La pastoral de la jet

Carlos Navarro Antolín | 15 de noviembre de 2015 a las 5:00

Ignacio Jiménez Sánchez-Dalp
COMO una relación precisa entre la causa y el efecto, muchos sevillanos tienen dentro no sólo gatos en la barriga como para montar una cofradía, sino un pedazo de perro de Paulov que ante determinados estímulos generan una rápida respuesta. Un poner. Cada vez que en los telediarios de la España de los años ochenta y noventa daban cuenta de un suceso bañado en sangre, de una buena cuchillada rebanando un cuello, de unas jóvenes perdidas en la noche oscura y aparecidas años después entre maleza, o de cualquier reyerta a lo Puerto Urraco, el sevillano generaba ya una inquietud interior, una curiosidad fatal propia de quien no encuentra la última pieza del puzzle. Buscaba, sin darse cuenta, la coletilla de rigor que siempre debía rematar esas informaciones: “El doctor Frontela ha sido requerido de inmediato para examinar los restos hallados”. “Desde Sevilla se desplaza ya el doctor Frontela, cuya aportación será clave para esclarecer el caso y dar las primeras pistas a la Policía”. “La familia de las asesinadas ha pedido un dictamen particular al doctor Frontela”. No había muerto sin esquela, ni crimen sin Frontela.

Otro poner. Ninguna corrida de toros de relumbrón debía carecer del Lele Colunga con los brazos descansados sobre la barrera. ¿Hay mayor símbolo de estatus social que posar los codos en la barrera del Coso del Baratillo, a ser posible con el vaso del café traído del bar Taquilla por el arenero a cambio de una generosa propina? Eso que hoy llaman postureo lo ejerció Colunga hace muchos años con toda naturalidad. Con tanta que alcanzaba pactos con los fotógrafos de la Puerta del Príncipe. Al Lele se le sacaba en los cromos del colorín cuando había escasez de famoseo. Era el comodín local a falta de rostros de la jet madrileña.

–Lele, hoy te hago la foto pero no creo que la saque mañana. Mejor el sábado, cuando ya nada más que haya catetos de los pueblos para ver al Litri y al Cordobés.

Y el Lele, con la almohadilla en una mano y la otra sobre el hombro del fotógrafo, daba todas las facilidades del mundo.

–Como tú quieras, tú sabes que yo no falto. Y cuento contigo para este año en mi casa del Rocío, como siempre, ¿eh?.

La ratio de apariciones del Lele en la galería de la Puerta del Príncipe de aquellos felices años era de una foto por cada 2,7 días, que diría el tonto de la estadística. Y sus apariciones o ausencias, motivo de charla y reprimenda familiar de mediodía.

–Pepe, esta mañana vi el periódico y no salía el Lele en los toros, ¿estará malo? Y en cambio salen otra vez retratados ese tal Luismi, el empresario de los aceites que da un potaje en su caseta al que, por cierto, nunca te invita, y ese señor madrileño tan espléndido, ¿Enrique Fernández se llama?, que aparecía junto a un jefazo de la Guardia Civil.

El perro de Paulov que muchos sevillanos llevan dentro comienza a segregar saliva cuando lee el reportaje de una boda entre famosos en la capilla de la Maestranza, en las Adoratrices, o en esa Caridad donde nadie acierta a leer el in ictu oculi. El sevillano sabe que para ser de verdad una ceremonia de tronío tiene que estar presidida por el sacerdote Ignacio Jiménez-Sánchez Dalp (Sevilla, 1973). Ni antiguas mantillas de madrina, ni trajes de Roberto Diz, ni flores de Búcaro hasta en la puerta del templo, ni haciendas del Aljarafe, ni camareros con guantes, ni sirvientes vestidos a la federica, ni canapés de diseño, ni merceditas para aliviar los pies de ellas en la barra libre con baile, ni puros traídos de Cuba para que ellos hagan la chimenea… La saliva se segrega y se sigue segregando hasta que no aparece citado el cura Ignacio.

Que se casa la hija de un maestrante, la oficia el cura Ignacio. Que se casa el hijo de la duquesa de Alba, lo casa el cura Ignacio. Que se casa la mismísima duquesa de Alba, preside la ceremonia el cura Ignacio. Que se casa el torero famoso con la presentadora de televisión, los casa el cura Ignacio. Que se casa el hijo del alcalde, en el altar está concelebrando el cura Ignacio junto al prelado. Que se casa Rafael Medina en el palacio toledano de Tavera, hasta allí se va el cura Ignacio con sus oropeles.

Se leen los ecos de sociedad de los bodorrios de tronío y no se queda uno espiritualmente en paz hasta que confirma que el cura es el que debe ser. Porque no puede ser otro. ¿No hay pastoral gitana, pastoral obrera, pastoral del turismo, pastoral de la enseñanza, pastoral de la salud, pastoral juvenil y pastorales de no sé cuántas cosas más? ¿No es Sevilla la capital del famoseo con sucursales coyunturales en Jerez y Ronda? Pues si Dios está en todos los lados, sus ministros hacen bien en servir a toda la población. Las ovejas azules tienen su pastor, la gente guapa tiene su capellán, la jet tiene su director espiritual.

El cura Ignacio también se vuelca con la gente sencilla de los pueblos donde ha ejercido su ministerio como párroco. Ay, cuánto hizo en Alcalá del Río y qué poco se lo reconocieron algunos… A cuántas puertas de casas palaciegas ha llamado para sacar perras con las que pagar la restauraciones de cubiertas, torres y campanarios. Gracias a la destreza con el sable, a lo Robin Hood con clériman y sin carcaj, ha sacado euros de los ricos para promover buenas obras en beneficio de los pobres.

Su oratoria es tan fluida y brillante, jugando con la gesticulación, los tonos y la mirada, que hay quien tiene claro que este cura risueño es una suerte de monseñor Camilo Olivares del siglo XXI, quien ejerció de capellán de Doña María de las Mercedes y cena los Sábados Santos en el Eslava con el actual duque de Alba, para irse después a ver la entrada de la Soledad de San Lorenzo.

Al cura Ignacio lo hemos visto toreando en una plaza de tientas, en el palco de convite de la Real Maestranza en tarde de farolillos, con derecho a prismático, almohadilla y horchata o destilado al doblar el tercero;entrando en el Pazo de Meirás, donde los Franco siguen celebrando sus fiestorros, y hasta oficiando el mismo día el funeral de Javier Medina Liniers y la boda de Cayetano Martínez de Irujo.

En Semana Santa es veloz gracias a la moto con la que se desplaza de los barrios al centro, y del centro a los barrios. Es usuario del clériman en los días de pasión e incienso, porque ya se sabe que da derecho a cangrejear con comodidad delante de los pasos de palio. Y en caso de bulla, el policía procedente de Soria no aprieta al cura.

Cuidadoso en el vestir y con la báscula, cuando dio el pregón de la Semana Santa se encargó en Ibáñez un precioso chalequillo eclesiástico, una prenda poco habitual en el clero sevillano. Se para por la calle más que un paso de palio. “Niño, ¿todavía no tienes hijos? Pero si llevas casado ya más de un año… Anda, date prisa”. “¿Que tu niño no da religión en condiciones? Eso te pasa por llevarlo a un colegio tan laico”.

Pocos saben que el cura Ignacio no hizo todos los estudios en el seminario de Sevilla. Los primeros años de su formación eclesiástica los cursó en el de Toledo, mucho más conservador que el hispalense. Toledo tenía estética de sotana y alzacuellos cuando Sevilla se movía en un ambiente más acorde con las enseñanzas del concilio. Dicen que de sus años toledanos queda la estética con la que reviste a los acólitos de la parroquia de las Flores:de sotana y con roquetes.

El cura Ignacio es muy envidiado por algunos de sus compañeros. El don de gentes, la oratoria y la agenda de contactos son innegables. Y eso a veces genera recelos. La notoriedad del pregón de Semana Santa resultó incómoda en algunas instancias. Su carácter desenfadado no es a veces bien digerido por sectores conservadores que tildan de histriónicas algunas muestras de naturalidad y que lo encajarían en el perfil del padre Estudillo, aquel cura currista, muy sevillista y de tapita en Trifón y en La Isla. Tiene hasta imitadores que han querido cogerle la vez, pero sin mucho éxito hasta ahora. Yhasta hay quienes presumen mucho de conocerlo, como Paloma Gómez Borrero, que lo citó malamente para reforzar una información. El día que murió la duquesa de Alba, afirmó la periodista en una televisión: “Conozco al capellán de la familia, el padre Sánchez Cal [sic]”.

La vida es presentarse a comer como uno más de la familia en la casa de los Siguero, en la Avenida de República Argentina. Es una misa del Gallo en el amplio y poblado salón familiar. La infancia es una foto de un niño con casulla jugando con toda inocencia a decir misa. Es recibir con humildad de oveja ciertas indicaciones del pastor. Es pronunciar un muy buen pregón de Semana Santa, porque el éxito de un pregón es hacer vibrar al público. Yel público vibró con el pregón de quien no podía ser otra cosa en la vida que cura.

Cuando hay una boda de famosos o una torre de campanario recién curada de las grietas y a la que por fin ha vuelto la cigüeña, segreguen saliva: ha sido el cura Ignacio, el de la moto.

El poder de la fruta

Carlos Navarro Antolín | 8 de noviembre de 2015 a las 5:00

Manolo García
EN Sevilla hay gente que conoció los mercados de abasto abiertos de domingo a domingo, sin frigoríficos y con el pescado envuelto en papel de periódico. Gente que estuvo en el antiguo mercado de la Encarnación, antes del provisional que duró cuarenta años de acuerdo con la vocación de permanencia que en esta ciudad adquiere todo lo provisional. Que vio de cerca a Queipo de Llano. Que conoció una Iglesia en la que la misa del sábado no servía para cumplir el precepto dominical. Que compró y vendió en reales.

Manuel García (Sevilla, 1933) dejó muy pronto las aulas del San Francisco de Paula para ponerse a trabajar junto a su padre en el puesto de frutas y verduras de la Encarnación. Él y su entrañable hermano Pepe eran la cuarta generación de la familia al frente del negocio. Hoy es hermano mayor de la Macarena. Y en 1999 remató un período de cuatro corporaciones seguidas como concejal: ocho años en la oposición y ocho en el gobierno. Pero antes del brillo del poder en los meses de la Exposición Universal, cuando alternaba con jefes de Estado de muy diferentes ideologías y culturas por su cargo como responsable de la seguridad ciudadana; antes que ajustarse el chaqué de pura lana virgen en las procesiones, sudando la gota gorda cada 15 de agosto; antes que coger la vara de las capillas en el atrio macareno y antes que disfrutar de tantas madrugadas con la capa de merino al vuelo como diputado mayor de gobierno, mucho antes que toda esa montaña rusa de emociones y vivencias, Manolo García se curtió durante más de treinta años en la otra madrugada de Sevilla, la que comienza todos los días con el toque del despertador a las cuatro de la madrugada, antes en el Mercado de Entradores del Arenal y ahora en Mercasevilla; la que huele a lonja de pescado y aguardiente, la que tiene el tacto de la verdura fresca y la música del vocerío anunciando género y los rifirrafes del regate, la de ventas selladas con coñac para mitigar el frío del invierno.

La juventud son recuerdos de la casa familiar de la calle José María Izquierdo, desde la que había que ir a pie hasta el Arenal, en plena noche, por unas calles de persianas cerradas en unos tiempos en que la juerga a deshoras se despachaba en las ventas; cruzando la mirada con los secretas de la Policía Armada, oyendo el sonido de las propias pisadas por Enladrillada, Peñuelas, San Pedro, hasta llegar por Reyes Católicos a Pastor y Landero, para estar sobre las cinco entre los corrillos de los mayoristas y cumplir la liturgia aprendida de su padre, Manuel García Balmaseda: no aceptar nunca el primer precio. Precios en reales: veinte reales, diez reales… A las siete y media tenía que estar el puesto de la Encarnación listo para su apertura, con toda la mercancía descargada ya de los mulos que portaban las frutas y verduras por la carrera oficial cotidiana desde el Arenal a la Encarnación. No había tiempo para el desayuno, nunca; tan sólo para un café bebido, habitualmente frío porque la clientela apretaba más que un fin de mes. Un industrial de plaza de abasto suele reunir tres características en su biorritmo: dormir poco por la noche, no desayunar y hacer siestas largas. Acabado el mediodía, Manolo García se echa a descansar muchos días sobre el mismo tablero del puesto, para dedicar la tarde a ordenar el género no perecedero y tenerlo a punto para el día siguiente.

La única ventaja de los fruteros era que no tenían que sufrir las humedades de los compañeros del pescado, obligados a las grandes botas de goma para aislarse de la nieve que refrigeraba el género. En las siestas de tablón se fue curtiendo este macareno que logró terminar el Bachillerato por las tardes.

Del puesto de fruta del padre de García se abastecían todos los cuarteles militares de la ciudad, que en los años de racionamiento habían gozado de una preferencia demostrada en vales especiales. Ytambién se abastecían los mejores hoteles: el Alfonso XIII, el Biarritz, el Cristina, el Inglaterra, el Madrid… Había hoteles que hacían pedidos de 20 kilos de guisantes pelados, que había que pelar a mano. La frutería de los García, junto con la Frutería Tetuán, fue la primera en traer a Sevilla las coles de Bruselas, que la clientela confundía con alcauciles diminutos; las endivias, las piñas tropicales, los aguacates, las lombardas…

El frutero Manolo García está afiliado a Alianza Popular por su admiración por Fraga desde muy joven. Paga religiosamente sus cuotas, pero no hace vida en la sede más que cuando es requerido para hacer de interventor en las elecciones. Mientras sigue potenciando el negocio, presidiendo la cooperativa del mercado y ejerciendo de vocal del gremio de fruteros en el sindicato. Hasta consigue la decisiva mediación de Bueno Monreal para que el gobierno del alcalde Pérez de Ayala acepte cerrar los mercados los domingos. Le explica al cardenal en una audiencia privada que la venta de los domingos es residual al ser el género de peor calidad porque los mayoristas no suministran desde el viernes. Yse le ocurre poner una guinda.

–Además, Eminencia, los placeros podríamos así ir a misa.
–Le recuerdo que la misa del sábado por la tarde ya es válida.
–Pero lo del sábado ni es misa ni es ná, Eminencia. A misa hay que ir los domingos.

El cardenal apoyó la causa en una carta remitida al alcalde. Y la denominada Tenencia de Alcaldía de Subsistencias del Ayuntamiento de Sevilla decretó el cierre dominical.

Cuando el médico Ricardo Mena Bernal alcanza la presidencia de AP de Sevilla, tira de García, al que conocía por medio de Salvador Dorado El Penitente, para completar la lista de las elecciones locales de 1983 que lidera Pedro Albert.

–Pero en un puesto que no sea de salida, Ricardo; que yo estoy hasta la corcha en el mercado.

Quedaron en que Manolo iría de quince. El Miércoles Santo previo a las elecciones, Mena Bernal le comenta por la Avenida, señalando al Ayuntamiento: “Yas vas a estar ahí”. Lo había colocado de diez. Y la coalición AP-PDP-UL saca exactamente diez ediles. Aunque el décimo bailó durante un par de meses entre AP y el PCE. El comunista que se queda sin acta es un tal Juan Ramón Medina Precioso, que con los años fue rector de la Universidad de Sevilla y con algunos años más llegó a consejero de Educación del gobierno autonómico de Murcia… por el PP.

García pasa del puesto de frutas y verduras a sentarse en el Pleno del Ayuntamiento. Durante más de un año alterna ambas actividades. El negocio había crecido con nuevos puestos en los mercados de Las Palmeritas, Bellavista, el Tiro de Línea y Pino Montano. Pero el Ayuntamiento absorbe. Por aquellos años de oposición había un edil jovenzuelo que llegaba al Ayuntamiento a media mañana, preguntaba qué asunto había para zurrar al gobierno, tomaba tres notas con rotulador y daba una rueda de prensa de una hora. “Este muchacho llegará lejos”, decía García de un tal Javier Arenas. Aunque García siempre dice Javié. Y Javié lo ha invitado a tinto en sus altos despachos de ministerios.

El grupo municipal de AP encarga en El Corte Inglés los fajines de gala. Las medidas se toman a Manolo García, entonces un concejal muy orondo, de tal forma que hay ediles como Arenas y Melgarejo a los que el fajín da más de una vuelta. García siempre se lleva mejor esos años con los concejales de la izquierda socialista y comunista que con sus compañeros de filas. El alcalde Manuel del Valle le pide varias veces que medie ante Soledad Becerril para que los populares voten con el gobierno algunas iniciativas y no tener que depender de unos comunistas de los que Valle recela como un cofrade de la lluvia. Cuando alcanza el gobierno, García monta a la alcaldesa, Soledad Becerril, en una furgoneta de la Policía Local para que vea los efectos de la movida juvenil en las plazas de San Lorenzo y la Gavidia.

–Qué horror, Manolo, qué horror… Hay que acabar con esto.
–Si tú me autorizas…

Y Manolo, ayudado por un cabo de la Policía Local, persuade a los tres bares claves para que cierren a las once de la noche. Los ríos de orines nunca más traspasan la puerta de la basílica del Gran Poder.

En el 92 alterna con Fidel Castro, los Príncipes de Gales, Lech Walesa… En el 93,con Juan Pablo II. En la Macarena gana dos elecciones, ambas con rivales. Cada triunfo ha estado precedido de una cuesta arriba. Uno de sus rivales fue Juan José Morillas, hoy estrecho colaborador suyo con una conducta ejemplar de la que el cofraderío debería tomar nota. En la procesión extraordinaria de 2014 le cedió unos instantes la vara de las capillas al socialista Juan Espadas, curiosamente la misma vara que de niño vio portar al general Queipo.

La vida hoy es llegar a los 200.000 euros anuales destinados a asistencia social. La vida es hoy una oración a solas con la Virgen de la Esperanza, es acercar la intimidad de las ceremonias de bajada de la Virgen a quien ha perdido a un padre, a quien quiere ser madre, a quien sufre marejadas en las aguas particulares de la fe o al niño al que aguarda el quirófano. Este Reagan del Arco gobierna con 82 años una hermandad con dieciséis empleados, más de 11.000 hermanos y con una proyección social que genera una apretada agenda de compromisos. Y todo sin más coaching ni escuela de negocios que las siestas sobre el tablón, el sacrificio de los madrugones y las enseñanzas del padre del que aprendió a oír, ver y callar durante los regates con los mayoristas. Ni se acepta el primer precio, ni se queda uno en tierra al primer traspiés de la vida. Manolo es hijo de Esperanza, su madre.

El cura monárquico en Bellavista

Carlos Navarro Antolín | 1 de noviembre de 2015 a las 5:00

PEDRO YBARRA
ESTANDO en su casa de los Estados Unidos, el profesor Márquez Villanueva, invitado a recordar su infancia sevillana, acertó a decir por teléfono en un arranque muy meditado: “Nací en una casa de la calle Oriente que hoy no existe”. La importancia del lugar, el poder de la referencia, la posibilidad de retornar al sitio exacto de aquellos maravillosos años ya no existía más que en el altillo de los recuerdos donde se emite, cargada de interferencias y salpicaduras, la película de Super8 sin más sonido que el tableteo del proyector. Muchos sevillanos han visto cómo la piqueta derriba casas, crujías, patios, arquerías, corrales… Y se levantan bloques de viviendas, áticos retranqueados, adosados y hasta casas modernas en el centro con la careta de fachadas viejas. Pero no siempre el truco (¿o trato?) de guardar la fachada sirve. Un edificio son sus inquilinos, es el uso que tiene, es la historia de sus dueños que se conserva en las notas marginales del registro de la propiedad y las notas de las emociones vividas que se inscriben en la memoria. Un edificio puede ser la infancia de una persona, la representación de sus mejores años y hasta la vida entera. Un edificio puede ser parte de una ciudad, enclave que los siglos apuntalan y valores artísticos que lo hacen único, Entonces es cuando adquiere toda la fuerza de un símbolo. Márquez Villanueva confesó con tono apesadumbrado, con el barniz pausado de la melancolía, que la casa de su infancia no existía. Estaba la ciudad, estaba la calle, estaban en otros sitios los vecinos, pero no estaba la casa. El símbolo se había esfumado.

Pedro Ybarra Hidalgo (Sevilla, 1931) es un cura que un día sufrió mucho por la pérdida de un símbolo, de un edificio que ha marcado a una generación de sacerdotes. No se perdió por la piqueta, pero sí por una venta maquillada como pacto de cesión institucional. El cura Perico, como le llaman con todo cariño quienes así pueden llamarlo, es el último de San Telmo, el edificio vendido a la Junta de Andalucía en la mayor operación de enajenación de patrimonio eclesiástico aprobada por la Santa Sede en Europa “en muchísimos años”, como recordada el cura Benigno García Vázquez. El arzobispo Amigo realizó una ronda de consulta entre los sacerdotes más vinculados al entonces seminario metropolitano. Pedro Ybarra lo ha sido todo entre aquellas paredes: de estudiante a rector. Se mostró contrario a la venta. Cien años llevaba San Telmo siendo escuela de sacerdotes. Y debía seguir siendo de la Iglesia, como pensaban otros ilustres de la diócesis como Gil Delgado. Pero Don Carlos tenía claro que la venta era la salvación económica de la Diócesis, pues el mantenimiento de San Telmo era el agujero de unas cuentas maltrechas, la pesadilla del ecónomo. El clero local se dividió entre favorables a la venta y contrarios a ella. El cura Perico no estaba para paños calientes, se expresó abiertamente en contra. Venía de vivir los años del tardofranquismo y la Transición en plazas hostiles como Morón de la Frontera y Bellavista, haciendo hueco en la sacristía a los sindicalistas perseguidos, atendiendo como feligresa a la madre de un tal Felipe González, estando junto a los obreros del campo… Venía de vivir un Concilio Vaticano II donde se estaba a favor de la libertad sindical. Ybarra, de familia selecta, monárquico sin fisuras, con estudios en Derecho y viajes frecuentes al extranjero, supo interpretar a la perfección aquellos años. Nunca fue un rojo, pero estaba a favor de la libertad. Si el Rey quería serlo de todos los españoles, él no aspiraba más que a ser el párroco de todos: de la señora de alta sociedad y del militante clandestino de las Comisiones Obreras, del feligrés de pantalón de pinza y vuelta en los tobillos, y del de chaleco gordo de cuello alto y pantalón de pana. Venía de vivir todo aquello, con el sambenito de ser tildado rojo por los mismos que llamaban mantequilla a Gutiérrez Mellado, cuando no pudo callarse y se opuso a la venta del símbolo de sus mejores años. Y sufrió. Como jurista que fue pasante del despacho de don Juan Moya García, no entendió la modificación sustancial del testamento de la Infanta, que cedió el edificio para la formación de curas, no para despacho de Chaves, Griñán y Susana Díaz. Soñó con un San Telmo convertido en gran casa de la Iglesia, en sede de la Colombina y en residencia sacerdotal. Y ahora sufre cuando ve sus jardines restringidos al público.

Este cura alto, de voz nasalizada, nariz prominente y ojos claros, es un símbolo de la Transición en Sevilla. Como lo fueron los difuntos Bueno Monreal, Diamantino y Javierre. Pero en versión monárquica, selecta y con tres idiomas. Don Pedro ha ido al cine con Doña Pilar de Borbón en Londres, donde estudiaba inglés para la carrera diplomática que quiso hacer. Tanto ayudó a las Comisiones Obreras de aquellos años del nunca cumplido espíritu aperturista del 12 de febrero, que en el primer congreso legal del sindicato en Sevilla fue invitado a formar parte de la mesa presidencial. Declinó, pero mandó una carta de agradecimiento: “No soy comunista, jamás puedo serlo. Pero estoy a favor de la libertad sindical”. Libre se siente cuando se enclaustra en el jardín de la hacienda familiar del XVIII, Santa Eufemia, entre sus queridos cactus y plantas de todo tipo, allí donde están los naranjos de los que florece el azahar que ha de perfumar cada primavera el paso de su Virgen de la Concepción. La gran afición de este cura de 84 años son las plantas. Nunca lo fue el Rocío, al que sólo acudió un año con sotana y a caballo, un año en que debajo de su carreta sufrió cada noche el escándalo que formaban las gallinas que llevaba la hermandad de Umbrete para ir sacrificándolas por el camino.

La vida es fumar un cigarrillo Ducados en momentos muy escogidos. Es recordar la Semana Santa de la infancia desde el ventanal del Ayuntamiento reservado a su padrino, que fue alcalde y al que debe su nombre: Pedro Armero Manjón, conde de Bustillo. La vida es hacer la milicia en El Ferrol (entonces del Caudillo) y, oh casualidad, mandar vista a la izquierda cuando la tropa debía mirar a la derecha. La vida es viajar a Roma, Jerusalén, Rabat, Ginebra… Decir misa en inglés y en francés. La vida es ver llegar a Sevilla a un joven arzobispo procedente de Tánger el año de los mundiales de España y dar por cerrada una etapa y por abierta otra: “Pues ya tengo un jefe más joven que yo”. La vida es rezar la Salve con añadidos personales: “En este valle de lágrimas… y alegrías”. No sólo de pláticas vive el cura, sino de pintar, modelar en arcilla y cultivar la pasión por la Genealogía. La vida es emocionarse con Santa Cruz, la hermandad que nunca le ha dejado.

Dicen que su relación con monseñor Amigo quedó tocada después de la operación de venta del viejo palacio. Incluso hay quien precisa que el destino que le fue asignado con los años, la Parroquia de Santa Cruz, era una suerte de castigo para quien hubiera preferido un lugar más apropiado a su perfil activista y comprometido. Santa Cruz era visto como un retiro dorado. Sí, dorado como una canastilla, pero un retiro. Las malas lenguas se calmaron cuando el ya cardenal lo nombró canónigo de la Catedral. El cura Perico es un canónigo que puede presumir de ser nieto de canónigo, pues su abuelo Tomás gozó del tal consideración honorífica al ser bienhechor de la Catedral en tiempos en los que hubo que levantar nada menos que el cimborrio caído. Como canónigo dejó en evidencia a unos pusilánimes compañeros cuando propuso al Cabildo un pronunciamiento contra el aborto. El deán, que parecía ser Zapatero sin ceja arqueada, negó el debate al alegar que sólo correspondía deliberar sobre asuntos de altar y coro.

El cura de hoy, testigo de la pérdida de San Telmo y de una oleada de secularizaciones, sigue siendo largo, larguísimo, y con ese punto rebelde que lo mismo le impulsa a decir que no a la venta de un palacio que a saltarse los semáforos. Lo mismo va al cine con Doña Pilar en la City que se mezcla con el rojerío de Bellavista. Pero cuando susurra a los cactus, hay que dejarlo solo.

El lepero alcaide

Carlos Navarro Antolín | 25 de octubre de 2015 a las 5:00

Bernardo Bueno
HAY gente que dice hasta aquí he llegado, me voy y no quiero ni recoger medallas ni asistir a cenas de homenaje con derecho a placa y discurso almibarado anunciado con golpecitos de cucharilla en la taza de café. Hay gente que se corta la coleta de la lidia laboral de cada día y aplica el ya estoy yo en mi casa, hundido en el mullido sofá o acariciándome la planta de los pies en la alfombra mientras la grasa del vientre va cogiendo forma de bolsa de caramelos del rey Baltasar. Y hay gente que simplemente cambia de actividad cuando se jubila, se busca habas propias que seguir enterneciendo al fuego de la lumbre cotidiana, o incluso las circunstancias lo premian con un sobrero noble y con embestida que alarga el lucimiento de los días laborables.

Bernardo Bueno (Lepe, Huelva, 1948) estaba recogiendo el material, guardando el marco de la foto familiar en la caja de cartón, cuando Juan Espadas, alcalde de Sevilla, lo llamó para regalarle uno de los escasos títulos nobiliarios de la política local: alcaide del Real Alcázar. O de los Reales Alcázares, como prefiere decir con todo rigor, al ser una suma de palacios de diferentes etapas históricas. Estaba Bueno sellando una trayectoria política con origen en 1977 y cargos públicos hasta en La Rioja, cuando sonó el teléfono otra vez. Y no era Guerra para que lo recogiera al pie de la escalerilla el viernes por la tarde. Y no era Manuel del Valle para encargarle la cultura municipal pisando la raya de picadores de lo políticamente correcto con aquella inolvidable Cita en Sevilla. Y no era Chaves para llevarlo como dócil parlamentario por Sevilla. Ni Griñán para asignarle una delegación provincial, grada de sol alto en el reparto de cargos de la Junta. Era Juan Espadas, representante del susanismo en la Plaza Nueva, el que llamaba para concederle una suerte de ducado con grandeza local en nombre de la reina del socialismo andaluz, en nombre de la La Que Manda Tela. Porque si los jueces imparten justicia en nombre del Rey, todo lo que haga un socialista en Sevilla es hecho (o perpetrado) en nombre de esa fuerza roja, rojísima, que el laicismo de paellador exprés de Ferraz va a terminar convirtiendo en la reserva espiritual del PSOE.

La teoría de los parecidos razonables y evocadores demuestra que existen niños con cara antigua, sacados de fotos de tonalidad sepia con faldones de bautismo de larga encajería, que piden ser expuestos en la vitrina de Luis Crux, en Martín Villa; existen sevillanos de perfil antiguo, de abrigos cruzados en invierno, como sacados del rodaje de Amar en tiempos revueltos, y por supuesto, existen cofrades que parecen criogenizados a lo Walt Disney, conservados en el frío de trajes de los años 70, con una sola abertura en el faldón de la chaqueta y un tono ala de mosca en las hombreras gastadas. Existen curas con cara de Domund como existen curas con cara de concilio. Bernardo Bueno tiene rostro de la Transición, como escapado de la magnífica serie dirigida por Victoria Prego. Este lepero evoca a Suresnes, a los últimos años de los señores procuradores con bigotito y retórica pregoneril. Uno ve a Bernardo Bueno por Doña María Coronel, con esa barba modelo Junta de Andalucía (imparable), con esa chaqueta un punto holgada y con esa camisa estilo Puente y Pellón fashion, y antes que saludarle dan ganas de decirle: “¡Hay que ser socialistas antes que marxistas!”

Bueno ha sido guerrista. Le ha ido bien con Chaves y Griñán. Y cuando a la playa del socialismo llegaba esa ola roja de espuma blanca y rumor de caracolas, el tito Bueno, como le dicen con todo cariño muchos socialistas, trincó el premio extraordinaro de jubilación con derecho a Patio de la Montería. Alguna mala lengua dice que Bueno es el mejor producto de la industria del corcho del socialismo sevillano, la veleta que indica hacia dónde va a soplar el viento cuando el guerrismo busca las tablas, el oráculo que predice la patada hacia arriba del chavismo aquel Domingo de Ramos de tambores destemplados, el mejor oído del cascabeleo de las mulillas que van a arrastrar el griñanismo sobre el albero manchado de los ERE y, por supuesto, el druida que intuye la formación de ese huracán Susana que arranca de cuajo cualquier posible rival en las filas del PSOE, andaluz por supuesto. A la hora de la verdad, lo cierto es que todos los dirigentes del socialismo sevillano han contado con su participación, tal vez porque no sólo no resta nunca, sino suma. Quizás porque la ciudad siempre le deberá el haber innovado en política cultural con aquella Cita en Sevilla que trajo a la ciudad mucho más que unos conciertos en el Prado o en el solar del Maestranza. Sevilla tuvo su propia movida cultural gracias a este político austero que supo gestionar con imaginación un programa cultural de máxima innovación cuando las administraciones locales eran aún un mecano por montar. Este amante de la Feria, con caseta propia en la umbría Gitanillo de Triana 125, se trajo a Sevilla voces extranjeras como B.B. King, Miles Davis, Nina Hagen, The Kings, Georges Moustaki, Ian Dury, James Brown, Leonard Cohen, Frank Zappa… Un concejal joven llamado Javier Arenas, por cierto, ya arqueaba la ceja al arremeter contra las cuentas del festival en los plenos, pero pedía entradas para los conciertos en privado.

El tito Bernardo tenía rasgos en común con el alcalde Manuel del Valle: cierto sentido del humor inglés (“Vamos a ser malos, Bernardo…”, como entradilla a algún chascarrillo), cierto refinamiento, ausencia absoluta de guasa o una de sus derivadas, que es la ojana; y un trato exquisito con los grupos de la oposición. Monteseirín receló de algunos de los movimientos de Bueno en la Delegación Provincial de Cultura, cuando ponía algunas piedrecillas en el camino de las Setas, del tranvía o la recalificación de la sede provincial del PSOE. Bueno era visto desde la Plaza Nueva como el fuego amigo, como el mascarón de proa del susanismo emergente, dispuesto a soltar marrones para recrearse después en el yoyaísmo que aseguran que es marca de la casa de Bueno: “Yo ya te lo advertí, yo ya te lo dije, yo ya te lo avisé”.

La vida es pasión por el teatro. Es una clase de alumnos del Instituto Macarena que aplauden al profesor Bueno la mañana siguiente a su elección como parlamentario andaluz. Un profesor, por cierto, que no concebía cómo a un discípulo se le puede indigestar una ecuación. La vida es tomar la palabra en el almuerzo de despedida como concejal y pedir públicamente disculpas a un asesor, del que había dudado injustamente al inicio del mandato por atender a comentarios intoxicadores. La vida es viajar en el Damas para dar clases en el edificio del Seminario de Pilas, es ser miembro destacado de la apócrifa congregación de peatones del centro de Sevilla, es hacer las veces de embajador de su tierra y obsequiar a los amigos con cajitas de fresa. La vida es dar por terminada la trayectoria pública y apuntarse a una academia de inglés sin imaginar que el premio gordo del Alcázar aún estaba en el bombo. Es una declaración de bienes de los cargos públicos en la que este lepero, fiel a la playa de la Antilla, es de los que más capacidad de ahorro demuestran. La vida es una sonrisa, sincera y afable para muchos, suavona para otros, que cada cual cuenta su Feria.

Aficionado a los dulces tanto como a los conciertos del Maestranza, sobre todo si la entrada a la función es de válvula. En el PSOE sevillano es respetado. Y podría decirse que muy querido, cosa rara en la política, más aún en la actual de cuchillo en boca y ventilador listo para el lanzamiento de heces sobre el prójimo. Dicen que llegó a la política por pura ideología, no por hacer carrera, ni por razones terapéuticas. Jamás se metió con las cofradías para pasar por moderno. Ni tuvo que excluir ningún sector para que la ciudad avanzara por nuevas sendas. Muchos sevillanos oyeron en directo el Hay cuatro rosas para ti de Gabinete Caligari en el Prado de San Sebastián. O cumplieron el sueño de estar con Miguel Ríos. El lepero feriante tal vez soñaba con perderse en paseos hacia El Terrón cuando se encontró sentado en un despacho del Alcázar, el sobrero noble que permite una faena con adornos a un socialista moderado del que nadie podrá decir que no le coge el teléfono sin necesidad de secretarias, gabinetes, ni otros filtros.

El movimiento se demuestra pintando

Carlos Navarro Antolín | 18 de octubre de 2015 a las 5:00

FRANCISCO BORRÁS
EN Sevilla sale rentable hacerse el despistado. O el sueco. O incluso el loco. El muestrario es generoso. Usted tiene un amplio abanico (locomía) para escoger la casilla en la que se sienta tan cómodo como en un sillón con tapicería gastada del Aero. Existe hasta la casilla del enterao, cuya gloria es efímera, pues Sevilla acaba rechazando y maltratando al enterao con esa cruel estrategia por la que primero le da ventaja, para que el enterao se crezca, y después lo deja despeñarse por el tajo de la indiferencia, el silencio y esa mirada que se deja caer por encima del hombro. La modalidad más rentable, decíamos, es la del despistado. Pero un despistado con retrovisores, oiga. En Sevilla hay una hermandad de despistados, con título de real por lo de lo realísima que es, por lo evidente, por lo notorio. Su hermano mayor es José Joaquín Gallardo, eterno decano del Colegio de Abogados. Usted mira los principales actos sociales de los últimos veinte años y puede hacer un ejercicio práctico:contar los que viven, los que han muerto, lo que están en la cárcel, los procesados, los imputados, los que se cayeron del cartel por caerse del machito, los que se cambiaron de camisa (y no nos referimos a que pasaran de O´kean a Galán), los que vinieron a menos… Fíjense como José Joaquín Gallardo se mantiene impasible el ademán. Es un despistado con retrovisores tamaño XXL, de los que llevan las autocaravanas camino de Mazagón, un despistado que sabe interpretar a la perfección la dirección del viento en cada momento.

En el mundo de los artistas también hay despistados, incluso eméritos. Francisco Borrás (Sevilla, 1938) es catedrático de Dibujo al Movimiento, pero también podría decirse que lo es del movimiento a secas. Porque se ha movido bien toda su vida al trabajar para Camilo José Cela y Plácido Domingo, pero también para muchas hermandades e innumerables particulares. Borrás parece que no se está enterando, pero tiene esa capacidad de estar oyendo la Cope por un oído y la Ser por el otro.

Este sevillano fino controla a la perfección el esqueleto de la pintura, que es el dibujo. Formado en diversas sedes de la Escuela de Artes y Oficios (Ronda de Capuchinos, Amor de Dios, Zaragoza) y en la Superior de Bellas Artes, recibió el magisterio de Juan Miguel Sánchez, Grosso, Labrador, Carmen Jiménez… Borrás es un constante buscador de la belleza mediante la plasmación del movimiento. El movimiento en pintura no es retratar a un atleta en plena competición, no es pintar la sensación de velocidad, no es reproducir la sensación de desplazamiento mediante una estela difusa como un correcaminos de los dibujos animados.El movimiento en pintura consiste en saber dibujar muy bien y plasmar tres conceptos:el pasado, el presente y el futuro. Y el futuro supone por lógica un ejercicio de ficción, de abstracción si cabe, donde se combinan las matizaciones, las veladuras y otras pinceladas con las que se imprime dinamismo. El pintor bebe de los oasis de belleza que halla en su peregrinaje perpetuo por el desierto de la vocación.La belleza se encuentra en la mujer, aunque sea de una edad avanzada; en el carácter de una persona y, en general, en la exquisitez de las cosas.

Por ese concepto de belleza se fijó en su obra nada menos que Plácido Domingo, que andaba por Sevilla en los años ochenta preparando la ópera Carmen, cuando entró una mañana a visitar una exposición instalada en la calle Sierpes, en la que compró tres cuadros. El tenor quiso que lo retratara como El Cid. Borrás fue a su casoplón de La Moraleja, en Madrid, para hacer los bocetos durante una jornada de mesa, mantel y piscina. El lienzo fue expuesto en Viena y Madrid antes de llegar a Nueva York, donde preside un restaurante propiedad del tenor. Ocurre que el lienzo ha vuelto a España de forma excepcional por si hay posibilidad de realizar algunos cambios. La clientela árabe del establecimiento censura que los moriscos del lienzo aparezcan tirados, derrotados y en actitudes que consideran poco dignas. Al gran tenor le pasa en su restaurante lo que le ha ocurrido a varios alcaldes cuando reciben personalidades del mundo árabe en la sala capitular alta del Ayuntamiento, donde deben sortear el cuadro La derrota de los sarracenos (1653), de Valdés Leal, porque aparecen unos cuantos moros con la verticalidad perdida por el fragor de la batalla.

El movimiento se demuestra pintando. Hace unos días fue noticia el caballo que fue llevado hasta el patio de la Facultad de Bellas Artes para servir de modelo al alumnado. Borrás, muchos años antes, ya llevaba gallinas y conejos a las clases. Un día llevó hasta un burro, previo acuerdo con el amo, al que sorprendió y abordó por la calle.

–¿Usted podría llevar su burro a la Universidad?

Y en no pocas ocasiones impartía clases en el mercado provisional de la Encarnación, donde además aprovechaba para hacer las compras que le había encargado Maruja, su inolvidable esposa.

Para ganar la plaza de catedrático, Borrás tuvo cuatro días para realizar tres figuras en movimiento. Sus rivales comenzaron a pintar desde el primer momento. Él empleó tres días en observar, en mirar en silencio las figuras. Será por eso que dicen que el torero debe imaginar cómo debe ser la faena del toro, dibujarla en la mente mientras observa el burel recién salido del chiquero, evaluar cómo son las primeras embestidas, para después tener claro si debe apostar más por el derechazo o el natural. En la observación pausada está la fuente de inspiración de todo artista. En la cuarta jornada, Borrás hizo los tres ejercicios de corrido.

Los amigos de verdad son tan escasos como los colores que definen la trayectoria del pintor. Unos colores ordenados como el tramo de una cofradía de ruán: el blanco, el ocre, el carmín, el azul y el negro. Nunca el amarillo. Y a veces ni siquiera el azul, que prefiere conseguirlo mediante la combinación del negro, el blanco y el ocre. Los colores son sensaciones, el color habla como hablan las manos de un nazareno. Por el color se sabe el estado de ánimo de un pintor, la sensación que quiere transmitir, como por las manos del nazareno se sabe su estado civil, su edad y hasta sus emociones. El azul aleja y los tonos cálidos pesan en los primeros planos.

Borrás muy probablemente sea uno de los mejores pintores del movimiento. Y que mejor se mueve. Nadie como él, junto con Roldán y Valdés, se han sabido relacionar con tanta fluidez en Sevilla en los años en que los presupuestos de la patronal, las cámaras profesionales y las fundaciones ligadas a potentes empresas, tenían partidas para la compra de abonos de la plaza de toros, alquilar enganches y adquirir obras de arte.

La vida es pintar a Manolo Sanlúcar acariciando curvas de guitarra. La vida es una tarde por Bajo Guía buscando formas zoomórficas en las piedras que la mar arrastra hasta la orilla como un enganche de mulas. La vida es pintar a la Macarena de perfil, nunca de frente; es inspirarse en Rembrandt o Sorolla, es vivir la Feria como pocos. La vida es pintar a partir de las once de la mañana, pues la inspiración, como la voz del cantaor, tarda en quitarse las legañas del alma. La vida es un estudio con vista privilegiada a San Luis de los Franceses y melodías clásicas que son la banda sonora del realismo mágico. Los estudios de los pintores tienen que mirar a su Meca particular, que es el Norte.

Sevilla tiene la luz idónea para pintar, pero no catapulta a los artistas más allá de darles calor en alguna exposición antológica. Sevilla, para crear; Madrid y Bilbao, para ganar proyección. El Cid tenía la tizona. Borrás, los retrovisores. El despistado inteligente es aquel que sobrevive en la bulla. De tanto captar instantes en movimiento, Borrás se ha hecho estático y permanente en los cromos que Sevilla pega en álbum diario de la ciudad.

Maestro del instante

Carlos Navarro Antolín | 11 de octubre de 2015 a las 5:00

Jesús Martín Cartaya
DICE el sabio que apoya su sabiduría en la barra de la taberna que hay amigos de dar y amigos de recibir. Bajo los efectos del moyate y con la gesticulación alocada y un punto brusca que generan los taninos, distingue entre la gente que siempre está pidiendo favores de aquellos que te dejan la ofrenda de su amistad cada día sin hacer ruido, sin llamar al timbre, sin anunciarse en las vísperas para no forzar compromiso alguno. En Sevilla hay dos formas de ganarse el respeto: generando cierto temor, o sabiendo estar en segunda fila donde hay que estar en cada momento preciso y hacerlo en silencio durante décadas.

Jesús Martín Cartaya (Sevilla, 1938) es el último mohicano de la Leica, la cámara fotográfica alemana que requiere algo más que destreza para su manejo. Es el testigo prudente, discreto y que pasa desapercibido en un sinfín de actos y hechos noticiosos. Es en sí mismo el notario gráfico de la ciudad, sobre todo de la Sevilla de los 60, 70 y 80 del pasado siglo. Corporaciones municipales desde los tiempos del frac a los trajes desestructurados, de las cofradías pobres a los años de dispendio de coronaciones, de las corridas de toros donde era preceptivo el permiso facultativo para lidiar con el estoque simulado, a la plaza remodelada con la nueva puerta del despeje; de la vida cotidiana de una urbe con personajes como el Mudo de Triana, a estampas insólitas como el atrio de una puerta de la Catedral convertida en aparcamiento; del humo del avión estrellado de la Operación Clavel a un Viernes Santo trianero con la Torre Pelli de testigo, de la Feria de los puestos de lechuga a la de la crisis con la gente llegando ya comida de casa, de las peregrinaciones rocieras con personajes de la realeza a las de los famosos de Triana, de cabalgatas en sepia con Antonio Ordoñez de Rey Mago a la que hoy sale de la antigua Fábrica de Tabacos… Martín Cartaya sigue revelando en papel los negativos en el Fotosupra de la calle Sierpes. Y de la tienda van directamente a los sobres que reparte entre sus amistades, dejándolos en silencio en los mostradores de las empresas, en los buzones de las casas, o en los bares que frecuentan quienes han sido retratados sin saberlo. Un sevillano que recibió por primera vez un sobre de Martín Cartaya con una foto firmada por el reverso, no sabía cómo reaccionar y telefoneó a Antonio Silva de Pablos, que comparte devociones cofradieras con Jesús.

–¿A este señor cuánto se le paga? Porque habrá que pagarle semejante detallazo…
–Nada. Él lo hace así por vocación. Su gran afición es la fotografía y hacer retratos sin que la gente se de cuenta.

Sobres blancos o sobre marrones comprados en la papelería de la calle Harinas. Martín Cartaya lleva décadas sembrando los periódicos, las hermandades y las casas de sus allegados de unos sobres que utiliza como el pabilo del celador que siempre está listo para mantener encendido el tramo de sus amistades. Tal vez no lo sepa, pero Martín Cartaya tiene el toisón de oro que está ciudad concede a muy pocos de sus vecinos. Ese toisón lleva como complemento una pensión vitalicia con derecho a que nadie, nunca, hable mal de este sevillano que nació en la espartería de su padre de la calle Reyes Católicos.

Ha disparado fotos en momentos muy delicados en la vida de la ciudad. Cuando el torero Joaquín Camino volvió en un avión con los pies por delante tras dejarse la vida en la Monumental de Barcelona, Martín Cartaya estaba en San Pablo esperando la llegada del féretro. Como sabe estar y nunca incordia, acabó llegando a Camas en el mismo coche fúnebre, sentado junto al chófer. Nunca ha conducido, pero siempre ha llegado a todos los sitios. Su gran clave es la de estar en los sitios donde otros no han estado para captar el instante. Y aplica la máxima del duro y el cambio: quien tiene la foto puede publicarla.

Mucho antes de que los políticos de plantilla inventaran el pretencioso concepto de la Gran Sevilla para potenciar las relaciones entre la urbe y los municipios del área metropolitana, Martín Cartaya llevaba ya años yendo y viniendo de Castilleja de la Cuesta hasta el centro de la ciudad a todas las horas del día. Él en sí mismo era ya un modelo de sevillano que pernoctaba en el Aljarafe y trabajaba y desarrollaba su pasión (la fotografía) en la capital, antes incluso de la constitución del Consorcio Metropolitano de Transportes. Que ya podía el consorcio declararlo usuario de honor.

Martín Cartaya es un fotógrafo de ruán, tal vez porque su primer contacto con la Semana Santa vino por los cinturones de esparto que se elaboraban en el taller de su padre. Tiene el don de saber estar, del buen árbitro de fútbol que pasa desapercibido. Pocos, por no decir nadie, pueden presumir de haber estado dentro de San Antonio Abad durante la salida del Silencio, un momento vedado incluso a monarcas para los que se había solicitado ese privilegio. Martín Cartaya estuvo allí con su Leica una Madrugada, siendo hermano mayor Juan Delgado Alba, que cuando lo sorprendió lo mandó a taparse en el coro. ¿Cómo entró aquella noche en la iglesia? Por la puerta. Le preguntaron la contraseña y Martín Cartaya, con su gabardina, traje y corbata, la acertó.

–¡Capilla!
–Adelante, buenas noches.

Dicen que ha destruido su archivo secreto, del que jamás ha salido una fotografía, pese a que Interviú le ofreció veinte mil duros a finales de los setenta por las imágenes nunca vistas de la Semana Santa de Sevilla. Nunca haría daño a la Semana Santa, a la que ama con la incondicionalidad de un niño, como si fuera Inmaculada, la mujer que nunca ha sentido celos de esa señora alemana que es Leica. En esa colección secreta había fotos comprometidas, nazarenos y personajes muy conocidos en actitudes bochornosas o que hoy no serían entendidas. Tenía las fotos de una Semana Santa de alcantarilla e indisciplina, una Semana Santa pasada por el vidrio gordo y la chacota. Hizo las fotos para su uso personal. Y no hace muchos días que las pasó por la tijera.

La vida es una riada de los años cincuenta en que el joven Jesús se fue a hacer fotografías arriesgadas del Guadalquivir marineando por la zapata trianera. Su madre, Doña Reyes, se enteró de la osadía de su hijo por un vecino y le dio un merecido sopapo. La vida son las tertulias de su padre con Serrano y Arenas, donde el niño ponía el oído y nació la vocación por la fotografía, la obsesión por la captación del instante. La vida son cuatro madrugadas como último cirial del Gran Poder para cumplir una promesa en los años en que estaba mal visto salir de acólito, unas noches en que Jesús se camuflaba como podía en el alzacuellos cuando era reconocido por el público. La vida es una charla con Álvaro Pastor, catalogando fotografías en la Alfalfa y recreando una ciudad que ya sólo existe en la bolsa de plástico Kodak que contiene esos sobres que son las ofrendas que este señor bondadoso tiene para con sus amistades.

Las juntas de gobierno de las hermandades no toman posesión cuando son sancionadas por la autoridad eclesiástica, sino cuando son retratadas por Martín Cartaya, que sin saberlo ha compuesto los mejores anuncios de Cortefiel y Dustin que jamás hayan soñado las marcas comerciales. ¿Quién tiene fotos de las juntas de gobierno de los años setenta? ¿Quién de la basílica del Rocío en construcción? ¿Quién de un cardenal de la Iglesia por las calles de la Feria? ¿Quién de las primeras turistas en biquini en los tendidos de la plaza de toros? ¿Quién de Antonio Burgos en el palquillo? ¿Quién de don Antonio Colón en sus diálogos con Jesús Nazareno con la Concepción como testigo? ¿Quién de Enrique El Cojo y la duquesa de Alba en Las Dueñas? ¿Quién de los toros abiertos en canal en el desolladero de la plaza? ¿Quién del doctor Vila salvando vidas con el bisturí en la enfermería de la plaza? ¿Quién de los Reyes de España en el coro de la Catedral? ¿Quién del Peregil cantando una saeta en privado a la Familia Real en las dependencias nobles de la Macarena? ¿Quién del entierro de Bandarán, Bueno Monreal o Paquirri? ¿Quién de las corporaciones municipales bajo maza yendo a desayunar al Alcázar tras una procesión del Corpus o de la Virgen? ¿Quién de Su Divina Majestad entrando en el Corral del Conde? ¿Quién de los antiguos costaleros del muelle, rendidos por el esfuerzo de sacar a la Esperanza de Triana, tirados junto al río minutos antes de sacar a La O? ¿Quién del coche fúnebre con los restos mortales de la viuda del maestro Tejera y el paso de palio de la Macarena yéndose por Feria? Nadie como él ha retratado a esos capataces y costaleros del ayer, en unas fotos que huelen a mezcla de sudor fuerte y vino de garrafa. Nadie ha sacado la personalidad del Mudo de Triana, ramillete de llaves de Santa Ana colgadas del cinturón y los surcos del paso del tiempo en el rostro.

El gran mérito de Martín Cartaya no es el uso del obturador, ni la elección del zoom, ni siquiera ser un aliado del blanco y negro, sino ser un maestro en la primera regla suprema de todo fotógrafo apasionado de la actualidad: ser el único que está en los sitios y capta instantes valiosos. Cuando la era digital ni se intuía, Martín Cartaya disparaba con generosidad la Leica sin importarle el coste de los carretes ni de los revelados. Castilleja de la Cuesta le dedicó una plaza. Sevilla, tal vez sin ser consciente, el toisón de oro de hablar siempre bien de su persona. Y eso más que mérito de Sevilla, es mérito de este sevillano, maestro del instante preciado, señor con bastón y cámara, el último mohicano de la Leica al que un día regalaron una cámara digital.

El albacea de Abengoa

Carlos Navarro Antolín | 4 de octubre de 2015 a las 5:00

José Domínguez Abascal
EN Sevilla se mantiene que el uso del “don” para dirigirse al interlocutor es propio de quien va a pedir ese favor que se obtiene del cajero automático, o a base de saber usar el sable con destreza. La versión actualizada del don como herramienta que allana el camino para suplicar un favor es el apodo cariñoso que sustituye al nombre de pila (del pato). Por esta regla no escrita, todo el que quiere hacerle la rosca a Joaquín Sainz de la Maza, futuro presidente del Consejo de Cofradías, le dice ahora Quino. La de gente que tenía tantísima confianza con Sainz de la Maza. Cuantísima gente habla de este macareno como si lo conociera del pupitre de la escuela.

–¿Cómo va lo del Quino Sainz de la Maza para el Consejo? ¿De verdad que va a ser el único candidato?

Lo mismo ocurre con otro Joaquín, Moeckel, que tiene dos apodos, el de Quino o el de Quinete, según la ojana que gaste el que quiera pedirle los abonos de sombra, la defensa jurídica en un pleito gordo (Santa Bárbara bendita del Arenal) o cómo salir de un entuerto jurídico cofradiero. Pese a que algunos lo conocemos desde hace décadas, tenemos la mala costumbre de llamarle Joaquín, pero gente que lo ha tratado quince minutos habla de este abogado como si desayunaran juntos picatostes en el Aero todos los días. Ocurre con abogados de postín como sucede con jueces pregoneros como Francisco Berjano, quien también es rebautizado en las tertulias como Kiko. Revístase Su Señoría de toga con puñetas para que alguien te ponga apodo de marca de tratamientos estéticos, o de hijo desocupado de tonadillera soberbia entre rejas.

–A mí me encantó el pregón del Kiko. Qué cosa más bonita. Hay que ver cómo disfrutó don Juan José, qué cara de felicidad.

¿Y qué me dicen del concejal Gregorio Serrano? Ahora que no ejerce tantísimas delegaciones como le endilgó Zoido –para después ponerlo en la lista electoral en un puesto más atrasado que las partes nobles de un galgo– ya no se oye tanto que si Gori para arriba, que si Gori para abajo, que si Gori viene a la cruz de mayo, que si Gori va a la entrega de premios que me lo ha garantizado Rafa Rivas. La de hermanos mayores que tenían tantísima confianza con Serrano y que de pronto la tienen con el socialista Cabrera, en una transformación que constituye todo un verdadero acelerador de partículas en versión local, que eso sí que es un acelerador y no lo que quisieron poner en la Cartuja de cara al 92. Y de culo al 93, que se decía aquellos años.

Con los llamados como el patriarca bendito ocurre tres cuartos de lo mismo. En Sevilla están Los Pepes, que no es restaurante de Matalascañas ni suena a hotel marbellí, como están los Pepines, Álvarez (del Amor) o Tristán (de la Banda de Tejera). Tenemos también un Pepote, presidente motero que fue de la Junta, y un Pepón, que ahora es presidente de Abengoa, al que las malas lenguas –envidiosas y maliciosas como son siempre las lenguas en Sevilla– llaman el cuchara de Palmatraz, porque ni pincha ni corta al ser su presidencia en Palmas Altas un cargo no ejecutivo.

José Domínguez Abascal (Sevilla, 1953) es Pepón para los amigos, compañeros de escuela universitaria, correligionarios de academia y desahogados que no lo conocen de nada pero que se dan importancia estos días. Y las señoras le meten el dedo en el ojo a los maridos.

–A Pepón lo han ascendido en Abengoa. Este hombre es imparable. Y tú no pasas de asociado en la escuela…

Domínguez Abascal es ese señor que parece pintado por Ibáñez, a lo Doctor Bacterio, cuando cruza la Plaza de la Alfalfa con una bolsa de supermercado en cada mano. La juventud son recuerdos de la Hermandad del Valle, de una casa de la calle Águilas donde una veintena de jóvenes (donde se integraba uno llamado José Moya Sanabria) invertían muchas noches en el estudio, de una mesa de ping-pong y de un beticismo que, al imprimir carácter, hoy conserva. Muy jovencito hizo las Canarias para llegar a Sevilla en pocos años como todo un catedrático. Dicen que es un buen tipo, niño predilecto del catedrático Javier Aracil. También cuentan que es como José Luis Manzanares pero por cuenta ajena. Nos explicamos: Manzanares fundó su propia empresa (Ayesa, por cuenta propia) y Domínguez Abascal se buscó una ya fundada (Abengoa, por cuenta ajena).

Casi nadie recuerda que este catedrático de Estructura asesoró la restauración del Giraldillo, de cuyo estado el primero en dar la voz de alarma fue el maestro mayor de la Catedral, Alfonso Jiménez. Una mañana de 1995, el presidente Chaves subió al Patio de las Azucenas para comprobar el estado de la Giganta, que estaba allí depositada para un primer estudio a fondo. Chaves iba acompañado por los canónigos Manuel Benigno García Vázquez y Francisco Navarro Ruiz, componentes junto a Juan Garrido Mesa del tridente rojo de la curia, dicho así por la evidente proximidad al PSOE que exhibían los tres clérigos. Quince días después de aquella visita, apareció en la Catedral el director del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH), Román Fernández Vaca. La Junta decidió hacerse con la restauración del Giraldillo, capitalizarla si cabe, siendo consejera de Cultura la muy frívola Carmen Calvo, la que, entre otras lindezas, se refería al Archivo de Indias como simplemente “Indias”. Y la Junta lo logró. Se constituyeron las comisiones de trabajo, aparecieron sesudos italianos y expertos varios en restauración y otras disciplinas conexas, entre los que se incluyó a Pepón, que los canónigos recuerdan hoy como un tipo educado, con encanto y cierta gracia. Con el paso de los años, la Calvo llegó a ministra de Cultura de ZP como se llega a los sitios según la escuela belmontina: degenerando. Y el Ministerio de Cultura, qué casualidad, concedió el Premio Nacional de Restauración a los trabajos efectuados en el Giraldillo, una especie de Premio Juan Palomo retroactivo. Por este motivo, a Domínguez Abascal le correspondieron unas cuantas hojas de la corona de laureles.

Manzanares metió a Domínguez Abascal en la Real Academia Sevillana de Ciencias, donde ingresó con un discurso en el que aparecía citado el arquitecto Marco Vitruvio Polión, una ceremonia celebrada en ese feísimo salón de actos de la Escuela de Ingenieros donde hay sillones de sky más propios de la sala de espera de un dentista de Los Remedios en los años ochenta.

Domínguez Abascal, pese a tener un currículum brillante en investigaciones y publicaciones, picó en el cebo de la política. Durante cuatro años fue secretario general de Universidades en la Junta de Andalucía, de donde al final salió regular, pues no está hecha la política, un mundo volátil, donde reina la improvisación y donde se viaja constantemente subido en una noria, para quienes conciben la vida como trabajo, método y disciplina. Lo mejor de este señor es que nunca se ha desvinculado de la Universidad, ni por estar en la Junta, ni por ser alto cargo de Abengoa. Nunca ha dejado la maravillosa tarea de dirigir tesis doctorales, ese contacto enriquecedor con los alumnos que apuestan por la investigación. Y eso dice mucho y bueno de su condición de catedrático, cuando otros, con sus posibilidades y sus relaciones sociales, hace tiempo que hubieran mirado con desdén la pizarra y se habrían sacudido el polvo de la tiza.

Pasó por el despacho de Alaya, donde se abonó a la ley del silencio, por estar sentado en el consejo rector de la Agencia Idea. Que ahora lo hayan nombrado presidente no ejecutivo de la multinacional Abengoa lo constituye en una suerte de albacea de los Benjumea, el buen administrador de la cuota sevillana que queda tras el desembarco de los bancos en el capital de la empresa. Pocos como Domínguez Abascal conocen en Abengoa eso que los americanos llaman el know how. Abascal es la garantía de que no habrá disparates, el hombre que inspira confianza a los que siempre han estado y a los que acaban de llegar. Y, por supuesto, la garantía de que la Universidad Loyola, que tanto debe a Abengoa, mantendrá cierto equilibrio a corto plazo, pues Pepón no deja de ser un rector en la sombra, el alto y severo ciprés que los Benjumea plantaron en el campus ignaciano donde muchos investigadores encuentran más opciones de progresar que en las endogámicas universidades públicas. Justo es reconocer que gracias a su perseverancia hay ya dos disciplinas de ingenierías en la Loyola. Y más que habrá.

Mano derecha de Felipe Benjumea, en Abengoa no se tomaba una decisión técnica sin su conocimiento. Ahora que es presidente, se hartará (aún más) de recibir las peticiones de trabajo de los hijos de todos esos amigos que a uno le salen de pronto en Sevilla cuando las circunstancias lo colocan en el machito y el acelerador de partículas convierte a Pepón en Don José.

Nunca es tarde

Carlos Navarro Antolín | 27 de septiembre de 2015 a las 5:00

Antonio Fernandez Pérez
EN agosto del 97 pedimos una entrevista con Luis Fuentes Bejarano, aquel matador de toros al que concedieron una oreja en Madrid tan sólo por la perfección en la ejecución de la suerte suprema, su gran especialidad. Como estaba a punto de cumplir los 95 años, dimos todas las facilidades a sus hijas para que nos recibiera en casa cómo y cuándo fuera posible.

–No, no. Mi padre va todos los días a pie a su tertulia, al bar de la calle Tetuán.
–¿Con casi 95 años?
–Sí, va y vuelve dando un paseo. Búsquelo allí.
Se notaba que era torero en los andares, en el sombrero de ala ancha, en una estética orillada. Y en la forma de recibir a media mañana.
–Joven, ¿le pido café y aguardiente? ¿Quiere un puro?
–No, no. Agua, sólo agua.
–Pues así no va a llegar nunca a mi edad. Se lo digo en serio. Y tengo catorce cornadas: doce en las piernas, una en el cuello y otra en los testículos.

Un día del año 2000 tuvimos el honor de entrevistar en su casa al arquitecto don Antonio Delgado-Roig, del que nadie podrá decir que no era un señor. Tenía entonces 97 años. Cuando terminó la entrevista, insistió en tomar un refrigerio: “Pero vamos al bar de abajo. Espere que coja el abrigo”. Y en el bar de abajo le preguntamos por sus aficiones de niño nacido en 1902.

–¿Jugaba usted al fútbol?
–No, no existía. Llegó después.

Las entrevistas con nonagenarios pueden calificarse como un género particular, tiene un valor enorme conversar con señores que afirman con toda naturalidad que vieron corridas de toros sin petos, con caballos empitonados, cosidos y vueltos al ruedo del coso del Baratillo; una ciudad de bares donde no entraban mujeres, o cómo se encendían las farolas de gas de la Plaza Nueva.

Antonio Fernández Pérez (Sevilla, 1925) trajo a Sevilla la idea de la zona azul tras viajar a Alemania, nación cuyo gobierno lo invitó en 1967 para que aportara su experiencia como experto en seguridad vial. Ha sido muchas cosas en la vida: trabajador a los trece años, conductor del parque móvil del Estado (“El Demóstenes del Tráfico”, decían las crónicas de la época), técnico sanitario, jefe de personal de subalternos en el que hoy se llama Hospital Virgen Macarena, infatigable líder vecinal en el Arenal, diplomado en artes y oficios, estudiante de Derecho con más de 70 años… Y hoy es un doctorando nonagenario al pie de la trinchera de su larga vida. Nunca ha creído que es tarde para comenzar nada. Ingresó en la Universidad a la edad en que muchos no se pueden atar los cordones de los zapatos. Mucha gente lo para por la calle Antonia Díaz para preguntarle por el elixir de la juventud, por el secreto de soplar las 90 velas con la cabeza bien amueblada y las piernas sincronizadas con el cerebro. Y siempre desvela la fórmula.

–¿Cómo se llega a los 90 años?
–Con una buena compañera.

Vivir mucho permite conocer a los nietos y a los bisnietos, bienaventuranza reservada a una selecta minoría. Pero también obliga a bajar a los sótanos donde se amontonan las decepciones, se apilan los desengaños y se envuelve todo con la manta desvencijada de alguna tragedia. Antonio Fernández se crió sin padre. Sus hermanos mayores fueron llamados a filas junto a Mambrú en 1936. Él era el pequeño de la familia, el único que se quedó en una casa carente de ingresos económicos con la marcha de los mayores. Por eso dejó las aulas y se fue a reparar los coches militares que resultaban averiados en la guerra. Los talleres estaban donde hoy se levantan las facultades de la Avenida de Reina Mercedes. Cobraba tres pesetas al día por limpiar con una brocha las piezas de los vehículos. Los niños de hoy se espabilan estudiando en el extranjero. El niño Antonio Fernández se espabiló para toda su vida cuando los compañeros del taller le gastaron la novatada de ir a pedir la “piedra de afilar destornilladores” y se vio portando un adoquín. Aquellas risotadas forjaron al ciudadano de hoy.

Como conductor profesional del Estado trató con mucha proximidad con varios rectores del franquismo, que por el hecho de serlo eran también procuradores (o sea, diputados) de las Cortes. En esos años nació su vocación por el Derecho Administrativo, cuando los jóvenes alumnos hacían rabona y él aprovechaba para asistir a las clases de los grandes catedráticos.

José Mariano Mota era el santo varón que recibía en el Rectorado de la calle Laraña a los pobres de la Puerta Real, el rector al que daba apuro hacer trabajar a su chófer por las tardes, por lo que si había que acudir a algún acto vespertino, permitía a Antonio Fernández llevar a su novia en el vehículo oficial: “Pueden ustedes irse a pelar la pava mientras dura el acto”. Mota murió en los brazos de Antonio Fernández tras un desagradable incidente entre estudiantes en el patio de la Universidad, hechos a los que no aludió la prensa local de entonces, como si el rector hubiera fallecido por causas naturales. Aquel rector nunca decía que no. Antonio Fernández osó advertirle un día:

–Don Mariano, un día le van a pedir la luna.
–Pues buscaré una escalera.

Fue también conductor de los rectores Carlos García Oviedo, que por aquel entonces tenía un colaborador llamado Manuel Clavero Arévalo; Juan Manzano, que vivía en el Colegio Hernando Colón con una ingente cantidad de hijos; José Hernández Díaz, que también fue alcalde, y José Antonio Calderón Quijano. Hernández Díaz empleaba una semana en ir y volver de Madrid al aprovechar para visitar ciudades a la ida y a la vuelta. Antonio Fernández compartía mesa y mantel con el rector y su esposa en los viajes. Calderón Quijano era un rector bonachón, sencillo y muy religioso, al que recogía en coche cada mañana después de que asistiera a misa con su madre. Calderón fue el padrino de uno de los hijos de Antonio Fernández, bautizado por el canónigo José Sebastián y Bandarán. Aquel rector corpulento era ferviente devoto de Pasión: “Antonio, el Señor de Pasión es el mejor de los nacidos, nunca lo olvides”.

Como abogado salió en los telediarios al lograr una sentencia del TSJA de 2001 que condenaba al Ayuntamiento por su pasividad en la lucha contra la movida. Su trayectoria vecinal y jurídica está marcada por su “tenaz lucha contra la Administración pública”, según reza uno de los muchos diplomas que ha recibido este polifacético ciudadano.

Como hermano viejo de Los Estudiantes, se refiere a la cofradía de la Universidad como la “Buena Muerte”. Es hermano del Baratillo (“Por Joaquín Moeckel”), la Carretería, la Caridad y la Sacramental del Sagrario.

La infancia son recuerdos de un quinqué, de las alusiones al tío del saco para asustar al niño inquieto que se resistía a meterse en la cama, y de un sábado por la tarde, 18 de julio, en que los chiquillos del Arenal acudieron a una Plaza Nueva con firme completo de albero para ver los efectos de un cañonazo en el Hotel Inglaterra. La vida es un paseo matinal al Colegio de Abogados, una oración musitada a la Caridad, donde descansa esa buena compañera; un saludo afectuoso de los camareros del Serranito. La vida es un despacho con hojas de periódico que tienen el marco sepia del paso de los años y que dan cuenta de medallas, reconocimientos y luchas vecinales. La vida es la casa del callejón de Iris, por donde acceden los toreros a la plaza y donde también vivía Antonio Ordóñez, al que amortajó de nazareno de la Esperanza de Triana después de meses de morfina. La vida es admiración por Santiago Romero de Bustillo y fidelidad al lema Ultra et recte (De frente y por derecho) y es también hoy una reflexión con la mirada al aire a lo Belmonte: “Tengo 90 años y no me he dado ni cuenta”. Y una apostilla:”¿El futuro? Algo tendremos que hacer”. Nunca es tarde porque nunca lo fue. “¿Sabes que tengo un nieto que es mago?”. Intacta ilusión. Siempre quedan conejos por sacar de la chistera de la vida.

El intelectual del zoidismo

Carlos Navarro Antolín | 20 de septiembre de 2015 a las 5:00

Javier Landa
HAY algunos adolescentes, hijos de militares, que lamentan que sus progenitores no se quiten los galones al entrar en casa, lo que no deja de ser una forma de censurar a conveniencia el mero ejercicio de la patria potestad. A los periodistas también se les imputa que nunca dejen de serlo ni de puertas para adentro, ni de puertas para afuera, ni sin puertas; que dediquen a pensar en el oficio el tiempo que están con los ojos abiertos y, algunos, hasta el tiempo que duermen con un sólo ojo cual liebres. El periodismo se asemeja mucho al sacerdocio. Hay que estar dispuestos a difundir la noticia o a impartir el sacramento cuando se necesita, sin horario predeterminado. La muerte no entiende de convenios colectivos que fijan los horarios. Un cura tuvo que salir a gran velocidad de la Feria una noche del alumbrao porque era reclamado en una casa donde había fallecido el cabeza de familia. Un yerno impertinente no se recató: “¿Quién ha encontrado un sacerdote a estas horas y con traje azul y corbata?”. La vocación no sabe de horarios, pero puede chocar contra el muro de otras realidades y provocar sonoras quejas como las del hijo rebelde del comandante.

Javier Landa Bercebal (Zaragoza, 1955), catedrático de la Universidad de Sevilla y ex decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, es uno de esos profesionales que los políticos incorporan a sus equipos para darse un barniz de intelectualidad. Es la versión actualizada del Español, siente un pobre a su mesa, que ha mutado en Candidato, meta un catedrático en su lista. Landa se trabajó en su día la condición de heredero natural de Camilo Lebón, el eterno decano de Económicas, el factótum de la facultad de la sede fría a lo carcelario. Este aragonés afincado en Espartinas ha sido siempre un habitual a los actos del PP en la localidad aljarafeña. Se ha dejado ver y se ha dejado querer. Cómo ronea, cómo ronea este Landa para que Arenas lo vea. Y vaya si lo vio.

Desde el decanato pudo contactar durante muchos años con personajes públicos, entre ellos un Arenas que lo introdujo en la plataforma de independientes por el cambio en Andalucía. Cuando Zoido confeccionaba la lista electoral de 2011 –la que olía a mayoría absoluta, terminó siendo absolutísima y acabó como el parto de los montes– Arenas frunció el ceño y dijo algo muy parecido a lo siguiente: “Juanito, la lista está muy bien, pero hay que meter a alguien de peso, porque esta lista tiene mucho niñato”. Hay quien dice que Landa, en realidad, era el pretendido contrapunto que Arenas quería introducir para compensar el populismo de Zoido.

Los políticos a veces buscan mujeres, intelectuales, famosos u otros perfiles de la sociedad civil para cubrir las lagunas que los arriolos de plantilla ven en la composición de las listas. Para compensar ese niñateo, el PP puso a Landa de número dos. El catedrático que estuvo a punto de sentarse en una grada de sol en la lista del PP por Espartinas (donde le ofrecieron un puesto del siete al diez), acabó sentado en el palco de convite de la Real Maestranza de la lista por la capital: el número dos, el fichaje estrella de la era Zoido.

A este señor catedrático no le hizo gracia que el primer jovenzuelo de turno de las Nuevas Generaciones le hablara de tú nada más llegar a la sede del partido. El osado mozalbete, repanchingado en un asiento, se justificó con desahogo:

–Es que me han dicho que tú eres ya de los nuestros… ¿No?

Landa sufrió algo tal vez más incómodo que el tuteo al dejar la Universidad y entrar en política: la difusión de una antigua condena de 120 euros por enfrentarse a unos jóvenes a los que reprochó (con toda razón)su incivismo al esparcer la basura de unos contenedores, y una bajada de sueldo. “Pues chico, menos mal que conservo y genero trienios”, se lamentaba ante viejas amistades de la Universidad sin necesidad de que nadie le preguntara. También ha sufrido la impuntualidad de Zoido, marca de la casa, al que acompañaba muchas veces como delegado de Relaciones Institucionales. En una ocasión, precisamente en un foro universitario, no sabía ya como justificar el retraso del alcalde. Subió al atril y anunció que Zoido estaba llegando: “Bueno, ¿quieren que mientras les cuente algo? ¿Les canto?”. El público no sabía dónde esconderse, por si se arrancaba a capela con el Gaudeamus igitur.

Como presidente del Pleno, no pocas veces se tomó las sesiones como si de una clase se tratara. A lo Quijote, debía ver alumnos donde habían concejales. Firme en las maneras, adusto y serio, pero nunca grosero, desahogado o faltón. Metió el pinrel bien metido el día que expulsó a un fotógrafo, tal vez, precisamente, por no dejarse los galones de decano en la calle antes de entrar en el Ayuntamiento. Con Torrijos, portavoz de Izquierda Unida, tuvo duelos dialécticos a lo Pimpinela. Alguien apuntaba siempre que Landa y Torrijos eran los concejales “más conservadores” de la corporación. Alguna vez compartieron charla de café en El Portón. Con la socialista Adela Castaño protagonizó escenas parecidas a las películas de Juanito Valderrama y Dolores Abril. En el PP irritaba que Landa, bastante neutral en el ejercicio de la presidencia, mandara callar al alcalde cuando lo consideraba oportuno. Una vez, un compañero de filas le reprochó que no dejara hablar al alcalde el tiempo que quisiera. Landa tiró de cátedra:“No te enteras, chico, no te enteras…”.

Otra landada es haber carecido de cintura con el Defensor del Ciudadano, José Barranca, a quien pretendía recortar la memoria anual en función de criterios reglamentistas; o con el Curso de Temas Sevillanos, cuyos miembros lo tienen como persona non grata por negarles el uso del Alcázar para su sesión anual. Landa no supo ver que el presidente del colectivo, Antonio Bustos, es una marca de la ciudad, carente de aristas, sin dobleces, y cuya labor por la divulgación de la cultura ha merecido altos reconocimientos. Landa jamás debió tratar con frialdad y un punto de suficiencia la petición de una entidad que hace mucho por facilitar a personas mayores el acceso a conferencias y charlas en lugar de ser condenadas a hieráticas tardes de televisión. Se obsesionó con no convertir el Alcázar en un salón multiusos, pero falló al aplicar criterios sin flexibilidad. “Lo dejan todo perdido”, decía de las empresas de cáterin, evocando a Soledad Becerril cuando hacía comentarios con un desdén similar: “Cómo suda Monteseirín, qué horror”. Landa estaba más preocupado por las vías de evacuación del Alcázar, que por facilitar los accesos. En una ocasión puso en guardia a las fuerzas del orden al ver la cola de jóvenes que aguardaban a la entrada junto a a la Galería de los Grutescos para asistir a una gala de blogueros en la que, además, actuaba el cantante Hugo.

Muchos de sus adorables compañeros del gobierno nunca le perdonarán cierto aire altivo, ni cierto desprecio por quienes han mamado la cultura de partido. Los concejales de distrito no lograban la cesión de ningún salón palaciego para actos de las asociaciones de sus dominios. Se marchaban de su despacho cabreados, jurando en arameo y con ganas de pegar el portazo. Cuando aprovechaban la visita al centro y subían al despacho de Asunción Fley, la independiente que dirigía la Hacienda local, tampoco encontraban apoyo presupuestario para el arreglo de una acera. Los ediles de los barrios dejaban la Plaza Nueva confusos, sin saber si Landa y Fley eran del PSOE o de la verdadera casta funcionarial que denuncian los de Podemos.

La verdad es que Landa gana en el terreno corto lo que pierde visto de lejos. Y no es un elogio fácil, porque hay políticos que pierden todo el crédito cuando se les conoce de cerca y se aprecian con nitidez los lamparones de la chaqueta. Entre las virtudes de Landa figura su dontancredismo, esa capacidad de darse la vuelta, ser consciente de que le caen encima los chorreones de cera caliente de los ciriales que portan los lacayos de la política, y darle exactamente igual. Landa ha soportado más de un año varios avisos serios que lo mandaban de vuelta a la Universidad en cuanto acabara el mandato, pues Zoido fue recortándole competencias. El buen hombre aguantó a lo Paco Ojeda la proximidad del pitón que lo dejaba fuera de la lista de 2015. Landa ha demostrado ser un gato de la política: tiene siete vidas. Y responde a la perfección a ese gerundio que en Sevilla es augurio de la eternidad. “A Landa se lo están cargando, se lo están despachando…”. Cuantos más gerundios, más opciones de seguir vivo. Y hoy sigue de concejal, aunque reincorporado a la Universidad y sin sobresueldo municipal. Dicen que el landismo durará lo que dure el zoidismo. O no, que diría Rajoy. En el PP hay quien valora que Landa haya logrado ser durante tantos años el decano de una Facultad considerada un “nido de rojos”. Por muchos pinreles que haya metido. Y los niños (niñatos, según Arenas) siguen quejándose de que no se despoje nunca de los galones. Pecados de juventud, o de clarividencia política. “Si es que no te enteras, chico…”

El último carismático

Carlos Navarro Antolín | 13 de septiembre de 2015 a las 5:00

Antonio Ríos Ramos
ENTRAR en Sevilla es la obsesión de muchos de los que a la ciudad llegan. Desde que San Fernando entró en Sevilla acompañado por José Joaquín Gallardo y Pepe Cañete, que ya eran decano de los abogados y representantes de los comerciantes, respectivamente, hay mucho forastero que se empeña en eso que se llama entrar en la capital andaluza. ¿Qué es entrar en Sevilla? Dicen que consiste en tener acceso a los círculos restringidos, trotar en el tío vivo de las fotos locales, donde siempre aparecen los mismos caballitos; y gozar de crédito social, del verdadero o del impostado. Entrar en Sevilla es para muchos poder estar donde se supone que hay que estar para parecer lo que uno pretende parecer. Entrar en Sevilla no es conocer la historia de la ciudad, leer a Chaves Nogales, apreciar la exquisitez densa de Cernuda y llorar cada vez que el urbanismo agresivo levanta un mamotreto modelo tanatorio en el casco histórico protegido. Eso es para las minorías. Hay profesionales que han contratado asesores para garantizarse esa entrada por la vía exprés. Así obró un arquitecto de fama pretérita. El hombre apareció de pronto en ciertos cargos de determinadas instituciones muy conocidas en la ciudad. Al poco tiempo, acabó dejando cada sillón como un ejército en retirada.

Antonio Ríos Ramos (Villarrasa, Huelva, 1930) llegó a Sevilla por el Patrocinio, en los tiempos en que la A-49 no soñaba con el tercer carril. Era sobrino del párroco de la O. Llegó por el Patrocinio y se quedó prendado del Cachorro, la cofradía en la que goza de mayor antigüedad. Nunca contrató a ningún asesor para cultivar los caminos que conducen a los círculos de confort de la ciudad. Cuando nació, traía ya hecho el máster en habilidad. La Sevilla de los años 90 no se concibe sin la figura menuda de este cofrade de trajes oscuros y un característico abrigo gris, una prenda que imprime carácter y que bien podría figurar algún día en el Museo de Artes y Costumbres Populares junto al traje cruzado Príncipe de Gales del macareno Manolo García. El chaqué de Antonio Ríos hace solo los recorridos del Corpus, la Virgen de la Reyes y la procesión de impedidos de la Archicofradía Sacramental del Sagrario.

Antonio Ríos es el último carismático de esta ciudad, una marca blanca que nadie rechaza en las estanterías de sus relaciones sociales, un símbolo que se asimila al de un santo varón tallado por Pedro Nieto. Tiene el don de la ubicuidad, la capacidad sólo reservada a algunos santos de estar en varios sitios al mismo tiempo, como demuestran algunos periódicos con fotos de tres actos del día anterior y en las tres informaciones aparece Ríos retratado: en la presentación del libro, en un funeral y en la cena de homenaje a un ex hermano mayor, pese a comenzar todos a la misma hora.

Se para con todo el mundo y todo el mundo lo para, busca el saludo y siempre tiene una pregunta adecuada con el repentino interlocutor.

–Papá, me he encontrado con Antoñito Ríos y me ha preguntado por ti, dice que hace varios viernes que no te ve junto al Señor.

Tal vez ese carisma le haya llegado por su devoción al Gran Poder. Hay sevillanos a los que el pueblo concede la facultad de hablar con las imágenes. Una sevillana de Los Estudiantes nos dijo hace años durante un viaje en autobús urbano: “En esta ciudad hay dos santos en vida, Eduardo Ybarra y Antonio Ríos”. La gente está convencida de que Antonio habla con el Gran Poder. Cuando Fernando Morillo regresaba al taller de su joyería en el 6 de la calle Pureza, después de haber estado horas vistiendo a la Virgen, siempre hablaba de su Esperanza como si fuera una persona: “Hoy estaba algo enfadada, le disgustan las broncas entre los hermanos… Hoy Ella no estaba, no estaba…”. Y se lamentaba mientras echaba la tranca de la puerta, señal de que acto seguido iba a sacar de la caja algunas joyas de oro para un posible comprador que había estado aguardando su llegada. Si Fernando hablaba con la Esperanza, Antonio Ríos es el confidente del Gran Poder desde que hace muchos años fue su prioste oficial. La gente le da papelitos con sus rogativas de salud o de trabajo para que él las coloque cerca de la peana. Cuando viste al Señor en la intimidad de la basílica tiene contados los pliegos de la túnica y las siete vueltas que debe tener el cíngulo. Nadie puede discutir su amor al Gran Poder, al que siempre ha dicho que jamás hay que pedirle cuentas, ni siquiera cuando la vida le pega la mayor andanada reservada a un ser humano: sobrevivirle a un ser al que se quiere como a un hijo. Un conocido cofrade le dijo un día en la intimidad: “Antonio, enséñame a rezarle al Gran Poder”.

El carisma no excluye el genio, ni el carácter, ni los caprichos. Ha sido hermano mayor del Gran Poder, de su hermandad de Villarrasa y presidente del Consejo de Cofradías, tres cargos que llegó a simultanear unos meses. Ha alcanzado cotas de notoriedad social muy elevadas, cuyo culmen fue la asistencia a la boda de la Infanta Elena como máximo representante de las cofradías. Cuando las cámaras de TVE, dirigidas por Pilar Miró, retransmitieron la llegada de los primeros invitados a la Catedral, aparecieron la duquesa de Alba con Jesús Aguirre y Antonio Ríos con su hermana Rosario.

No ha sido hombre de imponerse, sí lo ha sido de mandar con sutileza, dejando ver sus gustos para tratar de que los equipos que ha dirigido se amoldaran a ellos, lo que no siempre ha ocurrido. Si quería algo, iba exponiendo los detalles de su petición acompañados de golpecitos con los nudillos de la mano en la mesa. Lo peor era si desarrollaba previamente alguna teoría teológica con pretensiones de homilía, un discurso más pesado que el recorrido de vuelta del Cerro.

Su inteligencia quizás radique en que es perfectamente consciente de sus limitaciones. Hombre de lágrima fácil, con predilección por los apellidos que se escriben con tinta azul y gran usuario del transporte público. Ha trabajado de técnico agrícola en el Instituto de Reforma y Desarrollo Agrario, supervisando caminos de la provincia de la Sevilla y sacudiéndose el traje a última hora del día: “Mira cómo traigo los pantalones de polvo, mira..”. A su jefe en el Instituto lo metió en una de sus juntas de gobierno del Gran Poder. Siempre ha invitado a la basílica a colectivos y personajes de lo más variopinto. Con Manuel Ruiz de Lopera tuvo debilidad. Y Lopera la tuvo con él. Siendo Ríos hermano mayor, Lopera pagó el manto azul, el nuevo casinillo y el pasado de los faldones del paso del Señor. El manto se pagó con cheques que periódicamente mandaba don Manuel con la particularidad de que estaban datados para que no se pudieran cobrar con antelación. Un hermano despreció la estética de los azulejos del casinillo (“¡Esto es una catetada!”) a lo cual Lopera reaccionó echando abajo los azulejos con una de las herramientas que los albañiles habían dejado en la estancia. El propio Lopera, yendo de nazareno con bocina junto al paso del Señor, reñía a los costaleros que sacaban las manos sudorosas y rozaban sus faldones. ¡Con lo que le habían costado!

Ríos alcanzó la presidencia del Consejo en unos tiempos en que se preguntaba por un fax y se oía: “Esos aparatos aquí no hacen falta”. Sus últimos años de presidente se vio quizás superado por la polémica del IVA impagado de sillas y palcos (finalmente exonerado) y por la reorganización de la carrera oficial, por la que tuvo que soportar la reacción airada de algunos abonados de la Campana. Esos años, el periodismo escrito sobre cofradías comenzaba ya a oler más a tinta de periódico que a incienso. Y tal vez eso le superó, pero sin menoscabo alguno de su carisma.

Jamás olvidará la Madrugada en que, siendo prioste, recogió de la alfombra de claveles rojos del paso un dedo desprendido del Señor, quebrado por efecto de una levantá. Aquel nazareno, con el pecho encogido por la emoción, portó amorosamente en sus enjutas manos aquel dedo hasta la recogida de la cofradía. Tampoco olvidará la Madrugada de 2000, cuando su capirote quedó prendido de una puerta por los tumultos y estuvo largo rato desaparecido de su lugar en la cofradía.

Algunos con cierta guasa dicen que en la profesión de su ficha personal debería rezar: “Sus funerales”. Con el Cardenal Amigo se llevó de cine. “Antoñito, ¿cómo estás?”, le saludaba don Carlos con todo afecto. Polémica fue su acción de arrodillarse en el Altar Mayor de la Catedral para recoger de manos del prelado los textos de las nuevas Normas Diocesanas para Hermandades. Ofreció una imagen de sumisión cuando pocos sabían que meses antes se había opuesto a varias disposiciones.

La vida es una copa de Tío Pepe con un hielo y unas cuñas de queso que limpia con una servilleta antes de comérselas. Mala cosa cuando la boca estrecha del catavino no deja entrar el hielo gordo… La vida es una merienda de té con leche y una torta de aceite. Mala cosa también cuando el camarero ha servido la leche por su cuenta en lugar de traerla en una jarrita aparte. La vida es estar el 18 de cada mes ante la Virgen de los Remedios y su precioso Niño Jesús. La vida son los talonarios de lotería del Gran Poder y de la hermandad de Villarasa, que es la doble contabilidad del amor a sus hermandades que Antonio empieza a trabajar así que pasa el verano. La vida es una charla con Camilo Olivares, una tarde de 15 de agosto de fervores exaltados en Villarrasa, donde es un verdadero virrey; un viaje en autobús urbano cualquier viernes del año camino de San Lorenzo, unas oraciones bisbiseadas mientras fija la cintura del Señor con siete vueltas de cíngulo con el amor de una vida consagrada a su devoción. Antonio Ríos entró en Sevilla sin más asesor que el Gran Poder.