El comandante mandó tocar

Carlos Navarro Antolín | 6 de mayo de 2018 a las 5:00

ABEL MORENO

Llegó, vio y se dio cuenta de que la música con mayor aceptación en Sevilla eran las marchas de Semana Santa. Y que la Semana Santa era donde mejor encajaba su concepto de música. Se impuso una triple exigencia: componer melodías sencillas para que pudieran ser interpretadas por músicos no profesionales, adecuadas paras las cuadrillas de costaleros y pegadizas para el oído del gran público. Abarcó así a todos, siguiendo la línea de su admirado Emilio Cebrián; pero tal vez pagó la factura de no alcanzar las denominadas élites culturales.

Este músico militar de larga trayectoria es el compositor que ha marcado la Semana Santa de varias generaciones de sevillanos, entre los que figuran muchísimos capataces y costaleros, dos colectivos que parece que han sido mimados por su ingenio, enfocado siempre a marcar los ritmos y empeñado en acompasar el andar de la gente de abajo. Pocos como Abel Moreno (Encinasola, Huelva, 1944) han sido fieles al concepto de marcha como composición que ayuda precisamente a eso: a marchar. Abel Moreno es para muchos sevillanos en el plano musical lo que la voz apasionada de Buzón es para el Pregón, o el libro del cura Federico Gutiérrez ha sido en cuanto a bibliografía de consulta urgente en los tiempos en que la oferta era mucho más reducida y la masificación aun no condicionaba la principal fiesta de la ciudad. Abel Moreno es la Sevilla de los 80 y 90 proyectada al futuro con vocación de perpetuidad. Siempre ha sido muy aficionado a insertar en sus marchas fragmentos de música popular o de otras melodías conocidas con el objetivo de hacer más comprensibles sus creaciones. En una marcha para Huelva incluyó un fandango, en una dedicada a la Virgen de la Encarnación metió el ‘Ave María’, en la de la Macarena usó un bolero y en el inicio de ‘Virgen de los Estudiantes’ apostó por el comienzo del ‘Gaudeamus Igitur’.

Moreno es un grande de la música que sucedió a otro grande como don Pedro Morales al frente de la Banda de Regimiento del Soria 9. En Sevilla aterrizó de capitán. Y en Sevilla llegó a comandante. Siempre ha sido y es el comandante Abel Moreno por mucho que después ascendiera a teniente coronel y Madrid nos lo quitara para hacerlo director de la Banda del Inmemorial del Rey número 1.

Cuando era director de la banda del Regimiento de Soria 9 procuraba que ningún soldado pasara la Nochebuena en la soledad del cuartel. En una ocasión, siendo las once y media de la noche, se presentó con su hija en la estancia de los reclutas de guardia del viejo cuartel de San Fernando. Traían cava y mantecados para aquellos dos jóvenes. Uno de ellos, por cierto, era Francisco Javier Gutiérrez Juan, hoy director de la Banda Sinfónica Municipal de Sevilla. A Gutiérrez Juan lo conocía cariñosamente como “el niño” y lo ‘fichó’ como oboe para el Soria 9 como a otros  tantos que llegaban a hacer la mili y tenían cualidades para la música, caso de Juan José Puntas, autor de ‘A ti Manué’. Formar parte de la banda tenía sus ventajas, pues esa condición llevaba aparejada la concesión de permisos para acudir todos los días al conservatorio.

La vida son recuerdos del niño que aprendió la vocación de su padre, director de la banda de Encinasola. El niño Abel se empleaba esos años en aprender a tocar el fliscorno y en jugar “partidos internacionales” con los muchachos de los pueblos de Portugal próximos a la frontera con España. El futuro le tenía reservada entonces una etapa fundamental como estudiante en Zaragoza con ocasión del servicio militar. En tierras mañas tuvo la oportunidad de matricularse en el conservatorio y de forjarse como músico. La vida es llegar por primera vez a Sevilla y que el  maestro Marvizón sea el encargado de recogerlo en el aeropuerto para llevarlo a la sede de la discográfica Pasarela, dirigida entonces por Miguel Ángel de la Cueva.  La vida es tener una calle dedicada en tres municipios de España: Alcalá de Guadaíra, Encinasola y la localidad zaragozana de Magallón, donde nació su esposa. La vida es estar destinado en Pamplona en los años fatales de ETA y vivir con esas rutinas a las que obligaba el protocolo de seguridad al salir de casa y coger el coche. La vida es sentir el orgullo de que una de sus marchas, ‘La Madrugá’, sea elevada a la categoría de banda sonora de una película: ‘El capitán Alatriste’.

Cuando Moreno alcanzó el rango de director, comenzó a lucir el sable de protocolo que le regaló su padre en desfiles y celebraciones. En una ocasión estaba en la estación de tren de Algeciras, cargado con el equipaje y con el sable en una funda. Fue entonces cuando Abel Moreno recibió la pregunta más insólita que probablemente nunca ha oído: “Maestro, ¿dónde torea usted?”. La vida es recordar al sargento Guillermo Fernández, al que al regreso nocturno de la Paz mandaba subir a la Torre Sur a tocar el solo de trompeta que marca la composición ‘Lloran los clarines’. La vida de este vecino de Nervión es ejercer de sevillista fervoroso con abono en el Ramón Sánchez Pizjuán.

Cuando murió Gámez la Serna movilizó a toda la banda para tocar en su funeral. La Banda del Soiria 9 responde hoy a la frase hecha de ya no ser lo que era. Ironías del destino, la marcha del maestro Abel Moreno a Madrid casi coincidió en el tiempo con las disposiciones del Ministerio de Defensa para diezmar las formaciones musicales. Se produjo una debacle en todas las bandas del Ejército. Moreno tuvo la suerte de dirigir la banda en una de sus mejores etapas. Y a esa coyuntura favorable se sumó su innegable ingenio, que le ha provocado no pocas envidias, ya que su música ha sido interpretada desde por la Sinfónica de Berlín hasta por la Banda Municipal del Saucejo. Algunos creen que ha cometido el pecado propio de los grandes compositores: apostar casi siempre por la interpretación de sus propias marchas pese a dirigir una banda del Ejército, no una formación musical privada. Pero eso, efectivamente, sólo se lo pueden permitir quienes tienen un repertorio amplio y de calidad. Otros no le perdonan que abanderara el intento de cobrar los derechos de autor de las marchas interpretadas en la carrera oficial, una opción que no se olvide que está reconocida en la legislación española. Abel Moreno no fue comprendido en toda aquella polémica.

En Sevilla, ciudad a la que se ha entregado y que ama, no tiene calle ni ha recogido grandes distinciones más allá de un reconocimiento unánime a su labor y de gozar de un gran prestigio. Es cierto que jamás ha cultivado ciertas relaciones sociales. No ha dejado de ser un militar recio, disciplinado y  con fama de cuadriculado y serio, poco dado a cambalaches. También lo es que la clase política se arriesga poco a la hora de reconocer la labor de militares en tiempos adversos para la tan necesaria implantación de la cultura de defensa. Pero es que, además, don Abel tuvo que sufrir que le quitaran las dos sillas de la Campana desde las que  veía llegar las cofradías por la Plaza del Duque. Por fortuna, el Consejo intervino y se pudo alcanzar una solución particular. A quien tanto ha trabajado por la belleza de la Semana Santa, a quien ha ayudado a alcanzar a Dios por la música, casi lo dejan sin el mejor legado que podía recibir tras décadas de trabajo: mantener dos asientos de Quidiello para contemplar cómo se acercan los pasos de palio a los sones de ‘La Madrugá’, ‘Soledad Franciscana’, ‘Virgen de los Estudiantes’ o ‘Hermanos Costaleros’, por citar solamente algunas de sus principales composiciones. Don Abel está jubilado pero no inactivo. Dicen que anda investigando en los archivos asuntos, por supuesto, relacionados con la música que pueden ser motivo de próximas publicaciones. En la tarde del pasado Jueves Santo, por ejemplo, se le pudo ver en uno de los mejores balcones de la Campana con el maestro Marvizón, Antonio Moreno Pozo, compositor cordobés; Juan Carlos Sempere, ex presidente de las bandas de Moros y Cristianos de Valencia; Claudio Gómez Calado, compositor de ‘Triana de Esperanza’; Guillermo Martínez, saxofón de la Banda Sinfónica Municipal de Sevilla y director de la Banda del Carmen de Salteras; Manuel Jesús Lucas, catedrático de Flauta Travesera en Sevilla, Tommaso Cogato, aristócrata y concertista de piano, y la violinista Mariarosaria Daprile.

De ‘La Madrugá’ se ha dicho que es un himno de la Semana Santa por ser una composición bien hilada, equilibrada y que invita tanto a la emoción como al recogimiento, tanto al silencio como al fervor, tal como es la noche del Viernes Santo.  La vida es una batuta, un uniforme, una banda, el caminar pausado tras un paso de palio.

  • Nazareno

    …la vida es seguir ejerciendo de sevillista fervoroso si, por una temporada, dejamos de ser Super-Euro.
    La vida es sufrir la melancolía de no ver pasar la O por Miguel de Mañara a los sones de “La madrugá” porque, un cambio de ruta por distinto escenario, me ha privado de uno de los mayores regalos que han percibido mis sentidos. Nunca he visto y compartido tantas emociones, desde que Salteras “rumoreaba” los primeros sones, mientras el palio se reflejaba en la muralla del Alcázar y las miradas, silencio y fervor, se perdían, acompañándolo, por la esquina de la Contratación.


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