El soldado sin batalla

Carlos Navarro Antolín | 30 de octubre de 2016 a las 5:00

JUAN ESPADAS 2
ES ese vecino amable que te encuentras en el ascensor y te hace un análisis preciso sobre la previsión del tiempo para los próximos días. Juan Espadas (Sevilla, 1966) te recuerda al detalle cuánto llovió el pasado otoño mientras busca las llaves de casa con una mano y sostiene con la otra la bolsa de Polvillo con el pan del día y una carterita con los papeles del banco donde ha hecho alguna gestión. Espadas, que tiene cierta estética de cajero hacendoso del Banco Popular, es ese amigo discreto que nunca llamaba la atención ni por exceso ni por defecto, ese amigo al que un día sus antiguos compañeros de clase vieron en Canal Sur coronado como consejero de Vivienda y Ordenación del Territorio. Y justo en ese momento nadie pudo decir nada contra él por efecto de una posible envidia. Nadie. Y eso que Sevilla es muy dada a la defenestración exprés en cuanto uno de los nuestros, de los que nos encontramos en el ascensor, sale en los periódicos por algún motivo feliz. De Espadas nadie largó porque siempre se hizo perdonar sus virtudes. No caía mal. De hecho, sigue sin caer mal.

Si hubiera nacido quince o veinte años antes ya sería un respetado ex alcalde de Sevilla, porque hubiera sido ese perfil de candidato del PSOE, homologado y de catálogo, que arrasaba en los años ochenta o noventa en casi todas las circunscripciones electorales. Si fuera soldado, nunca llevaría calada la bayoneta y jamás dispararía por más que se le pusiera a tiro el más feroz enemigo. Si fuera sacerdote, sería de los de pláticas densas e interminables, y pronto se haría acreedor a un puesto en la curia diocesana por su capacidad de servicio al prelado. Si fuera atleta, su especialidad hubiera sido la marcha. De hecho, es un ciudadano de zancada larga que se lo hace pasar mal a los asesores que padecen algo de sobrepeso. Cuando va desde la Plaza Nueva hasta San Telmo para ver a La Que Manda en el PSOE, siempre quiere ir a pie por la Avenida y la Puerta Jerez. En ese rato aprovecha para ir despachando con sus concejales, como Juan Carlos Cabrera, delegado de Seguridad y Movilidad, y asesores como el director general de Emergencias, Rafael Pérez, con los que trata el número de vallas que se instalarán en Semana Santa, los cortes de tráfico por la cabalgata del Orgullo Gay o las negociaciones con la Casa Real para preparar la visita de Obama. En ese momento, el tío de los cupones que está junto al mexicano que canta en la escuálida sombra de la acera de las oficinas centrales del Santander, exhibe el aguijón:

–Míralos. Ahí van los tres fritos de calor. ¿Sabes qué te digo? Me alegro de que sufran la falta de sombra como nosotros.
–No… Van fritos los dos que van junto al alcalde, ninguno le aguanta la velocidad. Criaturas, me dan hasta sentimiento. Me los va a matar a ese ritmo.

Espadas no suele repartir abrazos ni dar ojana. Se parece más a Uruñuela que a Zoido en ese sentido. Es agradable más que chistoso. Tiene el peligro sordo de los que nunca quieren meterse en un lío. No te va a golpear, pero tampoco va dar la cara por ti si te dan un mamporro. Alguna vez ha tenido a algunos rivales del PP cogidos por donde más duele y ha preferido dejarlos políticamente vivos. No quiere broncas, porque teme el efecto boomerang más que un cofrade a un cielo panza de burra. No quiere refriegas con los ajenos ni con los propios. No mete el pie en el área jamás. No se acerca al pitón del toro nunca. Es como una locomotora antigua por una carretera de alta montaña: despacito, muy despacito, pero siempre avanzando con un chuchú adormecedor. Y al final llega a la estación de la Consejería, de la Alcaldía y ya veremos a cuál más en estos tiempos inciertos para un PSOE que no lo conoce ni la madre que lo parió, que diría uno con traje de pana que mandaba en Sevilla más que el Consejo de Cofradías.

A veces muestra un carácter que raya lo pusilánime y que ha sacado a más de un colaborador de sus casillas, pero él es así aunque desde la bancada rival siembren dudas maliciosas sobre aspectos de alguna etapa suya en empresas públicas andaluzas. Se ha guardado ciertas facturas ajenas del pasado, ciertas irregularidades graves que afectarían a protagonistas del mandato anterior, ciertos gastos legítimos pero polémicos que efectuaron sus adversarios. Todo lo ha mandado al cajón de las siete llaves. Mira al frente como un nazareno de ruan. Y punto. Si de él depende, no hiere a nadie. Tiene claro a quién no se debe molestar nunca, caso de Susana Díaz. Baste un ejemplo. Si el ínclito Pedro Sánchez acude a la Feria como secretario general del PSOE, no hay nadie del organigrama municipal para recibirle en la portada de la Feria. Ni un teniente de alcalde, ni un patrullero de la Policía Local. Jamás se puede molestar a La Que Manda, que ya se sabe cómo se las gasta con casi todos los que han sido sus rivales.

La infancia son recuerdos de las aulas de los Salesianos de la Trinidad donde un alumno listo, poco competitivo, prestaba mucha atención a las enseñanzas de don Florentino. Son evocaciones de un colegio donde vivía las bajadas de María Auxiliadora, los días de verbena, las competiciones en los campos de deporte y las horas de intensa convivencia con su primo Cejas o con amigos como Enrique Belloso. En la Facultad de Derecho, años después, fue delegado de alumnos, pero sin aparente perfil político, sino más bien de los que pringaban a la hora de trabajar y organizar los viajes. La verdad es que tardó cinco años en acabar Derecho, no los diez de su mentora. El mundo es así, fútbol es fútbol, y quien tardó el doble en sacar la licenciatura es quien decide la trayectoria del que la hizo en su tiempo. La vida es pasión por el Medio Ambiente desde que Fernando Martínez Salcedo le ofreció una de sus primeras oportunidades laborales. La vida es participar en los actos de los 25 años de la promoción del colegio, siendo consejero de la Junta, y apuntarse en el autobús que lleva a todo el grupo de la clase al lugar de celebración como uno más, sin distinguirse en ningún momento. Espadas, de hecho, es de los que dejan el coche oficial dos o tres calles antes de llegar al sitio de destino. La vida es entenderse a la perfección con la jerarquía eclesiástica. Siempre hace un aparte con el cardenal Amigo o con don Juan José Asenjo si coincide con alguno de ellos en un acto. Monseñor Asenjo lo conoció siendo Espadas líder de la oposición municipal. Cuentan que tras un primer encuentro con el hoy alcalde, el prelado musitó: “Ahí hay persona”. La vida es comer un bocadillo y dormir poco desde que es alcalde, es pasarlo mal cuando tiene que explicar en casa que el sábado debe oficiar una boda, o al no saber cómo quitarse de encima a los brasas que lo invaden durante una breve estancia en el bar del barrio.

Espadas está obsesionado con Málaga, convencido de que los nuevos polos de desarrollo son las costas y de que el futuro de Sevilla, sobre todo del aeropuerto de San Pablo, pasa en buena medida por una conexión rápida y eficaz con la capital costasoleña en todos los ámbitos. Espadas es a Málaga lo que Javier Arenas a Almería. ¿Recuerdan los años que el lince del PP se pasó dando barzones por la Andalucía Oriental con tal de no cruzar por la calle Sierpes? Cualquier oportunidad es buena para una reunión con Paco de la Torre en Gibralfaro o para recibirlo en el Salón Colón de Sevilla con todos los honores. Después de Málaga, dicen que la segunda obsesión de Espadas son las medidas de ahorro energético en las viviendas de nueva construcción, lo cual debe ser un asunto interesantísimo de tertulia para una cena de sábado noche… Espadas no es aburrido, pero tampoco es para pegarse por estar a su vera en la cena del alumbrao. Al término de la cena del ‘pescao’ de su primera Feria como alcalde, se levantó de la mesa para pedir una cerveza en la barra de la caseta de Emasesa. Había doble fila para suplicar la atención del camarero. Espadas aguantó su turno con paciencia de ordenanza en un Pleno de viernes por la tarde, que ya es tener paciencia… Alguien rogó al camarero: “Dale una cerveza al alcalde de Sevilla, hombre, que está aquí esperando y el hombre sólo quiere eso”. Y el camarero miró incrédulo, con cara del que siente que le están tomando el pelo. No se creyó que tuviera al alcalde delante y soltó una fresca del estilo de si este es alcalde de Sevilla, yo soy la reina de Saba.

Austero, sin concesiones ni alharacas, y con una gran memoria. Se acuerda al detalle de un artículo publicado hace años sobre los veladores, o de algún personaje del Carrión de los Céspedes de sus años mozos. También se acuerda, seguro, de que el día que se presentó en Fibes su primera candidatura a la Alcaldía, la de las elecciones 2011, no acudió nadie de la sociedad civil, tan sólo militantes de agrupaciones llegados en autobuses. El PSOE del tardoalfredismo ya no le cogía el pulso a Sevilla tras doce años de desgaste en el gobierno y con la amenaza de un Zoido arrollador, como se demostró en la noche electoral. Aquella noche, al menos, los fotógrafos captaron su abrazo afectuoso con un señor con aspecto de verdadero señor, que no tenía estética de militante exaltado, sino de ciudadano de prestigio, de los que exhibe el sosiego de la sabiduría y la humildad del verdadero intelectual. Era el catedrático de Psiquiatría Jaime Rodríguez Sacristán, pariente suyo y un fino observador de la ciudad.

Juan Espadas se ríe cuando oye críticas a la longitud de las mangas de su chaqueta o al exceso de caída de los bajos de sus pantalones. Se ríe menos cuando aparece como el alcalde que alquila los monumentos para cuchipandas, o el que ha provocado que España entera nos ponga, como siempre, de ciudadanos ociosos que nos dedicamos a participar en plebiscitos sobre la ampliación de la Feria. Pero nunca, en ningún caso, da un golpe sobre la mesa para culpar a nadie de ciertos despropósitos. Casi nunca pronuncia una palabra más alta que otra. Por eso dicen que es un gestor metido a político. De hecho, huye de asesores beligerantes. Odia las polémicas, evita el cuerpo a cuerpo. Le sientan bien los elogios de los sectores más conservadores de la ciudad. Se lleva muy bien con el portavoz de IU, el ex monaguillo Daniel González Rojas, o con el concejal Beltrán Pérez, del PP. El primer día que llegó al despacho de la Alcaldía mandó quitar el suntuoso sillón usado por todos sus predecesores: “Con tanta tachuela dorada se me estropean las chaquetas”. Mandó poner un insípido sillón de oficina. De Zoido admira lo bien que le quedan los trajes y dicen que siempre recuerda que en la toma de posesión del gobierno de los 20 concejales, Juan Ignacio le comentó en privado: “Vas a estar invitado con tu mujer a todos los actos de la ciudad, yo no voy a hacer lo que Alfredo ha hecho conmigo estos años”.

Espadas es habilidoso, porque, por ejemplo, va a pegar el mangazo de salir de Baltasar en la Cabalgata del centenario y casi nadie se ha enterado o ha opinado en contra. ¡Con lo que dudó Zoido para aceptar o no la corona de rey mago! Al final se quedó sin serlo por esa manía de la derecha de ser cautiva del que dirán.

La máquina avanza a golpe de chuchú por las pendientes pronunciadas. La zancada es larga por la Avenida. En política se trata de resistir, de disfrutar del amplio margen del tono gris, de sonreír en el ascensor, comentar el sirimiri matinal y cómo ha abierto la tarde, y de ir mientras buscando la llave adecuada en cada momento.

  • yaestabien

    La Ciudad de Sevilla, pierde con este sr. como Alcalde de la Ciudad, no se va a enfrentar nunca a La Junta de Andalucía en demanda de las infraestructuras necesarias para la Ciudad, por tanto Sevilla, si ya de por si es una ciudad indolente y callada ante los parones que sufre sus proyectos, imagínense la de años que vamos a retroceder con el sr. Espadas como Alcalde de Sevilla

  • Hermano

    Vamos un mandao de San Telmo!Lo peor es que encima calla y traga……Sr. Espadas lo primero, no lo olvide nunca, lo primero es Sevilla.. luego Sevilla y después Sevilla. Como usted no va hacer pupa a la jefa, créame tiene los días contados como Alcalde después de esta legislatura.

  • Uno que estaba arando...

    En mi opinión, y por ahorra espacio y tiempo, ESPADAS es UN MANDAO, “un Propio”, al que se mandaba con un recado, a hacer, decir o pedir algo. El que pone la cara para que la verdadera alcaldesa, SUSANA Díaz, tome las decisiones que quiera, sin revuelo ni alaracas.

  • Sevillaespadas

    Buena descripción, cierto es q a veces sus concejales asumen errores personales del alcalde, como la consulta de la feria (no al revés), pero para eso están.
    Doy fe y corroboro de q Espadas es asi, tal cual.


Comentar


Nombre (Obligatorio)

Correo electrónico (Obligatorio)

Página web (Opcional)

El autor, en este espacio, se limita a recoger la opinión y contenidos de los lectores, por lo que no se hace responsable de los mismos. Si encuentra algún texto ofensivo, erróneo o alguna opinión que no sea respetuosa, le rogamos que nos lo haga saber