Un tal Del Valle

Carlos Navarro Antolín | 24 de enero de 2016 a las 5:04

MANUEL DEL VALLE
DON Remondo es la calle donde siempre hace frío de enero y en los adoquines suenan las pisadas cobardes de los que huyen con pasamontañas y dejan atrás un reguero de sangre inocente. Las calles de Sevilla se van especializando de forma espontánea, con el paso de los años y la consolidación de los hábitos, sin necesidad de diseñadores de centros comerciales especializados, desubicadores, globalizados, franquiciados y carentes de la singularidad que hace a un comercio irrepetible y distinto a otro. Si Don Remondo es el frío perpetuo que hiela los interiores de la memoria y Feria es la calle que siempre conduce a la Esperanza, Córdoba es la calle de los zapatos, Trajano la de las funerarias, la Plaza del Pan donde se visten las novias, la Encarnación donde los chinos arreglan los teléfonos que se han mojado, Muñoz y Pabón donde se regatea el precio de las antigüedades, Arfe donde aquellos jóvenes de las botellonas de los años 90 se gastan ahora la nómina en gin-tonics sibaritas servidos en barra, Alcaicería donde se encarga el cartón de los capirotes, Francos donde se cortan las telas y se compran los escudos del antifaz, Regina donde el comercio pijo-progre ha encontrado su nicho… Y Capitán Vigueras es la calle de los abogados de la Transición, un despacho en blanco y negro, con gente con gafas de pasta, cuellos abiertos a lo Curro Jiménez, pantalones de pata elefante y música de Jarcha. Un despacho donde, entre otros, había un par de nombres ligados a la ciudad. En muchos círculos no hay que decir el despacho de Felipe González, Rafael Escuredo, Manuel de Valle, Antonio Gutiérrez, Ana María Ruiz Tagle y Miguel Ángel del Pino, sino simplemente se dice “el despacho de Capitán Vigueras” y basta, al igual que el cofraderío dice “en Campana”, sin artículo, o la ministra frívola dice “en Indias” para aludir al Archivo.

En aquellos días de sudores y fatigas del Rey y Suárez para encarrilar el tren de la democracia, hubo unos vecinos de Bellavista apurados con un asunto jurídico. Recurrieron a Juana, la madre de un joven abogado llamado Felipe González. Querían ser atendidos por Felipe. Pasados los días, la señora Juana se interesó por el resultado de sus gestiones. Y aquellos desorientados vecinos sentenciaron:

–Bueno, fuimos al despacho y nos atendió un tal Del Valle…

Manuel del Valle Arévalo (Sevilla, 1939) forma parte de Capitán Vigueras, dicho sin más, como la Alcaicería de la Loza podría ser la rebautizada Alcaicería de los Capirotes. El tal del Valle hizo la célebre foto de la tortilla, una instantánea sobre la que ya hay más teorías y leyendas que sobre el 23-F. Del Valle es retraído, discreto y comedido. Si fuera nazareno sería de cola y, por supuesto, de ruan. Y  eso en política es como tener contratado un seguro. No molesta al líder, luego el líder jamás lo ve como una amenaza. Y siempre hacen falta peones y alfiles en el ajedrez de la política. Como buen sevillano, administra a cuentagotas un profundo sentido del humor, que exhibe mediante cargas de profundidad sólo aptas para interlocutores sagaces. Del Valle es hermano veterano de la Cofradía de la Retranca. En una reunión de la Internacional Socialista celebrada en el Madrid de finales de los 70 fueron apareciendo líderes extranjeros, anunciados con todo bombo por la megafonía. Cuando se oyó el nombre de Carlos Andrés Pérez, el sevillano de Capitán Vigueras soltó:“¿Pero este hombre no debía estar en la cárcel?”

Pasaba fatiguitas a la hora de tirar los pasquines del PSOE en los años de la Transición, que es cuando tenía mérito lanzarlos desde la ventanilla del seiscientos, o pegar carteles con el puño y la rosa por el centro y los barrios. Hay quien sigue manteniendo que Del Valle los tiraba en la papelera más próxima y que, con la cara descompuesta, decía a los compañeros:“Yo ya he tirado los míos”. Aquellos años de juventud universitaria, de secretario de cultura y propaganda del SEU, colaboraba en Radio Vida, con sede en Trajano, donde hacía la información política internacional basada en las ediciones del rotativo francés Le Monde que compraba en Sierpes a dos pesetas, siempre y cuando los ejemplares no hubieran sido intervenidos por la censura por contener informaciones críticas con el régimen.

Hombre tan retraído como habilidoso. Pareció un buen gestor, que es mucho más importante que serlo. Ysi podía evitar cualquier decisión traumática en el desempeño de cargos públicos, la evitaba a toda costa. Como guerrista que era, logró ser presidente de la Diputación y alcalde de Sevilla. A la Plaza Nueva llegó después de que Alfonso (el político, no el restaurador de Jerez)dijera que no quería seguir contando “ni muerto” con el escritor Antonio Rodríguez Almodóvar. Hay que alabar que se marchó a su casa y a su despacho, con un breve período de tiempo inicial en que presidió una fundación. Se fue sin rechistar ni largar, sabiendo jugar a la perfección el difícil papel de ser un jarrón chino, una parte importante de la historia reciente de la ciudad, un símbolo que debe ser respetado y debe ganarse ese respeto. No se lamentó pese a que pudo pensar que se quedaba sin probar la miel del 92 después de haber puesto a punto la ciudad con el PGOU de 1987. Las encuestas de Julián Santamaría, sociólogo de cámara de Felipe y Guerra, advirtieron de que el PSOE corría el peligro de perder la mayoría absoluta en 1987. Yse perdió. Los sondeos de 1991 ya alertaban de que se perdía directamente la Alcaldía. Yapuntaban que el mejor candidato para retener el gobierno era Pepote Rodríguez de la Borbolla. Aludían después a socialistas como Luis Yáñez. El dedo de Guerra señaló a Yáñez. Y el PSOE perdió la cotizada plaza de Sevilla.

Una de su cualidades es que no ha tenido celos de ningún colaborador. No ha sido nunca hombre de acción, pero no le ha importado que en su equipo hubiera gente con impulso y decisión. El PSOE influyó mucho en las dos listas electorales con las que concurrió a las municipales, la de 1983 (mayoría absoluta) y la de 1997 (mayoría simple). Siempre permitió brillar a sus tenientes de alcalde. Tuvo un equipo de concejales solvente, con bastante más enjundia de lo que circula por la Plaza Nueva en los últimos años: Curro Rodríguez, Paco Moreno, Guillermo Gutiérrez, José Vallés, Isidoro Beneroso… Yen el Alcázar contó con Paco Mir, quien promovió junto a Manzano la retirada de la Cruz de los Caídos. Eso sí, sin que Del Valle firmara ninguna orden, porque dicho está que evitaba cualquier decisión que pudiera originar revuelo. Especialista en mandar a alguien siempre por delante y quedarse resguardado en la trinchera. Para negociar el presupuesto con el interventor Francisco Pimentel confiaba en un pujante Pepe Moya Sanabria, que era el jefe de personal del Ayuntamiento y que hoy es presidente de Persán. Ypara evitar negociar en minoría con los comunistas de Adolfo Cuéllar, si había algún asunto de especial trascendencia para la ciudad, le pedía a Manuel García, entonces edil del PP y hoy hermano mayor de la Macarena, que mediara ante Soledad Becerril para contar con los votos del Grupo Popular. En sus años como alcalde se apoyó mucho en dos funcionarios de prestigio:Mauricio Domínguez y Domínguez-Adame, experto en protocolo y en el quién es quién de la ciudad, y Pepe Contreras Rodríguez-Jurado, una suerte de jefe de la Casa Consistorial que controlaba todo lo que se cocía en el noble edificio.
Siendo alcalde vivía en un piso del Polígono San Pablo con su suegra. En los últimos y muy calurosos días de la campaña del 87 recibió en la vivienda familiar para la entrevista de rigor al periodista José Aguilar, jefe de Política de Diario 16. Pepe solicitó al alcalde un refresco para evitar el riesgo de colapso que todo sevillano padece cuando se ha expuesto al sol a primera hora de la tarde de un junio amenazador. La suegra terció: “Sólo tenemos agua”. El periodista colocó la grabadora en la mesa para comenzar la entrevista. Y se oyó de nuevo la voz de la suegra:“Cuidado no me vaya a rayar el mueble”.

Aficionado a la fotografía, Manuel del Valle tiene buen ojo para captar imágenes con la cámara y sin ella, incluidas las de la belleza femenina. No sabe bailar sevillanas. Dicen que un día de Feria junto a este veterano del PSOE puede resultar más largo que la cofradía de San Bernardo.

–¿Usted que haría si se encontrase en la Feria y sólo pudiese conversar con Manolo del Valle?
–Buscar el globo de Ecovol donde se pedían los taxis.

Apenas bebe. Acaso se moja los labios. Es el típico amigo que conviene cultivar para que se haga cargo de conducir a la vuelta los días de parranda. En ocasiones oculta la copa con una servilleta para que los pesados de guardia, de aspavientos y lengua gorda, no le controlen si de verdad está libando. Metódico y austero, un día fue invitado a almorzar en Madrid por el presidente del Senado, José Federico de Carvajal. Se limitó a pedir consomé y tortilla francesa. Con políticos así nunca habría vergonzosas fotos de mariscadas con Pantagrueles y cubiertos dispuestos en vertical.

Si hay un rasgo que define a Del Valle es su forma de saludar. Pocos aprietan la mano con tanta fuerza, casi con un punto de vehemencia que contrasta con su aspecto aparentemente frágil, con su estética de escuadra y cartabón, con su abrigo de caída perfecta a lo Antonio Ríos.

Del Valle es el triunfo de la segunda fila. Ni se ha quejado, ni ha sido dispendioso. Dicen que se libró de una posible cornada tras ciertos negocios marbellíes en San Pedro de Alcántara. Tal vez de su etapa juvenil como jugador de rugby aprendió a encajar los golpes. Su amistad con Jesús Aguirre generó un gran beneficio para Sevilla, pues supuso la apertura de la Casa de Alba hacia la ciudad. Jamás tuvo problemas con la Iglesia siendo alcalde, se entendió a la perfección con el cardenal Amigo, al que, invitado por Monteseirín, despidió en el Ayuntamiento al término de su pontificado. Tuvo una gran excepción el 23-F, cuando aguantó el tipo todo el tiempo en la sede regional del PSOE junto al secretario general, Pepote Rodríguez de la Borbolla, y el entonces consejero de Interior de la Junta de Andalucía, Antonio Ojeda, entre otros militantes, mientras otros compañeros eran gamos a la búsqueda de la frontera con Portugal.

Manuel del Valle tiene calle en Sevilla, una pedazo de Avenida cargada de colmenas de vecinos donde Sevilla se aproxima a Córdoba y se aleja de la Giralda. Aunque Del Valle no evoca más calle que Capitán Vigueras ni más vianda que la tortilla. Y, por supuesto, no se asimila al perfil del socialista de hoy ni de lejos. Al lado de algunos de los que hoy pueblan la sede de Ferraz, Manuel del Valle parecería hasta de derechas. Y siempre, siempre, tiene el aspecto de un señor de orden al que en Navidad da gusto felicitarle las pascuas y en la cola de la caja del supermercado cederla la vez.

  • Alvaro

    D. Manuel del BACHE tuvo algún que otro escandalo de corrupción y financiación ilegal del partido…no todo es color de rosas, pero claro…antes se tapaba todo

  • Francisco Azaña

    Esta semblanza ‘amable’ del Alcalde sevillano que pasó a la historia como ‘Manuel del Bache’ alberga demasiadas inexactitudes. Sus mayorías absolutas fueron marca PSOE cuando arrasaba. El logró, con impagable ayuda de Luis Yáñez, que se perdiera una alcaldía clave andaluza.
    Nada se dice de sus negocios millonarios en San pedro de Alcántara de la ‘suegra’ que regalaba agua y que ahora trabaje para multinacionales, sin escrúpulos, que cortan la luz a los pobres energéticos o desahucian. La tortilla le supo a poco a Don Manuel.

  • Nazareno

    … y por no molestar, siendo tan sevillista, mostraba su discreción para no soliviantar a tantos compañeros béticos de boquilla o de vocación. Y eso, en esta Sevilla con los alfileres siempre dispuestos para los costillares, sí que era el mejor homenaje a la autodefensa. ¡Ah!, y lo de enterrar el Metro (cuyo retraso aún estamos pagando) creo fue otro modelo de disciplina y fidelidad del que se sentirían muy satisfechos los que así se lo encomendaron. ¿No sería la Expo la excusa todavía no resuelta?.

  • Miguel

    Pues debería Vd. explicarnos cuales fueron esas corruptelas, Sr. Álvaro, porque es muy fácil tirar la piedra y esconder la mano. Fue un gran alcalde de Sevilla, y no merece que se arrojen sombras sobre su gestión.

  • Pede Delepe

    El artículo olvida datos importantes. Nunca un alcalde contó con más dinero que él en la pre-expo y dejó que el PA de Rojas Marcos pasara de cero a siete concejales en los tiempos aquellos en los que el metro era un túnel sin salida


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