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El guardián de los ritos

Carlos Navarro Antolín | 12 de junio de 2016 a las 5:00

Ángel Gómez Guillén
SEVILLA, 1982. Los mundiales han terminado. Naranjito se conserva aún en algunos comercios. Calvo Sotelo gobierna en funciones y prepara la visita del Papa. Hoy es Rajoy, por cierto, el que está en funciones y ultima la llegada de Barack Obama. En aquella Sevilla del 82 gobierna Uruñuela, la selección brasileña hace días que dejó la ciudad, escasean los coches con refrigeración y la diócesis aún sigue comentado el aldabonazo del Papa Juan Pablo II al designar en mayo como nuevo arzobispo de Sevilla a un joven franciscano que Pablo VIhabía convertido en prelado de Tánger. Meses después del nombramiento llega a la sede de San Isidoro, por fin, ese joven fraile “experto en islamismo”, según había avanzado la prensa de Madrid, para sustituir al cardenal Bueno Monreal, el que ayudó a la Transición desde los despachos del poder eclesiástico y el que participó en las sesiones del Concilio Vaticano II. Cuando Carlos Amigo aterriza en San Pablo, un reducido grupo de sacerdotes lo espera en el aeropuerto. Entre ellos está Ángel Gómez Guillén (Sevilla, 1943), que fue su primer secretario, quien lo llevó a conocer todos los pueblos a bordo de un caluroso Seat 127 de color amarillo.

Gómez Guillén es a la liturgia en Sevilla lo que Ayarra al órgano. Y como experto en la materia, le ocurre lo que a tantos vecinos de esta ciudad, que es más reconocido fuera que dentro, más valorado en Roma que en algunas parroquias hispalenses donde los curas se colocan el micrófono de solapa cual Matías Prats y que a la hora de la plática se dan paseos por el templo. Esos mismos curas que permiten que el padrino de turno tenga su minuto de gloria en el altar (speech, lo llaman los cursis) para hablar de los novios, todo muy al estilo americano, todo muy litúrgico por las que hilan. Una verdadera paliza que por momentos alcanza cotas de tortura.

Este canónigo con dignidad de chantre podría escribir la biografía más exclusiva del cardenal Amigo, al que ha acompañado desde muy cerca durante sus casi treinta años de pontificado en Sevilla. Pocos curas pueden presumir de haber estado junto a monseñor Amigo antes incluso de que el hermano Pablo se convirtiera en el Gran Hermano del cardenal.

Tal es su proximidad con el fraile de Medina de Ríoseco que siempre se dice que Gómez Guillén forma parte de la Casa Civil del cardenal. Tras la recepción en el salón del trono por la festividad de San Carlos Borromeo, Gómez Guillén era invitado fijo al almuerzo especial. Don Carlos invitaba cada año a algún vicario distinto. Los únicos comensales que repetían siempre eran Gómez Guillén y Pablo Noguera. Y las hermanas de Jesucristo Sacerdote, claro. Si Gómez Guillén era la Casa Civil del cardenal, hay quienes decían, con cierto colmillito, que la Casa Militar eran los inolvidables García Vázquez, Navarro Ruiz y Garrido Mesa, el tridente rojo con el que don Carlos se garantizaba una interlocución fluida con el poder socialista que, como él, llegó a España y a Andalucía en el 82 para quedarse. Los reyes y los príncipes no tienen amigos. Si alguien puede ser calificado de amigo de monseñor Amigo Vallejo –un príncipe de la Iglesia– es Gómez Guillén.

La trayectoria de Gómez Guillén no está marcada por grandes cargos pese a su proximidad con quien ha mandado casi tres décadas en la Iglesia de Sevilla y es cardenal desde 2003. Su principal objetivo ha sido siempre ser un cura libre, no atado a ningún lugar, con los compromisos justos, al mismo tiempo que entregado en todo momento a las tareas de su ministerio. Tan libre que nunca ha usado su condición de canónigo para pedir un piso en la Plaza del Cabildo, lo que le ha garantizado coger distancia con ese runruneo cotidiano de la Catedral que tiene poco que ver con asuntos de altar y coro. Ni siquiera ha querido estar al frente de parroquias más tiempo del necesario. En tiempos fue párroco de Burguillos y Arahal, donde lo siguen reclamando. Si fuera periodista sería un freelance, dispuesto a tapar un hueco para decir misas en Santa Clara, el Salvador, el convento de la Encarnación… Pero sin periodicidad fija.

Asesor de la Conferencia Episcopal Española en asuntos de liturgia, participó en el congreso internacional sobre la materia celebrado en Roma, en el convento de San Anselmo. Como en el pasaje de San Lucas, se sentó el último en la sala. Y la organización lo invitó rápidamente a tomar asiento entre los cardenales, arzobispos y principales especialistas del mundo.

Sevillano nacido en la casa de la calle Tetuán donde hoy sigue el azulejo del Studebaker, siempre bien acompañado a la hora del almuerzo por alguno de sus buenos amigos. Huye de la soledad a mediodía. Gómez Guillén ha sido feligrés del Salvador y nazareno de la Borriquita antes que sacerdote. Su vida gira en torno al templo barroco donde recibe culto el Cristo del Amor, de cuya cofradía es director espiritual. Pocos saben que este cura limpió plata antes de decir misa.

Gran impulsor del Instituto de Liturgia, donde se enseñan los gestos, signos y palabras que conducen a Dios, una suerte de coreografía sacra que se desarrolla en el altar y fuera del altar: cómo se mueve el cura, dónde tiene que estar colocados los acólitos, qué hay que decir y cuándo hay que decirlo, qué significado tiene el color de la ropa del oficiante, por qué se inciensa la mesa de celebración, etcétera. De lo visible, la liturgia, a lo invisible, que es Dios. Cuantísimo ha ayudado Gómez Guillén a las cofradías a saber de liturgia y a adaptarse sin tensiones a las normas emanadas del Concilio Vaticano II, las que dispusieron a la asamblea como parte fundamental de las celebraciones y promovieron el uso de las lenguas vernáculas y la comunión bajo las dos especies. Gómez Guillén es el guardián de los ritos que entendió todos los cambios, pero siempre sin menospreciar el Latín. De hecho, hoy es de los escasos sacerdotes de la diócesis que saben Latín y Griego. Porque hasta en la propia Catedral se ha terminado orillando el Latín por la sencilla razón de que los nuevos canónigos no tienen ni pajolera idea de la lengua de Cicerón, pues pareciera que la ESO se ha implantado también en los seminarios. Ha llevado al Instituto de Liturgia de Sevilla casi al mismo nivel que el centenario Centro de Pastoral Litúrgica de Barcelona. Durante muchos años ejerció como prefecto de Liturgia de la Catedral, lo que toda España pudo contemplar con ocasión de la boda de la Infanta Elena.

La vida es recordar las aulas de Salamanca en las que tenía como compañero de estudios a un tal Antonio Cañizares. Es evocar los años de párroco en Burguillos, donde un monaguillo se llamaba Alfredo Sánchez Monteseirín. Yechar de menos el instituto de bachillerato de Nervión donde impartió clases durante tantísimos años. Los alumnos siguen reclamando su presencia para bodas y bautizos. La vida es recordar el viejo San Telmo como lugar de formación de los futuros sacerdotes. Gómez Guillén es uno de los nostálgicos del palacio, pero siempre aceptó la operación de venta impulsada por el arzobispo Amigo y el presidente Rodríguez de la Borbolla. La vida es estar convencido de la utilidad del seminario menor como cantera de sacerdotes. Y ser siempre un cura de fácil acceso para todos los públicos, nunca parapetado en un despacho de la curia. La vida es procurarse unos días de retiro espiritual cada seis meses en algún convento perdido de España, adonde siempre llega al volante con escalas estratégicas en algún Parador. La vida es un café o una cerveza con Joaquín de la Peña o Francisco Cuéllar en los alrededores de la Catedral en las vísperas del Corpus o de la Virgen de los Reyes. Y, por supuesto, la vida es asistir todas las mañanas al coro de la Catedral, como está mandado, y cumplir cada Jueves de Corpus con el rito de entonar el Tantum Ergo en la misa de autoridades.

Gómez Guillén tuvo devoción por su madre. Siempre la atendió con veneración. Muchos cofrades recuerdan cómo este canónigo la llevaba en coche a las procesiones de gloria de los domingos, cómo estudiaba los recorridos para encontrar el sitio preciso donde aparcar para que su madre pudiera ver el paso de la Virgen desde el automóvil. No pocas veces el cofraderío, que reconocía a don Ángel, se quitaba de delante del coche para no interrumpir la visión. Nunca necesitó dar un speech para decir cuánto la quería. Obras eran amores. Y en eso fue también un liturgista perfecto.

  • Imprentafid

    Buen post, aunque ya conocía a Guillen siempre viene bien jeje

    Un saludo y gracias