La horma de la ciudad

Carlos Navarro Antolín | 23 de octubre de 2016 a las 5:00

NURIA COBO
EMPEZABA el estudiante de Periodismo a hacer prácticas en la sección de Local cuando aprendió que para dar un barniz de protesta a cualquier información bastaba con pedir la valoración de asuntos de la actualidad a un líder vecinal, un sindicalista o un representante de los comerciantes. El vecino siempre echaba en falta más policías, el sindicalista nunca veía suficiente el número de las contrataciones y el comerciante culpaba de la bajada de las ventas –las ventas siempre son como la lluvia: evolucionan hacia abajo– a las obras programadas por el Ayuntamiento. Cuándo es la fecha idónea para un comerciante para levantar una calle es uno de los grandes misterios de la humanidad. Oídas las reacciones, el jefe de la sección, un veterano de la redacción que ya estaba de vuelta de todas las polémicas, siempre apostillaba: “¿Te das cuenta, jovencito? Nunca fallan, siempre están indignados. Son nuestros protestones de plantilla. Estos tíos nunca están contentos”.

Nuria Cobo (Murcia, 1970) tiene un comercio en el centro de la ciudad donde vende zapatos y complementos con su sello personal. Pese a su juventud, en breve hará veinte años en el sector. Cobo es la sonrisa del gremio hasta en las peores embestidas de la crisis. La calle Méndez Núñez la cortan cada dos por tres, la han levantado varias veces en los últimos años, las sucursales bancarias han sido sustituidas por bares de copas, los taxis sólo la cruzan tras acceder de mala gana por los recovecos de Zaragoza y por el único tramo semipeatonal de la Plaza Nueva… Pero esta comerciante siempre, siempre, sonríe cuando se le pregunta por las ventas. Dicen que el secreto ha estado en su adaptación a los tiempos por medio de la venta on-line y la potenciación de un estilo personal muy definido y del gusto de Sevilla en las redes sociales, todo lo cual ha generado una marca personal muy fuerte. En tiempos tuvo tres tiendas, ahora le basta con una: un local recoleto pero muy bien situado y, sobre todo, cuidado con un esmero poco habitual. Al cliente se le atiende, no se le hace un favor. Se le sonríe, no se le da ojana. Nuria, si es preciso, se prueba hasta los zapatos que usted desea regalar. Un pase de modelo privado se llama.

Los zapatos proceden del Levante español, pero reformados al gusto de Nuria Cobo, que le tiene cogida la horma a la ciudad. Una borla aquí, un tacón un punto más bajo allá, un ribete por este lado, un motivo dorado quizás para los que son de novia, una hebilla para aquellos rojos de fiesta, un lazo para los verdes, ay el verde preferido, que son adecuados para una madrina… Todos los zapatos están modificados según su criterio personal para satisfacer los gustos de una ciudad donde el personal se emperifolla para los actos sociales como si en todos hubiera fotocol.

Cobo ha logrado por mérito propio representar el status quo de la zapatería sevillana. Ahora mismo es la emperatriz local del zapato con una cartera de clientes cada día más importante en Madrid, Barcelona, Bilbao, varias localidades de Galicia, etcétera. A veces vienen a Sevilla a conocerla y la tienda aparece colapsada de madrileños o vascos que se entremezclan con ceceantes adinerados de los pueblos de Sevilla. Jubilada su admirada Pilar Burgos, que triunfó a lo grande cuando nadie lo hacía, mucho menos una mujer, Nuria se ha quedado con todo el camino expedito. A Nuria se acude en tiempos de bodas, bautizos, comuniones, la Semana Santa y hasta la Feria, porque ella se ha empeñado en recuperar el zapato de calidad y cómodo para las flamencas. Cuentan que sus zapatos son ya los Manolos del Sur de España, con capacidad de resistir las invasiones bárbaras de China y Taiwán. Ella vende su propio estilo, porque ella es el estilo en sí misma, como cuenta en sus video-blogs o en sus escritos en las redes sociales. Puede presumir de ser pionera en el uso de las redes sociales para vender sus productos. Hay quien mete la pata en las redes, se enreda y acaba siendo el peor enemigo de su producto, y quien sabe aprovechar el alcance que ofrecen para captar nuevos públicos.

La vida son los recuerdos del colegio Aljarafe, donde recibió clases de Dibujo nada menos que de Félix de Cárdenas y explicaciones de Religión de un grande de la Iglesia de Sevilla como Juan Garrido Mesa. La vida es empezar a trabajar con 18 años. Son horas leyendo a García Márquez cuando todos duermen, o paseando por las playas de Marbella o Cádiz. La vida es pensar en cómo mejorar la decoración del hogar, en constante evolución. Es perderse en el mundo sin fronteras que es la cocina de casa, concebida como espacio de creatividad y disfrute. La vida es un carácter alegre, un punto despistado, una mente ágil y una mirada ora perdida, ora ingenua, ora infantil. La vida es caminar detrás de la Virgen niña de Guadalupe, la que soñó Álvarez Duarte, las tardes y noches de Lunes Santo. Y la vida es estar en la caseta de Feria de la calle Espartero, frente a Los Remedios, el barrio donde creció soñando los primeros diseños.

Cobo cuida sus escaparates. No delega la elaboración de la principal tarjeta de presentación de su negocio. El ojo del amo coloca los zapatos. Un día acudió a un acto social con intelectuales del Arte. Con las prisas se equivocó al elegir el calzado, alguna talla mayor que el debido. Casi nadie se dio cuenta, salvo una persona. Desde ese día sabe que sus pies son su marca, su estilo es su mejor publicidad. Forma parte de un club de lectura y hasta presenta libros, como el último de Salvador Navarro (Huyendo de mí). Colabora con la diseñadora Ángeles Verano, sus zapatos son usados por famosas como María Teresa Campos o Carmen Tello, o amigas como la periodista Marina Bernal, sobre todo cuando le toca presentar galas. Y, sobre todo, cumple el proverbio chino de saber sonreír al estar detrás de un mostrador. De fina ironía y humor inteligente, nunca es malaje.

Cuando Monteseirín dejó la Plaza Nueva sin el flujo de los 70.000 viajeros de Tussam al día, esta empresaria alta y delgada apostó por la renovación, por interpretar la crisis como una oportunidad, no como una coartada para la cómoda instalación en la queja. Se replegó en el centro y se extendió por los mares de internet. Los autobuses ya no llegaban cargados de potenciales compradores, pero las redes sí. Como en la ley natural, siempre se salvan los que mejor se adaptan al ambiente. Y ella, nunca se olvide, se viste por los pies. Sabe que hay mil motivos para quejarse, pero no pierde el tiempo en lamentos. La clave es la adaptación, cogerle la horma a las situaciones. Y entrar en Sevilla sin calzador.

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