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El último carismático

Carlos Navarro Antolín | 13 de septiembre de 2015 a las 5:00

Antonio Ríos Ramos
ENTRAR en Sevilla es la obsesión de muchos de los que a la ciudad llegan. Desde que San Fernando entró en Sevilla acompañado por José Joaquín Gallardo y Pepe Cañete, que ya eran decano de los abogados y representantes de los comerciantes, respectivamente, hay mucho forastero que se empeña en eso que se llama entrar en la capital andaluza. ¿Qué es entrar en Sevilla? Dicen que consiste en tener acceso a los círculos restringidos, trotar en el tío vivo de las fotos locales, donde siempre aparecen los mismos caballitos; y gozar de crédito social, del verdadero o del impostado. Entrar en Sevilla es para muchos poder estar donde se supone que hay que estar para parecer lo que uno pretende parecer. Entrar en Sevilla no es conocer la historia de la ciudad, leer a Chaves Nogales, apreciar la exquisitez densa de Cernuda y llorar cada vez que el urbanismo agresivo levanta un mamotreto modelo tanatorio en el casco histórico protegido. Eso es para las minorías. Hay profesionales que han contratado asesores para garantizarse esa entrada por la vía exprés. Así obró un arquitecto de fama pretérita. El hombre apareció de pronto en ciertos cargos de determinadas instituciones muy conocidas en la ciudad. Al poco tiempo, acabó dejando cada sillón como un ejército en retirada.

Antonio Ríos Ramos (Villarrasa, Huelva, 1930) llegó a Sevilla por el Patrocinio, en los tiempos en que la A-49 no soñaba con el tercer carril. Era sobrino del párroco de la O. Llegó por el Patrocinio y se quedó prendado del Cachorro, la cofradía en la que goza de mayor antigüedad. Nunca contrató a ningún asesor para cultivar los caminos que conducen a los círculos de confort de la ciudad. Cuando nació, traía ya hecho el máster en habilidad. La Sevilla de los años 90 no se concibe sin la figura menuda de este cofrade de trajes oscuros y un característico abrigo gris, una prenda que imprime carácter y que bien podría figurar algún día en el Museo de Artes y Costumbres Populares junto al traje cruzado Príncipe de Gales del macareno Manolo García. El chaqué de Antonio Ríos hace solo los recorridos del Corpus, la Virgen de la Reyes y la procesión de impedidos de la Archicofradía Sacramental del Sagrario.

Antonio Ríos es el último carismático de esta ciudad, una marca blanca que nadie rechaza en las estanterías de sus relaciones sociales, un símbolo que se asimila al de un santo varón tallado por Pedro Nieto. Tiene el don de la ubicuidad, la capacidad sólo reservada a algunos santos de estar en varios sitios al mismo tiempo, como demuestran algunos periódicos con fotos de tres actos del día anterior y en las tres informaciones aparece Ríos retratado: en la presentación del libro, en un funeral y en la cena de homenaje a un ex hermano mayor, pese a comenzar todos a la misma hora.

Se para con todo el mundo y todo el mundo lo para, busca el saludo y siempre tiene una pregunta adecuada con el repentino interlocutor.

–Papá, me he encontrado con Antoñito Ríos y me ha preguntado por ti, dice que hace varios viernes que no te ve junto al Señor.

Tal vez ese carisma le haya llegado por su devoción al Gran Poder. Hay sevillanos a los que el pueblo concede la facultad de hablar con las imágenes. Una sevillana de Los Estudiantes nos dijo hace años durante un viaje en autobús urbano: “En esta ciudad hay dos santos en vida, Eduardo Ybarra y Antonio Ríos”. La gente está convencida de que Antonio habla con el Gran Poder. Cuando Fernando Morillo regresaba al taller de su joyería en el 6 de la calle Pureza, después de haber estado horas vistiendo a la Virgen, siempre hablaba de su Esperanza como si fuera una persona: “Hoy estaba algo enfadada, le disgustan las broncas entre los hermanos… Hoy Ella no estaba, no estaba…”. Y se lamentaba mientras echaba la tranca de la puerta, señal de que acto seguido iba a sacar de la caja algunas joyas de oro para un posible comprador que había estado aguardando su llegada. Si Fernando hablaba con la Esperanza, Antonio Ríos es el confidente del Gran Poder desde que hace muchos años fue su prioste oficial. La gente le da papelitos con sus rogativas de salud o de trabajo para que él las coloque cerca de la peana. Cuando viste al Señor en la intimidad de la basílica tiene contados los pliegos de la túnica y las siete vueltas que debe tener el cíngulo. Nadie puede discutir su amor al Gran Poder, al que siempre ha dicho que jamás hay que pedirle cuentas, ni siquiera cuando la vida le pega la mayor andanada reservada a un ser humano: sobrevivirle a un ser al que se quiere como a un hijo. Un conocido cofrade le dijo un día en la intimidad: “Antonio, enséñame a rezarle al Gran Poder”.

El carisma no excluye el genio, ni el carácter, ni los caprichos. Ha sido hermano mayor del Gran Poder, de su hermandad de Villarrasa y presidente del Consejo de Cofradías, tres cargos que llegó a simultanear unos meses. Ha alcanzado cotas de notoriedad social muy elevadas, cuyo culmen fue la asistencia a la boda de la Infanta Elena como máximo representante de las cofradías. Cuando las cámaras de TVE, dirigidas por Pilar Miró, retransmitieron la llegada de los primeros invitados a la Catedral, aparecieron la duquesa de Alba con Jesús Aguirre y Antonio Ríos con su hermana Rosario.

No ha sido hombre de imponerse, sí lo ha sido de mandar con sutileza, dejando ver sus gustos para tratar de que los equipos que ha dirigido se amoldaran a ellos, lo que no siempre ha ocurrido. Si quería algo, iba exponiendo los detalles de su petición acompañados de golpecitos con los nudillos de la mano en la mesa. Lo peor era si desarrollaba previamente alguna teoría teológica con pretensiones de homilía, un discurso más pesado que el recorrido de vuelta del Cerro.

Su inteligencia quizás radique en que es perfectamente consciente de sus limitaciones. Hombre de lágrima fácil, con predilección por los apellidos que se escriben con tinta azul y gran usuario del transporte público. Ha trabajado de técnico agrícola en el Instituto de Reforma y Desarrollo Agrario, supervisando caminos de la provincia de la Sevilla y sacudiéndose el traje a última hora del día: “Mira cómo traigo los pantalones de polvo, mira..”. A su jefe en el Instituto lo metió en una de sus juntas de gobierno del Gran Poder. Siempre ha invitado a la basílica a colectivos y personajes de lo más variopinto. Con Manuel Ruiz de Lopera tuvo debilidad. Y Lopera la tuvo con él. Siendo Ríos hermano mayor, Lopera pagó el manto azul, el nuevo casinillo y el pasado de los faldones del paso del Señor. El manto se pagó con cheques que periódicamente mandaba don Manuel con la particularidad de que estaban datados para que no se pudieran cobrar con antelación. Un hermano despreció la estética de los azulejos del casinillo (“¡Esto es una catetada!”) a lo cual Lopera reaccionó echando abajo los azulejos con una de las herramientas que los albañiles habían dejado en la estancia. El propio Lopera, yendo de nazareno con bocina junto al paso del Señor, reñía a los costaleros que sacaban las manos sudorosas y rozaban sus faldones. ¡Con lo que le habían costado!

Ríos alcanzó la presidencia del Consejo en unos tiempos en que se preguntaba por un fax y se oía: “Esos aparatos aquí no hacen falta”. Sus últimos años de presidente se vio quizás superado por la polémica del IVA impagado de sillas y palcos (finalmente exonerado) y por la reorganización de la carrera oficial, por la que tuvo que soportar la reacción airada de algunos abonados de la Campana. Esos años, el periodismo escrito sobre cofradías comenzaba ya a oler más a tinta de periódico que a incienso. Y tal vez eso le superó, pero sin menoscabo alguno de su carisma.

Jamás olvidará la Madrugada en que, siendo prioste, recogió de la alfombra de claveles rojos del paso un dedo desprendido del Señor, quebrado por efecto de una levantá. Aquel nazareno, con el pecho encogido por la emoción, portó amorosamente en sus enjutas manos aquel dedo hasta la recogida de la cofradía. Tampoco olvidará la Madrugada de 2000, cuando su capirote quedó prendido de una puerta por los tumultos y estuvo largo rato desaparecido de su lugar en la cofradía.

Algunos con cierta guasa dicen que en la profesión de su ficha personal debería rezar: “Sus funerales”. Con el Cardenal Amigo se llevó de cine. “Antoñito, ¿cómo estás?”, le saludaba don Carlos con todo afecto. Polémica fue su acción de arrodillarse en el Altar Mayor de la Catedral para recoger de manos del prelado los textos de las nuevas Normas Diocesanas para Hermandades. Ofreció una imagen de sumisión cuando pocos sabían que meses antes se había opuesto a varias disposiciones.

La vida es una copa de Tío Pepe con un hielo y unas cuñas de queso que limpia con una servilleta antes de comérselas. Mala cosa cuando la boca estrecha del catavino no deja entrar el hielo gordo… La vida es una merienda de té con leche y una torta de aceite. Mala cosa también cuando el camarero ha servido la leche por su cuenta en lugar de traerla en una jarrita aparte. La vida es estar el 18 de cada mes ante la Virgen de los Remedios y su precioso Niño Jesús. La vida son los talonarios de lotería del Gran Poder y de la hermandad de Villarasa, que es la doble contabilidad del amor a sus hermandades que Antonio empieza a trabajar así que pasa el verano. La vida es una charla con Camilo Olivares, una tarde de 15 de agosto de fervores exaltados en Villarrasa, donde es un verdadero virrey; un viaje en autobús urbano cualquier viernes del año camino de San Lorenzo, unas oraciones bisbiseadas mientras fija la cintura del Señor con siete vueltas de cíngulo con el amor de una vida consagrada a su devoción. Antonio Ríos entró en Sevilla sin más asesor que el Gran Poder.

  • Lo dicho

    ¡Bravo!

  • ertiodelatiza

    Genial la “biografía” donde, de camino, ha quedado algún que otro retratado.

  • alberto

    Extraordinario, Carlos.Me sumo al bravo!

  • Juan Ignacio Moya

    Precioso artículo a un gran cofrade muy querido en la hermandad del Gran Poder, Don Antonio Rios Ramos.

  • Cecilio Castaño

    Enhorabuena, Carlos. Yo también me sumo a los “bravos” anteriores y, como anécdota, os cuento que en varias ocasiones he tenido el honor de llevar a Antonio Rios varias veces en mi auto a su casa desde nos encontraramos (normalmente, en la Macarena), y siendo mi coche ya algo viejo, me da pena desprenderme de él por el hecho de ¡haber llevado a Antonio dentro!