La Constitución y yo

Carlos Navarro Antolín | 22 de noviembre de 2015 a las 5:00

pérezroyo
HAY quienes no se respetan a sí mismos. Tal vez se trate del precio de la autosuficiencia. En Sevilla hubo un rector que quiso echar a la Hermandad de Los Estudiantes de las dependencias que ocupa desde 1966 en la vieja Fábrica de Tabacos. Aquel rector, tan magnífico como narcisista y que ocupó el cargo de 1988 a 1992, adujo que la Universidad necesitaba espacio para los enlaces sindicales. Una mente tan preclara no encontraba metros cuadrados suficientes en un inmueble que está entre los cinco edificios civiles más grandes de Europa. ¡Y tenía que expulsar a la cofradía! En aquella larga e intensa porfía se topó con uno de los hermanos mayores más grandes, preparados e inteligentes que ha deparado la historia contemporánea de la Semana Santa, Juan Moya Sanabria, que le habló en su despacho alto y clarito: “Si yo tengo que salir del Rectorado, nos tendremos que ir los dos. Tú y yo”. Moya Sanabria invitó a diversas autoridades a la misa matutina de comunión general del Martes Santo. Por el vestíbulo del Rectorado aparecieron, entre otros, los socialistas José Rodríguez de la Borbolla y Manuel del Valle. El rector magnífico apareció esa mañana en pantalones vaqueros y botines, elementos que aparecen en el escudo de la casa civil de este personaje. Cuando se percató de la presencia de socialistas de nivel ante los pasos de la cofradía, optó por quedarse en la misa y hasta quiso dejar su rúbrica en el libro de honor de la cofradía. Fue entonces cuando Moya le entró en corto y por derecho: “¿Vas a ser capaz de firmar en este libro cuando estás haciendo todo lo posible para echarnos?”

Javier Pérez Royo (Sevilla, 1944) es el catedrático de Derecho Constitucional que estos días ha protagonizado un metisaca en su relación con Podemos, una media salida de portero que termina en gol. Toda la vida en la órbita del PSOE gracias a Amparo Rubiales, lo que le ha permitido importantes conexiones con el poder institucional socialista, para acabar quedándose definitivamente aislado. Conoce a la Rubiales desde principios de los años sesenta, cuando eran jovenzuelos inquietos a la sombra de Manuel Giménez Fernández, catedrático de Derecho Canónico que fue ministro de Agricultura de la República, que lideraba un grupo de universitarios que hacía oposición al franquismo mediante la publicación de la revista Peñafort y a través de iniciativas como la redacción de dos proyectos de ley: de responsabilidad política y de gobierno provisional. En ese grupo estaban también Felipe González, Antonio Ojeda, Guillermo Medina, Martín Maqueda, Javier del Río y Manuel Álvarez Fuentes, entre otros. A mitad de los setenta, Pérez Royo dio un giro radical. De la democracia cristiana pasó al Partido Comunista de España, en unos años de tertulias entre amigos en las que justificaba la invasión de Checoslovaquia , lo que soliviantaba incluso a Manuel Ramón Alarcón. Con el tiempo se convirtió en constitucionalista de guardia del PSOE, en rector de la Universidad, en asesor de personajes con aristas y, ya siendo profesor emérito, en buscador del calor podemita, lo que, como diría su admirado Felipe González, lo acaba situando públicamente fuera del mercado de la política, si es que no lo estaba ya en privado.

Su obsesión por distinguirse se ve a las claras en el retrato hiperrealista que le hizo Hernán Cortés para la galería de rectores de la Hispalense. Todos los rectores, tanto franquistas como de la democracia, guardan la estética académica de muceta y birrete negros. Pérez Royo prefirió ser retratado en traje gris con chalequillo, con la informalidad de un Jovellanos o de un Godoy pintados por Goya. Es curioso: Queipo se distingue en la galería de retratos de Capitanía General por ser el único que no luce sable de gala, sino el micrófono de Radio Sevilla.

Mientras amagaba con expulsar a la hermandad universitaria del Rectorado, hay que admitir que negociaba con el Arzobispado la creación del Servicio de Asistencia Religiosa Universitaria: el Sarus. Pérez Royo llegó a pronunciar una conferencia en el prestigioso ciclo Cultura y Fe con un título hoy muy actual: Ética y nacionalismos. Al término, bajó a la casa de hermandad a participar en el tradicional pescao frito que se ofrece a los ponentes. La verdad es que promovió la regulación de la presencia de la Iglesia en la Universidad. Puso al sacerdote Juan del Río, hoy arzobispo castrense, a trabajar en un borrador de regulación junto con dos altos funcionarios de la Universidad. Se alcanzó un convenio firmado por Pérez Royo y por el arzobispo Carlos Amigo. El texto de aquel convenio, que continúa vigente, ha servido de pauta para otras universidades. A pesar de algunos prejuicios propios de su ideología, aquel rector tan peculiar sabía de la importancia de no ignorar el hecho religioso en la Universidad. A monseñor Amigo le explicó al inicio de su mandato como rector que no acudiría a las solemnidades eclesiásticas, pero le rogaba con especial interés que él sí acudiera a los actos de la Universidad.

Sus alumnos de los años noventa recuerdan su estética de pantalón vaquero y zapatillas deportivas. Casi 25 años antes de que se pusieran de moda las zapatillas deportivas como calzado cotidiano, incluso con traje de chaqueta, hay que reconocer que Pérez Royo ya las usaba para enojo de los fieles al protocolo. Los alumnos también tienen grabadas algunas de sus aseveraciones: “Yo hago exámenes orales para dar nota. En los escritos, apruebo o suspendo”. Muchos estudiantes hicieron el primer oral de su vida en su despacho, bajo la atenta mirada del retrato de Rousseau. Hasta sus más críticos reconocen su brillantez como orador y su capacidad como docente, plasmada en su imprescindible manual sobre Derecho Constitucional de la editorial Marcial Pons, un libro que permite hasta entender los telediarios. Expeditivo en las formas, alguna vez generó alguna lágrima en el alumnado. Pocas veces faltaba a la clase de primera hora. En eso era serio, riguroso y puntual, no como otros catedráticos de supuesto prestigio que se dedican a la mamandurria de los viajes y congresos, orillando la docencia y la dirección de investigaciones.

Pérez Royo bramaba contra la derecha a la mínima oportunidad, después de lo cual se le veía con frecuencia en el Oriza. Se le considera padrino de una generación que tiene su alfa y omega en Pedro Cruz Villalón y Fernando Álvarez Ossorio, respectivamente.

Testigos de la escena lo recuerdan una noche de Viernes Santo, liturgia de luto y cruces veladas, sorprendido por la cofradía de San Isidoro cuando recorría la calle Francos en calzonas deportivas. Se abrió paso con toda naturalidad entre las filas de ruan y los blazers. Su perseverancia en la práctica deportiva es loable. Pérez Royo ha seguido corriendo pese a los cambios de denominación que dictan las modas o los intereses comerciales: jogging, footing o running. Todavía se le puede ver haciendo una suerte de marcha rápida a primera hora de la mañana por el Paseo de Juan Carlos I, a la vera del río. Conserva el porte altivo y cierta mirada desafiante, como cuando llegó a Sevilla Kofi Annan, secretario general de Naciones Unidas, y no esperó a ser presentado: “Hola, soy Javier Pérez Royo”.

Para muchos ha sido una pena que este comunista estricto haya tenido tanto seguidismo del poder establecido en Andalucía, rematado con el lazo morado de la aventura podemita. Siempre seguro de sí mismo, hay quienes estos días se han alegrado del resbalón que se ha llevado con los muchachos de Pablo Iglesias. Porque a poco que se pregunta, es curioso comprobar que Pérez Royo ha cultivado casi tantos enemigos como Javier Arenas. Es lo que pasa cuando se pisan callos, que no hay podólogos suficientes en el listín del seguro. Quizás no le perdonan el yoísmo, el barniz prepotente de sus opiniones, el uso del púlpito más que de la cátedra para emitir juicios. Tal vez no disculpan que haya asesorado a determinados personajes más conocidos por sus andanzas que por sus obras altruistas, con más eco en las informaciones de corrupción que por ser prohombres de la sociedad. Ahí es donde, justamente, se ha podido faltar el respeto a sí mismo: no se pueden interpretar varios papeles a la vez, no se pueden usar varias máscaras a la vez. O se es catedrático solvente y dictaminador riguroso, o se es asesor de conseguidores a la búsqueda del calor de partidos políticos de nuevo cuño a los que, desprendida la cáscara, se les ve el pelo de la dehesa, que no es otro que el tacticismo consagrado a la búsqueda del poder por el poder, la política con envoltura de Juego de Tronos, la conquista del sillón por el sillón.

Al amante del estrado, de la galería, del púlpito tertuliano, lo estaban esperando con las escopetas cargadas. El teórico del federalismo, el revelador de las verdades absolutas en los debates, ha medido mal su fuerza y ha valorado mal su posición.

El nieto de rector, el hijo de militar, el estudiante de los Maristas en la calle San Pablo, donde era voluntarioso en los partidos de fútbol; el osado rector con botines, el aspirante a personaje especial, distinto y único, el hombre que se entendió a la perfección con la jerarquía eclesiástica, ha querido quizás retornar a sus años de juventud bolchevique. Y se le han caído todas las máscaras. Uno es dueño de sus pensamientos, esclavo de sus palabras y rehén de sus bandazos.

  • Juanito

    Bandazo ciertamente es lo que hemos podido ver en estos últimos tiempos, pero no podemos olvidar su verdadera maestría como constitucionalista, y no debemos olvidar que en el mundo de los ciegos el tuerto es el rey, o presidente de la republica, miremos a nuestro alrededor y veremos bandazos, puertas giratorias y abandonos, o no, por corrupcion.
    De sus clases mi admiración, de su bandazo mi decepción.

  • Eduardo

    Ha tenido este hombre que coquetear con Podemos para que el señor Navarro Antolín y otros muchos saquen afuera toda la basurilla que guardaban en el riñón desde hacía años. Ahora que ha vomitado todo esto se sentirá usted mucho mejor. Quizás cuando el señor Pérez Royo estaba en posiciones cercanas al PSOE era más difícil escribir artículos como éste. Ahora que va con los filoterroristas, con los bolivarianos, con los apestados, ya se pueden saldar con él todas las cuentas pendientes. Bonito ejemplo el que está dando el periodismo estos días. Por cierto, que en Sevilla hay iglesias a patadas. En cada esquina se encuentra alguna. Creo que acoger una hermandad en el edificio del Rectorado es algo que no habla bien de la universidad sevillana. ¿Algún día seremos un país serio y sacaremos las sotanas del Estado y de las universidades? Dense un paseo por Europa. En tantas cosas se parecen ustedes tanto más a Catar o Arabia Saudí que a Francia, y no se han dado todavía cuenta.

  • Manuel

    ¡Veleta, veleta. veletilla…!

  • Me tenéis aburrío y jarto

    Eduardo, La Universidad de Sevilla la fundó la Iglesia Católica, como muchas otras universidades de Europa. El catetismo que desprecia lo propio para admirar lo ajeno es eso: catetismo. Comparar España con Arabia Saudí donde te detienen por celebrar una misa en tu propia casa o por llevar un crucifijo es un insulto despreciable a todos los que son ejecutados en ese país simplemente por no renegar de su fe cristiana. Comentarios como el suyo son una muestra de la imbecilidad de Europa ante el ataque de los yijadistas y su imposibilidad de entender absolutamente nada que tenga que ver con la religión.

  • Senna

    Quien diga que el libro es magnífico, dos opciones: o no estudio derecho, como el caso del estupendista que escribe; o no tiene ni puñetera idea. Básicamente porque el libro es la mayor estafa que nos han hecho estudiarnos desde el departamento más endogámico del ámbito de la academia española, de ese libro valen para el estudio apenas 20 páginas. De los profesores de ese departamento, en lo referido a calidad humana y docente, se salvan 3 o 4; el resto, si veían que alguien opinaba al contrario del pensamiento único lo suspendían y hundían lo que podían. Como cinéfilo, el señor Pérez Royo es un gran erudito; quien estuvo en Derecho y Cine lo sabe ; y su hermano Ignacio un gran maestro fiscalista.

  • Uno que estaba arando...

    Insisto, mas ROYO que Pérez. Y de Constitucional, ni la mitad de la mitad, de la mitad. Al menos, eso parece desde el campo…