El motor del ego

Carlos Navarro Antolín | 2 de noviembre de 2014 a las 5:00

ALEJANDRO ROJAS MARCOS
AQUELLA tarde de Feria, a la sombra de la calle Gitanillo de Triana, la única que goza de albero umbrío gracias a los plátanos de Indias, Monteseirín pasó entre el público con ese séquito que es el predicado de todo sujeto con poder. Un dirigente del PP contempló la escena desde la puerta de su caseta: “Nada que ver con aquellas Ferias de Alejandro como alcalde. Nadie como Alejandro ha vestido el cargo. La gente lo paraba cada dos pasos. Su figura tenía un destello especial. La verdad es que el tío tenía carisma y mucha fuerza como alcalde”. Y tanto. En la Feria de 1994 se enfrentó en solitario a un centenar de trabajadores de Lipasam que habían convertido en un estercolero el acceso a la caseta municipal por una protesta laboral. “¡Esto no se le hace a Sevilla!” Logró todas las portadas, algunas hasta de fuera de la ciudad. En la Feria de 1995 se produjo un incendio, tres fotógrafos que trataban de cubrir el siniestro resultaron agredidos por policías. El andalucista se abrió paso entre la multitud: “¡Si le pegan a un fotógrafo que me peguen también a mi”. Un genio, una figura.
Alejandro Rojas-Marcos (Sevilla, 1940) anduvo en política siempre pisando las brasas. Apostó por quemarse, desde el histrionismo de aquellos sucesos de la Feria a los delirios de grandeza de construir un estadio con pretensiones de acoger unos Juegos Olímpicos. En su día, mucho tiempo ha, intentó ser un virrey del PSOE, pero Guerra lo vetó. Al final fue el rey del PA. Ido el rey, se deshizo el reino.
Su constancia rozaba la obsesión. Su capacidad de trabajo tenía la fuerza de un tren imparable. El motor era su ego, con un empuje que en no pocas ocasiones conducía a enfoques radicalizados de los asuntos o a llevarle a ejercer de defensor de las causas perdidas. Ahora yo, luego yo y después yo. Ese estilo tan personalista fue la cima y la sima del Partido Andalucista, una formación política que hoy no es más que un cadáver en avanzado estado de pudrición.

Monotemático y megalómano. En un vídeo de la campaña de las municipales de 1999 se subió a una de las columnas de la Alameda para hablar sobre Sevilla nada menos que con Julio César. Se puso a la altura del emperador.

Como todo político con larga trayectoria, ha exprimido a la gente y ha dejado heridos en el camino. Y los heridos consumen agua y alimentos. Preparan su venganza como toda realidad que es ignorada. No le ha importado estar rodeado de profesionales más brillantes que él. La clave estaba en que no le robaran protagonismo, en que el motor de su ego no perdiera nunca la capacidad de avasallar. Y nunca la perdía.

La disciplina era patente en la dieta. Alejandro –sólo su nombre basta– se alimentaba fundamentalmente de nueces y galletas macrobióticas, una especie de sultanas de coco de extrema dureza y evidente sequedad. La disciplina no era rota ni en las cenas oficiales en el Real Alcázar, donde sólo ingería las guarniciones de verdura, mandando la carne de vuelta a los corrales de la cocina. Las excepciones se dejaban para las jornadas calificadas como “días en off”, cuando asomaba el Pantagruel que lleva dentro y yantaba huevos fritos y manitas de cerdo.

Amante de la verdura y aficionado a la medicina alternativa, a los consejos de la homeopatía. Tan cierto como que después cultivaba el sibaritismo a la hora del trago largo. Por ejemplo, un buen ron solo con hielo. O la manzanilla especialmente escogida para su caseta. Tenía en su casa, al menos en aquellos tiempos del Amo a Sevilla, todos los artilugios posibles para disfrutar de esos momentos con tan selectos destilados cubanos o tan exquisito caldo de Sanlúcar. Poco dado a la cocina, salvo para hacer platos sencillos como la ensalada de aguacate con langostinos. Toda la habilidad y la destreza que exhibía para el culebreo propio de la política, se tornaba en reconocida torpeza para las labores de bricolaje. Si había que hacer un agujero en la pared, cogía el trompo por la broca para hacer ostentación de incapacidad.

En las relaciones con su cohorte de asesores y aduladores, nunca fue un déspota, sí un radical exquisito, que es una modalidad particular de soberbia. Siempre tuvo memoria para lo bueno y para lo malo. Presumía de un marcado sentido institucional, como todo político con el ego disparado. En una ocasión dio órdenes a los servicios de protocolo para que fueran retiradas las medallas de los concejales al término de la procesión de la Patrona. Los ediles terminaron por rebelarse y llevárselas a su casa. Hay que reconocer que nunca fue aficionado a colocar su nombre en las lápidas de las inauguraciones. Se negó a recoger la medalla de la ciudad concedida por el Pleno en 2009.

Su estilo personalista elevó a su partido a las mayores cotas de poder, pero también lo hundió, entre otras razones, al impedir crecer políticamente a las generaciones posteriores. Los que vinieron a trabajar después de Alejandro sabían que en la calle Castelar estaba una de las sedes oficiales del partido, pero también estaba la otra: la propia casa de Alejandro, convertida en santuario de peregrinación en los años de Alcaldía y en acudidero para quienes aspiraban a hacerse un hueco amparados por la tutela del padre.

Los principales colaboradores han trabajado, comido y hasta jugado al pin pon en su casa, como Antonio Ortega. ¿No recurría Aznar al pádel en la Moncloa? Pues Alejandro fue en eso un precursor con las terapias del pin pon. Sólo los elegidos subían al soberao, la última planta reservada para los encuentros de élite. No pocos santos y cumpleaños se han celebrado en esa casa. Eso sí, jamás hubo excentricidades propias del cateto con posibles. El estilo alejandrino siempre fue discreto. Selecto. De una elegancia austera. Todo lo más, algunas licencias en la vestimenta, en ocasiones con ese aire de lord inglés venido a menos, pero lord al fin y al cabo; con esas corbatas floreadas de principios de los 90, esos zapatos de suela gorda de goma, idóneos para la columna; o esos cuellos altos para estilizar aún más su enjuta figura. ¿Y el chaqué? Dicen que se encargó uno sin forro. Yque los sevillanos siempre le han perdonado estas pequeñas licencias. La sociedad inglesa es permisiva con la nobleza como lo es la sociedad sevillana con quienes considera de la ‘clase’. Cuentan que para Alejandro un moro con dinero es un árabe… Y que es mejor tener entrenador personal (que lo ha tenido) que relacionarse en el gimnasio. Al fin y al cabo fue criado en una familia con todas las comodidades y salía de España cuando pocos se lo podían permitir. ¿Arranca tal vez de ahí su concepto quiritario de la política, ese enfoque patrimonialista de lo público? En su morada de Castelar recordaba a veces a esos hermanos mayores de antes que mangoneaban la cofradía a su antojo y se llevaban los libros, los archivos y hasta las joyas de la virgen a su casa.

Muy atrás queda aquel estudiante de Derecho que vestía como Kennedy, se peinaba como Kennedy y que fue concejal por el tercio familiar. Ya entonces se perfilaba como un liberal, convencido de la necesidad de activar políticas sociales con el dinero de las clases medias. Nunca fue un intelectual, ni falta que le ha hecho. Sus críticos lo tildan de insoportablemente soberbio, hosco y sin sentido del humor, pero le reconocen que luchó por las libertades y contra la dictadura. Quizás sea el producto perfecto de una ciudad como Sevilla, donde a los balcones se le llaman cierros. Ahora suele estar en esa nube que surca los vientos por encima del bien y del mal.

Con Soledad Becerril acabó muy mal en lo personal tras ocho años de convivencia en el gobierno. Testigos hay de que ni se saludan, ni siquiera en el ambiente distendido bajo las lonas de una caseta. Amó tanto a Sevilla que creyó que era suya. Y Sevilla no se casa con nadie. Va de mano en mano. Como la falsa moneda.

  • Juan

    Enhorabuena por este análisis casi froidiano de todo un mago del PA.

  • noestoy

    Ahora se están acordando de él.

  • Francisco Bonilla

    Un buen retrato, sí señor.

  • BLAS

    ¿Buen artículo? Creo que ha faltado algo sobre la cacería en toda regla orquestada por el inevitable PPSOE y su casta mediática afín. Cacería no personal, cacería al andalucismo….. !!!Enhorabuena!!! El andalucismo está prácticamente hundido. !!!Buen trabajo!!! Lo malo para los titiriteros es que del hundimiento del PPSOE (ahí si que hay soberbia, clientelismo y sobre todo mediocridad) emergen con fuerza elementos políticos que os van a hacer sudar las de Caín.
    Carlos, este mensaje te lo regalo…no hace falta ni que lo publiques.

  • xomin

    Carlos Navarro:Parece que conoces bien a tu idealizado Alejandro..Muy atrás queda aquel estudiante de Derecho que vestía como Kennedy, se peinaba como Kennedy y que fue concejal por el tercio familiar.Por esa época (años 60) un grupo de “pequeños” vaqueros (uno de ellos mi padre) socios de la Central Lechera de Sevilla se organizaron y con el nombre de Asociacion Virgen de los Reyes,(Requisitos de la época) lo contrataron para defenderse de los abusos de los socios “grandes”.Que ocurrio? Alejandro, fiel a su estilo, los traicionó los dejo tirados en beneficio de los poderosos.Es lo que tiene la memoria , la verdad es terca como un mulo,y a pesar de lo que creen “algunas” gentes, en Andalucia las traiciones se pagan, ahí está el PA..

  • Miguel Angel

    Muy buen artículo. Y ahora bajando a lo cotidiano: gracias a él Sevilla tiene., entre otros, Metro y una excelente red de bibliotecas y centros cívicos. Ah, y sigo insistiendo como en otros foros que el Estadio Olímpico no es de Rojas Marcos. Se hizo para el Mundial de Atletismo promovido por una Diputación encabezada por…Sánchez Monteseirín. Luego, se aprovecho como infraestructura para pedir los Juegos Olímpicos. Pero eso ya es otra historia, porque teniendo mejor candidatura, se la dieron a otras ciudades (No se lo han dado ni a Madrid!)

  • uno q estaba arando

    Blas. Comparto su comentario. Respecto de la expresión… ” Partido Andalucista, una formación política que hoy no es más que un cadáver en avanzado estado de pudrición.” Le sugiero Sr. Navarro, que la ponga en relación con la mayor fuente de pestilencia y corrupción en la historia de Andalucía, que le presupongo informado, que cuenta con la honrosa distinción del albergar la ciudad mas antigua de occidente. Le supongo igualmente informado, que esta fuente, no es otra que el PSOE-A. Cueva de reputados amigos de lo ajeno, y academia donde se licencian suma cum laude, los personajes mas dañinos de la historia reciente de nuestra tierra. Que se puedan formular reproches o hacer retratos de caracteres opinables, hoy resulta una broma. Que el mayor reproche material que pueda hacerse a un Alcalde de Sevilla, sea una opinable buena o mala inversión en una infraestructura, mientras pasan frente a nuestras narices, los casos mas pestilentes y putrefactos de corrupción protagonizados por los compañeros de los grandes antagonistas políticos (PSOE y PP) del personaje referido. Sr. Navarro, espero de usted un artículo parecido, tras las próximas Elecciones Generales, y espero de la misma forma, que los que sin piedad, han atacado desde la trinchera del periodismo de jornal, el intento de organizar políticamente a un Pueblo secularmente olvidado y maltratado, y como acto de contrición , señalen la muy mal oliente, putrefacta e indecente cloaca en la que se han convertido a ANDALUCÍA los mismos que inventaban desde el poder, una fórmula para la MUERTE SOCIAL del Andalucismo y de quién se atreviese a liderarlo.

  • Vecino

    Le debemos su contribución a la lucha por las libertades, al rescate de la figura de Blas infante, a la autonomía de primer nivel (aunque para lo que ha servido en manos de quien está…), la única línea de metro que tiene y que parece ser que tendrá en muchos años Sevilla (pago del Psoe para que Monteseirín se sentase en la alcaldía)
    No se le conocen yates, ni palacios en Marruecos, como tienen otros que le acusaban de señorito, y eso que a los periodistas al servicio de los grandes partidos les hubiese encantado pillarle en un renuncio para machacar su honor a base de bien ¿verdad?. Solo tienen contra él chismes, anécdotas, medias verdades y una mala baba y un resentimiento que no se explica contra alguien que ya no está en la política.