El demonio de la derecha

Carlos Navarro Antolín | 16 de septiembre de 2018 a las 5:00

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NADA une más que el enemigo común. El enemigo genera extrañas alianzas, mantiene cohesionado un colectivo, fomenta uniones temporales y hasta puede dejar posos de afecto. Es imprescindible tener identificado al malo, ese señor que siempre monta el caballo más lento. Es fundamental tener designado al hombre del saco, el personaje de las tinieblas, el mayordomo traidor, el coco que siempre viene, el tío que viste de negro como los antiguos árbitros. Hay gente que para ser feliz quiere un camión, como hay gente que necesita un malo. Ponga un malo en su vida y sáquele provecho. Da igual que verdaderamente sea malo o no, lo importante es que pueda considerarse oficialmente malo.

Antonio Rodrigo Torrijos (Sevilla, 1950) fue muchos años la bestia negra de la derecha, el demonio en carne y hueso para la ciudad más tradicional, el personaje a batir en todos los colectivos conservadores de una Sevilla que se pirra por hacer leña de los árboles caídos (o talados). Su estética de camisa guayabera, barba, pipa y bolso masculino, sumada a una verborrea perifrástica, contribuyeron a generar una caricatura que, efectivamente, exageraba muchos de sus principales rasgos. A Torrijos se le echó la culpa de casi todo lo negativo que ocurrió en la ciudad en los dos mandatos que apuntaló al PSOE en el gobierno local: de 2003 a 2011.

IU, con solo tres concejales, fue la muleta fiel del alcalde Monteseirín. Nadie nunca ha mandado tanto en la ciudad con un grupo municipal tan escuálido. Esta circunstancia todavía no se le ha perdonado a este veterano comunista con orígenes sindicales, un tipo que logró para su formación política la creación de las figuras de vicegerente en Urbanismo y en el Instituto Municipal de Deportes, los dos principales organismos inversores del Ayuntamiento.

El león nunca fue tan fiero como era pintado, pero este Torrijos cuando se empeñaba era una fábrica de producir críticos de sí mismo. Se le colaban las moscas en la boca por estar todo el día hablando, tanto en ruedas de prensa como en los plenos del Ayuntamiento. Protagonizaba intervenciones interminables al estilo del comandante Fidel, con perlas que daban pábulo a una oleada de ataques y mofas, como cuando se refirió a la Navidad como “solsticio de invierno”, o cuando bautizó una delegación municipal (concebida a su medida) como la de Infraestructuras para la Sostenibilidad. Sus rivales temían especialmente el inicio de sus discursos en el Salón Colón con ese “hoy no pensaba intervenir”. Y se explayaba…

Su fotografía con servilleta al cuello, cerveza en mano y ante una mariscada de bajo coste se convirtió en un icono que lo dejó aún más expuesto al pimpampum del electorado conservador. “¿Es que yo no puedo comer marisco?”, se defendía.

Torrijos, ciertamente, es un tipo austero que hacía sufrir a sus compañeros de mesa con comidas frugales que obligaban después a ingerir una hamburguesa en el establecimiento más próximo. En sus tiempos de edil era muy aficionado a los menús de 6,50 euros (bebida incluida) en Mercasevilla, la empresa donde comenzó su calvario político y personal. ¡Cuanto tardó en darse cuenta de quién era Fernando Mellet! Torrijos quiso capitalizar Mercasevilla para la marca de IU, pero la apuesta se fue al traste con la corrupción. Acabó viviendo un suplicio judicial del que, en el caso de la lonja, ha escapado bien pero tras varios años de sufrimiento.

Austero, espartano, metódico. Nada aficionado a las concesiones a deshoras como una cerveza o un aperitivo a mediodía antes de comer. Cuentan que cuenta chistes sin perder la seridad. Tiene un repertorio de frases del que hace uso con frecuencia. Para los del PP: “Hagan ustedes honor a la gran inversión que han hecho sus padres en colegios privados”. Para el hombre de máxima confianza de Monteseirín: “Marchena, no me vayas a engañar”. A sus colaboradores e incluso a los periodistas les refería con ironía sus “exiguos salarios”. Y de sí mismo decía machaconamente: “No me hago trampas en el solitario”. Todas sus intervenciones solían estar trufadas de alusiones a su “tío Teodoro” y, por supuesto, a Agamenón y su porquero.

Torrijos era y es un gran rancio, un izquierdista muy conservador, un obsesionado con ser comunista y parecerlo, un hombre que parece de otro siglo, sacado de otros tiempos. Ahí radica quizás su autenticidad. Su condición de apasionado sevillista lo llevó una vez al palco del Ramón Sánchez Pizjuán. Se negó a ir de corbata. Goza de dispensa, como a la hora de hablarle de tú al cardenal Amigo: “Eres el jefe del partido de la Iglesia en Sevilla”, el comentaba a monseñor Amigo en las audiencias privadas.

Fiel a su palabra y leal con sus colaboradores. Así lo reconocen hasta sus críticos. Dicen que el socialista Monteseirín gozó de la lealtad de Torrijos mucho más que la de los concejales de su propio partido. “¡Los de Izquierda Unida son gente especial, pero son buenos!”, proclamó Alfredo en un mitin. De hecho, Torrijos siempre prefería contar con el alcalde en sus actos. Susana Díaz siempre le reprochó a Alfredo que no consiguiera la mayoría absoluta y tuviera que pactar con la IU de Torrijos, omnipresente en la vida municipal.

Dicen que pudo haber sacado adelante todas las iniciativas de gobierno que fraguó, pero sin hacer tanto ruido, sin dejarse oír tanto, sin todos esos excesos verbales. Es decir, pudo hacerlo todo, pero tapándose más. Siempre desconfió del todopoderoso PSOE, quizás temeroso de acabar fagocitado. Los tres concejales de IU eran los hermanos pequeños del gobierno de coalición. Tal vez por eso se empeñaba en sacar cabeza, por saberse de una formación diminuta, aliada en esos momentos del hegemómico partido de puño y la rosa.

Tenaz para unos, pesado para otros. Si veía que el PSOE le engatusaba para ganarse su apoyo para cualquier proyecto, rápidamente exigía dos carriles bici a cambio. Pragmatismo se llama. Los Morancos dijeron con guasa que Torrijos había promovido el carril bici “hasta en el cementerio”. Si el PSOE se volcaba con la Encarnación, estandarte de Monteseirín; la IU de Torrijos lo hacía con la Alameda.

Ideológicamente dogmático. Exquisito en el trato personal. Verborreico y socarrón. Aguantaba bien cierta crítica periodística, pero muy mal las citaciones judiciales. Siempre tuvo un punto provocador como concejal. Basaba su estrategia en la agitación, en tocarle los costados a la Sevilla más conservadora. De trato cordial, pero siempre un pelín distante. Sabía “lo que se dejaba atrás” en una conversación, como los toros resabiados. Torrijos tenía un plan y lo aplicó. Tuvo un modelo de ciudad y lo puso en práctica. A Zoido siempre le reprochó no tener ideología ni modelo de la ciudad.

En una ocasión, unos días después de firmarse el primer pacto entre el PSOE e IU para formar gobierno en la ciudad, acudió a una conferencia de Manuel Chaves en la Cartuja. La cita parecía un congreso de socialistas en la que Torrijos fue cuidado para que se sintiera cómodo en el canapé. Apareció en los corrillos un conocido ex concejal del PP, muy conocido en la vida social de la ciudad. “Antonio, ¿ves cómo no eres el único que está aquí sin tener carné del PSOE?”. “Sí, sí, ya lo veo, pero ése le pone el culo a todos”, respondió el comunista sin anestesia.

Fumaba en pipa en el interior del Ayuntamiento hasta que Zapatero lo prohibió. Al socialista Gómez de Celis le provocó una cefalea por dejar de darle a la cachimba durante las maratonianas sesiones de la comisión de investigación sobre el desalojo de los chabolistas de los Bermejales, aquel escándalo del pago de dinero en bolsas de plástico.

La vida es una casa en el barrio de Santa Cruz y temporadas de asueto en el Algarve. La vida son recuerdos de unos Martes Santos como nazareno de la cofradía de ruan y de una labor como voluntario en Regina Mundi. La vida es trabajar de enfermero en el Hospital Virgen Macarena, que dejó para armar sus primeros follones en CC.OO. La vida es ser comunista y restaurar el monumento a la Inmaculada Concepción de la Plaza del Triunfo. La vida es conservar un buen número de incondicionales de su generación (José Antonio Salido, José Manuel García, etcétera), los comunistas que constituyeron IU antes de que se convirtiera en una sucursal de Podemos.

Torrijos, que no da puntada sin hilo, tenía un gesto muy habitual en los plenos: subirse las gafas con el dedo corazón antes de contestar a un adversario, lo que le permitía comenzar enviando un mensaje. O, mejor dicho, lanzar un torpedo que sólo captaban los más audaces.

Se le afearon los gastos excesivos de algunos de sus proyectos. Nunca asistió a un acto religioso por coherencia con sus ideas. Al final, ya en la oposición, le pudo la presión interna y externa y sufrió un desmayo en un pleno de 2013, uno de esos plenos largos, marcados por los cacahuetes, cuando todavía no se organizaban pausas para jamar un montadito de carne mechá regado con refresco de cola en las dependencias de los grupos políticos.

Siempre llevó a gala su cargo de primer teniente de alcalde. “El alcalde soy yo”, decía con solemnidad cuando Monteseirín se marchaba de la ciudad con motivo de algún periplo oficial. Supo garantizarse el suelo electoral de IU en el peor momento con la complicidad de determinados colectivos. En los mercadillos ambulantes, por ejemplo, había fotos suyas donde se le denominaba nada menos que “el Papa de las barbas blancas”.

Este malo de la película, ajeno ya al ruedo municipal, sigue pendiente del caso Fitonovo y la Audencia Nacional, donde lo imputaron por aparecer citado en una conversación teléfónica. Se le sigue viendo en manifestaciones y hasta en platós de televisión local en defensa de las pensiones. Es curioso que hoy ya no están ni él en el Ayuntamiento, ni el PP en la Alcaldía. La derecha busca un nuevo demonio.

  • juanguga

    Para los mariscos tenía buen gusto, aunque algo basto en la forma de devorarlos.

  • manuel martinez cepello

    Mas quisierais ser como el¡ que se a preocupado verdaderamente de los mas nesecitados, y no la izquierda camuflada como el P$O€, del PP ni os cuento ya que son los mismos apellidos Franquistas

  • paco

    Este hombre llegó al Ayuntamiento queriendo hacer pisos de protección oficial y un carril bici. Para la Sevilla eterna eso lo convirtió en Satanás. Montaron una campaña hasta cargárselo. Que después los jueces absuelvan a Torrijos, eso da igual.

  • acascoporro

    Como alguien decía de él, su gran problema es que despreciaba profundamente a los que no comulgaban con sus ideas y eso lo convertía en un político despreciable, valga la redundancia


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