El aristócrata de la Alfalfa

Carlos Navarro Antolín | 8 de marzo de 2015 a las 5:00

Ismael Yebra
HAY sitios sin ningún valor arquitectónico en los catálogos, sin belleza alguna contemporánea, sin ni siquiera el minimalismo de moda. Pero hay sitios huérfanos de volutas, de pináculos y de dorados que gozan del sabor de lo auténtico, que atesoran ese patrimonio inmaterial que hace único un lugar, que generan añoranza cuando se llevan días en la diáspora y que hacen que la vida cotidiana gire en torno a esa porción de tierra urbana. Eso ocurre con la Plaza de la Alfalfa, lejos de los modelos estéticos de las postales de la ciudad, huérfana del caserío del XVII y del XVIII y sin ninguna fachada que merezca altas catalogaciones en los planes urbanísticos. La Alfalfa engancha a muchos sevillanos como engancha la playa onubense de la Antilla. Por su patrimonio inmaterial, por su autenticidad, por su capacidad para generar ese estado del bienestar que, al fin, hace que un vecino se sienta a gusto en su calle, en su entorno, y decida hacer su vida en ella. Todo el que vive en la Alfalfa en su sentido geográfico más amplio (plaza, calle y alrededores)sabe cuáles son los tres sitios por los que más preguntan los extranjeros, visitantes y vecinos de otros barrios y pueblos: la Casa de Pilatos, la Carbonería y la consulta del dermatólogo. ¿Y quién es ese doctor de la piel tan demandado? Uno de los ilustres caballeros de la apócrifa Orden de la Alfalfa: Ismael Yebra Sotillo (Sevilla, 1955), un sevillano de humor fino, al estilo de Gila, socarronería profunda sin herir a terceros, sin hacer nunca sangre con la puya, viandante pacífico con una bolsa con libros.

Yebra es experto en los problemas de la piel, en literatura y en toros. Preside el Observatorio de la Alfalfa y Otros Modos Sui Generis de Vida. De la Alfalfa al mundo, urbi et orbe. Un sevillano veinteañero acudió apurado a su consulta ante la pérdida galopante de cabello. El afamado doctor, lejos de vender crecepelos de un laboratorio trincón y lejos de instar al gasto en preparados de minoxidilil al 5%, le firmó una prescripción que años después no olvida: “Lo mejor contra la pérdida de cabello, el único método infalible, es una cajita para ir guardándolos, ¿sabe usted?”. Y aquel joven se fue a la búsqueda de un cofre para sus pelos. Y hasta hoy. Humor se llama. Y el humor es algo tremendamente serio. Si Julio Iglesias sigue padeciendo alopecia es porque Yebra Sotillo aún no ha encontrado la forma de mutar los genes que programan cuándo conviene ir buscando la cajita.

El doctor Yebra es un sevillano serio, pero de puertas abiertas. Tan abiertas que sufre el gorroneo de dermatólogo gratis por la jeta. Todo el mundo se cree con derecho a pararlo por la calle para preguntarle por la manchita amarilla en el cuello, la verruga incipiente en la espalda o extrañas protuberancias en lugares mucho más delicados y especialmente necesitados de hábitos de higiene. El personal no tiene reparos en darle el alto en la Feria o en la calle Muñoz y Pabón y, ala, a remangarse la camisa, a subirse el pantalón o a estirar el cuello, con todos los pelos por delante, para someter los lunares al dictamen de este dermatólogo de la categoría G. G.: de gorra y de guardia. Es lo que tiene la buena educación: los terceros se creen con derecho a abusar de ella. No saber decir que no en la tierra de los gorrones es llevar en la mochila una auténtica pajarería de plumaje variado, al más puro estilo del antiguo mercado dominical de la Alfalfa, por no salirnos de los lares donde hoy se toman medidas para este traje dominical.

Hay quien no sale en la Feria de una caseta como hay quien casi no sale de la Alfalfa en Semana Santa. El doctor Yebra es de conformarse con ver las cofradías que pasan por su casa: la Candelaria y San Bernardo. Y de acudir lo indispensable a la Feria. Es un discreto penitente de San Isidoro, la cofradía de la familia. Y por encima de todo es hermano de un insigne tabernero recientemente jubilado: José Yebra Sotillo, con quien se crió en la dureza de quedar prematuramente huérfanos de madre. Su padre murió –casualidades de la vida grabadas a fuego en la memoria– el día que Nixon tomó posesión como presidente de los Estados Unidos. Los renglones torcidos de Dios permitieron al niño Ismael, monaguillo de San Ildefonso, y a su hermano Pepe, siete años mayor, comprobar que hay vecinos que son los amigos ciertos en la hora incierta, que diría el aforismo de los clásicos.

Académico de la de Buenas Letras y en breve de la de Medicina, aunque es más del mosto de Umbrete que de los tiros largos en la Casa de los Pinelo; más de evadirse por las celdas de los monasterios de Silos o Cardeña con su compadre Curro que de presumir de ferretería en la solapa. Yebra es de esos selectos sevillanos que no se arrastran por un reconocimiento, pero que tampoco tienen complejo alguno en recoger una medalla, aunque sólo sea por no resultar descortés. Y casos ha habido en los que hubiera preferido no acudir a recibir el ad calorem. Muy habitual en la gente que lee es el desprecio por el mundo de las vanidades.

Jamás le pidan a este médico literato que pronuncie un pregón de Semana Santa. Lo suyo es el culto interno, tal vez porque tiene sangre zamorana de Rábano de Sanabria. De ahí quizás su pasión por la clausura de los conventos, que lleva décadas recorriendo hasta en las mañanas de agosto, cuando se topaba con corrales de gallinas en el San Clemente de los años ochenta. Yebra sabe con precisión cómo el continente africano ha irrumpido con fuerza en los monasterios de la diócesis. Las monjas españolas son minoría.La negritud, que diría Anson, se ha apoderado de la vida contemplativa. Sevilla en clausura suena aún a órgano antiguo, sí; pero también al Waka Waka: esto es África. Dos mil libros sobre monasterios pueblan su biblioteca particular, sin contar otras temáticas.

Este Chéjov de la Alfalfa (“La medicina es mi esposa legal; la literatura, sólo mi amante”) ha sido un gran seguidor de Curro Romero, otro académico. Su indudable sentido de la prudencia no le impide el ejercicio de la crítica con los matadores que considera “albañiles del toreo”, aquellos que no adaptan la lidia al burel, sino que, a juicio de este galeno, torean siempre igual, como el que enfosca ladrillos. El ladrillo casa mal con el arte, pero muy bien con los pregones.

Usted podrá acudir a la consulta de este médico, enseñarle una verruga, pedirle opinión sobre un herpes o codearse con él en la barra del Manolo, pero no entrará en el selecto club de sus amistades más íntimas hasta que no lo vea coger la guitarra y cultivar su afición por el cante jondo, una pasión que reserva para ratos escogidos.

Un día le dedicaron una semblanza en un periódico, que agradeció con unas líneas en las que se traslucía el sonrojo que provoca el protagonismo repentino en toda persona educada en la discreción, ese verse en la palestra, ese saberse incluido ya en ciertos círculos de la sociedad oficial sevillana por su condición de académico. El periodista le respondió con uno de los mensajes finales de Muñoz Molina en Todo lo que era sólido, cuando pide a los informadores profesionales que concedan notoriedad y proyección a quienes hacen tareas verdaderamene sustanciales para la sociedad, personas generalmente anónimas que, como Ismael Yebra, llevan décadas siendo como son, pero que esta ciudad, moribunda e indolente, saca a la palestra sólo por un repetino instante de lucidez. Este humanista de la Alfafa es aristócrata por su sencillez. Y realmente hace cosas sustanciales por la sociedad, además de dejarse un dinero en Céfiro o en la librería de viejo de Los Terceros. Y de estar harto de analizar verrugas por la calle. Aunque no lo dice. Nobleza y educación obligan. Y a ciertas alturas de la vida no debe estar uno ni para bajar escaleras, ni para cambiar su forma de ser.

  • José Jesús Conde

    Enhorabuena. Le ha hecho usted, a mi dermatólogo, un traje a medida.

  • José Carlos Jaenes

    No se puede describir mejor ni con mejor estilo al efectivamente, hombre mas insigne y posiblemente querido de mi barrio, mi querida Alfalfa, que estando en el centro, en una ciudad convertida en bar sin gracia para turistas de dos dias, se vive con la cercania del pueblo de nuestra infancia.
    Enhorabuena por el escrito, como seguramente diría el bueno de Ismael.

  • Eva P.

    Estupendo artículo a un excelente médico y seguro que persona. Yo, que sólo le conozco porque he sido su paciente, puedo confirmar que nunca te engañará prometiéndote la cura con un producto caro que no tenga demostrada su eficacia y además, si puede recetarte una fórmula magistral que sea más barata también lo hará. Honestidad ante todo y una forma de entender la medicina que tiene mucho de psicología y de ver la vida siempre desde el lado positivo.

  • leon lasa

    un merecido y acertado articulo para una magnifica persona, algo tan dificil de encontrar hoy en dia.

  • Juan morillo

    Un verdadero placer leer artículos sobre personas que engrandecen esta ciudad, por su bondad, profesionalidad y sencillez. Ismael es el sevillano ejemplar. Sólo se omite una pasión de la que se siente muy orgulloso, su béticinismo sano, respetuoso y sin radicalismos, perfil propio de su personalidad. Enhorabuena.

  • Carmen Sánchez

    Enhorabuena. Por añadir algo a este memorable escrito, si vamos al diccionario a ojear la descripción de bonhomía, quien conoce a este hombre, lo reconocerá.

  • Lorenzo

    ¡Ah!, ¿pero Pepe tiene un hermano?