Un animal social

Carlos Navarro Antolín | 6 de septiembre de 2015 a las 5:00

Jose Antonio Garcia de Tejada Ricart
LOS políticos se hartan de proclamar que no hay nada más gratificante que el contacto con los ciudadanos. El típico tío que en veinte años ha sido ministro, presidente de la Diputación Provincial, concejal de la oposición y alcalde de un municipio de menos de cien mil habitantes, suele decir en las entrevistas de homenaje que lo más enriquecedor de toda su carrera pública ha sido la actividad municipal por la oportunidad que concede de estar junto a los vecinos. Tururú. Para oportunidades, las del Corte Inglés. Como otro tururú, con un tequiyá añadido, se merecen los famosos que en los suplementos dominicales dicen la pamplina de que leen poesía por la mañana. Que le digan a Juan Espadas, alcalde de Sevilla con las muletas de IU y Participa Sevilla, lo enriquecedor que resulta estar tomando una cerveza en un bar y que irrumpa el vecino de turno en la charla familiar de barra: “Perdone, alcalde, sé que no es el momento, pero necesito saber de la bolsa de empleo de Lipasam…” Y ese alcalde al que se le enfría la pavía pensando que, evidentemente, no es el momento, claro que no es el momento… Marchando cuarto y mitad de participación ciudadana a pie de barra. Con lo poco que ya le gustaban a Espadas los bares antes de ser alcalde, ya hay casas de apuestas que pagan la foto del alcalde de Sevilla en el Tremendo. Lo mismo le pasa al Kichi en Cádiz, al que paran más que un pasopalio de su casa del barrio de la Viña al Ayuntamiento. A quien le pasa a diario y está encantado es a José Antonio García de Tejada Ricart (Sevilla, 1962), presidente del Real Club Pineda de Sevilla, que se para con el jardinero del club que ha estado de baja, con el cura que le solicita por enésima vez un pase de favor para un amigo aristócrata que desea usar la piscina para paliar los dolores de espalda, con el socio antiguo que se queja de la estrechez de los vestuarios de hípica, con la marquesona que protesta por la intensidad del nuevo aire acondicionado de la caseta y con las señoras que claman para que la reforma del bar no se lleve por delante la pintura mural de Santiago del Campo que adorna el chalé. Los diez mil socios de Pineda lo llaman Nono, nadie le dice José Antonio. Nono sólo saca el capote para mantear a los francotiradores de las asambleas generales, los que empiezan con el yo quisiera saber y terminan con el propongo o insto al presidente a pedir más presupuestos para esa obra que requiere de nuevas derramas. El capote de Nono es como el de los hermanos mayores zorrones: “Se estudiará, muchas gracias”. Y pasa el turno de palabra.

Este ingeniero de chaquetas ajustadas al estilo del Círculo Lebrero de Jerez –primo hermano del Aero hispalense– es directorazo de una empresa de semillas y, sobre todo y por encima de todo, capataz de la Quinta Angustia. Criado en los verdes jardines del club, ejerció de adolescente de Pineda con chaqueta azul de botones dorados y pantalón gris, haciendo guardia a las puertas de la caseta para entrar en cuanto acabara el horario de cena de los adultos. Ser capataz de la Quinta (dicho así, a secas, que es como se dice) es el título más importante de su vida. El testimonio probatorio lo ofrece su propia madre, que no duda en subrayar de forma espontánea cuál es el mérito más importante de su hijo. El 15 de agosto iban juntos a una de las misas que se celebran al alba ante el paso de la Virgen de los Reyes cuando unas turistas les preguntaron cómo llegar a la Basílica de la Macarena. Nono se deshizo en explicaciones y hasta les sugirió que de camino visitaran antes el Gran Poder. Cuando las turistas se marchaban la mar de agradecidas, la madre de Nono terció con sano orgullo: “Mi hijo es capataz en Sevilla”. Y una de ellas, respondió:“Y yo peluquera de Castellón”. “Son profesiones parecidas”, se despidió Nono sonriente. Ni jefazo en la empresa, ni presidente de Pineda. Un hijo capataz de la Semana Santa. Pararse ahí.

Este Nono es lo que hoy se conoce como un friki del martillo. Aun cuentan los vídeos de cofradías que puso una tarde al novio árabe de una amiga, que todavía está el árabe suplicando que ni una mecida más, ni una explicación más del cimbreo del Señor del Descendimiento, que el hombre hubiera preferido una tortura menor, como los vídeos de la boda y la luna de miel, o los de la primera comunión de las niñas.

Junto con Alejandro Ollero, del que aprendió el oficio de capataz en los años del inolvidable Luis Rodríguez-Caso como hermano mayor, se dedicó a pesar los pasos de la Semana Santa con las básculas de la empresa agrícola, gracias a lo cual se sabe con precisión cuántos kilos debe soportar cada costalero.

En la ciudad de los malajes por vocación, este sevillano vive en una continua jornada de puertas abiertas. Tan abiertas que tiene que asistir casi a tantas bodas como a funerales acude un presidente del Consejo de Cofradías. Su apuesta por el aperturismo reformista no ha generado siempre críticas positivas en Pineda. A la célebre caseta del club le pegó un cambio radical cuando habilitó una zona de mesas altas y raciones al estilo genuino de Feria, pegándole un tijeretazo al plúmbeo comedor de menú cerrado a base de cosas tan feriantes (por las que hilan) como la crema de espárragos, el salmón al eneldo y la milanesa.

Otra reforma que emprendió fue la de modificar las condiciones de los socios de honor, distinción reservada para aquellos que han obtenido notables éxitos deportivos. Los que se nombran a partir de su mandato gozan de cena de homenaje, pero no de gratuidad de cuota.

En Semana Santa es habitual verle a la búsqueda de los pasos en soledad, como los viejos cofrades que tienen claro que dos son bulla y tres son una verdadera masificación. En los canapés nunca está más de cinco minutos en el mismo corrillo. De oca a oca, Nono culebrea con una habilidad magistral sin ser un hartible de las galerías gráficas. “Este hombre es un animal social”, dijo una dama al comprobar cómo alternaba con unos y con otros.

El mes de julio es para el Puerto de Santa María. Cuentan que los badenes de la urbanización de Vistahermosa se pusieron para que Nono conduzca tan despacio y con tanta parsimonia que pueda saludar desde el coche a todos los peatones conocidos: el que hace footing, el que pasea el perro de raza y el que espera en la parada de la línea 3 (que dicen que se habilitó para el desplazamiento de las tatas sudamericanas que trabajan en los casoplones). Siempre aficionado a la caza, al tenis y al pádel, hace ahora sus pinitos en el golf con más voluntad que técnica, con más corazón animoso que elasticidad. Participar en un campeonato de golf es una experiencia que ahora mismo le aterra. Tal vez ocurra como con la Infanta Elena en los torneos de Hípica, que el telediario se limitaba a destacar su participación, pero los españoles nunca sabían en qué puesto quedaba. Está feo que el presidente de Pineda quede de la mitad de la tabla para abajo. Cuando concluyó su primer mandato al frente del club, la junta directiva recaudó cien euros por barba para regalarle una bolsa de golf y unos cotizadísimos zapatos ingleses de elegante cordonería. Tan caros eran que Nono soltó una perla: “Muchas gracias, de verdad, porque yo en mi vida me hubiera comprado estos zapatos”.

Austero, que no rácano. Este vecino de Bami es gran aficionado a seguir los pasos de Pantagruel. Uno de sus santuarios preferidos de la hostelería local es el bar Uruguay, en la calle del mismo nombre, de cocina casera, con una lista de tapas donde no se admiten gollerías de nuevo cuño ni platos adornados con artísticas pinceladas de vinagre de Módena. Y también es mucho del Cardenal, pero no porque se lleve mal con Asenjo, ni mucho menos, sino del Bar Cardenal de la calle Cardenal Bueno Monreal, donde trabaja los caracoles en temporada.

Se preocupa por encontrar el establecimiento donde mejor preparan los bocadillos para los costaleros. Al más veterano de la cuadrilla, Manolín Mercado, le regaló el día de su retirada un zanco del antiguo paso, debidamente pulido, con una peana de madera hecha para la ocasión y un marco.

La infancia son recuerdos del Portaceli. La vida es un jueves en la casa de hermandad de la Quinta comiendo paté bolado con picos y rematando en la barra del Donald o en una tertulia nocturna en el antiguo Museíto. La ilusión es elaborar sándwichs para ese encuentro capillita de cada Semana de Pasión: “Horror, me he equivocado de táper. Me he traído el de los macarrones de mis niñas”.

Es un presidente pejiguera que se empeña en que un club privado se abra a la ciudad, para lo que utilizará el 75 aniversario fundacional para el fomento de obras sociales en las vecinas Tres Mil Viviendas. El animal social tiene en Sevilla su hábitat idóneo. Y en los vídeos de Semana Santa, la particular metadona de todo el año. Paren a Nono por la calle, siempre sonreirá, pero no le pidan un pase de favor para Pineda, ni le cuenten milongas de dolores en la espalda.

Caballero boticario

Carlos Navarro Antolín | 16 de agosto de 2015 a las 5:00

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HAY sevillanos que llevan siempre la mañana de Viernes Santo en la cara, pálidos, blancos y metidos en malaje; como si fueran continuamente detrás de un camión de Lipasam, con la nariz olfateando el entorno en una calle estrecha a la espera del sube y baja del contenedor de carga lateral; con el rostro como si acabaran de ver la factura del Jaylu, o montados en un taxi en plena ola de calor con el aire acondicionado puesto a la mitad de potencia, esa velocidad de refrigeración que sólo alcanza al conductor y casi ni acaricia al viajero. Al estado continuo y natural de enfado del sevillano se le conoce como malaje. El malajismo es una actitud ante la vida que no implica ni mucho menos falta de diligencia en el trabajo, más bien al contrario, pues hay grandes defensores de los camareros malajes como profesionales eficaces en la atención al cliente, con quien saben guardar la distancia y que no admiten esas gracietas que en Sevilla se conocen como guasa mala. El malajismo es disciplina que tiene doctores, como el fino observador Eusebio León, que los tiene localizados en el centro, vestidos del negro sucio que está de moda, y en los barrios, donde se conserva la higiénica camisa blanca. En contraposición al sevillano malaje hay una especie reducida, casi en extinción, que es el sevillano fino, agradable de trato, exquisito y que emplea el genio como último recurso, tanto que casi necesita la declaración del estado de excepción de su particular forma de ser para dejar de ser como realmente es.

Manuel Román Silva (Sevilla, 1951) es un sevillano fino y cálido. No pontifica, no grita, no busca la victoria dialéctica, todo lo más el empate. Es como Induráin, si puede ganar, gana; pero deja que los demás se lleven trofeos a la combatividad, la montaña y las metas volantes. Farmacéutico de profesión. Cofrade que por tradición familiar arraigada en San Esteban llegó nada menos que a presidente del Consejo de Hermandades, pero el cofraderío ignoraba (e ignora) que antes presidió la Fundación Farmacéutica Avenzoar.

–¿Eso qué es? ¿Qué día de la Semana Santa sale?

Manolo Román no llegó a presidente del Consejo degenerando, pero sí estando. El verbo estar, en su gerundio, es la gran clave para alcanzar ciertas cotas en Sevilla. ¿Cómo ha llegado Fulanito a concejal? Estando todo el día en la puerta de la sede del partido, de modo que hicieron la lista electoral y como Fulanito estaba allí… Pues lo metieron. ¿Cómo ha llegado Mengano a maniguetero? Se puso malo Don José, que es el número siete de la nómina, y como Mengano se ha pasado todos los días de cuaresma estando a disposición del hermano mayor, pues se le ha premiado. ¿Cómo ha llegado Zutano a consejero de la Junta? Estando en la pandilla de la presidenta desde joven.

Pues Manuel Román ha estado nada menos que 16 años en la institución cofradiera, donde su gran colaborador ha sido siempre el historiador Joaquín de la Peña. Primero fue delegado de Gloria, después tesorero y finalmente presidente. Dicen que ha sido un Rey Midas en versión local. De consejero de Gloria a presidente. De beduino a Rey Melchor. Y de boticario en el Polígono de San Pablo a farmacia de relumbrón en la Puerta Carmona.

Román ha sido el presidente del Consejo menos capillita en la historia de un organismo reducido (casi caricaturizado) a su facultad de organizar las sillas de la carrera oficial e intentar cuadrar los horarios de las cofradías, tareas ambas en las que hay destacados ingenieros trabajando (estando) todo el año. Muchos estamos convencidos de que Manuel Román no es capillita y eso, lejos de ser una carencia, es un valor añadido. Es uno de sus grandes valores. No siendo capillita, pero estando, se ha visto en determinados puestos, pues la mediocridad de la jerarquía cofradiera ha valorado siempre su talla social sin percibirlo como una amenaza. Y en esta última cualidad radica una de sus grandes habilidades, pues Manolo es lo contrario a un malaje. Hasta cuida el tono de voz (melifluo muchas veces) para no molestar al interlocutor en una ciudad donde a la mínima oportunidad sale a relucir el sargento enojado que todo sevillano lleva dentro, ese conductor irritado en la carretera entre El Rocío y Matalascañas. La voz suave, en tono bajo y carente de beligerancia de Manolo debería ser patrimonio inmaterial de la ciudad de los gritos, del aquí estoy yo y usted me va a oír. Pertenece a la cofradía del buen gusto, minoritaria y al borde de la extinción, de los que llaman al camarero para que simplemente se lleve los vasos y platos sucios de la mesa.

Ha sido un presidente del Consejo atípico, con excelentes relaciones con los medios de comunicación, la jerarquía eclesiástica y los políticos, no así con los hermanos mayores. Monteseirín lo llamaba como consejero para llorar en su hombro por los dardos que recibía de la prensa y de algunos ultracofrades. Román lo mismo compartía horas con los mineros en huelga encerrados en la Catedral una víspera de Semana Santa, que mantenía una tensa discusión con el Cardenal Amigo, que alguna tuvo. Quizás por este atípico y saludable carácter no llegó a convencer a los hermanos mayores de tres proyectos claves: una acción social conjunta que no fuera sólo el soltar dinero sino basada en el compromiso, convertir el Consejo en un foro de discusión sobre los problemas del hombre y de la Iglesia en el mundo actual (Foro Santa María de Jesús), y conseguir que el Consejo fuera una institución con verdadera auctoritas ante las propias hermandades.

En Roma, adonde fue a acompañar a Don Carlos en su designación como cardenal en 2003, se levantaba a medianoche para velar el sueño de Antonio Ríos. Fue el hombre que arrumbó las puntillas mohosas y las maderas podridas de los palcos, modernizó la gestión de la carrera oficial, abrió las puertas del pregón a escritores políticamente incorrectos, colocó a las hermandades de Gloria en igualdad de condiciones que las de penitencia y organizó un Congreso Internacional de Hermandades absolutamente desaprovechado. Demasiadas margaritas para tanto… cofrade.

Siempre se ha caracterizado por la mesura, por creer que las cofradías tienen su importancia, pero no son tan importantes ni tan trascedentes en la ciudad; por tener claro que el Boletín del Consejo no es el BOE y por defender que la Semana Santa no dura todo el año. No lleva música cofradiera en el Volvo, sino los palos de jugar al golf en los verdes campos de Pineda, que le relajan tanto como las pinturas ribereñas de Ricardo Suárez. Cuando este periódico reveló que un agente de la Agencia Tributaria estaba tocándole los costados al Consejo con el levantamiento de actas fiscales por el IVA impagado de sillas y palcos, el tesorero del Consejo era Román, al que telefoneamos aquella tarde de febrero de 2000:

–¡Qué me dices! Estoy jugando al golf en Pineda, voy para el Consejo.

Aquel tesorero salió de aquella polémica sin un rasguño. Llegó a presidente y se empeñó en acabar con una leyenda de la ciudad, no sin polémicas internas de vetos y dossieres. Tenía claro que al escritor Antonio Burgos había que ofrecerle oficialmente –al menos una vez– el pregón de la Semana Santa, pues nadie como él ha creado escuela periodística y literaria sobre la fiesta más importante de la ciudad. Cuando lo cómodo para encargar el pregón hubiera sido tirar de la lista de abogados, de alguno de esos pro-hombres de Iglesia que ayudan al cura a colocarse la casulla, Román acudió junto a Julio Cuesta (la fuerza del tirador) a casa de Burgos a convencerle de que aceptara la designación. El día del Pregón ocurrieron dos anécdotas nunca reveladas. Como era costumbre, el presidente acudió a casa del pregonero a recogerlo en un coche del Ayuntamiento, todos ya de chaqué camino del teatro a hacer la prueba de sonido. Burgos quiso hacer también la de imagen, pidió que se colocara alguien en el atril para ver cómo resultaba. Pusieron a alguien del Consejo mientras el pregonero y el presidente se fueron a la unidad móvil de retransmisión para ver cómo quedaba la cosa en el monitor. Parques y Jardines había colocado unas quencias que daban justo detrás de la chorla del pregonero. Hacían el efecto de una selva. Y Burgos le dijo al presidente:

–Manolo, por favor, que quiten esas quencias, que va a parecer que estoy dando el pregón de la Semana Santa de San Juan de Puerto Rico y no el de Sevilla…

E inmediatamente mandó quitar las puñeteras quencias.

Luego Burgos se fue al atril, a hacer la prueba de sonido. Y en vez del “uno, dos, uno, dos, ¿me se oye?”, se le ocurrió soltar el trabalenguas del estribillo de Los Lilas del Tío de la Tiza (1903), y dijo muy solemnne y de corrido: “Piriquitúliqui, metúliqui, patúliqui, saca la paútica, patúliqui, mulática, piriquitúliqui, metúliqui, patúliqui, saca la pin, saca la pun, saca la pon…”. Las caras de los tíos del Consejo eran para verlas, de extrañas y de largas. Menos la de Manolo Román, que terminada la prueba preguntó:

–Antonio, ¿de qué agrupación es ese trabaluengas?

El Sábado de Pasión que se desconvocó la huelga de mineros, siempre agradeceremos que nos didera la primicia. Nos despertó con sobresalto: “¡Ya se van los mineros, Paco, ya se van! ¡Todo arreglado!”. Román creía estar hablando con Paco Navarro, canónigo y mayordomo de la Catedral. “Buenos días, Manolo, soy Navarro, pero Carlos. Muchas gracias, lo avanzo en la edición digital”.

La perspectiva demuestra que con los farmacéuticos tuvo más suerte que con los hermanos mayores. En su estilo fue más Sánchez Dubé que Antonio Ríos, más Luis Rodríguez-Caso que Adolfo Arenas. Manuel Román pertenece a un club que es mucho más exclusivo que Pineda, muchísimo más. Porque en ese club no entran ni los que tienen los cerca de 60.000 euros que cuesta hoy entrar en Pineda. Manuel Román forma parte del club de los escasos señores de Sevilla, que además nunca llevan cara de mañana de Viernes Santo. Y les gustan las mesas sin platos sucios.

El cardenal libre

Carlos Navarro Antolín | 9 de agosto de 2015 a las 5:00

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AQUEL mediodía del 25 de noviembre de 2009 el guardia de seguridad del palacio abrió la verja para que saliera por última vez el coche de carrocería metalizada que por seguridad tenía asignado monseñor Amigo (Medina de Ríoseco, Valladolid, 1934) desde hacía años, desde los tiempos en que los encapuchados de la serpiente, escocidos por su valiente homilía en el funeral de Jiménez Becerril en 1998, le dejaron en el buzón una amenaza con los gráficos de sus recorridos habituales. Al volante iba el fiel y eficaz secretario personal, Pablo Noguera, que tiró por Mateos Gago para salir del casco antiguo y tomar la salida hacia Madrid. Al dejar la circunvalación de Écija, el cardenal mandó parar el vehículo. Una breve pausa sirvió para telefonear a un amigo personal, de los escogidos que participaban en el almuerzo privado de cada festividad de San Carlos Borromeo: “Sólo para anunciarte que en este justo momento salimos del término de la diócesis de Sevilla”.

El cardenal se fue demasiado pronto. Una cosa es que todos los prelados están obligados a presentar su renuncia al Papa al cumplir los 75 años, y otra muy distinta es que se le acepte en menos tiempo que se hace un café expreso. La Iglesia de España estaba hipercontrolada entonces por un personaje que despierta escasas simpatías hasta entre muchos católicos: el cardenal Rouco Varela. El cardenal Amigo siempre ha sido un verso libre en sus casi 30 años de titular de la archidiócesis hispalense. No se alineó nunca con sectores específicos de la Conferencia Episcopal, menos aún con la línea dura que combatió contra Zapatero alternando las pancartas contra sus leyes sobre el matrimonio homosexual y el aborto, con las tazas de caldito en la Nunciatura para limar asperezas. Baste un detalle: Don Carlos no fue a concelebrar una misa por la familia convocada en Madrid como acto masivo contra las políticas del gobierno socialista en los años de las cejas. Tampoco acudieron destacados sacerdotes de la diócesis, que incluso no ocultaron sus opiniones críticas con el proceder de Rouco.

Tan libre se ha sentido que siendo obispo de Tánger, el gobierno de Franco le indicó que no era conveniente que recibiera con mucho boato a Don Juan de Borbón. No hizo caso de la directriz. Muchos años después, dicen quienes saben que Don Juan le advirtió a su hijo, el ya Rey Don Juan Carlos, que no debía quedar en el olvido el trato afectuoso que Don Carlos Amigo siempre dio a la“familia” en tiempos de turbulencias. La Casa Real fue clave para un ascenso insólito: de Tánger a Sevilla.

Esa libertad de acción –que le llevó a “comprender” las huelgas generales y a solicitar leyes justas para los transexuales– pasó factura a este fraile que llegó a Sevilla procedente de Tánger recién terminado el Mundial de Naranjito. Su primer secretario fue el hoy canónigo Ángel Gómez Guillén, en cuyo Seat 127 de color amarillo sin aire acondicionado se recorrió aquel verano los pueblos de la diócesis. Tan libre se ha sentido siempre que en Tánger presidió el funeral por Francisco Franco y en su primera etapa en Sevilla quiso ir a conocer personalmente al cura Diamantino, líder jornalero, fundador del SOC y encasillado en las antípodas de la ortodoxia católica. Monseñor Amigo y Diamantino entablaron amistad, cultivada en almuerzos preparados por la madre del conocido como “cura de los pobres”. Diamantino murió con 51 años. Don Carlos presidió un funeral masivo en la Parroquia del Cerro, con los bancos repletos de jornaleros de Martín de La Jara y Los Corrales, dirigentes y militantes de Izquierda Unida y del PSOE, y con Soledad Becerril entre ellos. En la homilía defendió su forma de entender el ejercicio de su ministerio pastoral: “Las opciones de Diamantino permanecerán vivas como opciones a imitar”.

Nunca dejó de ser fraile en sus años en Sevilla. Se levantaba a las 05:30 y acudía al comedor entonando oraciones que recreaban el ambiente de un refectorio monacal en un palacio barroco.

Mandar ha mandado mucho. Con energía y cuota de genio. Cuando se enojaba, siempre se le pasaba rápido y se refería con humor a que tenía una “tarde vallisoletana” en contraposición al carácter “trianero” del interlocutor con el que hubiera tenido la discusión. Con el poder socialista se ha entendido siempre con armonía, hasta el punto de provocar ceños fruncidos en la Sevilla más conservadora. Otra muestra de su libertad de criterio fue sentarse a negociar la venta del Palacio de San Telmo, una operación que se bautizó como cesión institucional del Palacio a la Junta de Andalucía, pero que destacados expertos en Derecho siguen considerando que se trató de un negocio de “difícil calificación jurídica”, pues, entre otras singularidades, hubo que saltarse la voluntad de la Infanta María Luisa de Orleans –expresada en su testamento– que cedió San Telmo a la Iglesia de Sevilla en 1896 siempre y cuando sirviera como centro de formación para los futuros sacerdotes. La Junta y el Arzobispado protagonizaron unas negociaciones complejas. A un lado de la mesa, Javier Torres Vela, por la Administración autonómica. Al otro, el canónigo Manuel Benigno García Vázquez, miembro del “tridente rojo” de la Diócesis (junto a los inolvidables Juan Garrido y Francisco Navarro). El Vaticano tardó en emitir un dictamen favorable a la enajenación del palacio. El Cabildo Catedral, para colmo, se pronunció en contra de la venta (19 votos en contra, siete a favor y uno en blanco, más un precioso voto particular de Gil Delgado , un texto considerado como una joya de la fundamentación jurídica). El clero local vivía su particular cisma. Quizás ha sido la última vez que el Cabildo –históricamente celoso de su autonomía– se ha opuesto a los planes de un arzobispo. El presidente andaluz, José Rodríguez de la Borbolla, comenzó a impacientarse. La negociación se atascaba. Cada día aparecía una piedra nueva en la travesía. Cogió el coche oficial y se plantó en el Palacio Arzobispal. Don Carlos lo recibió con toda amabilidad y le dijo que sí, que la cosa iría hacia adelante, que ya se irían moviendo los papeles. Pero Pepote no se reprimió:

–Verá usted, Don Carlos. Ocurre que usted gobierna para la eternidad y yo para cuatro años. Y ocurre que detrás de usted vendrá otro como usted que los domingos seguirá leyendo las mismas circulares que usted. Pero detrás de mí no sé yo quién vendrá ni lo que leerá o dirá, así que o cerramos nosotros la operación, o…

Y en 1989, un año antes de que Pepote dejara la Presidencia, se firmó una venta maquillada como cesión. La Sevilla Eterna se echó las manos a la cabeza. ¡Un arzobispo entregando el Palacio de San Telmo a los rojos! Entre las contraprestaciones hubo mil millones de pesetas como dotación inicial de la Fundación Infanta María Luisa. Los patronos de esta entidad eclesiástica pusieron a rentar el dinero en un fondo de inversión de alta volatilidad gestionado por el BBVA privanza. Una pequeña parte de los fondos se fueron a cierta isla conocida por ventajas fiscales de las que conducen a otro tipo de paraíso. Cuando trascendió la información, monseñor Amigo, lejos de enojarse, aludió a la parábola de los talentos. La verdad es que pocas veces se ha molestado con la prensa por delicadas que fueras las informaciones. Sigue teniendo buena prensa y ha sabido siempre hacer uso del tremendo eco que genera haber sido titular de la Sede de San Isidoro.

Con los años, por cierto, el cardenal se ofreció a presidir la boda de Pepote con Gracia ante el Cristo del Calvario, en la intimidad de una Magdalena a solas, sin invitados ajenos a la familia. “Así deberían ser todas las bodas”, le dijo al ex-presidente.

En las vitrinas de su largo pontificado hay imágenes de dos estancias del Papa en su casa (1982 y 1993), una boda real (1995), la venta de otros bienes inmuebles como la Escuela Francesa, una designación como cardenal (2003), una homilía en al altar mayor de la Catedral, con el Ejecutivo de Aznar en primera fila, que por su contundencia dejó en evidencia al entonces ambiguo y pusilánime clero vasco; la participación nada menos que en dos cónclaves en la Sixtina; un puñado de libros, decenas de premios, reconocimientos y coronaciones…

La vida es mantener a toda costa la hiperactividad que es marca de la casa. Por la mañana, confirmando jóvenes en una parroquia de barrio, a mediodía en un almuerzo en una casa particular y por la tarde saliendo a la provincia a presidir una función principal. Cuando se fue de Sevilla, se llevó el especial cariño de dos colectivos: los presos a los que visitaba con frecuencia, y el reconocimiento público de colectivos de gays y lesbianas que le concedieron el premio Arco Iris en 2006 . Hasta Carla Antonelli, que no es precisamente de altar y coro, lo despidió agradeciendo públicamente sus opiniones favorables a un trato serio –“sin frivolidades”– hacia las personas de distinta condición sexual.

Si el Papa Francisco se hubiera revestido con sotana blanca unos años antes, muy probablemente no se hubiera producido un relevo exprés como el que se vivió en la diócesis de Sevilla, pues todo cardenal disfruta de tres, cinco y hasta siete años de prórroga al frente de la diócesis.

Un día le preguntaron en la intimidad de un despacho qué pasaría si al cerrar para siempre los ojos resulta que no sólo no aparece Dios, sino que no hay nada.

–Pues que me quiten lo bailado. ¡Y menudo baile es vivir con el gozo de la fe!

Don Pelayo sin teleférico

Carlos Navarro Antolín | 19 de julio de 2015 a las 5:00

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EN la serie ochentera Fama, la profesora de danza de la Escuela de Arte de Nueva York agitaba la vara de mando: “Para triunfar hay que sufrir”. Y todos los alumnos –estética de sudor, mallas ajustadas y calentadores en las piernas– atendían la arenga en silencio, hieráticos, en posición de disciplina marcial. Algo parecido hizo un día el padre natural del PP andaluz, Javier Arenas. No es que cogiera la vara de mando, porque la trae puesta de fábrica cuando se trata de Andalucía y el PP, pero sí reunió a todos sus hijos políticos en los sótanos de la sede regional, donde se llevan años rodando los capítulos de Canción triste de San Fernando Street, para comunicarles sus nuevos destinos, a modo de capitán general en la entrega de despachos a la nueva promoción: Tomares, Mairena del Aljarafe, Palomares, Guillena… Mandó a sus centuriones a las campañas municipales de la provincia con el objetivo de sumar losetas de poder municipal para aspirar a pisar el pavimento palaciego de San Telmo. Los muchachos de Arenas se iban al frente, como Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor, qué pena.

José Luis Sanz (Sevilla, 1968) era el coordinador, o como se llamara el puesto, de la presidencia del PP andaluz. Era un chico de Arenas, que era el cargo que realmente importaba entonces. Y Arenas lo mandó a Tomares: “Para estar en este partido hay que aprender a sufrir, José Luis”. El druida del centro derecha andaluz, sin marmita pero con raqueta de pádel, lo clavó. ¡Anda que no lleva José Luis sufriendo un tiempo! Si casi me lo dejan herniado para la política. Cuando recibió la encomienda de Tomares, no es que Sanz sonriera, porque es un tipo sacado de El nombre de la rosa –un monje no debe reirse– pero cumplió con disciplina un encargo que suponía un cambio de aires, no sólo porque iba a estar más fresquito gracias al microclima aljarafeño que tanto apreciaban los musulmanes, grandes buscadores de la sombra urbana hasta que Monteseirín se la cargó y Zoido fue incapaz de arreglar el desaguisado, sino porque salía así de la exclusividad de Javié, cuya hiperactividad no da lugar a un respiro.

–Con Zoido al menos da tiempo a hacer vida familiar y se puede tomar uno una cerveza.
–Y hasta con tapa, José Luis.

Javié es de los que no dejan vivir, pega continuos demarrajes que sólo aguanta Antonio Sanz.

–Antonio, Antonio… Hay que estar mañana a primera hora en Madrid, tenemos que llegar a Génova antes que Lola Cospedal, y me dice Patricia del Pozo que ya no queda ni un Ave.
–Tranquilo, Javié, cojo el coche y nos vamos ya. Tú te duermes y yo conduzco.
–Gracias, Antonio. Por cierto, hoy te he visto más delgado en la ejecutiva.

José Luis Sanz se hizo con la Alcaldía de Tomares en 2007. Prometió un teleférico para comunicar el municipio con la capital en los años del boom inmobiliario en que regía aquello de tonto el que se no compre un adosado. Nunca hubo un teleférico, pero la Real Academia de la Lengua Española siempre agradecerá a Sanz su intención de adecuar la realidad al uso del lenguaje. Hay tanto tonto aljarafeño que dice lo de subir y bajar a Sevilla, que Sanz se empeñó en que fuera verdad a base de montar a los vecinos en cabinas de verdadera subida y bajada: los tomareños bajaban directamente a la zona nacional de Los Remedios y los sevillanos subían hasta Casa Esteban a jamar los célebres huevos fritos con patatas, que es como el Lucio de Madrid, pero sin catetos esperando ver al Rey con Zapatero sin corbata.

Este político de apariencia amodorrada mantiene hoy el cargo de alcalde de Tomares pese a las circunstancias. Es un sevillano de ruán que sólo se ríe en la distancia corta. Y lo hace hacia dentro. Por ejemplo, un día le contaron que Zoido le prometió a un vecino pasar una noche en el Palacio de las Marismillas de Doñana, donde pernoctan los jefes de Estado, para que conociera in situ este inmueble de Patrimonio del Estado. Cuando Sanz oyó el relato de semejante promesa, no pudo reprimirse: encogió los hombros, esbozó una sonrisa blindada a lo Gillete y emitió un sonido que era una suerte de carcajada difundida por un transistor con la batería baja. A lo perro Risitas, pero sin dolo.

Debe ser verdad que Sanz gana en la distancia corta, que es el elogio que se hace de los tímidos. El zoidismo emergente de 2012 lo convirtió en secretario general del PP andaluz. Cuando llegó al despacho regional no había banderas: ni española, ni andaluza. La señora de la limpieza le dijo que se las había llevado su antecesor, Antonio Sanz: “Don Antonio dijo que eran suyas, que se las llevaba para Cádiz”. Desde ese nuevo despacho trató de renovar el partido como si fuera un plato de la nueva cocina: Solomillo del PP andaluz a la reducción de Arenas. Y, claro, como diría Calvo Sotelo, esa receta equivalía a un metafísico imposible. Y Javié no se lo perdona desde entonces. Porque el PPandaluz, o es Arenas o sencillamente no es PP andaluz.

La falta de fuerza de Zoido en Madrid, las andanzas del zorro de Javié en la Sierra de Génova y una fiscal con cara de pocos amigos, le metieron a Sanz un cornalón que lo dejó sin aspiraciones a la presidencia regional del partido. Game over. Sanz se acostó Papa en las vísperas del cónclave del PP andaluz, con sus amigos Juan Bueno y Eloy Carmona recogiendo avales para su causa, y se despertó cardenal, con Juan Bueno y Eloy Carmona pasando los avales por la trituradora. La sotana blanca era para un malagueño llamado Moreno Bonilla. Y dicen que el sastre que le tomaba medidas tenía cierto parecido a Javié…

–Oiga, ¿todo es culpa de Arenas en el PP andaluz?
–Todo, mientras no se demuestre lo contrario.

Algún acto público se celebró aquellos meses de zozobra, aquellos días sin cargo regional y con el aliento de la justicia en la nuca, donde sus camaradas ya no se le acercaban como antaño. Hasta decían que una victoria electoral en Tomares no es una contienda que merezca medallas, pues el municipio tiene la renta per cápita más alta del Aljarafe y ni siquiera tiene la población del distrito más pequeño de la capital. Pero es alcalde con mayoría absoluta. Yeso en el PP de Sevilla actual es de premio, de fin de semana en Zahara de los Atunes con todos los gastos pagados y derecho a almuerzo con Mayor Oreja. La última noche electoral dejó al PP hecho unos zorros, pero Tomares se convirtió en una especie de Covadonga para el centro derecha. Y su alcalde, en un Don Pelayo sin teleférico.
Quién se lo iba a decir a este José Luis que suena a aperitivo en la Plaza de Cuba. Enviado por su emperador a morir en el frente electoral de 2007, consiguió la victoria con la muleta andalucista tras los escándalos de la socialista Antonia Hierro, aquella que puso escolta de la Policía Local en la boda de su hija.

–¡Óle ahí!

Tomares es ahora la aldea gala que resiste al invasor socialista y a las nuevas modas políticas. Tomares es el santuario al que peregrinan tanto fieles como desengañados del arenismo. Sanz aguantó como nadie desde la tribuna los falsos reconocimientos a su persona el día del congreso regional que certificó su caída. Puso la cara de palo de siempre, el carro de la nieve por delante. Su venganza fue el 22 de marzo. Aquella noche se oían risitas interiores al compás de unos hombros que se mecían con levedad. El PP de Sevilla estaba como Cartago: Delenda est. “Hemos perdido Sevilla, pero siempre nos quedará Tomares, presidente”, le dijo Arenas a Rajoy. Todo está perdido, todo menos un ramillete escuálido de pueblos donde Tomares brilla por estar en esa Gran Sevilla que algún día diseñaron los socialistas.

–Malditos roedores… Son hasta peores que Javié.

La vida no es una noria, es un teleférico que sube y baja. Y por el camino, una trituradora se lleva los avales de apoyo y los angustiosos autos judiciales. Sólo se salvan los huevos fritos. Ponga usted más patatas. Y un dedito de Ginebra London con Fever Tree.

El retorno a los orígenes

Carlos Navarro Antolín | 12 de julio de 2015 a las 5:00

José Moya Sanabrioa
OCURRIÓ el pasado Martes Santo. Los primeros tramos de la cofradía de Los Estudiantes estaban formados, encendidos los cirios y puestos los antifaces. Por megafonía se dirigía una oración. Y de fondo sonaba un runrún muy lejano de nazarenos que respondían a la lectura de la lista por parte de los diputados. La cruz de guía miraba hacia la puerta aún cerrada de la vieja fábrica de tabacos, escoltada por cuatro nazarenos rectos, dispuestos ya para recibir el fuego de la tarde. Un nazareno aún descubierto se acerca a uno de esos hiératicos y silenciosos nazarenos escoltas.

–¿Eres Pepe, verdad? El nuevo Rey visitó ayer tu empresa, vaya pelotazo. Hace poco te vi de cena en la misma mesa que Felipe González, protagonizas foros de opinión y los resultados económicos de tu compañía salen en el papel salmón… ¿Qué te falta ya en Sevilla, Pepe?
Y aquel nazareno mudo, que no movía la cabeza, que no desviaba la mirada del frente y que mantenía esa figura recta que es sello de toda silueta de negro, acertó a musitar:

–Me falta que me embista un toro en la Maestranza.

José Moya Sanabria (Sevilla, 1953) es presidente de Persán y ganadero de vocación tardía. De chico le debieron preguntar qué quería hacer con su vida:“Montar un imperio para volver a ser un niño”. Y Persán es hoy ese imperio que creó de la ceniza. La inmensa mayoría de sevillanos ignora la proeza empresarial de Pepe Moya, que antes de reflotar la compañía fue jefe de personal del Ayuntamiento del socialista Manuel del Valle. Tenía que montar el imperio para cumplir su sueño. El camino era largo, pero todo buen sevillano sabe que en las bullas de la vida, como en las de Semana Santa, se tarda menos cogiendo la curva que tratando de tomar la recta.

Tiene la habilidad de no darse nunca un martillazo en los dedos, ni de pegarse un tiro en el pie. Calculador y organizado, no gasta ojana. De voz tronante, capaz de escrutar a todos los asistentes a un acto con un barrido de mirada, y con un punto de vehemencia, sobre todo si toca hablar de los problemas del Betis. Tiene una fuerza de voluntad certera a la hora de controlar la ansiedad que lleva en el ADN. A Pepe Moya le gusta comer desde que era niño. Es de la Cofradía del Acordeón, que pierde y gana peso según períodos, por lo que debe tener dos armarios en función de si el cuerpo tiende a ser de picador o de banderillero.

Criado en la disciplina y la austeridad, con un físico más corpulento que espigado por ser más Sanabria que Moya, se colocaba enfrente de la despensa de la casa familiar al término del almuerzo para forzar que su madre –que jamás revelaba su edad– le diera más de comer. Al ver un día que su demanda no era satisfecha, el niño José se hizo con el DNI de su madre, que tuvo que ceder para que no revelara el dato más celosamente guardado.

Levantó un imperio a base de tesón y de convertir la ansiedad en fuerza productiva. Cada vez que un español pone el lavavajillas o conecta la lavadora, usa un producto fabricado en sus dominios en un 90% de los casos. Si otros sevillanos hubieran hecho la mitad que Pepe Moya, estarían en la cola del Palacio de San Telmo y de la Plaza Nueva reclamando una calle en el nomenclátor, medallas y homenajes, andarían subidos en los enganches de la vanidad y estarían mirando por encima del hombro al resto de los mortales.

El verdadero lujo que se permite quien ha triunfado en la vida es la crianza de toros bravos en El Parralejo (Zufre), donde hay un ventanal privilegiado desde el que se otea media Sierra de Huelva. Los toros son su lujo, porque los toros al fin y al cabo comen en la dehesa, pero también se comen parte de los beneficios de los detergentes y suavizantes. Los toros se llevan ahora los mimos de un empresario que ha dado un paso atrás en Persán para retornar poco a poco a los orígenes, para retomar sin decirlo la senda de su padre, don Juan Moya García, maestro de abogados y persona de máxima confianza y prestigio en la curia y en las cofradías. Ahora, este sevillano de ojos claros y gesticulación elocuente, deja asomar el perfil más intimista, desprovisto ya de la coraza de acero de la que se revistió para crear un imperio empresarial del sector químico. Ha logrado vivir en la casa donde nació, donde ha habilitado su despacho en el mismo sitio que lo tenía su padre. Se ha hecho hermano de la Caridad, donde cumple con sus obligaciones asistenciales con los acogidos de Miguel Mañara, como hacía su padre. Vuelve a citarse con la memoria cada Martes Santo como nazareno en la Lonja de la Universidad, la cofradía a la que tantas horas de trabajo entregó su padre. Y hasta buscó en Portugal la tela apropiada para hacerse un traje de mil rayas en O´Kean, como el que tenía su padre.

Uno de sus lemas es que Sevilla debe cultivar sus valores tradicionales, adaptados a la modernidad, la innovación y el progreso. No tiene complejos en defender la Semana Santa en reuniones hostiles donde se emiten jucios desde la frivolidad y el prejuicio. Se rebela muchas veces contra la indolencia de los sevillanos, incapaces de organizar un homenaje al Cardenal Amigo, cuyo pontificado duró casi treinta años.

Hubo un tiempo en que los cantos de sirena de la presidencia del Betis sonaron fuertes en los oídos de este empresario. Muy fuertes. Fue elevado a la condición de esperanza blanca de un club que entonces sufría los estertores del loperismo. Era el hombre de consenso. Pero cuentan que quien bien lo quiere se opuso con firmeza a la aventura.

Puede vivir en palacios, pero prefiere el dormitorio de la infancia. Presume mucho menos de lo que podría hacerlo. Dicen que si pidiera una nota simple de todos sus inmuebles, habría que cambiar el tóner de la impresora del Registro de la Propiedad.

Cuentan que ante una mesa cargada del mejor marisco, trufada con cestillas de patatas fritas y cuencos con aceitunas, se tira hacia las patatas con pasión indisimulada. Son su perdición, el punto débil de quien es capaz de frenar la ansiedad de fumar hasta dejarlo, y de reprimirse al comerse las uñas, pero que pierde los estribos ante un buen paquete de patatas fritas.

Fabrica suavizantes pero no tiene nada de suavón. Cuando España se metía en el túnel de la crisis económica y pisaba la raya del rescate, Persán seguía recogiendo los frutos de la cosecha de años de trabajo de quien entiende la condición de empresario como un sacerdocio.

La vida es disfrutar de un aperitivo en el entorno de la Puerta Jerez, de un almuerzo en una sociedad gastronómica de Bilbao con un menú a base de cabrito, cocochas, merluza, pimientos del piquillo sin relleno y chipirones; de una tertulia bética con Gerardo Martínez Retamero; de una carroza de Gaspar desde la que lanzar caramelos a su hermano Juan, y de la melodía de una canción de Serrat.

Ahora hay que criar toros que embistan en la Maestranza y hay que cumplir con los ritos de la memoria. Ahora hay que disfrutar del azul Contratación que tiene el cielo de la plaza cada noche de Martes Santo para hacer el fondo de lienzo perfecto del Cristo menos divino por más humano. Ahora hay que clavar cada día los lirios morados en el monte del recuerdo de una fotografía sepia donde aparece un simpático monaguillo regordete junto a un nazareno adulto. Ahora que el imperio tiene cimientos fuertes, los clarineros de la vida cambian el tercio y disponen disfrutar de todas esas cosas pequeñas que suponen el retorno a los felices orígenes. Y quién sabe si un día hasta hay un toro que mete la cara en la Maestranza y este sevillano tenaz forma otro lío gordo.

El niño grande

Carlos Navarro Antolín | 5 de julio de 2015 a las 5:00

Rogelio Gómez Trifón
La bicicleta es al transporte lo que el lince a la fauna, o lo que el velador al mobiliario urbano. Son especies protegidas. Los ciclistas por Tetuán son como vacas sagradas por las calles de la India. Pueden desplazarse a su antojo, al libre albedrío, sin cortapisas. Hay padres que señalan a sus hijos la amalgama de veladores y ciclistas por Mateos Gago:“Hijo, esto un día fue una acera”. Hoy tiene poco mérito ir por cualquier calle de Sevilla en una bici de alquiler. Los hay que llevan los auriculares puestos, sin poder advertir no ya una llamada de atención de un peatón, sino el claxon de un coche arrollador. Todo está consentido. Como al lince. En esta sociedad de pendulazos, lo que hoy es sagrado, ayer era todo un reto. El mérito era ir en bicicleta por las calles del centro en la Sevilla de los años 60. A Rogelio Gómez (Sevilla, 1946) lo paró un policía por ir a dos ruedas por la calle Barcelona a contramano cuando era un quinceañero. La multa pedía un marco en Venecia. Rogelio tiene varios títulos y distinciones, pero pocos pueden presumir de tener la de haber sido un ciclista multado en Sevilla.

El aprendiz de tabernero era un adolescente sonriente que trabajaba ora en bici, ora en triciclo, según el peso del porte que había que llevar a los clientes del negocio paterno. Con doce años ya se forjaba en el oficio de servir. Rogelio era un niño feliz. Y sigue siendo tan niño como feliz. Hay sevillanos adultos que en realidad son niños grandes, porque no han perdido la capacidad de ilusionarse con las cosas en apariencia pequeñas. Y eso genera un estado de bienestar interior que también produce envidiosos, pues si el sol ilumina, siempre hay quienes tuercen el gesto ante tanto destello. Ocurre en todos los oficios. Y Rogelio es uno de los astros de la galaxia hostelera.

Mucha gente regresa de sus trabajos con hastío, con la sensación de ser soldado de un ejército vencido por las inercias de la cotidianidad, con el rostro fatigado por los gajes de cada día. Los retornos del trabajo de este tabernero laureado han sido siempre a pie, anunciados por el tintineo de las llaves colgadas del cinturón, con alguna bolsa de plástico bien agarrada en una mano (la leyenda dice que era la recaudación del día) y flanqueado por las dos santas Justa y Rufina de su vida: su mujer y su hija. Un andar pausado, un adiós y hasta mañana a Enrique Becerra, una mirada entre merluzas y besugos por la cristalera de La Isla por si había alguien conocido, y una breve estación en la capilla de la Pura y Limpia para dar las gracias en el ocaso de la jornada.

El bar no es un bar. El bar es una tienda. Una tienda donde se puede comprar todo lo que se sirve. Ydonde se puede tomar algo mientras se compra. Como no es un bar, prácticamente no hay platos. Eso de te gastas menos que Trifón en lavavajillas es verdad, por mucho que lo digan los penitentes de la cofradía de la envidia, que en Sevilla no hay tiempo de paso suficiente para ese cortejo. Porque realmente es una tienda aunque parezca un bar, sublime contradicción donde radica la verdad. Esto es como el Barrio Sésamo de la hostelería, cuando el Conde Draco explica lo de arriba y abajo, lo de cerca y lejos, lo de izquierda y derecha, mientras se mueve compulsivamente por la pantalla. Pues La Flor de Toranzo es una tienda con mesas altas y taburetes, una tienda con camareros de camisas albas donde no ha llegado el color negro que sirve para disimular manchas y lamparones, una tienda con tirador de cerveza y muestrario de vinos y carbónicos. Y así quiere Rogelio que siga siendo. Como es una tienda, no se sirven copas largas, que si con el no también se educa, con las omisiones también se forja el sello de una casa. Quien quiera destilados, debe ahuecar el ala. Ocurre como en la taberna de don José Yebra Sotillo en la calle Boteros, donde jamás ha habido más de veinticuatro vasos (duralex), ni se ha servido whisky. Pepe tuvo un día la gentileza de explicárselo a un cliente preguntón, con guasa y cierta pretensión de tocar los costados.

–¿Y por qué no tiene usted whisky,Pepe? Porque veo que sí tiene ron y ginebra.
–Porque esto no es una barra americana.

Han cantado premio. Con esos criterios es cuando un bar deja de ser un bar para empezar a ser una casa. “En esta casa no se sirve whisky porque eso es propio de tugurios con mucho humo y muchas luces rojas cambiantes”. Y al que no le guste, tiene cuatro mil bares para elegir. Pues eso:en Trifón, ni platos, ni tragos largos.

Muchos empleados de Trifón son casi de la familia. Rogelio ha ayudado a muchos como a hijos. Hasta los ha habido que pidieron ser bautizados. Y allí que estaba Rogelio haciéndoles los papeles en la parroquia, que en esos casos este tabernero siempre ha recordado al cuadro de Colón llevando a los indios a la pila de bautismo en la plaza cacereña de Guadalupe, con el monasterio al fondo.

En esta casa no se sirven destilados. Ni se discute. Un día le cuestionaron machaconamente la tipología de la anchoa a quien es embajador de este boquerón en salmuera. El cliente, con el cuentakilómetros del tinto algo pasado, se puso bastante espeso y haciendo aspavientos, modalidad controlador de pista de aeropuerto con la lengua gorda. Rogelio, viendo el pitón del toro, zanjó el asunto mientras pegaba un bayetazo en otra zona de la barra:“Tiene usted razón con la anchoa, no voy a discutir, porque yo no discuto con mi mujer, así que no voy a discutir con usted”.

Los madrileños se bajan del AVE y se van de “cañas y vinos” a Trifón. Con estos calores, siempre piden que Rogelio suba la potencia del aire acondicionado. A la cuarta demanda con ese acento capitalino barnizado de prepotencia, con los chinos del interior del Daikin hartos de pedalear, este tabernero no pudo más: “Señores, el aire está al máximo. ¿No será que ustedes llevan ya dentro media Rioja Alta?”.

Rogelio es del Baratillo, donde conoció los tiempos de cuatro gatos en la vida diaria de la hermandad, cuando se daban papeletas de sitio la noche del Martes Santo con tal de conseguir dinero para pagar a las bandas de música, cuando funcionaba un rinconcito que se llamaba Bar Atillo, donde se guardaba la botella de Valdepeñas. Rogelio se ha pisado el yo hasta enterrarlo, al modo de Sor Ángela, por su hermandad del alma, pues es la escuela que ha aprendido del factótum de la cofradía: Otto Moeckel. Rogelio es personaje en Sevilla y en Cantabria. Entrando al convite de la boda de la nieta de Franco en el santanderino Hotel Palacio del Mar, toda la tribuna de prensa gráfica se desgañitaba en que este sevillano se parara un instante en la alfombra roja y posara junto a Blanca: “¡Rogelio, Rogelio! ¡Un momento, por favor, una foto!” Ytoda la Sevilla emperifollada que venía detrás se dio de bruces con la notoriedad de este tabernero que es sevillano en Cantabria y cántabro en Sevilla.

Creyeron que no sería capaz de jubilarse. Y se jubiló. Pero el tabernero, como el torero, nunca deja de serlo. Los matadores con la coleta cortada se ponen delante del toro en el campo, sólo para sus familiares y amistades, para matar el gusano que habita en el interior. Los viejos taberneros tienen también sus festejos a puerta cerrada, donde sólo sirven a sus amigos, donde cortan de nuevo el Riera al taco sin las prisas del oficio. El buen anfitrión es un gran egoísta que disfruta sirviendo a los demás. Por eso en el fondo auspicia reuniones.

Dicen que Rogelio fue de los primeros en colocar el detector de billetes falsos. Hay debate al respecto. De los primeros sí que fue en detectar a los falsos, que es mucho más importante.

–Rogelio, hay que ver lo estirada que es esa chica que nos ha atendido, ¿no?
–La marquesa de Villaverde, se cree ella… Ydetrás de una barra no se puede ir con tantos humos.

La vida es el Baratillo, un traje de chaqueta cruzada, una ración de bonito, un puente aéreo con Santander, el aperitivo de Doña María de las Mercedes, una colección de vacas tudancas en la vitrina de casa que sólo suelta en las pascuas para que pasten en el campo verde del Belén navideño, una misa de domingo por la tarde en el Sagrario, una reunión de curas en la barra de la tienda que convierte el negocio en un trozo de Roma junto a la Plaza Nueva, una tarde en los palcos de Semana Santa vigilando la compostura de los concejales, una noche de vísperas de San Pedro entre clarines que evocan las lágrimas del apóstol, un almuerzo pantagruélico en Borleña, Puente Viesgo o Comillas; una tableta de chocolate puro cien por cien, una llamada telefónica de Antonio Burgos, la memoria del padre que llegó a Sevilla a la búsqueda de la prosperidad del 29, el oro de la Medalla al Trabajo que aumenta el cuerpo de penitentes de la cofradía de la envidia, una copa de champán con burbujas diminutas, unos mejillones XXL, un tendido de sombra, una oración en voz alta mientras es vestido de nazareno, la foto en sepia de los portes en triciclo, un comentario sobre el Betis con Luis Carlos Peris, unos sobaos con la mantequilla justa, unas quesadas traídas directamente desde el Valle del Pas… Y siempre, siempre, un manojo de llaves que, como una esquila, anuncia con su melodía el final de la jornada laboral. La vida de verdad es ser fiscal del paso de la Piedad y guardián de la Pura y Limpia. Lo demás son circunstancias. Yeso, ya se sabe, no se discute.

El docto sablista

Carlos Navarro Antolín | 28 de junio de 2015 a las 5:00

Alberto Máximo Pérez Calero
Si el saludo constituye esa primera impresión con vocación de permanencia y base sólida para establecer juicios sobre la persona, Sevilla es una ciudad con superpoblación de agradaores. No lo han dicho los últimos análisis sobre demografia, pero lo sabemos por el Observatorio para el Estudio y Análisis de la Ojana Hispalense en las Cofradías y Zonas de Especial Laicidad. Habremos bajado del listón de los 700.000 habitantes (¡ay, Rojas-Marcos!), lo que nos ha menguado la corporación de 33 a 31 concejales, pero agradaores hemos perdido muy pocos. Los mismos que danzaban cuando Zoido tocaba la flauta, danzan ahora cuando es Espadas quien la sopla mientras los de Participa Sevilla, Podemos, Ganemos o como se hagan llamar, están pendientes de pasar el platillo. En Sevilla hay un sinfín de gente agradable, como hay un sinfín de agradaores, que no es lo mismo agradar que ser un agradaor. Se nota, decíamos, en los saludos, en esas frases que se dicen a modo de hastag en las redes sociales, con todas las palabras juntas, sin pausa, en un aparente sin sentido. Me alegro de verte (#mealegrodeverte). Mentira, el tío no se alegra, pero funciona. El único momento en que el sevillano dice la verdad, pero la verdad de la buena, es cuando suelta una frase en negativo a la hora de saludar: “No me paro porque tengo prisa”. Ahí clava el sevillano la banderilla corta en todo lo alto. Anda que si tuviera interés (Andrés) no se iba a parar…

Alberto Máximo Pérez Calero (Écija, Sevilla, 1952) es el presidente del Ateneo, lo cual está encantado de que se diga cuantas más veces mejor. ¿Qué quieres ser de mayor?, le preguntaron en las aulas de los Padres Blancos. Y este alumno aplicado fue rotundo: “Quiero ser médico de familia, pero sobre todo quiero ser presidente del Ateneo”. Su saludo es marca de la casa, tiene estilo propio. Hay sevillanos que van por la calle, enseñándole el casco antiguo a los parientes de fuera, y lo incluyen como patrimonio inmaterial digno de exhibición: “Mira, por ahí va Pérez Calero, vamos a saludarlo para que veas cómo saluda un sevillano original, es algo inusual”. Pérez Calero pone una sonrisa profidén, levanta la mano derecha, inicia con ella una curva creciente hasta la altura del pecho (casi como el torero cuando se perfila para la suerte suprema, pero sin colocarse de perfil) y la desciende hasta el apretón final con la mano del interlocutor. Finos observadores locales dicen que se trata de un saludo con “mano stuka”, por la rapidez, decisión e intensidad de la maniobra que suele ser rematada con un acelerado “holacomoestásmealegromuchodeverte”, todo junto a modo de hastag. El saludo de Pérez Calero es tan clásico como su afición por repartir escuditos de la docta casa:

–El día que vengas con chaqueta y corbata te pongo uno.

Quien no tiene el emblema del Ateneo es como el que no tiene el pin del Curso de Temas Sevillanos, como quien no ha recibido nunca una foto de Martín Cartaya en un sobrecito marrón, o una instantánea de Salazar y Bajuelo por correo electrónico. Un sevillano sin el escudito del Ateneo es un sevillano vacío, soso, con tendencia a la exclusión. A Pérez Calero le encanta repartir escuditos del Ateneo y participar en todos los actos del mailing de la ciudad. Su pasión es estar, representar al Ateneo hasta en mitad del océano, con ese figuroneo sonriente que es digno de agradecer, porque hay que ver la de figurones con cara de mañana de Viernes Santo que pululan por la ciudad. Tanto ellos como ellas. Qué caras de estreñimiento, de enojo perpetuo, de vinagre derramado… Nada que ver con la docta sonrisa del presidente de la docta casa. Alberto Máximo Pérez Calero, que parece nombre de gladiador triunfante con apellidos de marca de sacarina, es la sonrisa del establishment hispalense. Y eso se agradece. En la ciudad que siempre cuestiona al que se estrena en un canapé (“¿Y éste qué busca ahora aquí?”), Pérez Calero siempre está dispuesto a sonreir y a integrar con el único objetivo de ganar adeptos para esas presentaciones de libro con un cuarto de entrada, o esos recitales donde no se llena ni el abono de sombra de los viejos ateneístas.

Sólo han de temer la visita de este sevillano quienes tengan cifras con algunos ceros en la cuenta corriente. O quienes simplemente tengan apariencia de poder tenerlas, porque en Sevilla basta con la presunción de tener dinero para que te lo pidan. Todo presidente del Ateneo que se precie debe emplearse en el arte de manejar el sable, modalidad de esgrima local que consiste en buscar a los reyes magos soltadores y a otros personajes secundarios que conforman ese cortejo llamado cabalgata que cuesta poner en la calle algo más de 200.000 euros. Con la Cabalgata se financia el Ateneo todo el año, como con la carrera oficial se financian las cofradías.

Estos días hay empresarios, médicos, abogados y altos ejecutivos de los que frecuentan esos desayunos a base de pastas y zumo de bote (que deja poso en la copa) que tiemblan cuando la secretaria anuncia la visita de Pérez Calero.

–Don Luis, le telefonea de nuevo el señor Pérez Calero, pide cita para verle. Insiste en que es un asunto personal, nada grave ni preocupante. Dice que le ha dado su teléfono el señor Martín Rubio… Ha llamado ya cinco veces.
–Mira Luismi, qué listo… Dígale que venga. Lo recibiremos.

Y allí que va Pérez Calero con el sable en la mano, con la camisa y el traje que le quedan bailones por ser sevillano enjuto. Yallí que llega con el objetivo de envolver al elegido para ser Melchor, Gran Visir o lo que se tercie, que Pérez Calero es como el negro de la playa que se coloca junto a la sombrilla y exhibe el panel de collares, gafas, pulseras y otros abalorios, pero en versión carroza de Gaspar, carroza de empresa municipal o carroza de personaje secundario. “¿Gusta? ¿Gusta la gafa? ¿Tú cuánto dar?”, dice el negro postrado de hinojos. Pues Pérez Calero sonríe mientras exhibe su tablón con todas las carrozas.

–El récord está en 130.000 euros. Pero si usted nos garantiza 40.000, podemos cerrar el trato. Le aseguro que será una experiencia inolvidable.

Y el elegido se va a su casa la mar de contento, viéndose aupado a la carroza, hasta que la otra parte de la sociedad de gananciales le dice que nanay, que si está en sus cabales o si le va pidiendo cita para el diván de Javier Criado. Y así se le caen decenas de reyes al Ateneo, que nadie sabe las fatigas que ha pasado este hombre en los años que el Cinzano sustituyó al Mumm en las cuchipandas de los constructores pretenciosos.

El Ateneo es muchas veces el acudidero perfecto de los sevillanos con las tardes libres. En la práctica es como una gran casa de hermandad, pero sin imágenes titulares. El presidente trabaja por las mañanas y dedica las tardes a calentar el sillón. Tiene el hábito cardiosaludable de ir de casa al trabajo andando, por ese eje urbano que comunica la Puerta Osario con el ambulatorio de Marqués de Paradas. En su día sufrió graves problemas internos. Primero, cuando trascendió que uno de los componentes de la directiva ateneísta mandaba jamones al presidente del Consejo de Hermandades para ser pregonero de la Semana Santa, el más claro ejemplo del cohecho morado. Ydespués, cuando tuvo que nombrar tres reyes Melchor en menos de un mes. El tercer elegido fue el hermano mayor de la cofradía vecina de Los Panaderos, al que menos mal que no le sacaron un trapo sucio, porque ya no quedaba más que ofrecerle la corona al tío del Rápido Americano que repara los zapatos y hace las copias de las llaves. A Pérez Calero le pidieron con fuerza la dimisión en la crisis de Melchor, pero el hombre aguantó más que un conductor nocturno detrás de un camión de Lipasam por la judería. Y ahí sigue. Como Arenas en el PP.

El momento de mayor emoción del año es cuando dirige la charla en el autobús que conduce a los reyes magos al hospital de turno la noche del 5 de enero. “Como médico de familia os digo…”. Es la coletilla con la que introduce cada frase, cada orientación, hasta que asoman las lágrimas en los oyentes: “Como médico de familia os pido que no preguntéis a los niños qué regalo quieren, pues muchos os dirán que quieren ponerse buenos. Y entonces os váis a derrumbar”.

La vida es el Ateneo, los consejos sabios de Ana, las idas y venidas al ambulatorio con el veloz caminar por San Eloy, el manejo del sable en cuanto acaba la Semana Santa, el chaqué en las procesiones oficiales, las referencias del doctor Hermosilla y de García Díaz, el bolsillo lleno de escuditos. La vida es alzar la mano en cada saludo con la sonrisa de quien cada cinco de enero echa la sacarina de su apellido en el café de una ciudad necesitada de edulcorante a falta de azúcar.

Todo por el hábitat

Carlos Navarro Antolín | 21 de junio de 2015 a las 5:00

muñoztraje
La troly es un símbolo. La pana y los cuellos vueltos lo fueron durante la Transición como las hombreras en los ochenta. La troly otorga estatus de magistrada estrella con rostro de cerámica trianera, de futbolista recién fichado que llega por primera vez al aeropuerto de San Pablo, o de concejal en la oposición que se marcha de fin de semana a partir del viernes. Las mochilas son malas para la espalda, pero la troly permite desplazamientos largos con comodidad en la ciudad de las personas y los veladores. La troly es como los trajes desestructurados, que aportan una imagen de frescor y soltura que contrasta con los Dustin herméticos, rectos y duros. Antonio Muñoz Martínez (La Rinconada, Sevilla, 1959) es un concejal socialista experto en turismo y al que apasionan los viajes . En este caso se trata de un lagarto que entiende de Ciencia Natural: viaja y domina la gestión de viajes. Pero el nuevo alcalde, Juan Espadas, le ha endiñado tres cruces que lo dejarán sin escapadas los fines de semana: urbanismo, turismo y cultura. A esas tres patas del gobierno se le denomina el área de Hábitat Urbano, Cultura y Turismo, en esa manía de la clase política por rebautizar las cosas. Verbigracia, lo que toda la vida de Dios (que está en San Lorenzo) fue el tráfico, ahora se denomina movilidad, por mucho que nunca se oiga en la barra de un bar: “Un agente que llevaba las gafas de sol subidas por encima de la frente me ha puesto una multa por una infracción de Movilidad, hay que ver que los tíos del PP se han ido sin aprobar el reglamento que iba a imponer la compostura en la Policía Local”. Pero sí oímos a los barandas hablar de las medidas de movilidad que se implementarán de forma transversal hasta alcanzar un modelo sostenible que contribuya a la intermodalidad, toma del frasco… Que nadie dice: “Vengo de Rochelambert en el 25 de Tussam, me he bajado en San Bernardo para para pillar el tranvía hasta la Plaza Nueva en mi apuesta por el transporte intermodal”.

Sigamos. A Muñoz le han endosado un hábitat que dejará la troly aparcada (en zona roja) varios meses. Este hijo de empresario de la construcción se sentará en el despacho principal de las caracolas de la Gerencia de Urbanismo, que fue el despacho nada menos que de Jacinto Pellón, el cántabro que hizo posible la Exposición Universal. Estudió en el instituto de San José de la Rinconada y se marchó a Málaga a sacar la licenciatura en Ciencias Económicas y Empresariales. Muy joven fue teniente de alcalde de su pueblo, en la corporación presidida por Enrique Abad. En esa misma bancada de concejales estaba Alfredo Sánchez Monteseirín, vicepresidente de la Diputación Provincial para los asuntos de Hacienda. A Muñoz se le quedó pequeña esa entrañable concejalía de su tierra. Voló pronto a un cargo de la Diputación, ese organismo que va a resistir más que los dinosaurios. Algunos no pierden la esperanza de que llegue el meteorito que acabe con las Diputaciones Provinciales… En el antiguo cuartel de la Puerta de la Carne, Muñoz se reveló como un experto en la gestión del turismo, en esos años en que ni los ayuntamientos ni la Junta dedicaban responsables específicos al sector.

Como empleado público de la Junta, se fogueó en asuntos de medio ambiente, donde conoció a un tal Juan Espadas. Muñoz, que parece primo hermano del Varoufakis griego, era vecino de la Plaza de la Encarnación hasta que se decidió a restaurar una casa de la Alamenda de Hércules, de la que hablan divinamente todos lo que en ella han recibido posada. Lo más chic del tardozoidismo es haber estado en la casa de Antonio Muñoz . Si usted no ha estado nunca, hágaselo mirar en el médico del seguro, porque entrará en depresión si se queda marginado en esas tertulias donde se ensalza el buen gusto y el estilo cool de algunas veladas organizadas a la vera de la efigie de Julio César. Antonio Muñoz simboliza la transformación urbana de la Alameda, la de un lugar decadente a una zona de esparcimiento y revitalización, como le gusta presumir a Monteseirín, uno de sus primeros mentores. Cuentan, por cierto, que Monteseirín y Muñoz viajaron a Alemania para conocer el muro antes de su derribo.

Muñoz es un socialista con hábitos propios de un canónigo de la Catedral. No cocina, pero le gusta yantar. Tiene una hermana que le abastece de ensaladilla en táper. Ymerienda a base de tortas de aceite. Eso sí, dicen las malas lenguas que come como una lima sorda, pero mantiene el tipo estilizado y fibroso de un banderillero antiguo. En eso, la verdad, no es como los canónigos.

Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre en qué momento termina la Transición en España. Hay debate sobre si se da por concluida en el octubre rojo de la victoria de Felipe en 1982, o si en la mayoría absoluta de Aznar en 2000. En el caso de Sevilla, hay quien defiende que la Transición estará completada cuando el PP forme gobierno en Dos Hermanas y Antonio Muñoz desfile con chaqué de concejal en una procesión del Corpus o de la Patrona. Y apuntan: “Pero será un chaqué muy fresco, muy moderno, muy cool… Como su casa alamedera”.

Aunque a muchos no lo parezca, este socialista de provincias ejerce de sevillano, pero sin dar la barrila. No es que lo vayan a ver comprando el boletín del Consejo de Cofradías, que hace bien en no comprarlo, pero su curiosidad e inquietud por el entorno (o hábitat, mejor dicho) le llevan a conocer a pie de calle la Semana Santa, a dejarse ver por la Feria y, por supuesto, a ejercer de sevillista en la final de Varsovia, una de las últimas veces que ha sido avistado con la troly que perdimos por el hábitat que ganamos.

Cuentan que una concejal del grupo, caracterizada por su elevada capacidad de montar follones, proclamó que había que estar en los barrios: “¡Vamos todos a la calle!” Las voces alteraron el despacho ordinario de Espadas y Muñoz. Cuando este Vaorufakis hispalense se la encontró después en las escaleras y fue interrogado por su destino, Muñoz respondió: “¿Qué donde voy, guapa? ¡A los barrios, a los barrios!”.

En 2012 se alegró mucho del cuarto tropiezo de Arenas por alcanzar el Palacio de San Telmo. Ahí comenzó a ver la luz al final del oscuro túnel de la oposición. Quizás haya inventando con Espadas un modo distinto de hacer política: el dontancredismo, por el que con el mismo resultado (once concejales) se puede tocar fondo o alcanzar el gobierno, todo depende del pacto con que se mire. “No pactaré con Podemos”, dijo Espadas en una intervención en el CEU.

Los concejales del PP tienen la sastretría de O´Kean como referencia de moda. Dicen que los del PSOE son más de Rico Sardelli. Muñoz es como el cura Chamizo a la hora de vestir: ninguno de los dos usa el clériman y los dos, aunque no lo parezca, miran mucho cada prenda que compran. El día de la toma de posesión, no pocos comprendieron que esos trajes tan ajustados, entallados al máximo y que parecen en los escaparates para cuerpos imposibles, no sólo los lucen los toreros cuando recogen trofeos a la mejor estocada, sino Antonio Muñoz cuando recoge la medalla de concejal con derecho a caja para su conservación. Torero, para estar en el hábitat, hay que ser torero…

Muñoz es el relaciones públicas de Juan Espadas, el hombre del que existe un 0,1% de posibilidades de que se lo encuentre usted tomando una cerveza en el Salvador. Es tremendamente afectivo. Cuando Zoido daba un discurso en temas de turismo y lo saludaba públicamente como edil y experto en la materia, a Muñoz se le apagaba el fiscalizador que todo concejal en la oposición debe llevar dentro. Así es él. Nunca esperen agresividad de este concejal, pero sí contundencia y una mijita de acidez, con cuarto y mitad de colmillito, como se puede apreciar en los artículos de su blog personal.

Gran consumidor de la agenda cultural de la ciudad, es un habitual de los conciertos, salas de teatro y exposiciones de pintura, tanto los convocados para el gran público como para sectores minoritarios. Siendo concejal de su pueblo (“La Rinco”, como le gusta decir) hizo las gestiones para que Alaska ofreciera un concierto. Yfue un éxito. Está en contra de lo que se denomina la catetización de Sevilla, materializada en una ciudad consagrada al sector terciario. Se levanta a la hora de las gallinas para hacer deporte, cuando aún se oyen los ecos del último chunda-chunda en algún garito tardío de la Alameda. Ha tenido buena relación con algunos concejales del PP, como Maximiliano Vílchez. Cuando los Plenos se alargaban, ya no había periodistas presentes y había que evacuar el Salón Colón para dejar espacio para las bodas, se sentaban juntos en la nuevo estancia y comentaban la actualidad de suspartidos políticos.

Muchos creemos que su meta política no es el manejo del hábitat que le ha endosado Espadas, sino ser alcalde de la Rinconada y luchar ante Fomento por la construcción de la Rinco-30. La de viajes que se iba a dar a Madrid con la troly en la mano…

El maestrante sin miedo

Carlos Navarro Antolín | 14 de junio de 2015 a las 18:52

Imagen Alfonso Guajardo-Fajardo
AQUELLA tarde era de cielo panza de burra. La llovizna barnizaba los adoquines de Roma. El otoño sienta bien a las ciudades bellas por viejas y viejas por historia. Los guardias civiles de la puerta de la embajada daban las buenas tardes con un fondo de reproducciones de cuadros de Goya. El Palacio de España es un museo, poco conocido como son casi todos los museos. La llovizna era el punto poético de aquel octubre de escalinatas, estancias suntuosas, paredes forradas de terciopelo y lámparas altas y esplendorosas, de las que manaba la luz como fontanas. El embajador, Carlos González Abella, era gran aficionado a realzar y solemnizar todos los actos. Las formas son claves en la diplomacia. Era un día grande en la Embajada de España ante la Santa Sede, donde se recibía a dos nuevos cardenales españoles: monseñor Amigo, arzobispo de Sevilla, y monseñor Herranz, arzobispo de la curia. En la planta alta, González Abella recibe uno a uno a los sevillanos que formaban una bulla en torno a los nuevos Príncipes de la Iglesia. Un séquito de seiscientas personas acompaña a Don Carlos. En la estancia principal, en una mesa con capacidad para acoger un consejo de ministros, se ofrecen a modo de cuerno de la abundancia un sinfín de manjares pese a la hora del acto: las 17:30. Paella, pescado en salsa, croquetas, cava, caldos de Rueda… El personal da rienda suelta al Pantagruel que lleva dentro. Se aprecian los movimientos tácticos de esos sevillanos capaces de capturar croquetas con una mano mientras con la otra las esconden en el bolsillo. Hay más interés por engullir que por apreciar el arte de un edificio del XVII, con lienzos del Museo del Prado y esculturas de Bernini. Alejado de esa bulla que cangrejea ante las fuentes de paella, un sevillano discreto, ajeno a los codazos del canapé y extasiado ante tanta belleza, se acerca al periodista y comparte un sentimiento hondo, muy alejado del espectáculo terrenal que se perpetra entre tapices, volutas y cristales valiosos: “Este es uno de los sitios donde uno se siente orgulloso de ser español”.

Alfonso Guajardo-Fajardo y Alarcón (Sevilla, 1961) es un sevillano fino, pero nada frío. En aquel viaje representaba a la Real Maestranza de Caballería, de la que poco tiempo después fue teniente de hermano mayor. Sevillano que a veces usa camisas de manga corta, siempre luce corbatas discretas y gasta trajes con tres botones que de vez en cuando incluyen un elegante chalequillo. Un sevillano que habla lento y en voz baja en la ciudad del ruido. Como buen caballero maestrante, parece que siempre está en posición de firme, dispuesto a recibir al Rey en la puerta de la Casa. Dicen que ahora se considera un sevillano en la reserva, viviendo su vida entre su casa de Felipe II y los campos de la provincia donde ejerce de agricultor, de amo cuyo ojo engorda el ganado. En Umbrete cuida de los olivares, de donde salen las aceitunas gordales y de manzanilla, y en Carmona del trigo.

Cualquier hermano mayor que se precie, comienza a moverse en el final de su mandato para aspirar a un carguete en el Consejo de Cofradías. Pero este sevillano que fue teniente de la Maestranza lleva a gala no poder ser ya nada más importante que lo que ha sido, en su caso el mismo cargo que desempeñó su padre, como recuerda uno de los cuadros de los salones principales de la institución nobiliaria. Lo fácil para un teniente de hermano mayor de la Real Maestranza es no hacer casi nada durante los cuatro años del mandato y los dos de ampliación. Lo cómodo es limitarse a reposar los brazos en la barandilla del palco de la plaza de toros, esas localidades con derecho a horchata o a refresco aliñado, a cuarto de baño con toalla y jabón, a prismáticos y a meter mano en la caja de puros. Lo cómodo, decíamos, es sentarse en la presidencia de la ceremonia de entrega de premios taurinos y de mejores expedientes académicos, y hacerse unas cuantas fotos en las presentaciones de libros o en la entrega de donativos a los comedores sociales. Con eso bastaría para muchos, amén de la vida social a puerta cerrada que reporta la tenencia y de la facultad de invitar a los allegados a los festejos de relumbrón de la temporada taurina. El cargo de teniente ya lo quisiera mucho cofraderío, sobre todo el que se ha inventado una orden de nuevo cuño y se reviste de capas blancas a falta de no poder ingresar en la Real Maestranza.

Pero este sevillano nacido en el Patio de Banderas no fue un teniente acomodado. No se conformó con cumplir con el mínimo que la liturgia de la tenencia prescribe. Tuvo la osadía de meterle la piqueta a la plaza de toros, uno de los monumentos intocables de la ciudad. Buscó en los archivos los planos originales de la plaza, negoció con los arquitectos, se puso el casco de obra y metió la maquinaria en el ruedo para romper un tendido y recuperar un antiguo acceso interior, la conocida como puerta del despeje, a costa de reducir el aforo. Hay quien dice desde entonces que tienes más peligro que un maestrante en otoño o que un cofrade con las tardes libres, porque en esos tiempos muertos se sueñan las grandes reformas.

Pasó el invierno, llegó la primavera y comenzó la temporada taurina con los muros de la plaza encalados, gloria de monumento que es el mejor cuidado de la ciudad y sin coste alguno para las arcas públicas. Entraron los abonados en la plaza el Domingo de Resurrección y no se oyó una queja, ni un chascarrillo. La reforma fue un éxito. Fue un caso único de silencio maestrante que daba derecho a las dos orejas y vuelta al ruedo. Guajardo-Fajardo quedó coronado como el maestrante sin miedo… a abrir en canal un tendido, en la ciudad donde cualquier reforma en el centro es para cepillarse el caserío del XVIIy el XVIII, desarrollar una arquitectura de tanatorio y sembrar el callejero de esas fachadas de hierro sucio que a los arquitectos les ha dado por usar tanto para restaurantes a la vera del río, como para posadas antiguas junto a San Pedro, o para casas de hermandad en la judería. Como diría la ex alcaldesa: “Qué horror, qué horror”.

La vida cotidiana tiene la calma de un mar plato en los amplios salones de una vivienda donde el retrato del padre escruta a todo el que llega a la morada. El santuario personal es una biblioteca impoluta, de lomos catalogados, donde se funden las colecciones de libros del padre y de un tío-abuelo, donde está el Señor Descendido de la Magdalena y algunos importantes reconocimientos de entidades de la ciudad. Las estancias de la casa combinan una selecta pinacoteca y una platería cuidada. Hay rostros en blanco y negro en fotografías que son reliquias del pasado que sigue vivo. Guajardo-Fajardo es nazareno de la Soledad de San Lorenzo, cofrade serio al que nunca verán en cabildeos. Fue costalero de los Ariza en los años sin relevos, en esas noches de Sábado Santo que había que ingerir terrones de azúcar para no desfallecer en esa recta interminable que era Cardenal Spínola.

En la Semana Santa de 2007 perdió el teléfono móvil en una bulla en la que orientaba al Defensor del Pueblo, Enrique Múgica. Un Jueves Santo acompañaba como oficial de la junta de gobierno de la Real Maestranza a los Duques de Lugo, pero las primeras cofradías de la tarde no salieron por la lluvia, así que la comitiva acabó visitando la Basílica del Gran Poder y, oh casualidad, entrando en San Lorenzo para ver a la Soledad. Aquella tarde, cuando se confirmó que salían la Quinta Angustia y el Valle, gracias a la decisión de dos grandes hermanos mayores como Luis Rodríguez-Caso y José María O´Kean, este maestrante sin miedo remontó las filas de la cofradía de la Anunciación para gestionar que se dejara a la Infanta de España tocar el martillo del paso de la Virgen de los ojos verdes. Y así fue en la Avenida. En la salida de la Macarena, fue testigo del gesto espontáneo del duque de Lugo, cuando se quitó la cadena de oro y se la donó a la Virgen de la Esperanza. Una joya que sigue expuesta en las vitrinas del tesoro macareno. La Infanta se retiró tras ver pasar a los Gitanos por la Casa de las Dueñas, pero el duque quiso seguir viviendo la Madrugada. Hubo que llevarlo a la Catedral para que viera el Calvario y la Esperanza de Triana. Y parece que, por fin, se quedó satisfecho.

No hay honor más importante que el haber sido teniente, que en Sevilla no hay más que una tenencia y no hacen falta mayores precisiones. No hay mayor placer que los pequeños deleites como la lectura del periódico, cuando el café se enfría porque un artículo requiere de la máxima atención, o el aperitivo del que no debe quedar ninguna sobra. Los achaques de salud son oportunidades que uno tiene para saborear aún más esos pequeños hitos de la vida cotidiana. Yno hay mirada más penetrante que la del padre, el retrato que recibe al visitante. Los soleanos son personas acostumbradas a disfrutar con profundidad de los momentos en que otros son presas de la melancolía. La vida es una noche de Sábado Santo, cuando todo empieza. La clave es estar siempre firme, como si el Rey pudiera aparecer en cualquier momento.

El altavoz de Dios

Carlos Navarro Antolín | 7 de junio de 2015 a las 5:00

Camilo Olivares
HAY un tipo de sevillano que ronea de caballo como hay otro que presume de estar a caballo entre Sevilla y Madrid, avifauna que hace gala de pasar horas en el AVE como signo de distinción y timbre de gloria. La alta velocidad permite a Javier Arenas mandar en el PP andaluz sin perder comba de lo que pasa en la calle Génova, de ahí que recuerde con frecuencia en las entrevistas dominicales que casi está empadronado en el AVE que Felipe González regaló a los sevillanos para que el Sur no se quedara descolgado del resto de la piel de toro. Claro que el mérito, el verdadero mérito, era pasarse media vida entre Sevilla y Madrid antes de que existiera el AVE, como era meritorio recorrerse la Ruta de la Plata antes de que fuera una autovía. En Sevilla hay un cura que lleva décadas entre Sevilla y Madrid, entre Ochoa y Lhardy; entre las torrijas hispalenses de vino o miel, y las capitalinas con leche, azúcar y canela; entre la Catedral gótica, de pináculos, vencejos, gárgolas zoomórficas y desayunos en la Avenida tras los maitines, y esas iglesias frías de la capital de España, que ya se sabe que en Madrid no hay playa, pero tampoco iglesias donde entren ganas de rezar.

Camilo Olivares (Madrid, 1926) es un desconocido para muchos sevillanos que, como apuntaría el líder de Ciudadanos, han nacido con la Constitución Española bajo el brazo. Olivares simboliza esa Sevilla que para muchos es la de los años 50, 60 y 70. Es el cura monárquico por antonomasia. Es el eterno capellán de Doña María de las Mercedes, la madre del Rey que se murió en Lanzarote con los fríos del enero del año 2000. Es el cura que mejor se ha llevado siempre con la alta aristocracia, lo que algunos de sus compañeros envidiosos han denominado como la pastoral de la jet. Si Dios está hasta en los pucheros, también estará en los salones con luz generosa de arañas, tazas de porcelana fina, servilletas de hilo y decoración de lienzos de reyes y cornucopias, ¿o no?. Por algo dicen que la Iglesia ha de tener curas de todos los perfiles para no perder presencia en ningún rincón. En España ha habido miembros del alto clero que se han ido de cena con Zapatero. Yno ha pasado nada.

Este sacerdote recuerda al detalle la secuencia del 18 de julio de 1936 y sus horas posteriores, cuando los guardias de asalto entraron en su casa del barrio de San Lorenzo buscando a su padre, pero se sólo encontraron a su abuela y a las demás mujeres de la casa rezando el rosario. Hijo de padre sevillano y de madre madrileña, desde niño sabe lo que es estar entre Sevilla y Madrid muchísimo antes de que se pudiera elegir entre vagón de turista (con derecho a auriculares) y vagón de preferente (con derecho a toallita húmeda para las manos antes del condumio).

¿Quién recuerda hoy con toda precisión haber visto al Gran Poder expuesto en besamanos en lo alto del paso? Una estampa insólita:¡un paso con escalera de subida y con escalera de bajada! El niño Camilo estaba a la vera del Señor para limpiar los besos en aquellos cultos de los años treinta. Allí subido, en la nave de oro, angelotes y claveles rojos, presenció cómo un devoto rompió sin pretenderlo una de las espinas de la corona del Señor, que tuvo que ser repuesta con el pegamento de entonces, sindetikón, a falta del IAPH. Olivares asistió a los quinarios del Señor en la parroquia de San Lorenzo, cuando predicaban sacerdotes que eran grandes oradores. Se abrían las puertas del templo y se podían oír las pláticas desde la plaza. Tal vez esos días tuvo conciencia de la importancia que tiene para un sacerdote el dominio de la palabra. Sin la oratoria, el cura se aleja de los fieles. Con ella, mantiene la atención y el poder de persuasión. Quizás en su infancia, en un barrio de San Lorenzo de vecinos sentados a las puertas de su casa viendo la vida pasar, germinó una vocación orientada a la liturgia de la palabra.

Su casa era una de las pocas con radio. Como en una premonición del vídeo comunitario de los años ochenta, en su casa se ponía la radio en la ventana para que todos los vecinos pudieran oír el parte y las charlas del General, que no necesitaba de más nombre ni apellidos para saber que se trataba de Queipo de Llano. No es aficionado a remover el carbón quemado para evitar los rescoldos. “Sólo hablo de la memoria histórica para rezar”, suele decir a quienes le preguntan por más detalles de aquellos años.

Para acudir a los palcos de la plaza en Semana Santa se requería pantalón largo, en aquellos tiempos de respeto escrupuloso por la vigilia y de dispensas como vía de escape. Participó con un cirio en la procesión extraordinaria del Gran Poder de 1939 en acción de gracias por el final de la Guerra Civil.

Don Camilo, que es un cura que de cura tiene hasta el nombre, pertenece a la cofradía de los que nunca hablan mal de nadie. Y eso en Sevilla lo convierte en rara avis, que avis es pájaro y no oficina de venta de coches de alquiler en aeropuertos y estaciones. En su casa de Sevilla, que está en el barrio de Los Remedios donde un 10% ha dejado de votar al PP en las últimas elecciones, tiene capilla propia, preciosa y recoleta para la recogida de oraciones privadas. En Navidad monta un Nacimiento digno de visita. El que ha ido sabe que en casa de don Camilo se atiende a la antigua usanza, con copa de manzanilla fina y platito de jamón después de apreciar todos los detalles del portal. Cuando está en Madrid, no se pierde noticia de Sevilla, que para eso tiene a las seguidoras de su Obra de la Palabra de Dios.

El Papa lo hizo prelado de honor con derecho a tratamiento de monseñor. Sigue ejerciendo de director espiritual del Gran Poder y es capellán real de la Catedral. Es rara la hermandad sevillana que no lo haya invitado a predicar sus cultos. Suya es una frase que define su quehacer: “La gente le da mucha importancia a escuchar la palabra de Dios por muy torpe que sea el altavoz”. Sus homilías se han oído en Madrid, San Sebastián, Segovia, Vitoria, Lérida… Yen todas las ciudades ha palpado la importancia que tienen las cofradías sevillanas como movimiento laico de la Iglesia.

Si Olivares es un cura popular no ha sido por sus relaciones con la sangre azul, sino por sus predicaciones y su proximidad a la gente. Vivió muy de cerca los tiempos en que los párrocos reñían a las señoras que lucían faldas cortas, como vivió los años del cardenal Segura prohibiendo el Miserere en la Catedral por no responder al espíritu penitencial propio de la Semana Santa. Ha seguido siempre la enseñanza de su padre:“Hijo, en esta casa, el Papa, el Rey, el cardenal de Sevilla y el cura de San Lorenzo nunca se discuten. Sean quienes sean, amén”.

Don Juan de Borbón y Doña María de las Mercedes ejercieron de padrinos de honor en su primera misa. En cuanto fue ordenado sacerdote, su padre lo mandó viajar a Estoril y a Laussanne a cumplimentar al Rey y a la Reina Victoria. Y ahí empezó una relación mantenida hasta el fallecimiento de los condes de Barcelona. En alguna ocasión recibió recados del régimen de Franco para hacerle ver que no se veían con buenos ojos tantas peregrinaciones a Villa Giralda. Un día tuvo problemas en la frontera de los que tuvo conocimiento el cardenal Segura:“Para otra vez, diga usted que va de mi parte”.

Con Don Juan de Borbón vivió un momento de tensión en Fátima, cuando muchos españoles advirtieron su presencia y lo arrollaron con entusiasmo. Olivares se sintió obligado a pedirle disculpas por el berengenal en que había metido al padre del Rey, exiliado entonces en Estoril. DonJuan pidió calma e hizo ver que estaba encantado con la reacción popular: “Estoy muy agradecido porque precisamente aquí, en Fátima, pasé uno de los momentos más amargos de mi vida. Parece que Dios ha querido compensarme hoy”. Ocurrió aquel día que también un grupo de españoles que visitaba el lugar se acercó a saludar a Don Juan, pero el cura que guiaba la peregrinación les afeó la conducta en voz alta: “¿Qué hacéis con ese hombre que es masón?”. Y Don Juan se vio obligado a responder: “Padre, infórmese mejor, porque si yo fuese masón, posiblemente estaría ya en el trono”. Monseñor Olivares se sintió obligado entonces a advertirle de que media España pensaba que Don Juan era masón porque había una campaña orquestada con tal objetivo.

Cada vez que Doña María de las Mercedes visitaba Sevilla, el alto mando militar avisaba a Don Camilo para que acompañara a la señora. Pasión y el Gran Poder solían ser estaciones fijas en la ruta. Y el sacerdote debía ir vestido como tal, de lo contrario había riña. A la madre del Rey le gustaba ver a monseñor Olivares con sotana, manteo y esclavina.

La noche del último Sábado Santo se le vio junto al duque de Alba en la bulla de la entrada de la Soledad de San Lorenzo. Los Reyes y la vida pasan. Sólo permanece el Gran Poder. Al borde de los 90 años, sigue entre Madrid y Sevilla, entre la muchedumbre capitalina y la ciudad donde fue el niño que pasaba el purificador por las manos del Señor.