La obsesión por el orden

Carlos Navarro Antolín | 14 de octubre de 2018 a las 5:00

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EN la sociedad de desarrapados de hoy, donde por el mero hecho de llevar una simple camisa te preguntan si te han invitado a una boda, hay gente que le queda como un traje a medida el antiguo adjetivo de emperifollado. Sostiene el maestro sastre Fernando Rodríguez Ávila, el que recogió la medalla de la ciudad junto a Felipe González, que el hombre de hoy se ha desvestido porque la mujer se ha desvestido con anterioridad. Vestir bien, que hoy consiste simplemente en ir vestido, supone ir a contracorriente. En Sevilla hay un señor que aparece en cualquier acto y llama la atención por el terno, la camisa de cuello duro y los zapatos impolutos. Tiene un punto de provocación en el estilo, le va la marcha de saberse juzgado cuando es sometido al primer escrutinio, y sabe que en la ciudad es conocido como El Pija o El inglés.

José Pérez Benítez (Madrid, 1957) ha sido muchos años el rostro de la consultora Ernst&Young en Andalucía, hoy rebautizada como EY. Impronunciable lo primero y lo segundo. En sus años en primera línea de batalla ha combinado la imagen ortodoxa con la labia fácil, el perfil duro y altivo con la sonrisa del relaciones públicas, la estética de tiburón de los negocios con el ejercicio del amable anfitrión. Ha sido el rostro de la compañía en el Sur de España, con un estilo particular que incluía el detalle de invitar a los competidores a la cena anual en los salones del Consulado de Portugal.

La verdad es que Pepe Pérez entra en un acto y no se sabe si lo hace un actor de cine o un torero del siglo XIX, si lo hace Torcuato Fernández Miranda o Buster Keaton. Y si entra en la sede histórica del Labradores parece un diputado tory. De entrada es una persona que genera algún ceño fruncido. Y eso, en el fondo, le produce cierto placer porque le convierte en inaccesible, una ventaja si se tiene en cuenta la de años que se ha pasado recibiendo peticiones de colocaciones para amigos e hijos de amigos. Este Pérez, que nunca ha renegado de ser un Pérez y que jamás se ha puesto preposiciones superfluas delante del primer apellido, se ha hartado de dar trabajo, incluso en algunos casos con demasiada generosidad, que ya se sabe qué ocurre cuando se le da pan a perro. Guau.

Hombre nervioso, tremendamente nervioso, obsesionado por el orden, por controlar todos los detalles y por tenerlo todo previsto: desde la decoración de todos los rincones de la casa a la hora de la reserva de la mesa en el restaurante, desde el planchado de la camisa a la habitación que le deben asignar en el hotel. La vocación de auditor la plasma en todos los órdenes de la vida, trufada siempre de lo que algunos conocen como sibaritismo productivo. Se paga sus caprichos y es esclavo de su puntillosismo.

Hijo de una madre jiennense y de un padre sevillano, nacer en Madrid fue una casualidad. Pepe Pérez se cría en Andújar y se forma en Sevilla, una ciudad que le viene como uno de esos trajes que se prueba veinte veces en Javier Sobrino. Tiene hondo arraigo en Cantillana por la familia paterna. A Javier Arenas se le habla de Pepe Pérez y te suelta: “Don José Pérez Benítez, ¡de Cantillana!”.

Pérez tiene una fuerte vocación de anfitrión. Sólo lo pasa mal, incluso alcanza el estado de angustia contenida, si alguien le vierte una cerveza en la mesa o en la alfombra. Cuentan que su obsesión por el orden le lleva a alisar los cojines del sofá en cuanto el invitado se levanta un momento para ir al baño. Lo hace con disimulo pero es fácil trincarlo. Para sus cenas cuenta con un asistente singular, un mayordomo de nacionalidad india que atiende por Sebástian. Sí, con la tilde en la primera a. Cuentan que es toda una experiencia comprobar los esfuerzos de Pepe Pérez por explicarle a Sebástian las diferencias entre una torrija y un pestiño.

–Sebástian, traiga usted unas torrijas, por favor.
Y Sebástián trae pestiños.
–No, Sebástian, los dulces cuadraditos, los cuadraditos.
Y Sebástian venga a servir pestiños hasta que es mejor dejarlo por imposible.
–A comernos los pestiños, que no están malos.

La limpieza y la pulcritud están en el escudo de su casa civil. Pérez tiene los trajes y los coches igual de limpios. El vehículo siempre parece recién salido del concesionario. Y también la vespa que tiene del 58, una moto de colección, uno de esos antojos que se autoconceden los hombres de triunfo. Cuentan que en Sotogrande tiene un porsche, pero no lo trae a Sevilla porque sabe que esta ciudad está llena de buenísimas personas, pero miles de buenas personas, que aquí no caben las buenas personas de tantas como hay, que sabrían apreciar (por las que hilan) que es un coche comprado a base de trabajo. Mejor dejarlo aparcado en invierno y lejos de la ciudad para no alterar la salud estomacal de los allegados.

Un día le encargó a un carpintero un mueble de cedro a medida para guardar los gemelos y los relojes. Entre sus relojes favoritos figura el rolex que su padre le regaló al finalizar los estudios. Todos los zapatos son guardados con sus correspondientes hormas de madera. Y siempre limpios, muy limpios. Tan limpios que ni en la Feria presentan una capa de polvo. Aseguran que se desplaza por el real caminando por el pavimento de adoquines para evitar el albero. “Don José, ahí tiene usted el cepillo”, le dicen al llegar a la Caseta del Aero.

La vida es pasear por el centro al perro salchicha que atiende al nombre de Duque. Nunca le gustaron especialmente los animales, pero este can ha generado un sentimiento de protección y mimos en este vecino del centro que aprovecha esos paseos para dar cuenta de algún habano. La vida es cuidar el peso sin necesidad de ir al gimnasio. Si hay excesos, se quita del pan y de los fritos. Su meticulosidad para todo encuentra un excepción cuando da rienda suelta al hábito de comerse las uñas. Ahí pierde toda la paciencia que, sin embargo, muestra ante el espejo para peinarse con abundante cantidad de fijador de la marca Patrico. Peine y cepillo, cepillo y peine. La vida es paciencia que rima con vehemencia cuando las estrofas del día a día así lo requieren. La vida es ir de caza con Gonzalo Madariaga, colocados ambos desde el alba en esos puestos de alguna finca próxima a Sevilla. La vida son los toros vividos como abonado del 3 en la plaza de la Maestranza. La vida es soñar con que una cofradía pase por delante de su casa para poder tener invitados y atender a los amigos. Con lo cómodo que es ver una cofradía en un balcón sin soportar chácharas ajenas, pero… allá cada uno.

Su arraigo en Sevilla es fuerte, salvo en cuestiones de Semana Santa, donde se instruye poco a poco como hermano del Baratillo de la mano de Moeckel y próximamente de alguna más. Una Madrugada protagonizó una de las anécdotas más memorables. Llamó a Endesa para quejarse de que se había ido la luz en la calle. Era ya noche cerrada. Tenía invitados en casa para vivir los días grandes. Pérez fue enérgico en su protesta. “Claro, señor, hemos cortado el suministro como todos los años porque va a salir una cofradía, ¿sabe usted?”. Era la del Silencio. Otro año estaba en un balcón de la Campana e invitó a subir a una dama apremiándola porque estaba pasando “el Gran Poder”. Era la del Calvario.

La Feria que se pasó sin caseta fue una particular pena para quien se recrea recibiendo y atendiendo. También le sirvió para saber con qué techo podía contar. En las desgracias se conoce a los amigos, decían los romanos. Al Rocío no irá hasta que lo alicaten. Y a la Feria volverá con caseta en 2019. Y con Sebástian, que lo acompaña para ayudarle a atender a la legión de invitados, Juan Ignacio Zoido incluido. Si ha de vivir la Feria por la noche, retorna a casa para quitarse la chaqueta de hilo y ponerse el traje oscuro. Censura que haya gente que siga con el terno de color barquillo cuando se han encendido las bombillas del real. Cuando baila sevillanas hay quien dice que parece que está danzando una jota.

Ahora vive los días dorados de la prejubilación. Sigue en los listados de invitados a los actos de la ciudad. Y mantiene la disciplina de los horarios y los contactos. Está al día de todos los movimientos de ese mundo empresarial donde gira el tiovivo de los ejecutivos estresados. Sigue sin disimular cuando alguien no le entra por el ojo. Habla poco en las reuniones de trabajo y observa mucho. Y, en cambio, es el protagonista arrasador en las reuniones de asueto.

Nunca le verán con anillos o cadenas. Sí con gafas de sol de las más variadas. A sus 62 años podría protagonizar algún que otro anuncio de perfume caro para talluditos con vitola de interesantes que, además, pueden presumir de haber sido el socio más joven de la compañía. Aunque, por fortuna, no es de los que pegan la brasa hablando de sí mismos. Los días de lluvia gasta gabardina a lo Dick Tracy y paraguas de Loewe. Y los de frío escoge alguno de sus cotizados abrigos oscuros, idóneos para esos funerales de alto rango en El Escorial que salen retratados en el couché. Se inventa ensaladas combinando sabores originales, colecciona cuadros de Salinas y Suárez, invierte en grabados de Piranesi, procura no compartir mesa en el AVE y siempre deshace el equipaje y recoge las maletas cuanto antes nada más regresar a casa de algún viaje. El orden, obsesión por el orden.

Ahora tiene la ventaja de que recibe menos llamadas de teléfono para colocar ejemplares de esa generación criada en la debilidad y en la hipercomodidad. Quizás ahora comprenda que hubo años de excesiva dedicación al trabajo. Pero nada que no se resuelva con un paseo en la vespa por Sevilla, Roma andaluza que todavía conserva adoquines. Porque el porsche conviene dejarlo en Sotogrande. Aquí el mejor porche es el de las casas. Sebástian, traiga unas torrijas y así probamos los pestiños.


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