La fuerza del tirador

Carlos Navarro Antolín | 29 de mayo de 2016 a las 5:00

JULIO CUESTA
EN las vísperas de la mayoría absoluta de Rajoy que mandó al PSOE a un largo y oscuro tardozapaterismo, varios políticos del PP de segunda fila soñaban en la barra de Trifón con el reparto de los cargos del inmenso organigrama del Estado. Uno aspiraba a despacho de secretario de Estado, otro a la presidencia de una sociedad estatal con sede en Andalucía, de las que dan brillo y generan poco riesgo. No faltó quien dijo la boutade de soñar con ser subdelegado del Gobierno en Alicante “con derecho a las playas de Benidorm todo el año”. E incluso hubo quien sentenció con el codo derecho apoyado en la barra, que es como se dictan los veredictos de taberna de los viernes a mediodía, que son siempre firmes, sin derecho a recurso: “No os equivoquéis, el mejor puesto es el de presidente de los paradores de turismo. Trincas presupuesto para rehabilitar doce o quince y te pasas los cuatro años visitando obras por toda España”. Y de pronto, alguien que estaba callado irrumpió y provocó un giro en el debate: “Pues yo a lo que aspiro es a quedarme en Sevilla… Y ser Julio Cuesta”. Y en ese preciso momento alguien pidió otra ronda de anchoas con leche condensada.

Julio Cuesta (Sevilla, 1946) forma parte de esa minoría de sevillanos que está en el momento adecuado en el sitio preciso. Cuando en esta ciudad cabían en un taxi los sevillanos que hablaban inglés, que eran Eduardo Osborne, el padre Antonio Garnica y dos más, apareció en la escena de la ciudad –para quedarse para siempre– un señor apellidado Cuesta con un dominio del mencionado idioma y una facilidad para las relaciones públicas que en la Sevilla de los años previos a la Expo lo convirtieron en un personaje muy cotizado para Manuel Olivencia, que lo fichó cuando Cuesta estaba vinculado nada menos que al Consulado de los Estados Unidos en Sevilla.

En Sevilla están las flores de un día, los personajes que duran cuatro años, los ejecutivos que desaparecen tras la jubilación y, después, la eternidad y la versatilidad representada por Julio Cuesta. La Expo’92 y Cruzcampo han sido los pilares de su dilatado pontificado por lo civil. Quien maneja el tirador (de la Cruzcampo) maneja la fiesta. Es como el gordito dueño del balón. O se le deja jugar de delantero aunque sea un patán… o simplemente no hay partido. Cuesta ha sido un perfecto cultivador del puesto soñado por una ingente cantidad de sevillanos de a pie, el de repartir casi lo único imprescindible para el riego sanguíneo de la ciudad: la cerveza. En la Sevilla de principios del siglo XX le pedías a Julio Cuesta cuatro barriles de beneficiencia para la velá del barrio, la cruz de mayo de la hermandad o la tómbola de la asociación de vecinos, y aparecía un camioncito con los cuatro barriles reclamados, más un preciado complemento de dos mostradores, cuatro parasoles y una cajita de la shandy que por entonces estaba de promoción. El tío de la carretilla bajaba la mercancía y saludaba: “¿Dónde dejo todo esto? Es de parte de don Julio”.

Julio Cuesta ha sido un rey mago de 365 días al año. De recibir visitas ilustres en la Exposición Universal, a controlar nada menos que el combustible del motor de la vida social de la ciudad. Sin cerveza no hay paraíso. Y las llaves del paraíso son de este vecino del centro que está en las cofradías, pero que nadie, por cierto, sabe cuál es de verdad su cofradía.

–¿Julio Cuesta? Si acaso, del Baratillo, ¿no? Pero ahora que lo dices, tampoco veo yo que tenga una hermandad muy clara…

Cuando la Cruzcampo tras la Expo proyectó su fundación, cuentan que alguien le espetó a Julio: “¿Cuántos litros venderemos gracias a la fundación?”. Cuesta contestó: “Ninguno. La pregunta es cúanto valor añadido va a aportar a la compañía”. Y ahí, en principio, acertó. Nació el poder del tirador, el gran poder del tirador. ¿Cuantísima gente no se va a su casa cenada y contenta gracias a los actos de la Fundación Cruzcampo que dan derecho a cerveza tirada por camareros con batines blancos y a numerosas diócesis de tortilla de patatas de dos plantas y ático retranqueado? Cuesta tiene en plantilla muchos sevillanos anónimos que acuden a todos los actos de la fundación exclusivamente para el ágape de válvula.

Ejerció cuatro años de tesorero del Consejo de Cofradías, un período que endureció su carácter, pues repartir entradas del pregón y sillas no es tan fácil como dar cerveza. No fue un tesorero de supervisar el montaje de la carrera oficial, ni de llamar a las puertas de bancos o empresas para buscar ayudas y patrocinios. No, no, no. Su lema fue: “Yo me dedico a los números enteros. Los demás, a los decimales”. Y claro, afrontó con éxito el duro reto de sacar adelante la gestión integral de la carrera oficial, un negocio del que salió definitivamente el último sillero, pero no llamó a todas las puertas de instituciones y entidades que se esperaba para conseguir convenios de colaboración y más recursos económicos.

De ortodoxia exquisita en las formas, de una oratoria fluida y de una estética muy a lo Florentino Pérez, elegancia sin concesiones ni alharacas, Julio Cuesta parece que siempre lleva un farol junto a la custodia del Corpus. Cuenta la leyenda que alguna vez ha sido visto sin corbata y con un chaleco negro de cuello vuelto en los días de invierno por su hábitat natural de Canalejas y San Pablo. Quiso ser presidente del Consejo, pero a lo grande, como gran hombre de consenso, por mucho que no lo reconozca. Pero no resultó. La verdad es que, tal vez sin pretenderlo, Cuesta siempre ha aparecido como fijo en determinadas quinielas de la ciudad. Pero, o la cosa era un bulo alimentado por su coro de aduladores, o él mismo no se ha atrevido nunca a hacer el paseíllo en un proceso electoral en el que hubiera otros matadores… Y las cofradías ya no eligen a nadie por aclamación. Hablando de cofradías, Cuesta fue capaz de arrimar el hombro en los tiempos difíciles de los preparativos de la Expo’92, pero no de formar hace unos meses una simple junta de gobierno en su queridísima Archicofradía Sacramental del Sagrario, a cuya parroquia está vinculado desde hace décadas. Será porque en Sevilla no se cumple el aserto de que quien puede lo más, puede lo menos.

Está jubilado, sí. Pero sigue siendo el faro de la Cruzcampo para muchos sevillanos. La luz que aún irradia Cuesta ha de ser tenida en cuenta por Jorge Paradela, el director de las relaciones institucionales de Heineken España, quien lleva en su currículum el ADN de la compañía. Cuesta y Paradela son hermanos del Silencio, pero Paradela se incorporó a Cruzcampo con mucha menos edad que Cuesta.

Dicen quienes bien lo conocen que Cuesta aún conserva un corazoncito andalucista. “Vamos a darle unos votitos al PA que os harán falta para gobernar”, cuentan que le comentó a Zoido antes de las municipales de 2011. Forma parte de esa cofradía minoritaria de la ciudad cuyos miembros son conocidos por el nombre de pila. “A Julio hay que llamarlo para el acto”, dice el sevillano de siempre. Si Cuesta no está en el acto, el acto no vale tanto. “Yo soy amigo de Julio”, afirma el sevillano peligroso”.

La vida es contemplar el mar desde una cafetería de la Playa de La Antilla. Tener claro que la formación académica de los jóvenes con valía debe ser completada en el extranjero. La vida es cambiar en marzo la cerveza por el gazpacho en el bar Las Piletas. Y charlar en el ascensor con el vecino catedrático. La vida es soprender al cofraderío mediocre con frases bien aprendidas: “Vamos a aplicar un sistema DAFO”. Y tener muy claro que la cerveza es el mejor lubricante de las relaciones sociales. En Sevilla, quien maneja la Cruzcampo no es que tenga el equivalente a la Alcaldía, pero sí la Gerencia de Urbanismo. Y eso es mejor que la presidencia de los paradores de turismo. Sobre todo porque los paradores ya no son como en época de don Manuel Fraga. En tiempos de Fraga, en Sevilla sólo parlaban inglés cuatro gatos.

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