La trigonometría perfecta

Carlos Navarro Antolín | 21 de diciembre de 2014 a las 5:00

Luis Miguel Martín Rubio
Las Matemáticas son útiles para toda la vida, sobre todo para que no le tomen a uno el pelo al comprar el pan, que era lo que decía una profesora a sus alumnos en la antigua Educación General Básica para que vieran el sentido práctico de una materia que en ocasiones parecían tan áridas como poco aplicables a la vida cotidiana. Aquellas ecuaciones como castillos, aquella trigonometría de tiza polvorienta, aquellas elevaciones al cubo… Veinticinco años después de aquellos borrones, quién nos lo iba a decir, la trigonometría es utilísima para clasificar las chaquetas cerradas de los pájaros, pajarillos y pajarracos de la avifauna local, donde el pelaje es tan variado como un encierro de Prieto de la Cal, el hierro de toros amelocotonados. Si hay una chaqueta en Sevilla que es un perfecto tratado de trigonometría es la de Luis Miguel Martín Rubio (Sevilla, 1962). Cuando Luismi se cierra el botón de la americana, son tan ajustadas las medidas que fíjense cómo emerge lentamente un pico en la mitad de la solapa y se compone un triángulo equilátero perfecto. El pico se eleva a la velocidad de un toldo mecánico, muy despacio, lentamente, y allí que va Luismi apatrullando la ciudad con su triángulo en el pecho. Luismi y su triángulo son a Sevilla lo que Álvaro Domecq y su corbata a Jerez, que la corbata hace tal curva que llega media hora antes a los sitios que Domecq. Si el triángulo se pronuncia de una forma ya descaradamente creciente, la chaqueta de este personaje hispalense (que no es lo mismo que personaje sevillano)se convierte entonces en modelo pañoleta.

Luismi es el precursor de las estrecheces de las chaquetas, de la Sevilla ajustada por el talle que algunos diseñadores creen haber inventado ahora con esos ternos ceñidos como taleguillas de banderillero. La estrechez está de moda como si todos los cuerpos fueran como fideos. Pero Luismi la inventó muchos años antes con su particular tratado de trigonometría, tanto de lunes a viernes por las calles del centro, como los domingos a la salida de la misa en San Pedro. Hay gente que acude a comprarse un traje a Galán, O´Kean o Sobrino, o a alquilar un terno para una boda en José Gestoso, que dan instrucciones claras y precisas al dependiente: “Mire usted, el pantalón me lo pone a su criterio, pero la chaqueta como a Luismi, con el piquito de la solapa asomando cuando me la cierre, sabe usted, que eso es lo más chic en las bodas de ahora, mucho más que repartir manoletinas entre las señoras para que puedan seguir bailando sin tacones”.

En Sevilla hay avifauna rica y variada como hay una industria emergente del corcho. Al corcho no se puede dedicar cualquiera, para eso hay que saber. Y esas enseñanzas no se imparten ni en centros públicos ni privados, ni en escuelas de negocios, ni en institutos especializados. Los conocimientos para ejercer de buen corcho en Sevilla se transmiten sólo entre los escogidos. Luismi flota en todas las aguas. Y eso escuece a algunos. Es el Antonio Pascual del PP, que tantísimos años después de ser vicerrector de la Hispalense sigue llevando vara en la presidencia del paso de Cristo de Los Estudiantes. ¿Por qué? Porque ha seguido yendo vestido de nazareno cada Martes Santo y siempre ha habido alguien que le ha dado la vara. Hay quien sale de Lacave en el Gran Poder como hay quien sale de Pascual en Los Estudiantes. Porque sí, porque Pascual ha tenido la habilidad de crear costumbre. Y la costumbre en Sevilla es como la jurisprudencia del Supremo. Luismi fue un día concejal de Seguridad Ciudadana. Y ha creado costumbre. Eso es así, ¿o no?

La celebérrima anécdota sobre la detención de Lorenzo Serra Ferrer un Sábado Santo es como el toro ensabanao de Antoñete, que años después seguía toreando y toreando en foros y tertulias y le cortaba otra vez las dos orejas. Cambian los alcaldes, desaparecen las cajas de ahorro, se hunde el PP…. Pero Luismi siempre está en postura, siempre en el machito, siempre en las fotos con el pico levantado de la chaqueta. Si había un sonrisa del régimen, hay una sonrisa hispalense que es la suya. Nadie puede con Lusimi como no hay nadie que pueda con las Diputaciones Provinciales. Hasta dicen que si dos sevillanos se quedan abandonados en una isla desierta, sólo se salvaría Luismi, porque se haría amigo de los caníbales en dos minutos.

Si hay una saludo que caracteriza a este duque de la Real Maestranza del Corcho es “¡Adelante”! Nunca responde al teléfono con el “Dígame”, sino con un “¡Adelante!” enérgico y firme que hace que el interlocutor se sienta recibido con altos honores. No pocas veces interrumpe el inicio del relato del que llama y espeta con la voz baja:“Te puedo llamar yo en dos minutos, te puedo llamar yo en dos minutos”. Sí, lo dice dos veces,al igual que hace Arenas en los mítines.

El corcho flota. Y la capacidad de flote genera desconfianza en sus compañeros de filas del PP. Mucho largar de Luismi, pero cuando se casa el hijo de un alto cargo, siempre se repite la misma conversación entre los padres de la novia: “Invitamos a Fulanito, a Los Menganitos… ¿Y a Luismi habrá que invitarlo, verdad?”. Una boda del centro-derecha sevillano sin Luismi ni es boda ni es ná por mucho que la presida Sánchez-Dalp (“Sánchez-Cal”, según Paloma Gómez Borrero, que como las crónicas vaticanas las haga con el mismo rigor…). Peregil de todos los enlaces, canapés, cenas de gala y zambombas de nuevo cuño que se precien. Vuvuzela de la gracia con las anécdotas de su etapa de concejal.

Inolvidable la de la visita a casa de Manuel Ruiz de Lopera acompañando al capitán general. Un pedazo de perro como un tigre que tenía don Manuel como mascota acudió a saludar al alto militar. El amo trató de evitarlo a gritos:
–¡Beethoven! ¡Quieto, quieto!
Luismi terció para que se no enfriara el ambiente.
–Qué bien, el perro se llama como el músico.
Y don Manuel puso la guinda:
–No, el perro se llama como su padre.
Tiene el don de pararse al menos un minuto con todo el mundo por la calle. Su gran ilusión sería que los señores de la Academia de la Lengua aceptaran Luismi como abreviatura de Luis Miguel y que la Iglesia lo admitiera como santo festivo.

El problema de conocer tanta gente es que luego se le presentan en la caseta. Un atasco en la SE-30 en hora punta en los años de convenios urbanísticos no es nada comparado con este hombre metiendo gente en la caseta un Jueves de Feria (“Adelante, adelante, que esto es como el autobús de Tussam. Vayan al fondo, vayan al fondo”).

Hubo un mes horribilis en la vida de este sevillano sin igual. Entre todas las cosas que ha sido y las que le quedan por ser, dicen que fue hasta dueño de un periódico por unos días por las circunstancias del destino, porque alguien le quitó la escalera en una negociación y se quedó con la brocha en la mano. Sus muchos partidarios aseguran que Luismi abdicó de sí mismo durante aquellos días.

Caballito fijo en el tiovivo local. Amigo de Soledad Becerril, con quien suele ver la cabalgata. San Fernando entró en Sevilla y ya estaba Luismi estrechándole la mano, como se la dio a Bill Clinton en una visita relámpago a la ciudad. Su silueta es siempre la de un viejo nazareno de San Pedro, de esparto ancho volviendo descalzo por la calle Dormitorio a su feliz morada. Sus chaquetas formarán parte algún día del Museo de Artes y Costumbres Populares. Ahora disfruta de vara de consiliario macareno con la ilusión pura y sincera de un niño. Sabe ganarse la confianza de curas banqueros, obispos y cardenales. Algo tendrá Luismi cuando lo bendicen. Y atesora una virtud escasa en el sevillano:es difícil oírle hablar mal de alguien.

Nunca olvidará una comida dominical con macarenos de pro en un restaurante pretencioso en la Avenida del Pueblo Saharaui. Uno de los comensales no paraba de pedir botellas de reservas de Rioja, raciones de marisco, puros y demás delicatessen. Cuando llegó la cuenta, vació la cartera, pero todavía le faltaban euros. Preguntó al compañero de mesa al oído, enseñándole los billetes que ya tenía.
–¿Tú llevas dinero para dejarme y te lo doy mañana?
–¿Pero cuánto es la broma?
–95 euros cada uno, a 190 el matrimonio. ¿Tú sabes cuántos carros del Supersol de la Alfalfa se llenan con 190 euros?
Y del Pueblo Saharaui al centro se volvieron andando por un desierto de tiesura. No estaba la cosa para coger un taxi. Que en los taxis se arrugan las chaquetas.

La ocupación de los nichos

Carlos Navarro Antolín | 14 de diciembre de 2014 a las 5:00

Sastrería 14 dic
EN aquella Facultad de Derecho de los años posteriores a la Exposición Universal era usual verla por aulas y pasillos. Por la antigua Fábrica de Tabacos, o su sucursal de las caracolas del Lope de Vega, también se veía a alumnos como Beltrán Pérez, hoy teniente de alcalde en el Ayuntamiento; Miguel Ángel Millán, ex gerente de Urbanismo, y Pedro Molina de los Santos y David Antequera, actuales directores de los distritos Norte y Los Remedios, respectivamente. De las aulas habían desaparecido los crucifijos con las réplicas de la Buena Muerte, preciosidades de Juan Miguel Sánchez, Francisco Maireles, Ricardo Comas y hasta de Alfonso Grosso. Muchos acabaron en despachos de catedráticos y, por supuesto, en bastantes casas particulares. Durante años sólo quedó el crucifijo del Aula Magna. Por aquella Facultad andaba Susana Díaz (Sevilla, 1974), que ya por aquel entonces tenía afición por coger el micrófono y dirigirse a sus compañeros. Cuando un festivo caía en martes, ella era una de las que se encargaban de poner de acuerdo a todos los compañeros para no acudir el lunes y hacer puente. Pero, ojo, porque había un catedrático de Derecho Civil, el jesuita Antonio Gordillo Cañas, duro y exigente como sólo lo son los grandes maestros que verdaderamente dejan huella en sus discípulos, que no transigía con las componendas de los alumnos. Si la jornada era lectiva, había que dar clase. Si no había alumnos, la lección se daba por impartida y pasaba a ser materia de examen. Se dio el caso de un reducido grupo de alumnas que acudieron a la clase de don Antonio, rompiendo el llamamiento a secundar el puente apócrifo. Enterada de la existencia de esquiroles, la alumna Díaz se enojó, tomó el micro y espetó: “¡Habemos aquí más de cien que quedamos en no venir y ha habido un grupito que ha venido!”.

Aquellos primeros años en Derecho se veía ya la forja del animal político que es hoy. Poco tardó en darse de alta en las Juventudes Socialistas con un aval de dos firmas, una de ellas la de Rafael Pineda, ex concejal y ex gerente de Lipasam. Aquellos maravillosos años participaba en las barbacoas de fin de semana en casa de Encarnación Martínez, en Valencina de la Concepción, en la pandilla que lideraba Alfonso Rodríguez Gómez de Celis. Encarni, Verónica Pérez y ella eran de las escasas mujeres activas en las Juventudes Socialistas. La armonía era total, años de camaradería y dolce vita. El reparto de tareas estaba definido. Susana y David Hijón se centraban en las Juventudes en Sevilla. Miguel Ángel Millán, en las Juventudes de Madrid. Celis, consagrado a la Agrupación de Nervión-San Pablo y Rafa Pineda a la Agrupación de Triana. Los chicos de Celis vivían felices y comían perdices a la brasa hasta que se rompió la barbacoa de tanto usarla. La lista electoral al Ayuntamiento de 1999 dinamitó las sinergias. El entonces factótum del PSOE sevillano, José Caballos, eligió a Susana Díaz para un puesto de salida y orilló al que siempre se refiere como “Alfonsito”. Díaz fue concejal de Triana, una de sus grandes ilusiones, y del área de Juventud, donde fue la primera en hablar de un posible botellódromo. Es notorio que con el alcalde Monteseirín jamás se entendió. En los albores del segundo mandato, Caballos la sacó del Ayuntamiento castigándola en el puesto octavo de la lista al Congreso de los Diputados. El castigo se tornó en premio, porque el PP se hundió tras el atentado del 11-M y los socialistas sevillanos, que aspiraban sólo a siete escaños en el mejor de los casos, lograron nada menos que ocho. Ya estaba Díaz moviéndose por la Carrera de San Jerónimo sin perder el contacto ni con Sevilla ni con sus principales amigos y partidarios: Alberto Moriña, que la había apremiado siempre a terminar los estudios de Derecho; Javier Fernández y Verónica Pérez.

Un político gris como José Antonio Viera se hizo con la secretaría general del PSOE sevillano. Contó con ella como secretaria de Organización. Díaz acabó haciéndose con todo el partido, como siempre ocurre, porque siempre está dispuesta a ocupar los nichos vacíos, ya sea de jefa en la capital o de turronera por los pueblos los fines de semana cuando los demás están clavando alcayatas o con el chándal. Esa capacidad de estar literalmente consagrada a la actividad política se traduce en poder. Mientras Viera andaba de cacerías con los empresarios y Caballos comenzaba el declive, Díaz se estaba haciendo con el control del poderoso PSOE sevillano. “Tú no te preocupes que yo me encargo de todo”. El embrión de las barbacoas de Encarni estaba evolucionando hacia un verdadero modelo de éxito en la política actual, donde el control orgánico prevalece en el currículum sobre cualquier brillo en la gestión institucional. El dominio que ejerce sobre cualquier parcela de poder recién conquistada es absoluto. Los espacios se susanizan como los territorios se romanizaban. Abarca todo, acapara todo y lo sacrifica todo por la política. Y sus enemigos, que la califican de maniobrera y conspiradora, de dura e inflexible, reconocen que entiende la política como un sacerdocio y que jamás la pillarán metiendo la mano en la caja.

Guarda las distancias con los periodistas hasta en el horario de máxima animación de la Feria de Abril. Las orejas siempre altas. Si tiene que llamar a un colaborador en Nochebuena para un asunto de trabajo, lo hace sin mayores cautelas. Ytambién es verdad que si a ella la llaman en plena celebración del cumpleaños de una de sus hermanas, responde con celeridad.

Su perfil menos conocido es el de una persona muy sentimental. Se derrumba con cierta facilidad cuando entiende que ha sido herida. Una Feria de Abril, vestida de flamenca, acabó con las lágrimas saltadas ante las protestas airadas de los conductores de Tussam. Los citó en la sede del PSOE, fue a casa a cambiarse de ropa, se reunió con los enlaces sindicales y la huelga quedó desconvocada. Ella, que no era concejal, arregló el problema desde su cargo orgánico, lo cual levantó ampollas entre sus adorables compañeros de partido en la Plaza Nueva.

Ha ocupado tantos nichos que, con ayuda de las circunstancias, ha ido recortando el espacio de quienes estaban directa o indirectamente por encima de ella en el organigrama. La lista de caídos, las cuentas del rosario, es extensa. Monteseirín, Caballos, Viera, Chaves, Griñán… Tiene al Todo Madrid y al Todo Barcelona echado a sus brazos con la inestimable aportación de una ejecutiva federal a la deriva. Siempre que alguien le ha dado poder, ella lo ha ejercido y ampliado hasta el punto de acabar teniendo más competencias que su poderdante, hasta el punto de que el poderdante, por una causa o por otra, ha terminado menoscabado o directamente fuera del mapa.
Aquella chica de Presidencia, que dijo el Cura Chamizo, es de facto el principal estandarte del PSOE en España. Se entiende con reyes y arzobispos, y con financieros y cofrades. Dicen que la garra que tuvo de joven para sacarse sus primeras perras dando clases particulares, la ha aumentado y enriquecido. Aquella cabecilla del grupo que en las noches de fin de semana, a la intemperie y junto al Monumento a la Tolerancia, quería afiliar a todos los presentes a las Juventudes Socialistas, es hoy la que embelesa a esa sociedad civil de los desayunos profesionales en suntuosos hoteles de la capital donde siempre se quedan los zumos a la mitad y los platos de pastas vuelven completos a las cocinas.

El viento de la política actual favorece a quien más tiempo dedica a la causa y más rápido aprende. Los que se van de cacería son camarones en la corriente. Ydejan espacios que otros ocupan. Haber, haber… Habemos muy pocos. Yen el PSOE sólo hay una.

La rama del tronco

Carlos Navarro Antolín | 7 de diciembre de 2014 a las 5:00

JOAQUIN MOECKEL
EN los despachos hay sillas para sentarse. O no. Depende del despacho. Hay un bufete de abogados en cuyo despacho principal sólo está libre el sillón del titular. El resto de las sillas de la estancia tienen pilas de libros encima, sobre todo las dos que están mirando hacia la mesa principal. No se trata de un criterio de decoración moderna, del último grito en el interiorismo de vanguardia que mezcla grandes bolas y otros cachivaches con enciclopedias huérfanas de lectores. Los libros encima de los asientos son eminentemente funcionales en este caso. Están para impedir que nadie se siente. No hay otro objetivo. En el despacho de Joaquín Moeckel (Sevilla, 1966) sólo se sienta, de entrada, su titular. Es la forma de ahuyentar a los apalancados: tenerlos de pie. Hasta que se marchan por agotamiento. Moeckel nunca se ofrece a acompañarle a la puerta para instarle a salir. Simplemente no quita los libros de la sillas, que resulta menos tenso. Si usted quiere manejar los verdaderos criterios de valoración de este abogado –el algodón que no engaña–compruebe si quita los libros de la sillas o no. Como no los quite, coja la puerta ligero.

El médico evalúa en sus análisis el colesterol y los triglicéridos, pero en su caso vigila también el índice de moeckelina. En este personaje son tan claves los trajes de Rodríguez Ávila, cuya caída de pantalón acaricia levemente el calzado, como los niveles de moeckelina en sangre, que informan del espíritu combativo, del instinto de réplica a todo bicho viviente y del grado de aceleración al narrar cualquier suceso. El mundo es de los inteligentes y de los que tienen ideas, se dice. A más moeckelina, mayor es la envidia que provoca. Alguien escribió una vez que todos los que critican a Moeckel, en el fondo quieren ser como él. Porque tal vez lo que escuece de su forma de ser sea su libertad de acción y de movimiento. Esta ciudad tiende a destruir todo lo que se mueve. Es una suerte de miseria de los pobres, resignados todos a no comer. Cuando uno de los pobres se levantó un día a buscar pan, el resto de los pobres reaccionaron poniéndole zancadillas para que no pudiera comer. Aquí, todos pobres.

No salir en las fotos genera desconfianza. Salir muchas veces genera notoriedad y su prima hermana: envidia. Y hay que pagar el precio de las fotos, que es como la tarjeta VISA: se sigue pagando varios meses después del gasto. La fama en Sevilla sale bastante cara. Un sabio le dijo una vez que su mejor defensa contra la envidia era la calvicie: “Si encima llegas a tener melena, te pasan por la pira en la Plaza de San Francisco”.

Y la notoriedad también genera leyendas. Como el sevillano tiene la mala costumbre de hablar tan alto, a veces con vozarrones pasados de tinto, el otro día pudimos oír una charla entre varios profesionales reconocidos de la ciudad. Uno aseguraba que el mismísimo Gobierno de España estaba presionando a los inspectores de Hacienda para que ni rozaran a Moeckel, porque se temían sus críticas en las tertulias y programas de televisión de ámbito nacional.
El rasgo principal que define su carácter lo describió a la perfección el canónigo Juan Garrido, al que asistió en la gran restauración del Salvador: “Joaquín, hijo, necesitas constantemente reivindicar tu libertad y tu independencia”. Por eso será muy difícil verle algún día encorsetado en la estructura de un partido político. No vemos a Moeckel aceptando estrategias de comunicación, argumentarios procedentes de Madrid o imposiciones de compromisos en una lista. Cuando el cardenal lo honró con la medalla Pro Ecclesia et Pontifice, dejó claro en su discurso de agradecimiento que seguiría discrepando de la Iglesia cada vez que fuera necesario. “No se vaya a pensar don Carlos que yo me callo por una medalla”.

Un día le telefoneó un letrado de Madrid. De voz engolada, nombre compuesto y con apellidos de varios vagones. El bufete, cómo no, lucía rótulo comercial en inglés, similar al que reproducimos:

–Buenos días, soy Borja Manuel López de Tejada, de Lawyers Company and Trade, ¿con quién hablo, por favor?
–Con Joaquín Moeckel, de Moeckel.
–[…]
–Dime, compañero, dime. Que no hay más títulos, que soy Moeckel, de Moeckel. Dime.

La generación de sevillanos que peor digiere la forma de ser de Moeckel es la que, como él, ya se acerca a los cincuenta años. Una generación que en muchos casos sigue vistiendo como si tuviera todavía 25, con los mismos hábitos de ocio que cuando los 25 y dedicando las tardes libres a las conspiraciones cofradieras, que es lo que hacía con 25. Cuando los servicios jurídicos del Arzobispado mandaron una carta al Baratillo, nada menos que a finales de julio de 2001, imponiendo cambios en las reglas de la cofradía, muchos creyeron ver el final de este personaje, que era entonces el hermano mayor. Y la ciudad de la guasa, representada en esa generación que describíamos, dejó asomar la patita del gato que maulla en sus entrañas:

–Ea, Moeckel… ¡Con la Iglesia has topado!
–¡O la Iglesia ha topado con Moeckel! Ya veremos.

Desde una piscina de Benidorm y con un teléfono móvil articuló toda la defensa jurídica y mediática de la cofradía. La Iglesia de Sevilla, por primera vez, tuvo que nombrar a un interlocutor para negociar de tú a tú. El cardenal confió la causa nada menos que a Manuel Benigno García Vázquez, quien en los años ochenta había pilotado la operación de venta del Palacio de San Telmo a la Junta de Andalucía, el conocido como capellán del PSOE. Y lejos de producirse un choque de egos, nació una bonita amistad. Después vino lo del Salvador y la medalla. El inteligente Juan Garrido le rogó el máximo cuidado con la figura del cardenal, al que jamás se podía evidenciar como una “figura vulnerable”. Quizás por eso la solución para contentar a ambas partes fue convertir las imposiciones en un exhorto pastoral firmado por monseñor Amigo donde se instaba –que no obligaba– a ciertos cambios normativos. El texto del exhorto se fraguó en un velador de la calle Adriano.

Jamás le oirán hablar del arzobispo como el “pastor”, denominación que considera propia de cofrade blandengue y cortito con sifón. No soporta a los “padrejones” que le dan consejos sin haberlos pedido, especialmente uno que le saca de sus casillas del Arenal:“No vayas tan rápido que eres muy joven”. La camisa por fuera es síntoma de relajación de fin de semana. Los pantalones verdes, señal de que hay barbacoa en algún lugar de la sierra. El uso reiterado del dedo índice en la conversación, con el rostro más pegado al del interlocutor que dos camiones subiendo Despeñaperros, es señal de tensión en una conversación, de moeckelina disparada, de loco muy cuerdo.

Un mediocre le dijo una vez que no daba el “perfil” para ser delegado de la Madrugada en el Consejo de Cofradías. El eco de las risas aún se oye. Otro día le recomendaron que no saliera tanto en los periódicos ni en la televisión, que sería víctima de una “sobreexposición” con graves perjuicios. “Cuando a ti te llamen, no salgas tú. No te preocupes tanto por mi, que veo que eres tú muy buena persona”. También lo acusaron de aparecer tanto en los medios para ganar clientela en el despacho. “También me quita clientes el salir tanto y también pago el precio de las críticas y las fobias por aparecer”. Yhasta le cuestionan cuándo saca tiempo de trabajo para el despacho con tanta tertulia de televisión: “No juego al golf, ni al pádel. Llego a todos los sitios porque voy en moto”.

Por fortuna ya se ha enterado de que a ciertos bares cofradieros no se debe ir de madrugada porque es cuando se produce una exposición peligrosa. El hombre en manada actúa diferente a cuando está en soledad. Este ciudadano libre sufrió una vez a la manada de lengua engordada por los gin tonics.

El PP andaluz de Javier Arenas lo incluyó hace bastantes años en una encuesta sobre posibles candidatos a la Alcaldía. Nunca será presidente del Consejo de Cofradías ni decano del Colegio de Abogados, salvo que liderara la única lista. Su forma de ser chirría por incontrolable, por la energía de su carácter y por la carencia de complejos. Es el hijo de su padre, una rama dichosa del tronco de don Otto. No hay más misterio.

Tal vez no daba el perfil por la calvicie. O por los pantalones verdes. Quién sabe. O quizás no quitó los libros de la silla en aquella reunión. Y alguien no le perdonó estar de pie, que es malo para la espalda.

El arquitecto sin chaqué

Carlos Navarro Antolín | 30 de noviembre de 2014 a las 18:05

Alfonso Jiménez
El martes de Feria de 1997 subió hasta el Giraldillo acompañado por José María Cabeza y Juan Luis Barón, arquitectos técnicos, y por el vicario general de la Diócesis, Antonio Domínguez Valverde, de rigurosa sotana. En lo más alto esperaba una cuadrilla de operarios dispuestos a seguir las indicaciones para desmontar el Giraldillo y dejarlo depositado en la azotea de las azucenas. La Giganta fue literalmente bajada a brazos mientras don Antonio rezaba el rosario. Todos sintieron miedo. La operación era de alto riesgo. Ignoraban si la veleta saldría con facilidad o si tendría algún tipo de freno en el vástago. Ni siquiera sabían cuánto medía el vástago. O si el grado de oxidación del interior era elevado y podía dificultar la extracción. Se aprovechó a conciencia que media ciudad dormía tras la noche de la prueba del alumbrao y la otra media estaba trabajando. Al mediodía, la Giralda se quedaba sin Giraldillo y cesaban los bisbiseos de las oraciones de don Antonio. La ciudad indolente no se había enterado de nada. Ningún medio de comunicación, ningún avispado viandante. Estos hombres llegaron, subieron y bajaron la veleta. En tierra todo seguía igual, como cuando las tropas alemanas entraron en París y los parisinos seguían haciendo su vida. Una breve nota de prensa comunicó los hechos. Alfonso Jiménez Martín (Sevilla, 1946) es el maestro mayor de la Catedral que osó llevar al quirófano al principal símbolo de la ciudad tras años de observación y, sobre todo, tras leer que el catedrático José Luis Comellas afirmaba en uno de sus libros que la veleta pasaba demasiado tiempo en la misma posición. Un buen observador saca partido de lo que dicen otros finos observadores. La lectura de aquella aseveración provocó la reacción propia del hombre inquieto, el impulso necesario para cometer la locura. Si está documentado en castellano antiguo que “doce moros” trasladaron la veleta recién fundida desde San Bernardo hasta la Catedral, una cuadrilla de operarios podría bastar para bajarla. Y así fue.

Lleva enamorado de la Catedral desde 1979, cuando en un paseo vio (siempre observando) que una azucena de la Giralda estaba a punto de desprenderse. Lo denunció ante la Delegación de Cultura, donde le pidieron si él mismo podía hacerse cargo de la restauración urgente, valorada en 25.000 pesetas. Y aquello, como la teja desprendida de la casa de Ben-Hur, fue el comienzo de una larga película. Casi 40 años de relación con el monumento más importante de la ciudad. Un arquitecto que hasta entonces no había tenido más contacto con la Iglesia que la que mantenía con su párroco de la Ciudad Jardín, donde fue criado en valores en un bloque de las denominadas viviendas colectivas, que son una suerte de corrales de vecinos.
Se llevó casi un mes viviendo en la Catedral con motivo de los preparativos de la boda de la infanta Elena en 1995. Consiguió que se aceptara su advertencia para que un retén de bomberos se situara discretamente durante la ceremonia a los pies del altar mayor. Convenció a la reina Sofía de que era inútil colocar ramos altos de flores, pues la gran montaña hueca que es la Catedral lo engulle todo. Y tal fue su labor y dedicación que la Casa Real le envió a última hora una invitación al enlace, cuando ya no había tiempo para encargar un chaqué. Consultó a su inseparable Francisco Navarro, el canónigo que revolucionó el modelo de gestión del templo, cómo debía proceder ante al tarjetón recibido.
–Paco, ¿qué hago?
–Ponte el traje oscuro y colócate la pegatina de un sindicato. Verás como nadie te dice nada.
Y allá que se fue a la boda en traje oscuro. El único invitado sin chaqué. Navarro iba ese día con sotana y fajín, indumentaria propia del diplomático del Vaticano que había sido con destino en África. Jamás se volvió a ver a este cura de esa guisa. Jiménez le pidió un favor al arzobispo: acceder juntos al Real Alcázar. Y así fue. Don Carlos entró acompañado por Isabel, la mujer de Alfonso Jiménez. “¿Quién será ella?”, se preguntaba el público curiosón detrás de las vallas. Y el maestro mayor de la Catedral entró junto al hermano Pablo.

Alfonso Jiménez se revuelve cuando ignora algo sobre la Catedral. Este catedrático impulsivo, inquieto, sin concesiones al tópico hispalense y con cierto aire para algunos a lo Sean Connery, nunca olvidará el día de Santiago de 2006. Los sensores colocados para la auscultación perenne de los pilares agrietados del trascoro detectaron movimientos de hasta tres centímetros en la piedra de la Catedral. Otra vez el temor a lo desconocido. El miedo. La alerta. Planteó al deán la conveniencia de desalojar el templo de turistas. Pasó la noche en la Catedral junto a Juan Luis Barón. La observación, esa suprema fuente de conocimiento, reveló que la dilatación se producía cada mañana. Y que la piedra volvía a su ubicación original por la noche. Se supo entonces que este gran templo respira hondo al amanecer y expira al anochecer. Se infla y se desinfla. No se trataba de nuevas grietas ni de nuevos riesgos.

Su relación con algunos de los grandes sacerdotes del pontificado de monseñor Amigo es absolutamente clave. Sobre todo con Francisco Navarro, aquel cura que sobrevivió como tal pese al revoltijo provocado por el Concilio Vaticano II, que hizo que la mayoría de sus compañeros de promoción colgaran los hábitos. Navarro, Garrido, García Vázquez… Sacerdotes que eran tildados de rojos por la Sevilla más conservadora y que siempre demostraron un amor, una capacidad de servicio y una lealtad a la Iglesia más allá de postureos de clergyman. Con Navarro se entendía con la mirada, con una socarronería deliciosa para los amantes de la ironía y de las cargas de profundidad. Navarro y Jiménez tal vez no sean para algunos los compañeros más idóneos para una tarde de Feria, de vino y jarana, pero nadie podía negar que entre ellos había un sentido del humor fino, para paladares exquisitos, que no pocas veces era el carril de desaceleración de las broncas que provocaba el día a día entre quienes trabajaban juntos con tanto presupuesto y tan alta responsabilidad.
En esa capacidad de observación innata al personaje figuran los turistas, los amos y señores de la Catedral. Nadie como el maestro mayor sabe cuál es el sitio en el que los visitantes se quedan boquiabiertos al comprobar la colosal grandiosidad del interior del templo. Se trata justo del momento en el que abandonan el pabellón de entrada y terminan de recorrer –un poco agachados los de mayor altura– el túnel de los vestuarios de los canónigos. En ese instante es usual oír una exclamación:“Oh, my God!”. En el caso del turismo nacional, la expresión es algo más prosaica: “¡Coñoooo!”.
En la Catedral fue testigo del interés de monseñor Amigo por comunicar en qué capilla quiere recibir sepultura. El vicario Domínguez Valverde, tal vez tensionado por el tema de conversación, zanjó el asunto: “Usted preocúpese de morirse que nosotros ya nos preocuparemos de enterrarle”.
Navarro murió. Jiménez dejará su puesto en la Catedral el 31 de diciembre. La película de Ben-Hur tiene un final feliz. Hace pocos días le preguntaron mientras disfrutaba de la comodidad de un mullido sofá.
–¿Usted cree más en Dios tras llevar casi cuatro décadas mimando a la Catedral?
La respuesta fue un silencio, después una sonrisa a medias y, de remate, una mirada a las alturas. Seguro que el mismísimo Francisco Navarro hubiera reaccionado igual. Tal vez la fe, como el movimiento, se demuestra observando. Y en la Catedral caben todos. Hasta los cables que siempre se preocupa en ocultar.

Un café a las 18:47

Carlos Navarro Antolín | 23 de noviembre de 2014 a las 5:00

CARLOS HERRERA
TODOS los días hacía sonar el claxon de la moto al pasar por la calle Feria, justo a la altura de la casa de Charo Padilla, una de las grandes redactoras de Canal Sur Radio. Cada día, a las seis de la mañana, sonaba aquel estruendo que ponía de los nervios a los vecinos. El motorista iba cargado de fuerzas para presentar el matinal de aquellos años noventa, aquel programa en el que inventó la sección del tema del día para explotar el gracejo andaluz de los oyentes que narraban situaciones tan cotidianas como esperpénticas. El secreto mejor guardado por la Padilla era la identidad de aquel motorista un punto faltón que debía andar en busca y captura por el vecindario de Ancha la Feria.

–Charo, ¿tú te has dado cuenta de que hay un cabrón en moto que pita todos los días sobre las seis? Porque hay que ser cabrón… ¡Es que el tío no falla ni una mañana!

Y Charo estuvo años sin revelar que su despertador de lujo era el mismísimo Carlos Herrera (Cuevas de Almanzora, Almería, 1956), poseedor de una virtud de la que pocos pueden presumir, pues no habiendo nacido en Sevilla ha conseguido que esta ciudad le perdone sus osadías, le consienta los cuellos abiertos cuando todo el mundo los lleva cerrados y le permita acudir en vaqueros cuando se impone el consabido pantalón de pinza. Herrera puede hacerlo, otros no. Herrera puede presumir de la belleza de su mujer en el Pregón de Semana Santa, pero a todos los demás los hubieran corrido a gorrazos a la salida del teatro por el Paseo de Colón y hasta el Alamillo, y hubieran sido achicharrados en la hoguera de la ortodoxia más plúmbea. Tal vez Sevilla se haya dado cuenta de que Herrera nunca le ha tenido temor a pesar de la merecida fama de la ciudad en cerrar puertas y generar recelos. Nacido en Almería y criado en Cataluña, no le teme a la Sevilla Eterna ni ha guardado nunca la distancia mínima de seguridad con las cofradías. Se mete en todo tipo de bullas. Tan pronto está tapeando con el presidente de La Caixa como charlando con el capiller de San Nicolás. Sabe que la mejor forma de no marearse entre las nubes es tener los pies bien clavados en la tierra, sin perder el cultivo, la referencia y el seguro carril de las amistades de hace treinta o cuarenta años.

A Herrera le gusta Sevilla desde que hizo el servicio militar con los ferroviarios de la Plaza de Armas y se enamoró de una sevillana que le enseñó a pasear por la ciudad. Quizás por eso sigue caminando a diario, sobre todo para eliminar la grasa del jamón y las morcillas que se jama, y en especial los domingos por la tarde, que es cuando aprovecha para despachar asuntos varios con su amigo Manuel Marvizón, que es una especie de Hermano Pablo sin consagrar. Marvizón es su alter ego y forma parte del núcleo duro de los herrerianos, donde están por supuesto sus principales colaboradores de la radio y compañeros de los gañotes en restaurantes varios de la península ibérica, antiguas colonias y resto del planeta. El teléfono de Marvizón suena cada día una docena de veces para requerir la presencia de Herrera en algún acto. Y Marvizón, camarlengo de la curia herreriana, se encarga de ir dando los lances oportunos. El Instituto Nacional de Estadística (INE) ya publicó un informe preciso: el 90% de las peticiones son denegadas, un 5% sometidas a estudio y otro 5% atendidas. La gran clave es burlar a los comedores de tiempo. Existen personas que transmiten energías positivas como existen las que hacen perder el tiempo. Esas guadañas de reloj ponen de los nervios al locutor de ustedes, que tiene el tiempo obsesivamente medido. Hace poco le pidieron cita y respondió por sms: “A las 18:47 en el bar La Candelaria”. Todo está tasado una vez que acaba el programa nacional a las 12:30: el aperitivo de sardinas marinadas, la pequeña cabezada, el tiempo del paseo vespertino, las paradas en las iglesias, la duración del café y el regreso a la casa por la que entra el mismo torrente de luz que baña el Guadalquivir. El timing de la radio lo exporta al resto de la jornada. Todo está tasado con precisión ferroviaria para quien tiene que estar en la cama a las 21:30 y en planta a las 04:30. Vive cada día en el sufrido horario del Calvario en la Madrugada. El orden es la seguridad. No lo llamen por teléfono a las once de la noche. El último que lo hizo aún sufre temblores y ha tenido que ir al psicólogo.

Quien sí lo llamó una vez estando en la ducha fue el Rey de España. El locutor vio en la pantalla de su móvil las iniciales S.M. Se salió chorreando, se lió la toalla como un capote de paseo y respondió con el debido respeto a la llamada (“Señor, dígame”), pero no se oía bien en el cuarto de baño ni en el resto de la casa. Tuvo que salirse al balcón. Cuando se dio cuenta estaba semidesnudo y hablando por teléfono con Don Juan Carlos a la vista de los viandantes. La verdad es que ahí fue un precursor, porque eso ocurrió muchos años antes de que el central Puyol recibiera a la Reina en toalla en el vestuario de un estadio de Sudáfrica. Al fin y al cabo, con el Rey y el jefe de su Casa ha cenado muchas veces, libando (o tumbando) un par de botellas de tinto en Oriza en una de las ocasiones más recientes. Y de Príncipes de la Iglesia tiene especial predilección y afecto personal por monseñor Amigo, al que propuso ser tertuliano habitual en las mañanas de Onda Cero.

Herrera da los primeros buenos días a España en pijama de cuadros y zapatillas de franela. Lo mismo está en Sevilla, Madrid o Nueva York. Las zapatillas de franela son muy importantes, incluso hasta para lucirlas en Nochevieja en una cena con amigos de punta en blanco. Herrera es así. Las zapatillas, modelo babuchas, son casi tan importantes como el bigote, que hasta lo usó postizo alguna vez en ciertos programas de televisión para no decepcionar a la audiencia. Esa televisión que no le gusta nada, porque no permite salir como uno es, con la barba de varios días ni, por supuesto, ir en zapatillas de andar por casa, como sí consiente su gran admirada y mimada:la radio.

Su concepto de libertad lo lleva hasta el límite. “Charo está embarazada, no se lo digas a nadie”, le comentó su amigo Marvizón en 2001. Y Herrera lo contó nada menos que en el Pregón de Semana Santa. Charo se quitó el auricular y miró a su marido:“¿Yo he oído lo que he oído?” Fue un embarazo literalmente pregonado del que nació un precioso hijo llamado Manuel. Herrera, por cierto, estaría encantado de poder dar otra vez el Pregón. De aquella experiencia quedó marcado. Disfrutó tanto que no le importó el ceremonial de besos y abrazos que se organiza después en los camerinos, que no hay en la ciudad una liturgia más falsa que esa. Sentados en un velador del barrio de Santa Cruz, le preguntamos en las vísperas del Pregón si era consciente de la gran hipocresía que se avecinaba.

–No me importa, quiero vivirlo. Forma parte del rito.

Tiene costumbres muy peculiares. Valgan varios ejemplos. Nunca falta un 22 de diciembre a su cita con Barcelona, que le gusta recorrer en moto. No se pierde un Corpus en las sillas de la Plaza de San Francisco o una Nochevieja en el Rocío con su madre, doña Blanca, con canelones cocinados al estilo Mataró. Ylos Domingos de Resurrección, tras ver el Resucitado en la Campana y desayunar calentitos, se da el primer paseo por la Feria, una fiesta por la que se compró una suerte de guarida cerca del real para tener una alcoba propia próxima a su caseta.

Tiene un punto de supersticioso que se acentuó en un viaje a Nueva York. Yendo por Madrid cargado con las maletas se encontró a un famoso cantante que es tenido por cenizo: “Un abrazo, Carlos. ¡Verás lo bien que lo vais a pasar en Nueva York!” Se le cambió la cara. El viaje fue, como se dice ahora, brutal: faltaban pasaportes al llegar a Barajas, el cajero automático se tragó varias tarjetas, una tormenta descomunal provocó la inundación de varias calles de Manhattan y perdieron el avión de vuelta.
Nunca olvidará el día que se montó en el ascensor de la sede de RNE portando una caja de puros que le había dado el vigilante de seguridad. Cuando la abrió y vio aquella masa plastificada rodeada de cables, el viaje se hizo eterno. ETA se lo quiso despachar. Aquel mediodía se fue a comer a Casa Rufino, en Umbrete, con varios inspectores de la Policía Nacional, entre ellos el ex edil Demetrio Cabello. El artefacto falló porque alguien había tirado previamente la caja con desdén y los cables habían quedado desconectados. Pero estando en el ascensor con la cajita en la mano, Herrera ignoraba si aquello era de explosión retardada. Para el hombre obsesivo por el timing, su hora aún no había llegado. Todavía tiene que dar el Pregón por segunda vez. Y seguir despertando a vecinos con el claxon.

No te vayas todavía

Carlos Navarro Antolín | 16 de noviembre de 2014 a las 5:00

MANUEL GARRIDO
LLegó al tablao. La noche prometía en aquella Sevilla de los setenta, de policías grises, mazmorras en la Gavidia y anhelos de libertades sin ira. Por aquel lugar bicheaban los componentes de un grupo de sevillanas con pretensiones de abrirse hueco en la ciudad. El anfitrión saludó la llegada de este caballero de una educación de vitrina y abanicos antiguos pintados a mano. El dueño cogió a uno de los cantantes por el brazo y lo llevó hasta la presencia de esa figura de prestigio recién llegada.

–Bienvenido, Manolo. Te quiero presentar a uno de estos jóvenes que hoy actuarán. Prometen mucho. Este joven en particular es el autor de las sevillanas de El Adiós, la que está sonando tan fuerte.

El señor agasajado por el dueño del local miró al joven, que asentía a todo lo dicho.

–¿Ah, sí? ¿Esas sevillanas son suyas? ¡Qué bien! Pues ya somos cinco los autores. Estamos Manolo García, un servidor, usted y dos más que también me han presentado hace pocos días como autores de esas sevillanas. ¡Qué cantidad de autores tienen!

Manuel Garrido (Morón de la Frontera, 1924) cumplió ayer 90 años. Pero ha nacido esta mañana, como Belmonte. Porque nace todas las mañanas cuando se monta en el autobús de Tussam para ir de la Barzola a untarle la mantequilla a la tostada en la terraza de la confitería La Campana. Tiene tres líneas para hacer el trayecto de su casa al centro, pero elige el 13. No es hombre de supercherías. O, mejor dicho, no es un señor de esas cosas. Porque Garrido es un señor. De lejos parece lo que luego es de cerca. Y eso se puede escribir de muy poca gente en Sevilla.

Agricultor cotidiano en la huerta de la amistad. Defiende que en la vida hay que tener algún amigo infiel en algún momento, algún tomate podrido, porque eso ayuda a paladear aún más la dulzura de la amistad verdadera. Su mundo preferido es un velador, una servilleta, un bolígrafo y citarse con la inspiración, que siempre está ahí como un bebé dormido, sólo hay que arrascarle un poco el vientre para que despierte. Los bolsillos de su chaqueta están cargados de servilletas de bares con letras improvisadas de soleares.“Alguna vez carcelero/deja la cárcel abierta/para que vuelen los sueños”. La soleá es la media verónica del repertorio de este poeta a tiempo completo que fue empleado de banca y locutor de Radio Sevilla. Se jubiló de la caja de ahorros cuando aún no había cajeros ni ordenadores en las sucursales. Tan sólo asomaban tímidamente las primeras tarjetas de crédito, que le encargaban endosar a toda la clientela. En el banco le dejaban escribir. “Me lo toleraban”. Su jefe le daba a veces una pila de documentos para que no se fuera a casa sin antes tenerlos todos vistos.

–Y cuando acabes con todo este montón, puedes volver a escribir tus poemas.

Su casa es una vivienda amplia de la Barzola, el barrio en el que vive desde 1951, cuando todavía estaba semivacío, y en el que sus vecinos le han dedicado nada menos que una plaza. Su salón es amplio, tanto que un sofá lo divide en dos. Las paredes y las estancias pregonan premios, placas, reconocimientos, hitos vividos con aquella reunión de amigos donde convivieron durante años gente muy variopinta y de muy diferentes niveles sociales.

Hay un ordenador que une al poeta con el frío de los correos electrónicos y la madeja de las redes sociales. Hay soleares como hay sonetos, saetas, pregones, relatos, entremeses, villancicos, comedias… Escribir como necesidad, escribir como adicción. La televisión acompaña, pero la escritura mantiene sano, activo y vivo el cerebro.
La primera versión de El Adiós, con música de su inseparable Manuel García, apareció en el disco De la Feria al Rocío de Amigos de Gines, en 1975. El próximo año se cumplirán 40 años. Muchas veces recuerda a aquel amigo del trabajo y de las horas de palillos, cantes y guitarras: “Sin Manolo García no hubiera podido hacer nada de lo que hice. Manolo componía y cantaba la mar de bien”.
Con noventa años está en twitter, cuyos 140 caracteres son el palmo perfecto donde pegar esa media por soleares. Debe ser el decano de los tuiteros hispalenses. Testigo directo de la caída de las sevillanas, se convirtió en el paladín de un género con cimientos débiles. El poco mérito que se atribuye es el de no haber dejado morir las sevillanas en años en que sonaban en muy pocas casetas. Utilizó el micrófono de Radio Sevilla para remover la tierra y plantar una nueva cosecha.

Con 90 años ha visto cómo la ciudad ha perdido su carácter de pueblo para convertirse en una urbe con pretensiones. Por Sierpes se para más que un paso de palio a cumplimentar cada saludo con una sonrisa. “Veo personas de mi edad pidiendo limosna por la calle. Eso me da mucha pena. Yo estoy bastante bien, puedo escribir y hacer mis cosas, pero estas personas…”

Enamorado de Triana, de la que es hijo adoptivo, defiende que el arrabal lo tiene todo para él como ningún otro barrio: el río, la cerámica, la historia, la Esperanza morena a la que ha cantado desde los atriles en todas las épocas del año. Su Esperanza que cada diciembre tiene un barco por cintura que lleva un lindo pasajero, ay Manolo, en tantas noches de campanilleros, cuchara en mano haciendo sonar el vidrio gordo del anís, abrigos azules cruzados y vahos de frío al cielo de Pureza, a la vera de la lumbre del bar de Aurelio con Esperanza, Cardenete y Amalita, Montes y Rosamari, Zaragoza e Isabel, Manolo Díaz y Mari Carmen, Paco El Confi e Isabel, Burgos y Pepita, Juan José y Ana María…

La Barzola para dormir, Triana para soñar y la letra de Garrido, otra vez, para rezarle a la Virgen en la salve. Ruega para que un día podamos echar anclas en el puerto que Dios nos promete como segura patria… De pronto fija la mirada, plateado el cabello, los surcos del tiempo en la cara, cruza las piernas, enlaza las manos huesudas por encima de la rodilla, un silencio y una pregunta directa.

–¿Y a ti no te gusta Triana?

Noctámbulo toda su vida, aunque a las siete de la mañana tuviera que estar en posición de firme en el banco. Las noches pretéritas, rematadas en La Trocha junto a Luis Álvarez Duarte y Juan Valdés, antes de volver a casa en moto. Las noches de ahora en su morada, con películas de televisión de las que nunca sigue el guión porque siempre está escribiendo sus propios guiones o tejiendo crucigramas.

Garrido se ha resistido a vivir de las rentas de El Adiós. Sigue componiendo. La historia de las sevillanas no se puede compilar sin sus aportaciones, por mucho que se haya intentado desde el olvido o su prima hermana: la ignorancia. Nunca se despide de nada ni de nadie quien mejor describió la despedida, que sonó en la marcha del Papa polaco y hasta en la muerte de Chanquete. “Cada vez que repiten Verano Azul, otra promoción de mis sevillanas. Je, je ,je”.

Noventa años. Y feliz. “Quizás porque fui un niño con muchos juguetes”, dice este hijo de malagueños que nunca deja el lenguaje figurado. Su contestador automático es hondo:“Soy Manolo Garrido. Te devolveré la llamada. Ten paciencia”. Con 27 años se vino para siempre a Sevilla. A Rafael de León le recitó unos versos al oído que aún musita sacándole el jugo a la memoria. En Triana sigue de tertulias con Ángel Vela y Manuel Melado, en el perfecto mentidero de San Jacinto. “No tengo tiempo de cansarme. Sólo me reservo por las tardes. He tenido tan buenos amigos y he disfrutado de tan buenos ambientes que hoy no ambiciono nada. Tengo amigos bastantes más jóvenes que yo que están todo el día con dolores o durmiendo mal”.
Un año perdió su caseta de la Feria en el 186 de Joselito El Gallo, Los Giraldillos. Fue al Ayuntamiento a reclamarla en vano. Le respondieron con nones, pero suavizaron la cosa con la promesa de un proyecto de monumento a Las Sevillanas con algún espacio en su honor:

–El único y mejor monumento que ustedes me pueden dedicar es devolverme la caseta.

Su figura, como el barco, se hace pequeña cuando se aleja en la mar urbana de Sierpes. Triana reza con sus letras, la Feria y el Rocío se mueven al compás de sus versos, las coronaciones se ensalzan con sus himnos. La gran mayoría no sabe que el autor está vivo. Vivo y trianeando.

El renglón torcido de Dios

Carlos Navarro Antolín | 9 de noviembre de 2014 a las 5:00

JOSÉ CHAMIZO
EL teléfono sonó en agosto de 2007. El periódico preguntaba a varias personalidades de la ciudad por el impacto de las recién estrenadas catenarias del tranvía en la procesión de la Virgen de los Reyes. El Defensor del Pueblo Andaluz aceptó participar en la encuesta y se mostró esperanzado en que el paso del tiempo fuera reduciendo la contaminación visual de aquella infraestructura que acababa de irrumpir en parte del paisaje urbano más tradicional de la ciudad. Antes de terminar la conversación, en un formato ya off the record, espetó al periodista:
–Oye, niño, sabéis que yo os atiendo con mucho gusto siempre, pero eso de llamarme para preguntarme por las catenarias… ¡Que tengo a la gente llegando en patera por el Estrecho!
José Chamizo de la Rubia (Los Barrios, Cádiz, 1949) nació el mismo día que Soledad Becerril pero algunos años después. Tan cierto es que trabaja a destajo (“Ojú, hijo qué pechá”) como que se mueve siempre en los dominios que forman su particular Triángulo de las Bermudas: los restaurantes El Cairo y el Copo y el italiano Portarrosa, éste último muy frecuentado por la clase política andaluza. Tanto se deja ver en la terraza de El Cairo que es el otro Faraón de Sevilla. Aunque, siempre, es un cliente moderado en la mesa.
Mucha gente cree que no, pero Chamizo sigue siendo cura. Aunque sea un cura que no vista de cura, aunque la Sevilla más conservadora ponga la cara estreñida cuando lo ve en vaqueros, luciendo pañuelos y sentado en un velador. Tras unos años de inquieto estudiante en el Seminario de San Telmo en los años de la Transición, fue ordenado en 1978 por el obispo Dorado Soto. La cuestión sobre su condición de clérigo está incluida en las eternas preguntas de la ciudad. ¿Por qué está sentada la Virgen de los Reyes? ¿Por qué hay una curva justo en el tramo soterrado de la calle Arjona? ¿Por qué siempre llueve los Viernes Santos? ¿Sigue siendo sacerdote el cura Chamizo o se dio de baja? Pues lo sigue siendo, aunque la publicación de una foto suya celebrando la eucaristía en una parroquia de la Pañoleta le hizo ser más discreto a la hora de revestirse. No le gusta que lo saquen de cura en los papeles. No es un cura de couché. Ni por supuesto de cuello duro de clergyman. Su estilo como presbítero es más del cardenal Amigo y del difunto Diamantino que del actual arzobispo de Sevilla, monseñor Asenjo. Nunca lo ha ocultado. Los temas sociales son su pasión. Su obsesión. En las reuniones con los defensores del pueblo de toda España, no soportaba los enfoques jurídicos de la mayoría de sus colegas. Su vida está dedicada, casi consagrada, a la vertiente social de todos los temas de actualidad.
Hace tiempo que dejó de ser párroco, aunque sus maneras como tal siempre se notaron en la sede del Defensor del Pueblo Andaluz. A Chamizo le encantaba controlarlo todo, no delegar en nadie y le enervaba que los funcionarios fueran a tomar café todos juntos, dejando despobladas las mesas de trabajo. Chillidos ha habido. Cuando retornaba aquel al que había citado sin éxito, se asomaba a la barandilla interior para saludarlo públicamente:
–¡Vamos, que llevas media hora tomando café!
Es cierto que no se ha casado con nadie. Ni le ha importado enfrentarse a los que manejaban grandes presupuestos públicos con sonadas broncas telefónicas, como la que tuvo con la entonces todopoderosa consejera de Hacienda, Magdalena Álvarez. A Chamizo hay que reconocerle que elevó el prestigio, la notoriedad y la utilidad pública de la institución, que no han sido pocos los fines de semana que se ha pasado trabajando a solas en su despacho, incluso devolviendo las llamadas de particulares que dejaban razón en el contestador telefónico, y que ha recibido a todos los que se lo han pedido.
Quienes han trabajado muy de cerca con este cura, que parece un sayón de paso de misterio de cofradía de vísperas, trazan el perfil de un ciudadano maniático, inflexible en muchos momentos, puntilloso, quisquilloso, ególatra e hipocondríaco. Cuentan que es tan cesarista como Pablo Iglesias. En la presentación de su primer informe ante el Parlamento, no dudó en llamar la atención de los diputados parlanchines y desconsiderados que no guardaban una concentración absoluta en su discurso.
El aire informal que se gasta no excluye ni mucho menos una notoria afición por las marcas. A Chamizo le encantan los trajes de Armani y de Hugo Boss. Los zapatos son su gran pasión, tanto como escaparse en verano a las playas del Algarve o viajar periódicamente a Italia, más a Florencia que Roma, donde se pirra por adquirir nuevos modelos de calzado. Chamizo no luce botines, sino zapatos abotinados, que no es lo mismo. Si le piden la hora, se la dará con un reloj de marca.
Es un cura que pone las velas a Dios y no olvida la ofrenda debida al diablo, capaz de dar leña al PP cuando habita en la Moncloa y de arremeter contra el PSOE en la dilatada hegemonía de la Junta. No se doblega. Todo el mundo sabe que está escorado a la izquierda, muy a la izquierda, pero como buen cura en puestos de responsabilidad pública sabe poner el intermitente a la derecha al mismo tiempo que no deja de pegar el volantazo a esa izquierda soñada. Tiene amistades en el PSOE y en el PP, como también tiene enemigos en el PSOE y en el PP. Con el actual líder de IU, Antonio Maíllo, conserva una amistad personal.
Por mucho que sea cura, muchos dudan de que haya perdonado a Susana Díaz y al PP andaluz cuando hace un par de años pactaron su salida exprés de la Defensoría. Chamizo se encolerizó cuando culpó de su marcha a la hoy presidenta andaluza, “esa chica de Presidencia”, y a uno de los adjuntos del PP en la Oficina del Defensor, al que tildó de “paranoico” sin decir su nombre y del que ya había pedido por escrito su destitución a Javier Arenas. Todos apuntaron a Francisco Gutiérrez, hoy miembro del Consejo Consultivo de Andalucía. La verdad es que en aquella operación de derribo del cura Chamizo fueron conniventes necesarios su antiguo amigo Diego Valderas y el PP regional liderado entonces por un Zoido que dejó hacer al gobierno andaluz sin poner mayores pegas, tal vez sin valorar que se podía estar dando pie a un nuevo personaje electoral en las próximas municipales dentro de la candidatura de Ganemos.
Este renglón torcido de Dios, al que jamás se ha visto con sotana y que se formó en el Vaticano en los tiempos de las Brigadas Rojas, del secuestro y asesinato de Aldo Moro, se ha hecho ya más de Sevilla que del Campo de Gibraltar con el paso de los años. Tiene coche, pero no le gusta nada conducir. Una vez le aconsejaron saludar con cordialidad a ciertos periodistas críticos con su persona, recomendación que cumple a rajatabla.
En una de sus últimas intervenciones en el Parlamento en 2012, Chamizo volvió a reñir a sus señorías, pero esta vez no por parlanchines, sino para afearles la conducta alejada de los problemas reales de la calle:“La gente está muy cabreada con ustedes, no sé si lo saben. Están muy enfadados porque los ven todo el día en la peleíta. La gente está hasta el gorro de todos ustedes. No sé si puedo decirlo con todo el cariño del mundo. Por favor, por favor. Un ejercicio de buena voluntad y avanzad para resolver los problemas del personal”.
Hoy hay quien ve en aquella intervención a un muñidor preclaro de Podemos. Después de aquello, el cura Chamizo se quedó sin púlpito público. Mantiene una web propia de contacto con los ciudadanos. Su vida, sus tribulaciones y sus andanzas, tienen un libro. Lo quitaron los partidos políticos que lo pusieron. Se recorrió la mayoría de los pueblos andaluces porque nunca fue un ratón de despacho. Ni un cura de sacristía.

El aparato ilustrado

Carlos Navarro Antolín | 6 de noviembre de 2014 a las 5:00

ALFONSO GUERRA
DECÍA Javier Arenas que la falta o carencia de poder se nota en el número de ramos de flores que llegan al hospital al nacer un hijo. Él supo bien lo difícil que era encontrar jarrones para más de treinta ramos y lo cómodo que resultó bastantes años después hacer sitio a simplemente dos en lo alto del televisor. A Alfonso Guerra (Sevilla, 1940) hace tiempo que no acude la cuadrilla a recogerlo los viernes por la tarde al aeropuerto de San Pablo. La cuadrilla es otra vara de medición del poder. El poder nunca va en soledad, por mucho que quien lo ostente se encuentre muchas veces solo. Aquellos maravillosos años de vicepresidente del Gobierno solían estar a pie de pista, como canónigos a la espera del obispo en la puerta de la Catedral, su inseparable hermano Juan, el alcalde Manuel del Valle, Miguel Ángel del Pino, el gobernador civil Alfonso Garrido y Jaime Montaner. Guerra se bajaba de aquellos aviones de Iberia con la corona en la marca de la compañía, era recibido por su particular curia socialista y comenzaba el despacho real de los asuntos de Sevilla y Andalucía. Un popular quiosquero del centro de la ciudad, con una ubicación privilegiada, se jactaba de que para mover su puesto había que pedirle permiso nada menos que a Alfonso Guerra. O tratar el asunto en el despacho que utilizaba su hermano Juan en la Delegación del Gobierno de Andalucía. Con el escándalo de Mienmano empezó para muchos a escribirse la historia del tráfico de influencias y la corrupción en España. El hermano de Guerra era tan popular en los ochenta como el uso de las hombreras o los capítulos de Falcon Crest.
Aquellos años era Guerra quien marcaba la raya de lo que estaba bien o mal en el PSOE. Aquello sí que era un aparato en toda regla. Un aparato ilustrado, que para eso Guerra venía de dirigir compañías teatrales y de atender directamente al público en su librería a principios de los años setenta, que aún hay clientes que recuerdan que, si se le dejaba, Guerra pretendía dar lecciones hasta de estructuralismo.
A los suyos daba un confuso manual de instrucciones: la raya no era estática. Se movía. Todos debían estar pendientes de la localización de la raya como hay que estar al loro de la directriz del portavoz para saber el sentido del voto. Que le pregunten por la raya a José Rodríguez de la Borbolla, presidente de la Junta de Andalucía de 1984 a 1990. En las memorias de Pepe Bono se detalla cuando ciertos socialistas le preguntaron a Guerra a qué lado quedaban ellos de la raya en plena operación de derrocamiento de Borbolla. “Eso lo digo yo en cada momento”. Incautos e insistentes ellos, preguntaron directamente dónde estaba entonces la raya: “Eso lo digo yo también en cada momento”.
Quienes lo han tratado mucho y de cerca aseguran que es el político español cuya imagen pública se ajusta menos a la real. Gana en la distancia corta, como suele ocurrir. ¿Por qué? Probablemente por la timidez que padecen una mayoría absoluta de humanos. En el tú a tú resulta educado, cordial, correcto, con chispa y cierto ingenio. Ni empalagoso, ni cortesano. Pero, ojo, esta regla se viene abajo cuando toca relacionarse con colaboradores y subordinados. Entonces la experiencia puede ser verdaderamente insoportable: “Guerra apabulla, acongoja y acojona”.
En público, en cambio, se torna ácido, desmesurado en los gestos y la palabra. Tras la aplastante victoria de 1982: “A España no la va a conocer ni la madre que la parió cuando nos vayamos”. O la explicación del triunfo de la marca PSOE en las sucesivas mayorías absolutas en casi todas las citas electorales: “Presentamos a una cabra de candidato y gana la cabra”. Y en los mítines, hasta hiriente para no dejar decepcionados a quienes entonaban una petición, un grito de guerra que se convirtió en un clásico: “¡Alfonso, dales caña!” Y Guerra la daba. Basten tres ejemplos. Comparó a Soledad Becerril con Carlos IIvestido de Mariquita Pérez, conectando con esa generación de españolas que se quedó sin tener la deseada y cotizada muñeca. Trató de ridiculizar a Jaime Raynaud, candidato a la Alcaldía de Sevilla por el PP en 2003, haciendo una gracieta sobre la dificultad de pronunciar su apellido:“Suena a Renault. Ydebe ser maestrante”. Y se burló de Cristóbal Montoro, el jiennense que fue número uno por Sevilla en las generales de 2011, por no controlar el callejero de la ciudad. “Le preguntan dónde está Cabeza del Rey don Pedro y responde que en el cementerio”.
Guerra se fiaba de poca gente en sus años de mayor poder (1982-1991). A sus más allegados procuraba tenerlos bien amarrados y condicionados. La historia de siempre: el poder concede un favor de cualquier tipo y espera algo a cambio, normalmente sumisión a las directrices cotidianas, una sumisión habitualmente revestida de conceptos tan blancos como la lealtad o fidelidad, términos siempre manoseados en los partidos políticos de todo signo. Y la gente, claro, es leal hasta que deja de tener el plato lleno por mucho que aquel Guerra, vicepresidente ilustrado, tuviera gracia y diera caña.
Con los diputados del poblado grupo socialista del Congreso de aquellos años ochenta era muy cercano. Algunos aseguran hoy que los conocía a todos: “Felipe no tenía ni idea de quiénes éramos”.
Siempre ha presumido de haber leído mucho, aunque hay antiguos colaboradores que aseguran que no digería ni asimilaba bien el contenido de tanta lectura. “Felipe es mucho más esponja, absorbe lo que lee, aunque presuma menos de lectura, y es mucho más capaz de analizar la realidad en su globalidad. Guerra es poco creativo”.
Es de la extensa cofradía de sevillanos que no encaja en el estereotipo del sevillano. Coincide conArenas en tener un temor reverencial por el sevillano, quizás porque conozca bien la ciudad desde sus años de juventud tras el mostrador de su céntrica librería. En varias ocasiones se le ha visto en los toros (ay, aquel desplazamiento en el Mystere) y viendo cofradías de la Semana Santa, aunque en lugares poco recomendables como la Puerta de Jerez. Con la jerarquía eclesiástica siempre se entendió. Coincidía con Felipe en que la Iglesia proveía a la sociedad de un orden en valores, una estabilidad anhelada por cualquier gobierno. En algunos de sus viajes en AVE se le oyó criticar en privado la “manía” de Zapatero de enrabietar a los obispos y de apostar “obsesivamente” todo el progresismo de aquel primer ejecutivo del político leonés a la legalización del matrimonio homosexual.
No se le conoce una afición tan descarada y notoriamente mayor que la política, por mucho que se hayan cantado sus pinitos en teatro o sus películas, músicas o libros favoritos, ni tampoco se conocen muchos políticos capaces de sostener una conversación larga y con cierta sustancia sobre muchos temas. Tampoco se le reconocen tabernas favoritas, más allá de algún café sabatino con vistas a la Catedral, ni muchos más compañeros de paseo que Francisco Moreno.
¿Deja Guerra la vida política cuando al actual PSOE no lo conoce ni la madre que lo parió? “Algunos estamos convencidos de que muchos de los males de hoy son el efecto de las prácticas de Guerra, que creó escuela”.
No conoce más que el blanco o el negro, el conmigo o contra mí, cuando el mundo es siempre un corolario de grises y en la política de hoy sólo se perpetúan los grises. Tal vez Guerra sea el último radical del blanco o del negro en el socialismo español cuya larga trayectoria pública pueda casi pasar por un pontificado. Su retirada deja una lápida: Alfonso Guerra, dio caña y deja enemigos.

El motor del ego

Carlos Navarro Antolín | 2 de noviembre de 2014 a las 5:00

ALEJANDRO ROJAS MARCOS
AQUELLA tarde de Feria, a la sombra de la calle Gitanillo de Triana, la única que goza de albero umbrío gracias a los plátanos de Indias, Monteseirín pasó entre el público con ese séquito que es el predicado de todo sujeto con poder. Un dirigente del PP contempló la escena desde la puerta de su caseta: “Nada que ver con aquellas Ferias de Alejandro como alcalde. Nadie como Alejandro ha vestido el cargo. La gente lo paraba cada dos pasos. Su figura tenía un destello especial. La verdad es que el tío tenía carisma y mucha fuerza como alcalde”. Y tanto. En la Feria de 1994 se enfrentó en solitario a un centenar de trabajadores de Lipasam que habían convertido en un estercolero el acceso a la caseta municipal por una protesta laboral. “¡Esto no se le hace a Sevilla!” Logró todas las portadas, algunas hasta de fuera de la ciudad. En la Feria de 1995 se produjo un incendio, tres fotógrafos que trataban de cubrir el siniestro resultaron agredidos por policías. El andalucista se abrió paso entre la multitud: “¡Si le pegan a un fotógrafo que me peguen también a mi”. Un genio, una figura.
Alejandro Rojas-Marcos (Sevilla, 1940) anduvo en política siempre pisando las brasas. Apostó por quemarse, desde el histrionismo de aquellos sucesos de la Feria a los delirios de grandeza de construir un estadio con pretensiones de acoger unos Juegos Olímpicos. En su día, mucho tiempo ha, intentó ser un virrey del PSOE, pero Guerra lo vetó. Al final fue el rey del PA. Ido el rey, se deshizo el reino.
Su constancia rozaba la obsesión. Su capacidad de trabajo tenía la fuerza de un tren imparable. El motor era su ego, con un empuje que en no pocas ocasiones conducía a enfoques radicalizados de los asuntos o a llevarle a ejercer de defensor de las causas perdidas. Ahora yo, luego yo y después yo. Ese estilo tan personalista fue la cima y la sima del Partido Andalucista, una formación política que hoy no es más que un cadáver en avanzado estado de pudrición.

Monotemático y megalómano. En un vídeo de la campaña de las municipales de 1999 se subió a una de las columnas de la Alameda para hablar sobre Sevilla nada menos que con Julio César. Se puso a la altura del emperador.

Como todo político con larga trayectoria, ha exprimido a la gente y ha dejado heridos en el camino. Y los heridos consumen agua y alimentos. Preparan su venganza como toda realidad que es ignorada. No le ha importado estar rodeado de profesionales más brillantes que él. La clave estaba en que no le robaran protagonismo, en que el motor de su ego no perdiera nunca la capacidad de avasallar. Y nunca la perdía.

La disciplina era patente en la dieta. Alejandro –sólo su nombre basta– se alimentaba fundamentalmente de nueces y galletas macrobióticas, una especie de sultanas de coco de extrema dureza y evidente sequedad. La disciplina no era rota ni en las cenas oficiales en el Real Alcázar, donde sólo ingería las guarniciones de verdura, mandando la carne de vuelta a los corrales de la cocina. Las excepciones se dejaban para las jornadas calificadas como “días en off”, cuando asomaba el Pantagruel que lleva dentro y yantaba huevos fritos y manitas de cerdo.

Amante de la verdura y aficionado a la medicina alternativa, a los consejos de la homeopatía. Tan cierto como que después cultivaba el sibaritismo a la hora del trago largo. Por ejemplo, un buen ron solo con hielo. O la manzanilla especialmente escogida para su caseta. Tenía en su casa, al menos en aquellos tiempos del Amo a Sevilla, todos los artilugios posibles para disfrutar de esos momentos con tan selectos destilados cubanos o tan exquisito caldo de Sanlúcar. Poco dado a la cocina, salvo para hacer platos sencillos como la ensalada de aguacate con langostinos. Toda la habilidad y la destreza que exhibía para el culebreo propio de la política, se tornaba en reconocida torpeza para las labores de bricolaje. Si había que hacer un agujero en la pared, cogía el trompo por la broca para hacer ostentación de incapacidad.

En las relaciones con su cohorte de asesores y aduladores, nunca fue un déspota, sí un radical exquisito, que es una modalidad particular de soberbia. Siempre tuvo memoria para lo bueno y para lo malo. Presumía de un marcado sentido institucional, como todo político con el ego disparado. En una ocasión dio órdenes a los servicios de protocolo para que fueran retiradas las medallas de los concejales al término de la procesión de la Patrona. Los ediles terminaron por rebelarse y llevárselas a su casa. Hay que reconocer que nunca fue aficionado a colocar su nombre en las lápidas de las inauguraciones. Se negó a recoger la medalla de la ciudad concedida por el Pleno en 2009.

Su estilo personalista elevó a su partido a las mayores cotas de poder, pero también lo hundió, entre otras razones, al impedir crecer políticamente a las generaciones posteriores. Los que vinieron a trabajar después de Alejandro sabían que en la calle Castelar estaba una de las sedes oficiales del partido, pero también estaba la otra: la propia casa de Alejandro, convertida en santuario de peregrinación en los años de Alcaldía y en acudidero para quienes aspiraban a hacerse un hueco amparados por la tutela del padre.

Los principales colaboradores han trabajado, comido y hasta jugado al pin pon en su casa, como Antonio Ortega. ¿No recurría Aznar al pádel en la Moncloa? Pues Alejandro fue en eso un precursor con las terapias del pin pon. Sólo los elegidos subían al soberao, la última planta reservada para los encuentros de élite. No pocos santos y cumpleaños se han celebrado en esa casa. Eso sí, jamás hubo excentricidades propias del cateto con posibles. El estilo alejandrino siempre fue discreto. Selecto. De una elegancia austera. Todo lo más, algunas licencias en la vestimenta, en ocasiones con ese aire de lord inglés venido a menos, pero lord al fin y al cabo; con esas corbatas floreadas de principios de los 90, esos zapatos de suela gorda de goma, idóneos para la columna; o esos cuellos altos para estilizar aún más su enjuta figura. ¿Y el chaqué? Dicen que se encargó uno sin forro. Yque los sevillanos siempre le han perdonado estas pequeñas licencias. La sociedad inglesa es permisiva con la nobleza como lo es la sociedad sevillana con quienes considera de la ‘clase’. Cuentan que para Alejandro un moro con dinero es un árabe… Y que es mejor tener entrenador personal (que lo ha tenido) que relacionarse en el gimnasio. Al fin y al cabo fue criado en una familia con todas las comodidades y salía de España cuando pocos se lo podían permitir. ¿Arranca tal vez de ahí su concepto quiritario de la política, ese enfoque patrimonialista de lo público? En su morada de Castelar recordaba a veces a esos hermanos mayores de antes que mangoneaban la cofradía a su antojo y se llevaban los libros, los archivos y hasta las joyas de la virgen a su casa.

Muy atrás queda aquel estudiante de Derecho que vestía como Kennedy, se peinaba como Kennedy y que fue concejal por el tercio familiar. Ya entonces se perfilaba como un liberal, convencido de la necesidad de activar políticas sociales con el dinero de las clases medias. Nunca fue un intelectual, ni falta que le ha hecho. Sus críticos lo tildan de insoportablemente soberbio, hosco y sin sentido del humor, pero le reconocen que luchó por las libertades y contra la dictadura. Quizás sea el producto perfecto de una ciudad como Sevilla, donde a los balcones se le llaman cierros. Ahora suele estar en esa nube que surca los vientos por encima del bien y del mal.

Con Soledad Becerril acabó muy mal en lo personal tras ocho años de convivencia en el gobierno. Testigos hay de que ni se saludan, ni siquiera en el ambiente distendido bajo las lonas de una caseta. Amó tanto a Sevilla que creyó que era suya. Y Sevilla no se casa con nadie. Va de mano en mano. Como la falsa moneda.

El taxi no debe esperar

Carlos Navarro Antolín | 26 de octubre de 2014 a las 5:00

Adolfo Arenas 2
EL movimiento se demuestra en taxi. No hay que viajar a ningún sitio donde no hayan estado antes los romanos, ni a ningún rincón a cuya puerta no pueda llegar un taxi. El taxi es la vara de medir el estado de ánimo de muchos ilustres sevillanos que se mueven por la vida sin carné, en el sentido literal de la expresión: sin carnet de conducir. En un taxi llegó a su casa don Manuel Clavero después de presentar su dimisión como ministro. Yen un taxi se desplazó Juan Ignacio Zoido la mañana siguiente a sacar 20 concejales en las municipales de 2011. El ya estoy yo en mi casa tan socorrido es sustituido en clave local por el ya me está usted pidiendo un taxi si es tan amable. Y eso dijo Adolfo Arenas Castillo una tarde de otoño, cuando mandó el sillón de presidente del Consejo a la furgoneta del tapicero. A partir de ese día convivió con el silencio con que le obsequiaron los adorables compañeros de la institución. En el taxi cabían al menos tres más, justos los tres cargos que lo eran gracias a su dedo, pero ninguno se subió. Yeso que un taxi entre cuatro sale siempre más económico y es una fórmula de viaje mucho más ecológica. Se montó a solas, llegó a su casa y le dieron razón de varias llamadas telefónicas:
–Adolfo han llamado unos señores muy pesados de la Universidad de Pennsylvania porque quieren estudiar tu caso. Te pagan el viaje, la estancia y un abrigo Dustin para el frío. Se han empeñado en comprobar si hay vida más allá de la presidencia del Consejo. Quieren monitorizarte a partir de ahora, evaluar tus constantes vitales y comprobar si respiras bien a pesar del enorme vacío.
El hombre que viaja en taxi se convirtió entonces en el Adolfo Suárez de las cofradías, con un equipo de gobierno que aún perdura y cuya estabilidad recuerda a la UCD de los últimos días. ¿A qué se debió la única dimisión hasta ahora de un presidente del Consejo de Cofradías? A las filtraciones a la prensa de decisiones y planes de la institución y a que sólo aceptó las tutelas justas y precisas de la autoridad, eclesiástica por supuesto. Por no ser títere se cayó del escenario. Una de las tardes previas a la dimisión se presentó en su despacho el canónigo Manuel Soria, indignado con la publicación de las votaciones del pregonero de la Semana Santa, que dejaban entrever vetos soterrados y una apuesta clara por un perfil ortodoxo. “¡Adolfo, Adolfo, tienen que rodar cabezas!” Y Adolfo le dijo, esta vez sin perífrasis: “Pues aquí tienes la mía”.
La del Consejo no ha sido más que otra tribulación en la dilatada trayectoria de este abogado cuya boda presidió nada menos que el cardenal Bueno Monreal. Arenas es un zorro viejo de las cofradías, capaz de estar hablando horas y horas con un discurso trufado de citas bíblicas y mitológicas. Generoso en la oratoria y en las convidás, que algunos del Consejo no han vuelto a comer en Becerrita desde que él dejó la presidencia. Su despacho está en la Campana, agujero de la tormenta en que se ha convertido la Semana Santa. Sus balcones están a tanta altura que representan la metáfora perfecta de su relación con la actual clase cofradiera. Demasiada perífrasis entre tanto adobo.
Llegó unos años tarde a la presidencia del Consejo, cuando la mesocracia de lenguaje políticamente correcto, de las declaraciones de carril y del doblar el espinazo ante la jerarquía política y eclesiástica, se había extendido como una mancha de cera caliente imposible de quitar con papel de estraza. Quería hacer cosas en la ciudad más estática por excelencia. Quería agitar un mundillo cofradiero disipado como una gaseosa abierta. Invitó a Möet-Chandon a quien no merecía más que un tinto Las Meninas.
Hijo de prioste del Gran Poder, fue criado en unos tiempos en los que los principales puestos eran ocupados por personalidades con currículum. En su juventud vivió la Sevilla nocturna en el café Duque, acompañado por un amigo llamado Juan Salas Tornero. Allí alternaba con los músicos de la Banda Municipal que tocaban en el Patio Sevillano, con el limpiabotas y con el lotero que ingería calorías a base de copas de coñac. En la actividad profesional se inició con apenas veinte años años probando fortuna con dos negocios en apariencia contrapuestos: la chatarra y el marisco. Alguna lengua socarrona dice que la chatarra no fue mal, pero que el marisco, más que venderlo, se lo comían. Dejó los hierros viejos y los langostinos cocidos y abrazó por completo la abogacía, incluso con despacho en Marbella en los años de expansión urbanística.
Su bufete está adornado con frases en Latín. Verba volant, scripta manent. Y sus perífrasis lo embadurnan todo mientras habla por teléfono, con sus elevaciones de tono, con un timbre de voz potente, de operadora antigua de teléfono, con el barroquismo verbal de un locutor de Radio Nacional de antes de 1975, con pausas estratégicas para no perder saliva y con rodeos y más rodeos, circunloquios y más circunloquios, pero bien adornados, recreándose en la suerte antes de llegar hasta el final del relato, que para eso el recorrido lo elige el cliente y no el taxista. Adolfo Arenas es tan amante de la solemnidad y de las formas que bien podría haber sido ceremoniero en el Vaticano, para abrir las puertas de la Capilla Sixtina antes del cónclave y mandar salir a todos los que no son cardenales con la clásica exhortación: “¡Extra omnes!”
Galante con las señoras, de la escuela antigua. Por supuesto, siempre de traje y corbata, aunque sea agosto y se encuentre en Sevilla para no faltar en la Capilla de los Negritos a la misa por la festividad de la Virgen de los Ángeles. ¿A la playa? Si hay que ir se va en tren. Si está en la barra con Juan Salas o Balbino de Bernardo y ve a unos amigos sentados en el comedor, comunica al maitre su deseo de pagar el vino de aquellos señores que están allí sentados. Ysi es Protos, mucho mejor.
La verdad es que a cierta edad, con el Café Duque y el despacho de Marbella ya cerrados, con la comodidad de tener cerca el menú de lentejas de La Reja y una parada de taxis bien poblada en Martín Villa, no estaba ya para soportar muchas directrices de curas cuyo único objetivo era apaciguar al pastor. A cierta edad, uno no acepta que le digan quién puede y, sobre todo, quién no puede pronunciar un pregón, menos aún si para eso lo citan a primera hora de la mañana, que eso es una faena para quienes la gráfica del biorritmo se viene arriba a partir del Ángelus. A cierta edad uno puede ser condescendiente con el taxista que fuma o que lleva la radio a toda potencia, pero que le digan que corte cabezas… Ahí fue como Curro Romero, que soltaba cuanto antes las orejas de los toros para no mancharse las manos de sangre.
Ninguno de los suyos se subió en el taxi el día que dimitió. Ni siquiera le preguntaron desde la puerta del Consejo un clásico, un cumplido, mientras se acomodaba en el asiento de atrás sin arrugar en exceso el faldón de la chaqueta:“Adolfo, ¿quieres dinero?” Ni siquiera pudo responderles con la mirada limpia, huérfana de enojo y sin acritud: “No lo quiero yo, lo querrá el taxista…”
Al llegar a casa y bajarse del vehículo se ajustó el abrigo. Para no sentir el frío de Sevilla. Era otoño. Los árboles estaban pelados. A lo lejos se oía el eco del motor de un taxi a la búsqueda de nuevos destinos. Lástima que el Café Duque ya no despache. Los científicos de Pennsylvania pueden por fin confirmar que sí hay vida más allá del Consejo de Cofradías. Un gran paso para la humanidad.
Dicen que cuando arrecian nuevas polémicas cofradieras, se oyen unas risas socarronas, sostenidas y monocordes. ¿Tal vez una psicofonía? Yque se intuye la redondez perfecta de un emoticono feliz.