“Estás más delgado”

Carlos Navarro Antolín | 10 de abril de 2016 a las 5:00

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LOS partidos políticos tienen estatutos colgados en sus páginas oficiales de internet. Muchos preceptos de redacción hueca, de escasa utilidad y de formulación lo suficientemente generalista para que los presidentes, secretarios generales y comités ejecutivos puedan hacer y deshacer con apariencia de legalidad. Al margen de los estatutos está el código interno, que no se explica en ningún curso de formación (subvencionado) y que se lo saben al dedillo los cargos y militantes del núcleo duro. Se trata de dos normas básicas y no escritas: al jefe hay que reírle las gracias, sobre todo si son en público, y hay que estar siempre disponible al cornetín de mando que toca el correveidile de gabinete de turno. Javier Arenas, padre natural de toda la militancia del PP andaluz, es un especialista consumado en gastar bromas y permitirse ciertas licencias en los mítines o convenciones que se celebran en salones de hoteles con derecho a botellita de agua y platito de caramelos. También lo es en trabajar los domingos para inventarse cualquier excusa para hacer declaraciones y colarlas en el telediario de las tres de la tarde y en el de las nueve de la noche. Va uno de viaje por España, pone la televisión en Cáceres y aparece Javié con la ceja arqueada haciendo declaraciones sobre los independentistas catalanes en el Parador de Carmona. Yel acompañante, ante el plato de migas, clava el diagnóstico que nadie ve.

–Ea, ahí tienes al campeón mangando cuota mediática nacional y poniendo una pica en Carmona para capitalizar la casi mayoría absoluta de Juan Ávila. Anda que no es listo el Arenas. Tiene claro el cumplimiento del precepto dominical… en política.

Arenas coge el micrófono y saluda con toda soltura a “Pani” (Luis Panigua, el responsable de Nuevas Generaciones), alude a que el veterano Albendea “siempre es el primero en aplaudir”, saluda a Juan (Juan Ignacio Zoido), del que dice –decía– que se fía tanto que le dejaría al cuidado de un hijo un fin de semana, manda un beso a Lola (Dolores Meléndez, histórica de la derecha sevillana), refiere el color amarillo del jersey de Jaime Raynaud (“¡Qué bonito, Jaime!”), por lo que Raynaud sale echando sapos y culebras, y reserva la perla para su querido Antonio Sanz: “Antonio, estás más delgado”. ¿Cuántas veces hemos oído de Arenas, abrazado al atril del mitin o en la presidencia del comité ejecutivo regional, proclamar que Antonio Sanz está más delgado?

Y Antonio Sanz (Jerez de la Frontera, 1968) ha soportado todas y cada una de las bromas del antes jefazo del PP andaluz, ahora superviviente de Génova y, siempre, siempre, catedrático del culebreo en las filas del peperío del Sur de España. Todos en el PP andaluz lo admiran, digan lo que digan. Cuando llegaban los jueves de los ministerios que perdimos, Arenas cogía el teléfono interno y avisaba a su gabinete:

–¿Marilar? ¿Mateo? Oye, preparadme algo para salir en la tele el domingo tras el partido de pádel en Antares. Avisad a Zoido, Jaime, Juanitobueno, Antoñito Sanz… ¿Eh? Que estén allí arropándome mientras hablo para que el total de la tele quede de dulce. Y al día siguiente nos volvemos a Madrid en el AVE de las seis y veinte, tempranito, ¿eh? Que se venga alguien del partido para ir trabajando sobre los planes de Andalucía.

Y el único que siempre ha estado disponible a la hora de la verdad ha sido Antonio Sanz. Para arropar al líder en los totales haciendo leves afirmaciones con la barbilla, para coger el AVE de las 06:20 en Santa Justa, y hasta para salir en coche hacia Madrid a las cuatro de la madrugada porque había que estar en Génova de forma urgente a primera hora y ya no había tren posible. Antonio Sanz nunca le ha dicho que no a Javié. Nadie en el partido, ni siquiera quienes han sufrido su carácter de general secretario, ocultan que es el tío que más horas de trabajo echa en la estructura de un partido acomodado, casi convertido en la perfecta Consejería de la Oposición de la Junta de Andalucía. No le ha importado ser secretario general, dejar de serlo y volverlo a ser. No le ha importado mandar en el PP de Cádiz, dejar de mandar y volver a mandar. Y al fin ha conseguido ser un cargo serio tras años de travesía del desierto por la oposición andaluza: delegado del Gobierno en Andalucía.

Paradójicamente, Antonio Sanz está sacando rédito político a un cargo eminentemente institucional, habitualmente reservado a figurones. Y eso lo han conseguido pocos delegados del gobierno, al menos del PP. Zoido se volcó en la agenda social, Carmen Crespo se fue sin enterarse de la misa la media, y este Sanz que nació para ejercer el poder está aprovechando los meses del gobierno en funciones para desplegar toda la cola del pavo real político que siempre ha llevado dentro. El destino lo ha mantenido demasiados años sin responsabilidades institucionales. Por fin el hombre de aparato (puro y duro) se está luciendo visitando el dispositivo de la DGT un domingo de fin de puente festivo, coordinado el simulacro de un terremoto o trabajando en armonía con los socialistas en el plan de seguridad de la Semana Santa. Las cofradías de Sevilla siempre estarán en deuda con este jerezano que suba y baja de kilos con facilidad, que escruta con el barrido de una mirada todos y cada uno de los asistentes a un acto público, y que es tenido por un rocoso negociador cuando en la mesa se sientan políticos de otro signo. Como delegado del Gobierno se vuelca con los ayuntamientos del PP sin ningún complejo, aunque sea el de Tomares de José Luis Sanz, con el que ora se lleva bien, ora dicen que son como Ben-hur y Messala, que cada cuál le ponga a cada uno la cuadriga que considere más apropiada…

La vida es echar una bronca a los cachorros de Nuevas Generaciones cuando no se cumplían sus directrices, que algunos de aquellos jovenzuelos aún recuerdan sus reprimendas. La vida es dar rienda suelta a su gran afición: ejercer de radioaficionado nocturno con el código EA7AE en largas noches donde puede acabar al habla con un tío en Tailandia. Aún se recuerda la antena que hizo instalar en la sede regional de la calle San Fernando en sus años como secretario general, como se recuerda su último día en aquel despacho oficial, cuando una limpiadora le preguntó por qué se llevaba las banderas oficiales: “Son mías”. La vida es desayunar en las ventas de la A-92 en los largos viajes con Javié por la Andalucía que sigue dejando al PP en la cuneta del poder como heredero natural del pifiazo de la UCD en el referéndum autonómico. La vida es tener el don de la ubicuidad para estar en los oficios del Viernes Santo en la Catedral y en las procesiones de Jerez la misma tarde. La vida es estar de patrulla nocturna con la Cruz Roja en el Estrecho sin fotógrafos, una afición sana que, como la de radioaficionado, es propia de quien necesita dormir poco. Siempre dispuesto a subirse al helicóptero de la Guardia Civil, a sentarse en el puesto de mando de cualquier operativo de la Policía Nacional, a conducir el coche que lleva a Arenas adonde tiene que estar el líder a las 9 de la mañana.

Pero hubo una noche de escasos testigos en la que Sanz dio la verdadera talla de político del PP. Aquel domingo de cuaresma en que Arenas se quedó a cinco diputados de la mayoría absoluta de Andalucía, cuando de los salones del Oriza parecía que iba a salir la Mortaja y sólo faltaba el sonido de la esquila, cuando los camiones del cáterin de la Raza contratado para la prensa se quedaron aparcados encima de la acera con los canapés criogenizados, cuando la pancarta triunfal se quedó sin desenrollar y los músicos contratados fueron literalmente los primeros en marcharse… Aquella noche de hundimiento de la Armada Invencible de Arenas, cuando ya no quedaban pelotas y el perro flaco del PP andaluz volvía a rascarse las pulgas de un nuevo varapalo, Antonio Sanz siguió en la sede hasta el final junto al gran derrotado Fue una estampa dolorosa, compensada hoy con la experiencia en un despacho que ha convertido en una suerte de ministerio andaluz del Gobierno de Rajoy.

Sanz es un tipo intenso, el clásico agonía que no conoce límites en el oficio, una característica de donde afloran sus virtudes y sus defectos. Hoy vive días de preocupación por el futuro del Gobierno de España. Si el PP continúa en la Moncloa, nadie se atreverá a desalojarlo del despacho de la Plaza de España, pues ha demostrado que no se limita a acompañar a los ministros, sino a vender logros políticos de todo tipo: desde los planes de seguridad de Semana Santa a los tramos nuevos de autovía. Dicen las malas lenguas que Sanz tiene la visión política que falta en el equipo de Moreno Bonilla, líder regional. Y que, en la práctica, la Plaza de España es la referencia del PP andaluz en contraposición con la calle San Fernando. Si tuviera una imagen más estilizada, tal vez podría plantearse otros objetivos en una política marcada en exceso por la imagen y el márquetin. Pero entonces no sería el genuino Sanz, duro como secretario general con los suyos y amable para entenderse con los interlocutores de la izquierda. Es un profesional de la política en el buen sentido. No se caracteriza por su especial sentido del humor, pero no es aburrido. Será presidente del PP de Cádiz por los siglos de los siglos, sabedor de la importancia que tiene retener una parcela de poder orgánico cuando los vientos desalojan al PP de las instituciones. No quiso ser presidente del PP andaluz, tal vez porque ha vivido en exceso en la burbuja que se creó el propio Arenas y donde en muchas ocasiones sólo tenían cabida el propio Arenas y él. Dicen que con Arenas ha tenido más aguante que la sábana de abajo y que ha visto en demasiadas ocasiones como Javié es capaz de venderle un pingüino a un moro en el desierto. El caso es que Antonio, sea como fuere, siempre está más delgado. Palabra de Arenas Albendea aplaude. Y todos ríen, menos Raynaud si lleva el jersey amarillo.

  • juan

    Pero con esa cara de rociero malaje le veo poco porvenir si quiere salir de El Aljarafe.

  • ani

    Pero no se entero, o no quiso hacer nada cuando Aznar amplio la concesiòn de la Autopista Sevilla_Jerez_Càdiz. De Arena me espero cualquier cosa, pero el jerezano podria haberse enterado. Definitivamente los PPa no merecen nà de los andaluces, siempre prefieren el beneficio de otras tierras a la nuestra.


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