El último traje de mil rayas

Carlos Navarro Antolín | 31 de mayo de 2015 a las 5:00

Otto  Moeckel
El verano es la coartada perfecta para relajar las buenas maneras, los usos sociales que son el lubricante de la convivencia. El verano en Sevilla empieza mucho antes que el día de San Luis. Comienza prácticamente en abril con los primeros sofocos que derriten la cera, inauguran prematuramente la venta de helados y pueblan las casetas feriales de armatostes de refrigeración con zumbido de bombarderos de la Segunda Guerra Mundial. Hasta hay curas que recortan las homilías en días de calor para no ahuyentar a la feligresía. Existen las misas light al igual que los programas de redifusión en la parrilla de televisión. La Semana Santa de la intimidad de muchos sevillanos comienza con el primer nazareno. Yel verano de un tiempo a esta parte arranca cuando se ven las primeras chanclas. El símbolo del verano hace mucho que no son las bicicletas, son las chanclas por las que asoman uñas largas y negruzcas, como son los pantalones de pirata en sus diversas modalidades:ceñidos con elástico a la pantorrilla, con tirillas sueltas, con bolsillos exteriores, con un único bolsillo trasero, etcétera. La chancla y el pantalón son los símbolos de la heráldica de los meses tórridos en una ciudad con la sombra tan en retirada como un ejército vencido.

Hay una minoría de sevillanos que resisten, como los galos de la aldea de Astérix, a la invasión de camisetas de tirantas y pelambreras al viento que se ven, por ejemplo, en la cola de turistas de la Catedral, subidos en la segunda planta del autobús panorámico, o sentados en una terraza del barrio de Santa Cruz tomando paellas recalentadas en el microondas. Y muchísimas veces son los sevillanos quienes han hecho suya la estética del turista desharrapado en riesgo de deshidratación. Entre los sevillanos que resisten la oleada del desaliño figura Otto Moeckel von Friess (Sevilla, 1929), siempre trajeado llueve, ventee o nieve; siempre con el cuello cerrado con corbata, siempre en perfecto de estado de revista. Quizás sea de los últimos sevillanos en tener trajes de invierno y de verano, ternos gruesos para el frío y el mil rayas para la canícula. Es un fin de raza de la estética elegante del verano, como en tantas otras cosas. Ver a un señor con un traje de mil rayas por la Avenida de la Constitución es más difícil que toparse con un turista en pantalones de pinza, con un cura con sotana o con un concejal de Podemos entrando en O´Kean. Don Otto es probablemente el último traje de mil rayas que se puede admirar por esa jurisdicción en la que hace su vida:el barrio del Arenal y sus zonas de influencia.

Desciende de los alemanes que vinieron a electrificar la ciudad y muchísimos pueblos de la provincia. Hágase la luz en Sevilla, dijo Dios. Y llegaron los Moeckel para quedarse en la ciudad para siempre. Hijo único, su familia paterna era de Sajonia y la materna de Baviera. Criado en los valores del esfuerzo, el orden y la disciplina. En caso de que el niño Otto cometiera las trastadas propias de la edad, su madre era el juzgado de primera instancia y su padre el Tribunal Supremo. Los abuelos encarnaban una suerte de Defensor del Pueblo.

Mucho antes de que Felipe González inventara el “mire usted” como arma letal en un debate, don Otto ya había puesto firme a más de un desahogado con el “mire usted” en la ciudad del compadreo. Lo ha sido todo en el Baratillo, donde fue inscrito en 1938. Personajes muy conocidos le han pedido ayuda para ser hermano mayor, pero siempre ha distinguido el carril de los afectos del carril de la responsabilidad de un cargo. Por mucha influencia que el pretendiente de la vara dorada tuviera sobre don Otto, si este sevillano con sangre teutona creía que no valía, se lo decía con toda contundencia. Y estaba dispuesto a pagar el coste del no. Para pasteleos ya están Los Angelitos de la calle Adriano.

Un agradaor le comentó un día lo orgulloso que debía estar al trascender que su hijo se presentaba a hermano mayor de la cofradía familiar. Encogió los hombros, marcó distancia y respondió:“Mire usted, si lo hace bien, doble alegría por mi hermandad y porque es mi hijo. Si lo hace mal, pues doble disgusto”. Años hubo que el Domingo de Resurrección aún le asomaban las hebillas en el calzado:“Me las quitaré cuando visite el último templo de las cofradías que no he podido ver en la calle”.

Al Baratillo se lo ha dado todo. Nadie ha mandado como él en esa cofradía. Su autoridad no sólo estaba basada en el sinfín de ayudas económicas que ha prestado, sino en la auctoritas ganada a pulso con las horas invertidas. Ni el mayor cicatero puede negar que la vida de este sevillano es un derroche de generosidad sin límites con una cofradía que ama como a su familia. Tiene la medalla de oro de la hermandad, la de plata de la Real Maestranza y la Pro Ecclessia et Pontífice concedida por Benedicto XVI a petición del cardenal Amigo, además de otros numerosos reconocimientos y homenajes. Nunca habla mal de nadie. Se sabe escurrir con elegancia cuando le ponen en el aprieto de ofrecer una opinión comprometida. Un circunloquio de don Otto agota a cualquiera que pretenda ponerle en un renuncio. Es imposible que diga lo que no quiere decir.

Nunca lleva tabaco encima, pero siempre se las arregla para tener un cigarrillo cuando apetece. En su opinión, los curas deben vestir de curas y no alargar su presencia en los ágapes de la casa de hermandad. ¿Cómo se le dice al sacerdote que su presencia ya es inconveniente? Muy fácil. Don Otto se acerca al corrillo y espeta:
–Don […]. Le voy pidiendo el taxi si le parece. Y yo mismo le acompaño a cogerlo.

Las hermandades son asociaciones privadas de la Iglesia Católica por mucho que la normativa diocesana de 1997 dijera lo contrario. No le insistan porque no admite cesiones en este debate, donde coincide con la corriente de opinión de eminentes juristas de la ciudad.

Para don Otto no existe el cansancio. Ni la jubilación tiene el significado etimológico de júbilo. Es hiperactivo al moeckeliano modo. El trabajo, la actividad cotidiana y las idas y venidas del barrio del Arenal son la combinación que mantienen con vitalidad a este vecino único, de exquisitas formas y costumbres arraigadas y, sobre todo, de una oratoria antigua y ordenada que pareciera que está escribiendo cuando está hablando. Sus discursos pueden ser editados directamente en papel.

El primer año que no pudo salir en el Baratillo estaba viendo la cofradía desde un palco de la plaza. De pie desde que llegó la cruz hasta que se fue el palio, como hacía don Antonio Delgado Roig con el Silencio en las sillas del Laredo. Llegaba la Santa Cruz y se levantaba, como esos cofrades que se levantan al paso de la Bandera Pontificia. En una Semana Santa de roedores de pipas a la espera de los pasos, de sillas plegables o de un público echado directamente sobre las aceras, queda aún el testimonio de quienes se forjaron en un respeto que no se explica más que desde el conocimiento profundo de la hermandad. Porque sólo lo que se conoce puede ser valorado.

Siempre ha hecho gala de un concepto de orden que distingue con precisión de tiralíneas la familia, la hermandad, los vecinos y los trabajadores. Llegó a tener 70 empleados. Si uno le invitaba a la primera comunión de un hijo, don Otto no faltaba, pero de su asistencia jamás se podría deducir ninguna suerte de favoritismo posterior sobre ese empleado. A la hora de marcar las distancias, no ha hecho excepciones. Su propio hijo, siendo hermano mayor, ha visto cómo su padre se pronunciaba en contra de algunas de sus decisiones. La objetividad en los planteamientos es uno de los estandartes de su vida.

Sufrió las interpretaciones interesadas que algunos hicieron de las directrices del Concilio Vaticano II. Siempre ha defendido que aquel concilio fue el de la renovación, pero desde la conservación de lo que había, no de la supresión. Un cura de aquellos años le exigió que quitara la mesa de altar que formaba parte del retablo y que pusiera unos taburetes con unas tablas encima como nuevo altar. “¿Pero usted comprende que yo me puedo cargar un retablo artístico de esa manera?”. Suya es una frase que pide mármol: “Ser cofrade es la forma de ser católico en Sevilla”.

Un día pidió a unos amigos que lo acercaran en coche a un barrio alejado del centro de la ciudad. Al llegar al destino, antes de bajarse, consultó al conductor: “¿Me puedes esperar cinco minutos?”. Ylos cinco minutos de un alemán son cinco minutos de reloj, no los cinco minutos del sevillano que te hace esperar veinte en la Plaza Nueva, te llama por la calle San Fernando para decirte que va por la Avenida y te endiña al final una demora de treinta. A los cinco minutos de reloj, se montó en el vehículo y ordenó rumbo al Arenal. Se sintió obligado a dar una explicación que ningún ocupante del coche le había pedido: “Muchas gracias, era necesaria mi intervención para poner orden. A los nietos hay que enseñarles el valor de la disciplina”.

La vida es aquello que ocurre en el Arenal, aquello que sucede en la institución de la familia. Es el cariño de hijos y nietos que adoran una conducta recta y ejemplar.La vida es el cumplimiento de las obligaciones antes que las devociones; es ayudar al cura en la misa de esos domingos de mirada baja de la Piedad y de sillas de enea apretadas; es hincharse los pulmones de ese olor a Baratillo que vuela por la cúpula, es visitar cualquier día la tienda de Trifón, los viernes del Silencio o los lunes del Santo Entierro. La vida es un café con doble azucarillo, una charla interminable en tantas noches de cuaresma, una gesticulación que es marca de la casa y un porte señorial donde el bastón contribuye a realzar ese señorío.

El tabernero ilustrado

Carlos Navarro Antolín | 24 de mayo de 2015 a las 5:00

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EN la película Sin reservas, ambientada en las cocinas de un restaurante, los cocineros interpretados por Catherine Zeta-Jones y Aaron Eckhartse se sientan cada día a la mesa con los camareros para detallar la elaboración de cada plato. Cuando el cliente pregunta por la alboronía, a ningún camarero se le ocurre decir que es un pisto sin tomate. Y cuando aparecen croquetas de un color extraño, ninguno responde no saber de qué están hechas, como ocurre en Sevilla más veces de las deseadas. Una ciudad son sus mercados, sus cementerios y sus tabernas. Los mercados se conocen por sus frutas, los cementerios por los panteones y las tabernas por la ensaladilla y la croqueta, alfa y omega de cualquier lista de tapas. Un restaurador puede ser todo aquel que monta una franquicia de Macdonalds, en cuya licencia de actividad figura el término restaurante. Un tabernero es el que nace como tal, lo lleva en la sangre porque se ha criado en la dureza de los horarios de un oficio que es como el periodismo: una suerte de sacerdocio. Enrique Becerra (Sevilla, 1957) es un tabernero que quiso ser periodista, estudió unos años de Farmacia y acabó de tabernero, que para eso es la rama primogénita de un tronco que se hizo un nombre en un establecimiento de la calle Recaredo en la Sevilla de los años del blanco y negro. En aquel negocio de su padre se hacía dos veces arroz caldoso los domingos. El de las doce y media, para los hermanos de Los Negritos que salían de misa. Yel de la una y media, para los de San Roque. Siendo Juan Fernández alcalde de Sevilla, los concejales acudían al negocio del padre de Enrique después de cada Pleno municipal. Cada edil pagaba lo suyo de tal forma que había que abrir cuentas personales. En una ocasión, el joven camarero Enrique tenía dieciséis cuentas abiertas de una misma mesa.

Este tabernero lee y escribe. Y tiene inquietud por saber más sobre su oficio, por investigar los nuevos negocios y por escudriñar los detalles. Aconseja a todos los jóvenes con interés por montar un restaurante que primero trabajen por cuenta ajena en diferentes establecimientos: de costa, de interior, de barrios, de centro… En su libro al respecto asegura que es la mejor forma de aprender el oficio antes de hacerse autónomo. Tiene claro que no se puede deconstruir una tortilla de patatas sin antes saber hacerla. A Becerra le duele que los cocineros queden reducidos a montadores de platos, y que los camareros sean meros transportistas de platos. Técnica, cariño y ausencia de prisas son las tres patas del caballete del buen negocio de hostelería, un sector donde hoy mandan los contenidos asépticos, los bares anodinos y los camareros muy estudiados pero sin oficio.

Conoció muy de cerca la Sevilla en la que sólo había un ramillete de bares buenos: Los Candiles, con los riñones al Jerez; Los Corales, con la hueva con mayonesa; el Rinconcillo con las espinacas, y La Isla, célebre por sus mariscos y el San Jacobo. En aquellos tiempos no se hablaba de montaditos, sino de emparedados. Y eran famosos los emparedados de En la Espero te Esquina.

Enrique Becerra no suele callarse. No hace mucho asistió en Sevilla a una conferencia de Sergi Arola, el discípulo aventajado de Adriá. La cita estaba organizada por la Cámara de Comercio, que pagaba muy bien al cocinero catalán por su disertación. Arola arremetió contra la gastronomía local: “Las tapas son una grastronomía de segunda”. Becerra comenzó a fruncir el ceño. Arola reveló que tenía en mente abrir una paninoteca en Sevilla, un negocio a base de distintos panes especiales con diferentes rellenos. Becerra, mosca porque conocía el caché que cobraba el reputado cocinero por la charla, levantó la mano y tomó el turno de palabra.

–Perdona, Sergi. Tú entonces lo que quieres poner es un negocio de montaditos. Y en Sevilla ya hay cientos de negocios de los que tú llamas pa-ni-no-te-cas.

Tiene la guerra declarada a los precocinados tanto como al tomate frito de lata. Sabe que el proveedor de precocinados se está forrando. Las croquetas y el arroz con leche son transversales en la hostelería hispalanse, como se diría ahora. Uno encuentra la misma selección de croquetas en muchos bares: de hongos (nunca se usa el término setas), de puchero, de jamón y de chipirones. Esta singular transversalidad también incluye el menudo distribuido en bloques a granel y la carrillada confitada de fábrica. Odio eterno a los precocinados y al gazpacho de tetrabrik que se beben los guiris en muchos negocios de Santa Cruz.

Becerra fue vetado un tiempo por el alcalde Monteseirín, que mandó que no se organizaran almuerzos del Ayuntamiento en su restaurante. La causa fue su intervención en un foro del sector donde se debatían mejoras de la ciudad de cara al turismo. Becerra propuso la profesionalización de determinados cargos del Consorcio de Turismo para evitar los vaivenes de cada cuatro años. Un frase elevada a titular periodístico sentó muy mal al alcalde: “Estamos en manos de impresentables”. Becerra explicó al alcalde el contexto de sus palabras, pero de nada sirvió. Es cierto que algunos concejales del gobierno se saltaron la directriz y siguieron yantando en su negocio.

Si el mundo se divide en dos, la hostelería también. Por un lado, los negocios baratos a base de montaditos. Por el otro, los buenos. Y en el centro, los gastrobares. ¿Ycuáles son los buenos? Los que todavía elaboran guisos sin externalizar el tomate o el sofrito. Los buenos son los que trabajan el plato al cien por cien en sus cocinas.

En su negocio de la calle Gamazo, fundado en 1979, se ha visto casi de todo. Cuentan que uno de los momentos de mayor apuro ocurrió cuando una señora se levantó de una mesa y se dirigió hacia la barra para emprenderla a bolsazos contra su marido, que acababa de entrar acompañado por una señorita. La señora estaba en la mesa con el abogado que tramitaba su divorcio, el cual acudió al día siguiente al restaurante a explicar la causa del desagradable suceso. En otra ocasión estaba el gobierno autonómico de Pepote Rodríguez de la Borbolla repartido en dos reservados distintos de la planta alta. Eran momentos de crisis en el consejo de gobierno. A Pepote le querían mover el sillón. Unos conspiraban contra otros sin saber que sólo estaban separados por una pared. Y en un tercer reservado, para colmo, estaba el entonces alcalde, Manuel del Valle. Los camareros tenían la orden de abrir, servir y cerrar nada más salir. Cuando algunos de ellos se encontraron en el servicio, se oyó de un destacado militante socialista: “Esto está como para venir con una querida”.

Fernández Floranes, aquel delegado socialista de Fiestas Mayores, agasajó una Semana Santa a Ángel Cristo y Bárbara Rey para tratar de frenar la huelga de atracciones que estaba anunciada para la Feria. Floranes quería agotar todas las posibilidades. Una noche de Miércoles Santo acabaron la velada a las cinco de la madrugada. Pero fue un esfuerzo baldío. El anuncio de huelga se cumplió.

Los archivos de Becerra demuestran la caída de la economía de la ciudad tras la Exposición Universal. Aquel 12 de octubre de la clausura fueron atendidos 180 comensales. El día 13, 90 comensales. Y el 14, solamente 45. Los meses de la muestra generaron beneficios como para comprarse un piso, que es lo que hizo este tabernero que cuida desde las servilletas del negocio hasta la selección de caldos.

En su lista de tapas hay algunas que están en plantilla desde hace más de treinta años: cola de toro, cordero a la miel, calamar relleno, carrillada, bacalao gratinado, flamenquín de espárragos verdes, ensaladilla y croquetas. Y siempre defiende que hay dos cosas habitualmente de calidad en todos los bares de Sevilla:el café y el queso. No le gustan nada los metres que hacen el paripé de preguntar con frialdad a los clientes si tienen mesa reservada cuando el restaurante está vacío y seguirá vacío dos horas después.

Hay quien asegura que este Becerra corpulento, ilustrado en las aulas del San Francisco de Paula, considera su negocio como un hijo más, por eso digiere con dificultad algunas críticas que considera infundadas, sobre todo las que cuestionan la calidad de un pescado o de una carne. Acude a las principales citas de gastronomía en España, sobre todo a la de las tapas en Valladolid, donde en día y medio ha llegado a probar 66 tapas diferentes.

A las ciudades se las conoce por sus mercados, bares y cementerios. A los restaurantes por la capacidad de dar respuesta a un cliente exigente e improvisar platos alternativos, por dar ese trato personalizado, nunca de compadreo y confianza impostada, que convierte a un negocio en único y muy alejado de las franquicias igualitaristas.

La alboronía no es un pisto sin tomate. La carne con tomate no puede saber a Fruco. La ensaladilla no es una masa compacta con pegotones de mayonesa de bote. Las patatas deben ser fritas en casa y no extraídas del congelador. Todos los camareros deben saber explicar los ingredientes de un plato y cómo se ha cocinado. Oficio, sacerdocio, esmero… Hay bares y restaurantes que sobreviven a modas propias de la ciudad novelera y a gobiernos caprichosos que pretenden mandar más allá de las páginas del BOP. Todo bar que sirve para tomarle el pulso a la ciudad tiene vocación de perpetuidad. Se convierten en observatorios, pero como no trincan subvención se siguen llamando bares.

El culto al dios Dinero

Carlos Navarro Antolín | 10 de mayo de 2015 a las 5:00

MANUEL RUIZ DE LOPERA
LA gente acude a misa a encontrarse con Dios, a los toros a dejarse ver, a la Feria a evadirse, a la hermandad para quitarse de su casa a media tarde, y a las marisquerías a comer marisco. Nunca se pondera el bien que le hacen muchas hermandades a muchas familias, ¿verdad? Eso sí que es de premio Demófilo. Un buen cargo de mayordomo de los que obligan a estar cuatro añitos encadenado a un despacho es lo mejor para arreglar muchos matrimonios. En Sevilla no los hay que se van a por tabaco y no vuelven. En Sevilla los hay que se van de mayordomo y no hay quien les ve el pelo en su casa. Y algunos hasta empalman después como hermano mayor y, hala, otros cuatro años quitados de la salita de estar. Porque los mayordomos se presentan a hermano mayor, como se presentan también las camareras de la Virgen, que esto es el mundo al revés. Como el mundo al revés se ha visto muchísimos domingos en una marisquería de Sevilla, donde uno de sus clientes no acudía a comer marisco, sino simplemente el guiso del día.

Manuel Ruiz de Lopera (Sevilla, 1944) es un sevillano de menú cerrado. Dispendios y gollerías, los justos. Sorpresas, las mínimas. Cuando tocaba almuerzo oficial con la directiva del equipo visitante, todo aquello que se consumiera fuera del cubierto pactado corría a cargo del osado comensal. Los bichos con patas decoraban el expositor de esa marisquería del Arenal. Cigalas, centollos, gambas, langostinos, nécoras… Cuando llegaba el maitre a tomar nota, se oía una voz, esa voz inconfundible: “Vamos a tomar las papas con chocos que aquí son muy buenas”. Y después, esa letanía de diminutivos tan característica de la oratoria del personaje: “Y un poquito de queso, un poquito de pan, un poquito…”. De vino, un rioja de nivel medio a compartir. ¿Un puro?, preguntó en una ocasión Nicolás Casaus, aquel vicepresidente del Barcelona de abrigos cruzados. “Aquí no hay puros”, oyó de respuesta. Sólo papas con chocos. Que los guisos son cardiosaludables.

Ruiz de Lopera no gasta. La primera regla para ahorrar es no gastar. Y después ganar dinero. No baja la guardia, siempre las orejas altas. Tiene una habilidad innata para el negocio desde los tiempos en que compraba piezas de pan para su reventa a los vecinos del Fontanal, creando singulares plusvalías. Ocuando amasó fortuna con la venta de electrodomésticos a plazos. Compraba frigoríficos “de los que daban calambre”, o televisores defectuosos (“Marconis con orejas”), los llevaba a un taller y los revendía ya reparados. Siempre lo decían sus colaboradores: “Ve el billete detrás del tabique”. No le hizo falta pasar por la Universidad:“Te gana al ajedrez sin saber mover las piezas”.

Cuando los demás se consagran al destilado en vaso largo, Lopera consume zumos de naranja con espumita. Si es con las pipas mucho mejor: “No me lo cuele. Y la naranja que sea del tiempo”. Siempre sobrio, siempre fresco. Un joven abogado quiso agradarle sacando conversación en la cola de espera de la notaría:

–Don Manuel, ¿Tegasa significa Técnicas Ganaderas, verdad? Se ve que es usted aficionado a los toros.
–No, niño. Técnicas ga-na-de-ras, pero de ganar dinero.

En los almuerzos se paga a escote. Y la factura para Lopera. Que siempre viene bien ante Hacienda. Lopera siempre tiene en su interior un escrutador del gasto, de potenciales agujeros negros por los que se puede ir el dinero, un tasador perpetuo del coste de la vida cotidiana. Volvía el Real Betis de Burgos a Madrid. El ambiente era de fiesta. El retorno a Primera División estaba logrado. Pepe León invitó a José Rodríguez de la Borbolla, ex presidente de la Junta, a subirse al autobus del club. Pepote se durmió apoyado en una ventanilla desde la que se admiraba el paisaje de la estepa castellana. Un testigo de la escena recuerda cómo Don Manuel se dirigió entonces a León: “¿Y el billete de autobús de Pepote quién lo paga?”.

Todo tiene un precio y hay que pagarlo. Como las consumiciones del balcón semanasantero de Sierpes, en el Catunambú. Dos cofrades que estaban en las sillas fueron invitados a subir a contemplar la Macarena desde tan privilegiada posición. Entre paso y paso fueron agasajados con cerveza y viandas. Cuando se marchó la Virgen de la Esperanza camino de la Catedral, los dos conocidísimos cofrades se despidieron y dieron las gracias. Cuando bajaban por la escalera, un propio les dijo que tenían que pagar las consumiciones. Pagaron y se fueron musitando: “Esto no me ha pasado en la vida”.

Los propios o peones de brega son utilísimos, lo mismo sirven para reclamar el pago de lo que se considera debido que para coger sitio en la función principal de instituto del Gran Poder en la pesada tarde del 6 de enero. Cuando llega Don Manuel, le da dos golpecitos en la espalda al propio y éste se levanta y le cede el asiento.

Tenía lugar en Madrid la multitudinaria cena de gala de celebración de la Copa del Rey de 2005, cuando Lopera –pese al ambiente de cava descorchado– estaba pendiente de que no se colara en el restaurante ningún personaje ajeno a la fiesta. Dejó fuera a un conocido caballero rejoneador con gran cartel en la ciudad.

Don Manuel tuvo mucho predicamento en la Hermandad del Gran Poder en los años de Antonio Ríos como hermano mayor. Ejercía esa forma de poder en la sombra a la que se llama influencia. Yeran precisamente los años en que la leyenda de un Lopera todopoderoso e implacable se engrandecía. Lopera ha disfrutado más mandando en la Plaza de San Lorenzo, teniendo a favor de querencia desde el hermano mayor hasta al capiller, que en los palcos de Anfield, de Stamford Bridge o del Luis II, a los que por cierto no acudía. En eso ha sido siempre muy aldeano. Omuy aficionado al cultivo de la micropolítica, que diría un analista cursi. El placer de lo local está antes que las grandes relaciones exteriores. Prefiere controlar la acción de un reventa de entradas que codearse con el presidente del Chelsea. Está en una negociación de millones de euros por un contrato de televisión, pero no se le olvida que un futbolista se llevó un balón a su casa el domingo anterior e interrumpe la conversación mirando a un tercero: “¿Ha pagado Pier el balón?”. Acude a recibir el avión del equipo recién clasificado para la Champions y el primer comentario que hace es para interesarse por quién pagará el asiento que ha dejado vacío el padre de un jugador.

En el Gran Poder regaló mantos, tuvo sitio de privilegio en la Madrugada y acceso libre a la basílica a deshoras. Es sabido que ha presumido incluso de tener una camisa del Señor en su casa. Hasta que el abogado Miguel Muruve llegó a hermano mayor y le paró los pies. Se acabó lo que se daba. Como en el Betis. Cuando se acabaron los triunfos, cesaron los vítores. Los mismos que lo recibieron con palmas, lo despidieron con insultos. Sevilla es así. La condición humana es así. Lo endiosaron para después tirarlo como un clínex. Lopera es el juguete roto del beticismo.

Hasta algunos de sus más críticos reconocen que pocas cosas hay más divertidas que una cena con Lopera, cuando se coloca la servilleta al cuello para no mancharse esas inconfundibles chaquetas con un pin dorado en cada solapa: el del Gran Poder y el del Betis. Lopera tiene un humorista en su interior. Tiene el don de la gracia. Quizás algunos le han reído las gracias demasiado. Y tiene también un máster en habilidad. Cuando quería salirse con la suya en una reunión en sus oficinas de la calle Jabugo, nada como no ofrecer bebidas ni viandas. A palo seco. No deja de ser una vieja técnica vaticana para forzar la elección de pontífice: reducir los alimentos a los cardenales, obligarles a tomar una decisión. Y una vez arrimada el ascua a su sardina, don Manuel pedía ya que trajeran unos montaditos de Hermanos Gómez para acallar el croar de los estómagos.

El culto al ego es clave en este personaje. No sólo encargó un famoso busto para su exhibición en el antepalco, como un César victorioso. Para atender las masivas peticiones de autógrafos, mandó hacer unas estampas en las que se veía la panorámica de la maqueta del estadio y su cara coronando la imagen.

A Lopera lo que más le gusta después del Betis son los perros. Siente predilección por los canes. Ha recogido a muchos perros callejeros. Y ha tenido grandes enojos cuando el conductor del coche en que viajaba no se ha querido parar a recoger un perro abandonado. Tuvo uno llamado Beethoven.

–¡El perro se llama como el músico! Qué curioso, don Manuel.
–No, no. El perro se llama como su padre.

Forma parte de la apócrifa cofradía del pésame. Es de los sevillanos a los que no se le van un sepelio, un acompañar en el sentimiento, una visita al tanatorio. Dicen que los perros y los funerales son dos de sus grandes aficiones.

El joven que tenía un Mercedes descapotable en la Sevilla de los 60 vive hoy pendiente de la Justicia, de las llamadas del prestigioso bufete de abogados que dirige su defensa jurídica. Ya no manda cajas por Navidad en cuyo interior se mezclan en desorden las latas de melva y carne de membrillo con los paquetes de lentejas. Seguirá teniendo en su casa esa “copia auténtica” del Gran Poder, sublime contradicción que sólo se entiende en el código loperiano. Como comer papas con chocos en un santuario del marisco. Como el mayordomo que llega a hermano mayor, como el que es presidente pero sigue pensando como un prioste.

–¿Y usted no va a comprar más acciones del Betis?
–¿Para qué? Tengo el 51%.

Catulo abrazó el atril

Carlos Navarro Antolín | 3 de mayo de 2015 a las 5:00

CARO ROMERO
EN Sevilla hay gente brillante que va por la calle con la mayor naturalidad, que comparte la barra del café matinal con el prójimo con toda soltura, que va asido a la misma barra del Tussam que usted con toda cotidianeidad. Pero Sevilla es tan ombliguista que, ironías del destino, de tanto mirarse el ombligo tiene herniadas las cervicales, no pide cita ni en la consulta de Trujillo ni en la de Narros, y ya no puede ni girar el cuello para contemplar el brillo que irradia alguno de sus vecinos. La gente brillante de verdad casi nunca sale en las fotografías, esas galerías donde siempre figuran los mismos de tres en tres, o de cuatro en cuatro. Una de las combinaciones más repetidas, según un estudio realizado gracias a un convenio firmado entre varios Departamentos de Antropología de universidades andaluzas, es la de Julio Cuesta (la fuerza del tirador), Juan Ignacio Zoido (el alcalde reina, los tecnócratas gobiernan), Alberto Máximo Pérez Calero (la sonrisa del Ateneo, dispuesto siempre a venderle la enciclopedia de títulos dorados en el lomo para presumir de sapiencia en el salón) y Luis Miguel Martín Rubio (teniente de hermano mayor de la Real Maestranza del Corcho que Siempre Flota).

En Sevilla hay tontos que se dan una importancia que no tienen a golpe de poses forzadas y de la seda pesante de las corbatas. Y en Sevilla hay gente brillante que gasta camisas de manga corta, calza sandalias por las que asoman los calcetines gordos y pasean al perro (guau) por las calles del centro. Joaquín Caro Romero (Sevilla, 1940) tiene un perro ladrador que se llama Kiki. Antes tuvo otro que se llamaba Nadie, como Ulises en La Odisea. Caro Romero es un poeta de los de antes: anárquico, libre, irónico, incisivo, carente de complejos y que porta con dignidad y discreción las cruces que la vida ha ido dejando caer sobre sus hombros. En casa de este verso libre de la ciudad se combinan las esmeraldas de la Virgen de la Esperanza con los dibujos eróticos que Rafael Alberti le mandaba en 1971 con un falso remite para salvar los controles de la censura: Padre Merry del Val. Y la censura ignoraba que ese sacerdote, que llegó a cardenal y secretario de Estado, estaba muerto desde 1930.

Un día hicieron pregonero a este poeta que de vez en cuando usa gafas gordas. Ese día lo llamaron a su trabajo, al periódico ABC de Sevilla donde firmaba crónicas taurinas de personalísimo estilo. El interlocutor cofradiero que pretendía darle la buena nueva no se identificaba ante el telefonista: “Dígale que le llama un amigo”. Y Caro Romero no aceptaba:“Si no se identifica, no me pases la llamada. No será mi amigo”. Al concluir la jornada laboral, dejó indicaciones en el mostrador: “Si vuelve a llamar ese amigo y sigue sin decir el nombre, le dice que estoy en Madrid”. Se marchó a pie desde la Cartuja hasta la calle Doña María Coronel con la noche ya caída y la impaciente ciudad huérfana de pregonero. “Te ha llamado Antonio Ríos. Te va a volver a llamar a las diez”, le saludó su mujer. “Querrá encargarme alguna conferencia para unos cursos que creo que está organizando. Me voy a pasear al perro”. Y su mujer, que se olería la tostada, le conminó a quedarse en casa. El can se quedó sin paseo. Ríos le comunicó el nombramiento y le anunció que toda la junta superior se disponía a ir a su casa a darle ese abrazo que en realidad es el mangazo de botellín y croqueta: “Yo acepto encantado, pero aquí no hay croquetas preparadas, Antonio”. Y tuvo que organizarse el ágape en El Rinconcillo.

La verdad es que el día que fundaron La Casa del Libro en Sevilla llegaron tarde. La de Caro Romero ya era una casa consagrada al libro desde hacía décadas. Hay dormitorios dedicados en exclusividad al almacenamiento y custodia de libros. Hasta la escalera tiene un trastero con libros. En una estantería hay colecciones completas, ordenadas y archivadas de los tebeos más célebres para varias generaciones de españoles: El Guerrero del Antifaz, El Coyote, Roberto Alcázar y Pedrín, El Capitán Trueno… El joven Caro Romero, en sus años de admiración por Rodríguez Buzón y el poeta cubano José Ángel Buesa, se bebía las historias de aquellas leyendas que están en el imaginario colectivo de toda una nación.
El poeta no tiene teléfono móvil. Tanto libro debe impedir la cobertura. En la puerta principal no hay timbre. El poeta vive en la casa donde nació. Desde ella acudía todos los días a las aulas de los Escolapios y después a las del instituto San Isidoro, donde un profesor de Latín, don Vicente García de Diego, nunca le aprobó, pero sí le hizo amar a los clásicos, sobre todo a Marcial y Catulo. Caro Romero acabó aprobando la asignatura gracias a un sistema de compensaciones en las que jugaban a su favor las más altas calificaciones en Literatura. Suspendido en Latín, sí; pero tan agradecido estaba a aquel maestro que sembró en su vida la semilla del amor por los grandes autores, que años después le pidió el prólogo para un libro: Vida del centauro Quirón. En el San Isidoro fue testigo de las correrías de Felipe González, que acabó expulsado por un catedrático de Literatura llamado don Alfredo Malo Zarco. Mientras el profesor escribía en la pizarra, Felipe abandonó la clase por la ventana para acudir a un encuentro sentimental, pero rompió el cristal y quedó en evidencia. Con el paso de los años, el ex presidente del Gobierno no le pidió el prólogo de ningún libro, pero siempre tuvo en consideración a aquel catedrático.

La buena literatura necesita combustible. El desayuno en la cama es la mejor forma de iniciar la jornada. Pantagruel tiene una buena sucursal junto a la Casa de las Dueñas. Si es cuaresma, Caro Romero saluda la mañana con una torrija de La Campana y un pestiño de Santa Inés, delicia de la clausura para quien vive en su propia clausura interior, soñando sonetos, creando décimas, tejiendo silvas… El noventa por ciento de la producción literaria de este ciudadano libre es poesía erótica de altísima calidad. Pero hay una gran Sevilla (no la Gran Sevilla del área metropolitana que nos vendieron en los años de humo y ladrillo) que se queda en el mejor de los casos con el pregón de Semana Santa de 2000. El cofraderío tuvo al mismísimo Catulo hispalense abrazando el atril del Maestranza. Y menos mal que muchos no se enteraron. Las lenguas afiladas aseguran que a Caro Romero lo hubieran hoy descabalgado del pregón con el oportuno dossier de sus poemas más tórridos. Será que los censores a los que temía Alberti siguen coleando. Lagarto, lagarto…

El campo de los poetas no acepta vallas. Catulo era capaz de los versos más tiernos, líricos y sensibles para cantarle al amor, y también de los más obscenos en aquella república romana donde había vía libre para la libertad de expresión. Caro Romero es capaz de dedicarle versos a una braga y de componer la bella y honda filigrana que es la letra del Himno de la Esperanza. Le puso edad a la Macarena y ensalza el cuerpo femenino o recrea un encuentro amatorio con toda precisión de adjetivos. Su trayectoria está marcada por algunos poemas cofradieros (concesiones a la religiosidad popular) y mucha, muchísima, poesía erótica.

Última pareja por antigüedad en el tramo de la muy tiesa Academia de Buenas Letras. Consumidor de papelones de calentitos. Fue cabo gastador de sanidad militar, desfilando un Corpus y un 15 de agosto. No necesitó del barniz universitario para brillar desde muy joven. Hace 50 años logró el premio Adonais. Hace quince dio el Pregón de la Semana Santa. Odi et amo. Un día le comentó a un amigo:“No hay cosa más falsa que esas dedicatorias de libro que aluden a la gran admiración y enorme cariño del autor por el lector. Eso es una gilipollez. Las dedicatorias hay que personalizarlas”. La moto Ducati duró 37 años. Ya no arranca, pero sigue conservada. Como un libro más. Como los ramos de flores secos que adornan el patio. La flor marchita pierde color, pero no su condición de flor.

El poeta sin móvil ni timbre en la puerta se queja de lo difícil que es hablar por teléfono con el periodista. El perro ladra. Y sueña con que ningún pregón más le prive de su paseo. Menos mal que el cofraderío no consume mucho Catulo. Guau, guau.

De café y oro

Carlos Navarro Antolín | 19 de abril de 2015 a las 5:00

JOAQUÍN SAINZ DE LA MAZA
De Despeñaperros para arriba hay costumbre de estereotipar la forma en que ciertos sevillanos se emperifollan en Semana Santa, Feria y otras fiestas de guardar. Basta ver una boda en Zaragoza, Vitoria o Salamanca para ver las diferencias abismales, con trajes sacados de los escaparates antiguos de Puente y Pellón, sin prestancia alguna y, por supuesto, sin camisas de doble puño ni pasadores con gracia. La verdad es que cierto personal de estos lares se cuida a la hora de elegir el terno y de usar ciertos complementos como florituras, desde los cinturones hasta los pasadores. El sevillano se viste, por eso se habla del estilo “sevillanito” con cierto desdén. Y por ahí arriba, más que vestirse, se lo cuelgan todo cual árbol de Navidad cuando se trata de ir a una de esas bodas donde el sable corta la tarta. ¿Se han fijado en los pasadores que se gastan muchos sevillanos? Chaquetillas de toreros, toros de Osborne en oro, catavinos, tamboriles, nazarenos, las iniciales del usuario, estribos… Hay un sevillano que usa granos de café para cerrarse el puño doble de la camisa. Granos de café en oro en recuerdo de una empresa familiar que forma parte del imaginario colectivo de la ciudad, una empresa con rótulo cerámico elegante a la espalda de la Anunciación. Joaquín Sainz de la Maza (Sevilla, 1950) cuida ciertos detalles como buen sevillanito. Su nombre huele a café, evoca verdes de Esperanza y recuerda aquellas tardes de penitente en Los Estudiantes en compañía de su amigo José León-Castro a finales de los sesenta. Entonces tenía 17 años. Era un joven osado que prometió que siempre llevaría una cruz más que su amigo. El problema es que León-Castro decidió llevar tres. Y Sainz de la Maza no tuvo más remedio aquel año que portar cuatro. Aquella noche del Martes Santo se vio a dos penitentes tirados en el patio de una facultad. Estaban destrozados. La promesa quedó rota aquel mismo día.

El joven se hizo adulto y habitó en el atrio. Sainz de la Maza es un hombre de Iglesia. Pero en el mejor sentido de la expresión, sin la guasa con la que se usa esta definición para etiquetar al cofrade o a una de sus subespecies:el pregonero. Sabido es que la forma más certera de meterle un navajazo a un pregonero de la Semana Santa es decir que ha pronunciado el pregón propio de un hombre de Iglesia. Pues no. Sainz de la Maza es un hombre de Iglesia al mismo tiempo que es un hombre de la calle, de su tiempo, de sus homenajes culinarios. No está encerrado en una sacristía aludiendo al “pastor” cada dos minutos. No es un beato en la ciudad del beaterío, que sustituye pasos por crucifijos en la tómbola de las excentricidades. De esos tíos abonados al “pastor” conviene huir como de las torrijas apergaminadas en la semana de Pascua. Esos tíos son otra subespecie del cofrade: los pastoreños, pero no de autenticidad y gloria cantillanera, sino de ojana barata de la capital.

A Sainz de la Maza lo llama el cardenal, o el actual arzobispo, y está en dos minutos con su traje y sus pasadores cafeteros plantado ante Su Eminencia o ante Su Excelencia. Que hay que poner orden en una hermandad de gloria, allí está Sainz de la Maza. Que hay que presidir Manos Unidas necesitada de un impulso, allí está Sainz de la Maza. Que hay que meter a las nazarenas en la Macarena, allí está Sainz de la Maza reformando las reglas, guiado por la sabia mano de Juan Garrido Mesa, y saliendo en los telediarios nacionales el mediodía de aquel domingo.

Hombre de Iglesia leal, que no pelota ni místico. Porque el místico es otra subespecie. El místico suele ser jurista. Jurista es el término que iguala a abogados con magistrados, sean éstos por oposición (pata negra) o sin oposición (salami). Estos juristas se revisten de borregos cuando en realidad llevan verdaderos halcones en su interior y un tropel de gatos comiendo pijotas en el vientre. Cuestión de saber cogerles el perfil. Estos juristas han olido que Sainz de la Maza podría ser candidato a la Presidencia del Consejo de Cofradías, ese objeto del deseo del cofraderío de tiradora que ya se ha quedado sin cargos y anda revoloteando por San Gregorio a la espera de la caída de Bourrellier, el hombre que prefiere ir a la inauguración de un hotel antes que a la recepción del pregonero de las Glorias. Pues los místicos cortejan ahora a Joaquín Sainz de la Maza repitiendo la palabra “Quino”, para ganar en proximidad con el personaje. Y dicen “Quino” casi las mismas veces que dicen “pastor”. La gente de buena fe que le pregunta por la calle a Sainz de la Maza si será presidente recibe siempre la misma respuesta:“Mire usted, señora, si me presentara, tenga claro que antes hablaría con el señor arzobispo”. Ysigue su camino hacia el despachito de Manos Unidas, asido a la carpeta de turno y con el abrigo cerrado hasta arriba si hace frío de enero. Ir por la calle con Joaquín Sainz de la Maza conlleva pararse más que un vía crucis. Se para con un cura barbudo sin clériman, con un empresario, con un tabernero…

Chapado a la antigua, es hombre de palabra más que de documento firmado. Si hace falta, sabe sacar un punto de vehemencia en la tertulia. Dicen que tiene trajes de todas las tallas, porque es aficionado a hacer el acordeón con la báscula por efecto de su condición de tragón. Los trajes van cambiado en función de la silueta, los granos de café permanecen. Si refresca, se coloca la chaqueta simplemente sobre los hombros a modo de capa. Si aprieta mucho el calor, se sube al barco de Javier Criado a hacer Las Marbellas. Y allí resuelven el mundo de las cofradías entre chapuzones, botellines y empanaditos envasados, recordando Madrugadas de los años ochenta y noventa, evocando antiguos hermanos mayores y reviviendo bullas imposibles.

Un día cedió el manto camaronero para una exposición privada, sin importarle las posibles críticas. Cuando era hernano mayor tenía fama de mandón. Y eso es bueno. Porque ahora hay hermanos mayores que no mandan, como hay fiscales de paso a los que se les hace menos caso que a una tajada de coco en un puesto ambulante. Ahora mandan los capataces y ciertos grupos de costaleros. Pero Sainz de la Maza gobernaba. Ypor eso soportó los pañuelos verdes del Tendido 7. Su pequeño remanso de paz en los años de hermano mayor de la Macarena era el patio del Hotel Alfonso XIII, una vez aparcado el coche en el mismo hotel. Una cerveza sin alcohol, unas patatas fritas y un buen interlocutor. En ese lugar coincidía alguna vez con Javier Arenas, que cuando quería discreción para hacer las listas electorales se reunía allí con los afectados o con los beneficados, según los casos. Los beneficiados salían del hotel hablando de un Javier “encantador”, ese adjetivo tan devaluado. Los orillados de la lista no llegaban a la Puerta de Jerez cuando ya estaban largando de que encima les había costado el café porque Arenas había vuelto sacar el billete grande: “Lo que siempre hace para no pagar”.

Sainz de la Maza está muy por encima de la media de la clase dirigente cofradiera actual. Oveja fiel del rebaño con independencia del pastor, forma parte de ese selecto grupo de diocesanos que se llevaba bien con Don Carlos y se llevan bien con Don Juan José. Tiene derecho a llevar un palermo en la Macarena, que en la procesión de gloria del pasado mayo soltó en la Lonja de la Universidad para concederse una pausa con pitillo. Tiene palermo porque ha sido de todo en la hermandad, no de los que llevan tres años pagando cuotas (si las pagan) y trincan una vara delante de la Virgen de la Esperanza. Que haberlos los ha habido. Nadie podrá negarle ni el ejercicio de la autoridad sin complejos, ni una labia utilísima para la resolución de conflictos. Cuídense de darle la palabra, porque Sainz de la Maza no la suelta yse le nota tanto su afición por la política como su vasta cultura litúrgica y religiosa en general, rara avis en un mundo de las cofradías que ignora las partes de la misa, pero se harta de decir amén. Y de tanto decir amén, la misa no sale bien.

Un sevillano con amante

Carlos Navarro Antolín | 12 de abril de 2015 a las 5:00

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EN la ciudad que se pirra por descorrer el visillo para llevarle la vida al vecino sin ser visto, son decenas las leyendas sobre las amantes de unos, los queridos de otras y los dimes y diretes de patio. Sevilla se lleva la vida a sí misma de tal forma que un ilustre sevillano dijo que los dos lugares donde se puede ir con un amante sin ser avistado por el público cotilla son el Alcázar y el Museo de Bellas Artes: donde nunca hay sevillanos. Ocure que hay un sevillano con querida oficial que lleva más de veinte años flirteando con su amada, a la que dedica sus pensamientos, sus alegrías, sus enojos, sus meses, sus días, sus horas, su tiempo… No, no es aquel en el que ustedes están pensando en la ciudad que siempre acierta al pensar mal. Ni tampoco todos esos otros nombres que se le vienen a la mente. Todo el mundo sabe que este sevillano lleva continuamente en la cabeza a su querida, que controla todos sus movimientos, que vive sin vivir en él cada primavera, que acaba el verano y está pensando en ella, que bebe los vientos por sus hechuras, que se contonea con ella cada vez que tiene ocasión en público o en privado. Todos lo saben al estilo de Sevilla cuando todos saben algo: todos callan ante la notoriedad. Rafael Carretero Moragas tiene una amante que absorbe sus horas. Y, claro, esta amante tiene nombre de dama acicalada con aromas de jacaranda cada abril a la sombra de los árboles de Gitanillo de Triana: su amante es la Feria. Y su amor se remonta a 1979.

Aquella Feria del 79 fue un desastre. El concepto erróneo de igualdad que se implantó en un buen sector de la sociedad con la instauración de la democracia se evidenció esa Feria. Los caballistas se metían en los terrenos de albero reservado para los peatones y los puestos de venta ambulante proliferaban sin control de ningún tipo, muchos de ellos vendiendo lechugas. Decenas de vecinos tomaron como propia la Caseta Municipal. Un despropósito que puso en jaque a aquel primer gobierno tricolor que presidía un señor en toda regla: el andalucista Luis Uruñuela. El jefe de bomberos era entonces Rafael Carretero, hijo del jefe de protocolo del Ayuntamiento. Uruñuela encarga a Carretero que ponga orden en la Feria. Lo destina a Fiestas Mayores, donde hoy sigue como jefe de la sección técnica. Unos vienen y otros van, Carretero siempre está. Uruñuela le dio plenos poderes. Carretero no es que sea jefe de ninguna sección, área o servicio. Carretero hace de Carretero, el funcionario atípico, enamorado de su trabajo, que echa más horas que un mulo arrendado. La Feria que ha llegado a nuestros días es una combinación de la estética de Bacarisas con la logística de este hombre corpulento, orondo y con una barba inconfundible que te echa la mano por el hombro para comentarte cualquier novedad:”Hermano, te voy a decir una cosita en la que me tienes que echar un cable…”

Carretero parece más el ejecutivo de una empresa privada que el funcionario consagrado a ordenar expedientes, que dedica media mañana al desayuno y la otra media a llevar los papeles al despacho del político para que los firme.

Carretero llegó al puesto y se inventó la línea Maginot de la Feria: la calle Costillares. Colocó una hilera de nuevas casetas como separación entre la ciudad de las lonas y las atracciones. Los empresarios de las atracciones se opusieron al considerar que esta nueva calle impediría el acceso del público a los cacharritos. Boicotearon la Feria con su ausencia. Las depauperadas arcas municipales dejaron de recibir pingües beneficios ese año. Carretero convenció a Uruñuela de que había que aguantar las presiones. Y el Ayuntamiento aguantó. Al año siguiente hubo Calle del Infierno.

Carretero también se inventó la adjudicación por lotes de las parcelas de las atracciones para impedir que los empresarios se pusieran de acuerdo para pujar a la baja en la subasta. Y comenzó a dignificar la portada con sus diseños propios inspirados en monumentos de la ciudad.

Optó por vallar el real para preservarlo durante todo el año, para que nadie altere el palmo de ciudad por el que se desvela. Carretero tiene la Feria en la cabeza: controla los electricistas, los caseteros, los de la empresa de tubos, los feriantes de la Calle del Infierno, las potencias de luz contratadas, los horarios de carga y descarga, el tío de la empresa que expande el albero, el tío que echa el producto para que albero no se levante, los planos que revelan las entrañas del real…

La suya es la Feria de día, cuando ora y labora, ejemplo de conciliciación del ocio y el trabajo, cuando ejerce de feriante antiguo, con el traje, la camisa abrochada hasta el cuello huérfano de corbata y el sombrero de ala ancha. La manzanilla servida en pequeñas dosis, que el día es largo y la Feria también. Siempre se queda en la puerta de la caseta, como el alguacil clavado en el albero con la oreja en la mano, a la espera de que sea el socio quien lo reciba. Caseta viene de casa y nadie entra en una casa sin que el dueño le abra paso. Educación se llama. Carretero baila sevillanas. Muchas. Ytiene caseta en Joselito El Gallo, una caseta de tronío que genera muchas leyendas sobre supuestas prestaciones que otras no tienen. Todo falso. Ocasi todo. Lo que sí tiene la caseta de Carretero es un diseño de gran loft idóneo para el baile y tiene –ahora viene lo bueno– un reservado que no lo mejora ningún hostelero pretencioso de Madrid. Un reservado con ventana directa a la cocina, una dependencia donde Carretero cierra la puerta, descansa y pone el modo off durante un rato, ese lugar donde el delegado de Fiestas Mayores de turno no lo encuentra. Porque Carretero ha sobrevivido a muchos delegados de Fiestas Mayores. Con el socialista Fernández Floranes tuvo sus tiranteces. Y hubo uno del PP,Adolfo Lama, que le telefoneaba al despacho por las tardes para controlar su presencia, cuando las únicas señales de vida en el Ayuntamiento son las impresoras que se han quedado encendidas.

–Dime, Adolfo. ¿Te creías que no estaba trabajando? Aquí estoy.

La Feria es una gran obra, una construcción tan colosal como efímera, con un gran inconveniente para este arquitecto técnico: tiene fecha de inicio. No admite retrasos. La obra del AVE puede sufrir demoras y reformados del proyecto. La Feria no admite dilaciones. Peor aún, la Feria se puede topar y se topa con huelgas de bomberos, de conductores de Tussam y de operarios de Lipasam. En una ocasión, siendo alcalde Alejandro Rojas-Marcos, una huelga de empleados de limpieza perfumaba la Feria como nunca. Varios socios de casetas, hartos del conflicto, dejaron las bolsas de basura a las puertas de la Caseta Municipal. Carretero preparó una alternativa. La empresa Martín Casillas recogería los residuos con escolta policial. Pero Rojas-Marcos, que siempre sobreactuaba en situaciones límite, terminó cediendo a las presiones.

Carretero es el último gran personaje de la Feria, de una Feria exenta de glamour, donde ya no hay reinas, ni actrices, ni el recordado Pepe El escocés. Cuando dos guiris contemplan cómo comen jamón los sevillanos, Carretero les ofrece del plato. “Este gesto nunca lo olvidarán, hay que procurar que se lleven una imagen positiva de la ciudad”. A esas horas en que el real está dominado por los repartidores de hielo y viandas, Carretero va obsequiando pines de la portada a los que hacen la Feria: los porteros soñolientos, los cocineros afanados en el menú del día, los camareros que están plegando la cama y poniéndola en el altillo de la trastienda…

Rociero y hermano de Los Gitanos, ve el Corpus desde la azotea del Ayuntamiento cuando quiere examinar el cortejo y estudiar mejoras. Sufrió mucho cuando José María del Nido apretó la puya a cuenta del escudito del Real Betis dibujado en la portada del centenario sevillista. A partir de ahí se metió en el burladero. Congenió mucho en los años noventa con un delegado de Fiestas Mayores de 25 años, el niño Jaime Bretón.

Felizmente casado con María Luisa, Carretero tiene una amante con la que no se cita en el Museo ni en el Alcázar. Toda Sevilla sabe que se ven en público. Carretero ama la Feria. Y la Feria se deja cortejarpor quien bien la quiere. Le quitó los puestos de lechuga y le puso mantón de Manila. Yo creo que a Carretero le ocurre con la Feria como a Alfonso Jiménez con la Catedral: les gustan hasta cuando llueve.

La calle de en medio

Carlos Navarro Antolín | 5 de abril de 2015 a las 5:00

CURRO ROMERO
SABER decir que no es un habilidad fundamental. A la gente no suele gustarle pagar el precio de pronunciar un no. Resulta incómodo. Sobre todo porque un no genera un coste cuyo pago se ignora cuándo empieza y cuándo expira. Un buen no dicho a tiempo es un éxito, un tirar por la calle de en medio cuando existen varias vías por las que transitar, pero, a la hora de la verdad, apostar por un no es un ejercicio sólo al alcance de unos elegidos dispuestos incluso a pasar por malajes. Elegir la calle de en medio es una forma de decir que no, de negarse al pasteleo, de rechazar maquillajes o eso que ahora se llama postureo.

Curro Romero (Camas, Sevilla, 1933) es un especialista en tirar por la calle de en medio, no sólo cuando entendía que el toro no tenía las condiciones para practicar su toreo, sino en la vida en general, con las personas y las situaciones. No hace muchos años estaba con su mujer, Carmen Tello, en la primera fila del antiguo teatro Álvarez Quintero, sede del centro cultural Cajasol, donde la Fundación Cultura y Conocimiento de la Universidad Pablo de Olavide había convocado un concierto con soprano y pianista. El rector, Juan Jiménez, abrió el acto tal como estaba previsto. Sorprendido por la presencia de tan ilustres invitados en un lugar preferente, dio públicamente la bienvenida al “maestro” e interpretó su presencia como una muestra de su apoyo a la agenda cultural de la ciudad. Al cuarto de hora de comenzar el concierto, con el piano despidiendo corcheas y la soprano soltando gorgoritos, Carmen Tello se levanta y sale apresuradamente de la sala. A los pocos minutos, es Romero quien se marcha a gran velocidad por el pasillo central del patio de butacas, agachado como si fuera junto a las tablas para no distraer un tercio de banderillas. “Alguien importante se ha tenido que morir”, era el runrún en la sala. Con el tiempo se supo que Romero y Tello se habían equivocado. Realmente querían ir a un concierto flamenco organizado por Cajasol el mismo día y a la misma hora, pero en la Sala Chicarreros, no en el centro cultural de Laraña. “Carmen, aquí no hay ninguna guitarra”, le había dicho Romero a su mujer al oído mientras la soprano se dejaba la voz en la interpretación. “A ver cómo salimos”. Y salieron, vaya si salieron. Siempre por la calle de en medio, sin miedo a las almohadillas del critiqueo.

En otra ocasión estaba en el patio de butacas del Teatro de la Maestranza con el escritor Antonio Burgos porque tocaba una orquesta rusa que ambos creían que eran los coros del ejército ruso con sus bailes de cosacos, pero resultó que era Boris Godunov en versión de concierto: ópera a palo seco, sin actuantes ni decorado. Ambos se miraron en el primer descanso, se hicieron un gesto y sin más comentarios salieron tajelando por la puerta. Hay quien asegura que todavía están corriendo por el pasillo camino del Paseo Colón.

En un reciente almuerzo en el restaurante Puerta Grande, frente a su monumento, el dueño, Antonio Donaire, puso sobre la mesa varias botellas como invitación final de la casa: una de orujo, otra de un licor sin alcohol, otra de limonchelo y una de anís de guindas de Cazalla, marca Miura. Donaire, ofreciéndole esta última al Faraón, le dijo:
–Curro, esto es mucho mejor que el pacharán y más nuestro, de Cazalla. ¿No te vas a tomar una copita de Miura?
A lo que Curro respondió:
–¿Miura yo? ¡Ni en botella!
Y sanseacabaron las copas. Siempre la calle de en medio, como cuando estaba una tarde en el probador de Galán. Carmen insistía en que se probara un traje, pero a Curro le costaba cerrar el pantalón.
–Pero es tu talla, es tu talla…
Y Curro, apremiado y ya sin paciencia respondió:
–¡Pero ahora no me cierra por la de gazpacho que llevo dentro, Carmen!

La sencillez del personaje es extrema. Cada tarde entra en la sede de Los Remedios del Real Círculo de Labradores a jugar al dominó. Había que ver su cara de susto una tarde de diciembre que se topó con la marabunta infantil de la fiesta de Navidad sin más burladero que el abrigo azul.

Hay quien asegura que no ha visto a un torero más tranquilo que este Curro cuando estaba liado en el capote de paseo. Hasta el punto de que un año andaba preocupado porque no se vendían unas casas que había promovido en Marbella y, estando en la capilla de la plaza de toros de Sevilla, donde Romero se metía para que no le molestaran en el patio de caballos, esperando la hora del paseíllo, le preguntó a Lars Sward, su compadre sueco, que lo seguía a muchos sitios por toda España y que apareció por allí:
–Lars, he hecho unas casitas en Marbella y no se venden. ¿Tú no puedes movérmelas entre tus paisanos que vienen a la Costa del Sol a veranear, a ver si se quedan con alguna?
Y como si quien tuviera que torear fuese el compadre sueco y no Romero, todo nervioso le dijo Lars al Faraón:
–Perdona, compadre, pero yo no estoy ahora para esas cosas… ¡Mira cómo tengo las manos de frías!
Y recuerda Curro, con la misma tranquilidad que entonces:
–¡Las tenía el pobre como un témpano, claro, de los nervios!

No le gusta que le llamen maestro. “Por favor, mejor Curro”. Luis Carlos Peris dejó escrito que Curro es más mago que maestro. El día que se retiró le comentó a su apoderado, Manolo Cisneros: “Ahora es cuando ya me van a dejar tranquilo”. Y Cisneros no le dio la razón:“¡Que te crees tú eso! Cada vez va a ser peor”. Yel apoderado acertó, porque salen nuevos curristas que por su edad es imposible que hayan visto a Curro delante de un toro en una plaza.

Curro es uno de los grandes tímidos de Sevilla. Yorgulloso de su timidez. Se sienta de cara a la pared en los restaurantes para evitar ser reconocido. Al Hotel Colón lo llamó la duquesa de Alba tras una corrida de éxito para invitarle a cenar en Las Dueñas:“De acuerdo, Cayetana, allí estaré. Pero con una condición: que haya poquita gente”. Con el tiempo cambió el relumbrón del Colón por la discreción del Hotel Pasarela.

Esa timidez le pasaba factura cuando vivía en la calle San Fernando y era reconocido continuamente por los estudiantes que moraban por los bares situados enfrente del Rectorado. No quiere reuniones masivas, lo pasa mal. Huye de los tumultos, prefiere las minorías, la distancia corta. Es un tímido, pero no un malaje. Guarda silencio cuando algún camarero desahogado se pasa de la raya. Yen el silencio va la mejor respuesta.

A Julio Iglesias le vendió Curro su finca de Marbella, una finca sin toros ni caballos, pero con huertos de tomates y gallinas, donde cada invierno se dejaba la barba y perdía el hábito de teñirse el pelo de oscuro. A Curro le gustan los caballos, pero no montar a caballo. Es más, ve algo ridícula la estampa de un tío montado a caballo.

Tuvo su etapa vegetariana, ya superada. Ahora se pirra por un chuletón villagodio en Oriza, sin olvidar nunca las berzas de Casa Lola, en Las Pajanosas, o las patatas con tomate de la tomareña Casa Esteban.
Íntimo de Lorenzo Serra Ferrer, soporta con educación la cohorte de agradaores. Porque Curro es una persona tan educada como sabia. Cuando le echa la cruz a alguien es para siempre. Un torero muy célebre le pidió que mediara para ser apoderado por Cisneros. Curro le explicó que Cisneros había acabado su trayectoria como apoderado el día de su retirada de los ruedos. El peticionario insistió, por lo que el Faraón aceptó mediar para que, al menos, almorzaran y hablaran del asunto. Cuando Curro le comunicó que la mediación había sido un éxito, el joven matador se salió:“Ah, no. Era una broma, Curro. Déjalo”. Ahí se acabó la relación con el que desde entonces pasó a ser el “niñato”. Y el tiempo ha demostrado sobradamente que Curro acierta.

Una tarde de Feria salió de la caseta de Enrique Fernández Asensio camino de los toros. Un agradaor se ofreció a llevarle a la plaza en el coche de caballos. Una vez más tiró por la calle de en medio. “A mi no me suben ahí ni los GEOS. Yo cojo un taxi”.

El niño de Camas que cogía el tranvía para ver el Cachorro tiene claro que el Domingo de Resurrección es un día para ver toros, no cofradías. La sabiduría de la calle de en medio. Como cuando, aterido por el frío ruso, subió a la habitación del hotel de Moscú y se puso dos abrigos.

El hermetismo defensivo

Carlos Navarro Antolín | 29 de marzo de 2015 a las 5:00

MERCEDES ALAYA 2
EL Rey no puede tener amigos. El Príncipe tampoco. El cardenal es un príncipe de la Iglesia, luego tampoco debe tener amigos. Yel juez es un poder del Estado. La amistad, el poder y el Estado casan mal. Es una cuestión de estética. De prevención a largo plazo. De cautela. El juez debe ser cuidadoso. El que hoy está a su lado puede estar mañana enfrente. El juez decide sobre la libertad, el honor y la hacienda. Decidir continuamente sobre tres pilares fundamentales para una persona es estar en continuo ejercicio del oficio, es limitar el círculo de amistades a aquellos que estaban en la reunión antes de revestirse por primera vez con la toga. Ocurre como con el sacerdocio. Una vez ordenado, nadie ve al cura sin sotana. Una vez aprobada la oposición, todos la ven con toga, puñetas y trolley.

Mercedes Alaya (Écija, Sevilla, 1963) es de esa cofradía de personajes públicos herméticos sobre los que se crea una leyenda. Nadie conoce su voz, salvo que haya tenido que comparecer ante su mayestática figura. Alaya es una gran tímida, como Soledad Becerril, como Curro Romero. El hieratismo es una forma de ser. La timidez es una defensa. Y el hermetismo es una barrera. Si se funden el hermetismo, la timidez y el hieratismo sale porcelana cara.

La vida ha golpeado con dureza a esta magistrada. Es hija de un directivo de la empresa privada con sede en un parque industrial de la provincia y de un ama de casa que ha demostrado sobradamente su inteligencia y capacidad de sacrificio en los momentos más complicados.

Alaya, a la que algunos guardias civiles en privado llaman la muñequita, estudió en la Escuela Francesa sevillana en una breve primera etapa, para pasar a la educación pública: el colegio Cervantes y posteriormente el Instituto Cristóbal de Monroy, ambos de Alcalá de Guadaíra. Criada en los Pinares de Oromana, en un cómodo chalé con piscina, fue siempre una alumna brillante, la clásica empollona seriota, pero accesible. No contaba chistes, pero se reía con ellos. Entonces era ya celosa de su imagen. Su belleza fue reconocida en el pueblo con el título de dama de honor de la Reina Dulcinea. Una dama de honor que se enojaba con las trampas en los exámenes y en los juegos de mesa. Alguna vez se enfrentó a la salida de las clases a algún compañero aficionado a la carne de chuleta.

En la etapa final del bachilleratorecibió la primera cornada grave de su vida: el fallecimiento de su padre. Suele pasar que cuando el cabeza de familia desaparece, también lo hace la llave de la despensa. Alaya se hace mayor por imperativo de la vida. Se endurece por exigencias del guión. A la Facultad de Derecho llega conociendo ya a su actual marido, un joven procedente entonces de las aulas del San Francisco de Paula. Atrás quedan ya los años de residencia alcalareña. En la Fábrica de Tabacos es la borrega de su promoción. No quiso serlo, pero aquella chica de 17 años procedente del pueblo y recién aterrizada en la Universidad no supo oponerse.

Era una alumna que marcaba la cintura, lucía minifaldas y se solía sentar en primera fila con el mismo interés en las asignaturas de Derecho que tuvo en las enseñanzas medias. A mitad de la carrera se produce un hito que marca su vida: se queda embarazada. Los planes de estudio siguen adelante. La hoja de ruta se mantiene. Su madre asume la intendencia diaria con el bebé para que ella pueda seguir estudiando. Ni un paso atrás. Perdida la figura del padre, no queda otra que exprimir el tiempo y los recursos. Gana las oposiciones a juez –la vocación que siempre tuvo clara– en un tiempo récord:menos de dos años. Y como suele ocurrir: las oposiciones se ganan cuando el opositor tiene raza y las circunstancias de la vida son adversas. Yella tenía raza y una vida cuesta arriba.
El segundo gran golpe de su vida fue la muerte de su único hermano en accidente de tráfico. Dos muertes prematuras que marcan su carácter. Muchos de los problemas son relativizados a partir de entonces. Las previsiones de futuro para Alaya no van más allá de unos días.

Siempre ha ejercido la judicatura en destinos andaluces. Dicen que nunca ha buscado el protagonismo, pero tampoco lo ha rehuido cuando le ha venido dado por la resonancia de los casos. Esos grandes casos la han obligado a enclaustrarse más en sí misma, a fomentar la leyenda, a encapsularse como defensa ante los que le piden fotos, autógrafos, o la paran por la calle para darle ánimos. Los encausados refieren con amargura su impuntualidad en el comienzo de los interrogatorios, su pose altiva, sus preguntas tenidas por capciosas, sus formas poco delicadas y su pasión por condenar en lugar de limitarse a instruir. Incluso se quejan de que no mira a la cara y de que se sitúa física y cómodamente por encima de una pléyade habitualmente apretada de abogados y procesados. Sus admiradores aseguran que no deja nada al arbitrio, que no se guía jamás por el capricho, que es un modelo de honestidad profesional y que es celosa a la hora de fundamentarlo todo en Derecho. Si cree que alguien debe tener habitación en el hotel Don Reja, no duda en hacerle la reserva.

En privado selecciona las compañías, los lugares y el menú. La intolerancia a muchos alimentos restringe sus opciones al salir de casa. Los alimentos, mejor suaves y a la plancha. En la Feria, mucho mejor en la trastienda de las casetas, nunca en la puerta, para no exponerse en esas horas en que al personal se le aprieta una fosa nasal y sale vino por la otra. Las noches de fines de semana, con esos amigos de siempre que sí conocen su tono de voz. Ysi es por los alrededores de la Catedral, mucho mejor. También tiene la opción de disfrutar de la paz de una finca en El Castillo de las Guardas, o de alguno de los viajes al extranjero que tanto le apasionan, cuando los teléfonos móviles escupen fotos de sus largas esperas en los aeropuertos. Si las condiciones lo permiten, los papeles del juzgado pasan con ella el fin de semana.

Alaya es una magistrada de ruán porque es una persona de ruán. Un ruán con rebuscado glamour. Habla poco. Ni siquiera se caracteriza por tener muchas relaciones entre sus compañeros de profesión. Alguno fuerza desde lejos su saludo (“¡Adiós, Mercedes!”) porque sabe que le escuece tener que saludar. En eso se le nota cierta sevillanía malaje. Es crítica con la politización de la Justicia, con el Consejo General del Poder Judicial y con la pusilanimidad de muchos de sus compañeros. No soporta a los jueces con las siglas de los partidos debajo de la toga, a los que parece que deciden en función de intereses políticos. No se la ve tomar café por los alrededores de los juzgados. Alguna vez sí se le ha oído hablar en las juntas de jueces cuando alguna cuestión afecta a la organización de su trabajo.
Es capaz de estar en la barra libre de una celebración durante varias horas sin beber nada. Si acaso, en el mejor de los supuestos, pide una copa de champán. Pero la bebe con tanta parsimonia que el carbónico acaba por coger temperatura. Es entonces cuando ya no bebe más, pero se queda con la copa en la mano dándole coba. En ocasiones muy escogidas pide un cigarrillo. Pero los momentos de aparente relajación están muy calculados.

Disfruta de una preciosa casa en Nervión. El reportaje del Vanity Fayr fue un despropósito que frivolizó su imagen más aún que hacer coincidir ciertos autos con fechas clave del calendario político. A la celebración de la famosa reboda acudió el presidente del PP de Sevilla, Juan Bueno, uno de esos amigos anteriores a su condición de magistrada.

La infancia son recuerdos de Alcalá. El hieratismo es el envoltorio de la porcelana. La trolley es la sinécdoque. La vida ofrece momentos para un pitillo mientras el champán se calienta.

El maletín imprime carácter

Carlos Navarro Antolín | 22 de marzo de 2015 a las 5:00

MARCELINO MANZANO 3
DICE el pontífice argentino que le ganó las votaciones al italiano Scola en un cónclave de cuaresma que los curas tienen que ser alegres y oler a oveja. Dice también que la lepra está en la curia. Cuando preside bautizos en la Capilla Sixtina, insta a las madres a darles el pecho a los bebés en caso de que rompan a llorar. A muchos curas les ha cogido este Papa con el paso cambiado. Los monárquicos aseguran que el rey que es del gusto de los republicanos no es un buen rey. Y los católicos ortodoxos tienen claro que el Papa que contenta a los no creyentes no es un buen Papa. Este Papa que vino del fin del mundo no gusta a muchos presbíteros de la archidiócesis hispalense. Lo reconocen en privado, jamás en público. Este Papa no gusta a los que carecen de currículum pastoral, o a los que el poco que tienen equivale a un curso de formación de la CEA en los años del boom inmobiliario. No gusta a los burócratas de cuello duro, a los de mirada gélida y actitud altiva, a los que tienen como libro de cabecera el Código de Derecho Canónico, a los que están más a gusto en el despacho que yendo de pueblo en pueblo en un cuatro latas a decir misas con un cuarto de entrada. A los curas, sean del rango que sean, se les conoce rápido en el aterrizaje en una nueva responsabilidad, en esos primeros cien días, que se diría en clave política; en el sonido del motor al arrancar, que se diría en mecánica.

Al cura Marcelino Manzano Vílches (Sevilla, 1972) le tocó el gordo de ir destinado a la Parroquia de San Vicente, con el premio a la serie de la Delegación Diocesana de Hermandades. De Lora del Río al corazón del casco antiguo. De los miuras pasó a los cofrades por el camino más corto. Han cantado bingo, oiga. El buen hombre, todo un gentilhombre de la diócesis, llegó a la parroquia, vio el tono de las maderas del cancel y otras reformas, y no sabía si preguntar por el sacristán o por el precio de la habitación simple con desayuno continental, porque a San Vicente lo dejaron como un hotel NH tras aquellas restauraciones que promovió la socialdemocracia de la Junta de Andalucía, a. S. (antes de Susana).

Llegó Marcelino y se le vio desde el arranque. Lejos de estirarse ante las hermandades de la feligresía, de dejar claro quien manda al estilo de los inseguros que meten los paneles en el Palacio Arzobispal para hacerse despachos propios, este orondo sacerdote de sonrisa perenne optó por repartir copias de la llave de las dependencias parroquiales entre las hermandades. Colocó un cartel bien visible: “El último que se vaya que eche la llave de arriba”.

Marcelino está haciendo méritos para ser el Estudillo del siglo XXI, aquel capellán real de rigurosa sotana que se tomaba el aperitivo de anchoas con leche condensada en la barra de Trifón. Marcelino es la sonrisa de la diócesis (hay quien dice que la sonrisa del régimen), el cura que va siempre agarrado a un maletín como va la juez Alaya con su trolley de telediario. Ese maletín es en realidad la cruz de Marcelino, la cruz a la que se abraza cada día. En el maletín van los papeles de los mil y un problemas de los que recibe notificación procedentes de las más de seiscientas hermandades que tiene la diócesis. El maletín imprime carácter. En el maletín viaja la información reservada: el sacristán trincón de un pueblo de la Sierra Sur al que no se puede despedir porque no está dado de alta en la Seguridad Social, el hermano mayor al que acusan de vida licenciosa, el divorciado al que han elegido pregonero y tiene al beaterío sublevado, la hermandad del Aljarafe que lleva años sin director espiritual, la junta de gobierno que pide una coronación a cambio de ayudas sociales, etcétera. El cura Marcelino va lidiando las presiones, ora con la seda de su sonrisa, ora con el percal del latiguillo que el obispo ordenante parece que entrega a cada cura el día de su ordenación para que se defiendan de los hartibles:“Estamos en ello, estamos en ello”. Y cuando arremeten por el teléfono móvil con algún microescándalo de supuesta urgencia, el cura echa agua en la muleta para templarla de los azotes del viento desapacible: “Bueno, bueno… Eso tiene que tener arreglo, tiene que tenerlo”.

Marcelino, camino de San Vicente, se para más por Tetuán que el camión de Lipasam que baldea cada noche el centro en chicotás marcadas por los silbidos del operario. En Sevilla sabemos cuánto dura la eternidad como sabemos apreciar eso que se ha dado en llamar patrimonio inmaterial. La eternidad es el tiempo que tarda el cura Marcelino en recorrer la distancia que hay entre el Palacio Arzobispal y la Parroquia de San Vicente, con más interrupciones que el peliculón de Antena 3 y dos estaciones fijas: San Onofre y la Cope. Se paran los relojes, se detiene el tiempo, se vuelve cadencioso el piar de los pájaros y hasta en los naranjos se percibe el florecimiento del azahar como en una grabación en cámara superlenta. Marcelino es la prueba cotidiana de la existencia de la eternidad. Hay quien dice que lo paran aún más por la calle porque confunden su silueta con la de Zoido, quizás porque, dicho sea en clave juanramoniana, Marcelino es de lejos el alcalde de Sevilla visto de cerca.

La elección del Papa argentino le sentó a Marcelino como un traje a medida. Cuando Francisco mandó a los curas meterse en los rebaños para oler a oveja, él venía ya de pasar jornadas de campo entre borregos con un amigo en La Puebla de los Infantes. Estudió en San Telmo en los años de la concordia entre los últimos seminaristas y los primeros socialistas, cuando nadie en el PSOE se planteaba denunciar los Acuerdos del Estado con la Santa Sede como medida para evitar el hundimiento del voto de izquierda. Marcelino conoció los enchufes de 125 watios del viejo palacio que fue escuela de mareantes. Y aquella experiencia en un edificio desvencijado y con las letrinas antiguas, debió agrandar la huella de la humildad en el personaje. Antes de despedir a los seminaristas, el presidente Chaves invitó a cenar a todos los formadores y alumnos. Por eso Marcelino tiene el privilegio de haber sido uno de los comensales de la última cena… en San Telmo. Dicen que el único cura que ha vuelto a vivaquear desde entonces por el edificio ha sido Pepe Chamizo en sus años de Defensor del Pueblo Andaluz. Pero con pashmima en lugar de sotana.

Altar y coro. Pastor de pueblo para ovejas de capital. Hay que sonreír y escandalizarse lo justo. El mensaje de estado de WhatssApp lo dice todo:“Copeando”. Copeando de ir a la Cope, so malpensados que son algunos. La mejor pastoral es la de la calle. El cura es uno más, pero es el cura. No es que sufra el riesgo de mimetizarse con las cofradías por ser su delegado diocesano, es que fue cofrade antes que cura. Es una variante del dinosaurio de Monterroso. Cuando lo nombraron, él ya estaba allí.

Mucha gente cree que Marcelino es ya canónigo. La verdad es que tiene hechuras de maitines. Tiene parroquia de tronío, despacho en la curia pero le falta la canonjía para hacer el hat-trick de la diócesis. Yo creo que no le conviene ser canónigo, más que nada porque últimamente al Cabildo le pasa como a los partidos políticos: que no ascienden los mejores, sino los que están todo el día trabajándose el favor del aparato. Marcelino quizás sea más bien una suerte de camarlengo al sevillano modo. Eso de pedir en un cartel que el último eche la llave tiene mucho de camarlengo, de velar por los servicios mínimos, para que no falten bendiciones ni se deje de pagar el recibo de la luz y el agua en períodos de interinidad.

El cura es la sonrisa. El maletín es la cruz. La eternidad es un paseo. Y la gloria… La gloria es presidir como sacerdote el paso de misterio de San Benito, la mejor canonjía para un cura feliz. El Papa argentino vino del fin del mundo. Y el cura pilatero de Lora del Río.

Un romántico de su vocación

Carlos Navarro Antolín | 15 de marzo de 2015 a las 5:00

JAVIER CRIADO
UN pintor ya desaparecido confesó en una ocasión que su sueño sería vivir exclusivamente de sus cuadros, sin necesidad de acudir a su puesto de funcionario por la mañana ni de soportar los comentarios de compañeros de trabajo obsesionados con la calidad de vida, esa expresión que tanto daña la percepción de mucha gente a la hora de valorar su estado de felicidad. ¿Qué es la calidad de vida? Para aquel señor era pintar, única y exclusivamente pintar, hacer aquella actividad que es fuente de bienestar (sentido cristiano del trabajo) y que permite a un individuo sentirse realizado. En Sevilla hay que gente que osa ir por libre, versos sueltos de la estrofa ortodoxa y plúmbea que resulta muchas veces el poema de la vida cotidiana de la urbe; extraños personajes que no soportarían el corsé de una estructura de un partido político, una empresa o una oenegé. Los libres tienen que funcionar solos: autónomos de régimen laboral y autónomos de conciencia. Javier Criado Fernández (Sevilla, 1950) es un psiquiatra que cumple cada día el sueño de aquel pintor:vivir de sus pacientes, del ejercicio privado de su profesión, con la consulta puesta en su casa como los notarios antiguos tenían la sala de firmas debajo de la cocina o del salón, con el teléfono abierto para dar ese trato personalizado como los antiguos galenos de cabecera. Ve uno pasar a Criado por Alcaicería a la velocidad de un nazareno de ruán, con las gafas colgando del cuello y el último modelo de chaquetón de O´Kean, y se oye el eco de una respuesta con tono de urgencia: “Sí, sí… Tú tómate media más de lexatin… ¡Y vente ligero para la consulta que yo te hago un hueco!”.

Criado es su propio jefe, su propia marca, un romántico de la psiquiatría con un nivel de relaciones sociales que podría darle acceso a los organigramas de esas clínicas afamadas con publicidad de médicos sonrientes para trincar pacientes con posibles. Siempre ha preferido la soledad laboral calculada para ser dueño de sí mismo, tener su propio diván y una decoración que mezcla los motivos cofradieros con los recuerdos de los cientos de viajes que ha hecho por todo el mundo. De la Alfalfa a Brasil por el camino más corto. Entre sus debilidades están los viajes, asistencia incluida a muchos congresos de psiquiatría. Hasta fue testigo de la caída del muro de Berlín, unos días históricos de los que guarda los billetes de avión y recortes de prensa enmarcados.

Cualidad fundamental en este cofrade de Pasión es la capacidad para reírse de sí mismo. “¿Tú sabes que yo fui costalero de la Borriquita y me llamaban el tachuela? Je, je, je” “¿Que cómo me encuentro?Cada día más joven y más guapo, ¿no me estás viendo?”

Siendo hermano mayor de Pasión se sacó de la chistera el conejo de una preciosa procesión eucarística con la esbelta custodia montada en el paso del Señor, una atractiva fusión de platerías. La comitiva salía siempre a la caída de la tarde de una jornada laborable para aprovechar el tirón de las últimas horas comerciales del centro. Un día le gritaron con guasa por la calle. “¡¡¡Javier!!! Anda que no sabes ná… ¡Te has inventado una procesión que es el Trofeo Carranza con costaleros!” Y Javier se echó a reír para ponerle música al momento como se la puso al paso de palio de la Virgen de la Merced, que hay quien dice aviesamente que, dado su carácter jovial, cualquier día viste a los nazarenos de Pasión con túnicas y capas de merino.

Un día sentó a Sevilla en un diván y le salió un libro. Otro día puso de plata la orfebrería completa del paso de su Virgen mercedaria, angelito con gafas incluido, que yo creo que ese querubín es Criado de chico jugando a costalero en la azotea de la casa familiar de la Alfalfa.

Ama la psiquiatría tanto como la cerveza fría. “¿Llevas prisa o nos tomamos un cervezón rápido en la Alfalfa?” Nunca lo verán tomando un trago largo. Cerveza, sobre todo cerveza. Ysi es a bordo de su barco marbellí atracado en Cabo Pino, mucho mejor. “El mar está plato, saca una cerveza para cada uno”. No ejerce de cliente de restaurantes que sirven alimentos en reducción bañados con vinagres de Módena. Lo suyo es todo lo que pueda tomarse con cuchara, sobre todo el arroz, los guisos y las chacinas precedidos de gran cantidad de aceitunas. En la mesa, las frivolidades precisas. Nunca lo inviten a desayunar, no es hombre de café y tostada, ni de perder el tiempo a media mañana. La Feria es el paraíso soñado, el agujero negro donde este sevillano se pierde y no hay radar que lo localice. Conocida es su defensa de la Feria desde el punto de vista psiquiátrico, una fiesta que, bien enfocada y sin excesos, puede relajar la mente y servir para distensionar una vida cotidiana marcada por las prisas. La Feria es algo muy serio.

La mar de la Costa del Sol, la cerveza casi vaticana (mitad espuma, mitad cebada), el templo del Salvador, la Alfalfa y sus alrededores, la pintura, un buen puro y la música. Sobre todo la música. Pocos conocen que este psiquiatra es un melómano en grado sumo, digna rama del tronco de su padre en su afición por los grandes clásicos de las corcheas.

El éxito profesional y la libertad personal no se perdonan. Sevilla no es clemente con quienes no tienen complejo en exhibir su talento, mucho menos si son vecinos, allegados o gente a la que se ve a diario. Una vez le preguntaron qué se puede hacer con un envidioso: “Nada. Si acaso no fomentar más la envidia”. No hay fármaco que rebaje la envidia, ni que haga crecer el pelo.

Cuando se vive en angustia cinco años, este psiquiatra dice que, al menos, hay que pasárselo bien otros cinco. Chapeau. Será verdad eso de que la gente se cuida el pecho de los resfriados, la garganta de las inflamaciones y la piel del exceso de sol, pero no se cura la cabeza, porque la cabeza es cosa de locos según la errónea creencia popular. Yen Sevilla, como en cualquier parte del mundo, hay gente que tiene la cabeza mal amueblada:los muebles de la cocina en el salón, los del salón en el tendedero y los del dormitorio en el baño. Los psiquiatras, cirineos de la existencia del ser humano, son una suerte de decoradores del coco que mudan cada mueble a su estancia adecuada, o de interioristas de la mente que se diría ahora que a los resfriados gordos se les llama neumonías y al telele de toda la vida se le dice ictus.

Criado relaja al histérico, hace hablar al tímido y estimula al lánguido. Cuando los fármacos fallan, siempre quedan las manos del Señor de Pasión. Nada de este sevillano se entendería sin la fe. Ha sabido aguantar, apretar los dientes y abrazar la cruz cuando le han metido palos en la rueda de su vida cotidiana. Sabe que el día a día es una rampla del Salvador que lo mismo conduce a la cima de retablos de oro que a la sima de los restos de la botellona, sin olvidar las siete revueltas del callejero diario que marcan las circunstancias de cada uno.

Criado irrumpe. A Criado se le oye porque no se calla. Que no es lo mismo callarse que guardar silencio. Ysilencio guarda siempre de cuanto ocurre en su despacho. Cuando algún cotilla pregunta lo que no debe, el psiquiatra mira al camarero:“Dame un cervezón más grande, hijo mío, que yo soy amigo tuyo… Y pon más aceitunas que estamos desmayados, ¿no nos ves las caras?”

La vida es eso que ocurre en el barco marbellí mientras no se está en la consulta de la Alfalfa o ante el Señor de Pasión. La vida es intensidad, pasión, fuerza, voz alzada para resucitar las mentes moribundas, banderillas de fuego en el alma de quienes lo ven todo perdido.