El aristócrata de la Alfalfa

Carlos Navarro Antolín | 8 de marzo de 2015 a las 5:00

Ismael Yebra
HAY sitios sin ningún valor arquitectónico en los catálogos, sin belleza alguna contemporánea, sin ni siquiera el minimalismo de moda. Pero hay sitios huérfanos de volutas, de pináculos y de dorados que gozan del sabor de lo auténtico, que atesoran ese patrimonio inmaterial que hace único un lugar, que generan añoranza cuando se llevan días en la diáspora y que hacen que la vida cotidiana gire en torno a esa porción de tierra urbana. Eso ocurre con la Plaza de la Alfalfa, lejos de los modelos estéticos de las postales de la ciudad, huérfana del caserío del XVII y del XVIII y sin ninguna fachada que merezca altas catalogaciones en los planes urbanísticos. La Alfalfa engancha a muchos sevillanos como engancha la playa onubense de la Antilla. Por su patrimonio inmaterial, por su autenticidad, por su capacidad para generar ese estado del bienestar que, al fin, hace que un vecino se sienta a gusto en su calle, en su entorno, y decida hacer su vida en ella. Todo el que vive en la Alfalfa en su sentido geográfico más amplio (plaza, calle y alrededores)sabe cuáles son los tres sitios por los que más preguntan los extranjeros, visitantes y vecinos de otros barrios y pueblos: la Casa de Pilatos, la Carbonería y la consulta del dermatólogo. ¿Y quién es ese doctor de la piel tan demandado? Uno de los ilustres caballeros de la apócrifa Orden de la Alfalfa: Ismael Yebra Sotillo (Sevilla, 1955), un sevillano de humor fino, al estilo de Gila, socarronería profunda sin herir a terceros, sin hacer nunca sangre con la puya, viandante pacífico con una bolsa con libros.

Yebra es experto en los problemas de la piel, en literatura y en toros. Preside el Observatorio de la Alfalfa y Otros Modos Sui Generis de Vida. De la Alfalfa al mundo, urbi et orbe. Un sevillano veinteañero acudió apurado a su consulta ante la pérdida galopante de cabello. El afamado doctor, lejos de vender crecepelos de un laboratorio trincón y lejos de instar al gasto en preparados de minoxidilil al 5%, le firmó una prescripción que años después no olvida: “Lo mejor contra la pérdida de cabello, el único método infalible, es una cajita para ir guardándolos, ¿sabe usted?”. Y aquel joven se fue a la búsqueda de un cofre para sus pelos. Y hasta hoy. Humor se llama. Y el humor es algo tremendamente serio. Si Julio Iglesias sigue padeciendo alopecia es porque Yebra Sotillo aún no ha encontrado la forma de mutar los genes que programan cuándo conviene ir buscando la cajita.

El doctor Yebra es un sevillano serio, pero de puertas abiertas. Tan abiertas que sufre el gorroneo de dermatólogo gratis por la jeta. Todo el mundo se cree con derecho a pararlo por la calle para preguntarle por la manchita amarilla en el cuello, la verruga incipiente en la espalda o extrañas protuberancias en lugares mucho más delicados y especialmente necesitados de hábitos de higiene. El personal no tiene reparos en darle el alto en la Feria o en la calle Muñoz y Pabón y, ala, a remangarse la camisa, a subirse el pantalón o a estirar el cuello, con todos los pelos por delante, para someter los lunares al dictamen de este dermatólogo de la categoría G. G.: de gorra y de guardia. Es lo que tiene la buena educación: los terceros se creen con derecho a abusar de ella. No saber decir que no en la tierra de los gorrones es llevar en la mochila una auténtica pajarería de plumaje variado, al más puro estilo del antiguo mercado dominical de la Alfalfa, por no salirnos de los lares donde hoy se toman medidas para este traje dominical.

Hay quien no sale en la Feria de una caseta como hay quien casi no sale de la Alfalfa en Semana Santa. El doctor Yebra es de conformarse con ver las cofradías que pasan por su casa: la Candelaria y San Bernardo. Y de acudir lo indispensable a la Feria. Es un discreto penitente de San Isidoro, la cofradía de la familia. Y por encima de todo es hermano de un insigne tabernero recientemente jubilado: José Yebra Sotillo, con quien se crió en la dureza de quedar prematuramente huérfanos de madre. Su padre murió –casualidades de la vida grabadas a fuego en la memoria– el día que Nixon tomó posesión como presidente de los Estados Unidos. Los renglones torcidos de Dios permitieron al niño Ismael, monaguillo de San Ildefonso, y a su hermano Pepe, siete años mayor, comprobar que hay vecinos que son los amigos ciertos en la hora incierta, que diría el aforismo de los clásicos.

Académico de la de Buenas Letras y en breve de la de Medicina, aunque es más del mosto de Umbrete que de los tiros largos en la Casa de los Pinelo; más de evadirse por las celdas de los monasterios de Silos o Cardeña con su compadre Curro que de presumir de ferretería en la solapa. Yebra es de esos selectos sevillanos que no se arrastran por un reconocimiento, pero que tampoco tienen complejo alguno en recoger una medalla, aunque sólo sea por no resultar descortés. Y casos ha habido en los que hubiera preferido no acudir a recibir el ad calorem. Muy habitual en la gente que lee es el desprecio por el mundo de las vanidades.

Jamás le pidan a este médico literato que pronuncie un pregón de Semana Santa. Lo suyo es el culto interno, tal vez porque tiene sangre zamorana de Rábano de Sanabria. De ahí quizás su pasión por la clausura de los conventos, que lleva décadas recorriendo hasta en las mañanas de agosto, cuando se topaba con corrales de gallinas en el San Clemente de los años ochenta. Yebra sabe con precisión cómo el continente africano ha irrumpido con fuerza en los monasterios de la diócesis. Las monjas españolas son minoría.La negritud, que diría Anson, se ha apoderado de la vida contemplativa. Sevilla en clausura suena aún a órgano antiguo, sí; pero también al Waka Waka: esto es África. Dos mil libros sobre monasterios pueblan su biblioteca particular, sin contar otras temáticas.

Este Chéjov de la Alfalfa (“La medicina es mi esposa legal; la literatura, sólo mi amante”) ha sido un gran seguidor de Curro Romero, otro académico. Su indudable sentido de la prudencia no le impide el ejercicio de la crítica con los matadores que considera “albañiles del toreo”, aquellos que no adaptan la lidia al burel, sino que, a juicio de este galeno, torean siempre igual, como el que enfosca ladrillos. El ladrillo casa mal con el arte, pero muy bien con los pregones.

Usted podrá acudir a la consulta de este médico, enseñarle una verruga, pedirle opinión sobre un herpes o codearse con él en la barra del Manolo, pero no entrará en el selecto club de sus amistades más íntimas hasta que no lo vea coger la guitarra y cultivar su afición por el cante jondo, una pasión que reserva para ratos escogidos.

Un día le dedicaron una semblanza en un periódico, que agradeció con unas líneas en las que se traslucía el sonrojo que provoca el protagonismo repentino en toda persona educada en la discreción, ese verse en la palestra, ese saberse incluido ya en ciertos círculos de la sociedad oficial sevillana por su condición de académico. El periodista le respondió con uno de los mensajes finales de Muñoz Molina en Todo lo que era sólido, cuando pide a los informadores profesionales que concedan notoriedad y proyección a quienes hacen tareas verdaderamene sustanciales para la sociedad, personas generalmente anónimas que, como Ismael Yebra, llevan décadas siendo como son, pero que esta ciudad, moribunda e indolente, saca a la palestra sólo por un repetino instante de lucidez. Este humanista de la Alfafa es aristócrata por su sencillez. Y realmente hace cosas sustanciales por la sociedad, además de dejarse un dinero en Céfiro o en la librería de viejo de Los Terceros. Y de estar harto de analizar verrugas por la calle. Aunque no lo dice. Nobleza y educación obligan. Y a ciertas alturas de la vida no debe estar uno ni para bajar escaleras, ni para cambiar su forma de ser.

El buen vasallo

Carlos Navarro Antolín | 1 de marzo de 2015 a las 5:00

Carlos Bourrellier
EN Sevilla hay gafes, gente ceniza que trae la desgracia con su sola presencia, como hay gente con la cara estreñida desde que los padres eran novios, que hasta existe una clasificación de los señores y señoras con el rostro todo el día oliendo a letrina. También hay gente con suerte, que son la versión hispalense del lotero de La Bruja de Sort, gente a la que habría que pasarle el décimo por la espalda, al igual que se pasan por las vestimentas de santos, gente a la que habría que parar por la Avenida, entre velador y velador, y entregarle papelitos con los deseos escritos para que los lleven en el bolsillo de la americana de Vilima.
Carlos Bourrellier (Sevilla, 1951) es el presidente del Consejo de Cofradías que nos ha obligado a todos los periodistas a agregar su apellido al corrector ortográfico y que resulta un ejemplo sólido de cómo lo interino muta en permanente en esta ciudad. Bourrellier, un hombre con suerte, llegó a la presidencia como Susana Díaz. Se fue Adolfo Arenas y se puso él. Se fue Griñán y se puso ella. Ninguno de los dos goza por ahora de la legitimidad directa de las urnas. Bourrellier, un tipo sin enemigos, el vecino idóneo para echar una charla sobre el clima en el ascensor, estaba allí cuando se produjo el hueco. Él lo tapó como el albañil de urgencia que sella una gotera, y ahí sigue para escozor de los cobardones que largan por detrás pero que no se atreven a salir del burladero y discutirle el puesto.

Fue hermano mayor de una cofradía, la franciscana del Buen Fin, un período en el que vivió una coronación canónica y la salida de su Cristo en el vía crucis de las cofradías. Y ha sido Rey Melchor de la Cabalgata. ¿Se puede ser más en el cursus honorum hispalense? Lo tiene todo para generar la envidia de esos señores (y señoras)estreñidos. Es el compañero del colegio tocado con la gracia de la potra.

Nacido en la calle Azafrán, desciende de maestros tintoreros: bisnieto, nieto e hijo de emprendedores en el sector. Se formó en el Colegio Alfonso X El Sabio y en las aulas del Santo Tomás de Aquino, donde dicen que iban los regulares, pero no precisamente los de Ceuta. Poca gente sabe que fue un pelotero de cierto nivel en sus años mozos, aunque hoy ya no practica ni fútbol ni ningún deporte, tan sólo el palquing, cuando salta de palco en palco del Domingo de Ramos al Domingo de Resurrección, asegurando siempre la pax romana al emperador en caso de revueltas en las tropas cofradieras. Ha ejercido de mercader de éxito en su vida profesional sin sufrir la expulsión de ningún templo, sino todo lo contrario. Sin estar doctorado en Derecho Canónico y sin haber peloteado previamente al alto clero calentando el asiento en cursos vespertinos de formación, su gran mérito es ser el niño bonito de la actual autoridad eclesiástica, el ejemplo de hombre de Iglesia, el modelo preclaro de superávit de eclesialidad. Bourrellier no se cansa de decir “pastor” como el ministro Piqué no se cansaba de inclinar el espinazo ante Bush. Y eso a los curas les encanta. Sabe tratar a los ministros de Dios como nadie, desde aquellos maravillosos veranos en que los invitaba a comer en El Paraíso, en El Portil. El Paraíso vive hoy un auténtico infierno, precintado por las deudas, mientras la oveja más destacada del rebaño cofradiero de la archidiócesis bala con fuerza y alegría. Dimitió el presidente y él estaba allí. Se quiso ir, pero, ay, el arzobispo le pidió que se quedara y él se quedó haciendo bueno el lema de los cofrades con cargos sacrificados:Nolebat, sed petiverunt. Yo no quería, pero me lo pidieron… Bourrellier es la solución provisional, interina, recurrente; la fórmula perfecta para salir del paso que tantas veces se busca en Sevilla. Por eso erigirse en provisional es abonarse al triunfo en esta ciudad. Todo lo provisional tiene vocación de perpetuidad. Ytodo lo oficialmente permanente puede durar menos que un cardenal presentando la renuncia a los 75 años. Ojú, qué poco duró…

No se le conocen más aficiones cultivadas que las cofradías y el buen yantar, que no es mala combinación. El recorrido –corto recorrido– de la sede del Consejo al Palacio Arzobispal no sirve para reducir el colesterol de las manitas de cerdo y otras exquisitas viandas caracterizadas por la pringue, por muchos saltos que haya que dar para sortear las cacas de los caballos que perfuman tan cotizada senda, cuyo aroma forma parte del patrimonio inmaterial de Sevilla, anda que no.

La mejor virtud de Bourrellier es quizás su ausencia de complejos. Habla con devoción del arzobispo, que parece su particular primo de Zumosol. Y el arzobispo le premia con susurros al oído, con la mano apretándole con afecto el antebrazo, con mensajes de voz meliflua y muestras de admiración pública. Ahí ha surgido una UTE de las buenas, de las que duran porque ambos se sostienen, ambos se ayudan y a ambos les viene de dulce llevarse bonito. Distinto será si esta UTE hace alguna gran obra. El tiempo, supremo juez contra el que no cabe recurso, lo dirá.

Bourrellier es genial cuando hace declaraciones a los medios o emplea el lenguaje coloquial en algunas reuniones a puerta cerrada. Tiene la espontaneidad y la frescura de quien no está contaminado por asesores a sueldo. Le meten la alcachofa tras la homilía del señor arzobispo en la Plaza de España ante el paso de la Virgen de la Esperanza y suelta una de las mejores perlas que se han soltado en la historia de la diócesis: “El arzobispo ha estado muy bien, pero que muy bien. ¡Ha hablado a calzón quitado!”. Nada de sotana, sino directamente calzón… Qué cosas dice este Bourrellier. Otro día habló de los “pistoleros” del Consejo en referencia a los consejeros que él cree que le hacen la pajarraca. Y otro más de la necesidad de dar un “puñetazo” en la mesa para arreglar los problemas, ¡oh problemas!, de los horarios de la Madrugada, donde sólo cabe decir sobre el cofraderío lo que aquel cubano trincón de fama fácil: “La noche me confunde”.

La suerte del alto clero que hoy puebla los despachos del Palacio Arzobispal es que Bourrellier habla con el corazón, está orgulloso de cumplir con el sacrificio que le pidió su dilecto pastor en aquellos minutos de zozobra, una encomienda que lo convierte en legionario de la diócesis, con el pecho al descubierto y el valor por bandera, con el arcabuz dispuesto siempre a defender a su mentor. La verdad es que a un mundillo cargado de pestiños, con tanto cuello duro de camisa y tantos demonios removiendo la cola en tardes de ocio, este presidente del Consejo trae una bocanada de aire fresco en no pocos momentos, por lo sencillo y natural que resulta, por lo poco artificial, por lo exento de eso que ahora llaman postureo. Habla como es, como un vecino simpático de la Alfalfa, de riguroso traje oscuro y bigote perfectamente cortado, amigo de la concordia y de la buena ensaladilla, cuyos problemas quizás son querer quedar bien con todo el mundo, y que está dispuesto a pedir perdón si sus palabras han podido ofender. Pídanle unas entradas para el pregón que hará lo imposible por conseguirlas. Pero después le mandan como agradecimiento un táper de arroz con perdiz, que le gusta más que la Amargura por Cuna a uno que yo me sé. O lo invitan a una cerveza en El Tremendo, del que su señor padre era un cliente distinguido.

Pásenle el décimo de lotería por la espalda. Este hombre tiene estrella, además de sentido del humor, que es el lubricante de la vida cotidiana. Hay veces que uno ve a Bourrellier con esa fidelidad en grado supino al pastor, con esa conducta que es modelo preclaro de eclesialidad, con su asistencia a funerales hasta en el tórrido agosto, con esa disponibilidad absoluta a subir la escalera palaciega de Leonardo de Figueroa cada vez que es llamado por el secretario de Su Excelencia, con esas doce horas al día que le dedica a la presidencia, y tiene que recordar aquellos versos del Cantar de Mio Cid que se estudiaban en el extinto COU: “Dios, qué buen vasallo si tuviese buen señor”.

¿Eres compañero?

Carlos Navarro Antolín | 22 de febrero de 2015 a las 5:00

José Joaquín Gallardo
EN Sevilla siempre es bueno tener un amigo de altura. No piensen aviesamente. Un amigo de altura es muy útil. Los altos avisan de la proximidad del paso de palio en los días de bullas de Semana Santa. Cuando los bajitos se cabrean, hartos de ver espaldas de chaquetas y puntas de capirotes, el alto siempre impone la calma: “Aguanta, aguanta, que ya veo el bacalao”. En Sevilla hay altos que destacan como Gasoles en clave local, con esos chaqués como mantas zamoranas y esas caras de despiste que tienen muchos señores altos. Hay verdaderos ingenieros del despiste, gente que parece que no se entera de nada pero que, en realidad, tiene capacidad para estar oyendo dos emisoras a la vez y seguir el hilo de una conversación próxima. Hacerse el despistado es un arte que puede ser muy rentable. Cuando muchos se afanan en aparentar lo que no son, en darse importancia y en lanzarse a sí mismos una petalada cada mañana, también los hay que tienen la habilidad de taparse y hacer el ruido justo y preciso para estar en el machito años y años sin pisar demasiados callos.

José Joaquín Gallardo, decano del Colegio de Abogados de Sevilla, estaba junto a San Fernando cuando entró triunfante en la ciudad. El Rey Santo repartió tierras entre los caballeros veinticuatro y, acto seguido, realizó unos nombramientos de los que sólo hablan los manuales apócrifos de historia. San Fernando puso a Pepe Cañete en Aprocom por los siglos de los siglos. A Luis Miguel Martín Rubio le encargó la fundación de la Real Maestranza del Corcho Flotante en Todas las Aguas. Y a José Joaquín Gallardo lo hizo decano perpetuo del Colegio de Abogados, de tal forma que muchas generaciones de sevillanos conocen dos Papas de la Iglesia, tres presidentes de la Junta de Andalucía y un sólo, único y verdadero decano del Colegio de Abogados, cuyo archivo está cargado de legajos que se catalogan como a. JJ. (antes de José Joaquín) o d. JJ. (después de José Joaquín).

Gallardo ha ganado cinco elecciones al decanato de los letrados porque, entre otros motivos, es un relaciones públicas de innegable simpatía, tal vez acrecentada por esa apariencia de despistado que se hace acreedora al perdón de los éxitos, tal vez porque siempre coge el teléfono móvil, incluidos los domingos y fiestas de guardar. Gallardo tiene claro que toda llamada que recibe es de un abogado de Sevilla mientras no se demuestre lo contrario. Por eso emplea su arma letal, con el que se ha ido ganando a todos los letrados hispalenses día a día durante tantos años: “Hola, ¿eres compañero?”.

Nunca ha necesitado de un profesional de la información para diseñar sus estrategias de comunicación. Gallardo tiene su propio periódico, La Toga, que le han copiado hasta las cofradías. La Toga es el órgano oficial de expresión del gallardismo, que es una forma de ser y de concebir el oficio de la abogacía. La ratio de fotos en las que aparece el decano es elevadísima. Ríanse ustedes de esas ratios de las que habla la Junta de Andalucía en materia de educación para estimar los niños por aula. Para ratios, las de José Joaquín en La Toga. Y siempre que es posible aparece en grupos de tres o cinco personas, de manera que haya un centro de impacto visual, naturalmente reservado para el decano. Es como las cofradías cuando se hacen representar mediante estandarte y cuatro varas, siempre en cifra impar para que la insignia que preside ocupe el puesto preferente.

Gallardo ha creado estilo. Las cofradías han inventado los anuarios, donde en ocho de cada diez fotografías sale el hermano mayor con sus distintos modelos de trajes, chaquetas y tiradoras. ¿Quién no ha visto alguna vez una foto de una toma de posesión de nuevos letrados con Gallardo en el centro luciendo puñetas? En Sevilla se usa ya una vara de medir de lo jartible que resulta un tío: “Te repites más que Gallardo en La Toga”.

Su mérito no sólo está –que también– en ser un reconocido abogado en pleitos de lo contencioso administrativo; en lo satisfechos que están importantes laboratorios farmacéuticos de la dirección jurídica de sus asuntos, o en que forma parte del selecto grupo de abogados que trabaja los domingos por la tarde. Su mérito para ser decano perpetuo es que ya ha presidido la jura de muchos abogados cincuentones y de sus hijos. Unos hijos que dicen que en el colegio ya repetían la letanía de catecismos antiguos.

–Decid, niño, como os llamáis.
–[Responda su nombre, fulano, Pedro, Juan o Francisco, etcétera]
–Decid el nombre del decano del Colegio de Abogados.
–José Joaquín Gallardo por la gracia del “¿Eres compañero?”.

Gallardo conoce como pocos el funcionamiento de los medios de comunicación sin necesidad de tener contratado un asesor específico. Sabe que el mejor día para contar un tema a un periódico es la tarde del domingo, cuando las redacciones tienen menos asuntos frescos para la edición del lunes y, además, se consigue el altavoz de los programas radiofónicos de la primera mañana laborable de la semana. Hay quien se refería con humor a “los domingos de José Joaquín” para saludar la llamada dominical del decano.

Tampoco necesita un gabinete de asesores para llevar al día los enlaces matrimoniales de los compañeros y el fallecimiento de sus familiares. Tiene hecho con sobresaliente el curso de las bodas, bautizos y comuniones, la BBCque es clave en una ciudad con aspiraciones de pueblo como Sevilla. Gallardo es el Antonio Ríos de la abogacía. No se le pasa dar un pésame, como tampoco se le olvida interesarse por el embarazo de la camarera que le sirve cada día los mil y un cafés que ingiere este abstemio consagrado en el Café Avenida de Francisco Hermosilla. Porque Gallardo es uno de los grandes cafeteros de Sevilla al que, por cierto, nunca le sorprenderán en una fotografía con un catavino o un tanque de cerveza.

Forma parte de la que llaman la S. S. sevillana, por su condición de veterano soleano (de San Lorenzo) y de discreto sanluqueño (de Barrameda). A la hora de confeccionarle este traje dominical hay que tener en cuenta que le gusta lucir largo el bajo de los pantalones, para que descanse sobre el empeine del zapato, y la corbata ajustada con cierto desdén, para confirmar quizás ese aire de despistado al que no se le va un saludo en un canapé.

Arrasa en las elecciones al decanato, pero tiene sus críticos como todo personaje público que se precie. Su particular Tendido 7 le saca el pañuelo verde cuando es complaciente con el poder. Refieren un ejemplo reciente, cuando se hizo la foto con el consejero de Justicia, Emilio de Llera, para presumir de cobrar –por fin– los retrasos de los servicios del turno de oficio, pero aseguran que no se ha movido para que el Consejo Andaluz de la Abogacía reclame a la Junta de Andalucía los intereses que sí se han exigido en otras comunidades autónomas.

El día que Gallardo deje de ser el decano de los abogados sevillanos –para los que logró la rotulación de una calle– tendrá que donar su chaqué al Museo de Artes y Costumbres Populares. No hay político, ni magistrado, ni fiscal jefe, ni presidente de entidad ciudadana cuyos tiros largos cuenten más salidas en una procesión del Corpus que los de este ciudadano alto (nunca altivo) que se hace el despistado pero que siempre es el primero del grupo en ver venir el paso de palio… Y eso es una información muy útil para saber aguantar y no marcharse antes de tiempo.

El máster en habilidad

Carlos Navarro Antolín | 14 de febrero de 2015 a las 5:00

ANTONIO PULIDO
El cura Chamizo cria la fama de ejercer la pastoral de El Cairo y se echa a dormir en los veladores de su terraza. Y otros cardan la lana dejando que el cura parezca el único cliente de ese bar que dicen que a la hora de pagar es cairo, pero muy cairo. En esa terraza se deja ver muchísima gente: aficionados a los toros, turistas cocidos con piel de salmonetes, madrileños con ínfulas, constructores con palillo en la comisura de los labios, señoronas de copa de vino blanco Marqués de Villalúa y señorones con puro que dejan caer sobre la incipiente barriga un reguero de ceniza. Y entre esos personajes se avista con frecuencia un pájaro que vuelta alto y al que media Sevilla dispara perdigonazos porque no perdona sus éxitos, mientras la otra media lo disculpa con la condescendencia del que se siente superior al enjuiciar a la gente de pueblo. Como dice un veterano notario, nunca se debe infravalorar a la gente de pueblo, porque el de la boina y el bastón suele estar más puesto en temas de legislación, sobre todo si es sucesoria, que mucho cateto de la capital, porque aunque no se sepa los artículos del Código Civil, tiene un sentido de la intuición que le lleva a la solución lógica.

Antonio Pulido (Castro del Río, 1965) fuma puros en la terraza de El Cairo como un rico faraón que todo se lo debe al PSOE y a su innegable habilidad para estar en el sitio adecuado y en el momento preciso. Paracaidista cordobés en la sociedad sevillana, sería el perfecto titular de la Cátedra de la Habilidad para impartir los cursos del I+D del culebreo. Pulido sabe moverse, nadie puede dudarlo. Es presumido, le gusta interrumpir una reunión o una conversación encendiendo la luz del escaparate de sus relaciones con el poder:“Perdonad, pero me llama la presidenta”. En eso se parece a Javier Arenas, cuando en cualquier reunión refiere que hace pocos minutos ha estado hablando con Rajoy, o hace dos días con Soraya Saénz de Santamaría. Si usted ha hablado con Pulido en los últimos dos años y no le ha comentado la de veces que Susana Díaz le consulta los temas, es que usted no es absolutamente nadie para Pulido, hágaselo mirar en el médico del seguro. A Pulido le pirran los puros y ronear de ser el introductor de la presidenta en esa sociedad sevillana en la que ni él mismo se mueve con toda la destreza que le gustaría. ¿Se han fijado alguna vez en que cuando Pulido llega a un acto es como esos conductores de coches de lujo que no saben dónde aparcar y que acaban siendo el foco de atención de todas las miradas por la de ruido que hace con los pisotones al acelerador?

Pulido tiene arte. Los responsables de La Caixa le endilgan el marrón de alquilar las oficinas de la Torre Pelli y él lo cuenta como un éxito más en su carrera. Dice que lo han nombrado nada menos que presidente de la sociedad que gestionará los alquileres de un rascacielos en la ciudad de los mil y un locales vacíos.
–Vamos, que lo han puesto de API…
–Eso mismo.

El gran mérito de Pulido es haber hecho piña juvenil con un secretario de las Juventudes Socialistas de Andalucía llamado Rafael Velasco; una secretaria de organización de las Juventudes Socialistas de Sevilla que atendía por Susana Díaz y un subdirector del Instituto Andaluz de la Juventud de nombre Mario y de apellido Jiménez. Aquella terna (Córdoba, Huelva y Sevilla) maquinó el asalto al poder del PSOE andaluz. El mismo Pulido lo ha contado alguna vez en una tertulia. Sólo faltaba la figura del financiero, por así decirlo. Y ahí estaba Pulido, que primero fue asesor del consejero Antonio Pascual y después director general de Inturjoven.

Un cúmulo de circunstancias, entre las que no se puede olvidar el factor de la suerte, llevó a Pulido hasta la presidencia de una caja de ahorros. A río revuelto, ganancia de Pulido. Desde la carroza de Cajasol fue dadivoso. Le encantaba que le pidieran favores, porque los favores generan hipotecas con intereses que fluctúan en función de los tipos. Y Pulido es un tipo de interés. Ver a Pulido en el coche oficial de todopoderoso presidente de una caja de ahorros era toda una experiencia. A veces mandaba parar el coche para saludar a alguien, sobre todo si se trataba de un catedrático de Economía como José María O´Kean.

Primero puso velas en el altar de Luis Pizarro. Después en el de José Antonio Viera. Y hoy las pone en el de Susana Díaz. Militante de la agrupación del PSOE en Nervión-San Pablo, cuentan que una vez lo saludaron a la voz de “compañero Pulido”, a lo que espetó:“Compañero no, presidente”. Y, claro, ésas son de las que se guardan. Como las guarda el que le pidió trabajo y fue tratado con desdén. La gente –suele ocurrir– tiene paciencia de escribano al ir rellenando las notas marginales del registro de la memoria.
Pulido tiene también afición por el alto clero. A su casa del centro de Sevilla invitó a almorzar a la presidenta con el arzobispo hispalense, en aquellos primeros días de Susana Díaz en el principal despacho de San Telmo. Tanto se alargó aquel mediodía que hubo que encender las lámparas. Yuna persona que telefoneaba no daba crédito: “¿Pero todavía estáis ahí?”

Pulido es rico. Eso dicen en el PSOE. También dicen que es débil con los fuertes (los de La Caixa) y fuerte con los débiles (el Bazar Victoria). También dicen en el PSOE que ahora está en horas bajas, pero no le dan la consideración del pato cojo, que es como los norteamericanos llaman al presidente que ya está en la puerta de salida de la Casa Blanca para dejar de censurar sus decisiones. A Pulido no le conceden esa misericordia porque tiene vitola de rico, procede de un pueblo y pertenece a un partido obrero. Tal vez no se ha hecho perdonar suficientemente los éxitos en la ciudad de la envidia, quizás no puso a tiempo el silenciador en algunas de sus actuaciones.

Hizo la Torre Pelli, vista por sus críticos como su mausoleo como financiero. Yen el pecado lleva la penitencia de buscar no sólo inquilinos para ella, sino inquilinos que sean fiables. Pulido podría escribir un libro gordo con la de peticiones de ayuda y de favores que ha recibido en ese despacho de presidente de caja de ahorros con más humo (de puro) que la delantera de un paso de palio. Ha disfrutado de barrera de postín en la plaza de toros y ha apoyado los brazos en el burladero de la empresa del callejón. Cuanto más cerca del presidente de Unicaja, Braulio Medel, mucho más contento, ¿verdad, Antonio?

La Fundación Cajasol no tiene la fuerza de una caja de ahorros. Es una carroza más pequeña y con muchos menos caramelos para repartir. Pero al menos sirve para estar incluido en el mailing de los actos sociales, es la plataforma para seguir codeándose con políticos, profesionales liberales y arzobispos. Si la torre es el mausoleo, la Fundación Cajasol es la FAES de Pulido, hecha a su medida como una de sus camisas blancas, como uno de sus trajes concebidos para disimular los kilos de más que a todos nos incomodan.

Nadie podrá negarle su habilidad. Es un superviviente nato al que a veces se le percibe desbordado en ciertas alturas. Tiene la costumbre de elevarse las gafas por encima de la frente para ver mejor de cerca mientras toma alguna nota, una práctica que el gobierno de Zoido quiere prohibir a los policías locales en el proyecto de reglamento que se negocia con los sindicatos por considerarla poco decorosa para los agentes de la autoridad. Pero Pulido puede seguir subiéndose las gafas. Él no es policía local.

Muchos de quienes lo azotan quisieran haber estado en aquella piña juvenil de jóvenes socialistas y quisieran haber tenido la oportunidad de presidir una caja de ahorros. Sevilla no perdona los éxitos y guarda las muestras de desdén en los altillos de la memoria para sacarlas en el momento preciso, cuando el pato cojea o el pavo real pierde brillo en la cola. Un día lo veremos investido como doctor honoris causa por cualquier universidad que haya tenido la valentía, por fin, de impartir el Máster en Habilidad como enseñanza de posgrado. Porque Pulido tiene mucho que enseñar. Y que agradecerle a Sevilla, esa ciudad que te da ventaja para que te creas alguien y el día menos pensado pulsa el f5 y apareces en la papelera de reciclaje.

La cara amable del ‘aparato’

Carlos Navarro Antolín | 8 de febrero de 2015 a las 5:00

JUAN BUENO
EN política hay estereotipos que funcionan. O que operan, como se dice ahora. Los ministros de Hacienda son los que mandan, como los mayordomos en las cofradías o los tesoreros de las entidades ciudadanas. Quien maneja el taco, maneja el cotarro. El presupuesto es el hilo maestro que sirve para manejar las marionetas del poder. Y los aparatos de los partidos son los que deciden cuánto dura la carrera de un político. Los aparatos son esas estructuras de presidentes y secretarios generales, provinciales o de medio pelo a los que cualquier crío retrataría con cara de malajes, un cuchillo en la boca y siempre dispuestos a coger un teléfono para decirle a un concejal o a un diputado el punto preciso de la diana al que debe lanzar el dardo. Los miembros del aparato son los malos de la película, señores terroríficos y sin escrúpulos. Un tío bien colocado en el aparato vive sus meses de gloria en los procesos de confección de las listas electorales, más feliz que un cardenal en vísperas de cónclave. Extra omnes. Hay tiempos en los que la política es de los buenos oradores, de célebres parlamentarios. Yhay otros tiempos en los que la política es de los aparatos, de quienes están forjados para conseguir el poder y perpetuarse en los cargos, quienes tienen aguante y vocación de permanencia, quienes gozan de la virtud de ser capaces de aguardar en la puerta de su casa, ese lugar donde siempre se espera contemplar el paso del cortejo fúnebre del enemigo.

Juan Bueno (Sevilla, 1963) es el presidente del PP de Sevilla y no sólo no tiene el perfil de Saturno con hambre de Carpanta, sino que goza de grandes protectores. Usted hace cualquier comentario de Juan Bueno o escribe cualquier anécdota sin mayor alcance político y es muy probable que reciba una amonestación de Javier Arenas o Ricardo Tarno, cariñosa y afectuosa, eso sí, “como amigos”. Javié es un padrino que ejerce como tal, le encanta seguir amamantando a sus criaturas. O presumir de que lo hace, que ya se sabe que la política es como el parchís:se avanza una casilla, pero se cuentan veinte. Dicen que la clave es que Arenas lleva mal haber quitado de la secretaría provincial del PP de Sevilla en su día a Juan Bueno para colocar en ese puesto a Lola Rodríguez, componente de la maripandi que entonces frecuentaba el campeón. Juan estaba con la brocha colocando carteles electorales en esos pueblos que nunca serán del PP,cuando Arenas le birló la escalera para ponérsela a su amiga, que ya se sabe que al amigo todo, al enemigo nada y al indiferente, la legislación vigente. Las pandillas son colectivos muy influyentes, sobre todo si en ellas estaban la duquesa de Alba, Curro Romero y otras hierbas en aquellas noches y mediodías que perdimos (a lo Romero Murube) en El Espigón o Portarrosa. Aquella fue una decisión equivocada. Y Arenas, como Julio Iglesias, lo sabe. Por eso no pierde oportunidad de congraciarse con Juan Bueno, Juanito para los selectos arenistas. Dicen que a Arenas le persigue desde entonces una psicofonía mucho peor que las confesiones de Bárcenas: “¡Javieeeeeé!, ¿qué hiciste con Juanitoooo?”. Juan Bueno es un niño de Arenas, pero de la segunda generación. De la primera son José Luis Sanz y Ricardo Tarno.

Tarno es un punto más vehemente en la defensa de Juan Bueno, su gran protegido. Quien ose tocar al presidente provincial recibe un sms como tarjeta amarilla del alcalde de Mairena del Aljarafe. Tarno es la versión gaviotera de Belén Esteban con su hija: “Por Juan Bueno ¡mato!”.

Juan Bueno se ha forjado en las cocinas del partido desde los puestos técnicos, cuando entró en el PP después de que Soledad Becerril encargara a Antonio Fontán que creara un grupo de jóvenes que asumieran funciones de agentes electorales en los pueblos. Destacó mucho en esa faceta. Pepe Torres lo hizo su jefe de gabinete en la sede de la Delegación del Gobierno en Andalucía. Y fue Ricardo Tarno quien lo sacó del ámbito técnico para meterlo en el político.

Cuando Arenas lo quitó de la secretaría provincial del PP sevillano, cualquiera hubiera dado un portazo. Pero aguantó. Y eso en política tiene costes, claro que los tiene, pero también genera beneficios, sobre todo porque en política prima el estar por encima de todo. Tanto aguantó, tanto estuvo, que volvió a ser secretario provincial y hoy es el presidente del PP en la provincia más difícil para este partido en toda España, a excepción de las circunscripciones del País Vasco.

De técnico a presidente, siempre sin generar problemas, sin hacer enemigos. ¿Que había que ir a pegar tiros al territorio hostil de la Diputación Provincial? Allí que se iba Juan Bueno a estudiar expedientes de gasto. Siempre con disciplina, siempre con buena cara. Por eso dicen que es la cara amable del aparato. Juan Bueno escucha, dedica un minuto a casi todo el mundo y sonríe con facilidad. Distinto es si ofrece o no soluciones. Dicen que es el más claro ejemplo del estilo Rajoy en Sevilla, porque si hay algún problema, Juan Bueno mira el reloj, deja pasar el tiempo y, como los antiguos obispos, musita aquello de “Dios proveerá”.

Cuando Zoido arrasó en las elecciones locales, Juan Bueno estuvo a punto de quedarse relegado a edil de distrito, pero alguien advirtió que un secretario provincial debía tener más peso en el gobierno. Y el alcalde le dio la portavocía del grupo. A la mitad del mandato, Zoido le pasó el marrón de la Delegación de Seguridad y Movilidad después de que una sentencia del TC obligara a prescindir del edil Demetrio Cabello. Y esa encomienda de Zoido equivalía a lidiar con el sindicato mayoritario de la Policía Local, el miura tobillero que siempre aguarda en los chiqueros de la gestión municipal.

Cuando el dedo de Rajoy señaló a Juan Manuel Moreno Bonilla para presidir el PP andaluz en lugar de a José Luis Sanz, Bueno se bebió uno de los cálices más amargos en su trayectoria política. En menos de 24 horas pasó de recoger las firmas que avalaban la candidatura de su amigo Sanz, a tener que echar los pliegos por la trituradora y recabar apoyos en favor del político malagueño. El fútbol es así, la política es así.

Su agenda siempre tiene señaladas en rojo las noches de los jueves. Si ustedes quieren fastidiar a Juan Bueno de verdad, no es necesario recordarle el error de Arenas ni preguntarle qué hay de lo mío, sólo tienen que invitarle a un acto o a una cena un jueves por la noche, pero tienen que hacerlo con mucho interés, como si a usted le fuera la vida en contar con su presencia, porque esa noche la tiene reservada desde hace años para sus amigos más íntimos, un sanedrín donde se relaja y no habla de política. La noche de los jueves es tan clave en su vida como Zahara de los Atunes, su particular paraíso donde frecuenta el restaurante Antonio. Allí se le puede ver alternando con el peperío del barrio de Salamanca.

Hay dos secretos poco conocidos de Juan Bueno. Sus hijos le pidieron vestirse de nazarenos. Se decidió por el Carmen Doloroso cuando esta cofradía hacía estación los Viernes de Dolores, lo que le permitía tener libre toda la Semana Santa para sus escapadas a Zahara. Pero su plan se fue al traste, porque el Carmen consiguió entrar en la nómina del Miércoles Santo. Y ahora, fiel a su disciplina y al principio de no generar problemas, se pone el chaqué y recibe a la cofradía carmelita en los palcos de la Plaza de San Francisco. El otro secreto es que también es padre de dos preciosos niños seises que danzan ante el Santísimo Sacramento de azul inmaculada.

La voz de la cultura y la fe

Carlos Navarro Antolín | 1 de febrero de 2015 a las 5:00

Juan del Río -arzobispo castrense
MUY pocos años antes de su ordenación episcopal en 2000, se lo anunciaron en una mesa del restaurante Barbiana. “Lo veo a usted de obispo”. Ysu reacción fue de negación absoluta, mechada con algo de brusquedad y alguna referencia vaga a que ya estaba pasado de edad para tan altos menesteres. Tal vez ya sabía algo por sus estrechas relaciones con los nuncios de Su Santidad en España, primero con el italiano Tagliaferri y después con el portugués Monteiro, porque Juan del Río (Ayamonte, 1947) siempre ha gozado de hilo directo, directísimo, con Roma. Cardenales ha habido que subían la escalera de la sede de la Nunciatura en Madrid que se han encontrado con Juan del Río bajándola cuando era un simple sacerdote de la diócesis sevillana.

Juan del Río es el arzobispo castrense, el que tiene la archidiócesis más grande: toda España. Yha sido obispo de Jerez. Pero para muchos sevillanos sigue siendo el cura de la Universidad, el que logró abrir un servicio religioso (Sarus) en la antigua Fábrica de Tabacos siendo rector Javier Pérez Royo, gran amigo de Felipe González y autor de un magnífico manual de Derecho Constitucional, y también el que le negó cobijo a la Hermandad de Las Aguas en el Rectorado y que se presentaba en botines las mañanas de Martes Santo en el vestíbulo de la Universidad donde están preparados los dos pasos para hacer estación a la Catedral. A Pérez Royo la cofradía le importaba muy poco, tan poco que amenazó con dejarla sin espacio en la Universidad, pero un hermano mayor como Juan Moya Sanabria le habló muy claro: “Si la hermandad es obligada a salir de aquí, el señor rector sale detrás de ella”. Y ocurrió lo que decían de Paco Ojeda en el toreo: rectores vienen, rectores van, pero la hermandad siempre está.

Pérez Royo sólo bajaba del despacho las mañanas de Martes Santo si le chivaban que Pepote Rodríguez de la Borbolla había acudido como presidente de la Junta a cumplimentar a la hermandad de los Estudiantes.

Juan del Río, hijo de un trabajador del astillero de su Ayamonte natal y de una madre fundamental en su carrera, es el cura que mejor representa la alianza de la cultura y la fe, es la voz que reza el rosario mientras los penitentes van cargando las cruces por los pasillos de la Universidad las tardes de interiores de rejas, ruán y monaguillos. Aquel Sarus se convirtió en una buena cantera del seminario sevillano, donde fue vicerrector, un puesto que le costó algunas discrepancias con el cardenal Amigo. Algunos recuerdan una conversación algo airada entre ambos por los Jardines del Cristina. Don Carlos y sus más allegados colaboradores, entre ellos el cura Benigno García Vázquez, conocido como el capellán del PSOE, eran partidarios de flexibilizar los criterios de admisión en el seminario. El caso es que muchos curas ortodoxos y muchos laicos de hoy se forjaron en aquellas dependencias de la Universidad, muchas veces convertidas en salas de estudio;  en las misas que a diario oficiaba a la una del mediodía a los pies de la Buena Muerte, y en las mil y una charlas que dirigía. Aquellos eran los niños del cura, en ellos dejó huella. Hoy vuelve a la Universidad y son muchos los profesores, administrativos y limpiadoras quienes se acercan a saludarle. En aquellos años consiguió que el servicio religioso quedara consagrado en los estatutos de la Universidad, como uno más. Muchos recuerdan que las puertas del Sarus estaban abiertas a todo el que quisiera entrar. Y entraba gente muy variopinta –algunos de aquellos nombres sorprenderían hoy– buscando una respuesta a esas dudas propias de una edad en la que el futuro es difuso.

Juan del Río fue un niño de Bueno Monreal, el cardenal bizcochable, como lo ha sido del canónigo Antonio Hiraldo, uno de sus grandes mentores que le ha abierto puertas importantes junto a José María Piñero Carrión. Hiraldo bien pudo haber sido obispo de no ser por sus graves problemas de vista. El cura Castillejo, poderoso presidente de Cajasur, publicó la tesis doctoral de Juan del Río sobre la eclesiología en el pensamiento reformador de San Juan de Ávila por la Universidad Gregoriana, en cuyas aulas tuvo el privilegio de formarse.

Llegó a obispo Juan del Río en el año 2000 con muchos apoyos, entre ellos el de monseñor Cañizares, pero sin el aval del entonces arzobispo Amigo, que asistió a su ordenación pero no como ordenante principal, porque a Jerez se desplazó con tal motivo el mismísimo nuncio de Su Santidad.

Una de sus virtudes es que sabe revestir de solemnidad los cargos, hacerlos importantes y que adquieran peso específico. Con Juan del Río y los cargos que ocupa pasa como con esos hermanos mayores con carisma que cuando dejan la vara dorada ya nadie habla de sus sucesores. No es un cura que pase desapercibido, quizás porque en Roma aprendió de Juan Pablo II a perder los complejos, a no tener miedo y a vivir la fe en ambientes hostiles. Así explican algunos que negociara con éxito con Pérez Royo. Al Sarus supo darle prestigio como se lo ha dado al Arzobispado Castrense. Nunca se ha encasillado en ningún movimiento específico de la Iglesia, aunque conoce de primera mano a los neocatecumenales, de su etapa juvenil en la parroquia de la Sagrada Familia del Retiro Obrero, donde pudo coincidir hasta con Felipe González cuando éste acudía a las Juventudes Obreras de Acción Católica, y por supuesto conoce las cofradías andaluzas y todas las manifestaciones de religiosidad popular.

No lo dice, pero todos saben que el sueño de este cura rociero y matalascañero es ser arzobispo de Sevilla, la ciudad a la que nunca deja de venir y por donde se le puede ver paseando cualquier noche, como si todavía fuera el director del Sarus, acompañado por decenas de jóvenes, como si aún estuviera consagrado a la forja del brillante Pabellón de la Santa Sede de la Expo´92, como si se hubiera citado a almorzar con Ángel Gómez Guillén y el equipo del semanario diocesano de información, como si fuera camino de la Capilla de la Universidad cualquier tarde de cuaresma a oficiar el quinario y en la puerta estuvieran esperándolo Juan Moya Sanabria, Carlos Rossell, Antonio Gutiérrez de la Peña o Antonio Piñero. Tiene un pectoral con la cabeza del Cristo de la Buena Muerte, regalo de la Universidad de Sevilla en su ordenación episcopal; es aficionado a las camisas de doble puño y es notorio su porte de cura elegantón. Su destreza con los medios de comunicación es evidente, fruto de su innegable capacidad para las relaciones sociales. Es miembro de la comisión ejecutiva de la Conferencia Episcopal y es la voz enérgica de las homilías en los funerales de los militares muertos que retransmite en directo el Canal 24 horas de Televisión Española.

Hay quien dice que tuvo el coraje de formarse en San Telmo cuando en Sevilla había una tendencia a emigrar a las aulas del seminario toledano. Cuando fue nombrado obispo, su Hermandad de los Estudiantes le regaló todas las vestimentas propias de un prelado. Cuando lo llamaron para felicitarle por su condición de arzobispo castrense, aludió con humor a que la cofradía estudiantil pasaba a tener “dos generales”: Antonio Gutiérrez de la Peña, que ha sido hermano mayor, y él mismo, que tiene la consideración de general de división por decreto del Jefe del Estado en virtud de los Acuerdos de la Iglesia con la Santa Sede.

Algunos lo sitúan ya en un nuevo destino: la archidiócesis de Granada. Sería su retorno a Andalucía, a pie de la A-92 que conecta con la Plaza de la Virgen de los Reyes. Una A-92 llena de curvas que obligan a bajar la velocidad continuamente, ese freno motor que siempre ha manejado a la perfección. No le pregunten por Sevilla, donde dio una homilía de puerta grande el pasado mayo ante la Virgen de la Esperanza en el Altar del Jubileo. Dirá como a finales de los noventa en aquel almuerzo entre amigos: que se le ha pasado la edad. Al fin y al cabo, son designios de la Nunciatura, esa casa cuyas escaleras bajaba con toda soltura mientras aquel cardenal las subía con toda solemnidad.

El silabeo adormecedor

Carlos Navarro Antolín | 25 de enero de 2015 a las 5:00

ILUSTRACIÓN
EN su casa de Nervión de los años ochenta no había espíritus rebeldes por más que aquellos muchachos los invocaran con ingenuidad y osadía calculadas. Yeso que eran ritos de tardes de verano, cuando había que matar el tiempo a la sombra de cualquier casa. Nunca se movía el florero, ni se desplazaba el cenicero, ni levitaban las patas del sofá por más que los jovenzuelos se concentraran como pequeños budas. La primera y última psicofonía irrumpió de pronto desde otra habitación. Era una voz marcada por una parsimonia inaudita, que se recreaba en la pronunciación, con elevaciones progresivas del tono y con bajadas también progresivas, todo siempre con una cadencia estudiada: “¿Pero qué estáis haciendo, niños?” O mejor transcrito: “¿Pe-ro qué es-táis-ha-cien-do?” José Rodríguez de la Borbolla (Sevilla, 1947) apareció en la habitación en pantalón corto de estar por casa. No era la voz de ningún espíritu dispuesto a mover agujas o a tambalear las estanterías, era nada menos que el presidente de la Junta de Andalucía. Sí, Pepote disolvió la sesión. Dio un vaso de agua fría a cada uno para mitigar el calor y, hala, a jugar a la calle. Los muchachos se fueron contentos: no habían sentido ningún presencia del más allá, pero habían visto a ese señor que salía tantas veces en el Telesur de mediodía, en aquellos informativos con escasez de imágenes de documentación en los que siempre salía Pepote en las noticias de política y siempre aparecía Manolo Cardo en chándal en las de deportes, haciendo siempre la misma carrera corta y las mismas flexiones. Aquellos maravillosos años, nosotros y solo nosotros, habíamos conseguido entrar en aquella casa de la que hablaba medio barrio y el otro medio también.

Algunos no recordamos a Pepote con trajes de pana color albero y bigote dando mítines en los cines de los pueblos, pero sí que en el portal de su casa se evidenció el cambio de uniforme de la Policía Nacional: del marrón al azul. Los escoltas devolvían a los niños los balones que se escapaban del parque. Pepote sufrió en su vivienda –alquilada al padre de Felipe González– los primeros escraches, cuando entonces no se hablaba de escraches, sino de “caceroladas a las puertas del piso del presidente de la Junta en la periferia de Sevilla”, según la ignorancia de los telediarios de Madrid para los que el entorno de la entonces pujante Avenida de San Francisco Javier debía ser un lugar de fábricas, talleres mecánicos o incluso de pasto para el ganado.

Lo malo del silabeo tan calculado, marca de identidad del personaje como los abanicos o las camisas cubanas, ocurría en las entrevistas radiofónicas, cuando Pepote hablaba despacio, bajando el tono casi como un timbre de teléfono con la batería agotada e inducía al error. ¿En cuántas casas de la blanca y verde Andalucía no le han pegado un porrazo a la radio al creer que estaba mal sintonizada o falta de pilas?

–Niño, vete al quiosco por pilas de voltio y medio para el transistor que ya se oye malamente.
–Que no, que son nuevas. Es que están entrevistando al presidente de la Junta, al que va en moto y viste cubanas.

Pepote es de la cofradía de los que rajan tela y demandan concentración en el interlocutor; de los que, como se dice, echan el balón abajo e inician un discurso estructurado en presentación, nudo y desenlace, mechado con varias de esas pérdidas de batería en el tono que dificultan la captación de la narración. Algunos creen que esos altibajos son recursos de viejo profesor para mantener a los alumnos con los ojos abiertos como un emoticono. Otra corriente de opinión de esas hermanas de la caridad que pululan por Sevilla defienden que el silabeo es un arma letal que Pepote administra a la perfeccióncontra interlocutores no partidarios de su causa: los duerme, los despierta y los vuelve a dormir. Los cansa y se los lleva de calle. Victoria por puntos.

Una mañana de la pasada Feria estaba en un velador de la calle General Polavieja apurando un dedo de aguardiente mientras el limpiabotas lustraba sus zapatos, cuando alguien echó mano de la guasa:
–¡Pepe! Ten cuidao no te vayan a echar una foto y te pase como a Arenas en el Hotel Palace
–A mi me importa muy poco que me hagan la foto. Yo ya estoy… ju-bi-la-da. ¿Me has oído bien? Ju-bi-la-da. ¿Quieres sentarte y tomarte un anís?
Y miró al limpiabotas: “Siga, no se preocupe. Si-ga dán-do-le us-ted bri-llo, buen hombre”.

Pepote ha mandado mucho. Fue presidente de la Junta y secretario general del PSOE andaluz, pero de un PSOE fortísimo, no de un PSOE que busca las tablas y que sólo se sostiene por el puntal andaluz y alguna viga de medio calibre que ayuda en Asturias. A Pepote se lo cargó Guerra, como todo el mundo sabe y a él no le gusta recordar. Y lo quitó del sillón por eso: porque mandaba mucho. Guerra sólo quería a su vera subalternos que colocaran las banderillas y dieran el paso atrás. En vez de irse de inmediato de la política, Pepote prefirió probar en el ruedo municipal. Creía –ingenuo– que la Sevilla de derechas le votaría como alcalde al reconocerle como uno de los suyos, pero la política municipal, de muy corto alcance, tiene otras medidas. Y la gente de derechas, aunque lo aceptaba en la distancia corta, lo veía siempre con traje de pana a la hora de echar el voto. Para colmo, fue el presidente que inició las conversaciones para comprarle a la Iglesia el Palacio de San Telmo, una operación autorizada por Roma que provocó un conato de cisma en el clero local y que mucha de la Sevilla inmovilista mirara con recelo a un joven arzobispo que se sentaba con los rojos en la mesa de negociación.

Alguna lengua, debidamente afilada en las hemerotecas, asegura que lo peor del final de su etapa política regional fue que comenzó a escribir artículos periodísticos con una temática preferente:las películas del Oeste. Pese a que Pepote es un gran admirador de John Wayne, Guerra desenfundó primero. Mucho mejores eran los artículos que firmó cada Viernes de Dolores sobre Semana Santa introducido por Luis Carlos Peris.

Al perder las primarias del PSOE frente a Monteseirín para ser candidato a la Alcaldía en las elecciones de 1999, Pepote se fue ya definitivamente de la política activa. Comenzó una singladura por las aguas de la influencia, ora embravecidas, ora el mar plato. Hubo un tiempo en que funcionaron los bufetes encargados de defender los proyectos de los empresarios de la derecha en los despachos de los políticos de la izquierda. Igual que hay visitadores médicos, también existieron los visitadores de la Gerencia de Urbanismo. Muchas veces fue Pepote a las caracolas para desbloquear licencias de primera ocupación. Nunca pidió nada directamente. Pepote tiene estilo. Usa recursos elegantes, nada burdos. Incluso si hay que facilitar ante la Dirección General de Minas que una empresa pueda horadar la tierra.“Tengo una idea…” “Esto puede ser bueno”. Yembauca al interlocutor.

Su vida tiene un triple anclaje:el PSOE, el Calvario y el Betis. Una periodista de Madrid le preguntó si era creyente, a lo que respondió, cómo no, con silabeos estratégicamente intercalados: “Yo creo… en los cris-tos y vír-ge-nes de la Semana Santa de Se-vi-lla”. Siendo presidente, nunca dejó los partidos de fútbol de los jueves en el pabellón cubierto de Los Escolapios. Nadie podrá negarle tener los pies en la tierra –pasó de presidente de la Junta a líder de la oposición municipal– y ser bastante humilde. En las reuniones en algunas agrupaciones del partido se sienta en la escalera si hay mucha concurrencia: “Échate para un lado, Juan, que no veo”, le dijo a Juan Espadas en una reciente ocasión.

El guardián de San Onofre

Carlos Navarro Antolín | 18 de enero de 2015 a las 5:00

image
SENTADO sin apoyar la espalda. La mirada baja para responder, y de frente para oír las preguntas. Un cañón de luz tamizada por las cortinas blancas baña generosamente la estancia. Habla despacio y muy bajo, como si estuviera en confidencias con su interlocutor y temiera que media ciudad estuviera con la oreja puesta. Acabada la cita, se levanta. Abre las puertas de las dependencias más próximas: la capilla, la alcoba, el despacho de trabajo… Puertas abiertas para que la luz siga envolviéndolo todo. La intención es sana. La agenda de un arzobispo de Sevilla cansa. Confidencia en sentido figurado: “Sevilla mata a los obispos”. Por algo esta ciudad tiene hasta un viento propio: el matacanónigos. Ya estamos con las leyendas que requieren un mínimo sentido del humor… Hay ciudades a las que no se las puede tomar al pie de la letra. A veces no conviene ni tomárselas en serio, como se hace con los niños. Sevilla es muy niña. Y los niños son crueles cuando proclaman verdades y clavan agujas sin algodón previo.

Juan José Asenjo (Sigüenza, 1945) lleva cinco años al frente de la Iglesia de Sevilla, junto con Toledo una de las dos diócesis de España que histórica y tradicionalmente son sedes cardenalicias. Llegó a Sevilla, se enojó con algunos lances menores y no le faltaron ganas de marcharse en más de una ocasión, aunque su sentido de la obediencia lo lleva tan a rajatabla como su vocación pastoral. Se tomó demasiado a pecho algunos detalles, como el comentario de un pregonero de la Semana Santa sobre su supuesto desdén a la hora de recibir una estampa de la Virgen de la Esperanza. Quizás sea porque se teme lo que se desconoce. Y se teme casi todo si no se tiene sentido del humor. Y este concepto de humor no se puede simplificar en la capacidad de hacer gracietas o reírse de ellas, ni consiste en la exhibición de un espíritu jaranero, ni en dar rienda suelta al tópico festivo y despreocupado con el que suele ser estigmatizado el sur de España. El humor es algo muy serio. Es una actitud de la vida que empieza por reírse de uno mismo, que consiste en tener la flexibilidad de una caña de pescar: capaz de combarse al máximo sin perder nunca el punto fijo de apoyo.

Dice el Papa Francisco que la lepra está en la curia. La curia trata de apropiarse de los Papas, de controlarlos, de marcarles la agenda, de filtrar las cartas, las visitas y las compañías. La curia termina engullendo, capitalizando y, si puede, utilizando la figura del Papa. Cuestión de inercia. La curia procura que el Papa conozca cuanto ocurre en el exterior por sus únicos comentarios y por sus únicas recopilaciones de artículos de prensa. El Papa tiene que tratar de romper ese intento de apropiación, como el Rey que debe abrirse a todos y no limitarse a dejarse acompañar por la corte. Asenjo debutó en Sevilla como coadjutor con derecho a sucesión, un tiempo en que tuvo que convivir con la curia designada por el cardenal Amigo. Algunos no se lo pusieron fácil. Poco a poco ha ido renovando los cargos, ha ido tratando de ejercer el legítimo gobierno de la diócesis y de implantar su concepto de orden en el seminario metropolitano. La quinta del cardenal prácticamente ha sido laminada. Asenjo manda en la Iglesia de Sevilla con la sola incomodidad de tener que convivir con la sombra de la enorme figura del cardenal. Y, por supuesto, manda con el inconveniente de una curia liderada por un vicario general que, ironías del destino, no deja de romperle puentes al pontífice. Y el significado etimológico de pontífice, precisamente, alude a alguien especializado en construir puentes, en unir, en no abusar de las notas marginales que son el rencor archivado.

Asenjo es trabajador, capaz y está siempre dispuesto a ejercer de pastor. Así lo avala su currículum: desde la organización de la última visita del Papa Juan Pablo II a España, a la secretaría general de la Conferencia Episcopal. Desde el impulso de la gran concentración de jóvenes en El Rocío con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, a interesarse por un sacerdote en apuros.

Carece de destreza con los medios de comunicación en una sociedad condicionada por los medios. Le duelen las filtraciones porque detrás de cada una de ellas sospecha la traición de un colaborador. Sufre con las críticas porque entiende que no ha hecho mal a nadie como para recibirlas, sin caer en la cuenta de que todo el que se mueve en una faceta pública se desenvuelve en un escenario donde se combinan las luces con las sombras, la risa y el llanto, el destello y el apagón, el elogio y el desprecio. Monseñor Asenjo dice lo que piensa, muchas veces con la inocencia temeraria de un niño. Es un arzobispo transparente, como cuando declaró que tras aquel primer pregón de Semana Santa tuvo ganas de volverse a Córdoba andando, o como cuando confesó a la Cope la noche de fumata blanca de 2013 que Bergoglio no estaba en sus “quinielas”. No hay dobleces. Es así. Incluso si considera que un periodista no le ha tratado bien, lo pone en cuarentena, aplica una suerte de retirada de embajadores, de cautela máxima, de poner tierra de por medio, de pequeña condena si cabe.

No necesita séquito. Se le ha visto entrar y salir solo de una iglesia y de un restaurante con toda naturalidad. Una vez se le olvidó el anillo pastoral y regresó con celeridad al Palacio Arzobispal. Su fuerte no son ni la oratoria ni las relaciones públicas, sino la oración, el pastoreo de las almas, el sacramento de la confesión, la adoración al Santísimo… Es puntilloso cuando advierte de algún detalle indebido o llama la atención sobre algún aspecto fuera de la liturgia, lo que genera recelos que podría ahorrarse para no dar pie al anecdotario de leyendas.

Gana muchísimo en el terreno corto, cuando se relaja y aparece el gran capellán de San Onofre que lleva dentro, porque en San Onofre, templo de adoración perpetua de Jesús Sacramentado, es donde se aprecia la mejor cara de este arzobispo, como cuando se ofrece a presidir enlaces matrimoniales y bautizos. Con Zoido se lleva la mar de bien. Y Zoido le ayuda en casi todo lo que le pide. En el PP, además, no hay especial simpatía por el cardenal, al que se considera más bien rojo que púrpura.

Asenjo tal vez no eligió al mejor obispo auxiliar para sus intereses, el simpático Santiago Gómez Sierra al que multó la Audiencia Nacional por la gestión en CajaSur, pero al menos no lo dejó tirado en la cuneta tras los servicios prestados en Córdoba, y logró que se le premiara con la mitra.

Sevilla no mata a los obispos, pero es cierto que se lo pone difícil. En la misa de despedida al cardenal en la Catedral, la cola para recibir la comunión de manos del purpurado era kilométrica. La cola de Asenjo era tan corta que desapareció en pocos minutos. Fue un frío elocuente, como el silencio de los tendidos de la Real Maestranza. Sevilla maneja muy bien los excesos de frío y los derroches de calor. La guasa es el término medio, el terreno fronterizo donde naufraga la rigidez. Asenjo fue recibido con desconfianza, tal vez por ser vinculado a una figura para muchos antipática como la de Rouco, pese a que expertos en la materia aseguran que al prelado hispalense no se le conocen afinidades en el episcopado español; quizás también porque sobre su figura se descargaron las culpas por la salida exprés del cardenal, cuando a los cardenales se les suele permitir una prórroga.

Sus posibles salidas de Sevilla han quedado cegadas. Cañizares ha venido devuelto de Roma al refugio valenciano. A Barcelona ya se sabe que no va nadie nacido en Sigüenza, ni en Lugo, ni en Almería. A Osoro lo han enviado a Madrid sin que aún haya recibido la birreta púrpura. Blázquez sigue en Valladolid y al frente de la Conferencia Episcopal. Sólo si el arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez, fuera reclamado para alguna responsabilidad en Roma, quedaría libre una sede digna de un prelado hispalense. No sería el primer arzobispo en dejar Sevilla para ser primado de España, ya lo fue Almaraz a principios del siglo XX. Pero todo indica que Asenjo se queda en la ciudad que le hace volver de su tierra los 6 de enero para estar en San Lorenzo, o retornar de sus vacaciones de agosto para estar en la novena de la Patrona; la ciudad de la bulla con un arzobispo apasionado por la ortodoxia de altar, coro y clergyman; la ciudad de la guasa con un arzobispo sin dobles sentidos. La guasa está en la ciudad, la lepra está en la curia y el arzobispo está en San Onofre. Y en San Onofre caben pocos sevillanos, aunque nunca falten los más fieles guardianes de Dios. Pero la grey es mucho más amplia. Y las notas marginales pueden ser tan nefastas como la curia.

El último virrey

Carlos Navarro Antolín | 11 de enero de 2015 a las 5:00

MANUEL MARCHENA
Hubo un tiempo nada corto en Sevilla en que funcionó con plena agilidad la ventanilla única, esa vía de gestión que siempre reclaman las patronales, las cámaras de comercio, las asociaciones de autónomos y todo aquel que se gana la vida con la agenda bajo el brazo pegando barzones de la Campana hasta la Puerta Jerez. La ventanilla única funcionó en los años de Monteseirín como alcalde. Llegaba un empresario quejándose a Alfredo de la lentitud de la licencia de primera ocupación en un negocio y su inquietud era rápidamente reconducida desde la Alcaldía hasta cierto despacho.

–Habladlo con Marchena.

Otro día eran unos extranjeros pidiendo facilidades administrativas para un centro comercial en un páramo que pretendían convertir en una nueva milla de oro.

–Estupendo, estupendo. Habladlo con Marchena.

Incluso algunos concejales de gobierno se quedaban tiesos para sus proyectos de obra, se presentaban en la Plaza Nueva con el director de área y el adjudicatario pegados a los talones, y el propio alcalde aplicaba la letanía.

–Habladlo con Marchena. Y que suban el aire acondicionado que no hago más que sudar.

Y toda Sevilla hablaba con Manuel Marchena Gómez (Brenes, 1959), que fue director de la Oficina del Plan Estratégico, gerente de Urbanismo y consejero delegado de Emasesa. Nadie ha acumulado tanto poder en el organigrama del Ayuntamiento de Sevilla desde la reinstauración de la democracia, creando una leyenda hasta el punto de que algún alto responsable del actual equipo del PP se mira al espejo cada mañana obsesionado aún por la figura de este último virrey hispalense.

–Espejito, espejito… Dime que sí, dímelo. ¿Mando yo tanto como Marchena?

Y se oye una voz profunda, rotunda, como salida de las entrañas de un paso subterráneo con desfase presupuestario y que hiere despiadadamente el agujero de las vanidades.

–¡Noooooooo! ¡Tú, noooo!

A la hora de hablar con Marchena había grados. Unos usaban su teléfono directo. Otros se tenían que conformar con los números fijos de las secretarias. Unos eran recibidos en el despacho, otros en el Rinconcillo. Y muchos otros debían esperar más que para hacerse una radiografía de boca en la Seguridad Social.

Marchena son unas gafas a lo Jonh Lennon de Brenes, un calzado de tonalidad pistacho que se cuela hasta en el suntuoso Salón del Trono del Palacio Arzobispal y una indumentaria que es un mapa mundi itinerante: pantalones comprados en Melilla, traje de alpaca de Perú, camisa de lino de la India y una chaqueta de tweed de Londres. Marchena, como los antiguos fenicios, compra telas a bajo precio en sus viajes por el mundo. Y luego se hace la ropa en Sevilla.

La acumulación de tanto poder durante tantos años genera dos cofradías: la de los agradaores y la de los censores. Monteseirín le ha hecho jugar en el área pequeña en no pocas ocasiones. Y meter el pie en esos terrenos dispara el riesgo de penalti. Hay quien dice que el león no tiene tanta zarpa y quien defiende que ha sido implacable al investigar filtraciones periodísticas o meter en cintura a subordinados reacios a seguir las indicaciones. En la Gerencia de Urbanismo tomaba café elaborado por la secretaria en una máquina de melitta. En Emasesa tenía cuatro secretarias controlando una agenda que en ocasiones tenía dos citas de mediodía en el mismo restaurante: una a las 14 horas en la barra y otra a las 15 horas sentado a la mesa.

Monteseirín le encargaba objetivos a las seis y media de la mañana o a la una de la madrugada. Si lo saludaba como “profesor”, buena noticia. Si en cambio le decía “Manolo”, mal augurio. Monteseirín era aficionado a “hacer cosas”, a tratar de cambiar la ciudad y a enfrascarse en proyectos sin hoja de ruta clara. Como los viejos canónigos, hacía lo que debía y dejaba a deber lo hecho. El brazo ejecutor era casi siempre Marchena, el cirineo perfecto, el Richelieu de la corte municipal, el ministro sin cartera y con todas las carteras a la vez, el concejal sin acta pero transversal, porque Marchena telefoneaba a cualquier delegación, a cualquier despacho y a cualquier hora.

Sufrió cuando en el verano de 1999 se publicaron las deudas de Monteseirín con la Hacienda local por los sellitos de coche y los recibos de IBI impagados. Era el inicio del primer mandato y el alcalde se revelaba ya como una figura aparentemente vulnerable. El escándalo le pilló en Pamplona, en los Sanfermines, y desde allí maldijo al periodista que firmaba la información, que hoy sigue por los lares del oficio cortando trajes aun sin tener ni pajolera idea de usar un dedal.

No es de derechas, aunque hay quien lo incluye en la derecha sociológica, ni militante del PSOE. Intentó la inscripción en la agrupación de Triana, pero hace años que una chica llamada Susana Díaz dejó congelada su solicitud, firmada por Alfredo Sánchez Monteseirín y Curro Rodríguez. La hoy presidenta andaluza y el hoy catedrático de Geografía compran las pizzas en el mismo establecimiento de la calle San Jacinto: Pane e vino.

Nunca oculta su gusto por el marisco, que el PP siempre le ha echado en cara. No hace mucho que sorprendió a varios dirigentes peperos recreándose ante un plato de percebes en un conocido bar muy próximo al Parlamento. Se acercó a saludar al grupo: “¿Cómo está esa ración de percebes? ¿Han salido buenos?”

Todavía no ha digerido que no se levantara la Biblioteca del Prado, tumbada por la Justicia cuando ya estaban edificados el párking subterráneo y los cimientos. Si para sacar adelante un proyecto urbanístico había que desviar el dinero de una empresa municipal, se hacía. Monteseirín siempre le reservaba la gestión de marrones. Cuentan que ha almorzado hasta con el diablo y hasta dicen que el diablo dejó el tridente en el guardarropa y se relajó tanto que acabó fumando un puro de los que un par de empresarios le siguen trayendo de La Habana. Tiene muchas chaquetas desgastadas por la espalda de la de abrazos que le han dado durante tantos años de millonarios convenios urbanísticos y de orondos presupuestos en Emasesa. Se lo avisaba Monteseirín: “Estás en el centro del ruedo de la ciudad más importante del mundo”. Y cuando arreciaban las polémicas: “Manolo, tápate”.

De alguien que no le gusta dice que es “más facha que el Tercio”. Si está en una charla de barra e irrumpe un tercero durante más minutos de la cuenta, le saca el pañuelo verde: “Perdona, estamos trabajando”. Y le indica la salida como el Pilatos de la Calzada.

En 1988 cambió el balonmano por la maratón. Las ha corrido en Roma, Madrid, Oporto, Amsterdam, Berlín, Nueva York, Montevideo, Marraquech, Florencia y Auckland. Inventó el urbanismo morado, por el que la Gerencia se hartó de repartir subvenciones en las cofradías. Ha salido en las presidencias del Museo y del Buen Fin. Y es nazareno guardamanto de la Virgen de la Angustia, de Los Estudiantes. Cuanto más restringida es una cita, más se pirra por estar presente. Por eso se ha sentado en el patio de butacas en el concierto de Año Nuevo de Viena y ha asistido a las carreras de caballos del Palio de Siena.

Como el Cid de las caracolas, aseguran que hace unos meses telefoneó al servicio de licencias para acelerar un permiso de obra en una casa catalogada del Porvenir. El afectado por el retraso la obtuvo en las 24 horas siguientes. Quizás por eso gente muy de derechas y de apellido rimbombante le exigía a Zoido antes de las elecciones de 2011 que cuando fuera alcalde “limpiara” el Ayuntamiento: “Pero a Manolito Marchena no me lo toques, que me lo resuelve todo”.

Hoy sigue muy presente en la vida social sevillana, todo lo contrario que Monteseirín. Ya no suena la letanía (“Habladlo con Marchena”) ni recibe tanto abrazo, pero algún jamón sigue llegando a su casa por Navidad.

La importancia de carraspear

Carlos Navarro Antolín | 28 de diciembre de 2014 a las 5:00

image

 

LA negociación terminaba en la planta alta del edificio, marcada por una original combinación de muebles clásicos y asientos minimalistas muy costeados. Para destensar el ambiente e ir dando salida a sus visitantes, el anfitrión comenzó a hablar muy bien de un amigo suyo. Juan Miguel Salas Tornero (Sevilla, 1943) se alegró tanto de aquella petalada que en cuanto salió del ascensor y abandonó el vestíbulo, cogió el móvil y marcó el número de aquel amigo. Carraspeó con fuerza justo antes de comenzar a hablar:

–Te llamo un minuto solamente para que sepas que me han hablado muy bien de ti en una reunión. Sí, sí… Ha sido ahora mismo. Ycomo eso en Sevilla es muy raro, salvo que estés a punto de coger la manigueta de la Canina, cosa que creo que no es tu caso, pues que lo sepas, porque me ha agradado muchísimo por lo insólito.

En Sevilla lo cómodo, incluso lo rentable, es quedarse quieto, no hacer nada, vivir de lo transmitido y abonarse a conservar lo recibido. A este ciudadano corpulento, tamaño XXL que tiene el privilegio de ver el primero los pasos de palio, le ha gustado siempre cambiar el estado de las cosas, emprender, innovar, asumir riesgos. Siempre ha tenido brillo y capacidad para hacerlo. Desde ser el gran impulsor de la Cámara de Comercio, incluso encargando cuadros a Paco Cortijo y Pérez Villalta cuando no eran tan reconocidos, a soñar con llevar los armaos de la Macarena a la calle Pureza; desde colgar lienzos de nueva factura en el viejo San Antonio Abad a afrontar la aventura del Galeón Andalucía. Es un alma profundamente inquieta. Y, por consiguiente, intensamente incómoda para algunos. Esta ciudad lleva un cazador en su interior que dispara a toda ave que se mueve.

Juan Salas no es generoso. Es espléndido, que es un grado superlativo. De joven vivaqueaba junto a Adolfo Arenas por aquel bar Duque que tenía un recreativo de petacos y una máquina de discos musicales con los clásicos de entonces: Mi pequeña Anita, La Cruz del Sur… O rumbas de Bambino de Utrera. El dueño del bar, Agustín Portilla, les prestaba quinientas pesetas para que tuvieran para tirar toda la noche. Eran tiempos en que conducía el coche de su padre, un Seat 1200 de color negro, y jugaba a los dados en el bar de la facultad de Derecho. Eran años de milicia universitaria en la Infantería de Marina, donde fue un orgulloso teniente de complemento que llegó a escoltar un Viernes Santo a la Esperanza de Triana. De aquella mili se llevó la experiencia de navegar en un submarino junto a la playa de Matalascañas, aunque algún amigo sigue dudando de que realmente existiera el submarino.

En el humor mezcla la finura con un sarcasmo sólo apto para inteligentes. Ha volado muy alto tanto con políticos como con jerarcas de la Iglesia, sin perder nunca la sabatina croquetera de Casa Ricardo junto a sus amigos de siempre. Desde muy joven se reveló como un gran negociador en tiempos de los sindicatos verticales, cuando representaba a la patronal del metal en un despacho en la calle Morería. Se hizo amigo de Soto y Saborido mucho más allá del horario laboral. Y como siempre ha sido un pez veloz en los mares de la influencia, logró parar a la Brigada Político-Social cuando un tal Adolfo Arenas era tenido por un izquierdista que podía comprometer los intereses del régimen. El mismísimo cardenal Bueno Monreal presidió poco tiempo después el enlace matrimonial de aquel peligroso Arenas con asistencia de Juan Salas como invitado preferente.

Ha sido siempre más de negociar y alcanzar acuerdos que de revestirse la toga y entrar en la sala. Grandísimo aficionado a los relojes, de los que tiene una valiosa colección, y a jugar a la lotería, que le ha tocado dos veces. La primera fue a finales de los años setenta. Compró los décimos en la administración del aeropuerto de San Pablo. El lotero no perdió la ocasión tras el campanazo del premio.

–Don Juan, ¿no me va a dar usted la propina?

–Ya se la di cuando le compré el billete.

Fue un gran cliente de la cafetería amarilla del Duque, adonde acudía cada media mañana desde su despacho en el precioso Palacio de Monsalud, que levantó de la ruina arquitectónica tras haber sido la histórica sede del Ejército del Aire. Desde aquellos balcones ha organizado innumerables recepciones de postín con ocasión de las entradas de las cofradías del barrio: las Penas y las Siete Palabras.

No es hombre de cartera, sino de llevar el dinero directamente en el bolsillo del pantalón o en el del interior de la chaqueta. Las camisas, siempre de doble puño y con pasadores originales, muchas veces diseñados por él mismo. Más de carbónico francés que de cerveza. Y como suele ocurrir en quienes son habituales de pasar los mediodías fuera del hogar, no es hombre de mirar la carta del restaurante, sino de oír las recomendaciones del camarero, que pregona todas las especialidades de la casa y no pocas veces recibe una petición opuesta.

–Me pone un huevo frito, tomate frito y un poquito de jamón. Con eso ya como. Ah, una botella de agua con gas y regañá.

En los viajes profesionales o con el Betis de sus alegrías y de sus penares, siempre reserva mesa en los mejores sitios, ya sea Londres, Budapest, Roma, Estambul, Praga…

Cofrade rancio, ha podido ser hermano mayor de cualquiera de las tres cofradías de sus amores: la Hiniesta, las Siete Palabras y el Silencio. ¿Por qué no lo ha sido? Porque no ha querido. Al igual que tiene trajes azules y camisas celestes a medida como para vestir a un regimiento, también cuelgan de su armario una túnica morada de maniguetero del Silencio y una túnica blanca mercedaria de maniguetero de la Virgen de la Merced de Pasión. Alguna vez ha enfermado a última hora un maniguetero del Silencio y lo han llamado para sustituirle: para eso tiene antigüedad sobradísima en la nómina y una túnica a medida.

Gran comprador de colonias en la planta baja de El Corte Inglés. Muy quejica del frío y del calor. De los primeros en tener aire acondicionado en el piso de la playa con vistas privilegiadas a la bahía, y hasta en la Feria, en su caseta Las Golondrinas, en Joselito El Gallo, donde han entrado no pocos pájaros y donde cuenta con un reservado en la trastienda con mesa alta en la que se cambia el mantel cada vez que cae encima una cáscara de gamba. Las cajas de selectos crustáceos de Isla Cristina, más apretados que nazarenos del Gran Poder, han sido habituales muchos días de Feria.

Guió a Clinton por la Catedral de Sevilla. Logró que se encendiera la Feria la noche del sábado previo al alumbrao, siendo delegada de Fiestas Mayores su gran amiga Rosamar Prieto-Castro, con el objetivo de agasajar al embajador de China, maravillado con los farolillos. Rosamar lucía aquella noche un mantón de Manila de su abuela cargado de chinos en miniatura que encantaron al alto diplomático. Todo fuera por atraer el turismo chino.

Tiene una gran relación con el cardenal Amigo y fotos de Felipe González en su despacho. A él se le atribuye la creación de la dupla de los hermanos Herrero (Francisco y Santiago). Y también que un día sacara a un dependiente del gourmet de El Corte Inglés del Duque para que estuviera un rato cortando jamón en la vecina casa de hermandad del Silencio.

Ha habido cofrades de apellidos de rancio abolengo que se marchaban después de la misa de hermandad tras reiterar que tenían mucho trabajo, para después volver de forma repentina al enterarse de que Juan Salas daba una copa de las que no había que tomarse el anti-ácido. El pintor Ricardo Suárez se lo hizo ver en una ocasión a Juan Salas:

–¿Qué hace ese hombre aquí, Juan, si hace un minuto me ha dicho que se iba?

–No seas malo, si todavía no ha cambiado el duro que le dieron por la primera comunión.

A los sevillanos los conoce perfectamente. Es lo contrario a un indolente. Hay un periodista veterano que podría escribir un libro titulado Mis cien mejores entrevistas a Juan Salas Tornero. Paga el precio de no ser un parásito, de ser víctima de algunas leyendas y de estar abonado a la ostentación desde el punto de vista etimológico. Tiene la seguridad de quien ha ido de la mano de su padre a los toros y a la barra del Rinconcillo. Y eso lo cuenta entre profundos y reiterados carraspeos, como cada vez que quiere subrayar algo importante, como cada vez que quiere hacerse oír y delimitar lo sustancial de lo superfluo. El carraspeo anuncia el mensaje principal. El carraspeo es clave en su forma de ser. Como cuando se coloca frente a Santa Ángela de la Cruz en estas mañanas de invierno, elegante abrigo oscuro y vaho de frío, antes de cruzar por el paso de cebra después de dejar a los nietos en el San Francisco de Paula, lo cual es mucho más importante que Clinton y el lotero del aeropuerto. Por eso carraspea por las mañanas.