El docto sablista

Carlos Navarro Antolín | 28 de junio de 2015 a las 5:00

Alberto Máximo Pérez Calero
Si el saludo constituye esa primera impresión con vocación de permanencia y base sólida para establecer juicios sobre la persona, Sevilla es una ciudad con superpoblación de agradaores. No lo han dicho los últimos análisis sobre demografia, pero lo sabemos por el Observatorio para el Estudio y Análisis de la Ojana Hispalense en las Cofradías y Zonas de Especial Laicidad. Habremos bajado del listón de los 700.000 habitantes (¡ay, Rojas-Marcos!), lo que nos ha menguado la corporación de 33 a 31 concejales, pero agradaores hemos perdido muy pocos. Los mismos que danzaban cuando Zoido tocaba la flauta, danzan ahora cuando es Espadas quien la sopla mientras los de Participa Sevilla, Podemos, Ganemos o como se hagan llamar, están pendientes de pasar el platillo. En Sevilla hay un sinfín de gente agradable, como hay un sinfín de agradaores, que no es lo mismo agradar que ser un agradaor. Se nota, decíamos, en los saludos, en esas frases que se dicen a modo de hastag en las redes sociales, con todas las palabras juntas, sin pausa, en un aparente sin sentido. Me alegro de verte (#mealegrodeverte). Mentira, el tío no se alegra, pero funciona. El único momento en que el sevillano dice la verdad, pero la verdad de la buena, es cuando suelta una frase en negativo a la hora de saludar: “No me paro porque tengo prisa”. Ahí clava el sevillano la banderilla corta en todo lo alto. Anda que si tuviera interés (Andrés) no se iba a parar…

Alberto Máximo Pérez Calero (Écija, Sevilla, 1952) es el presidente del Ateneo, lo cual está encantado de que se diga cuantas más veces mejor. ¿Qué quieres ser de mayor?, le preguntaron en las aulas de los Padres Blancos. Y este alumno aplicado fue rotundo: “Quiero ser médico de familia, pero sobre todo quiero ser presidente del Ateneo”. Su saludo es marca de la casa, tiene estilo propio. Hay sevillanos que van por la calle, enseñándole el casco antiguo a los parientes de fuera, y lo incluyen como patrimonio inmaterial digno de exhibición: “Mira, por ahí va Pérez Calero, vamos a saludarlo para que veas cómo saluda un sevillano original, es algo inusual”. Pérez Calero pone una sonrisa profidén, levanta la mano derecha, inicia con ella una curva creciente hasta la altura del pecho (casi como el torero cuando se perfila para la suerte suprema, pero sin colocarse de perfil) y la desciende hasta el apretón final con la mano del interlocutor. Finos observadores locales dicen que se trata de un saludo con “mano stuka”, por la rapidez, decisión e intensidad de la maniobra que suele ser rematada con un acelerado “holacomoestásmealegromuchodeverte”, todo junto a modo de hastag. El saludo de Pérez Calero es tan clásico como su afición por repartir escuditos de la docta casa:

–El día que vengas con chaqueta y corbata te pongo uno.

Quien no tiene el emblema del Ateneo es como el que no tiene el pin del Curso de Temas Sevillanos, como quien no ha recibido nunca una foto de Martín Cartaya en un sobrecito marrón, o una instantánea de Salazar y Bajuelo por correo electrónico. Un sevillano sin el escudito del Ateneo es un sevillano vacío, soso, con tendencia a la exclusión. A Pérez Calero le encanta repartir escuditos del Ateneo y participar en todos los actos del mailing de la ciudad. Su pasión es estar, representar al Ateneo hasta en mitad del océano, con ese figuroneo sonriente que es digno de agradecer, porque hay que ver la de figurones con cara de mañana de Viernes Santo que pululan por la ciudad. Tanto ellos como ellas. Qué caras de estreñimiento, de enojo perpetuo, de vinagre derramado… Nada que ver con la docta sonrisa del presidente de la docta casa. Alberto Máximo Pérez Calero, que parece nombre de gladiador triunfante con apellidos de marca de sacarina, es la sonrisa del establishment hispalense. Y eso se agradece. En la ciudad que siempre cuestiona al que se estrena en un canapé (“¿Y éste qué busca ahora aquí?”), Pérez Calero siempre está dispuesto a sonreir y a integrar con el único objetivo de ganar adeptos para esas presentaciones de libro con un cuarto de entrada, o esos recitales donde no se llena ni el abono de sombra de los viejos ateneístas.

Sólo han de temer la visita de este sevillano quienes tengan cifras con algunos ceros en la cuenta corriente. O quienes simplemente tengan apariencia de poder tenerlas, porque en Sevilla basta con la presunción de tener dinero para que te lo pidan. Todo presidente del Ateneo que se precie debe emplearse en el arte de manejar el sable, modalidad de esgrima local que consiste en buscar a los reyes magos soltadores y a otros personajes secundarios que conforman ese cortejo llamado cabalgata que cuesta poner en la calle algo más de 200.000 euros. Con la Cabalgata se financia el Ateneo todo el año, como con la carrera oficial se financian las cofradías.

Estos días hay empresarios, médicos, abogados y altos ejecutivos de los que frecuentan esos desayunos a base de pastas y zumo de bote (que deja poso en la copa) que tiemblan cuando la secretaria anuncia la visita de Pérez Calero.

–Don Luis, le telefonea de nuevo el señor Pérez Calero, pide cita para verle. Insiste en que es un asunto personal, nada grave ni preocupante. Dice que le ha dado su teléfono el señor Martín Rubio… Ha llamado ya cinco veces.
–Mira Luismi, qué listo… Dígale que venga. Lo recibiremos.

Y allí que va Pérez Calero con el sable en la mano, con la camisa y el traje que le quedan bailones por ser sevillano enjuto. Yallí que llega con el objetivo de envolver al elegido para ser Melchor, Gran Visir o lo que se tercie, que Pérez Calero es como el negro de la playa que se coloca junto a la sombrilla y exhibe el panel de collares, gafas, pulseras y otros abalorios, pero en versión carroza de Gaspar, carroza de empresa municipal o carroza de personaje secundario. “¿Gusta? ¿Gusta la gafa? ¿Tú cuánto dar?”, dice el negro postrado de hinojos. Pues Pérez Calero sonríe mientras exhibe su tablón con todas las carrozas.

–El récord está en 130.000 euros. Pero si usted nos garantiza 40.000, podemos cerrar el trato. Le aseguro que será una experiencia inolvidable.

Y el elegido se va a su casa la mar de contento, viéndose aupado a la carroza, hasta que la otra parte de la sociedad de gananciales le dice que nanay, que si está en sus cabales o si le va pidiendo cita para el diván de Javier Criado. Y así se le caen decenas de reyes al Ateneo, que nadie sabe las fatigas que ha pasado este hombre en los años que el Cinzano sustituyó al Mumm en las cuchipandas de los constructores pretenciosos.

El Ateneo es muchas veces el acudidero perfecto de los sevillanos con las tardes libres. En la práctica es como una gran casa de hermandad, pero sin imágenes titulares. El presidente trabaja por las mañanas y dedica las tardes a calentar el sillón. Tiene el hábito cardiosaludable de ir de casa al trabajo andando, por ese eje urbano que comunica la Puerta Osario con el ambulatorio de Marqués de Paradas. En su día sufrió graves problemas internos. Primero, cuando trascendió que uno de los componentes de la directiva ateneísta mandaba jamones al presidente del Consejo de Hermandades para ser pregonero de la Semana Santa, el más claro ejemplo del cohecho morado. Ydespués, cuando tuvo que nombrar tres reyes Melchor en menos de un mes. El tercer elegido fue el hermano mayor de la cofradía vecina de Los Panaderos, al que menos mal que no le sacaron un trapo sucio, porque ya no quedaba más que ofrecerle la corona al tío del Rápido Americano que repara los zapatos y hace las copias de las llaves. A Pérez Calero le pidieron con fuerza la dimisión en la crisis de Melchor, pero el hombre aguantó más que un conductor nocturno detrás de un camión de Lipasam por la judería. Y ahí sigue. Como Arenas en el PP.

El momento de mayor emoción del año es cuando dirige la charla en el autobús que conduce a los reyes magos al hospital de turno la noche del 5 de enero. “Como médico de familia os digo…”. Es la coletilla con la que introduce cada frase, cada orientación, hasta que asoman las lágrimas en los oyentes: “Como médico de familia os pido que no preguntéis a los niños qué regalo quieren, pues muchos os dirán que quieren ponerse buenos. Y entonces os váis a derrumbar”.

La vida es el Ateneo, los consejos sabios de Ana, las idas y venidas al ambulatorio con el veloz caminar por San Eloy, el manejo del sable en cuanto acaba la Semana Santa, el chaqué en las procesiones oficiales, las referencias del doctor Hermosilla y de García Díaz, el bolsillo lleno de escuditos. La vida es alzar la mano en cada saludo con la sonrisa de quien cada cinco de enero echa la sacarina de su apellido en el café de una ciudad necesitada de edulcorante a falta de azúcar.

  • jose m. valderrama

    NOTO ALGO DE RECHIFLA EN EL ARTICULO. LA DOCTA CASA A MI MODO DE VER PRECISA DE ALGO MÁS DE SERIEDAD HACIA LA FIGURA DE SU PRESIDENTE. ESTAMOS HABLANDO DE LA CASA CULTURAL POR EXCELENCIA DE LA CIUDAD DE SEVILLA REPRESENTADA POR SU PRESIDENTE EL DR. D. ALBERTO MÁXIMO PÉREZ CALERO.