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El movimiento se demuestra pintando

Carlos Navarro Antolín | 18 de octubre de 2015 a las 5:00

FRANCISCO BORRÁS
EN Sevilla sale rentable hacerse el despistado. O el sueco. O incluso el loco. El muestrario es generoso. Usted tiene un amplio abanico (locomía) para escoger la casilla en la que se sienta tan cómodo como en un sillón con tapicería gastada del Aero. Existe hasta la casilla del enterao, cuya gloria es efímera, pues Sevilla acaba rechazando y maltratando al enterao con esa cruel estrategia por la que primero le da ventaja, para que el enterao se crezca, y después lo deja despeñarse por el tajo de la indiferencia, el silencio y esa mirada que se deja caer por encima del hombro. La modalidad más rentable, decíamos, es la del despistado. Pero un despistado con retrovisores, oiga. En Sevilla hay una hermandad de despistados, con título de real por lo de lo realísima que es, por lo evidente, por lo notorio. Su hermano mayor es José Joaquín Gallardo, eterno decano del Colegio de Abogados. Usted mira los principales actos sociales de los últimos veinte años y puede hacer un ejercicio práctico:contar los que viven, los que han muerto, lo que están en la cárcel, los procesados, los imputados, los que se cayeron del cartel por caerse del machito, los que se cambiaron de camisa (y no nos referimos a que pasaran de O´kean a Galán), los que vinieron a menos… Fíjense como José Joaquín Gallardo se mantiene impasible el ademán. Es un despistado con retrovisores tamaño XXL, de los que llevan las autocaravanas camino de Mazagón, un despistado que sabe interpretar a la perfección la dirección del viento en cada momento.

En el mundo de los artistas también hay despistados, incluso eméritos. Francisco Borrás (Sevilla, 1938) es catedrático de Dibujo al Movimiento, pero también podría decirse que lo es del movimiento a secas. Porque se ha movido bien toda su vida al trabajar para Camilo José Cela y Plácido Domingo, pero también para muchas hermandades e innumerables particulares. Borrás parece que no se está enterando, pero tiene esa capacidad de estar oyendo la Cope por un oído y la Ser por el otro.

Este sevillano fino controla a la perfección el esqueleto de la pintura, que es el dibujo. Formado en diversas sedes de la Escuela de Artes y Oficios (Ronda de Capuchinos, Amor de Dios, Zaragoza) y en la Superior de Bellas Artes, recibió el magisterio de Juan Miguel Sánchez, Grosso, Labrador, Carmen Jiménez… Borrás es un constante buscador de la belleza mediante la plasmación del movimiento. El movimiento en pintura no es retratar a un atleta en plena competición, no es pintar la sensación de velocidad, no es reproducir la sensación de desplazamiento mediante una estela difusa como un correcaminos de los dibujos animados.El movimiento en pintura consiste en saber dibujar muy bien y plasmar tres conceptos:el pasado, el presente y el futuro. Y el futuro supone por lógica un ejercicio de ficción, de abstracción si cabe, donde se combinan las matizaciones, las veladuras y otras pinceladas con las que se imprime dinamismo. El pintor bebe de los oasis de belleza que halla en su peregrinaje perpetuo por el desierto de la vocación.La belleza se encuentra en la mujer, aunque sea de una edad avanzada; en el carácter de una persona y, en general, en la exquisitez de las cosas.

Por ese concepto de belleza se fijó en su obra nada menos que Plácido Domingo, que andaba por Sevilla en los años ochenta preparando la ópera Carmen, cuando entró una mañana a visitar una exposición instalada en la calle Sierpes, en la que compró tres cuadros. El tenor quiso que lo retratara como El Cid. Borrás fue a su casoplón de La Moraleja, en Madrid, para hacer los bocetos durante una jornada de mesa, mantel y piscina. El lienzo fue expuesto en Viena y Madrid antes de llegar a Nueva York, donde preside un restaurante propiedad del tenor. Ocurre que el lienzo ha vuelto a España de forma excepcional por si hay posibilidad de realizar algunos cambios. La clientela árabe del establecimiento censura que los moriscos del lienzo aparezcan tirados, derrotados y en actitudes que consideran poco dignas. Al gran tenor le pasa en su restaurante lo que le ha ocurrido a varios alcaldes cuando reciben personalidades del mundo árabe en la sala capitular alta del Ayuntamiento, donde deben sortear el cuadro La derrota de los sarracenos (1653), de Valdés Leal, porque aparecen unos cuantos moros con la verticalidad perdida por el fragor de la batalla.

El movimiento se demuestra pintando. Hace unos días fue noticia el caballo que fue llevado hasta el patio de la Facultad de Bellas Artes para servir de modelo al alumnado. Borrás, muchos años antes, ya llevaba gallinas y conejos a las clases. Un día llevó hasta un burro, previo acuerdo con el amo, al que sorprendió y abordó por la calle.

–¿Usted podría llevar su burro a la Universidad?

Y en no pocas ocasiones impartía clases en el mercado provisional de la Encarnación, donde además aprovechaba para hacer las compras que le había encargado Maruja, su inolvidable esposa.

Para ganar la plaza de catedrático, Borrás tuvo cuatro días para realizar tres figuras en movimiento. Sus rivales comenzaron a pintar desde el primer momento. Él empleó tres días en observar, en mirar en silencio las figuras. Será por eso que dicen que el torero debe imaginar cómo debe ser la faena del toro, dibujarla en la mente mientras observa el burel recién salido del chiquero, evaluar cómo son las primeras embestidas, para después tener claro si debe apostar más por el derechazo o el natural. En la observación pausada está la fuente de inspiración de todo artista. En la cuarta jornada, Borrás hizo los tres ejercicios de corrido.

Los amigos de verdad son tan escasos como los colores que definen la trayectoria del pintor. Unos colores ordenados como el tramo de una cofradía de ruán: el blanco, el ocre, el carmín, el azul y el negro. Nunca el amarillo. Y a veces ni siquiera el azul, que prefiere conseguirlo mediante la combinación del negro, el blanco y el ocre. Los colores son sensaciones, el color habla como hablan las manos de un nazareno. Por el color se sabe el estado de ánimo de un pintor, la sensación que quiere transmitir, como por las manos del nazareno se sabe su estado civil, su edad y hasta sus emociones. El azul aleja y los tonos cálidos pesan en los primeros planos.

Borrás muy probablemente sea uno de los mejores pintores del movimiento. Y que mejor se mueve. Nadie como él, junto con Roldán y Valdés, se han sabido relacionar con tanta fluidez en Sevilla en los años en que los presupuestos de la patronal, las cámaras profesionales y las fundaciones ligadas a potentes empresas, tenían partidas para la compra de abonos de la plaza de toros, alquilar enganches y adquirir obras de arte.

La vida es pintar a Manolo Sanlúcar acariciando curvas de guitarra. La vida es una tarde por Bajo Guía buscando formas zoomórficas en las piedras que la mar arrastra hasta la orilla como un enganche de mulas. La vida es pintar a la Macarena de perfil, nunca de frente; es inspirarse en Rembrandt o Sorolla, es vivir la Feria como pocos. La vida es pintar a partir de las once de la mañana, pues la inspiración, como la voz del cantaor, tarda en quitarse las legañas del alma. La vida es un estudio con vista privilegiada a San Luis de los Franceses y melodías clásicas que son la banda sonora del realismo mágico. Los estudios de los pintores tienen que mirar a su Meca particular, que es el Norte.

Sevilla tiene la luz idónea para pintar, pero no catapulta a los artistas más allá de darles calor en alguna exposición antológica. Sevilla, para crear; Madrid y Bilbao, para ganar proyección. El Cid tenía la tizona. Borrás, los retrovisores. El despistado inteligente es aquel que sobrevive en la bulla. De tanto captar instantes en movimiento, Borrás se ha hecho estático y permanente en los cromos que Sevilla pega en álbum diario de la ciudad.

  • Francisco de Juan

    El artículo me parece magistral, enhorabuena. No se puede describir mejor a Borras, a su paleta y a su pintura, ni se pude describir mejor a esta ciudad, efectivamente Sevilla para crear pero no para elevar a nadie al éxito y a la popularidad. Turronero, Manuel Mancheño Peña, solía decir, Sevilla es una puntilla que lo mismo té aplaude que te tira al suelo y te olvida. Un magnífico artículo. Felicidades.