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Nunca es tarde

Carlos Navarro Antolín | 27 de septiembre de 2015 a las 5:00

Antonio Fernandez Pérez
EN agosto del 97 pedimos una entrevista con Luis Fuentes Bejarano, aquel matador de toros al que concedieron una oreja en Madrid tan sólo por la perfección en la ejecución de la suerte suprema, su gran especialidad. Como estaba a punto de cumplir los 95 años, dimos todas las facilidades a sus hijas para que nos recibiera en casa cómo y cuándo fuera posible.

–No, no. Mi padre va todos los días a pie a su tertulia, al bar de la calle Tetuán.
–¿Con casi 95 años?
–Sí, va y vuelve dando un paseo. Búsquelo allí.
Se notaba que era torero en los andares, en el sombrero de ala ancha, en una estética orillada. Y en la forma de recibir a media mañana.
–Joven, ¿le pido café y aguardiente? ¿Quiere un puro?
–No, no. Agua, sólo agua.
–Pues así no va a llegar nunca a mi edad. Se lo digo en serio. Y tengo catorce cornadas: doce en las piernas, una en el cuello y otra en los testículos.

Un día del año 2000 tuvimos el honor de entrevistar en su casa al arquitecto don Antonio Delgado-Roig, del que nadie podrá decir que no era un señor. Tenía entonces 97 años. Cuando terminó la entrevista, insistió en tomar un refrigerio: “Pero vamos al bar de abajo. Espere que coja el abrigo”. Y en el bar de abajo le preguntamos por sus aficiones de niño nacido en 1902.

–¿Jugaba usted al fútbol?
–No, no existía. Llegó después.

Las entrevistas con nonagenarios pueden calificarse como un género particular, tiene un valor enorme conversar con señores que afirman con toda naturalidad que vieron corridas de toros sin petos, con caballos empitonados, cosidos y vueltos al ruedo del coso del Baratillo; una ciudad de bares donde no entraban mujeres, o cómo se encendían las farolas de gas de la Plaza Nueva.

Antonio Fernández Pérez (Sevilla, 1925) trajo a Sevilla la idea de la zona azul tras viajar a Alemania, nación cuyo gobierno lo invitó en 1967 para que aportara su experiencia como experto en seguridad vial. Ha sido muchas cosas en la vida: trabajador a los trece años, conductor del parque móvil del Estado (“El Demóstenes del Tráfico”, decían las crónicas de la época), técnico sanitario, jefe de personal de subalternos en el que hoy se llama Hospital Virgen Macarena, infatigable líder vecinal en el Arenal, diplomado en artes y oficios, estudiante de Derecho con más de 70 años… Y hoy es un doctorando nonagenario al pie de la trinchera de su larga vida. Nunca ha creído que es tarde para comenzar nada. Ingresó en la Universidad a la edad en que muchos no se pueden atar los cordones de los zapatos. Mucha gente lo para por la calle Antonia Díaz para preguntarle por el elixir de la juventud, por el secreto de soplar las 90 velas con la cabeza bien amueblada y las piernas sincronizadas con el cerebro. Y siempre desvela la fórmula.

–¿Cómo se llega a los 90 años?
–Con una buena compañera.

Vivir mucho permite conocer a los nietos y a los bisnietos, bienaventuranza reservada a una selecta minoría. Pero también obliga a bajar a los sótanos donde se amontonan las decepciones, se apilan los desengaños y se envuelve todo con la manta desvencijada de alguna tragedia. Antonio Fernández se crió sin padre. Sus hermanos mayores fueron llamados a filas junto a Mambrú en 1936. Él era el pequeño de la familia, el único que se quedó en una casa carente de ingresos económicos con la marcha de los mayores. Por eso dejó las aulas y se fue a reparar los coches militares que resultaban averiados en la guerra. Los talleres estaban donde hoy se levantan las facultades de la Avenida de Reina Mercedes. Cobraba tres pesetas al día por limpiar con una brocha las piezas de los vehículos. Los niños de hoy se espabilan estudiando en el extranjero. El niño Antonio Fernández se espabiló para toda su vida cuando los compañeros del taller le gastaron la novatada de ir a pedir la “piedra de afilar destornilladores” y se vio portando un adoquín. Aquellas risotadas forjaron al ciudadano de hoy.

Como conductor profesional del Estado trató con mucha proximidad con varios rectores del franquismo, que por el hecho de serlo eran también procuradores (o sea, diputados) de las Cortes. En esos años nació su vocación por el Derecho Administrativo, cuando los jóvenes alumnos hacían rabona y él aprovechaba para asistir a las clases de los grandes catedráticos.

José Mariano Mota era el santo varón que recibía en el Rectorado de la calle Laraña a los pobres de la Puerta Real, el rector al que daba apuro hacer trabajar a su chófer por las tardes, por lo que si había que acudir a algún acto vespertino, permitía a Antonio Fernández llevar a su novia en el vehículo oficial: “Pueden ustedes irse a pelar la pava mientras dura el acto”. Mota murió en los brazos de Antonio Fernández tras un desagradable incidente entre estudiantes en el patio de la Universidad, hechos a los que no aludió la prensa local de entonces, como si el rector hubiera fallecido por causas naturales. Aquel rector nunca decía que no. Antonio Fernández osó advertirle un día:

–Don Mariano, un día le van a pedir la luna.
–Pues buscaré una escalera.

Fue también conductor de los rectores Carlos García Oviedo, que por aquel entonces tenía un colaborador llamado Manuel Clavero Arévalo; Juan Manzano, que vivía en el Colegio Hernando Colón con una ingente cantidad de hijos; José Hernández Díaz, que también fue alcalde, y José Antonio Calderón Quijano. Hernández Díaz empleaba una semana en ir y volver de Madrid al aprovechar para visitar ciudades a la ida y a la vuelta. Antonio Fernández compartía mesa y mantel con el rector y su esposa en los viajes. Calderón Quijano era un rector bonachón, sencillo y muy religioso, al que recogía en coche cada mañana después de que asistiera a misa con su madre. Calderón fue el padrino de uno de los hijos de Antonio Fernández, bautizado por el canónigo José Sebastián y Bandarán. Aquel rector corpulento era ferviente devoto de Pasión: “Antonio, el Señor de Pasión es el mejor de los nacidos, nunca lo olvides”.

Como abogado salió en los telediarios al lograr una sentencia del TSJA de 2001 que condenaba al Ayuntamiento por su pasividad en la lucha contra la movida. Su trayectoria vecinal y jurídica está marcada por su “tenaz lucha contra la Administración pública”, según reza uno de los muchos diplomas que ha recibido este polifacético ciudadano.

Como hermano viejo de Los Estudiantes, se refiere a la cofradía de la Universidad como la “Buena Muerte”. Es hermano del Baratillo (“Por Joaquín Moeckel”), la Carretería, la Caridad y la Sacramental del Sagrario.

La infancia son recuerdos de un quinqué, de las alusiones al tío del saco para asustar al niño inquieto que se resistía a meterse en la cama, y de un sábado por la tarde, 18 de julio, en que los chiquillos del Arenal acudieron a una Plaza Nueva con firme completo de albero para ver los efectos de un cañonazo en el Hotel Inglaterra. La vida es un paseo matinal al Colegio de Abogados, una oración musitada a la Caridad, donde descansa esa buena compañera; un saludo afectuoso de los camareros del Serranito. La vida es un despacho con hojas de periódico que tienen el marco sepia del paso de los años y que dan cuenta de medallas, reconocimientos y luchas vecinales. La vida es la casa del callejón de Iris, por donde acceden los toreros a la plaza y donde también vivía Antonio Ordóñez, al que amortajó de nazareno de la Esperanza de Triana después de meses de morfina. La vida es admiración por Santiago Romero de Bustillo y fidelidad al lema Ultra et recte (De frente y por derecho) y es también hoy una reflexión con la mirada al aire a lo Belmonte: “Tengo 90 años y no me he dado ni cuenta”. Y una apostilla:”¿El futuro? Algo tendremos que hacer”. Nunca es tarde porque nunca lo fue. “¿Sabes que tengo un nieto que es mago?”. Intacta ilusión. Siempre quedan conejos por sacar de la chistera de la vida.

  • juanguga

    Pues nos debería informar el articuista de en que consistió el incidente con el estudiante que le`causó la muerte al rector.

  • pepe

    El incidente del rector José Mariano Mota se puede leer aquí
    http://institucional.us.es/revistas/rasbl/20/art_1.pdf

  • M Jesús Luque tudela

    tengo la gran suerte de conocer a D. Antonio, hombre excepcional,íntegro, luchador incansable,perseguidor de la justicia y bienestar de su querido barrio,sin lugar a dudas necesitamos muchas personas como el