El conservacionista pertinaz

Carlos Navarro Antolín | 26 de junio de 2016 a las 5:00

JOAQUÍN EGEA
LOS bares de la Alameda bullen y proclaman el éxito oficial, color amarillo albero, de la revitalización del Norte del casco histórico de la ciudad. ¿Qué es el éxito?En buena parte el ruido, el movimiento, la acción, la actividad. El silencio está asociado al fracaso, la parálisis, la depreciación, la falta de uso. Pero el éxito se demuestra con ruido aunque se envuelva en un celofán de color amarillo chillón. El envoltorio es lo de menos. Lo trascendente es el ruido. Y los bares llenos son la prueba de vida. A muy pocos metros hay un teatro recoleto, de joyero de miniaturas, de elegante suntuosidad, con la decadencia propia de la autenticidad. Se proyecta una película francesa doblada al español. Los palcos están huérfanos de roedores de palomitas. El patio de butacas es un oasis aún iluminado en la gran oscuridad de un anfiteatro oscuro. La película va a empezar cuando de pronto accede a la sala un matrimonio. Solo dos personas toman asiento en el cine más antiguo de Sevilla, inaugurado en 1873, cuando muchas cofradías no eran ni un proyecto embrionario, cuando la Alameda de Hércules presentaba su mejor estampa jalonada por teatrillos y quioscos que daban vida real más allá de una perspectiva consumista. Sólo dos personas en el antiguo gran teatro Cervantes, una minoría en la ciudad de las bullas. Las dos buscan el lugar donde no recibir el puyazo directo del aire acondicionado. Las dos personas se preparan para ver la película en un cine que en sí mismo es la mejor película de la ciudad. Los bares de la Alameda bullen, luego el tonto pregona el éxito. El teatro reconvertido en cine está infrautilizado. Lo catalogaron a la bajo en el PGOUen vez de declararlo Bien de Interés Cultural (BIC). Para muchos un BIC en Sevilla es un bolígrafo. Yya se sabe:el naranja escribe fino. Y el cristal escribe normal. Y los políticos escriben muy normal, tan normal que ahora quieren hacer BIC nada menos que La Carbonería. Eso sí que es hilar fino…

Joaquín Egea (Sevilla, 1951), portavoz de la Asociación en Defensa del Patrimonio (Adepa), era uno de los dos sevillanos que estaba aquel día en el silencio del Cine Cervantes. El hábito hace al monje y el uso conserva el patrimonio. Por eso Egea usa el patrimonio. Una ciudad son sus personas, su arquitectura y su vegetación. Y Egea es un ciudadano inquieto que ha sacrificado hasta su salud en el altar de la conservación del patrimonio. Es un sevillano pertinaz en la ciudad que parece que lleva el antifaz todo el año, en la ciudad que mira hacia otro lado porque ensalza al pusilánime que evita los problemas y orilla al que se atreve a señalarlos con el dedo índice de la denuncia firme. Las cosas son lo que son y no lo que la Comisión de Patrimonio diga que son. Un derribo es un derribo y no una remodelación. Un cambio de uso es un cambio de uso y no una puesta en valor, que aquí la puesta cotidiana es la del sol por el Aljarafe. Egea lleva años con su particular defensa en la conservación de ese patrimonio histórico que es el ADN de la ciudad, su historia, sus valores representativos, las huellas de quienes amaron y contribuyeron a forjar la ciudad de cada momento, sus señas de identidad.

Hay pusilánimes que tachan a Egea de obsesivo, hay pseudoprogres que lo tildan de conservacionista carca y hay quienes quieren pasar por vanguardistas que dicen que Egea es el líder de los inmovilistas, pues Hernán Ruiz jamás hubiera construido el campanario de la Giralda de existir entonces la asociación Adepa, cuando precisamente Egea hubiera apostado no sólo por conservar el alminar, sino por mantener íntegra la segunda gran mezquita de Europa y levantar al lado la gran catedral gótica como soñaba Alfonso X El Sabio.

Egea se mueve. Y eso en Sevilla pasa factura. Egea habla. Y eso en Sevilla tiene un precio. En la ciudad donde sale rentable el activismo de chaqué en las procesiones solemnes, Egea se dedica a visitar las pocas casas que van quedando del XVII y XVIII, a denunciar las fachadas de pastiche que esconden una arquitectura barata y de aceros chorreados, y a levantar la voz desde el púlpito de la indignación contra los mamarrachos arquitectónicos de la calle Santander, o de la Diputación a la misma vera del puente de San Bernardo.

El patrimonio histórico no sólo se cae por el mal gusto, sino por las operaciones inmobiliarias que buscan el pelotazo en suelos estratégicos del casco antiguo. También cae por la incapacidad de particulares, colectivos e instituciones por conservar lo que recibieron como legado. Cuánto sabe Egea de aristócratas que dejaron abandonados sus palacios para emigrar a pisos en República Argentina y mimetizar el estilo de vida de la alta sociedad madrileña que cambió los palacetes por los pisos del barrio de Salamanca. Arrepentidos ahora los unos y los otros… Cuántas veces ha largado Egea de las cutrerías promovidas por el poder eclesiástico en templos catalogados, reinterpretados en vez de restaurados, asimilables a un hotel NH en vez de a iglesias del barroco. Y cuántas veces ha demostrado qué poquito se parece la Comisión de Patrimonio actual a la que velaba por los monumentos en tiempos de Mateos Gago, aquel canónigo que se despertó y vio cómo habían derribado el templo de San Miguel mientras dormía como un apóstol en Getsemaní. Egea es el ciudadano incómodo que firma las denuncias en los juzgados en una ciudad acomodada que pone las demandas en la barra de los bares con la rúbrica de los aspavientos.

La vida es una charla donde este sevillano pertinaz se arrima al pitón del toro de lo políticamente correcto:“Mira, La Carbonería es la Anselma sin salve mariana a las doce y con un barniz progre”. Es esperar el regreso clasicista de Las Penas de San Vicente por Virgen de los Buenos Libros. Es soñar con una Sevilla, quizás idealizada, donde haya barriadas de viviendas dignas, lejos del modelo de hacinamiento en el que fueron construidos tantos bloques de pisos, una Sevilla donde la arquitectura moderna, necesaria, no colisione con la histórica, fundamental. “La Torre Pelli no es fea, lo que pasa es que está en el sitio equivocado”. La vida es recordar los años de Filosofía y Letras en las aulas de Morales Padrón, Comellas o Navarro García. Los años de lucha contra la sede del Colegio de Arquitectos o la destrucción del colegio de Los Escolapios, que por algo este sevillano hiperactivo es una suerte de Rodrigo Caro que canta a las ruinas del patrimonio perdido de forma irreversible. La vida es admiración por Eduardo Ybarra Hidalgo, aquel presidente de la Real Academia de Buenas Letras con el que en 1998 se alcanzó uno de los momentos de mayor fuerza en la defensa del patrimonio histórico, cuando emergió todo un frente conservacionista. La vida es evocar aquel 1977 en que el licenciado Egea fundó una academia por la que pasaron conferenciantes como Manuel Clavero, Cristina Narbona, Carmen Hermosín, etcétera. Al poco tiempo se encontró con un Víctor Pérez Escolano que impulsó un catálogo de corrales de vecinos y casas populares antes de que el poder envolviera a este reconocido arquitecto.

El movimiento se demuestra andando. ¿Quién ha hecho más por mostrar el desconocido Panteón de Sevillanos Ilustres? Egea sueña con que Sevilla mire un día hacia Murillo como Toledo mira al Greco, o Ávila a Santa Teresa. Para celebrar una gran efemérides, Sevilla parece jugársela a la suerte. Que un sevillano habite en la Moncloa en 1992 y tengamos la Expo. Que un concejal socialista sea hermano de Los Caballos cuando el arzobispo echa el cierre de Santa Catalina e intervenga en la gestión de las primeras partidas de dinero público para las reparaciones.

El Corral del Conde y la plaza de toros de la Real Maestranza son dos edificios bien conservados para este empresario de la enseñanza que ejerce la portavocía de Adepa, la entidad que ha conseguido el respaldo del Tribunal Supremo en la lucha contra un PGOU que no respeta la legislación de patrimonio histórico en sus planes sectoriales. Nadie sabe cuántos remontes coplanarios, cuántos áticos, cuántas modificaciones de tramas urbanas, cuántas demoliciones parciales, lleva denunciados Egea en las últimas décadas.

Este empresario de la enseñanza defiende que en la carrera universitaria de Magisterio deben ingresar los mejores alumnos. Sólo así se potencia de verdad una educación lastrada por un poder político que ha sustituido a los padres por los profesores en el pedestal de la autoridad. Yeso, como en materia de patrimonio, puede tener y tiene consecuencias irreversibles.

  • juan

    Nada menos que Carmen Hermosín dio una conferencia? Y yo con estos pelos.