Todo por el partido

Carlos Navarro Antolín | 15 de julio de 2018 a las 5:00

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SEGURO que muchas veces ha hecho usted de Paco Lobatón con personajes de la sociedad sevillana o andaluza a los que un buen día dejó de ver y de pronto se pregunta qué habrá sido de ellos. Alguna vez habrá entonado ese quién sabe dónde para preguntarse como aquel célebre programa de televisión, una interrogante que es como un certificado de defunción expedido por adelantado. “Habrá fallecido y se me pasó la esquela”, pensamos sin saber que a lo mejor nuestro personaje anda simplemente retirado. Tal decía el compositor Manolo Garrido: “Ya no me llaman, creerán que me he muerto”.

Dice el tabernero Jesús Becerra que no hay mejor publicidad que darse varios paseos por el centro a media mañana para que la gente se acuerde de que el negocio existe. Ese recurso es mucho más eficaz que cualquier cuña de radio de las que emiten sobre su restaurante cuando está uno en pleno afeitado y anuncian los menús especiales, esos anuncios que terminan con un señor hablando muy rápido –a lo Antonio Ozores– para precisar que las consumiciones en barra no están incluidas. Por cierto, después de esos anuncios matinales siempre ponen la cuña publicitara del Opel Divisa con un señor que tiene toda la voz de Javier Arenas, ¿se han fijado? ¡Cómo nos vende el coche! Sobre Arenas, por cierto, no hay que entonar ese quién sabe dónde. Todos sabemos dónde está Javié: moviendo los peones andaluces en el tablero del nuevo PP que saldrá del congreso extraordinario del próximo fin de semana.

Pero, por ejemplo, dónde están sus predecesores Gabino Puche y Hernández Mancha. ¡Quién sabe dónde! ¿Y qué fue de socialistas como Escuredo? ¿Dónde está, por cierto, uno de los grandes fontaneros del PSOE sevillano, Curro Rodríguez?

Curro Rodríguez (Sevilla, 1946) no estuvo en la histórica foto de la tortilla. Especulan con que estaría detenido por la Policía en aquellos años del No&Do. Sí aparece su mujer, Mari Martín, la única impar en la instantánea de aquellos jóvenes que hicieron la Transición y a los que Manuel del Valle inmortalizó en un pinar de La Puebla del Río a mediados de los años 60. Él está en otra foto histórica, la de la primera corporación democrática del Ayuntamiento de Sevilla, donde con ilusión y la experiencia adquirida en la empresa privada pilotó la modernización de la institución, esos retos que ahora se hacen con planes estratégicos y entonces se hacían casi con las manos y pagando algunos materiales del bolsillo particular, ¿verdad Javier Queraltó?

Curro es la fidelidad al PSOE por encima de todo, el partido al que llega de la mano de Alfonso Guerra. Es de esa vieja guardia que dice “el partido” a secas. Y no hacen falta más precisiones. Esa identificación absoluta con el partido ha sido fundamental para sobrevivir a los diferentes dirigentes. Hay quien dice que tiene las propiedades del corcho, como hay quien sostiene que su caso es simple y llanamente el de alguien que es fiel a las siglas por encima de secretarios generales circunstanciales. Si el PSOE cambia de dirección, Curro adapta el rumbo. Y punto.

Ha tenido diferentes trabajos en Madrid, desde en una imprenta hasta en una empresa distribuidora de bebidas espirituosas. En este segundo empleo se comenzó a forjar el perfil del Curro más exquisito. Un día alguien, viendo cómo este socialista dominaba el catálogo de licores escoceses, le espetó con sorna: “A los sociatas os gusta los buenos whiskys, ¿eh?”. Y Rodríguez sentenció en clave gaditana: “Yo soy rojo, no carajote”.

Su mujer es junto al PSOE su otra gran clave. Cuando Mari comenzó a tratar con los políticos de derecha en la primera corporación municipal, se le oyó afirmar: “Pues son buena gente”. En el Ayuntamiento fue concejal de 1977 a 1991 En una primera etapa fue delegado de Gobierno Interior y Escuelas. Muchos recuerdan que entonces confió en José Moya Sanabria las labores de director de área, una suerte de jefe de personal en un Ayuntamiento donde estaba casi todo por hacer. Moya no era un hombre precisamente del partido, sino un bético de derechas y hermano de la Esperanza de Triana. Y Curro era y es un sevillista, agnóstico y, al mismo tiempo, macareno. Cada cual tiene derecho a sus contradicciones.

En los años de la clandestinidad vivió junto a Alfonso Guerra un episodio de los que no olvida jamás. Estaban los dos una noche de invierno en los alrededores de Madrid manipulando una multicopista para preparar un reparto de propaganda política cuando la tinta de la máquina literalmente se congeló por el frío. El grajo volaba bajo en la capital.

En ese tramo final del franquismo, precisamente, fue detenido varias veces. En una una ocasión recibió una bofetada de un policía que le dejó afectado un oído para el resto de su vida. Curro siempre ha dicho que aquellos años veía que en las comisarías siempre le zurraban a los obreros y nunca a los “niños universitarios”. Ironías del destino, el mismo agente que le agredió terminó siendo su escolta en una procesión de la Virgen de los Reyes en la que participó como concejal. No sólo se negó a ir acompañado por aquel señor, sino que admitió que así fuera alegando su carácter democrático.

También en esos años complejos guardó discreción de los amores de un sacerdote con una feligresa en una barriada periférica. Incluso hizo de emisario entre las partes. El cura acabó colgando los hábitos. Mari le preguntó uin día a Curro: “Hijo, ¿tú sabías algo?”. Y cuentan que su mujer se llevó las manos a la cabeza cuando se fue enterando de los detalles: su marido había sido clave para que aquella relación de alto riesgo acabara cuajando. Esa capacidad de discreción ha sido clave para ser el fontanero de larga trayectoria que ha sido en el PSOE.

De Curro dicen que era un rojo que esos años se entendía muy bien con los concejales de la derecha, sobre todo con Manuel García y Javier Arenas. Siendo concejal de Policía y Tráfico (que así se denominaban las áreas), García hizo una pregunta por escrito al gobierno de Manuel del Valle. Era la corporación de 1987 a 1991. El correoso edil de la oposición se interesó por el número de patrulleros que cubrían la seguridad nocturna de la ciudad. Era obligatorio responder esas preguntas por escrito y leer las contestaciones en el Pleno. Rodríguez fue un día antes de la sesión plenaria a ver a García para avanzarle el contenido de la respuesta. Se llevó una sorpresa: ¡sólo dos patrulleros cubrían el servicio nocturno en una gran capital! El concejal del PP entendió que aquello provocaría una gran alarma. Cuando el alcalde Manuel del Valle pidió en el Pleno que se leyera la pregunta, García declinó la propuesta y alegó que su solicitud de información ya había sido atendida satisfactoriamente. Ahí quedó el asunto. El talante de estos dos concejales, uno del PSOE y otro del PP, se ve hoy como una reliquia en el mundo de la política de hoy.

Tras la etapa municipal asumió los planes de seguridad de la Exposición Universal. Este veterano del PSOE ha ido y vuelto tanto de la política como de la empresa privada con bastante facilidad. Rafael Vera, secretario de Estado de Seguridad, le confió la fundación de un sindicato de izquierdas dentro del cuerpo de la Policía Nacional. Fruto de aquella tarea, culminada con éxito, Curro controlaba el quién es quién de la Policía. Cuentan que llegó a hacer prácticas de tiro. Y que aquel período le generó posteriormente un empleo en una empresa del ramo. Ha sido tanto senador de relumbrón por Sevilla como asesor discreto y leal del alcalde Monteseirín. Se ha sabido llevar siempre muy bien con el empresariado, sobre todo con Ramón Contreras.

La vida es disfrutar del menú degustación de tapas en Casa Yebra, donde le guardan la mesa del rincón, la que está al fondo a la derecha. Come de todo menos garbanzos, porque dicen que estas legumbres le recuerdan un episodio trágico. Y para regar las viandas, siempre tinto. La vida es ser siempre ese señor de aspecto apacible, bajito como casi todos los de su generación y con la barba propia de un socialista moderado. Tan apacible que casi nadie se lleva mal con él. La vida son recuerdos de la conocida todavía como banda de los cuatro, la que elevó a Pepote Rodríguez de la Borbolla a su cima política: Pepe Caballos, Guillermo Gutiérrez, Miguel Ángel de Pino y el propio Curro Rodríguez. La vida es ilusión por una casa en Higuera de la Sierra, concebida como el retiro del guerrero, el lugar de recreo, tertulias, excursiones y lecturas de Jonh Le Carré. Este Curro tiene una notable inquietud cultural sin necesidad de haber pasado por las aulas universitarias. Se le nota su formación en las juventudes obreras católicas, donde se convirtió en lector de la obra de Santa Teresa y, a partir de ahí, incluso comenzó estudios en Teología. De las cosas divinas a las terrenales, tiene también afición por la cocina. Sólo los muy amigos de Curro han sido distinguidos con un plato de su receta de fabes.

Hoy es vicepresidente de la Fundación Persán, la compañía que preside José Moya Sanabria, aquel señor en el que confió para que la estructura del Ayuntamiento pasara del blanco y negro a la versión en color. Por supuesto, es el hombre de máxima confianza del PSOE en el consejo de la RTVA. Y para muchos sigue siendo Curro, el fontanero por excelencia de un partido que él conoció como defensor de la socialdemocracia y que hoy no es reconocido ya ni por la madre que lo parió. A veces, precisamente, se podría preguntar quién sabe dónde quedó aquel PSOE de Felipe y Guerra, aquel partido que se entendía con los curas y con los sectores conservadores de la sociedad. Como este Curro.

Más allá del foso de la Universidad

Carlos Navarro Antolín | 8 de julio de 2018 a las 5:30

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LAS cofradías no suelen dar de comer. Aunque haya gente que pelee por ciertos cargos como si llevaran añadida la pensión vitalicia a la que tendrá derecho un tal Sánchez tras asegurarse un período de uso del somier de la Moncloa. Alguien dijo una vez que la estructura de una cofradía era una cebolla con tres capas. La de mayor tamaño corresponde a los hermanos cotizantes. que no aparecen nunca por la hermandad pero pagan religiosamente la cuota por el sistema de domiciliación bancaria que mandó al paro a los cobradores. La segunda en tamaño se corresponde con los capiroteros, que solo aparecen el día de retirada de la papeleta de sitio y el día de la salida de la cofradía. Y la capa de menor tamaño, el núcleo duro de la hortaliza, es el grupo de hermanos que protagonizan la vida cotidiana en la hermandad y que forman parte antes o después de la junta de gobierno. En este colectivo los hay sin oficio ni beneficio, a los que les va la vida por mantenerse en el machito, y los hay que compaginan sus trabajos con las horas de dedicación a la cofradía de su vida, la que aprendieron a amar a través de sus padres.

Antonio Piñero Piñero (Carmona, 1957) es durante unos meses el presidente accidental del Consejo de Cofradías por la dimisión repentina de Joaquín Sainz de la Maza. Fue anteriormente un brillante hermano mayor de la cofradía de Los Estudiantes, de la que forma parte de la capa más interior de la cebolla. Por su profesión de letrado de la Administración de Justicia tiene vida más allá –mucho más allá– de las hermandades. A Piñero se lo encuentra uno en la barra del Labradores con cara de sueño y se justifica alegando que lleva desde las seis de la mañana en una misión especial. No te da más datos, que es hombre chapado a la antigua en la discreción casi excesiva. Consulta uno la web de Diario de Sevilla y aparece la información sobre una operación policial con registro y entrada en el Vacie, en Los Pajaritos o en cualquier punto sensible de la ciudad y, claro, allí estaba Piñero rodeado de policías nacionales blindados hasta la corcha para dar fe pública judicial como corresponde a su puesto en el Juzgado de Instrucción número 9. Muchísimas veces no sabe la estampa que se va a encontrar, qué ristra de miserias humanas va a tener que presenciar y sobre las que luego tendrá que escribir en ese despacho austero, presidido por una foto ochentera del Cristo de la Buena Muerte sobre fondo de cortina roja de terciopelo y dos carteles de pregones universitarios. Siempre el Cristo de la Buena Muerte, siempre presente el crucificado de la Universidad del que su padre fue maniguetero hasta su última Semana Santa.

Hijo del magistrado Francisco de Paula Piñero Carrión (Carmona, 1917-Sevilla, 2012) , sabe lo que es vivir en diferentes ciudades de España, primero como hijo de juez, y después como secretario judicial. A Antonio Piñero le pasa como al rey emérito. Ves a Don Juan Carlos en la televisión y estás viendo al mismísimo Don Juan de Borbón. Cada día la rama se parece más al tronco. Ves a Antonio Piñero camino de una función religiosa y estás viendo la silueta señorial de su padre cuando, inconfundible en las formas, salía de la tertulia de mediodía del Círculo de Labradores camino de la parada del autobús que lo llevara a Los Remedios.

Piñero tiene el don de escuchar a todos y la habilidad después de hacer lo que le da la gana. Dicen que tiene velocidad propia. Es el claro ejemplo del que sigue la proclama: “Oídos los pareceres, yo dictamino”. Tiene un catálogo de frases bien definidas para reaccionar ante determinadas situaciones. Cuando quiere expresar una oposición frontal a un planteamiento: “En modo alguno”. Cuando está un poquito harto de oír obviedades: “Es por ello, es por ello…”. Y cuando encarga una tarea particular a alguien muy concreto: “Si te encargas, te encargas tú”.

En la cofradía de la Cruzcampo tiene casi la misma antigüedad que en la de Los Estudiantes. Piñero es un tipo que prima la compañía antes que el sitio. No es nada exquisito a la hora de escoger un restaurante o una taberna. Se adapta a todo hábitat. Acaso tiene preferencia por los caracoles del bar Bolonia de la calle Juan Sebastián Elcano.

Racional y templado. Cuentan que tiene mucho de Rajoy a la hora de no alterarse. O, al menos, de no parecer alterado. Un día de la Feria de 2017 sufrió un telele cuando se dirigía al real por la calle Asunción. Requirió de ingreso hospitalario. Llamó a la enfermera al cabo de unos días y le dijo que sintiéndolo mucho se tenía que marchar, que ya no podía estar más días en la clínica porque tenía entradas para una corrida de toros. Cuando tiene algo claro es complicado frenarlo. Tal vez sea como su padre, que le insistían en los años noventa para dar el pregón de la Semana Santa y sorpresivamente decía que no, cuando había tortas por abrazar el atril, como las sigue habiendo ahora.

Piñero es la sonrisa en el mundo de las cofradías, tantas veces ajado por los conflictos internos y externos. Es un tipo abierto, extrovertido e integrador. Una prueba de ello es que los jóvenes de Los Estudiantes le tributaron un homenaje improvisado en el último almuerzo que presidía como hermano mayor. Siempre mantuvo abiertas las puertas de la hermandad, siempre obsesionado por el aperturismo. Cuando algún hermano accedía a la sala de cabildos en plena reunión de la junta de gobierno, Piñero se levantaba y le invitaba a pasar al resto de dependencias de la hermandad, para que no se quedara cortado y se marchara. Su gran preocupación es que ningún hermano se quedara en la calle. Llevó ese espíritu de apertura a tal extremo que se inventó la celebración de la Cruz de Mayo en los patios de la Fábrica de Tabacos con permiso, por supuesto, de las autoridades académicas.

La infancia son recuerdos de las aulas de las entrañables dominicas de Madre de Dios de Carmona. Y la juventud son evocaciones de las clases del colegio de San José (Padres Blancos) de Los Remedios, donde también estudió su hermano Francisco, primer alumno del centro que fue ordenado sacerdote y que hoy, además, es el párroco del templo, al que todos cariñosamente conocen como el cura Paco. ¡Cuántos recuerdos de los juegos infantiles con Francisco en los jardines de la casa familiar de Virgen de la Antigua! La vida son recuerdos de los destinos profesionales de su padre: Marchena, Fregenal de la Sierra, Las Palmas de Gran Canaria… El golpe de Estado del 23-F, precisamente, le sorprendió en el archipiélago. La vida es empezar a cursar Derecho en la Universidad de La Laguna y terminar la licenciatura en Sevilla. Hincar los codos en las oposiciones con ese inolvidable descanso de los desayunos del domingo por la mañana en la cafetería Lunchparty frente a la parroquia de Los Remedios.

La vida es llegar temprano a la legendaria caseta Wifredo el Velloso, de la que su padre era fundador, y contemplar el paseo de caballos. La vida es tener el orgullo de ser el hermano mayor que recogió la Medalla de la Universidad concedida a la cofradía de Los Estudiantes por el rector Joaquín Luque. Y la vida, cómo no, es el recuerdo de su perra Molly, un can de enorme tamaño al que sacaba a pasear por las noches –cigarrito en mano– por la calle Virgen de la Cinta.

Uno de los méritos escasamente reconocidos a este cofrade es que se aprendió el segundo apellido del obispo vasco Mario Iceta, al que recogió en el aeropuerto con motivo de unos cultos que iba a presidir en la Capilla de la Universidad. Siempre se refirió al prelado como monseñor Iceta Gavicagogeascoa. Sólo por eso merecería una distinción del Vaticano, por lo menos… Hizo buenas migas con Iceta y con el cardenal Sistach, uno de los grandes canonistas de la Iglesia española al que también invitó a presidir cultos de la cofradía.

Sin hacer mucho ruido, la verdad es que Piñero ha sido pionero en algunas apuestas. Como hermano mayor promovió la designación de la primera mujer pregonera e incorporó la primera mujer a una junta de gobierno. Hizo presión para que su dilecto Lutgardo García fuera pregonero de la Semana Santa. Lo consiguió. Después, ya de vicepresidente del Consejo, consiguió que su amigo del alma, José Ignacio del Rey, también lo fuera. Su vida es una continúa promoción de notables hermanos de Los Estudiantes. Incluso ha hecho hermanos de la cofradía a muchos abogados, jueces y fiscales.

Analítico con las situaciones de la vida cotidiana, pero siempre con corazón. Siempre tiene a mano la raqueta de pádel para jugar en las pistas junto al río. Y, cuidado, porque es tremendamente competitivo por mucho que se queje de las rodillas. Si fuera futbolista se diría que no le gusta perder ni el Torneo de la Galleta. De hecho, ha ganado en todos los comicios cofradieros que se ha presentado, hasta tal punto que en una ocasión se calificó de piñerazo la elevada cantidad de sufragios obtenidos.

Correcto en el vestir, le pierden ciertos antojos como los regalos promocionales: gafas de sol, polos, etcétera. Muy sevillista, tanto que forma parte de la peña Eindhoven. En su casa exhibe la tabla del Cristo de la Buena Muerte que pintó Ricardo Suárez, regalo de la hermandad por el fin de su mandato. Piñero es de los que cumplen con su trabajo con rigor pero sin obsesiones, sabe disfrutar del horario extralaboral. Su despacho está a escasos metros de la cofradía de su vida. Siempre está cerca de la Capilla de la Universidad por grande que sea el foso que separa el templo del exterior de la antigua fábrica. Siempre está en esa capa reducida de la cebolla. Es por ello, es por ello…

La humildad de servir

Carlos Navarro Antolín | 1 de julio de 2018 a las 5:30

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HAY padres que no conocen a su hija hasta dos días después del nacimiento porque están trabajando en sesión continua. No conocen el rico catálogo de derechos de la sociedad actual porque en su día les enseñaron que la defensa del puesto de trabajo era la mejor forma de cuidar de sus hijos. Y lo llevan a gala. No saben vivir de otra manera. Hay gente que trabaja desde los ocho años, gente que aprendió a leer con sagacidad en la carta ofrecida a los clientes de un restaurante, que ya dice el refrán que estudia más un necesitado que cien abogados; gente que se sabe comportar con exquisitez sin haber pasado por las aulas de una escuela básica, ni mucho menos estar formado en estudios de nivel superior. No tienen más máster que el del sacrificio, más fuerza que la del cariño recibido y la clase que otorga el ser lisa y llanamente una persona de buena condición.

Manuel Patricio Delgado (Écija, Sevilla, 1955) es conocido popularmente como Manolo, el gitano de La Isla, el restaurante del Arenal en el que trabaja hace casi cuarenta años y donde ha conocido hasta cuatro propietarios distintos. Gracias al esfuerzo del actual, Emilio Guerrero, este estandarte de la hostelería de Sevilla sigue abierto y no ha caído en manos de una franquicia. A Guerrero hay que agradecerle una apuesta que ha permitido, además, que este Manuel siga en activo en su puesto de trabajo del alma.

Manolo es el quinto de seis hermanos, hijo de una madre fuerte, fortísima, que vivió 98 años. El niño Manolo se tuvo que poner a trabajar con ocho añitos vendiendo agua en la Pañoleta con una pipa, después repartiendo pan que traía de Camas hasta su barrio, y en otro período hasta pescado que transportaba desde la Nave del Barranco con un carro tirado por un burro.
Todos los sueldos eran íntegros para su madre hasta que se casó. Su afán era quitar de trabajar a quien le había dado la vida. El niño Manolillo tomaba tubitos de cerveza y disfrutaba viendo a su madre feliz con un bocadillo de salchichón y un plato de calamares a la mesa. Con el paso de los años se puso a trabajar en la hostelería, pero era consciente de que no tenía la edad suficiente. Se hacía el remolón con su primer patrón cuando le pedía el DNI para darle de alta en la Seguridad Social. Cuentan que practicaba el muy español “mañana se lo traigo”. Y, claro, ya se sabe que el mañana nunca llega. La bodeguita La Esperanza y la marisquería Casa Pepe (la de Pelopincho) lo forjaron como dependiente. Jamás se autodenomina camarero ni mucho menos encargado. Se dejó ver por La Isla el día que cerró el negocio trianero donde trabajaba. En la célebre marisquería estaba pelando judías el cántabro Alonso, el primer dueño del negocio, que le invitó a ponerse la camisa blanca y a quedarse a trabajar. Hasta hoy. Dicen que Alonso era más que un patrón para el joven Manolo. Bajo cuerda lo ayudaba para casarse, para pagar el alquiler, para comprar el primer ropero…

Este gitano de la Isla encarna lo que hoy se conoce como el valor añadido de un negocio. Por cierto, pese a la piel morena que tiene desde niño, este Manuel no es gitano, pero así es conocido por todos los que acceden a su círculo de afectividad. Su clave es el saber estar, el dar un trato muy cercano a quien se le puede dar, y el saber guardar la distancia con el cliente que así lo demanda. Un día servía raciones de jamón a clientes de los que suman décadas entrando en La Isla. Cada vez que colocaba un plato en la mesa, Manolo se tomaba la licencia de probar la primera loncha, lo que generaba las risas cómplices de los comensales. En una mesa de otra reunión sirvió también una ración, pero sin más concesiones porque carecía de relación personal con el cliente. El comensal lo llamó y le pidió explicaciones: “¿Y usted por qué no prueba una loncha de mi plato?”.

Saber recibir a un cliente es fundamental. Ser humilde, tener oficio, buscar un acomodo al recién llegado cuando hay bulla, cantar las tapas y no largar el tarjetón forrado en plástico, resolver cualquier incidente en la sala… Son las claves de la escuela antigua, la que no se aprende más que con la observación cotidiana de quienes sí saben el oficio. A los 63 años sigue recorriendo decenas de veces la distancia que hay entre la barra y la terraza de los veladores.

Alonso murió y se quedaron sus hijos con el negocio. Después pasó a Pepe y Antonio, dos de los que eran empleados. Ambos se lo traspasaron con el tiempo a Guerrero. Todos han confiado en Manolo. “¿Una cerveza, padre?”. Nunca ha tenido horarios. Su oficio es una especie de sacerdocio. Una noche aguardaba el autobús nocturno en la antigua parada de Tussam de Correos. Un cliente amigo se ofreció a llevarlo a casa. Le insistió. Manolo se negó alegando que su casa estaba muy lejos. El cliente le dijo que él le indicara la ruta, que llegarían sin problemas. “Si el problema no es llegar, padre. Llegar seguro que llegamos. El problema es cómo sale usted de allí, porque vivo en las Tres Mil y no me quiero quedar preocupado”.

De emoción fácil. Sentimental.Sufre y llora por su gente al mismo tiempo que se siente un privilegiado por la confianza recibida. Hay clientes que le dan la tarjeta para pagar y le revelan el pin para que se cobre directamente. Algunos ha habido que le han mandado regalos cuando ha estado de baja. Lleva a gala dos enseñanzas: hacer ganar dinero a su jefe y hacer feliz al cliente.

Le irrita el camarero que no mira a la cara del cliente que entra. Hoy se hablan más idiomas detrás de una barra pero hay mucho menos oficio. No se sabe atender. A este veterano de la barra se le nota que le gusta desplegar los platos en cuanto llega una reunión para ofrecer una primera señal de atención. En una ocasión saludó a un grupo nutrido y ruidoso y comentó en voz baja a un compañero: “Esta reunión va a durar diez minutos, en cuanto vean la carta se largan”. Y así fue: se fueron sin probar una aceituna. Ojo se llama. A Manolo le gusta asesorar al cliente, que se deje llevar por sus orientaciones sin mirar la carta.

Maneja el capote fino cuando hay que espantar a un tipo pasado de trago largo que pretende tomarse la espuela en La Isla. Una de sus reglas particulares es que sólo soporta las lenguas gordas generadas por copas servidas por él, pero no las provocadas por bebidas tomadas en negocios ajenos.

La vida son recuerdos borrosos de Bilbao, donde su madre se colocó un tiempo en una fábrica de anchoas. La vida es lucir siempre un pin de la Virgen del Rocío que le regaló Angelito, el vendedor de lotería que calzaba zapatos de piel blanca. Un día le enseñaron una lección de la que se enorgullece: los hombres que son buenos con sus madres son devotos de las vírgenes antes que de los cristos. La vida es aprender las cosas básicas en el servicio militar prestado en Castellón de la Plana, en el mítico Regimiento de Infantería Motorizada Tetuán 14. La vida es que una de sus hijas naciera un Viernes de Dolores y no la pudiera conocer hasta el Domingo de Ramos por exigencias del guión. La vida es entrar a trabajar un Jueves Santo de principios de los años ochenta y salir reventado en la madrugada del Sábado Santo. La vida es sentir como un honor formar parte de la plantilla de La Isla, querer como propio el negocio en el que trabaja por cuenta ajena. Nunca quiso abrir su propio bar a pesar de que tuvo oportunidades. La vida es estar casado con una mujer más sacrificada que él, sacar adelante tres hijas, ser abuelo de tres nietos e ir mejorando poco a poco las condiciones de vida, con esa velocidad pausada que poco tiene que ver con esos personajes que son vendidos como hombres de éxito y que, al final, acaban como melancólicos urdangarines.

En la antigua hostelería se trabajaba con el corazón. Manolo presume de aprender de algunos clientes sin que ellos se den cuenta: el habla, el trato personal, las formas. Intenta con habilidad quedarse con lo mejor de los que selecciona. Ha servido a muchos famosos, pero no se conocen fotos. Ha vendido mariscadas muy cotizadas y un sinfín de sencillos aperitivos de cerveza y tapita de arroz.

No pocas veces suena el teléfono en la Isla y se oye un acento del Norte: “¿Está Manolo el gitano? Soy el cliente al que le decía usted que estaba en el taco. ¿Me recuerda?”.

Lo bonito es cantar las tapas. Lo difícil es aprender a leer en los títulos de los platos. Y hacerlo rápido. Lo gratificante es atender ya a la cuarta generación de una familia, ser considerado por clientes de toda la vida (Rojas-Marcos, Moeckel, Arredonda, Marchena…), subirle una sopa caliente a un vecino indispuesto, recibir como obsequio un jamón de la marca Joselito, o la obra que un pintor reconocido termina de plasmar en una servilleta.

Empezó fregando platos en la pileta para acabar enseñando a aliñar unas cotizadas angulas. Conoció la Écija del hambre, la que dicen que nunca olvida. En el Arenal hay un dependiente exquisito que siempre luce una servilleta de tela en el antebrazo derecho, marca de humildad de un profesional de la hostelería. “¿Una cerveza, padre?”. Hay que saber que se escribe cocktail de marisco, pero se pronuncia “cote de marisco”.

La fuerza de la ilusión

Carlos Navarro Antolín | 24 de junio de 2018 a las 6:00

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EL que se ríe de uno mismo se puede reír de casi todo. El adulto que sigue siendo un niño mantiene intacta la capacidad de ilusionarse con las cosas pequeñas. El buen humor y la ilusión son un combinado que garantiza la felicidad y nunca deja resaca. Los pesimistas, los que tratan siempre de contagiar al prójimo su carácter avinagrado, desprecian a quienes son capaces de entusiasmarse con el sorteo de la Lotería Nacional de Navidad, con la iluminación de la portada de la Feria, con una convivencia en el Rocío o con una simple ronda de bares. El amargado busca siempre penitentes para su particular cofradía. El lubricante de la vida está, precisamente, en las ilusiones que caben en un cofre de tamaño pequeño, en las fechas especiales señaladas en el almanaque de las emociones, en los momentos de celebración improvisados y, sobre todo, en la capacidad de convertir el trabajo en una fuente de realización personal y estabilidad. Sentido cristiano se llama. Las personas que reúnen estas características son las especiales, las que no pierden un minuto en autocompadecerse cuando la vida les pone una zancadilla y se dan de bruces con un diagnóstico adverso.

Valentín García es un periodista de Canal Sur Radio que a sus 50 años se ilusiona con la riqueza sencilla de la vida cotidiana. Su vida es una lección de buen humor, que adoba en ocasiones con la acidez y la sagacidad de la que pocos son capaces, sólo aquellos que emplean un sacapuntas fino, finísimo, para gastar bromas sin riesgo de provocar reacciones airadas. Se ríe de sí mismo antes de reírse con cualquiera. Y eso es una virtud en una sociedad crispada como la actual y condicionada por la dictadura de la corrección política. Nadie puede dudar de su punto transgresor, el mejor lubricante de su existencia.

El año 2018 saludó a este madrileño de nacimiento y trianero de adopción con una enfermedad en los pulmones. Tenía que salir de cartero real en el arrabal y le dijeron que descansara. Se negó en rotundo. Quería salir y lo hizo. Se enloqueció repartiendo caramelos, como se enajena cada año en el Rocío con su grupo bautizado como Los desorganizados. El gran secreto de la romería tan particular está en el Land Rover que emplean Valentín y sus amigos: un vehículo viejo y ronco del que nadie sabe cómo pasa la ITV. Aseguran con guasa que el momento en que se adhiere la pegatina de la inspección superada al cristal delantero del automóvil es el de mayor emoción del año. Se dice que están compinchados con el técnico, al que darían su palabra de honor de que sólo usarán semejante cacharro con cuatro ruedas para avanzar por las arenas.

Con Valentín no se puede ir por la calle si se quiere llegar puntual a una cita. Se para más que el C-2. El periodista que vino a trabajar de becario en el 92 se ha hecho con un enorme círculo de amistades y conocidos. Todavía se recuerda la fiesta de su 50 cumpleaños el pasado noviembre. Y todavía se evoca en la redacción de Radio Sevilla la fotografía de Carlos Ferrer Salat con la antorcha encendida y Valentín a su lado corriendo y entrevistándolo al mismo tiempo. El primer programa que presentó en Sevilla lo hizo en la SER, junto a Sonsoles García en los tiempos de Radio Sevilla Dos. Estuvo en los comienzos del popular programa La Cámara de los balones con el maestro José Antonio Sánchez Araujo.

Nada arriesgado con la ropa, se cuenta que es gran cliente de Cortefiel porque todas las prendas de este establecimiento parecen hechas a su medida. Usa camisas y chalecos de su padre y de su cuñado. Gasta guasa con la ropa de sus compañeros. Es provocador. Exhibe el vientre a lo Cristiano Ronaldo tras marcar un gol si la ocasión lo requiere.

Su vida es la calle, la radio. Es bueno haciendo radio porque es natural, espontáneo, divertido y tiene esa capacidad para comunicar que provoca ser echado de menos por los oyentes. Su vida es una tertulia eterna, en antena con los oyentes junto a Tom Martín Benítez, o en cualquier bar de su amada calle Castilla. Entre sesión y sesión de quimioterapia, la calle Castilla es su hábitat preferido.

La Feria es esa fiesta donde es capaz de pasar catorce horas. Como buen niño grande es un polvorilla. Se deja ensimismar por el alumbrado. Mira la portada con los ojos extasiados del primer día. Esa capacidad de ilusionarse es quizás el rasgo principal de su carácter. Ilusión por todo: para jugar el cupón de los viernes, o para estar abonado al número 41010 de la Lotería Nacional por ser el número que se corresponde con el código postal de Triana.

Tiene manías muy peculiares. Valentín García, por ejemplo, no puede con los peces. No puede tener cerca ni acuarios, ni objetos de decoración que tengan peces. Una de sus rarezas es la de entrar siempre en la radio con el pie derecho, la cartera en la mano y usar el ascensor de la derecha. O tener siempre 24 botellines en la nevera. Si se bebe uno, lo repone rápidamente. La vida es pasión por su colección de sombreros. Cada viaje un tocado nuevo: hindú, chino, inglés… Y, por supuesto, un tricornio. No le gusta nada el fútbol por mucho que colaborara con Araujo. Francino lo entrevistó recientemente en la SER para toda España y le preguntó si el Betis se clasificaría para Europa. Se tiró al ruedo y dijo que sí sin tener ni pajolera idea de la marcha de la temporada del equipo verdiblanco. Sus afines saben su proclama cuando se trata del balompié: “Yo en asuntos de fútbol me quedé en Calderé”.

En las redes sociales retransmite la evolución de su enfermedad. Sin pretenderlo se ha convertido en la referencia de muchos pacientes con cáncer. Su vitalidad y su capacidad para la comunicación lo han llevado a platós de televisión y a estudios de radio. Por su carisma siempre ha ocupado el centro de las reuniones de forma natural y ahora, quién se lo iba a decir, es la esperanza de cientos de enfermos.

La vida son recuerdos de su estancia en Boston y Nueva York junto a sus padres, del barrio de Salamanca de Madrid donde pocos saben que se ha criado, del chalé de la sierra de la capital de España donde ahora se recupera. La vida es no quejarse casi de nada. ¿Quién ha visto a este Valentín enfadado alguna vez? Quizás cuando algo no se hace bien en la radio. La vida son recuerdos de juergas de juventud interminables, de presumir de las cicatrices, de provocar, exhibir, agitar. La vida es un paseo en la Vespa de color rojo que cuida como a un tercer hijo. La vida es hacer chiste de todo: “Me apunto a un gimnasio y me entra cáncer, ¿os habéis dado cuenta?”. La vida son camisetas de diseño propio que le hacen en un comercio de Vejer de la Frontera. Genial la que luce el lema Fajas Aurora que, por cierto, es el comienzo de la dirección de su correo electrónico particular. El buen humor, siempre el buen humor. La vida es afición por la música de Los Chunguitos, Nacha Pop y Tequila. Es ganar un concurso de cartas de amor convocado en Paradas en 1999. Es escaparse por Cádiz, el Palmar, Zahara de los Atunes o pueblos desconocidos de Portugal que ha descubierto recientemente. No hace mucho se alquiló una casita en un pequeño poblado desconocido y en dos días ya estaba publicando imágenes de una barbacoa de sardinas en la que participaba media localidad. No extraña que digan que es capaz de sacarle conversación al surtidor de la gasolinera: “Ha elegido diesel”. Y Valentín le suelta una de sus perlas a la máquina y ésta le responde…

Un don para la radio, un desastre para la cocina. En la calle no existe nunca el reloj. Y el Viernes Santo mucho menos. Sale a ver el Cachorro por la calle Castilla, se queda en los bares de la collación, ve pasar la O, va empalmando las tertulias y sigue en la misma calle Castilla cuando ya está El Cachorro de regreso. No tiene medida para nada cuando está en la calle. Es el gallo de todos los gallineros que se improvisan a su encuentro. Es feliz con su forma de ser, es un escándalo permanente, una charla continua. Un tipo vibrante. La radio misma. 24 horas conectado si pudiera. De hecho duerme poco, poquísimo. Porque al dormir no puede gastar bromas a sus amigos de la redacción, Jorge González y José María Humanes, no puede lanzar dardos con humor al prójimo, disfrutar con cualquiera de los escándalos que este terremoto arma en un plisplás y contarnos en las redes sociales que va ganando su particular batalla. Durmiendo no se coleccionan sombreros. Y lo sabe.

 

El rey Midas sevillano

Carlos Navarro Antolín | 17 de junio de 2018 a las 5:00

navarro.jpgNADIE con treinta y pocos años rechaza una oferta en firme para vender un negocio por más de 30 millones de euros. A esa edad se piensa en otras cosas, se está quizás a la búsqueda de un empleo estable, tal vez terminando de estudiar unas oposiciones, o sobreviviendo con un sueldo que roza los mil euros. Primero porque en la treintena no se manejan negocios de ese valor. Y segundo porque nadie rechazaría una oferta de ese importe. Cuando se repasan los listados publicados de alumnos célebres de la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla –sobre todo ahora que cumple 500 años– siempre aparecen los mismos ilustres nombres. Políticos que han dormido en la Moncloa, ministros, alcaldes, etcétera. Figuran, sobre todo, licenciados que han alcanzado importantes cotas de poder en España. A la hora de elaborar esos cuadros de honor, el poder cotiza alto, el dinero menos y el prestigio nada. Derecho es esa carrera multiusos, ese robot de cocina de la Hispalense, del que lo mismo salen unas lentejas que un pastel de puerros, lo mismo gente que ha estado en la cárcel que personalidades de la vida pública española. En esta facultad se licenció Rosauro Varo (Sevilla, 1979). La verdad es que él mismo no oculta que acabó los estudios universitarios a trancas y barrancas. Terminó los estudios fundamentalmente por dar una alegría a sus padres: un médico cordobés y una política socialista extremeña.

Lo suyo en los años de estudiante era olfatear las posibilidades de negocio en cualquier actividad. De entrada siempre tuvo en la noche una oportunidad de negocio. En vez de divertirse en las fiestas, maquinaba organizándolas. La Nochevieja era un filón. La empresa de reparto de bebidas, otro filón. El ocio productivo se organizaba en la discoteca BOSS de la calle Betis, la marca de la oferta nocturna a la que muchos siguen vinculando hoy a Rosauro Varo. Cuando ahora lo ven en Madrid con gente de las altas esferas del Íbex 35, siempre hay quien suelta: “Mira, es Rosauro, el de la BOSS”.

No hay torero sin cuadrilla, ni triunfo individual. Varo tuvo un primer padrino fundamental: el empresario Gonzalo Madariaga, que le confió una suerte de embajada de su empresa en Madrid. En la capital de España hizo relaciones fundamentales para su trayectoria. En su vida ha sido clave también su relación con los Medina, los hijos del difunto duque de Feria y Nati Abascal, que le pusieron en contacto con un selecto grupo de amistades, como también lo ha sido su período de vinculación con la Casa de Alba. En Madrid conoció a Javier Hidalgo, hijo de Juan José Hidalgo, dueño de Globalia, el holding turístico español. Javier Hidalgo es ese señor que lo mismo aparece con frac y pajarita en las fotos que con estética del tío que recoge las fichas en una atracción de coches locos. Varo hace su primer gran negocio al intermediar en una operación financiera en el extranjero. Ese dinero lo invirtieron en comprar Pepe Phone al padre de Hidalgo, el negocio de telecomunicaciones destinado a la población juvenil con precios muy bajos y grandes facilidades. Las altas y bajas se hacían con gran rapidez gracias a que no ponían las cortapisas de las compañías tradicionales. El gran pelotazo posterior fue la venta a Más Móvil de la empresa Pepe Phone. Y no se vendió finalmente por esos más de 30 millones, sino por casi 160. La clave, como ahora se ve, fue su olfato para apostar aquellos años por el sector de las telecomunicaciones cuando se trataba de tiempos analógicos. El olfato, sí. Y el don para conocer gente, ser simpático, embaucar, persuadir, convencer… Y hacer de todas estas virtudes su modo de vida. Una simpatía productiva que esconde una capacidad para el riesgo y para el sufrimiento.

Cuentan que también ha sido muy productiva su gran relación con Jorge Moragas, muchos años jefe del gabinete de Mariano Rajoy y actual embajador ante la ONU. Ambos se ven mucho en Ibiza. Varo apostó por Cabify cuando era más arriesgado. Se alió con el presidente de la compañía cuando todavía no se había promulgado el marco regulatorio de los VTC. Compró licencias en Madrid, Barcelona y Valencia. Se aprobó esa normativa y ahí están los cabify circulando.

Uno de sus grandes éxitos ha sido la compra de cinco millones de acciones de Telefónica por valor de 45 millones de euros. La cantidad no le da para sentarse en el consejo de administración, pero sí para moverse como un hombre de referencia de la multinacional. A Varo no se le puede negar su capacidad para el riesgo ni su obsesión por el trabajo. No todos los negocios le han salido redondos. El restaurante en Castellana 8 no cuajó. Ahora está metido en una promoción inmobiliaria en Zahara de los Atunes, otra en Reyes Católicos junto a su amigo el torero José María Manzanares (en el edificio por el que se le pagan más de 25.000 euros mensuales a la Real Maestranza) y sigue con el club de playa de Estepona, el Puro Beach. También se está construyendo una casa en Guadalmina.

De codearse con Moragas ha pasado a correr maratones en Nueva York con el presidente de Telefónica, José María Álvarez-Pallete, o incluso a recibirle en alguna de sus fiestas en su casa de la urbanización La Finca de Madrid.

Es notorio que Rosauro Varo tiene la necesidad de ser alguien importante. Y quiere serlo en Sevilla, donde el reconocimiento o la apariencia de reconocimiento –si llega– se palpa cada día, en cada calle y a cada minuto. Porque Madrid es una selva, una nebulosa, una amalgama de gente donde resulta difícil brillar y, más aún, echar raíces. La prueba de que este joven millonario prefiere Sevilla es la compra de un casoplón en la calle Lope de Rueda, su reciente ingreso en el Aeroclub, su vinculación a la cofradía del Amor y su interés en formar parte de alguna otra entidad de vida social.

Ha demostrado capacidad para moverse en las filas socialistas tanto como para aproximarse (y mucho) a las del PP. Uno de sus principales protectores es hoy el empresario José María Pacheco, presidente de Konecta, con quien comparte relaciones sólidas con Juan Ignacio Zoido. Varo tiene la misma habilidad para codearse en el palco del Bernabéu que para coger sitio en la barra del Emilio de la Plaza de Cuba.

En Sevilla reside en una casa en el Porvenir mientras se prepara la de Santa Cruz. Se trabaja un barniz de intelectualidad dando clases en un máster de la UPO, donde revela datos de su meteórica carrera. Quienes lo tratan aseguran que es un tipo generoso, espléndido. A Varo le encanta explicar su carrera, tiene necesidad de justificar su éxito en foros especializados: el referido máster de banca y finanzas en la UPO, las asociaciones de directivos, los foros en Antares, etcétera. En algunas de estas citas se hace presentar por Luis Miguel Martín Rubio, que siempre refiere sus grandes habilidades para el fútbol.

Su hombre de confianza para las finanzas es Pablo Ferre, el director financiero que controla los números después de que Varo haya olisqueado el negocio. Varo apunta con el ojo y Ferre dispara con los números. Ferre, por cierto, también ha entrado en el Aero con el apoyo fundamental de destacados miembros de la nobleza sevillana.

Varo tiene un chófer que parece el primo de Zumosol. Por su corpulencia se intuye que tiene otras funciones encomendadas además de las de agarrar el volante. Se entiende la apuesta por los armarios empotrados si se tiene en cuenta la proyección social de Varo y que hace muchos años sufrió un ataque en la vía pública que trascendió a los medios de comunicación.

En su mérito está el saber que hubo un tiempo que no era querido por la Sevilla altiva de apellidos arraigados, o que quizás era visto como un niño pijo dedicado a la organización de fiestas con las que ganarse las perras. Tras 15 años de progresión, su presencia ahora es solicitada en todos los foros por mucho que la velocidad en el éxito pueda generar desconfianza. Sin ser ostentoso, es cierto que se ha venido arriba.

Es curioso que Varo no le tiene miedo a perder millones de euros en un negocio, pero tiene cautelas para asumir determinadas cuotas de protagonismo en Sevilla, una prueba quizás de ese temor que genera la ciudad en políticos y empresarios con intención de ser alguien en clave local. Cuando mira la hora en su Rolex, modelo Daitona, no ve el momento de dar por concluida su carrera de éxito en Sevilla. Varo necesita ser un triunfador en la capital de Andalucía casi tanto como vestir los pantalones de perniles estrechos, las chaquetas ajustadas y los zapatos de doble hebilla.

Viaja de Madrid a Sevilla en el AVE casi con la misma facilidad que luce barba o se la quita. Aquel jovenzuelo que pudo ser un gran extremo izquierdo en el fútbol, que se lesionó una rodilla, se convirtió en un empresario de éxito muy bien relacionado con la derecha. Si combina el PSOE con el PP con facilidad, también es capaz de pasarse una fiesta bebiendo coca-cola zero o una Feria a base de champán en su caseta de Feria de Joselito El Gallo, donde se reserva la mesa de la primera fila.

La vida son recuerdos de las aulas de Portaceli, de un negocio de ropa que no cuajó, como tampoco lo hizo la compra masiva de aparatos chinos de cassete justo antes de la irrupción del Cd. Son recuerdos también de una primera oficina de Airtel en 1999 con la ayuda del difunto Alberto Yarte. La vida es un año de estancia en Nueva York para estudiar inglés. Es generar suspicacias en algunos políticos temerosos de que el éxito prematuro pudiera generar problemas, como es provocar la envidia en muchos de los que, en el fondo, quisieran ser como él. La vida es vivir la Semana Santa en una casa alquilada de tres plantas en la esquina de Placentines con la Cuesta del Bacalao, donde se reúnen los cuatro jinetes del Apocalipsis: Varo, José María Pacheco, Miguel Báez Litri e Iván Bohórquez. La vida es tener siempre presente la terna de amigos con quienes hizo sus primeros pinitos como emprendedor: José Laguillo, Luis Morón y Pablo Alberca. La vida son viejas fotografías de aquellas fiestas en el loft de la calle Curtidurías. La vida es el culto al cuerpo en el gimnasio propio, los trajes cortados por un sastre de Madrid y disfrutar viajando en su Range Rover modelo Vogue.

Cuando mira por el ventanal de su despacho de la Castellana ve la sede del Ministerio de Interior. Todo aquello es inmensamente grande, inabarcable y hasta frío. Rosauro en Madrid es una gota en un océano de personajes, con riesgo de aparecer más en las páginas rosas que en las de color salmón. Rosauro en Sevilla es un personaje en sí mismo, el niño que se crió en los jesuitas, el empresario que te paga la convidá en Trifón porque es su cumpleaños. He ahí la diferencia entre Madrid y Sevilla. Le gusta cuidar el territorio como hacen los políticos astutos: no pierden nunca de vista la provincia de la que proceden por mucho que asciendan en Madrid. El dinero pasa, el territorio permanece. Todos los años sale La Borriquita. Y hay túnicas blancas que esperan envolver la inocencia.

 

El poder del frac

Carlos Navarro Antolín | 10 de junio de 2018 a las 5:00

ANTONIO PASCUAL

EL deporte es muy importante para los políticos. Son horas de ocio que, valga la rima, siempre se dedican al negocio, pero con el valor añadido de que se hacen fuera de contexto. Se hace política en todas sus vertientes (periodismo incluido) jugando al pádel en la Moncloa con Aznar, al baloncesto con el avieso Zapatero, o yendo de caminatas con Rajoy por las sendas gallegas. Hubo un tiempo que en Andalucía eran muy importantes los partidos de futbito de los lunes que organizaba el presidente de la Junta de Andalucía, José Rodríguez de la Borbolla, en el pabellón de Arquitectura de la Avenida de Reina Mercedes. Allí se citaban apellidos sonados de la política andaluza como Torres Vela, Recio, Zarrías, Pérez Cano… Los escoltas también jugaban. Un día logró entrar en tan selecto círculo deportivo un señor llamado Antonio Pascual Acosta (Jaén, 1951), el catedrático que debutó en el organigrama de la Junta de Andalucía al frente de la dirección general de Universidades, recién creada en aquellos años ochenta para gestionar las competencias recién transferidas por el Estado. Manuel Gracia era el consejero de Educación, pero sin mucho control de las universidades, por lo que el consejero de Presidencia, el catedrático Ángel López –siempre atento a los movimientos internos, corrientes de opinión y grupos de presión del mundo académico– propuso el nombre de Antonio Pascual. Y Pepote lo aprobó. Pascual terminó escalando a consejero de Educación cuando Borbolla hizo una crisis de gobierno y envió a Gracia a Gobernación. Con el tiempo, tras la marcha de Pepote, Chaves lo mantuvo en el gobierno, pero como consejero de Industria. Fue una etapa corta. Año y medio. Como Zoido en Interior. Cuentan que pese a la brevedad del período, Pascual le sacó muchísima rentabilidad a aquellos días por los contactos personales que hizo con la entonces emergente cúpula de la patronal andaluza, sobre todo con Rafael Álvarez Colunga (1937-2008). Siendo consejero de Industria desembarcó ya para siempre en el mundo de la clase dirigente empresarial. La trayectoria pública de Pascual está estrechamente vinculada a la figura del Lele Colunga.

Pascual era y sigue siendo uno de los fijos en la plantilla de los actos sociales de la ciudad. Es un jiennense del PSOE que parece un sevillano del PP. Es el Luismi de los socialistas, alguien que hace años que dejó los cargos públicos (como Martín Rubio) pero que sigue estando en todas las entregas de premios, foros empresariales de diverso pelaje, conferencias de postín en Cajasol (donde a Pulido no se le va un detalle), desayunos de políticos variados en el Alfonso XIII, retiros (no espirituales) para directivos, funerales de media mañana, cafés en Antares, y toda esa lista de citas en las que lo importante no es lo que se dice en los estrados o presbiterios, sino lo que se cuece en las cocinas o fogones.

Hay una máxima que no falla en la Sevilla de los últimos 25 años. Usted sospeche del anfitrión de cualquier convocatoria de pretendida resonancia si Antonio Pascual no está entre los invitados. Es como lo del jamón del pobre. O el pobre está malo, o lo está el jamón. O al acto va Pascual, o es un acto sin resonancia, de medio pelo.

Pascual controla algo tan serio como la luz en virtud de su condición de patrono de la Fundación Endesa. Y eso es muy peligroso. Pascual controla o interpreta las encuestas electorales, como alto mando del denominado Centro Andaluz de Prospección. Y eso también es muy peligroso. Y Pascual tiene una vara reservada en sitio preferentísimo en la cofradía de la Universidad, a la que se apuntó en 1980. Y eso son ya palabras mayores. Pascual está en todos los guisos. Pascual es ese señor que empezó a usted a ver en Telesur y que de pronto aparece en la toma de posesión de un ministro de diseño (o ministra) de Pedro Sánchez. Todo pasa, Pascual permanece. Como Luismi. El poder del corcho.

En las encuestas del organismo que preside Pascual casi siempre ocurre como en las elecciones de los pueblos: gana el PSOE mientras no se demuestre lo contrario. Pascual manda hacer una encuesta y ya están removiéndose los del PP más que de aquí al congreso extraordinario de julio. Los del PP andaluz telefonean a Pascual para preguntar cómo está el paciente, perdón el partido, y dicen que Antonio les contesta como el del chiste del abogado y el preso en el locutorio: “Lo tuyo va bien, pero si puedes te escapas. Agárrete ligero un escaño en Madrid o lo que sea”.

Pascual es ese señor de pelo caoba que siempre tiene una encuesta para usted. Como siempre tiene a punto el frac para los actos pomposos de la Academia que preside, dada en llamar Academia de las Ciencias Sociales y del Medio Ambiente de Andalucía, un tinglado creado por decreto del presidente Chaves en 1993, siendo consejero de Educación… ¿Saben quién? Tachín, tachín… [Redoble de tambor]… ¡Antonio Pascual! Exacto. Dicen que en los estatutos apócrifos se refleja que se funda para que Pascual pueda amortizar el frac que tiene en propiedad.

–¿Pero qué es lo que tiene en propiedad: la Academia o el frac?
–El frac, so malpensado.

Las academias se mantienen hoy como Mercasevilla. Por no cerrarlas. Con tantas universidades, que hay más que cofradías de vísperas, y el suministro de alimentos de las grandes poblaciones más que asegurado, hay entidades que carecen ya de sentido. Salvo, claro está, que sea para amortizar chaqués y organizar saraos de admisión de nuevos miembros con derecho a fotografía. Anda que no presumió nada don Antonio cuando recibió como académica a doña Amparo Moraleda (Madrid, 1964), entonces presidenta de IBM. Pero de la IBM de verdad, no de los “y veme por esto y veme por lo otro” que hay por Sevilla a manojos dando barzones.

Este Pascual es también conocido en ciertos círculos como el ginecólogo andaluz, porque dicen que como patrono de la Fundación Endesa ha ayudado a dar más (a) luz que el doctor Chacón. Si el IAPH controlado por los socialistas se ha hartado de restaurar cristos y vírgenes, Pascual se ha hinchado a iluminar templos y catedrales. Hágase la luz. Y allí está Pascual apretando botones para activar los leds más modernos del mercado y generar la felicidad de obispos, párrocos y cofrades. Desde que el presidente Pepote alcanzó un convenio inédito de colaboración con el Arzobispado de Sevilla en materia de conservación del patrimonio histórico-artístico, socialistas como Pascual han seguido sin complejos la senda de la colaboración con la Iglesia. ¿A cuántos botones de encendido le ha dado Pascual para alumbrar ojivas, altares y torres? Pascual siempre ha tenido muchas luces… largas. Ser patrono de la fundación Endesa es tener asegurada la buena fama en Sevilla con poco que se haga, como Julio Cuesta con la Cruzcampo. La fuerza de la luz, la fuerza del tirador. Llena ahí. Son cargos amables y de relumbrón, de repartir caramelos como un rey mago en una cabalgata que dura todo el año.

La vida es ser un miembro orgulloso de la asociación de aficionados al tinte capilar de color caoba. En Sevilla crece el número de celebridades que gastan esta tonalidad. Del blanco al caoba. De Pepote a Chaves. De Jaén a Sevilla. La vida es tener un hermano gemelo que suele recibir muchos saludos por error. Te lo encuentras por la zona de la Magdalena, lo saludas y te llevas un chasco: “No, no soy Antonio”. La vida es ser consejero de Educación de la Junta con una apuesta personal por colegios privados y religiosos, al igual que Susana Díaz tiene miembros en su gobierno que apuestan por la enseñanza privadísima en sus parcelas no menos privadas. La vida es ser la cara más amable de la beautiful people de aquel PSOE de los 90. La vida es ofrecer un trato cercano al prójimo, ser solidario al trabajar para organismos benéficos y recordar a Álvarez Colunga –su gran descubridor– en almuerzos periódicos con otros afines en Becerrita. La vida son recuerdos de las celebraciones en el campo del Lele en Olvera (Cádiz), donde Pascual coincidía con Javier Arenas, o de las del santo del Lele y Miguel Gallego, organizadas conjuntamente en el club de enganches a finales de septiembre. La vida es que la clase política andaluza te pida opinión. Pesarán después más o menos sus dictámenes, pero se la piden.

Taurino, fumador de puros, bético, nazareno del Martes Santo. Los escrutadores dicen que solo se nota que no es de Sevilla en que luce un puntito largas las mangas de la chaqueta y un poquito alevitado el faldón. Colmillo se llama. O envidia, porque lo susurran quienes no tienen frac. Pascual transmite alegría pese a los golpes de la vida. Hace poco que el cardenal Amigo lo refirió en un círculo muy privado como ejemplo de fortaleza personal y a algunos de los asistentes se le bañaron los ojos.

Pascual es ese señor en el que uno piensa al recordar aquello que repetía machaconamente el profesor de Matemáticas del extinto Bachillerato. “Quien controla las raíces cuadradas tiene más opciones de llegar lejos en la vida. O, al menos, de que no lo timen cuando compra el pan”. Pascual sabe hacer raíces cuadradas… Pero tela de cuadradas. Del futbito al frac. Del blanco al caoba. Del Telesur a La Sexta. De Pepote hasta Susana.

Sin miedo al riesgo

Carlos Navarro Antolín | 3 de junio de 2018 a las 5:00

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TODO el que trabaja en un banco vive con el riesgo de sufrir un atraco. Todo seminarista sabe que a partir del día de su ordenación oficiará tanto bautizos como entierros. Orto y ocaso. La vida es una cabalgata en la que unas veces somos reyes y otras beduinos. Todo médico sabe que sanará y verá palmar. Todo abogado debe olvidar tan pronto su victoria como su derrota. Todo futbolista debe tener claro que la alegría dura una semana y, muchas veces, ni siquiera tan corto período. Hay labores profesionales que llevan implícita una combinación de luces y sombras muy previsibles y que siempre juguetean con resultado dispar. Hay oficios que tienen muy definidas de antemano sus petaladas y sus lamentos, sus triunfos y sus bochornos, sus vítores y sus silencios. Sólo el sepulturero sabe que ni se queda sin trabajo, ni se levanta el finado. La muerte es el negocio que no quiebra. La muerte no molesta. Llega, elige y nunca vuelve a interesarse por la misma persona.

En Sevilla hay un señor que hasta no hace mucho apoderaba a toreros y futbolistas al mismo tiempo. Ya eran ganas de pasarlo mal… Un día sufrió un mazazo y tuvo que asistir al funeral de uno de sus representados. No, no se le murió un novillero de los que le clamaba por estar en los carteles, no hubo ninguna cornada a portagayola, ni ninguna chaquetilla abierta ofrecida generosa y temerariamente a unos pitones veletos. A Jesús Rodríguez de Moya Rey (Sevilla, 1951) se le murió un futbolista. Quién se lo iba a decir. Se le fue Antonio Puerta (1984-2007) en aquel verano alto en que la ciudad quedó sumida en la tristeza. El rostro de este emprendedor sevillano estará siempre ligado a un funeral en la Catedral, al recuerdo de una llamada de teléfono a su hijo mayor en la que se oía: “¡Se nos muere, se nos muere!”. Y no, no sonó el nombre de ningún chaval con edad de torear desnudo a la luz de la luna. Se oyó el nombre de un futbolista que se derrumbó en el estadio –ironías del destino– a escasos metros de su casa.

Hijo menor de un farmacéutico nacido en Lagartera (Toledo) y de una coruñesa, Rodríguez de Moya Rey es esa inconfundible figura oronda y de pelo albino que forma parte del paisaje urbano del centro de la ciudad.

La vida son recuerdos de un abuelo médico que fue alcalde de Fuentes de Andalucía durante dieciocho años. Su abuelo era un fijo de la tertulia de la Punta del Diamante, donde todos eran amigos y se trataban de usted. Jesús, el nieto preferido, aprendió en aquel foro las mayores lecciones de humanidad, imprescindibles para un estilo de vida en desuso. La vida son recuerdos de jugar al toreo en el salón de casa con los muebles apartados y las muchachas con el carretón. Y también son recuerdos de las aulas de los Maristas, el colegio del que conoció sus tres sedes: Jesús del Gran Poder, San Pablo y Los Remedios. La vida son evocaciones de los veranos en la Sierra de Guadarrama, donde coincidía con Alfonso Ordóñez, y del equipo de fútbol de la Facultad de Derecho, del que conserva alguna vieja camiseta roja. No acabó la carrera porque apostó por casarse pronto y emprender una singular aventura empresarial. La vida son recuerdos del servicio militar en Burgos, donde coincidió con Manuel Román Silva, caballero boticario y cofrade de reconocido prestigio.

Rodríguez de Moya se fue muy joven a Cádiz y montó nada menos que un criadero de perros en Chiclana y una tienda de animales y plantas en la Avenida Cayetano del Toro, en la capital. Eran tiempos duros en los que, con sentido del humor, don Jesús cuenta que por la mañana se comía choped y por la noche huevos fritos. Y, al día siguiente, por la mañana se tomaban huevos fritos y por la noche choped.

Su vida no se entiende sin su profunda amistad con Curro Romero, al que conoció porque el matador de toros acudía con frecuencia a la casa de su padre en la calle Marqués de Paradas. Jesús tenía seis años y prestaba atención a aquellas tertulias taurinas. Pasados muchos años, pudo comprobar que su amistad con Curro valía su peso en oro. Romero toreaba en la Feria de Jerez y se acercó al comercio que Jesús tenía en Cádiz para comprar plantas que, según comentó, eran para su casa de Marbella. Curro se llevó todas las que había en la tienda, pagó religiosamente, montó todos los tiestos en el coche y se marchó. Jesús se enteró un tiempo después de que todas las flores tuvieron otro destino a excepción de un clavel que, efectivamente, llegó hasta la residencia del torero en la Costa del Sol. Era la forma elegante en que Curro quiso ayudar al amigo.

Por fortuna, un día dio por concluida la aventura gaditana al surgir la oportunidad de trabajar en la oficina del antiguo Banco de Levante en la calle Cuna. Los sábados los dedicaba a llevar la contabilidad de una gasolinera. La del banco fue toda una experiencia que incluyó sufrir un intento de atraco en plena calle cuando transportaba la recaudación de un despacho de quinielas. Rodríguez de Moya llegó a director de oficina del Citibank en República Argentina y se hizo cargo de las grandes cuentas de la Expo’92. De tratar con perros se acostumbró a tratar con… perras gordas. Incluso se dedicó un tiempo después a la banca privada con despacho en la Plaza Nueva. En los años de banca consumió muchas suelas de zapatos en las tareas de comercial. Jesús era un comercial a la vieja usanza, de los que no necesitaba informes del Departamento de Riesgos para conceder un crédito. Solamente mucho ojo. Muchos recuerdan una de sus principales enseñanzas al frente del banco: “Escuchar es gratis”.

Tiene algo de sacerdote de la vida al que algunos acuden a pedir consejo. A los traidores no dedica un minuto. Acaso una frase lapidaria mientras disfruta de una ensaladilla del Donald: “Ya pagará el montañés el vino que se bebió”. Y suele gastar otra para los que le sacaron más dinero de la cuenta en un negocio: “Pobrecito, le hará falta”.

Toda su vida está trufada de momentos vividos con y junto a Curro. Durante años prestó asesoramiento bancario al camero. Una noche vio cómo Curro le compró todos los billetes a un vendedor de lotería con un ruego: “Pero váyase a su casa ya que le estarán esperando”.

Rodríguez de Moya era de los pocos que sabían dónde estaba Curro en los días previos a su boda. Nunca ha difundido detalles de la vida de su amigo. Cuando el torero le vendió su casa de Marbella a Julio Iglesias, quien hablaba en su nombre en la mesa de negociación era Jesús Rodríguez de Moya, que instaba a Curro a no precipitarse a la hora de firmar hasta no estar todo en orden: “Todavía no, Curro”.

Durante muchos años fue un accionista importante del Sevilla F.C., un club del que le ofrecieron hasta tres veces ser presidente, y un equipo en el que su hijo Jaime jugó en los escalafones inferiores. Fue responsable de la cantera de la entidad de Nervión al mismo tiempo que mantenía su trabajo en la banca. Vivió en directo el descenso administrativo del Sevilla en 1995. Estuvo tres días sin aparecer por casa, afanado en demostrar que el aval bancario existía. De su paso por el fútbol queda su apoderamiento de jugadores como Reyes, Navas, el griego Tsartas, Carlos Marchena, Sergio Rico, Luis Alberto, Antonio Luna, Arzu, Fernando Vega… Y, por supuesto, aquel cuya muerte sumió a la ciudad en una melancolía que se rememora en cada partido del coliseo de Nervión cuando llega el minuto 16.

Nadie se ha acordado todavía de imponerle la insignia de oro y brillantes pese al programa de homenajes que el club emprendió hace unos años.

Si hay algo que le pierde a este sevillano observador es el aperitivo. Sus santuarios preferidos son El Manijero, Donald, la Azotea… Vecino de la collación de la Magdalena, hoy anda libre de compromisos tanto en el fútbol –un mundillo que lo dejó desencantado– como en los toros. Dejó de ser apoderado por un compromiso que alcanzó por escrito con su mujer. Si Esaú Fernández (Sevilla, 1990) cortaba dos orejas en su alternativa en Sevilla, dejaría el costoso mundo del apoderamiento. Y el joven diestro camero las cortó. Se acabó una etapa, pero no la pasión por los toros, donde tuvo y tiene grandes amigos. Es de los pocos que estuvo en el velatorio de Paquirri en su casa de los Remedios. Alguien le hizo una proposición indecente: colocarse una pequeña cámara de fotos en la solapa de la chaqueta para captar esos dolorosos momentos de intimidad. Se negó, por supuesto.

Canoso desde que tenía 30 años. Aficionado a coger de las orejas a sus hijos y nietos. Es su señal de afectividad. Nada sevillano al uso, pese a las apariencias. Fue costalero de la primera cuadrilla de hermanos de los Estudiantes. Un día le ofreció su medalla del Cristo de la Buena Muerte a un Pepe Luis Vázquez convaleciente. Alguna lengua afilada dice que es miembro destacado de la cofradía apócrifa del lamparón en la camisa. Más de la plaza de toros que del real de la Feria. De misa diaria en Sor Ángela o en la Magdalena. Miembro de varios jurados de premios taurinos. Como un torero de los de antes, cumplió el sueño de conducir un Mercedes. Está continuamente entre Sevilla y Marbella, donde promovió la construcción de un centro de alto rendimiento que usan los mejores clubes del mundo. Le queda por cumplir, quizás, el sueño de ser rey mago, pero lo sobrelleva con una compensación nada despreciable: unos buenos desayunos a base de calentitos y tostadas.

El exceso como motivación

Carlos Navarro Antolín | 27 de mayo de 2018 a las 5:00

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RESULTA curioso, tremendamente llamativo, que en esta sociedad sin maestros, crispada y con una convivencia urbana degradada, el tratamiento del usted se mantenga en un mundillo como el del fútbol como cuando casi no se conserva en ningún otro círculo laboral. Los alumnos tutean al catedrático por esa igualación por abajo o, quién sabe, si porque los catedráticos de hoy son de pata blanca (por acreditación) y no de pata negra (por oposición). Hasta alguno hay que ha sacado la cátedra tras varios intentos de acreditación y anda queriendo quitarle el sillón a don Miguel Ángel Castro. Tenga usted cuidado, rector magnífico, que le vienen por derecho… Decíamos que los alumnos y profesores se tutean, como los curas tutean a los feligreses y éstos, claro, se toman la misma confianza con los presbíteros. Tutea el camarero, tutea el panadero, tutea el ordenanza, tuteaba el dependiente del Corte Inglés a todos bicho viviente hasta que se ha empezado a aplicar la encuesta exprés sobre el grado de amabilidad con el que (usted) ha sido atendido. Tutean los empleados de Paradores, tutean los médicos a los pacientes, tutean las enfermeras y los celadores al médico, con las correspondientes consecuencias a medio plazo que siempre provoca el no saber guardar las necesarias, saludables y recomendables distancias. Pero, fíjense ustedes, en el fútbol sigue siendo muy habitual que el entrenador se dirija a los futbolistas de usted. Hay más tratamiento de respeto en un entrenamiento de fútbol –“¡Chute! ¡Dispare! ¡Márquelo! ¡Muévase!”– que en el aula magna de cualquier universidad española.

Joaquín Caparrós Camino (Utrera, Sevilla, 1955) es un gran defensor del usted, ya sea para dirigirse a un tiarrón consagrado como defensa central, caso de Pablo Alfaro, ya sea para tratar a pipiolos de 16 años llamados José Antonio Reyes, Sergio Ramos (todavía limpio de tatuajes) o Jesús Navas. Veías a Caparrós hablarle de usted a Navas y ese usted tenía más cuerpo que el propio futbolista. El usted de Caparrós a Navas era como ver a Pau Gasol de chaqué, que los tiros largos parecían inmensos.
Caparrós fue el arquitecto que puso los cimientos del engrandecido Sevilla F. C. que ha llegado a nuestros días. Como los cimientos siempre son una estructura anclada al suelo, a los bajos, empezó la labor en Segunda División, cuando el Sevilla no es que no ganara nada, es que llevaba años sin levantar siquiera un Carranza. Y aquellos sevillistas de entonces se conformaban con ganar el Trofeo Estella o ver marcar goles al alcalareño Ramón Vázquez. El mayor trofeo era hincarle el diente a la salchicha roja que se vendía en los bares del interior del estadio, con esos botes de mostaza o ketchup de dudosa procedencia y que pasaban de mano en mano sin control alguno.

Su carácter de puro nervio y ese continuo papel de agitador, de estar mascando chicle, de provocar constantemente al interlocutor, le llevaron a Caparrós desde el principio a practicar esa labor intensa de motivación, ese aldabonazo permanente al estado de ánimo de los jugadores, toda esa estrategia que hoy se conoce como coaching. Caparrós ni ha estado en universidades especializadas de estimulación de la creatividad, ni en seminarios sobre explotación del rendimiento de trabajadores a su cargo, ni ha hecho ningún máster sobre la forja de habilidades directivas. Es así. Se enloquece en el autobús camino del estadio, parece que es víctima de un Siroco. En esa forma de ser encaja a la perfección una estética ligeramente desaliñada, con el cabello un tanto caótico, con aspecto de científico estresado. Algunos dicen que Caparrós no usa peine: se peina con la toalla. Malas lenguas se llaman.

Hay quienes conocieron bien su carácter en el Trofeo Carranza del año 2004, disputado en la localidad de San Fernando por obras en el estadio de la capital gaditana. Ganaba el Sevilla 2 a 1 al Valencia cuando el balón cayó causalmente en manos de Miguel Ángel Moreno, el periodista que retransmitía el partido desde la banda para la emisora oficial del club. Moreno se apresuró a devolver el esférico al terreno de juego, lo que provocó la reacción airada de Caparrós, que gritó para afearle la conducta al periodista, al que demandaba que fuera más lento, que contribuyera a perder tiempo de juego: “¡¡¡La radio del Sevilla no está metida en el partido!!! ¡¡¡No lo está!!!” Todos debían tener mentalidad de futbolista: desde los utilleros a los periodistas, pasando incluso por el cuerpo médico.

La motivación es fundamental para este entrenador con perfil de hincha, para este sevillano con el que es imposible hablar con calma. Siempre está nervioso, más aún cuando no se encuentra a gusto en un sitio. Si llega a una reunión y no le agrada el ambiente, rápidamente comienza a buscar la coartada para escaparse. Caparrós contagia sus nervios a los presentes.
La vida son recuerdos de la barriada de Pío XII, desde donde acudía andando con su padre hasta el estadio del Sevilla. La vida es acabar los partidos con victoria y mirar al cielo para dedicárselos a quien le inculcó la afición rojiblanca. La vida es repetir cualquier pauta si ha conducido al éxito. Ha lucido el mismo traje en los cuatro partidos que ha entrenado al Sevilla este final de temporada. Yel mismo reloj de la marca G-Shock, de color rojo y de gran tamaño. Ni siquiera se puso el chubasquero en el encuentro con el Alavés pese a la lluvia que estaba cayendo. Todo lo que sale bien debe ser repetido con solemnidad litúrgica. La vida es procurar que los futbolistas no se debiliten con los elogios, no le gustan las alabanzas a los jugadores: “Hay que evitar el azúcar”. La vida es una etapa feliz en Bilbao al frente del Atlhetic Club, donde descubrió a Llorente y a Javi Martínez. Y donde acabó conocido por los vascos como Jokin.

A Caparrós siempre le ha gustado tener controlados a los futbolistas y que éstos se encontraran cómodos. En su etapa como entrenador en el Sevilla promovía los jueves la organización de cenas. Él no asistía nunca a las veladas, pero le gustaba que los jóvenes salieran y trasnocharan –debidamente controlados– una vez a la semana. Para conseguir su objetivo se apoyaba en los veteranos Pablo Alfaro y Javi Navarro, a los que al día siguiente preguntaba por el número de asistentes, el ambiente general y las horas de recogida de todos y cada uno. Tenía claro que dos jugadores se entienden mejor en el terreno de juego si antes han compartido mesa y mantel, como tenía también muy presente la edad de los futbolistas: gente joven con ganas de vida nocturna.
Vehemente, puro nervio, transmite su inquietud a todos los que tiene próximos. Caparrós es de los que no se dejan un gato en la barriga, aunque en ocasiones pague el precio de soltar declaraciones que pisan la raya de picadores del mal gusto. El fútbol de hoy, no obstante, tiene la manga bastante ancha como para aceptar el estilo de este profesional que viene de vuelta. En las vísperas de derbi le gustaba empapelar el vestuario con declaraciones de jugadores béticos que tuvieran el efecto de provocar a los suyos:“Este año quedaremos por encima del Sevilla”, “El Sevilla nunca estará por encima del Betis”.

No quiere entrenar más. Es el sexto entrenador con más partidos en primera división de la historia: 499 encuentros. Caparrós es el tipo más parecido a Manolo Cardo, el célebre entrenador sevillista de los años ochenta al que se recurría en períodos delicados y que siempre salía en chandal en los informativos de mediodía de Telesur haciendo pequeñas flexiones.

De los días veraniegos de preparación de la temporada en Isla Canela, siempre se recuerda su afición por las paellas, que organizaba como convivencia entre jugadores y periodistas. A Caparrós siempre le ha gustado cuidar las relaciones entre ambas partes, y hacer de pararrayos para ser el centro de las broncas de las aficiones rivales para restarle así presión a sus jugadores.
Entrenador con perfil de forofo. Personaje que está a gusto cuando tiene los ojos desorbitados. Redescubrió para toda España que la sangre es roja. Y que puede hasta hervir, porque todo es posible cuando se trata de fútbol. Acuñó la cadencia de “partido a partido” para aludir a la necesidad de vivir la Liga a corto plazo antes de que se le atribuyera inmerecidamente al argentino Simeone. Aseguró –siempre provocando– fijarse en los genitales de sus jugadores y encontrarse con que son rojos y blancos. El exceso como motivación, el nervio productivo. Las malas lenguas dicen que no se sabe la letra del himno del centenario, como los hay que en misa no se saben la salve en latín. Pero nadie le discute la devoción, ni le pide prestado el peine.

El comandante mandó tocar

Carlos Navarro Antolín | 6 de mayo de 2018 a las 5:00

ABEL MORENO

Llegó, vio y se dio cuenta de que la música con mayor aceptación en Sevilla eran las marchas de Semana Santa. Y que la Semana Santa era donde mejor encajaba su concepto de música. Se impuso una triple exigencia: componer melodías sencillas para que pudieran ser interpretadas por músicos no profesionales, adecuadas paras las cuadrillas de costaleros y pegadizas para el oído del gran público. Abarcó así a todos, siguiendo la línea de su admirado Emilio Cebrián; pero tal vez pagó la factura de no alcanzar las denominadas élites culturales.

Este músico militar de larga trayectoria es el compositor que ha marcado la Semana Santa de varias generaciones de sevillanos, entre los que figuran muchísimos capataces y costaleros, dos colectivos que parece que han sido mimados por su ingenio, enfocado siempre a marcar los ritmos y empeñado en acompasar el andar de la gente de abajo. Pocos como Abel Moreno (Encinasola, Huelva, 1944) han sido fieles al concepto de marcha como composición que ayuda precisamente a eso: a marchar. Abel Moreno es para muchos sevillanos en el plano musical lo que la voz apasionada de Buzón es para el Pregón, o el libro del cura Federico Gutiérrez ha sido en cuanto a bibliografía de consulta urgente en los tiempos en que la oferta era mucho más reducida y la masificación aun no condicionaba la principal fiesta de la ciudad. Abel Moreno es la Sevilla de los 80 y 90 proyectada al futuro con vocación de perpetuidad. Siempre ha sido muy aficionado a insertar en sus marchas fragmentos de música popular o de otras melodías conocidas con el objetivo de hacer más comprensibles sus creaciones. En una marcha para Huelva incluyó un fandango, en una dedicada a la Virgen de la Encarnación metió el ‘Ave María’, en la de la Macarena usó un bolero y en el inicio de ‘Virgen de los Estudiantes’ apostó por el comienzo del ‘Gaudeamus Igitur’.

Moreno es un grande de la música que sucedió a otro grande como don Pedro Morales al frente de la Banda de Regimiento del Soria 9. En Sevilla aterrizó de capitán. Y en Sevilla llegó a comandante. Siempre ha sido y es el comandante Abel Moreno por mucho que después ascendiera a teniente coronel y Madrid nos lo quitara para hacerlo director de la Banda del Inmemorial del Rey número 1.

Cuando era director de la banda del Regimiento de Soria 9 procuraba que ningún soldado pasara la Nochebuena en la soledad del cuartel. En una ocasión, siendo las once y media de la noche, se presentó con su hija en la estancia de los reclutas de guardia del viejo cuartel de San Fernando. Traían cava y mantecados para aquellos dos jóvenes. Uno de ellos, por cierto, era Francisco Javier Gutiérrez Juan, hoy director de la Banda Sinfónica Municipal de Sevilla. A Gutiérrez Juan lo conocía cariñosamente como “el niño” y lo ‘fichó’ como oboe para el Soria 9 como a otros  tantos que llegaban a hacer la mili y tenían cualidades para la música, caso de Juan José Puntas, autor de ‘A ti Manué’. Formar parte de la banda tenía sus ventajas, pues esa condición llevaba aparejada la concesión de permisos para acudir todos los días al conservatorio.

La vida son recuerdos del niño que aprendió la vocación de su padre, director de la banda de Encinasola. El niño Abel se empleaba esos años en aprender a tocar el fliscorno y en jugar “partidos internacionales” con los muchachos de los pueblos de Portugal próximos a la frontera con España. El futuro le tenía reservada entonces una etapa fundamental como estudiante en Zaragoza con ocasión del servicio militar. En tierras mañas tuvo la oportunidad de matricularse en el conservatorio y de forjarse como músico. La vida es llegar por primera vez a Sevilla y que el  maestro Marvizón sea el encargado de recogerlo en el aeropuerto para llevarlo a la sede de la discográfica Pasarela, dirigida entonces por Miguel Ángel de la Cueva.  La vida es tener una calle dedicada en tres municipios de España: Alcalá de Guadaíra, Encinasola y la localidad zaragozana de Magallón, donde nació su esposa. La vida es estar destinado en Pamplona en los años fatales de ETA y vivir con esas rutinas a las que obligaba el protocolo de seguridad al salir de casa y coger el coche. La vida es sentir el orgullo de que una de sus marchas, ‘La Madrugá’, sea elevada a la categoría de banda sonora de una película: ‘El capitán Alatriste’.

Cuando Moreno alcanzó el rango de director, comenzó a lucir el sable de protocolo que le regaló su padre en desfiles y celebraciones. En una ocasión estaba en la estación de tren de Algeciras, cargado con el equipaje y con el sable en una funda. Fue entonces cuando Abel Moreno recibió la pregunta más insólita que probablemente nunca ha oído: “Maestro, ¿dónde torea usted?”. La vida es recordar al sargento Guillermo Fernández, al que al regreso nocturno de la Paz mandaba subir a la Torre Sur a tocar el solo de trompeta que marca la composición ‘Lloran los clarines’. La vida de este vecino de Nervión es ejercer de sevillista fervoroso con abono en el Ramón Sánchez Pizjuán.

Cuando murió Gámez la Serna movilizó a toda la banda para tocar en su funeral. La Banda del Soiria 9 responde hoy a la frase hecha de ya no ser lo que era. Ironías del destino, la marcha del maestro Abel Moreno a Madrid casi coincidió en el tiempo con las disposiciones del Ministerio de Defensa para diezmar las formaciones musicales. Se produjo una debacle en todas las bandas del Ejército. Moreno tuvo la suerte de dirigir la banda en una de sus mejores etapas. Y a esa coyuntura favorable se sumó su innegable ingenio, que le ha provocado no pocas envidias, ya que su música ha sido interpretada desde por la Sinfónica de Berlín hasta por la Banda Municipal del Saucejo. Algunos creen que ha cometido el pecado propio de los grandes compositores: apostar casi siempre por la interpretación de sus propias marchas pese a dirigir una banda del Ejército, no una formación musical privada. Pero eso, efectivamente, sólo se lo pueden permitir quienes tienen un repertorio amplio y de calidad. Otros no le perdonan que abanderara el intento de cobrar los derechos de autor de las marchas interpretadas en la carrera oficial, una opción que no se olvide que está reconocida en la legislación española. Abel Moreno no fue comprendido en toda aquella polémica.

En Sevilla, ciudad a la que se ha entregado y que ama, no tiene calle ni ha recogido grandes distinciones más allá de un reconocimiento unánime a su labor y de gozar de un gran prestigio. Es cierto que jamás ha cultivado ciertas relaciones sociales. No ha dejado de ser un militar recio, disciplinado y  con fama de cuadriculado y serio, poco dado a cambalaches. También lo es que la clase política se arriesga poco a la hora de reconocer la labor de militares en tiempos adversos para la tan necesaria implantación de la cultura de defensa. Pero es que, además, don Abel tuvo que sufrir que le quitaran las dos sillas de la Campana desde las que  veía llegar las cofradías por la Plaza del Duque. Por fortuna, el Consejo intervino y se pudo alcanzar una solución particular. A quien tanto ha trabajado por la belleza de la Semana Santa, a quien ha ayudado a alcanzar a Dios por la música, casi lo dejan sin el mejor legado que podía recibir tras décadas de trabajo: mantener dos asientos de Quidiello para contemplar cómo se acercan los pasos de palio a los sones de ‘La Madrugá’, ‘Soledad Franciscana’, ‘Virgen de los Estudiantes’ o ‘Hermanos Costaleros’, por citar solamente algunas de sus principales composiciones. Don Abel está jubilado pero no inactivo. Dicen que anda investigando en los archivos asuntos, por supuesto, relacionados con la música que pueden ser motivo de próximas publicaciones. En la tarde del pasado Jueves Santo, por ejemplo, se le pudo ver en uno de los mejores balcones de la Campana con el maestro Marvizón, Antonio Moreno Pozo, compositor cordobés; Juan Carlos Sempere, ex presidente de las bandas de Moros y Cristianos de Valencia; Claudio Gómez Calado, compositor de ‘Triana de Esperanza’; Guillermo Martínez, saxofón de la Banda Sinfónica Municipal de Sevilla y director de la Banda del Carmen de Salteras; Manuel Jesús Lucas, catedrático de Flauta Travesera en Sevilla, Tommaso Cogato, aristócrata y concertista de piano, y la violinista Mariarosaria Daprile.

De ‘La Madrugá’ se ha dicho que es un himno de la Semana Santa por ser una composición bien hilada, equilibrada y que invita tanto a la emoción como al recogimiento, tanto al silencio como al fervor, tal como es la noche del Viernes Santo.  La vida es una batuta, un uniforme, una banda, el caminar pausado tras un paso de palio.

Dos disparan juntos

Carlos Navarro Antolín | 8 de abril de 2018 a las 5:00

salazarbajuelo

EN Sevilla hay dúos que forman parte del paisaje urbano y que generan afecto y simpatía. Personas que se llevan la mar de bien y a las que no se entiende por separado. Incluso tenemos un dúo histórico que sacamos en procesión el Jueves de Corpus: las Santas Justa y Rufina, mártires trianeras. ¿Usted se imagina al cardenal Amigo sin el hermano Pablo a su lado dispuesto a colocarle la mitra, pasarle las páginas de los textos sagrados durante la misa, o advertirle de que una señora está esperando con ilusión y paciencia su bendición detrás de una valla? Un dúo archiconocido en la vida social de la ciudad es el de las hermanas Cobo, ora en las butacas del teatro de la Maestranza, ora en la plaza de toros, ora en la salida de la Redención, la cofradía que atrae a los famosos en los últimos tiempos. Otros dúos actuales son los modistos Victorio y Lucchino, el ministro Zoido y Gregorio Serrano, los peperos locales Beltrán Pérez y Rafael Belmonte, el interventor y el secretario del Ayuntamiento, José Miguel Braojos y Luis Enrique Flores, el abogado Adolfo Arenas y el carpintero Andrés Martín. En la Sevilla de los 90, por ejemplo, eran muy conocidos el dúo del poeta Manuel Lozano y el pintor Francisco Maireles, y el del presidente del Consejo Antonio Ríos y su hermana doña Rosario.

El dúo que cuenta con mayor antigüedad en Sevilla es el de los fotógrafos Fernando Salazar y Ángel Bajuelo. En Sevilla están los sevillanos de la Cámara con mayúscula al igual que están los sevillanos de la cámara con minúscula. La Cámara con mayúscula es ese organismo que no se sabe muy bien para qué sirve en la actualidad, pero que le da ocupación cotidiana a gente muy respetable y querida. Gracias a la Cámara con su mayúscula tenemos a don Francisco Herrero en todos los saraos de la ciudad, que da gusto saludarlo, siempre maqueado, tan sonriente como el metre de Becerrita y dispuesto para la fotografía de rigor que habremos de ver en todos los papeles al día siguiente e incluso en sucesivas jornadas. Un hombre, un voto. Un acto, una foto. Un tinglado sin Paco Herrero es un pregón sin versos, un Martes Santo al revés, una Feria sin Calle del Infierno. Y entre los sevillanos de la cámara con minúscula están en lugar preferente dos de la quinta del 52, nacidos ambos en la Puerta Real. Salazar y Bajuelo, Bajuelo y Salazar. Comparten vocación por la fotografía, pero no la ocupación profesional. Salazar ha sido mayorista del gremio de la joyería hasta su reciente corte de coleta, que se produjo el pasado Sábado Santo. En España las cosas importantes suceden en Sábado Santo: la legalización del Partido Comunista, la salida de la Canina y la jubilación de Fernando Salazar, que deja de transportar oro en su maletín de alta seguridad como un Melchor de la vida cotidiana, de cliente en cliente, de joyería en joyería.

Bajuelo, en cambio, es un sevillano que hasta hace poco te vendía una moto. Literal. Se ha pasado más de cuarenta años vendiendo motocicletas en un comercio de la calle Torneo. Cuando Salazar terminaba de descargar el oro en los mostradores de las joyerías y Bajuelo había colocado ya todas las motos a los clientes de la jornada, ambos se dedicaban (y aún siguen) a patrullar la ciudad con la cámara de fotos. Antes usaban las de carrete y ahora emplean la Fuji o la Nikon. Antes trabajaban con las diapositivas y ahora se afanan en el tratamiento digital. Quizás la clave de la permanencia del dúo es que Salazar y Bajuelo son completamente distintos. Fernando es la gracia, la guasa y esa otra modalidad de humor llevado al extremo que aparece mechado de acidez. Bajuelo es la discreción, el paso atrás, el silencio, la observación, los párpados a media altura que protegen unos ojos que lo escrutan todo calladamente mientras los demás hablan. Unidos por la fidelidad a la cofradía del Museo y por la afición a lucir barba, pero separados por los caracteres. Salazar tiene mando en plaza en muchas cofradías gracias a su popularidad. ¿Cuántas veces no hemos visto a un capataz preguntarle en plena faena?: “Fernando, ¿te lo paro aquí para la foto?”. Y se oye el martillazo, los zancos se van al suelo y Salazar y Bajuelo preparan la escalera y la cámara y se ponen a disparar.

Fernando es el trabajo con los métodos tradicionales. Bajuelo es el innovador, el primero de los dos en usar el palo, las máquinas digitales y las composiciones angulares. Fernando es el relaciones públicas, dicharachero, siempre con el sacapuntas preparado para afilar cualquier situación. Y Bajuelo disfruta si se libra de ir a un acto que exija hablar en público o de tener que recoger un premio. Cuando Fernando suelta una gracia de las buenas, quizás lo mejor es comprobar cómo Bajuelo se ríe para adentro, esa risa de nazareno que se intuye por los ojos del antifaz.

Fernando es la fuerza física. Bajuelo es la capacidad de adaptación a las nuevas tecnologías. A Salazar se le recuerda alzar victorioso los carretes tras un intenso día de Semana Santa, sabedor de que había conseguido las imágenes que buscaba: “¡Ocho, ocho orejas he cortado!”. Esos pasos de frente o de lado, con un encuadre perfecto, sin una farola, sin una banderola de comercio, sin un calvo estropeando la perspectiva.

Fernando ronea de sus fotos, exhibe al vuelo la capa brillante de sus triunfos. Le gustan los cielos celestones cuando la noche aún no es plena. Ángel es de ruan, la cola siempre recogida, y prefiere la luz potente del día. Cuando aparecieron los primeros teléfonos móviles con capacidad para hacer fotografías –aquellos Nokia muy básicos– ocurrió un hecho curioso en el retorno nocturno de San Roque. Salazar no aguantaba más y exclamó: “¡A ver los tontos con los móviles! ¡Ya está bien!”. Se esfumaron todos los usuarios de teléfonos y el dúo incombustible pudo entregarse a su afición.

Una singularidad de Salazar es que tiene un palco en la plaza donde es muy difícil sorprenderlo. Para Salazar, su amigo y socio Bajuelo es el “maestro”. Te lo encuentras solo, le preguntas por Ángel y te suelta una perla: “El maestro está en el puente con el palo”, en alusión a los nuevos artilugios que ofrece la técnica y que Salazar siempre ha mirado con recelo.

La vida son recuerdos comunes del colegio infantil de la calle Gravina y posteriormente del colegio San Luis Gonzaga de la calle Trajano. La vida es parar las tardes de Semana Santa para el avituallamiento en Martián, el comercio de Sierpes de Eduardo Martínez Angelina. La vida era levantar la diapositiva y disfrutar de la foto en ese formato, la vida es el ruido de las máquinas al disparar, la fundación del grupo de fotógrafos F-100 que tenía su sede en Jimios. La vida es encontrarse con monseñor Amigo hace unos años por la calle Tomás de Ybarra una tarde de Semana Santa:“Fernando, me debe usted la foto de cuando llegué a Sevilla”. Yya se sabe el lema general de Fernando, la leyenda de su escudo personal: “Mañana te llevo la foto”. Las fotos son siempre para un mañana que llega a la velocidad que dictan los autores de las imágenes. La vida es un dúo cuya heráldica bien podría basarse en tres elementos: el trípode, la escalera y la moto para los desplazamientos rápidos. La vida es beber de la fuente de Luis Arenas y tener discípulos predilectos como Javier Mejía, exquisito fotógrafo que suma lo mejor de cada uno de estos dos sevillanos.

Los sábados a mediodía son para la tertulia El Escapulario en el salón de Casa Ricardo, antigua Casa Ovidio, donde son fijos Juan Salas Tornero y su hijo, Joaquín Lopera, los Fernández Palacios, Antonio Escudero y Gabriel Camacho, entre otros.

Los tinglados que monta el personal para casarse en los últimos tiempos provocan que este dúo cada vez acepte menos los reportajes nupciales. ¿Ir a la playa a hacer fotos de los novios con el mar de fondo? No, gracias. ¿En los Jardines de Murillo? No, gracias. ¿En la Plaza de España? No, gracias. Y Salazar y Bajuelo van poniendo mesura y eso que cotiza cada vez menos en las celebraciones sociales: el criterio. Tonterías, las precisas. Y como dijo el tabernero de la calle Boteros cuando le pidieron con una pronunciación muy trabajada una copa de Marie Brizard: “Chucherías, al quiosco de la Alfalfa”.

Siempre vestidos con respeto para las cofradías, el Ateneo o cualquier acto social al que son reclamados. Siempre alejados de la estética de muchos fotógrafos de hoy que parecen yihadistas con cinturones de explosivos para trabajar. Siempre parcos en la palabra y con el tono de voz bajo. Son confundidos con asistentes al culto, a la procesión o a la conferencia de turno. Junto con Martín Cartaya ejecutan a la perfección la virtud de estar sin ser visto, trabajar sin molestar y acudir a los sitios sin hacerse notar.