Sin miedo al riesgo

Carlos Navarro Antolín | 3 de junio de 2018 a las 5:00

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TODO el que trabaja en un banco vive con el riesgo de sufrir un atraco. Todo seminarista sabe que a partir del día de su ordenación oficiará tanto bautizos como entierros. Orto y ocaso. La vida es una cabalgata en la que unas veces somos reyes y otras beduinos. Todo médico sabe que sanará y verá palmar. Todo abogado debe olvidar tan pronto su victoria como su derrota. Todo futbolista debe tener claro que la alegría dura una semana y, muchas veces, ni siquiera tan corto período. Hay labores profesionales que llevan implícita una combinación de luces y sombras muy previsibles y que siempre juguetean con resultado dispar. Hay oficios que tienen muy definidas de antemano sus petaladas y sus lamentos, sus triunfos y sus bochornos, sus vítores y sus silencios. Sólo el sepulturero sabe que ni se queda sin trabajo, ni se levanta el finado. La muerte es el negocio que no quiebra. La muerte no molesta. Llega, elige y nunca vuelve a interesarse por la misma persona.

En Sevilla hay un señor que hasta no hace mucho apoderaba a toreros y futbolistas al mismo tiempo. Ya eran ganas de pasarlo mal… Un día sufrió un mazazo y tuvo que asistir al funeral de uno de sus representados. No, no se le murió un novillero de los que le clamaba por estar en los carteles, no hubo ninguna cornada a portagayola, ni ninguna chaquetilla abierta ofrecida generosa y temerariamente a unos pitones veletos. A Jesús Rodríguez de Moya Rey (Sevilla, 1951) se le murió un futbolista. Quién se lo iba a decir. Se le fue Antonio Puerta (1984-2007) en aquel verano alto en que la ciudad quedó sumida en la tristeza. El rostro de este emprendedor sevillano estará siempre ligado a un funeral en la Catedral, al recuerdo de una llamada de teléfono a su hijo mayor en la que se oía: “¡Se nos muere, se nos muere!”. Y no, no sonó el nombre de ningún chaval con edad de torear desnudo a la luz de la luna. Se oyó el nombre de un futbolista que se derrumbó en el estadio –ironías del destino– a escasos metros de su casa.

Hijo menor de un farmacéutico nacido en Lagartera (Toledo) y de una coruñesa, Rodríguez de Moya Rey es esa inconfundible figura oronda y de pelo albino que forma parte del paisaje urbano del centro de la ciudad.

La vida son recuerdos de un abuelo médico que fue alcalde de Fuentes de Andalucía durante dieciocho años. Su abuelo era un fijo de la tertulia de la Punta del Diamante, donde todos eran amigos y se trataban de usted. Jesús, el nieto preferido, aprendió en aquel foro las mayores lecciones de humanidad, imprescindibles para un estilo de vida en desuso. La vida son recuerdos de jugar al toreo en el salón de casa con los muebles apartados y las muchachas con el carretón. Y también son recuerdos de las aulas de los Maristas, el colegio del que conoció sus tres sedes: Jesús del Gran Poder, San Pablo y Los Remedios. La vida son evocaciones de los veranos en la Sierra de Guadarrama, donde coincidía con Alfonso Ordóñez, y del equipo de fútbol de la Facultad de Derecho, del que conserva alguna vieja camiseta roja. No acabó la carrera porque apostó por casarse pronto y emprender una singular aventura empresarial. La vida son recuerdos del servicio militar en Burgos, donde coincidió con Manuel Román Silva, caballero boticario y cofrade de reconocido prestigio.

Rodríguez de Moya se fue muy joven a Cádiz y montó nada menos que un criadero de perros en Chiclana y una tienda de animales y plantas en la Avenida Cayetano del Toro, en la capital. Eran tiempos duros en los que, con sentido del humor, don Jesús cuenta que por la mañana se comía choped y por la noche huevos fritos. Y, al día siguiente, por la mañana se tomaban huevos fritos y por la noche choped.

Su vida no se entiende sin su profunda amistad con Curro Romero, al que conoció porque el matador de toros acudía con frecuencia a la casa de su padre en la calle Marqués de Paradas. Jesús tenía seis años y prestaba atención a aquellas tertulias taurinas. Pasados muchos años, pudo comprobar que su amistad con Curro valía su peso en oro. Romero toreaba en la Feria de Jerez y se acercó al comercio que Jesús tenía en Cádiz para comprar plantas que, según comentó, eran para su casa de Marbella. Curro se llevó todas las que había en la tienda, pagó religiosamente, montó todos los tiestos en el coche y se marchó. Jesús se enteró un tiempo después de que todas las flores tuvieron otro destino a excepción de un clavel que, efectivamente, llegó hasta la residencia del torero en la Costa del Sol. Era la forma elegante en que Curro quiso ayudar al amigo.

Por fortuna, un día dio por concluida la aventura gaditana al surgir la oportunidad de trabajar en la oficina del antiguo Banco de Levante en la calle Cuna. Los sábados los dedicaba a llevar la contabilidad de una gasolinera. La del banco fue toda una experiencia que incluyó sufrir un intento de atraco en plena calle cuando transportaba la recaudación de un despacho de quinielas. Rodríguez de Moya llegó a director de oficina del Citibank en República Argentina y se hizo cargo de las grandes cuentas de la Expo’92. De tratar con perros se acostumbró a tratar con… perras gordas. Incluso se dedicó un tiempo después a la banca privada con despacho en la Plaza Nueva. En los años de banca consumió muchas suelas de zapatos en las tareas de comercial. Jesús era un comercial a la vieja usanza, de los que no necesitaba informes del Departamento de Riesgos para conceder un crédito. Solamente mucho ojo. Muchos recuerdan una de sus principales enseñanzas al frente del banco: “Escuchar es gratis”.

Tiene algo de sacerdote de la vida al que algunos acuden a pedir consejo. A los traidores no dedica un minuto. Acaso una frase lapidaria mientras disfruta de una ensaladilla del Donald: “Ya pagará el montañés el vino que se bebió”. Y suele gastar otra para los que le sacaron más dinero de la cuenta en un negocio: “Pobrecito, le hará falta”.

Toda su vida está trufada de momentos vividos con y junto a Curro. Durante años prestó asesoramiento bancario al camero. Una noche vio cómo Curro le compró todos los billetes a un vendedor de lotería con un ruego: “Pero váyase a su casa ya que le estarán esperando”.

Rodríguez de Moya era de los pocos que sabían dónde estaba Curro en los días previos a su boda. Nunca ha difundido detalles de la vida de su amigo. Cuando el torero le vendió su casa de Marbella a Julio Iglesias, quien hablaba en su nombre en la mesa de negociación era Jesús Rodríguez de Moya, que instaba a Curro a no precipitarse a la hora de firmar hasta no estar todo en orden: “Todavía no, Curro”.

Durante muchos años fue un accionista importante del Sevilla F.C., un club del que le ofrecieron hasta tres veces ser presidente, y un equipo en el que su hijo Jaime jugó en los escalafones inferiores. Fue responsable de la cantera de la entidad de Nervión al mismo tiempo que mantenía su trabajo en la banca. Vivió en directo el descenso administrativo del Sevilla en 1995. Estuvo tres días sin aparecer por casa, afanado en demostrar que el aval bancario existía. De su paso por el fútbol queda su apoderamiento de jugadores como Reyes, Navas, el griego Tsartas, Carlos Marchena, Sergio Rico, Luis Alberto, Antonio Luna, Arzu, Fernando Vega… Y, por supuesto, aquel cuya muerte sumió a la ciudad en una melancolía que se rememora en cada partido del coliseo de Nervión cuando llega el minuto 16.

Nadie se ha acordado todavía de imponerle la insignia de oro y brillantes pese al programa de homenajes que el club emprendió hace unos años.

Si hay algo que le pierde a este sevillano observador es el aperitivo. Sus santuarios preferidos son El Manijero, Donald, la Azotea… Vecino de la collación de la Magdalena, hoy anda libre de compromisos tanto en el fútbol –un mundillo que lo dejó desencantado– como en los toros. Dejó de ser apoderado por un compromiso que alcanzó por escrito con su mujer. Si Esaú Fernández (Sevilla, 1990) cortaba dos orejas en su alternativa en Sevilla, dejaría el costoso mundo del apoderamiento. Y el joven diestro camero las cortó. Se acabó una etapa, pero no la pasión por los toros, donde tuvo y tiene grandes amigos. Es de los pocos que estuvo en el velatorio de Paquirri en su casa de los Remedios. Alguien le hizo una proposición indecente: colocarse una pequeña cámara de fotos en la solapa de la chaqueta para captar esos dolorosos momentos de intimidad. Se negó, por supuesto.

Canoso desde que tenía 30 años. Aficionado a coger de las orejas a sus hijos y nietos. Es su señal de afectividad. Nada sevillano al uso, pese a las apariencias. Fue costalero de la primera cuadrilla de hermanos de los Estudiantes. Un día le ofreció su medalla del Cristo de la Buena Muerte a un Pepe Luis Vázquez convaleciente. Alguna lengua afilada dice que es miembro destacado de la cofradía apócrifa del lamparón en la camisa. Más de la plaza de toros que del real de la Feria. De misa diaria en Sor Ángela o en la Magdalena. Miembro de varios jurados de premios taurinos. Como un torero de los de antes, cumplió el sueño de conducir un Mercedes. Está continuamente entre Sevilla y Marbella, donde promovió la construcción de un centro de alto rendimiento que usan los mejores clubes del mundo. Le queda por cumplir, quizás, el sueño de ser rey mago, pero lo sobrelleva con una compensación nada despreciable: unos buenos desayunos a base de calentitos y tostadas.


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