El silabeo adormecedor

Carlos Navarro Antolín | 25 de enero de 2015 a las 5:00

ILUSTRACIÓN
EN su casa de Nervión de los años ochenta no había espíritus rebeldes por más que aquellos muchachos los invocaran con ingenuidad y osadía calculadas. Yeso que eran ritos de tardes de verano, cuando había que matar el tiempo a la sombra de cualquier casa. Nunca se movía el florero, ni se desplazaba el cenicero, ni levitaban las patas del sofá por más que los jovenzuelos se concentraran como pequeños budas. La primera y última psicofonía irrumpió de pronto desde otra habitación. Era una voz marcada por una parsimonia inaudita, que se recreaba en la pronunciación, con elevaciones progresivas del tono y con bajadas también progresivas, todo siempre con una cadencia estudiada: “¿Pero qué estáis haciendo, niños?” O mejor transcrito: “¿Pe-ro qué es-táis-ha-cien-do?” José Rodríguez de la Borbolla (Sevilla, 1947) apareció en la habitación en pantalón corto de estar por casa. No era la voz de ningún espíritu dispuesto a mover agujas o a tambalear las estanterías, era nada menos que el presidente de la Junta de Andalucía. Sí, Pepote disolvió la sesión. Dio un vaso de agua fría a cada uno para mitigar el calor y, hala, a jugar a la calle. Los muchachos se fueron contentos: no habían sentido ningún presencia del más allá, pero habían visto a ese señor que salía tantas veces en el Telesur de mediodía, en aquellos informativos con escasez de imágenes de documentación en los que siempre salía Pepote en las noticias de política y siempre aparecía Manolo Cardo en chándal en las de deportes, haciendo siempre la misma carrera corta y las mismas flexiones. Aquellos maravillosos años, nosotros y solo nosotros, habíamos conseguido entrar en aquella casa de la que hablaba medio barrio y el otro medio también.

Algunos no recordamos a Pepote con trajes de pana color albero y bigote dando mítines en los cines de los pueblos, pero sí que en el portal de su casa se evidenció el cambio de uniforme de la Policía Nacional: del marrón al azul. Los escoltas devolvían a los niños los balones que se escapaban del parque. Pepote sufrió en su vivienda –alquilada al padre de Felipe González– los primeros escraches, cuando entonces no se hablaba de escraches, sino de “caceroladas a las puertas del piso del presidente de la Junta en la periferia de Sevilla”, según la ignorancia de los telediarios de Madrid para los que el entorno de la entonces pujante Avenida de San Francisco Javier debía ser un lugar de fábricas, talleres mecánicos o incluso de pasto para el ganado.

Lo malo del silabeo tan calculado, marca de identidad del personaje como los abanicos o las camisas cubanas, ocurría en las entrevistas radiofónicas, cuando Pepote hablaba despacio, bajando el tono casi como un timbre de teléfono con la batería agotada e inducía al error. ¿En cuántas casas de la blanca y verde Andalucía no le han pegado un porrazo a la radio al creer que estaba mal sintonizada o falta de pilas?

–Niño, vete al quiosco por pilas de voltio y medio para el transistor que ya se oye malamente.
–Que no, que son nuevas. Es que están entrevistando al presidente de la Junta, al que va en moto y viste cubanas.

Pepote es de la cofradía de los que rajan tela y demandan concentración en el interlocutor; de los que, como se dice, echan el balón abajo e inician un discurso estructurado en presentación, nudo y desenlace, mechado con varias de esas pérdidas de batería en el tono que dificultan la captación de la narración. Algunos creen que esos altibajos son recursos de viejo profesor para mantener a los alumnos con los ojos abiertos como un emoticono. Otra corriente de opinión de esas hermanas de la caridad que pululan por Sevilla defienden que el silabeo es un arma letal que Pepote administra a la perfeccióncontra interlocutores no partidarios de su causa: los duerme, los despierta y los vuelve a dormir. Los cansa y se los lleva de calle. Victoria por puntos.

Una mañana de la pasada Feria estaba en un velador de la calle General Polavieja apurando un dedo de aguardiente mientras el limpiabotas lustraba sus zapatos, cuando alguien echó mano de la guasa:
–¡Pepe! Ten cuidao no te vayan a echar una foto y te pase como a Arenas en el Hotel Palace
–A mi me importa muy poco que me hagan la foto. Yo ya estoy… ju-bi-la-da. ¿Me has oído bien? Ju-bi-la-da. ¿Quieres sentarte y tomarte un anís?
Y miró al limpiabotas: “Siga, no se preocupe. Si-ga dán-do-le us-ted bri-llo, buen hombre”.

Pepote ha mandado mucho. Fue presidente de la Junta y secretario general del PSOE andaluz, pero de un PSOE fortísimo, no de un PSOE que busca las tablas y que sólo se sostiene por el puntal andaluz y alguna viga de medio calibre que ayuda en Asturias. A Pepote se lo cargó Guerra, como todo el mundo sabe y a él no le gusta recordar. Y lo quitó del sillón por eso: porque mandaba mucho. Guerra sólo quería a su vera subalternos que colocaran las banderillas y dieran el paso atrás. En vez de irse de inmediato de la política, Pepote prefirió probar en el ruedo municipal. Creía –ingenuo– que la Sevilla de derechas le votaría como alcalde al reconocerle como uno de los suyos, pero la política municipal, de muy corto alcance, tiene otras medidas. Y la gente de derechas, aunque lo aceptaba en la distancia corta, lo veía siempre con traje de pana a la hora de echar el voto. Para colmo, fue el presidente que inició las conversaciones para comprarle a la Iglesia el Palacio de San Telmo, una operación autorizada por Roma que provocó un conato de cisma en el clero local y que mucha de la Sevilla inmovilista mirara con recelo a un joven arzobispo que se sentaba con los rojos en la mesa de negociación.

Alguna lengua, debidamente afilada en las hemerotecas, asegura que lo peor del final de su etapa política regional fue que comenzó a escribir artículos periodísticos con una temática preferente:las películas del Oeste. Pese a que Pepote es un gran admirador de John Wayne, Guerra desenfundó primero. Mucho mejores eran los artículos que firmó cada Viernes de Dolores sobre Semana Santa introducido por Luis Carlos Peris.

Al perder las primarias del PSOE frente a Monteseirín para ser candidato a la Alcaldía en las elecciones de 1999, Pepote se fue ya definitivamente de la política activa. Comenzó una singladura por las aguas de la influencia, ora embravecidas, ora el mar plato. Hubo un tiempo en que funcionaron los bufetes encargados de defender los proyectos de los empresarios de la derecha en los despachos de los políticos de la izquierda. Igual que hay visitadores médicos, también existieron los visitadores de la Gerencia de Urbanismo. Muchas veces fue Pepote a las caracolas para desbloquear licencias de primera ocupación. Nunca pidió nada directamente. Pepote tiene estilo. Usa recursos elegantes, nada burdos. Incluso si hay que facilitar ante la Dirección General de Minas que una empresa pueda horadar la tierra.“Tengo una idea…” “Esto puede ser bueno”. Yembauca al interlocutor.

Su vida tiene un triple anclaje:el PSOE, el Calvario y el Betis. Una periodista de Madrid le preguntó si era creyente, a lo que respondió, cómo no, con silabeos estratégicamente intercalados: “Yo creo… en los cris-tos y vír-ge-nes de la Semana Santa de Se-vi-lla”. Siendo presidente, nunca dejó los partidos de fútbol de los jueves en el pabellón cubierto de Los Escolapios. Nadie podrá negarle tener los pies en la tierra –pasó de presidente de la Junta a líder de la oposición municipal– y ser bastante humilde. En las reuniones en algunas agrupaciones del partido se sienta en la escalera si hay mucha concurrencia: “Échate para un lado, Juan, que no veo”, le dijo a Juan Espadas en una reciente ocasión.

  • PEDRO PERALTA

    El hombre esclavo de los “mienmanos Guerras, ya que se veía obligado a aceptar lo que le imponía mienmano” Juan, que le llegó a afirmar, “por qué no podemos ser ricos los socialistas”. Y monto el negocio del “cafelito” para quedarse co n todos los cortijos de Andalúcía, y Rodríguez de la Borbolla de paternal pasivo. Y Alfonso le advertía, ” no haga nada sin que lo sepamos en Madrid”. Y devolvía partidas dinerarias que ho había realizado en Andalucía, cuando centenares d miles de andaluces lo estaban pasando mal.

  • Zahara Rodríguez

    Ays ese Pepote que se lo creía, cuánto se echa de menos. Luego llegaron los tiempos en que antepuso el dinero a la ética y de esa manera empezó a venderse al mejor postor… y así hasta ahora. Una pena, la verdad.

  • PEDRO PERALTA

    Zahara Rodríguez, el error de la democracia fue dejarse gestionar por abogados que se metieron a políticos, y por gente muy poco preparada, que entraron en la política para forrarse sin miramiento. lo que dio paso a las corrupciones. En la política debe entrar gente con titulos universitarios con preparaciones apropiadas a la gestión del Estado que tienen que desarrollar, ya que no necesitan la política para comer.

  • sincero

    Borbolla nunca fue un personaje querido, ni antes ni ahora. Si todo un ex presidente de la Junta es incapaz de ser alcalde en su propia ciudad… Carisma cero, pero además habia algo más… Saludos cordiales.

  • Reino de Granada

    Este elemento; se cargó Andalucia, el dia que le quitó a Málaga Torremolinos, si no al tiempo, en Málaga cada dia se odia más a la Junta sevillana, mientras antes salgamos de este engaño mucho mejor.