavista alcanzó la Moncloa. Ni a él ni a otras altísimas amistades. La gente que lo conoce asegura que este abogado, una veces con bigote y otras sin mostacho, ha podido ser millonario con tan sólo tirar de la impresionante agenda de contactos que tiene. Pero ha tenido el interés justo por el dinero, una virtud propia de los caracteres espléndidos y desprendidos. Acaso habría que referir la única petición que le hizo a su amigo en una visita a la Moncloa, fatigado ya quizás de tanta charla: “Felipe, ¿pero me vas a colocar o no?”. “¿Tú también quieres trabajo, Jesús?”. Y salió el Bores socarrón: “¡Que si me vas a colocar invitándome a algo! ¿Esta no es la famosa bodeguilla?”.

Tiene tanta campechanía y jovialidad en el trato como vehemencia cuando es preciso. De algún modo se puede decir que se está con Bores o se está contra él. Las medias salidas ya se sabe que son acciones de guardametas corrientes. Y acaban en gol sin necesidad de VAR.

Criado en el seno de una familia numerosa donde no falta la sangre azul por la vía del marquesado de Ariño, título creado por Carlos II que hoy ostenta una sobrina suya, Jesús es el quinto de nueve hermanos. Bores fue un empollón en las aulas de Derecho de la Universidad de Sevilla. Un empollón de los laureados. Obtuvo el premio extraordinario de licenciatura. Su primera y precoz gran responsabilidad como letrado fue nada menos que la liquidación del negocio familiar del teatro Coliseo. Siempre fue celoso de su autonomía como letrado. El maestro Olivencia lo acogió y ayudó, pero nunca quiso estar integrado al cien por cien en el bufete de don Manuel. Tan autónomo ha querido ser siempre que tuvo despacho en la calle Capitán Vigueras, pero el suyo propio, no el célebre de Felipe, Escuredo y “un tal Del Valle”, un bufete –este último– que ha pasado a formar parte de la historia.

Entre sus grandes amigos están Javier Benjumea Llorente, ex teniente de la Real Maestranza, uno de cuyos tutores fue, digámoslo así, por encargo de su padre, don Javier Benjumea Puigcerver. Un personaje fundamental en la vida de este letrado es el cardenal Amigo.

Bores tiene una gran relación con Don Carlos, al que admira profundamente. Cuando el franciscano llega a Sevilla en 1982 se entrevista con dos de los grandes personajes de la sociedad de entonces: los citados Benjumea y Olivencia. Don Manuel le pide al joven Bores que atienda directamente las necesidades del Arzobispado en materia jurídica. Y Bores se gana al arzobispo en el primer almuerzo. De convicciones progresistas, algunos lo tienen por un “rojillo” que se entiende la mar de bien con cierta jerarquía eclesiástica. Es cierto que Bores admira a dos sacerdotes fundamentales en el largo pontificado de monseñor Amigo: Manuel Benigno García Vázquez, conocido como el capellán del PSOE, y Francisco Navarro, la gran mente pensante que transformó la Catedral y la hizo rentable. Ambos curas, junto a Juan Garrido Mesa, formaron el que se conoció como ‘tridente rojo’ de la Iglesia de Sevilla en los años 80 y 90, porque los tres fueron claves en las relaciones de la curia con el poder socialista en la Junta. Bores entraba y salía del Palacio Arzobispal con gran facilidad, se sentaba en los altos consejos de asesoramiento del prelado junto a los notarios escogidos por don Carlos. Y una vez más, se puede afirmar que no ganó precisamente dinero con aquella labor. Pero estaba por convicción.

Bores sufrió mucho por ser amigo de Felipe. Cuando a Felipe le preguntaban en las entrevistas por las cosas que añoraba de su tierra, el frío presidente del Gobierno acertaba a decir: “Echo de menos las charlas con Jesús Bores”. Y le hacía un flaco favor a su amigo. Bores sintió aquellos años que le arreaban a él todo lo que no podían darle al entonces presidente del Gobierno. Siempre luchó en los tribunales por su honor. En una ocasión, hace ya muchos años, oyó perplejo en su caseta de la Feria la confesión de una juez que no pudo darle la razón en un pleito por las presiones recibidas de la alta magistratura y de la Fiscalía. Bores invitó a la magistrada a salir de la caseta. La falta de integridad siempre le ha irritado casi tanto como las habladurías o comentarios sin fundamento sobre su persona. Y eso que se caracteriza por saber guardar escrupulosamente la compostura en situaciones especialmente tensas, pero aquella confesión ciertamente le pudo.

La vida es sentir orgullo de alumno claretiano. El niño Bores era un gran sevillista en territorio heliopolitano. La vida son recuerdos felices de las aulas universitarias junto a Francisco Ballester, Manuel Chaves y Antonio Moreno Andrade, “el chiclanero”. Son charlas interminables con su íntimo amigo Guillermo Jiménez Sánchez, Willy. Son largas sobremesas donde describe el paisaje y el paisanaje de la Sevilla que ha conocido en directo, no de oídas. Pocos como Bores han tratado tanto a Jacinto Pellón, Manuel Prado y Colón de Cavajal o Rafael Escuredo. Son chistes contados con éxito de crítica cuando el ambiente se relaja y la conversación se riega con un Gordon con Coca-Cola, un combinado más en desuso que hacer la compra en Ecovol. La vida es recordar a su gran socio, Carlos Corradini, o a su gran amigo, el abogado y senador Juan Moya Sanabria. Con pocos se le bañan los ojos y detiene la conversación como al recordar a Juan. La vida es un desinterés manifiesto por la riqueza y el lujo, pudiendo tener acceso a ambas. Es un ir y venir en Vespa y un nudo de la corbata semicaído. La vida es hoy más relajada, sin perder el contacto con el despacho, pero ya más tranquila, con más tiempo para disfrutar del huerto de su finca de Castilblanco de los Arroyos, una de las escasas licencias que se permite este abogado que, inteligente él, siempre prefiere el barco de los amigos al suyo propio. Tal vez sea un tiempo para seguir expresando una ilusión tantas veces repetida tras estar con grandes clientes: “Yo lo que querría ser de verdad es un abogado de juicio de faltas”. La vida, en el fondo, es un aperitivo en el Mara o en el Nuria, un buen libro o una partida repentina de chinos, cualquier actividad para no echar de menos a tanta gente que ya le falta, como Tomás, aquel pescador con el que mantuvo una bonita amistad en Chipiona.

Cuentan que una de las últimas veces que actuó en un juicio como abogado, hace muchísimos años, llegó a los juzgados procedente directamente de la Feria, la fiesta que en tiempos solía disfrutar a tope los dos o tres primeros días. Bores era entonces de los que aguantaban más que la sábana de abajo. Siempre fresco como una pera aunque hubiera estado toda la noche activo. Llegó a la sala y dio la cabezada de respeto con la que en tiempos se saludaba al magistrado, una costumbre ya casi perdida. Jamás olvida que al agachar la cabeza se vertió un chorrito de fino del catavino que aún llevaba en el bolsillo superior de la chaqueta.

Una de sus grandes contribuciones a la abogacía en Sevilla ha sido quizás su apuesta por un concepto moderno de despacho, donde todos son asociados, se hablan de tú y gozan de autonomía, un modelo alejado de otros donde había un gran maestro y muchos pasantes. Bores le apea el tratamiento a todos los que trabajan con él. Su secretaria, Gracia, es la única que prefiere hablarle de usted. Y ella es la que se sienta siempre a su derecha en la comida de Navidad del bufete.

Su vitola de rojillo no le privó de entrar como secretario del consejo de administración de Emasesa con el voto a favor de todos los partidos políticos. Tampoco le impidió contar con el apoyo de todas las formaciones para impulsar la Fundación Forja XXI, la que luego la crisis se llevó al traste. Bores ha tenido siempre espíritu emprendedor. Hombre inteligente y bastante paciente, a veces su paciencia es arriesgada, como al coger los vuelos. Se dice que en el aeropuerto de San Pablo hay sucesivos avisos de megafonía para anunciar los despegues hasta que suena el the last call y, por último, el conocido como Bores call. Don Jesús es de los que apuran un café aunque haya sonado el último aviso. Prisas en los aeropuertos, las precisas. La alta velocidad es para pensar.

En su despacho sigue habiendo manuales de Derecho y códigos. Y una agenda importante. Atrás quedan aquellos años en que algunos, maliciosos ellos, buscaban sus servicios por sus altas amistades: “Esto es un despacho de abogados, no un despacho de influencias”. Y enseñaba el camino hacia la puerta. Por eso la firma Bores no cayó con la crisis, como sí ocurrió con otros bufetes donde había un mueble bar donde debían estar los Aranzadi. Se considera un discípulo de Olivencia. Él mismo ha enseñado el oficio a conocidos abogados de hoy como José María Astolfi, José Manuel García-Quílez, Alfonso Ybarra, etcétera… En esa apuesta por nuevas fórmulas del ejercicio de la abogacía, fundó Guadaliuris, la agrupación de interés económico que aglutina más de una veintena de bufetes. E impulsó la Corte de Arbitraje de la Cámara de Comercio. Bores es de los abogados de Sevilla que defienden con más pasión el arbitraje.

Bores es un genuino representante de esa socialdemocracia conservadora, llamémosla así, que protagonizó la historia de la ciudad durante muchos años. Pagó un precio elevado por tener amigos que llegaron alto, pero también siente orgullo de formar parte de la generación que presume de haber cambiado España. Al veterano letrado le gustan las misas del Gallo en el monasterio de Santa Paula, charlar con el cardenal y seguir siendo de la cofradía de la Universidad, a la que pocos saben que se apuntó un 28 de abril de 1986. Felipe era presidente, pero Bores no era su abogado. Ni su tapado.

Un corazón espléndido

Carlos Navarro Antolín | 30 de septiembre de 2018 a las 5:00

Araújo

EXISTE un tiempo real como existe un tiempo comercial. El reloj con su tic-tac y el calendario del que se caen las hojas nos marcan el paso de las horas y de los días. Es el tiempo real. La publicidad, los anuncios y los reclamos luminosos nos anticipan los nuevos períodos de consumo con tal intensidad que devoran el presente. En verano nos venden la vuelta al cole, en octubre los mantecados, en febrero los trajes de flamenca… La publicidad juega aviesamente con la denominada angustia anticipativa. Para consumir no hay nada como matar el presente, envejecer prematuramente lo que tenemos hoy para necesitar ya –de inmediato– aquello que acaso necesitaríamos en un mañana muy lejano.

José Antonio Sánchez Araújo (Sevilla, Alcalá de Guadaíra, 1944) es un profesional del periodismo, locutor de prestigio y larga trayectoria, que no vive el presente. Su estado es pensar continuamente en lo que ocurrirá en las semanas siguientes. Dicen que su cuerpo y su mente se guían por husos horarios muy diferentes. Basta un ejemplo: Araújo sale a pasear una mañana por una ciudad europea cuando se le oye reflexionar sobre las tareas que le aguardan en los días y meses siguientes, como si el partido de esa noche ya se hubiera celebrado. El partido ya no existe en su mente. El presente está continuamente amortizado en sus pensamientos.

Araújo se ha pasado media vida viajando con el Sevilla y el Betis hasta que se jubiló en 2009. Ahora solo lo hace con el Sevilla, club que lo tiene mimado, lo trata a mesa y mantel, y que le ha puesto su nombre a la sala de prensa como homenaje perpetuo. En sus tiempos de locutor acumulaba tal cantidad de puntos de la cadena NH y de Iberia que tenía para buenos viajes con muy poco gasto. Gran recolector de facturas, recibos y toda la documentación que sirva para ahorrar costes.

Soltero empedernido. Nadie le ha conocido con pelo. Más de comer que de beber. Maniático al que le gusta tenerlo todo amarrado. En su día se ofreció voluntario para hacer en directo la información del matinal de Radio Sevilla… nada menos que a las 6:30. ¿La clave? Así se aseguraba encontrar aparcamiento en el centro. Posee una cultura envidiable, sabe de casi todo, ha estado en medio mundo.

Cultivó un estilo muy particular, denominado Narrativa Araujo. Y era y es conocido como el Maestro Araújo desde que así comenzó a llamarlo Manolo Rodríguez en su etapa de Radio Sevilla. Dicen que muchas veces habla con sus propias faltas de ortografía, marca de la casa. “Está cormigo”, en vez de “conmigo”. O “Gorgue Cadaval”, en lugar de Jorge Cadaval. Tiene frases recurrentes para las retransmisiones. “¡Atención que viene un córner peligrosísimo!”. Todavía hay quienes se preguntan en qué se diferencia un córner de otro para ser unos lanzamientos más peligrosos y otros no tanto. Tiene otros clásicos en su narrativa: “…Y el árbitro pita la correspondiente falta”. “En fútbol no eleven nada a definitivo”. Una dicción trufada con un ceceo característico y con un timbre de voz que hoy sigue metiendo el cuerpo de sus interlocutores en el ambiente de tarde de domingo.

Por supuesto, si hay una cantinela con la que se identifica a Araújo es la del anuncio de los concesionarios de vehículos Ford: “Catrasa, Tysa y Ferrimóvil”. Miles de sevillanos recuerdan a Araújo intercalar las referencias a los tres establecimientos al retransmitir los partidos con un sonido opaco, casi sin fondo ambiental, propio de los años 80 y 90, cuando la técnica no era tan avanzada como la actual.

Su personalidad está muy definida. Siempre lleva la ropa justa en los viajes. Anda corto de complejos. Conserva en muy buen estado algunas prendas que suman muchos años y que usa de vez en cuando, como el chubasquero de Vía Digital. Combina la ropa con un estilo bastante particular donde los colores de los nikis pueden ser bastante arriesgados. Su estética personal está muy marcada por el uso del bolso masculino al estilo de Torrijos o del paraguayo Cayetano Ré. Hace un año que dio un pequeño paso en su adaptación a la mensajería digital. Inauguró el WhatsApp en su móvil. Todavía no sabe cómo instaló en su teléfono un sistema de mensajería sobre la evolución del Sigma Olomouc, el equipo al que se enfrentó el club de Nervión en las rondas previas de la Europa League. Araújo está ahora al día de todos los partidos de Liga del conjunto checo.

La vida es recordar su etapa de representante de Tampax. En cada farmacia a la que acudía a ofrecer los productos formaba una tertulia de fútbol. Es evocar aquellos partidos que en sus orígenes de locutor retransmitía desde una azotea para la emisora de su pueblo. O aquel director que le habló por primera vez de la FM, la Frecuencia Modulada donde se concentrarían los contenidos deportivos y musicales. La vida es comprar un imán de recuerdo de las ciudades europeas donde juega el Sevilla F.C. “No se te olvide lo del frigorífico, Miguel Ángel”, le dice a su compañero Moreno. Tiene carnet de conducir, pero no le gusta el volante a ciertas horas. Araújo tiene costumbres de obispo, pues sólo acepta la participación en actos nocturnos si el anfitrión se compromete a llevarlo a su casa por la noche.

La vida son largas estancias en Sabinillas (Málaga), donde ahora disfruta de todo el mar que no pudo gozar durante sus años en Radio Sevilla, cuando descansaba preferentemente los miércoles, el día de los “mandados”. La vida son amistades de muchos años como Luis Carlos Peris (¡Cuántos homenajes recibieron juntos tras jubilarse los dos el mismo año!), el macareno Juan Ruiz Cárdenas, el empresario Pepe Moya Sanabria, el torero Emilio Muñoz… Y, cómo no, el difunto Miguel Muñoz, el seleccionador que concentraba al equipo nacional en el hotel Oromana, el de los pinares, donde algunos recuerdan que Araújo entraba con rango de capitán general al ser íntimo del seleccionador y, además, estar en su pueblo.

Es pública su devoción por la Macarena y por Nuestro Padre Jesús, el Nazareno de su amada Alcalá. Cuentan que fue el primero en retransmitir la salida de la Virgen de la Esperanza para toda España, siendo Fontán el director general de la SER. Muchas madrugadas ha coincidido en las labores con Charo Padilla, la flamante pregonera. Un noche de Viernes Santo exclamó ante el micrófono: “El cielo tiene que ser algo muy parecido a lo que yo estoy viendo”. En otra ocasión, cuando la Señora salió sin palio camino de la Cartuja para la beatificación de Madre de la Purísima, Araújo dijo que el palio de la Virgen eran las cientos de estrellas que él vio por un instante en el cielo.

Inseparable de Pablo Blanco, director de la cantera del Sevilla F.C. Juntos comentan todos los partidos del equipo de Nervión desde la temporada 2013-2014 que retransmite Alberto Moreno, todos bajo la coordinación de Miguel Ángel Moreno.

Jamás olvida cuando tuvo que retransmitir por teléfono –desde la habitación del hotel– el partido que el Sevilla jugó en Salónica frente al Paok en la temporada 1991-92. La televisión funcionaba a base de monedas con tan mala suerte que se apagó cuando Diego Rodríguez lanzaba el penalti decisivo de la tanda. Araújo no tenía forma de saber el resultado del lanzamiento. Optó por cantar gol con todas sus fuerzas mientras el técnico de sonido buscaba una moneda griega. La imagen volvió a la pantalla y aparecieron los jugadores sevillistas abrazados. Araújo había arriesgado (y mucho) y acertó. Otro día, en un derbi, los béticos se enfadaron porque Araújo cantó con poco entusiasmo un gol del Betis. La verdad es que el técnico de sonido, ajeno al partido y entregado a la lectura de un libro, le acababa de echar las cenizas del cigarro en el pantalón.

No digiere bien ciertas servidumbres de la fama. No soporta ser imitado, pese a que sólo los muy grandes son remedados. Una de sus ilusiones es volver a retransmitir un partido oficial del Sevilla para pasar a la historia como el locutor de mayor edad, por encima del célebre Matías Prats. Siempre presume de orgullo salesiano hasta el punto de proclamar con fervor en antena tras un gol del Sevilla: “¡Gracias San Juan Bosco, gracias!”.

Araújo es un sevillista, muy sevillista, que goza del respeto del Betis. Es un periodista con buen cartel, que cae bien a todo el mundo. Fue pregonero de la Semana Santa de Alcalá y ha recogido varias medallas, desde la del Mérito en el Trabajo, junto a don Manuel Clavero y Rogelio Gómez Trifón, hasta la de la Provincia por acuerdo del Pleno de la Diputación.

Se vuelca en ayudar a los religiosos de la Orden de San Juan de Dios de su pueblo, donde se presta educación asistencial y laboral a personas con discapacidad intelectual gravemente afectadas. Siempre que ha podido ha tenido detalles con niños enfermos. El profesor alcalareño Francisco Gutiérrez, del colegio San Diego, le pidió un favor en 1986: que el goleador sevillista Ramón Vázquez visitara a un pequeño aficionado convaleciente de un riñón. Araújo no conocía de nada al pequeño paciente, pero bastaba con que se lo pidiera un amigo y que se tratara de una buena causa. Lo logró y la entonces máxima estrella sevillista, que venía de ser campeón de Europa con la selección sub-21, visitó por sorpresa la casa del enfermo.

Dicen que Araújo ahorra mucho, que cuando el camarero del hotel le sube el desayuno, deja la puerta entreabierta y le da las gracias desde el baño para no tener que dejar propina. Pero la verdad es que a mí me ha invitado a café alguna vez en el Bar Lago, el del recordado capataz de La Estrella. Y muchos años antes, sin conocerme, me trajo a casa a Ramón Vázquez cuando estaba enfermo. Aquella generosidad, que solo puede emanar de un corazón grande, espléndido, nunca se olvida. A veces conviene recordar el pasado para dejar ciertas angustias por el futuro. Sobre todo cuando el presente se da continuamente por amortizado.

Madrugada del 78

Carlos Navarro Antolín | 23 de septiembre de 2018 a las 5:00

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LA ciudad de Sevilla tiene fama de cerrada, de sociedad articulada en círculos herméticos. Los críticos dan la barrila con el carácter enclaustrado de las casetas de Feria, pero nadie explica que los socios de esas casetas están pagando las cuotas durante todo el año para disfrutar de una mesa y una silla (a veces ni eso) acaso un par de días de la fiesta. Nadie cuenta la gracia que hacen los recibos de la caseta cargados en la cuenta del banco en mayo, septiembre o noviembre. ¿Escuecen, verdad? Para que luego digan que los sevillanos no dejan (dejamos) entrar a la gente de fuera y colocan el guardia de seguridad por delante. Sucede a veces una excepción y nuestra fama de cerrados salta por los aires, porque hay quienes ejercen de arietes. Las puertas se derriban por el empuje de gente de fuera que acaba cruzando, nunca mejor dicho, por el arco… del triunfo.

José Antonio Fernández Cabrero es natural de San Felices de Buelna (Cantabria). No se le ha ido un ápice del acento cántabro. Se le oye hablar (¡no para de parlar!) y solo falta un paisaje verde, muy verde, con sosegadas vacas tudancas y un desayuno de sobaos pasiegos. Marino mercante de profesión, fue topógrafo en la empresa Huarte y Compañía, S.A., que un buen día tuvo que recalar en Sevilla, la provincia donde está el lugar de nacimiento de uno de sus personajes favoritos: el bandolero Curro Jiménez, que por aquel entonces triunfaba en la célebre serie de TVE. Un Jueves Santo, recién llegado a la ciudad, se propuso cumplir con una ilusión: ver a la Macarena. Era 1978. El cántabro se fue hasta la Campana, trató de hacerse paso entre la bulla, y logró contemplar a la Virgen de la Esperanza y todo el micromundo que rodea su paso. Con el tiempo se presentó en la hermandad con otro firme propósito: “Quiero ser costalero”. Y le explicaron que primero debía ser hermano.

Fue costalero con Luis León. Y oficial de junta de gobierno con varios hermanos mayores. ¡Cómo se le oye hablar de José Luis de Pablo-Romero! Y ahora él es el hermano mayor. El topógrafo llegó a alto directivo de Mapfre, con despachazo en la torre que la compañía tiene en Triana.

De timidez anda corto… con sifón. Se arranca a cantar flamenco en una reunión, a encender un puro, a pronunciar una meditación improvisada ante la Virgen, a intervenir en una tertulia de toros. La gastronomía, los toros, el flamenco y la Macarena son sus cuatro pasiones. No hace muchos días se arrancó con una soleá delante de varios matadores de toros. “¿Qué te ha parecido la soleá, Pepe Luis?” Y el hijo del Sócrates de San Bernardo respondió: “Muy cántabra, muy cántabra”.

Tiene mucho de torbellino con una estética, además, reconocible a lo lejos. Es tan atrevido para ser de Santander y presentarse a hermano mayor de la Macarena como a la hora de vestir. Usa pañuelos de fantasía para alegrar las chaquetas, es capaz de calzar zapatos coloraos como los del Papa y gasta camisas a medida en las que combina el amarillo liso con los cuellos y puños cuadriculados en otros colores.

Dicen que algunas de sus mejores decisiones como alto directivo de Mapfre fueron acelerar el pago de las indemnizaciones en dos casos muy dolorosos. Uno fue en el caso de la muerte de una niña de tres años por la caída de una verja metálica en un comercio de Aljaraque (Huelva). La compañía pagó rápido y, al hacerlo, le estaba enviando un mensaje a la madre: ella no era la culpable del siniestro mortal. De haberlo sido, no hubiera procedido la indemnización. Con aquel pago no solo se efectuaba una transferencia de dinero, sino se descargaba del sentimiento de culpa a una madre. El segundo caso fue el del atropello de una joven –con un elevado grado de minusvalía– por un camión de la obra de construcción de las setas en la Plaza de la Encarnación. La chica perdió la pierna, pero no las ganas de vivir. Casualidades de la vida, la joven es hija de un poeta muy macareno: Joaquín Caro Romero.

Cabrero se presentó a las últimas elecciones de la cofradía y ganó. Quiso presentarse muchos años antes, en los comicios de 2009, pero el abogado Joaquín Moeckel fue determinante para quitarle las ganas en aquella ocasión. Cabrero siguió el consejo y dejó pasar la oportunidad. El día de aquellas elecciones se fue a almorzar al Cenachero, quizás para olvidar, tal vez para pensar en el futuro. En aquella mesa se descorcharon varias botellas de Imperial, un caldo de La Rioja para exquisitos. La factura dejó a los comensales temblando y sin perras para un taxi. “¿Cuántos carros de la compra del MAS de la Cuesta del Rosario puedo llenar con lo que me ha costado esta comida?”, se preguntó uno. “¿Pero por qué habéis dejado pedir a Cabrero?”, le replicó el otro.

Ocho años después, este cántabro con un punto histriónico se tiró por fin al ruedo electoral y venció contra todo pronóstico. Sin ser empresario, ni ganadero, ni tener apellidos de honda raigambre macarena.

Una de sus grandes aficiones es subir a las visitas ilustres y a los amigos al camarín de la Virgen, donde se pueden ver los presentes que tiene la Macarena prendidos en la saya: una medalla con la foto diminuta de un difunto, un tricornio de oro de un guardia civil… La gente se queda en silencio, absorta ante el perfil de sonrisa o de pena, hasta que la voz de Cabrero inicia la oración:

–El Ángel del Señor anunció a María…

Cabrero es la voz de muchos actos de bajada de la Virgen de la Esperanza, como es el rostro de la acción social para muchos macarenos. Es listo. Muy listo. De mozo quiso conocer Cantillana y acabó casado con una pastoreña. Quiso ver la Macarena y acabó de hermano mayor. Quiso organizar un festival taurino a beneficio de la hermandad y ya está el cartel de relumbrón para el 12 de octubre en Sevilla.

La vida es un candelero encendido en la mesa de trabajo de hermano mayor y son libros subrayados sobre espiritualidad loyoliana y otros sobre autoayuda con los que obsequia a los amigos de vez en cuando, algunos con títulos tan sugerentes como Por qué decimos sí cuando queremos decir no. La vida son recuerdos de un mini con el que viajó a Sevilla, una bici de la marca Macario. La vida es recordar cuando fue retenido por la Policía Armada en la frontera por contrabando de radiocassetes procedentes de Andorra. Por fortuna se topó con un agente andaluz que le dio de cenar codornices con ali-oli y pan payés. La vida es sentarse en el sillón de tendido número 44 de la plaza de toros de Sevilla. Es un abonado que cuando le invitan a un festejo con derecho a acompañante, entrega su solitario abono a quien le ha convidado para que disponga del sillón.

La vida es haber buscado trabajo y varas de presidencia para mucha gente que luego, ay… Ya se sabe que hay quienes tienen la misma memoria que poca vergüenza. La vida es pasión por la coral de la Macarena y por la nueva escolanía que ha impulsado. La vida es recibir la felicitación pública del presidente Revilla tras ganar las elecciones en la Macarena. Y, cómo no, la vida es recordar continuamente a Paco Cossío hasta que la emoción le deja sin habla y arranca de nuevo con la cadencia de una levantá a pulso.

Sabe que un cargo como el suyo está expuesto periódicamente a la polémica. A este cántabro le gusta abrazar y besar a sus críticos. Lo de los besos debe ser el recuerdo de sus tiempos pretéritos como costalero. También le gusta rezar a última hora ante la Virgen, en el banco de la primera fila, incluso cuando el personal de la hermandad acaba de echar el telón de seguridad que protege a la imagen por la noche.

–Hermano mayor, ¿se lo dejo un poco abierto para que la vea?
–No, no. Prefiero adivinarla. Muchas gracias.

Tiene una frase muy recurrente: “Esto es más antiguo que mear de noche”. Y otra que esconde guasa: “Yo soy de Santander, digo las cosas muy directas”. Y uno piensa, en el fondo, que al decir eso nos está arreando a los sevillanos… los mismos que pagamos los recibos de la caseta de Feria durante todo el año.

El demonio de la derecha

Carlos Navarro Antolín | 16 de septiembre de 2018 a las 5:00

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NADA une más que el enemigo común. El enemigo genera extrañas alianzas, mantiene cohesionado un colectivo, fomenta uniones temporales y hasta puede dejar posos de afecto. Es imprescindible tener identificado al malo, ese señor que siempre monta el caballo más lento. Es fundamental tener designado al hombre del saco, el personaje de las tinieblas, el mayordomo traidor, el coco que siempre viene, el tío que viste de negro como los antiguos árbitros. Hay gente que para ser feliz quiere un camión, como hay gente que necesita un malo. Ponga un malo en su vida y sáquele provecho. Da igual que verdaderamente sea malo o no, lo importante es que pueda considerarse oficialmente malo.

Antonio Rodrigo Torrijos (Sevilla, 1950) fue muchos años la bestia negra de la derecha, el demonio en carne y hueso para la ciudad más tradicional, el personaje a batir en todos los colectivos conservadores de una Sevilla que se pirra por hacer leña de los árboles caídos (o talados). Su estética de camisa guayabera, barba, pipa y bolso masculino, sumada a una verborrea perifrástica, contribuyeron a generar una caricatura que, efectivamente, exageraba muchos de sus principales rasgos. A Torrijos se le echó la culpa de casi todo lo negativo que ocurrió en la ciudad en los dos mandatos que apuntaló al PSOE en el gobierno local: de 2003 a 2011.

IU, con solo tres concejales, fue la muleta fiel del alcalde Monteseirín. Nadie nunca ha mandado tanto en la ciudad con un grupo municipal tan escuálido. Esta circunstancia todavía no se le ha perdonado a este veterano comunista con orígenes sindicales, un tipo que logró para su formación política la creación de las figuras de vicegerente en Urbanismo y en el Instituto Municipal de Deportes, los dos principales organismos inversores del Ayuntamiento.

El león nunca fue tan fiero como era pintado, pero este Torrijos cuando se empeñaba era una fábrica de producir críticos de sí mismo. Se le colaban las moscas en la boca por estar todo el día hablando, tanto en ruedas de prensa como en los plenos del Ayuntamiento. Protagonizaba intervenciones interminables al estilo del comandante Fidel, con perlas que daban pábulo a una oleada de ataques y mofas, como cuando se refirió a la Navidad como “solsticio de invierno”, o cuando bautizó una delegación municipal (concebida a su medida) como la de Infraestructuras para la Sostenibilidad. Sus rivales temían especialmente el inicio de sus discursos en el Salón Colón con ese “hoy no pensaba intervenir”. Y se explayaba…

Su fotografía con servilleta al cuello, cerveza en mano y ante una mariscada de bajo coste se convirtió en un icono que lo dejó aún más expuesto al pimpampum del electorado conservador. “¿Es que yo no puedo comer marisco?”, se defendía.

Torrijos, ciertamente, es un tipo austero que hacía sufrir a sus compañeros de mesa con comidas frugales que obligaban después a ingerir una hamburguesa en el establecimiento más próximo. En sus tiempos de edil era muy aficionado a los menús de 6,50 euros (bebida incluida) en Mercasevilla, la empresa donde comenzó su calvario político y personal. ¡Cuanto tardó en darse cuenta de quién era Fernando Mellet! Torrijos quiso capitalizar Mercasevilla para la marca de IU, pero la apuesta se fue al traste con la corrupción. Acabó viviendo un suplicio judicial del que, en el caso de la lonja, ha escapado bien pero tras varios años de sufrimiento.

Austero, espartano, metódico. Nada aficionado a las concesiones a deshoras como una cerveza o un aperitivo a mediodía antes de comer. Cuentan que cuenta chistes sin perder la seridad. Tiene un repertorio de frases del que hace uso con frecuencia. Para los del PP: “Hagan ustedes honor a la gran inversión que han hecho sus padres en colegios privados”. Para el hombre de máxima confianza de Monteseirín: “Marchena, no me vayas a engañar”. A sus colaboradores e incluso a los periodistas les refería con ironía sus “exiguos salarios”. Y de sí mismo decía machaconamente: “No me hago trampas en el solitario”. Todas sus intervenciones solían estar trufadas de alusiones a su “tío Teodoro” y, por supuesto, a Agamenón y su porquero.

Torrijos era y es un gran rancio, un izquierdista muy conservador, un obsesionado con ser comunista y parecerlo, un hombre que parece de otro siglo, sacado de otros tiempos. Ahí radica quizás su autenticidad. Su condición de apasionado sevillista lo llevó una vez al palco del Ramón Sánchez Pizjuán. Se negó a ir de corbata. Goza de dispensa, como a la hora de hablarle de tú al cardenal Amigo: “Eres el jefe del partido de la Iglesia en Sevilla”, el comentaba a monseñor Amigo en las audiencias privadas.

Fiel a su palabra y leal con sus colaboradores. Así lo reconocen hasta sus críticos. Dicen que el socialista Monteseirín gozó de la lealtad de Torrijos mucho más que la de los concejales de su propio partido. “¡Los de Izquierda Unida son gente especial, pero son buenos!”, proclamó Alfredo en un mitin. De hecho, Torrijos siempre prefería contar con el alcalde en sus actos. Susana Díaz siempre le reprochó a Alfredo que no consiguiera la mayoría absoluta y tuviera que pactar con la IU de Torrijos, omnipresente en la vida municipal.

Dicen que pudo haber sacado adelante todas las iniciativas de gobierno que fraguó, pero sin hacer tanto ruido, sin dejarse oír tanto, sin todos esos excesos verbales. Es decir, pudo hacerlo todo, pero tapándose más. Siempre desconfió del todopoderoso PSOE, quizás temeroso de acabar fagocitado. Los tres concejales de IU eran los hermanos pequeños del gobierno de coalición. Tal vez por eso se empeñaba en sacar cabeza, por saberse de una formación diminuta, aliada en esos momentos del hegemómico partido de puño y la rosa.

Tenaz para unos, pesado para otros. Si veía que el PSOE le engatusaba para ganarse su apoyo para cualquier proyecto, rápidamente exigía dos carriles bici a cambio. Pragmatismo se llama. Los Morancos dijeron con guasa que Torrijos había promovido el carril bici “hasta en el cementerio”. Si el PSOE se volcaba con la Encarnación, estandarte de Monteseirín; la IU de Torrijos lo hacía con la Alameda.

Ideológicamente dogmático. Exquisito en el trato personal. Verborreico y socarrón. Aguantaba bien cierta crítica periodística, pero muy mal las citaciones judiciales. Siempre tuvo un punto provocador como concejal. Basaba su estrategia en la agitación, en tocarle los costados a la Sevilla más conservadora. De trato cordial, pero siempre un pelín distante. Sabía “lo que se dejaba atrás” en una conversación, como los toros resabiados. Torrijos tenía un plan y lo aplicó. Tuvo un modelo de ciudad y lo puso en práctica. A Zoido siempre le reprochó no tener ideología ni modelo de la ciudad.

En una ocasión, unos días después de firmarse el primer pacto entre el PSOE e IU para formar gobierno en la ciudad, acudió a una conferencia de Manuel Chaves en la Cartuja. La cita parecía un congreso de socialistas en la que Torrijos fue cuidado para que se sintiera cómodo en el canapé. Apareció en los corrillos un conocido ex concejal del PP, muy conocido en la vida social de la ciudad. “Antonio, ¿ves cómo no eres el único que está aquí sin tener carné del PSOE?”. “Sí, sí, ya lo veo, pero ése le pone el culo a todos”, respondió el comunista sin anestesia.

Fumaba en pipa en el interior del Ayuntamiento hasta que Zapatero lo prohibió. Al socialista Gómez de Celis le provocó una cefalea por dejar de darle a la cachimba durante las maratonianas sesiones de la comisión de investigación sobre el desalojo de los chabolistas de los Bermejales, aquel escándalo del pago de dinero en bolsas de plástico.

La vida es una casa en el barrio de Santa Cruz y temporadas de asueto en el Algarve. La vida son recuerdos de unos Martes Santos como nazareno de la cofradía de ruan y de una labor como voluntario en Regina Mundi. La vida es trabajar de enfermero en el Hospital Virgen Macarena, que dejó para armar sus primeros follones en CC.OO. La vida es ser comunista y restaurar el monumento a la Inmaculada Concepción de la Plaza del Triunfo. La vida es conservar un buen número de incondicionales de su generación (José Antonio Salido, José Manuel García, etcétera), los comunistas que constituyeron IU antes de que se convirtiera en una sucursal de Podemos.

Torrijos, que no da puntada sin hilo, tenía un gesto muy habitual en los plenos: subirse las gafas con el dedo corazón antes de contestar a un adversario, lo que le permitía comenzar enviando un mensaje. O, mejor dicho, lanzar un torpedo que sólo captaban los más audaces.

Se le afearon los gastos excesivos de algunos de sus proyectos. Nunca asistió a un acto religioso por coherencia con sus ideas. Al final, ya en la oposición, le pudo la presión interna y externa y sufrió un desmayo en un pleno de 2013, uno de esos plenos largos, marcados por los cacahuetes, cuando todavía no se organizaban pausas para jamar un montadito de carne mechá regado con refresco de cola en las dependencias de los grupos políticos.

Siempre llevó a gala su cargo de primer teniente de alcalde. “El alcalde soy yo”, decía con solemnidad cuando Monteseirín se marchaba de la ciudad con motivo de algún periplo oficial. Supo garantizarse el suelo electoral de IU en el peor momento con la complicidad de determinados colectivos. En los mercadillos ambulantes, por ejemplo, había fotos suyas donde se le denominaba nada menos que “el Papa de las barbas blancas”.

Este malo de la película, ajeno ya al ruedo municipal, sigue pendiente del caso Fitonovo y la Audencia Nacional, donde lo imputaron por aparecer citado en una conversación teléfónica. Se le sigue viendo en manifestaciones y hasta en platós de televisión local en defensa de las pensiones. Es curioso que hoy ya no están ni él en el Ayuntamiento, ni el PP en la Alcaldía. La derecha busca un nuevo demonio.

A la medida del Betis

Carlos Navarro Antolín | 9 de septiembre de 2018 a las 5:00

SERRA FERRER

LOS pies son una parte del cuerpo que conviene tener protegida. Por seguridad. Por higiene. También por ese concepto de decoro que no está precisamente al alza. En una sociedad de padres débiles por hiperprotectores y con profesores con pies de barro, muchos niños tienen la mala costumbre de quitarse los zapatos en cuanto llegan a una casa. Los pies desnudos simbolizaban la divinidad en tiempos muy antiguos. Muchos famosos se retratan en sus paradisíacos jardines con prendas blancas y los pinreles al aire… La ausencia de calzado se asocia a la comodidad, a cierta saludable transgresión de las normas y, por supuesto, a esa estación del año donde se impone hacer el indio: el verano. Había un entrenador de fútbol que obligaba a sus jugadores a acudir al comedor del hotel de concentración perfectamente calzados y con calcetines. Nada de chanclas. Explicaba que se podían lesionar en cualquier momento por efecto de un golpe. Daba la orden sin complejos, con esa energía propia de los caracteres exigentes, puntillosos y controladores que muchos profesionales proyectan en sus horas de trabajo. ¡Todos bien calzados! Y obedecían.

Lorenzo Serra Ferrer (Sa Pobla, Mallorca, 1953), hoy vicepresidente deportivo del Betis con funciones ejecutivas como director deportivo, era aquel entrenador que se negaba a permitir las chanclas en los restaurantes. Es curioso cómo la disciplina, un valor muy a la baja en la sociedad de hoy, se mantiene vigente en el Ejército y en el fútbol, dos oasis en el desierto de autoridad que lastra muchos ámbitos. Se dice que Serra Ferrer es de los que emite calambre en su trabajo. Su nivel de autoexigencia le lleva a ejercitarse en la bicicleta estática –con 65 años sigue haciendo una hora cada día– o a coordinar la labor hasta de las limpiadoras de acuerdo con el equipo de fútbol. Así lo ha demostrado en dos fases como entrenador del club verdiblanco.

Está obsesionado con la felicidad de los béticos. Se quedó impresionado de la reacción de la afición por el ascenso a Primera División alcanzado en Burgos en 1994. El Betis lo ha convertido en personaje por mucho que haya sido entrenador y director deportivo de F. C. Barcelona, entrenador del AEK de Atenas y hasta dueño del Mallorca, donde contrató como técnico al muy sevillista Caparrós. Todo lo importante se lo debe al Betis, sí. Pero es irrebatible también que el mallorquín le ha dado al club sus días de mayor gloria contemporánea.Lo suyo con el Betis es un matrimonio perfecto, tan perfecto que ha superado períodos de separación.

En Sevilla es también un personaje más allá del fútbol, una ciudad tildada de cerrada. Caminar a su lado es pararse continuamente para que el personal se haga fotos a su lado con el teléfono móvil, o para agradecer los saludos y vítores de los albañiles de una obra de la Gavidia cuando se dirige a la Plaza de San Lorenzo para ver al Gran Poder. Antes o después de la visita al Señor, siempre para en la bodeguita Dos de Mayo. Lorenzo tiene un perfil numismático, de calva brillante. Cuando lucía bigote parecía sacado de una de aquellas monedas en las que se podía leer: “Por la gracia de Dios”.

Se ha hecho con el tiempo, de forma natural, con un círculo de amistades fijo, ha cultivado la relación con grandes como Curro Romero, el cardenal Amigo o Carlos Herrera. Muy habituales han sido y son sus encuentros con Pepote Rodríguez de la Borbolla, Luis Carlos Peris, Manolo Rodríguez, Juan Salas Tornero y su hijo Juan Salas Rubio, Julio Jiménez Heras, los Cuéllar… Hace todo lo posible por evitar a los sevillistas en su tiempo de ocio para sentirse libre al emitir sus opiniones. Serra es un forofo bético (muy “talibán” del beticismo, en expresión de algunos). Es persona que combina la educación con un fuerte carácter. Todos recuerdan cuando un policía local muy sevillista y especialmente celoso en su tarea lo detuvo el Sábado Santo de 1996 en el aeropuerto de San Pablo cuando iba a recoger a su mujer por no retirar el coche de donde lo había estacionado un instante. La narración de aquel suceso ha sido magistralmente repetida más veces que Verano azul por el entonces concejal de Seguridad Ciudadana, Luis Miguel Martín Rubio. El trato lamentable que recibió en las dependencias policiales del Pabellón de México le provocaron ganas de dejar la ciudad.

Y también se recuerda la patada que le dio al delegado del Sevilla, Cristóbal Soria, en el año 2005 tras soportar insultos graves durante un derby. “Al finalizar el encuentro el entrenador del Real Betis propinó una patada al delegado de campo a la altura del tobillo, haciéndole caer. El entrenador fue retirado por las Fuerzas de Seguridad del Estado para evitar males mayores”.

Nunca olvidará el momento en que conoció a Curro Romero. El matador estaba liado con el capote de paseo antes de un paseíllo en la plaza de toros de Sevilla. Curro iba vestido con un terno negro azabache. En esos momentos de tensión fue presentado a Serra Ferrer, que acertó a preguntarle: “Maestro, me han dicho que es usted bético”. Y Romero respondió: “¿Yquién no?”. Y cómo no recordar su primer encuentro con uno de sus grandes amigos, el periodista Luis Carlos Peris, en una rueda de prensa posterior a un partido en el lejano septiembre de 1989. Era tardísimo, las preguntas no cesaban y había que enviar la crónica, cuando a Serra le plantearon una cuestión en mallorquín, lo que generó que el entrenador respondiera en la misma lengua. “¡La hemos jodido con la hora que es!”, exclamó un Peris disgustado por una nueva demora provocada por la necesidad de recurrir a un intérprete.

La vida son recuerdos de una familia de cinco hermanos donde el primero que metía el trozo de pan en la fuente se llevaba la salsa. Es sentir el orgullo de ser mallorquín, hablar el mallorquín en familia, pero pronunciando los nombres propios en castellano. La vida es estar arraigado en Sevilla. Amante de la Semana Santa, apasionado de los toros y feriante comedido. No le gusta nada el Rocío. Dicen que lo pasó mal cuando Lopera lo invitó a una jornada en la aldea. La vida es tener plena confianza en su gente, sobre todo en Alexis, principal referencia de su núcleo duro. La vida son momentos sentado a la mesa en La Isla o Bajo de Guía, donde siempre guarda una dieta frugal, pero selecta. La vida es vivir cerca del club para el que trabaja y soñar con una casa en la calle… Betis. La vida es coleccionar grandes obras de arte, como lienzos de Miró o Barceló. La vida es ejercer de empresario hotelero de éxito con dos establecimientos en las Islas Baleares.

Aseguran que es currelante como pocos y desconfiado como casi todos los entrenadores de fútbol. Los entrenadores son gente acostumbrada al equilibrismo, a vivir con la certeza de que la felicidad siempre es efímera, acaso dura una semana cuando se está al frente de un equipo.

En sus dos primeras etapas en el Betis, ambas como entrenador y con Manuel Ruiz de Lopera en la cúspide del club, fue víctima de los celos, que son la antesala de la envidia. Como dicen los psiquiatras, hay muchas ocasiones en que no se puede hacer absolutamente nada para no generar ni celos ni envidia. La afición del Betis reconoció pronto los éxitos del equipo en la figura de Serra Ferrer y no en el dueño del club. A Serra se debieron el mítico ascenso del 94 tras conseguir 22 de 24 puntos posibles, dos finales de copa del Rey,de las que ganó una en 2005; dos clasifiaciones para la UEFA y una para la Champions. Tras ganar la Copa del Rey y ofrecer el título al Gran Poder, Serra vivió una auténtica procesión de gloria desde la basílica hasta el autobús. Aquello no gustó nada a don Manuel. Serra pidió refuerzos de nivel tras clasificar al Betis en la Champions. No se los dieron, bien por cicatería del presidente, bien porque Lopera ya sentía el aliento de Hacienda en la nunca, bien porque no quería encumbrar más a Serra. El caso es que el entrenador, con manejo de la sutileza, pronunció una frase demoledora en una entrevista concedida a Peris en Diario de Sevilla: “El Betis será lo que quiera don Manuel”. Los focos iluminaron al dueño con claridad.

Es cierto que Lopera ha sido una circunstancia en su vida. Serra está hoy feliz en el club como director deportivo, sin los corsés y condicionantes de antaño. Tiene un Betis a su medida, el que muchas veces soñó, rodeado de profesionales de la gestión, sin personalismos, con un estilo de trabajo moderno donde no caben las alharacas. Serra sigue siempre con los pies protegidos. Las chanclas no paran ningún golpe. Y no son decorosas para el trabajo. La comodidad se paga. El decoro, en el fondo, es una suerte de blindaje.

El devoto de las 22:05

Carlos Navarro Antolín | 19 de agosto de 2018 a las 5:00

henares

HAY quien tiene muy claro que a las personas se las conoce de verdad por las noches. Según este criterio es conveniente manejarse en la vida con cierta nocturnidad, a esas horas en que el personal pierde el maquillaje de la ducha matutina, cuando el cansancio de las horas obliga a bajar la guardia y el nudo de la corbata pierde prestancia y se viene abajo como un cascote glacial. Para los defensores de esta tesis, todos los gatos no son precisamente pardos por la noche, sino más auténticos. La noche es aliada de la relajación a la que obliga la fatiga y de la pérdida del protocolo que provoca una copa. Bien manejadas estas claves, en esta ciudad hay quienes disfrutan con templanza de contemplar el paisanaje fuera del contexto laboral y sin el corsé de la compostura a la que obliga la luz del día.

El abogado laboralista Enrique Henares Ortega (Sevilla, 1952) es una figura principal de la película que se rueda cada día en el centro de la ciudad. De costumbres arraigadas, de ritos definidos y de rutas preestablecidas. El centro histórico es el plató de su vida, con alguna licencia para ir en el tranvía a la sede judicial del edificio Noga, o para montarse en el 34 de Tussam para llegar al Centro de Mediación, Arbitraje y Conciliación en Los Bermejales. Cuando las críticas arreciaban a Monteseirín por la construcción del tranvía más corto del mundo, hay quienes aseguraban que el alcalde socialista había pensado en los vecinos de la derecha sociológica del Prado de San Sebastián para que pudieran llegar a la barra de La Barbiana, y en este veterano abogado, con despacho en la Plaza de San Francisco, gran beneficiario de este medio de transporte que le deja a las puertas del Noga.

A Henares se le reconoce como un cofrade de prestigio que pronunció un pregón muy largo donde por primera vez y con toda justicia fueron homenajeadas las tabernas, y en el que hubo polémica porque incluyó una amonestación al nuevo arzobispo que –por circunstancias– adquirió un eco exagerado. Pero, en realidad, más que un cofrade al uso, Henares es un costalero de enorme trayectoria, de los que formó parte de la primera cuadrilla de hermanos –la de Los Estudiantes– y que se formó con El Penitente y convivió y aprendió de los históricos del martillo. Llevar ha llevado casi todos los pasos, menos los de cebra. Y, por encima de todo , es un apasionado taurino con plaza en el jurado de los premios de la Real Maestranza de Caballería. Nada más entrar en su despacho aparece la cabeza de Zandunguero, del hierro de Torrestrella, el toro de la confirmación de alternativa de su amigo Emilio Muñoz, lidiado el 19 de mayo de 1980 en la Monumental de las Ventas. Hace años que no pisa el real de la Feria al considerar que sus horarios ya no son compatibles con la asistencia a las corridas del abono de abril.

La vida son recuerdos de la casa familiar de la calle Santa Ana, donde se crió en el ambiente tranquilo del barrio de San Lorenzo y, cómo no, en la devoción al Señor. Son evocaciones de las tres sedes del colegio Los Maristas: Jesús del Gran Poder, San Pablo y Los Remedios. Su padre, oriundo de Maracena (Granada) se afincó pronto en Sevilla, donde ejerció de taxista en uno de aquellos elegantes vehículos negros con la franja amarilla. Su enorme sentido de la responsabilidad le llevaba a salir a a trabajar después de cenar hasta en Nochebuena. Su abuelo era Enrique Ortega El Almendro, banderillero de grandes figuras del toreo como su primo Joselito El Gallo, y cantaor. La vida son evocaciones de las aulas de la Facultad de Derecho, donde estudió becado en los tiempos en que no había masificación. Fue un tuno que literalmente portaba la bandurria, porque tocarla, lo que se dice tocarla, es otra cosa. La vida son recuerdos de su momento cumbre como costalero. Fue en el paso de misterio de la Amargura, donde calzaba en la última trabajadera, justo bajo el trono de Herodes. Ahora lo acompaña de regreso cada Domingo de Ramos con tremenda nostalgia. La vida, cómo no, son evocaciones de su maestro en la abogacía, don Juan Moya García. La vida son misas de domingo en la recoleta capilla de la Carretería, o escasos días de asueto estival en la Costa del Sol. La vida, en el fondo, es la mirada de un niño clavada en los costaleros de Rafael Franco (los ratones) cuando sacaban la de Montesión en años en blanco y negro, la hermandad familiar de los Ortega. La vida es estar sentado en la grada 4 de la plaza. Yla vida es buscar el acuerdo antes que recurrir al magistrado, la concordia entre las partes hasta en la barra del Rinconcillo si es necesario antes que entrar en el juicio.

El abogado rinde más cuando cae la tarde, en la tranquilidad del despacho huérfano ya de colaboradores, de las visitas de los clientes y del sonido de los teléfonos, a esas horas en que se estudian mejor los casos, cuando se estiran tanto las jornadas laborales que la luz de su despacho es la última en apagarse de la Plaza de San Francisco. De recogida a su casa, próxima a la Alfalfa, los manguerazos de los operarios de Lipasam parecen rendirle honores a esta leyenda viva del costal.

Fiel a la cita semanal con el Gran Poder, los viernes es conocido en San Lorenzo por ser de los que apuran la hora y llegan minutos después del cierre, fijado a las diez de la noche. Enrique Henares es devoto de los viernes, pero de los de las 22:05, cuando ya están cerrando las puertas, suenan los últimos balonazos de los niños en la plaza, y el capiller le deja entrar para que el Señor reciba esa última plegaria a deshoras. De noche, siempre de noche. Cuando las personas son más reales y cuando el Señor, quizás también cansado de todo un día de peticiones, recibe a este abogado templado. A Henares no le verán alzar los brazos por una sentencia a favor de su cliente, ni caer en depresión por un fallo en contra. Sus compañeros de toga, los mismos que lo definen como uno de los mejores abogados laboralistas de Sevilla, dicen que su mayor cualidad es la templanza, la moderación, esa misma serenidad que exhibe cuando está en la barra del Rinconcillo los domingos a mediodía ante un coronel de tinto y, si acaso, el empapante de una tapa de salchichón de Casa Riera. Los Ortega siempre han sido muy partidarios del tinto y poco dados a comer. Cuando Henares se enfrenta en las conciliaciones previas a un juicio o ya en pleno litigio a pretensiones exageradas de la parte contraria, se limita a exhibir la sonrisa socarrona del que sabe que el rival está metiendo la pata. Pero nunca se enciende. Es largo, tan largo como los procesos de lo social en los que interviene como abogado.

Hay quien lo define como un hippie con chaqueta y corbata por ese punto de bohemio altruista y por el perfil de personaje solitario que se gasta , un tipo sin miedo a la soledad porque, probablemente, está harto de oír a gente todo el día. A Henares no le hace falta citarse con nadie para disfrutar de un tinto en Casa Morales. Ni para darse esos paseos cardiosaludables. Es de los auténticos que no tienen coche por mucho que tengan carnet, como es de los que nunca tienen tiempo para ir al médico o de meter a los pintores en el despacho.

Tiene claro que el movimiento se demuestra andando. Nunca esperen verlo en las sillas de Semana Santa que tiene en La Campana. Las paga religiosamente para que las disfruten otros mientras él se harta de ver pasos con su amigo Fernando Moreno El Tato. Sí, “ese señor con barba” con el que siempre vemos a Henares buscando las cofradías las tardes de Semana Santa.
Es de los que se transforman en su despacho, se crecen, porque es el hábitat donde se siente más a gusto, la selva donde este león de la toga reconoce su particular reino, ese lugar al que tardó en llegar la conexión a Internet, porque ya se sabe que las mentes de ideas fijas tardan en aceptar ciertos cambios. Lo mismo que le cuesta digerir que los costaleros de hoy hiperflexionen el cuello para poder ver porque tienen ceñida la ropa a los ojos, luzcan tatuajes, se salgan del paso por el faldón delantero, o se exhiban hablando por el teléfono móvil o del brazo de la novia. Todos esos comportamientos que Henares, en alguna conversación privada, define como la conducta propia de un “papafrita”. En alguna ocasión, en una de esas charlas le oyeron dar una clase magistral sobre la materia: “Yo me salía del paso de la forma más discreta, por el faldón trasero o por el final de los laterales, pero jamás por delante del paso. Y al salirme, desaparecía rápido de la cofradía. ¿Qué es eso de exhibir sudores, tatuajes, costales deshechos y teléfonos por medio del cortejo? Yo me salía y me iba rápido a una taberna. ¡Sí, a una taberna con toda discreción y dignidad! Y no aparecía más hasta la hora en que me tocaba entrar de nuevo. Pero por las calles estaba el tiempo justito. Y se quejaban del olor de los del muelle y de las blasfemias que decían debajo del paso… Ni un papafrita había entre ellos. ¡Ni uno haciendo el indio! Eran gente sufrida, que vivía en condiciones muy lamentables en algunos casos, pero no hacían el indio. Cumplían el oficio con dignidad, llevaban un dinero extra a casa y en muchísimos casos se les veía rezar en privado al encerrarse la cofradía, no formando tertulias con las novias ni exhibiendo tatuajes, musculitos o telas de saco con el lema del SAS. Hombre, por Dios…”.

Henares representa hoy a una minoría de sevillanos a los que no les importa pagar el precio de ser como son: sevillanos discretos y a contracorriente (ni bebe cerveza ni acude a la Feria), sevillanos de guardia en agosto que saben disfrutar de momentos de soledad o de tertulia en las noches de tabernas, esos pocos santuarios muy escogidos donde este letrado es tratado como un parroquiano más que como un cliente. Gran admirador del cardenal Amigo, íntimo de la familia Villanueva, habitual y aficionado a ver las cofradías en segunda o tercera fila para no provocar el saludo de los miembros del cortejo. Nunca se le pasa un plazo en los litigios por ese sentido de la responsabilidad heredado de su padre. Acaso, como se ha dicho, se le pasa la hora de cierre de la basílica algunos viernes por esa costumbre de apurar el tiempo en el despacho, pero dicen que Miguel Martín, el capiller, aguanta abierta la hoja de una puerta todo lo que puede hasta que Félix Ríos, el hermano mayor, le recuerda que son ya las diez. “Es que todavía falta Enrique”. Y Henares llega a paso de mudá, con ese andar recto y de brazos caídos que es marca de la casa, para ser el último de los Viernes del Señor, el devoto de las 22:05, cuando la noche hace que Enrique vea al Señor más auténtico, más persona, más humano.

El ojo que todo lo ve… en el altar

Carlos Navarro Antolín | 12 de agosto de 2018 a las 5:00

LUIS RUEDA

LOS institutos de opinión le preguntan periódicamente a los niños qué quieren ser de mayor. Se trata de un sondeo realmente útil, utilísimo, porque sirve para elaborar informaciones con las que rellenar los telediarios del verano. Las respuestas más comunes son las habituales: médico, maestro, astronauta, futbolista o estrella del rock. A corta edad no hay metas inalcanzables. Ya se sabe que después el río de la vida tiene sus meandros y va marcando el destino de cada uno. Una encuesta similar revela con el paso de los años que la mayoría de los niños ya tienen claro que quieren ser… funcionarios. Tenemos el mismo carácter emprendedor que emanaba de la lista de tapas del antiguo Laredo. Queso o anchoa. Anchoa o queso.

A Luis Rueda (Algámitas, Sevilla, 1965) no debieron hacerle la encuesta en las aulas del colegio. Porque entre las profesiones citadas en los estudios de entonces nunca aparecía la de sacerdote. Y eso que este canónigo de la Catedral tuvo clara desde muy niño su vocación. Cuentan que su primera travesura fue sisar una moneda de cinco duros del bolso de su madre para comprarse una Biblia. Hoy es el prefecto de Liturgia de la Catedral de Sevilla. La liturgia enseña los gestos, signos y palabras que conducen a Dios, una suerte de coreografía sacra que se desarrolla en el altar y fuera del altar: cómo se mueve el cura, dónde tienen que estar colocados los acólitos, qué hay que decir y cuándo hay que decirlo, qué significado tiene el color de la ropa del oficiante, por qué se inciensa la mesa de celebración, etcétera. De lo visible, la liturgia, a lo invisible, que es Dios. Luis Rueda es el ojo que todo lo ve en las grandes ceremonias catedralicias y allí donde acuda el arzobispo o sea requerido por el prelado. El prefecto de Liturgia era antiguamente una suerte de jefe de protocolo del arzobispo.

Cuentan que los aires de su pueblo natal, el de mayor altitud de la provincia, lo mantienen siempre en forma porque sale con éxito de todas las revisiones médicas, pese a los puritos finos que se fuma en los alrededores del templo metropolitano o en el Patio de los Naranjos tras decir misa en la Parroquia del Sagrario.

Como todo cura que se precie, disfrutó de una etapa de formación en Roma, ciudad de la que no sólo se trajo conocimientos sólidos en materia litúrgica, sino un escogido núcleo de amigos y compañeros que ejercen el ministerio pastoral en Madrid, Toledo, Málaga… En San Anselmo, el Pontificio Instituto de Liturgia de Roma, tuvo que someterse a exámenes de enorme complejidad. Un día le pusieron la frase extraída de una plegaria y ocho o diez libros de diferentes rituales. El examen consistía en encontrar el libro al que correspondía ese fragmento de oración. Desde hace ya varios años, los foros internacionales de expertos en liturgia, donde Rueda está considerado al más alto nivel, son una oportunidad para el reencuentro con aquellos compañeros con los que estudió desde los rituales sirios ortodoxos a los emanados del Concilio Vaticano II.

Rueda es ante todo una persona pacífica, pragmática y que evita los enfrentamientos sin renunciar a la defensa de sus criterios. Un día, dos minutos antes del comienzo de una ceremonia presidida por el cardenal Amigo, le plantearon en voz baja que sólo estaban previstos hombres para realizar las sagradas lecturas: “¿A última hora te vas a preocupar por la paridad?”. Le molestan, con razón, los inventos litúrgicos de nuevo cuño, los que no están en los rituales o en el misal, los que, sobre todo, la gente reproduce tras ver tantas películas o series norteamericanas. Se multiplican esos papás fantásticos subidos a los presbiterios para tomar la palabra en las bodas, o esos padrinos que consumen su minuto de gloria con el micrófono en la mano junto a la pila de agua bendita. Existe una litúrgica de Netflix como existe una decoración de Ikea o una guía de viajes de Booking. Ya se sabe que la masa, carente de criterio, prefiere no pensar y que se lo den todo hecho. Rueda es de los que tiene claro que la redacción de los rituales y del misal es fruto de un trabajo intelectual muy notable: “No tenga la soberbia de considerarse mejor que todos los que han trabajado en esos textos”, dicen que explicó una vez a quienes pretendían una especie de liturgia a la carta.

La vida son recuerdos de una estancia de seis años en Roma. Con la tesis doctoral casi terminada se volvió a Sevilla, reclamado por el cardenal Amigo para hacerse cargo de la liturgia de la Catedral tras la muerte de Miguel Artillo. La vida es sustituir la Cruzcampo por la Fanta de naranja, que dicen con guasa que no hay naranjos suficientes en Sevilla para responder a la demanda de refresco de don Luis. La vida es quedarse ojiplático cuando le cuentan de aquella ceremonia de primera comunión a la que el cura acudió vestido de payaso, o aquella otra en la que se tunearon las oraciones, o de esas bodas donde se pronuncian loas cargadas de almíbar hacia los novios, o esos funerales con exagerados panegíricos del difunto. La vida es seguir al día todas las publicaciones sobre liturgia. Y ejercer siempre en las ceremonias con un estilo discreto, sereno y rápido.

Una buena prueba ocurrió el día en que se fue la luz en la Catedral, justo cuando el arzobispo –que sufría una afonía– presidía en el Altar del Jubileo una ceremonia de confirmación con cuatro mil asistentes. El prelado hizo un sobreesfuerzo para suplir la carencia de megafonía, pero Rueda se dio cuenta muy rápido de que los fieles no oían las palabras de don Juan José. Fue entonces cuando este prefecto de Liturgia puso la mano en el micrófono con toda naturalidad para indicarle así al arzobispo que no se fatigara más y fue él mismo quien tomó la palabra y continuó los rezos.

Este canónigo es el responsable de todas las procesiones organizadas por el Cabildo Catedral, fundamentalmente la del Corpus y la de la Virgen de los Reyes, junto con el maestro de ceremonias, el canónigo Geraldino Pérez. En los días previos se puede contemplar a Rueda en los preparativos de todos los detalles con tres de sus grandes colaboradores: los cofrades Joaquín de la Peña, Paco Cuéllar y Paco Yoldi. Es difícil verle sin una ocupación. Muy probablemente, Rueda es de los canónigos con mayor carga de trabajo. Es todavía joven y asume las labores de la Catedral, la vicaría parroquial en el Sagrario, la delegación diocesana de Liturgia y del catecumenado bautismal, y todos los encargos directos que recibe del arzobispo. También atiende las consultas de las cofradías, como el asesoramiento que prestó para la célebre misa de la Macarena en la Plaza de España.

Quizás uno de sus placeres menos conocidos –orillada ya la Cruzcampo en el bar Las Columnas– sean las aceitunas. Sale poco, cena menos y estudia mucho. Cuentan que es desprendido con el dinero. Se molesta con ciertas críticas muy habituales hacia la Catedral, como cuando los cofrades largan del supuesto coste que el uso del templo metropolitano supone para las hermandades. Está harto de repetir que la Catedral no cobra a ninguna hermandad por darle cobijo en caso de lluvia. Sólo se abonan los gastos extraordinarios, como la seguridad. Oen caso de grandes ceremonias, los gastos derivados de estructuras o tarimas. Anda que si las cofradías tuvieran que pagar los gastos de luz de las horas que permanecen en la Catedral… Todas tiesas.

Todo por el partido

Carlos Navarro Antolín | 15 de julio de 2018 a las 5:00

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SEGURO que muchas veces ha hecho usted de Paco Lobatón con personajes de la sociedad sevillana o andaluza a los que un buen día dejó de ver y de pronto se pregunta qué habrá sido de ellos. Alguna vez habrá entonado ese quién sabe dónde para preguntarse como aquel célebre programa de televisión, una interrogante que es como un certificado de defunción expedido por adelantado. “Habrá fallecido y se me pasó la esquela”, pensamos sin saber que a lo mejor nuestro personaje anda simplemente retirado. Tal decía el compositor Manolo Garrido: “Ya no me llaman, creerán que me he muerto”.

Dice el tabernero Jesús Becerra que no hay mejor publicidad que darse varios paseos por el centro a media mañana para que la gente se acuerde de que el negocio existe. Ese recurso es mucho más eficaz que cualquier cuña de radio de las que emiten sobre su restaurante cuando está uno en pleno afeitado y anuncian los menús especiales, esos anuncios que terminan con un señor hablando muy rápido –a lo Antonio Ozores– para precisar que las consumiciones en barra no están incluidas. Por cierto, después de esos anuncios matinales siempre ponen la cuña publicitara del Opel Divisa con un señor que tiene toda la voz de Javier Arenas, ¿se han fijado? ¡Cómo nos vende el coche! Sobre Arenas, por cierto, no hay que entonar ese quién sabe dónde. Todos sabemos dónde está Javié: moviendo los peones andaluces en el tablero del nuevo PP que saldrá del congreso extraordinario del próximo fin de semana.

Pero, por ejemplo, dónde están sus predecesores Gabino Puche y Hernández Mancha. ¡Quién sabe dónde! ¿Y qué fue de socialistas como Escuredo? ¿Dónde está, por cierto, uno de los grandes fontaneros del PSOE sevillano, Curro Rodríguez?

Curro Rodríguez (Sevilla, 1946) no estuvo en la histórica foto de la tortilla. Especulan con que estaría detenido por la Policía en aquellos años del No&Do. Sí aparece su mujer, Mari Martín, la única impar en la instantánea de aquellos jóvenes que hicieron la Transición y a los que Manuel del Valle inmortalizó en un pinar de La Puebla del Río a mediados de los años 60. Él está en otra foto histórica, la de la primera corporación democrática del Ayuntamiento de Sevilla, donde con ilusión y la experiencia adquirida en la empresa privada pilotó la modernización de la institución, esos retos que ahora se hacen con planes estratégicos y entonces se hacían casi con las manos y pagando algunos materiales del bolsillo particular, ¿verdad Javier Queraltó?

Curro es la fidelidad al PSOE por encima de todo, el partido al que llega de la mano de Alfonso Guerra. Es de esa vieja guardia que dice “el partido” a secas. Y no hacen falta más precisiones. Esa identificación absoluta con el partido ha sido fundamental para sobrevivir a los diferentes dirigentes. Hay quien dice que tiene las propiedades del corcho, como hay quien sostiene que su caso es simple y llanamente el de alguien que es fiel a las siglas por encima de secretarios generales circunstanciales. Si el PSOE cambia de dirección, Curro adapta el rumbo. Y punto.

Ha tenido diferentes trabajos en Madrid, desde en una imprenta hasta en una empresa distribuidora de bebidas espirituosas. En este segundo empleo se comenzó a forjar el perfil del Curro más exquisito. Un día alguien, viendo cómo este socialista dominaba el catálogo de licores escoceses, le espetó con sorna: “A los sociatas os gusta los buenos whiskys, ¿eh?”. Y Rodríguez sentenció en clave gaditana: “Yo soy rojo, no carajote”.

Su mujer es junto al PSOE su otra gran clave. Cuando Mari comenzó a tratar con los políticos de derecha en la primera corporación municipal, se le oyó afirmar: “Pues son buena gente”. En el Ayuntamiento fue concejal de 1977 a 1991 En una primera etapa fue delegado de Gobierno Interior y Escuelas. Muchos recuerdan que entonces confió en José Moya Sanabria las labores de director de área, una suerte de jefe de personal en un Ayuntamiento donde estaba casi todo por hacer. Moya no era un hombre precisamente del partido, sino un bético de derechas y hermano de la Esperanza de Triana. Y Curro era y es un sevillista, agnóstico y, al mismo tiempo, macareno. Cada cual tiene derecho a sus contradicciones.

En los años de la clandestinidad vivió junto a Alfonso Guerra un episodio de los que no olvida jamás. Estaban los dos una noche de invierno en los alrededores de Madrid manipulando una multicopista para preparar un reparto de propaganda política cuando la tinta de la máquina literalmente se congeló por el frío. El grajo volaba bajo en la capital.

En ese tramo final del franquismo, precisamente, fue detenido varias veces. En una una ocasión recibió una bofetada de un policía que le dejó afectado un oído para el resto de su vida. Curro siempre ha dicho que aquellos años veía que en las comisarías siempre le zurraban a los obreros y nunca a los “niños universitarios”. Ironías del destino, el mismo agente que le agredió terminó siendo su escolta en una procesión de la Virgen de los Reyes en la que participó como concejal. No sólo se negó a ir acompañado por aquel señor, sino que admitió que así fuera alegando su carácter democrático.

También en esos años complejos guardó discreción de los amores de un sacerdote con una feligresa en una barriada periférica. Incluso hizo de emisario entre las partes. El cura acabó colgando los hábitos. Mari le preguntó uin día a Curro: “Hijo, ¿tú sabías algo?”. Y cuentan que su mujer se llevó las manos a la cabeza cuando se fue enterando de los detalles: su marido había sido clave para que aquella relación de alto riesgo acabara cuajando. Esa capacidad de discreción ha sido clave para ser el fontanero de larga trayectoria que ha sido en el PSOE.

De Curro dicen que era un rojo que esos años se entendía muy bien con los concejales de la derecha, sobre todo con Manuel García y Javier Arenas. Siendo concejal de Policía y Tráfico (que así se denominaban las áreas), García hizo una pregunta por escrito al gobierno de Manuel del Valle. Era la corporación de 1987 a 1991. El correoso edil de la oposición se interesó por el número de patrulleros que cubrían la seguridad nocturna de la ciudad. Era obligatorio responder esas preguntas por escrito y leer las contestaciones en el Pleno. Rodríguez fue un día antes de la sesión plenaria a ver a García para avanzarle el contenido de la respuesta. Se llevó una sorpresa: ¡sólo dos patrulleros cubrían el servicio nocturno en una gran capital! El concejal del PP entendió que aquello provocaría una gran alarma. Cuando el alcalde Manuel del Valle pidió en el Pleno que se leyera la pregunta, García declinó la propuesta y alegó que su solicitud de información ya había sido atendida satisfactoriamente. Ahí quedó el asunto. El talante de estos dos concejales, uno del PSOE y otro del PP, se ve hoy como una reliquia en el mundo de la política de hoy.

Tras la etapa municipal asumió los planes de seguridad de la Exposición Universal. Este veterano del PSOE ha ido y vuelto tanto de la política como de la empresa privada con bastante facilidad. Rafael Vera, secretario de Estado de Seguridad, le confió la fundación de un sindicato de izquierdas dentro del cuerpo de la Policía Nacional. Fruto de aquella tarea, culminada con éxito, Curro controlaba el quién es quién de la Policía. Cuentan que llegó a hacer prácticas de tiro. Y que aquel período le generó posteriormente un empleo en una empresa del ramo. Ha sido tanto senador de relumbrón por Sevilla como asesor discreto y leal del alcalde Monteseirín. Se ha sabido llevar siempre muy bien con el empresariado, sobre todo con Ramón Contreras.

La vida es disfrutar del menú degustación de tapas en Casa Yebra, donde le guardan la mesa del rincón, la que está al fondo a la derecha. Come de todo menos garbanzos, porque dicen que estas legumbres le recuerdan un episodio trágico. Y para regar las viandas, siempre tinto. La vida es ser siempre ese señor de aspecto apacible, bajito como casi todos los de su generación y con la barba propia de un socialista moderado. Tan apacible que casi nadie se lleva mal con él. La vida son recuerdos de la conocida todavía como banda de los cuatro, la que elevó a Pepote Rodríguez de la Borbolla a su cima política: Pepe Caballos, Guillermo Gutiérrez, Miguel Ángel de Pino y el propio Curro Rodríguez. La vida es ilusión por una casa en Higuera de la Sierra, concebida como el retiro del guerrero, el lugar de recreo, tertulias, excursiones y lecturas de Jonh Le Carré. Este Curro tiene una notable inquietud cultural sin necesidad de haber pasado por las aulas universitarias. Se le nota su formación en las juventudes obreras católicas, donde se convirtió en lector de la obra de Santa Teresa y, a partir de ahí, incluso comenzó estudios en Teología. De las cosas divinas a las terrenales, tiene también afición por la cocina. Sólo los muy amigos de Curro han sido distinguidos con un plato de su receta de fabes.

Hoy es vicepresidente de la Fundación Persán, la compañía que preside José Moya Sanabria, aquel señor en el que confió para que la estructura del Ayuntamiento pasara del blanco y negro a la versión en color. Por supuesto, es el hombre de máxima confianza del PSOE en el consejo de la RTVA. Y para muchos sigue siendo Curro, el fontanero por excelencia de un partido que él conoció como defensor de la socialdemocracia y que hoy no es reconocido ya ni por la madre que lo parió. A veces, precisamente, se podría preguntar quién sabe dónde quedó aquel PSOE de Felipe y Guerra, aquel partido que se entendía con los curas y con los sectores conservadores de la sociedad. Como este Curro.