El órgano es vital

Carlos Navarro Antolín | 3 de abril de 2016 a las 5:00

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CONTABA Aznar, en uno de esos libros que los ex altos mandatarios sacan al mercado para hacer caja, que cuando llegó a la Moncloa en 1996 sintió la necesidad de explotar el perfil internacional de una serie de españoles que, a juicio de su poderosa libreta azul, estaba desaprovechado o poco reconocido. En esas líneas se refería a Julio Iglesias, Norma Duval, Plácido Domingo… Españoles con trayectoria internacional que pasaron por el comedor del palacete presidencial para probar el postre de helado de moka luego del menú regado con Ribera del Duero. Entonces no se usaba el concepto de marca como ahora. El Gobierno de Rajoy mantiene hoy un comisionado de la denominada Marca España para vender las bondades del reino allí donde no somos siquiera paellas, toros, flamencas y cármenes cigarreras. La marca es mucho más que el perfil de personajes de trayectoria con cuenta inagotable en google, pero aquel presidente que comenzó a desfondarse en El Escorial con la boda pretenciosa de su hija puso tal vez los cimientos para unas labores donde la política y el márquetin comparten carril.

Si Sevilla algún día tomara como norma de cumplimiento cotidiano el reconocimiento de sus vecinos más ilustres y de sus hijos más notables, hay un canónigo que entraría de lleno en la lista de los que poseen eco mucho más allá de la Puerta de Jerez. Y usamos como referencia la Puerta de Jerez porque hay sevillanos de los que salen todos los días en las secciones del colorín que tienen que conectar el romming en cuanto se alejan una mijita del Prado de San Sebastián; sevillanos que no pasan de ser chuflas de actividades difusas, paseadores de la agenda del Colegio de Abogados por Tetuán, o vivaqueadores profesionales de las cafeterías del centro.

–¿Y este tío tan alto que sale en tantos retratos de qué trabaja realmente?
–Pues ni idea. Ahí lo vinculan a una firma impronunciable donde no sé qué hace. En estos casos, aplica la norma:si fuera magistrado del Tribunal Supremo lo pondrían muy clarito, con todas sus letras.

José Enrique Ayarra Jarné (Jaca, Huesca, 1937) lleva más de cincuenta años como organista titular de la Catedral de Sevilla. Es un cura, un canónigo, un organista. Un aragonés que se afincó en Sevilla hace muchísimos años. Yaquí sigue. Un vecino de la ciudad que ha tocado los órganos de las catedrales de medio mundo, que tiene una proyección personal internacional que encuentra pocos ejemplos similares en esta misma ciudad. Es una suerte de Willy Fog de los teclados de catedrales, basílicas, templos, monasterios, orquestas y universidades de los cinco continentes.

–Buenas tardes, quería hablar con don José Enrique.
–Pues no está.
–¿Sabe usted si vuelve pronto de la Catedral o se habrá parado quizás en el Horno de San Buenaventura?
–Mire usted, me parece que tardará un poquito porque está dando un curso en la Universidad de Hiroshima.

Ayarra no es sevillano. En Jaca le tienen veneración. Es un vecino ilustre de Sevilla desde los tiempos del cardenal Bueno Monreal que cualquier gobierno hábil y con criterio, más allá de la Fundación Focus, hubiera convertido hace tiempo en santo y seña de la Sevilla más internacional. Es uno de los grandes desconocidos en la ciudad ingrata por antonomasia, que devora a sus hijos con crueldad de Saturno. Una urbe que a veces cree que hasta ha pagado con generosidad por el solo hecho de dejar caer alguna medalla. Ayarra es el trabajo callado como organista de la Catedral, sublime contradicción que refleja una vida que bien podría titularse Al sacerdocio por la música. Es un guardián de la pureza de los sonidos de la Catedral y un dinamizador del calendario cultural de la ciudad a base de organizar espléndidos conciertos de órgano.

Bueno Monreal lo trajo a Sevilla por sus evidentes capacidades musicales. Ayarra se trajo a sus hermanos. Entró como beneficiado del Cabildo. En aquellos años los canónigos y los beneficiados tenían retretes y vestuarios distintos. Con los años, los beneficiados pasaron a ser canónigos en toda regla. Yse dice que algún beneficiado experto en libros corales tardó mucho en ser canónigo como castigo del cardenal Amigo, pero eso es otra historia y otro personaje…

Como canónigo es fiel a la misa de 8:30 en la Capilla de la Antigua, donde tiene verdaderos seguidores que serían la envidia de cualquier hermandad con los bancos del quinario semidespoblados. También es un verso suelto del Cabildo. Ayarra va por libre. Dicen que tiene la cuota de vanidad y soberbia propia de los creadores. Se muestra distante de las miserias del Cabildo, ajeno a las cuitas del funcionamiento cotidiano del templo. Yeso alguna vez ha provocado recelos en los compañeros de canonjía. Desde que fue trasplantado con el riñón recibido de su hermano el médico, fallecido en accidente de tráfico, dicen que Ayarra es otro, mucho más próximo y familiar. Yel órgano, que ya era fundamental en su vida, ironías del destino, ahora resulta vital.

Francisco Navarro, el canónigo que concibió el modelo de Catedral que se financia gracias al turismo, tenía claro que Ayarra era un genio de la música. Tocó en la boda de la Infanta Elena en 1995, cuando se preocupó en tener un monitor de televisión a su lado para saber en qué momento exacto entraba el Rey con su hija del brazo e interpretar la Marcha Real. Yen la Plaza de San Pedro de Roma en 2003, cuando Juan Pablo II invistió a don Carlos como cardenal. Es un viajero consumado que acepta pocas disciplinas procedentes del exterior. Si está ensayando y se acercan los turistas, se adorna y se deja admirar. En oasiones deja entrar a los turistas en el coro y se da un baño de multitudes. Si en la Catedral se celebra un acto y él tiene que ensayar, no duden que el ensayo no se suspende. Lo dicho:es un verso libre. Y con música.

Al Cabildo lo convence siempre de la necesidad de dedicar partidas económicas al mantenimiento del órgano. El órgano de la Catedral sigue en construcción y cuando esté acabado será hijo de Ayarra, uno de los primeros de Europa y un orgullo para la ciudad que, como en tantas otras cuestiones de verdadero valor cultural, permanece ajena a cuanto ocurre.

Ayarra pertenece a esa generación de canónigos cultos, profundos y eficaces (haberlos haylos) que, además, se ha preocupado de estudiar la historia de la música en la Catedral de Sevilla. Es uno de los más prestigiosos músicos eclesiásticos con especial relevancia en los países asiáticos, donde raro es el año que no acude para dar algún concierto.

La vida es un ensayo por la noche, a solas en la Catedral. Una pequeña pausa para saludar a Alfonso Jiménez y Joaquín de la Peña que tratan sobre la logística del Jueves de Corpus. La vida es ensoñarse tocando todo tipo de composiciones, desde las más selectas a las más populares. En su repertorio le gusta combinar sonidos de su tierra con marchas de Semana Santa. No es un cura cofradiero, pero valora el papel de las hermandades en la religiosidad popular. La juventud son recuerdos de París, donde se formó. Yla vida es sentir orgullo cuando le dedican composiciones. Tiene más obras para órgano dedicadas a su persona que algunas vírgenes de pueblo por las que se paga para que tengan marchas ramplonas. La vida es clavar la mirada en las bóvedas mientras actúa, cuando toca ese organo hipercomplejo y colosal de la Catedral sevillana, más electrónico que mecánico. La vida es estudiar y recuperar los órganos de viejos monasterios y de capillas escondidas. La vida es ser anfitrión de grandes músicos extranjeros, a los que anima a tocar el órgano de la gran montaña hueca que es el templo sevillano; es destinar a fines benéficos de la infancia el dinero que recibe por ciertos conciertos.

La música es sagrada para este aragonés que conserva el vozarrón de chicarrón norteño. No le gustan ciertas novedades, como cuando don Carlos introdujo flamenco en la conmemoración de la beatificación del gitano Ceferino Giménez Malla, el Pelé. Medio teatro de la Maestranza lo vio levantarse indignado en medio de un concierto navideño porque el director de la Sinfónica de aquel entonces había querido hacerse el gracioso “destrozando” la pieza que estaba interpretando. Aquello no era ni serio ni gracioso para nadie, pero para don José Enrique era una herejía.

Meticuloso en las ceremonias y en el coro a la vez que sumamente paciente con los cantores, es ante todo un maestro fino que sabe qué audiencia tiene delante. Es un placer escucharle explicar los órganos (en plural, como los Alcázares)en las vísperas del Corpus a un público nada avezado, como si estuviera explicando las piezas del barco pirata de Playmobil. Solemne, educado, culto, sufrido. Se queja poco, ni siquiera en los momentos delicados de su enfermedad. Sólo gruñe si el órgano falla. En esos casos son los alemanes de la casa de Gerhard Grenzing (Insterburg, 1942) los que atienden sus lamentos.

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