El rey Midas sevillano

Carlos Navarro Antolín | 17 de junio de 2018 a las 5:00

navarro.jpgNADIE con treinta y pocos años rechaza una oferta en firme para vender un negocio por más de 30 millones de euros. A esa edad se piensa en otras cosas, se está quizás a la búsqueda de un empleo estable, tal vez terminando de estudiar unas oposiciones, o sobreviviendo con un sueldo que roza los mil euros. Primero porque en la treintena no se manejan negocios de ese valor. Y segundo porque nadie rechazaría una oferta de ese importe. Cuando se repasan los listados publicados de alumnos célebres de la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla –sobre todo ahora que cumple 500 años– siempre aparecen los mismos ilustres nombres. Políticos que han dormido en la Moncloa, ministros, alcaldes, etcétera. Figuran, sobre todo, licenciados que han alcanzado importantes cotas de poder en España. A la hora de elaborar esos cuadros de honor, el poder cotiza alto, el dinero menos y el prestigio nada. Derecho es esa carrera multiusos, ese robot de cocina de la Hispalense, del que lo mismo salen unas lentejas que un pastel de puerros, lo mismo gente que ha estado en la cárcel que personalidades de la vida pública española. En esta facultad se licenció Rosauro Varo (Sevilla, 1979). La verdad es que él mismo no oculta que acabó los estudios universitarios a trancas y barrancas. Terminó los estudios fundamentalmente por dar una alegría a sus padres: un médico cordobés y una política socialista extremeña.

Lo suyo en los años de estudiante era olfatear las posibilidades de negocio en cualquier actividad. De entrada siempre tuvo en la noche una oportunidad de negocio. En vez de divertirse en las fiestas, maquinaba organizándolas. La Nochevieja era un filón. La empresa de reparto de bebidas, otro filón. El ocio productivo se organizaba en la discoteca BOSS de la calle Betis, la marca de la oferta nocturna a la que muchos siguen vinculando hoy a Rosauro Varo. Cuando ahora lo ven en Madrid con gente de las altas esferas del Íbex 35, siempre hay quien suelta: “Mira, es Rosauro, el de la BOSS”.

No hay torero sin cuadrilla, ni triunfo individual. Varo tuvo un primer padrino fundamental: el empresario Gonzalo Madariaga, que le confió una suerte de embajada de su empresa en Madrid. En la capital de España hizo relaciones fundamentales para su trayectoria. En su vida ha sido clave también su relación con los Medina, los hijos del difunto duque de Feria y Nati Abascal, que le pusieron en contacto con un selecto grupo de amistades, como también lo ha sido su período de vinculación con la Casa de Alba. En Madrid conoció a Javier Hidalgo, hijo de Juan José Hidalgo, dueño de Globalia, el holding turístico español. Javier Hidalgo es ese señor que lo mismo aparece con frac y pajarita en las fotos que con estética del tío que recoge las fichas en una atracción de coches locos. Varo hace su primer gran negocio al intermediar en una operación financiera en el extranjero. Ese dinero lo invirtieron en comprar Pepe Phone al padre de Hidalgo, el negocio de telecomunicaciones destinado a la población juvenil con precios muy bajos y grandes facilidades. Las altas y bajas se hacían con gran rapidez gracias a que no ponían las cortapisas de las compañías tradicionales. El gran pelotazo posterior fue la venta a Más Móvil de la empresa Pepe Phone. Y no se vendió finalmente por esos más de 30 millones, sino por casi 160. La clave, como ahora se ve, fue su olfato para apostar aquellos años por el sector de las telecomunicaciones cuando se trataba de tiempos analógicos. El olfato, sí. Y el don para conocer gente, ser simpático, embaucar, persuadir, convencer… Y hacer de todas estas virtudes su modo de vida. Una simpatía productiva que esconde una capacidad para el riesgo y para el sufrimiento.

Cuentan que también ha sido muy productiva su gran relación con Jorge Moragas, muchos años jefe del gabinete de Mariano Rajoy y actual embajador ante la ONU. Ambos se ven mucho en Ibiza. Varo apostó por Cabify cuando era más arriesgado. Se alió con el presidente de la compañía cuando todavía no se había promulgado el marco regulatorio de los VTC. Compró licencias en Madrid, Barcelona y Valencia. Se aprobó esa normativa y ahí están los cabify circulando.

Uno de sus grandes éxitos ha sido la compra de cinco millones de acciones de Telefónica por valor de 45 millones de euros. La cantidad no le da para sentarse en el consejo de administración, pero sí para moverse como un hombre de referencia de la multinacional. A Varo no se le puede negar su capacidad para el riesgo ni su obsesión por el trabajo. No todos los negocios le han salido redondos. El restaurante en Castellana 8 no cuajó. Ahora está metido en una promoción inmobiliaria en Zahara de los Atunes, otra en Reyes Católicos junto a su amigo el torero José María Manzanares (en el edificio por el que se le pagan más de 25.000 euros mensuales a la Real Maestranza) y sigue con el club de playa de Estepona, el Puro Beach. También se está construyendo una casa en Guadalmina.

De codearse con Moragas ha pasado a correr maratones en Nueva York con el presidente de Telefónica, José María Álvarez-Pallete, o incluso a recibirle en alguna de sus fiestas en su casa de la urbanización La Finca de Madrid.

Es notorio que Rosauro Varo tiene la necesidad de ser alguien importante. Y quiere serlo en Sevilla, donde el reconocimiento o la apariencia de reconocimiento –si llega– se palpa cada día, en cada calle y a cada minuto. Porque Madrid es una selva, una nebulosa, una amalgama de gente donde resulta difícil brillar y, más aún, echar raíces. La prueba de que este joven millonario prefiere Sevilla es la compra de un casoplón en la calle Lope de Rueda, su reciente ingreso en el Aeroclub, su vinculación a la cofradía del Amor y su interés en formar parte de alguna otra entidad de vida social.

Ha demostrado capacidad para moverse en las filas socialistas tanto como para aproximarse (y mucho) a las del PP. Uno de sus principales protectores es hoy el empresario José María Pacheco, presidente de Konecta, con quien comparte relaciones sólidas con Juan Ignacio Zoido. Varo tiene la misma habilidad para codearse en el palco del Bernabéu que para coger sitio en la barra del Emilio de la Plaza de Cuba.

En Sevilla reside en una casa en el Porvenir mientras se prepara la de Santa Cruz. Se trabaja un barniz de intelectualidad dando clases en un máster de la UPO, donde revela datos de su meteórica carrera. Quienes lo tratan aseguran que es un tipo generoso, espléndido. A Varo le encanta explicar su carrera, tiene necesidad de justificar su éxito en foros especializados: el referido máster de banca y finanzas en la UPO, las asociaciones de directivos, los foros en Antares, etcétera. En algunas de estas citas se hace presentar por Luis Miguel Martín Rubio, que siempre refiere sus grandes habilidades para el fútbol.

Su hombre de confianza para las finanzas es Pablo Ferre, el director financiero que controla los números después de que Varo haya olisqueado el negocio. Varo apunta con el ojo y Ferre dispara con los números. Ferre, por cierto, también ha entrado en el Aero con el apoyo fundamental de destacados miembros de la nobleza sevillana.

Varo tiene un chófer que parece el primo de Zumosol. Por su corpulencia se intuye que tiene otras funciones encomendadas además de las de agarrar el volante. Se entiende la apuesta por los armarios empotrados si se tiene en cuenta la proyección social de Varo y que hace muchos años sufrió un ataque en la vía pública que trascendió a los medios de comunicación.

En su mérito está el saber que hubo un tiempo que no era querido por la Sevilla altiva de apellidos arraigados, o que quizás era visto como un niño pijo dedicado a la organización de fiestas con las que ganarse las perras. Tras 15 años de progresión, su presencia ahora es solicitada en todos los foros por mucho que la velocidad en el éxito pueda generar desconfianza. Sin ser ostentoso, es cierto que se ha venido arriba.

Es curioso que Varo no le tiene miedo a perder millones de euros en un negocio, pero tiene cautelas para asumir determinadas cuotas de protagonismo en Sevilla, una prueba quizás de ese temor que genera la ciudad en políticos y empresarios con intención de ser alguien en clave local. Cuando mira la hora en su Rolex, modelo Daitona, no ve el momento de dar por concluida su carrera de éxito en Sevilla. Varo necesita ser un triunfador en la capital de Andalucía casi tanto como vestir los pantalones de perniles estrechos, las chaquetas ajustadas y los zapatos de doble hebilla.

Viaja de Madrid a Sevilla en el AVE casi con la misma facilidad que luce barba o se la quita. Aquel jovenzuelo que pudo ser un gran extremo izquierdo en el fútbol, que se lesionó una rodilla, se convirtió en un empresario de éxito muy bien relacionado con la derecha. Si combina el PSOE con el PP con facilidad, también es capaz de pasarse una fiesta bebiendo coca-cola zero o una Feria a base de champán en su caseta de Feria de Joselito El Gallo, donde se reserva la mesa de la primera fila.

La vida son recuerdos de las aulas de Portaceli, de un negocio de ropa que no cuajó, como tampoco lo hizo la compra masiva de aparatos chinos de cassete justo antes de la irrupción del Cd. Son recuerdos también de una primera oficina de Airtel en 1999 con la ayuda del difunto Alberto Yarte. La vida es un año de estancia en Nueva York para estudiar inglés. Es generar suspicacias en algunos políticos temerosos de que el éxito prematuro pudiera generar problemas, como es provocar la envidia en muchos de los que, en el fondo, quisieran ser como él. La vida es vivir la Semana Santa en una casa alquilada de tres plantas en la esquina de Placentines con la Cuesta del Bacalao, donde se reúnen los cuatro jinetes del Apocalipsis: Varo, José María Pacheco, Miguel Báez Litri e Iván Bohórquez. La vida es tener siempre presente la terna de amigos con quienes hizo sus primeros pinitos como emprendedor: José Laguillo, Luis Morón y Pablo Alberca. La vida son viejas fotografías de aquellas fiestas en el loft de la calle Curtidurías. La vida es el culto al cuerpo en el gimnasio propio, los trajes cortados por un sastre de Madrid y disfrutar viajando en su Range Rover modelo Vogue.

Cuando mira por el ventanal de su despacho de la Castellana ve la sede del Ministerio de Interior. Todo aquello es inmensamente grande, inabarcable y hasta frío. Rosauro en Madrid es una gota en un océano de personajes, con riesgo de aparecer más en las páginas rosas que en las de color salmón. Rosauro en Sevilla es un personaje en sí mismo, el niño que se crió en los jesuitas, el empresario que te paga la convidá en Trifón porque es su cumpleaños. He ahí la diferencia entre Madrid y Sevilla. Le gusta cuidar el territorio como hacen los políticos astutos: no pierden nunca de vista la provincia de la que proceden por mucho que asciendan en Madrid. El dinero pasa, el territorio permanece. Todos los años sale La Borriquita. Y hay túnicas blancas que esperan envolver la inocencia.

 


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