La sastrería » Archivo » La chicotá más larga

La chicotá más larga

Carlos Navarro Antolín | 13 de marzo de 2016 a las 5:00

ALEJANDRO OLLERO
SE alejaba aquel paso de palio sin alharacas, carente de concesiones, huérfano de licencias. Se alejaba sobre los pies, escupiendo las bambalinas. Sí, escupiendo. Los varales firmes, hieráticos. Casi no se oía la música. Avanzaba el paso en una larga chicotá que obligaba al cuerpo de nazarenos a replegarse, a fundirse con la presidencia y el cuerpo de ciriales. El paso hacia delante, como la mar que empuja el espigón, ganando terreno, imparable. De frente, de frente, de frente. No hay mecida, no hay movimientos de costero, ni levantás a pulso. Hay un andar sereno y decidido. Así andan los pasos de palio. Y las bambalinas, escupiendo, escupiendo, escupiendo… Alejandro Ollero Tassara (Sevilla, 1951) tiene el inmenso privilegio de mandar el paso de palio de la Virgen de la Amargura. No tiene dinastía que ampare su trayectoria, pero tiene un estilo propio, una capacidad de liderazgo y eso que en política se llama carisma. Hay costaleros que son de la Amargura y, además, son olleristas. Ya quisieran muchos partidos políticos tener seguidores tan leales como los que tiene este veterano del martillo que aprendió el oficio de Rafael Franco, el Penitente y el Moreno, y que sabe cuánto le debe la Semana Santa a los costaleros asalariados. Sin ellos, los pasos hoy tal vez serían desplazados con horquillas.

Tiene este capataz tres reglas para el buen costalero: colocarse bien, esperar a recibir los kilos (los kilos no se buscan, se reciben)y andar con soltura. Tonterías, las precisas. Fue costalero antes que capataz, pero muy poco tiempo. Su lugar ha estado más ante el martillo que bajo la trabajadera. Este Ollero es tan relaciones públicas en la vida cotidiana, como serio cuando se trata de ejercer de capataz. Su vida es la Semana Santa hasta tal punto que la cuadrilla de la Amargura es la madrina de bautizo de su hija.

Delante del paso se permite alguna licencia, sólo apreciable por los finos observadores. Cuando la Amargura deja el antiguo Laredo y entra en la plaza, se coloca mirando al frente como un nazareno más. Y el paso va andando detrás de su capataz con toda perfección.

Entre sus ritos, hermosos ritos, está el citar a la cuadrilla en el convento de Sor Ángela (Madre Angelita, como a él le gusta decir) a primera hora de la tarde de cada Domingo de Ramos. Todos los costaleros rezan juntos. Y el capataz entona una oración de elaboración propia. Porque este capataz habla y escribe a un nivel muy apreciable. Oír a Ollero es refrescar una serie de términos de la jerga de capataces y costaleros que ya se está perdiendo. No sólo eso de que las bambalinas “escupan”, sino los pasos que dan “jabón”, “leña”, “vienen jumeando el taco” y “de lo bonito a lo ordinario hay sólo una mecida”.

El paso de palio de la Amargura anda, anda y anda. A Ollero le cuesta bajar el paso. Sus costaleros son gente sacrificada. Los cuellos de los costaleros de Ollero bien pueden ser los más sufridos. En Sevilla se dice que tienes el cuello más colorao que un costalero de Alejandro Ollero. Hay quien asegura que este capataz se olvida de quienes van debajo. No es cierto. Los que van debajo están preparados para sufrir. Si la música ha terminado la marcha, el capataz manda arriar. Pero si sigue sonando y no hay palermazo de fiscal que ordene arriar, el paso sigue adelante: “¡Hay que seguir, hay que seguir!”. Siempre de frente. “Los locos son los costaleros, no el capataz”, se oyó una vez entre el público. Los pasos de Ollero necesitan espacio libre por delante, como la Legión en el desfile del 12 de octubre. “¡No acostarse los costeros! ¡No acostarse! Hay que seguir, hay que seguir con Ella”.

El capataz es autoritario, un punto altivo y con un barniz que combina ingredientes, como la receta del buen incienso: cien gramos de soberbia con otros cien de vanidad. Dicen que no se casa con nadie. Temperamento se llama. Cuando un costalero se alivia tiene una teoría letal:la cuadrilla es una familia, un grupo unido por fuertes vínculos. Un día le oyeron tronar: “¡Un amigo no deja de cargar kilos para echárselos a otro amigo, eso no se hace!”. Palabra de Ollero. Cuidemos las cervicales.

Delante del paso lo controla todo con barridos de mirada: la candelería, los contraguías, el aguador, el público. Tiene un gesto de afecto en Alcázares con el costalero que está en su último año. Avista un cable a cien metros. Sujeta al policía zarandeado en la bulla. No se le va una. En la quietud adoquinada de Cuna percibió a una embarazada en segunda fila, se acercó a ella:“¿Tú lo vas apuntar a la Amargura cuando nazca, verdad?”. Aquella joven, sorprendida, le dijo que sí, que lo tenía ya decidido. Ollero se fue a levantar el paso cuando la presidencia andaba ya lejos y quedan libres esos metros que necesita para sacar esas chicotás interminables.

–¡Oído! ¡Esta levantá va por los futuros hermanos de la cofradía que están hoy en el vientre de sus madres! ¿Me habéis oído bien? Aquí hay un niño en el vientre materno, su madre está a mi lado, el niño será nazareno de la Amargura. Y yo voy a tener mi primer nieto en pocos días.

Y unas voces masculinas, tamizadas por los faldones, se percibieron casi nítidas.
–Vámonos, Alejandro, por ellos. ¡Por ellos!

Y la Amargura se fue al cielo a buscar la noche cerrada en la Anunciación con el sol por corona en una chicotá larga, larguísima, marca de la casa de este Ollero de traje oscuro con el pelo que desciende por la nuca como candelabros de cola.

Ser capataz no es sólo igualar, mandar y respetar al costalero para ser respetado y querido como capataz. Ollero es un estudioso del mundo del martillo, una suerte de I+D que ha investigado, escrito e innovado. Hasta edita una revista que se suele distribuir el día del Pregón y por la carrera oficial, fruto de sus buenos contactos y habilidades. Suya es la idea de pesar los pasos para saber con precisión los kilos y poder organizar mucho mejor las cuadrillas. La información es clave para el diagnóstico. Con básculas que se emplean para los camiones y remolques, Ollero comenzó a pesar los pasos en los retranqueos, una tarea que luego siguieron con perseverancia y precisión José Antonio García de Tejada y Javier Espinosa.

La vida es eso que ocurre en el ocaso del Domingo de Ramos, con el paso cuadrado frente a las Hermanas de la Cruz, la cera baja, los manigueteros fatigados, cuando están en las últimas la cántara de Lebrija y los jarrillos de lata soldada de José Luis de Pedro, aguador de camisa y pantalón albos; y el capataz que va y se sienta en el escalón de entrada a la Casa Madre. ¡Sí, se sienta! Se echa en el escalón como un torero en el estribo. Para que nada ni nadie se interponga entre la Virgen y las hermanas. Ahí, en esos minutos sentado, con la torre de San Juan de la Palma estirándose para ver si vuelve ya la Señora, este Ollero de la mejor estirpe experimenta la gloria misma, efímera, caduca como toda gloria en la tierra. La vida es ser independiente y pagar el precio de serlo. No tener excesivas relaciones con otros capataces. Haber apoyado a algún candidato a hermano mayor, lo que quizás le costó perder el martillo de la Gracia de Sevilla bajo palio. La vida es enseñar a Nono García de Tejada a mandar el paso de la Quinta Angustia, miradas barrocas, santos varones, sudario, cantores, bendito cimbreo del Señor, que nunca se pierda, y exquisito cortejo del preste. La vida es ser testigo privilegiado del diálogo entre la Virgen y San Juan, que dicen que San Juan es el que le va diciendo a Ollero que no pare el paso, que no pare, que sigan los varales firmes y las bambalinas escupiendo, que hay que dejar atrás el engendro de las setas para buscar los blancos muros de Santa Ángela cuanto antes, que esos muros saben arropar, cortejar y acunar a la Virgen mejor que nadie. La vida es una fecha:noviembre de 1979 cuando se estrenó como capataz en la procesión extraordinaria del XXV aniversario de la coronación de la Amargura. La vida es acudir a casa de su hermano Ernesto tras el encierro de la cofradía y que el reloj marque las seis o siete de la madrugada embebidos en tertulias sobre cuanto ha ocurrido.

El secreto del ollerismo radica quizás en que la cuadrilla de la Amargura conserva formas antiguas de trabajar, pues son más importantes las convivencias que los ensayos, más importante estrechar lazos entre los costaleros que apostarlo todo a alcanzar la perfección técnica debajo del paso, más importante valorar el sacrificio personal que organizar un sinfín de relevos para evitar la más mínima fatiga, más importante que haya menos costaleros para que trabajen cómodos que calzar muchos hombres debajo del paso y que vayan apretados.

Si la vida es sufrir, el costalero debe sufrir. Porque no hay recompensa sin sufrimiento. Los varales quietos, las bambalinas escupiendo, el andar sobre los pies, siempre de frente. La corona de la Amargura es el sol que nunca se apaga de noche. La Semana Santa es un paso de palio que se aleja. Hay que seguir, siempre hay que seguir. Y no dormirse los costeros.

  • acascoporro

    Bien escrito, sí señor

  • Paco Giralda

    !Sin lugar a dudas es el capataz que mejor lleva los pasos en Sevilla,él es muy feliz llevando a su Virgen y no le importa tener que pagar el tributo Dr su independencia !es libre!