Caballero boticario

Carlos Navarro Antolín | 16 de agosto de 2015 a las 5:00

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HAY sevillanos que llevan siempre la mañana de Viernes Santo en la cara, pálidos, blancos y metidos en malaje; como si fueran continuamente detrás de un camión de Lipasam, con la nariz olfateando el entorno en una calle estrecha a la espera del sube y baja del contenedor de carga lateral; con el rostro como si acabaran de ver la factura del Jaylu, o montados en un taxi en plena ola de calor con el aire acondicionado puesto a la mitad de potencia, esa velocidad de refrigeración que sólo alcanza al conductor y casi ni acaricia al viajero. Al estado continuo y natural de enfado del sevillano se le conoce como malaje. El malajismo es una actitud ante la vida que no implica ni mucho menos falta de diligencia en el trabajo, más bien al contrario, pues hay grandes defensores de los camareros malajes como profesionales eficaces en la atención al cliente, con quien saben guardar la distancia y que no admiten esas gracietas que en Sevilla se conocen como guasa mala. El malajismo es disciplina que tiene doctores, como el fino observador Eusebio León, que los tiene localizados en el centro, vestidos del negro sucio que está de moda, y en los barrios, donde se conserva la higiénica camisa blanca. En contraposición al sevillano malaje hay una especie reducida, casi en extinción, que es el sevillano fino, agradable de trato, exquisito y que emplea el genio como último recurso, tanto que casi necesita la declaración del estado de excepción de su particular forma de ser para dejar de ser como realmente es.

Manuel Román Silva (Sevilla, 1951) es un sevillano fino y cálido. No pontifica, no grita, no busca la victoria dialéctica, todo lo más el empate. Es como Induráin, si puede ganar, gana; pero deja que los demás se lleven trofeos a la combatividad, la montaña y las metas volantes. Farmacéutico de profesión. Cofrade que por tradición familiar arraigada en San Esteban llegó nada menos que a presidente del Consejo de Hermandades, pero el cofraderío ignoraba (e ignora) que antes presidió la Fundación Farmacéutica Avenzoar.

–¿Eso qué es? ¿Qué día de la Semana Santa sale?

Manolo Román no llegó a presidente del Consejo degenerando, pero sí estando. El verbo estar, en su gerundio, es la gran clave para alcanzar ciertas cotas en Sevilla. ¿Cómo ha llegado Fulanito a concejal? Estando todo el día en la puerta de la sede del partido, de modo que hicieron la lista electoral y como Fulanito estaba allí… Pues lo metieron. ¿Cómo ha llegado Mengano a maniguetero? Se puso malo Don José, que es el número siete de la nómina, y como Mengano se ha pasado todos los días de cuaresma estando a disposición del hermano mayor, pues se le ha premiado. ¿Cómo ha llegado Zutano a consejero de la Junta? Estando en la pandilla de la presidenta desde joven.

Pues Manuel Román ha estado nada menos que 16 años en la institución cofradiera, donde su gran colaborador ha sido siempre el historiador Joaquín de la Peña. Primero fue delegado de Gloria, después tesorero y finalmente presidente. Dicen que ha sido un Rey Midas en versión local. De consejero de Gloria a presidente. De beduino a Rey Melchor. Y de boticario en el Polígono de San Pablo a farmacia de relumbrón en la Puerta Carmona.

Román ha sido el presidente del Consejo menos capillita en la historia de un organismo reducido (casi caricaturizado) a su facultad de organizar las sillas de la carrera oficial e intentar cuadrar los horarios de las cofradías, tareas ambas en las que hay destacados ingenieros trabajando (estando) todo el año. Muchos estamos convencidos de que Manuel Román no es capillita y eso, lejos de ser una carencia, es un valor añadido. Es uno de sus grandes valores. No siendo capillita, pero estando, se ha visto en determinados puestos, pues la mediocridad de la jerarquía cofradiera ha valorado siempre su talla social sin percibirlo como una amenaza. Y en esta última cualidad radica una de sus grandes habilidades, pues Manolo es lo contrario a un malaje. Hasta cuida el tono de voz (melifluo muchas veces) para no molestar al interlocutor en una ciudad donde a la mínima oportunidad sale a relucir el sargento enojado que todo sevillano lleva dentro, ese conductor irritado en la carretera entre El Rocío y Matalascañas. La voz suave, en tono bajo y carente de beligerancia de Manolo debería ser patrimonio inmaterial de la ciudad de los gritos, del aquí estoy yo y usted me va a oír. Pertenece a la cofradía del buen gusto, minoritaria y al borde de la extinción, de los que llaman al camarero para que simplemente se lleve los vasos y platos sucios de la mesa.

Ha sido un presidente del Consejo atípico, con excelentes relaciones con los medios de comunicación, la jerarquía eclesiástica y los políticos, no así con los hermanos mayores. Monteseirín lo llamaba como consejero para llorar en su hombro por los dardos que recibía de la prensa y de algunos ultracofrades. Román lo mismo compartía horas con los mineros en huelga encerrados en la Catedral una víspera de Semana Santa, que mantenía una tensa discusión con el Cardenal Amigo, que alguna tuvo. Quizás por este atípico y saludable carácter no llegó a convencer a los hermanos mayores de tres proyectos claves: una acción social conjunta que no fuera sólo el soltar dinero sino basada en el compromiso, convertir el Consejo en un foro de discusión sobre los problemas del hombre y de la Iglesia en el mundo actual (Foro Santa María de Jesús), y conseguir que el Consejo fuera una institución con verdadera auctoritas ante las propias hermandades.

En Roma, adonde fue a acompañar a Don Carlos en su designación como cardenal en 2003, se levantaba a medianoche para velar el sueño de Antonio Ríos. Fue el hombre que arrumbó las puntillas mohosas y las maderas podridas de los palcos, modernizó la gestión de la carrera oficial, abrió las puertas del pregón a escritores políticamente incorrectos, colocó a las hermandades de Gloria en igualdad de condiciones que las de penitencia y organizó un Congreso Internacional de Hermandades absolutamente desaprovechado. Demasiadas margaritas para tanto… cofrade.

Siempre se ha caracterizado por la mesura, por creer que las cofradías tienen su importancia, pero no son tan importantes ni tan trascedentes en la ciudad; por tener claro que el Boletín del Consejo no es el BOE y por defender que la Semana Santa no dura todo el año. No lleva música cofradiera en el Volvo, sino los palos de jugar al golf en los verdes campos de Pineda, que le relajan tanto como las pinturas ribereñas de Ricardo Suárez. Cuando este periódico reveló que un agente de la Agencia Tributaria estaba tocándole los costados al Consejo con el levantamiento de actas fiscales por el IVA impagado de sillas y palcos, el tesorero del Consejo era Román, al que telefoneamos aquella tarde de febrero de 2000:

–¡Qué me dices! Estoy jugando al golf en Pineda, voy para el Consejo.

Aquel tesorero salió de aquella polémica sin un rasguño. Llegó a presidente y se empeñó en acabar con una leyenda de la ciudad, no sin polémicas internas de vetos y dossieres. Tenía claro que al escritor Antonio Burgos había que ofrecerle oficialmente –al menos una vez– el pregón de la Semana Santa, pues nadie como él ha creado escuela periodística y literaria sobre la fiesta más importante de la ciudad. Cuando lo cómodo para encargar el pregón hubiera sido tirar de la lista de abogados, de alguno de esos pro-hombres de Iglesia que ayudan al cura a colocarse la casulla, Román acudió junto a Julio Cuesta (la fuerza del tirador) a casa de Burgos a convencerle de que aceptara la designación. El día del Pregón ocurrieron dos anécdotas nunca reveladas. Como era costumbre, el presidente acudió a casa del pregonero a recogerlo en un coche del Ayuntamiento, todos ya de chaqué camino del teatro a hacer la prueba de sonido. Burgos quiso hacer también la de imagen, pidió que se colocara alguien en el atril para ver cómo resultaba. Pusieron a alguien del Consejo mientras el pregonero y el presidente se fueron a la unidad móvil de retransmisión para ver cómo quedaba la cosa en el monitor. Parques y Jardines había colocado unas quencias que daban justo detrás de la chorla del pregonero. Hacían el efecto de una selva. Y Burgos le dijo al presidente:

–Manolo, por favor, que quiten esas quencias, que va a parecer que estoy dando el pregón de la Semana Santa de San Juan de Puerto Rico y no el de Sevilla…

E inmediatamente mandó quitar las puñeteras quencias.

Luego Burgos se fue al atril, a hacer la prueba de sonido. Y en vez del “uno, dos, uno, dos, ¿me se oye?”, se le ocurrió soltar el trabalenguas del estribillo de Los Lilas del Tío de la Tiza (1903), y dijo muy solemnne y de corrido: “Piriquitúliqui, metúliqui, patúliqui, saca la paútica, patúliqui, mulática, piriquitúliqui, metúliqui, patúliqui, saca la pin, saca la pun, saca la pon…”. Las caras de los tíos del Consejo eran para verlas, de extrañas y de largas. Menos la de Manolo Román, que terminada la prueba preguntó:

–Antonio, ¿de qué agrupación es ese trabaluengas?

El Sábado de Pasión que se desconvocó la huelga de mineros, siempre agradeceremos que nos didera la primicia. Nos despertó con sobresalto: “¡Ya se van los mineros, Paco, ya se van! ¡Todo arreglado!”. Román creía estar hablando con Paco Navarro, canónigo y mayordomo de la Catedral. “Buenos días, Manolo, soy Navarro, pero Carlos. Muchas gracias, lo avanzo en la edición digital”.

La perspectiva demuestra que con los farmacéuticos tuvo más suerte que con los hermanos mayores. En su estilo fue más Sánchez Dubé que Antonio Ríos, más Luis Rodríguez-Caso que Adolfo Arenas. Manuel Román pertenece a un club que es mucho más exclusivo que Pineda, muchísimo más. Porque en ese club no entran ni los que tienen los cerca de 60.000 euros que cuesta hoy entrar en Pineda. Manuel Román forma parte del club de los escasos señores de Sevilla, que además nunca llevan cara de mañana de Viernes Santo. Y les gustan las mesas sin platos sucios.

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