La hiperactividad hispalense

Carlos Navarro Antolín | 19 de octubre de 2014 a las 18:08

FRANCISCO HERRERO
Agosto bajo. Hotel recoleto de Vistahermosa, en el Puerto de Santa María. Aún no son las diez de la mañana. En el salón del desayuno hay un par de familias, una camarera reponiendo el zumo y un tío soñoliento esperando que el tostador le devuelva la rebanada. Los atuendos son los propios del verano. Al momento irrumpen unos señores bien vestidos, no son huéspedes del hotel. Buscan una mesa para un desayuno de trabajo. La consiguen en el jardín, separados de las familias que apuran plácidamente los días de sol y playa y de los guiris que embadurnan de grasa la primera ingesta del día. A los pocos minutos llegan más personas. Son asesores, se sientan todos juntos y comienza la sesión. La camarera los surte de café y tostadas. Las viandas se acaban, el trabajo sigue hasta casi la hora del aperitivo. Francisco Herrero León (Sevilla, 1942) ha hecho venir a su equipo hasta su lugar de vacaciones para que cuando sea el primero de septiembre todo el mundo conozca ya las coordenadas de trabajo. El objetivo es que el primer día no se pierda más tiempo que el que se tarda en el encendido de los ordenadores.

La clave está en un continuo movimiento, en tirar siempre hacia adelante, en el frenético ajetreo del ¡vamos, vamos, vamos!En no pararse, en mantener siempre la tensión, el zigzagueo del futbolista que espera rematar el córner. Todo lo demás puede ser hasta accesorio, secundario, prescindible. Pero el movimiento es fundamental. La acción es lo primero. ¿Hacia dónde se anda? ¿Hacia dónde se camina? Eso ya se analizará después. El fin es el movimiento. Dicen que Herrero es hiperactivo, capaz de acudir a cinco actos en un día, aunque después se le quede una idea difusa de cada uno de los sitios a los que le ha guiado su frenesí.

Es un fijo de las galerías gráficas hispalenses. Los observadores de la avifauna local nos sabemos todos sus trajes, su esmoquin en la noche de la cena de gala del club de enganches, las gafas de sol para los toros en localidad preferente y los tirantes que exhibe en ocasiones al echarse una mano al bolsillo. Herrero es muy de las Penas de San Vicente, lleva la cofradía en los genes y es nazareno de ruán que mantiene la antigua costumbre de saludar con una leve inclinación de cabeza. Pero también pertenece a la Congregación de los Eternos Invitados a una Boda, que son esos sevillanos que siempre están en perfectas condiciones de asistir a un enlace matrimonial. Ustedes se fijan bien en Paco Herrero, en Javier Arenas o en Antonio Pulido y dan ganas de darles la enhorabuena, con esos trajes, esa camisas monolocolores y esas corbatas ortodoxamente cañetianas, de Cañete, que están listos para hacer el paseíllo como padrinos. Lo mismo da que sea la firma de un convenio, un funeral o una entrega de premios: siempre como recién salidos de los Salones Osiris o del Salón de las Bodas que se organiza anualmente en Fibes. Dan ganas de preguntarles:

–¿Le han tirado mucho arroz a la novia, oiga?

Pues si ustedes ven en tantas fotos a Herrero es por esa envidiada hiperactividad y porque también tiene muy clara la importancia de conjugar el verbo estar al hispalense modo. Parece muy fácil, pero hay gente que no ha entendido esta clave en su vida. ¿Pues no que hubo un arquitecto que contrató a una consultora para que le facilitara eso de entrar en Sevilla? La consultora cobró y el tío aún anda probando las llaves en la cerradura. Herrero tal vez no tenga claro hacia dónde hay que moverse, pero sí dónde hay que estar. Y él está siempre dentro de esa Sevilla por la que muchos se pirran y que otros muchos denuestan. Para Herrero, ser es estar. Y lo hace a la perfección en esos ámbitos de la ciudad tan difíciles como complicados, donde lo importante no es brillar, sino estar; no es hacer cosas sustanciales, sino estar; no son los méritos, ni el currículum, ni la trayectoria profesional, sino estar. El fin es estar. En el palco, en la presidencia de la mesa, en la barrera, en la pomada, en el machito, en la foto, en la cofradía…

Para seguir estando tanto años es fundamental no tener grandes enemigos. Para no tener grandes enemigos conviene molestar lo justo. Si es posible, nada. No pelearse con nadie. Y, por encima de todo, cumplir la regla de oro del código del estar: pasar desapercibido en el terreno corto y lucir de la forma más notable a lo lejos. Que se vea quién está sentado en la presidencia, quién ocupa la localidad más importante, quién en definitiva está donde hay que estar, con esa precisión del buen administrador que siempre ha sido como consignatario de buques.

El entorno puede cambiar, los personajes se pueden jubilar, caer en desgracia o pedir manigueta en La Canina, pero Herrero siempre está, como decían del genio del toreo: unos vienen y otros van, Paco Ojeda (Herrero) siempre está. ¿Y por qué? Por su capacidad de adaptación al hábitat como buen personaje sevillano que ha llegado a ser. Cuentan que esta ciudad está hecha a su medida como un traje de O´Kean. Herrero maneja el santoral con precisión de bordador de oro fino. No se le va un detalle. Un poner:el día de San Carlos Borromeo, correo electrónico breve y cálido a todos los Carlos.

Lo peor que a uno puede ocurrirle con Herrero no es que se olvide de felicitarte la onomástica, sino que tras empezar a contarle una historia te interrumpa y te pida muy cortesmente que la película con la que estás machacándole los oídos se la mandes en un papelito. Es lo que se llama la larga cambiada al herreriano modo. ¡Óle! Es un equivalente a la respuesta del obispo cuando el párroco de pueblo le pide reformas en el tejado del templo porque se llueve, una paguita para el sacristán y permiso para una procesión extraordinaria porque le hace mucha ilusión a los feligreses. “Se estudiará”, dice el prelado rematando con toses de indiferencia. Pues en vez de estudiar, Herrero pega la media verónica que es marca de la casa: el papelito.

Lo mejor que puede ocurrirle con este personaje es disfrutar de su sentido del humor, de su carácter vivo y de sus ocurrencias. No han sido pocos los actos en los que ha intervenido en público y ha comenzado dando las gracias a su hermano Santiago y a Juan Salas Tornero por todo lo aprendido de ellos. A ambos se ha referido en esas ocasiones como sus “hermanos mayores”, cuando Herrero es el mayor de los tres.

Preside la Cámara de Comercio y se ha hecho con el control de Antares, por cuyo foro han pasado muchos empresarios, dirigentes políticos y vendedores de crecepelo de los que hoy ya no quedan más que las cenizas sociales. Es quizás el último mohicano de aquella sociedad emergente de los años de ladrillo y champán. Se mantiene vivo, bien conservado, con ese pelo armoniosamente encanecido. A Herrero le ponen una toga blanca, lo sueltan por Itálica y habría cola de turistas para hacerse una foto con la recreación perfecta del cuñado de Trajano. Es un patricio del siglo XXI al que cualquier día nos lo nombran presidente de la Asociación de Amigos de la Cuchipanda, porque aquel acto al que no acude Paco Herrero es una cita venida a menos, decadente, de medio pelo. Por mucho que usted presuma de tener en su acto al presidente de los empresarios andaluces, la CEA, eso ya no puntúa, porque al señor de Málaga que ahora preside la patronal lo conoce menos gente que a un tal Moreno Bonilla, otro de Málaga que es presidente del PP de toda Andalucía, menos de Sevilla, que se le resiste como la aldea de Astérix y Obélix se resistía a los romanos, por aquello de no salirnos del Imperio. Hoy una cuchipanda que se precie tiene que tener a Paco Herrero, con su ¡vamos, vamos, vamos!, sus saludos a todo quisqui y su cuarto y mitad de largas cambiadas para que los pesados de turno le manden un correíto.

El arte de la distancia

Carlos Navarro Antolín | 12 de octubre de 2014 a las 5:00

SOLEDAD BECERRIL
AQUEL día de la primavera baja de 1999 aguardaba nerviosa en el Alcázar a todo un zorro de la política como Alejandro Rojas-Marcos. Entretenía la espera sacudiendo el polvo de las cortinas del despacho reservado para la Alcaldía en los palacios almohades. En cuanto el andalucista llegó afloraron las tensiones:”¿No irás a pactar con Monteseirín con lo que suda?” Soledad Becerril (Madrid, 1944) creía entonces que repetiría cuatro años más como alcaldesa. Veía muy improbable que los andalucistas se echaran en los brazos del PSOE. “A ver cómo explica Alejandro un pacto con los socialistas cuando vaya por Trifón o Casa Moreno”. Olvidó que en política se tarda un minuto en fabricar un buen argumentario. Con Rojas-Marcos se llevaba muy mal. Hasta dejaron de hablarse. Soledad barajó incluso la posibilidad de gobernar en minoría. Pero Rojas-Marcos recibió a Chaves en su casa aquel mismo día. Exigió la construcción de la Línea 1 del Metro y la Gerencia de Urbanismo a cambio de la Alcaldía. El presidente de la Junta llamó al consejero Vallejo delante del andalucista y le marcó la prioridad del Metropolitano. El pacto estaba sellado. El alcalde sería el hombre que suda, el que había ganado las primarias a Rodríguez de la Borbolla. Becerril reaccionó con un artículo en prensa que algunos interpretaron como un tardío cheque en blanco entregado al PA. El entonces secretario general, Javier Arenas, entró en juego muy tarde: “Hombre, Alejandro, cómo no vamos a hablar tú y yo y tomarnos una cerveza”. Y el andalucista zanjó: “Cerveza cuando quieras, del pacto no hay más que hablar”. A la alcaldesa saliente no le quedó otra que apelar a la honra para justificar el que, cuando menos, fue un error estratégico que privaría al PP de la Alcaldía durante doce años. El día de la toma de posesión en el Salón Colón, recurrió nada menos que al alcalde de Zalamea para salir del paso: “Al Rey, la hacienda y la vida se han de dar, pero el honor… Es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios”. La ambición de Alejandro por el control de las caracolas de la Gerencia generaba en ella temores difíciles de paliar. No quería verse haciendo el paseíllo en los juzgados.

Siempre se ha caracterizado por ser fiel seguidora de las directrices de la Dirección General de Tráfico: la seguridad está en guardar las distancias. Y ella siempre las impone de tal forma que un halo de elitismo envuelve su figura, sellada además muchos años con el celofán del poder. No da nunca excesivas confianzas, como tampoco da besos, menos aún si se trata de un señor con barba. Se limita a acercar la cara. Está en las antípodas del político abrazafarolas. Tanto escrúpulo también lo ha aplicado en la gestión. Jamás se ha venteado una factura a su nombre por comidas o viajes frívolos. Y conocida era su costumbre de ir apagando las luces de las estancias del Ayuntamiento, tanto como el escozor que le producía que las velás de los barrios fueran subvencionadas. No lo entendía, pero tampoco se atrevió a cortar el grifo.

Culta, políglota y rigurosa. Dicen que su elitismo (para algunos puro clasismo) se cultiva en hondas relaciones con destacados miembros de la izquierda ilustrada, hasta el punto de que algún caballero maestrante la conoce por la marquesa roja. Amante de las tertulias con grandes literatos y filósofos, más aún si son en Ronda. Basta un ejemplo:ella fue quien hizo posible que el mexicano Carlos Fuentes pronunciara el pregón taurino de 2003, que el propio escritor nos lo contó por teléfono desde su residencia de Londres. Y conocidas son sus relaciones con pintores de primera fila como Juan Lacomba, Carmen Laffón y Teresa Duclós.

Ese elitismo, ese manejo perfecto de las distancias con un leve barniz de timidez, nunca le ha impedido ser reconocida y hasta vitoreada por la gente de a pie que la sigue reconociendo como alcaldesa, no sólo en Sevilla, sino en Dos Hermanas, Utrera o Marchena. Tal vez en muchos casos sea por la afición del marujerío hispalense por desenrollar la alfombra roja ante personajes con cierto halo aristocrático. En un acto en Fibes la recibieron con alabanzas a su belleza, lo que encendió a una conocida concejal andalucista:“Lo que me faltaba por oír. Que a Soledad la jalearan también por guapa”.

Monteseirín le quitó la Alcaldía en 1999. Cuando en 2000 murió su admirado Jaime García Añoveros, Soledad fue a casa del ex ministro de la UCD a darle el pésame a su familia. Justo cuando salía de aquel portal del barrio de Los Remedios, entraba Monteseirín. Dos señoras comentaron:“Mira, la alcaldesa. Y el que entra… Creo que es Monteseirín”.

Le encantan la música, la ópera, los escritores y, por supuesto, los arquitectos, por los que tiene especial predilección. El edificio de Moneo en el Prado debió ser su gran obra material, pero se quedó en los planos al ser orillada de la Alcaldía. Consiguió, al menos, que Rojas-Marcos no se saliera con la suya y convirtiera todo el Prado en una gran explanada. “Este hombre quiere hacer aquí una gran Plaza de Tiennamen, qué horror, qué horror”. Y gracias a la perseverancia de Soledad se plantaron muchos árboles y se obró el milagro de la sombra.

Nunca fue semanasantera y mucho menos feriante. En sus oídos chirriaban los estrenos que le contaban los hermanos mayores en las visitas matutinas a los templos, pero sí le encantó eso de agasajar a Plácido Domingo y a su mujer en los palcos municipales. Una aficionada al té tiene poco que hacer en la Feria. Las fiestas mayores consumen demasiado tiempo para quien está obsesionada con la formación. Conocidas son sus opiniones sobre el exceso de bares que hay en Sevilla y el riesgo de que España, y en especial Andalucía, quede relegada a ejercer el papel de camarera de Europa.

La vitola de la UCD siempre la ha acompañado. Dicen que ha sabido vender a la perfección su condición de primera ministra de la Democracia, aunque sólo ejerciera como tal un año. Quizás por su orgulloso pasado centrista ha sentido siempre recelo por el sector franquista del PP. Nunca se le ha encuadrado en ninguna familia del partido. Nunca ha perdido su individualidad en una organización tan encorsetada como es un partido político. Por el ‘aparato’ no sentía precisamente simpatía. Si siendo alcaldesa recibió algunas orientaciones estratégicas fueron del exterior, acaso de algún articulista de opinión o de algún escritor, siempre procedentes del progresismo intelectual capaz de relacionarse con los sectores conservadores.

Arenas y ella se han entendido lo justo, nunca se han perdido de vista. Y con Aznar se ha comunicado sin intermediarios. Se le reconoce su decisión de abandonar su acta de diputada cuando logró hacerse con la Alcaldía, sin necesidad de que una ley obligara a no acumular cargos.

No le gustaba nada que sus ediles acudieran a la copa de Navidad que Rojas-marcos ofrecía en su casa de Castelar, santuario de peregrinación del andalucismo en aquellos felices años. Alguno del PP siempre rompía la disciplina y acudía al besamanos alejandrino por las pascuas, al igual que uno la rompió años antes (Manolo García), cuando Fidel Castro acudió al Ayuntamiento el Día de Cuba en la Expo’92. Tal era la tensión en el gobierno de coalición que cuando había que comunicar algo a los socios del PA, encomendaba esta función a alguno de sus jóvenes concejales.

Su sueño incumplido es haber sido la primera reina maga de la Cabalgata. No conocía horarios a la hora de trabajar en el Ayuntamiento, en tiempos aún sin teléfonos móviles, pero con aquellos buscas que pitaban reclamando la atención de concejales a las horas más intempestivas. Su amor por los árboles le llevó a impedir la tala de los Laureles de Indias que hay delante del Banco de España, como el Consejo de Cofradías pedía para ganar terreno para más palcos. No quería a políticos en las empresas, sino a técnicos. Cortaba a las doce las cenas de compromiso. “Señores, nos vamos a ir, ¿verdad?” Las horas de sueño son sagradas, casi tanto como la regla por la que todo caballero debe tener un abrigo azul de cashmere. Y si el asiento del AVE es individual, mucho mejor. Salvo que el viaje sea con Albendea, uno de sus grandes partidarios.

El desdén por el ‘aparato’

Carlos Navarro Antolín | 5 de octubre de 2014 a las 5:00

ALFREDO S. MONTESEIRÍN

Monaguillo antes que alcalde. Siempre se entendió con los curas y siempre ha presumido de honda formación teológica. En una recepción al cofraderío y a las sotanas en la caseta municipal, el ex párroco de Burguillos le pidió mayor cautela en algunas declaraciones para evitar polémicas, algunas irrisorias como cuando instó a los sevillanos a irse a la playa a partir del jueves. El alcalde, que pasaba las horas entre las lonas con un vaso de gaseosa manchado con un chorrito de tinto, se defendía del tirón de oreja del clero. “¡Algo tengo que decir, padre! ¡Es que me preguntan!”

Alfredo Sánchez Monteseirín (La Rinconada, 1957) odia el alcohol casi tanto como gastar. Los años de rey mago como presidente de la Diputación y como alcalde de Sevilla lo han alejado del coste real de la vida, de los pequeños gastos de cada día. Su tiempo en política ha sido el del cuerno de la abundancia. Nadie le podrá discutir su capacidad para inventar proyectos, “hacer cosas”, meterse en líos y tirar para adelante con la última ocurrencia de cada mañana.

El aparato del PSOE sevillano lo elevó a la Alcaldía. Yel aparato del PSOE sevillano le enseñó la puerta de salida. Ni más, ni menos. El aparato lo usó para derribar a Rodríguez de la Borbolla en las primarias de cara a las elecciones de 1999. Y el aparato lo quitó. Decidió apuntarse a la carrera por la Alcaldía estando en Ginebra (Suiza), en un viaje como presidente del Patronato de Turismo de la Diputación. Lo acompañaban Francisco Fernández, jefe de gabinete, y Manuel Marchena, director del patronato. Desde allí telefoneó personalmente a las agrupaciones de la capital y pulsó una gran mayoría de apoyos.

La Diputación fue su trampolín para darse a conocer de cara a las elecciones. Hasta se dejó fotografiar en bañador en Aquapark para ganar popularidad frente a los pesos pesados a los que debía enfrentarse en las urnas: Soledad Becerril y Alejandro Rojas-Marcos. Yprocuraba caer bien a los chicos de la prensa, a los que si después de una entrevista profesional tenía que remitir un material complementario, adjuntaba una fotocopia de la página del diccionario con el significado de la palabra simpatía. Halagador…
Su gran oportunidad política perdida fue cuando no quiso pelear por la secretaría general del PSOE sevillano en 2004, pese a que contaba con el apoyo de Manuel Chaves, deseoso de borrar la figura de José Caballos del organigrama del partido. “Ser alcalde y secretario general es la bomba atómica”, confesaba en privado aquellos días. Siempre vio en la figura de un secretario general a alguien dispuesto a mancharse las manos de sangre. José Antonio Viera, político gris donde los haya, se hizo con el cargo por 50 votos de diferencia contra Caballos. Ese día comenzó la cuesta abajo de Monteseirín y la cuesta arriba de una chica llamada Susana Díaz.
Si en el fútbol siempre ganan los alemanes, en política siempre ganan los aparatos, esas estructuras que son la sombra de las instituciones, el señor negruzco y antipático que siempre acompaña al alcalde, diputado o senador para recordarle sus orígenes y sus deudas, como el auriga recordaba a César su mortalidad mientras oía el clamor de la multitud que vitoreaba su última victoria. Chaves le ofreció al entonces alcalde el control del aparato del PSOE sevillano. Y Alfredo, ay, lo despreció. Siempre sintió desdén por aquellos que se pasaban el día en la sede del partido o en sus bares adyacentes criticando “a los que construimos”. A esos que se reúnen para comer como pretexto para luego “tomar copas” y “seguir largando de los que construimos”. Pero el aparato siempre está en los últimos cincuenta metros de la carrera de todo político. Monteseirín –ingenuo él– creyó que por el solo hecho de ser alcalde, el aparato se rendiría a sus plantas. Y aquel aparato –Viera y sus chicos– le hizo la vida imposible durante aquel tercer y último mandato en el que, para colmo, sufría ya los desgastes propios del paso del tiempo. Las polémicas arreciaban tanto como sus críticas a los medios de comunicación, a los que siempre acusaba de “no hacer ciudad”. Yhasta en ocasiones vio “fascistas” donde sólo había quienes ejercían la crítica o la fiscalización del poder.

El mismo desdén que mostró por el aparato también lo tuvo por su imagen personal. Prefería ser “auténtico” a tener un estilo impostado. No le importaron ni las gafas, ni coger kilos, ni la ropa. Pero a sus colaboradores, sí. La concejal Rosamar Prieto-Castro propuso un año que se le regalara un traje azul por su cumpleaños. Yse le regaló el traje por unanimidad.
Siempre ha odiado el calor de Sevilla. Monteseirín suda a la mínima. Ymucho. Sus asesores han sido los pingüinos del poder municipal por la de frío que han soportado en las dependencias de la Alcaldía con la refrigeración al máximo. Monteseirín es como ese cuñado que se quita la chaqueta en la boda cuando aún no han servido el consomé de primero. No espera ni la contessa del postre y ya está el tío con los tirantes al aire preguntando cuándo empieza el chimpún.

Es un orgulloso hijo de su padre, maestro que fue en Los Escolapios, donde hoy se encuentra la sede de Emasesa. Su padre y el PSOE han marcado su vida. El PSOE ha sido su obsesión. No conoce otra afición que la política. Ningún hobbie. Vivió en directo el PSOE potente, poderoso y arrollador en las elecciones. Vivió la Diputación Provincial de los grandes presupuestos, con más fuerza inversora en sus años de presidente que la de Vizcaya o Barcelona, y vivió un Ayuntamiento de Sevilla con una Gerencia de Urbanismo donde no había manos para ordenar tantos millones que entraban por la vía de los convenios. Al Ayuntamiento llegó ya con las oposiciones aprobadas al cuerpo de inspectores del Estado, una recomendación que siempre repetía a sus colaboradores: hacer oposiciones.
Monteseirín es de una austeridad supina. Hay quien dice que es el típico sevillano que nunca invita a un café o que siempre lleva el billete grande para no pagar con la excusa de no dejar sin cambio al camarero. También es un gran despistado. Pierde los teléfonos, los relojes y los bolígrafos. A quien nunca ha perdido es a su leal Manuel Marchena, su brazo ejecutor.

Jamás olvidará momentos tensos como alcalde. El primero, cuando trascendieron sus deudas por los sellitos del coche y de los recibos de la contribución urbana impagados. Aquello lo descolocó en las primeras curvas del mandato. Otro mal trago fue cuando firmó la defenestración de su delegado de Hacienda, Carmelo Gómez. Monteseirín estaba convencido de que la agrupación Macarena era un nido que había que desarmar. El tiempo no le quitó la razón. Y el tercero fue cuando a petición de Caballos le dio salida (¿Se dice así?) a Susana Díaz, que pasó de manejar presupuesto en el Ayuntamiento a la bulla del Congreso de los Diputados.

Se tomó la construcción de las setas como el examen final de sus doce años de alcalde tras presumir de aprobado en los exámenes parciales de la peatonalización de la Avenida, los pasos soterrados o el tranvía. El urbanismo era su parcela favorita. Como no podía cambiar la mentalidad de los sevillanos, siempre quiso cambiar la ciudad por la vía del urbanismo.

Intentó que Alfonso Rodríguez Gómez de Celis fuera su delfín. Se lo llevó a Madrid para pedir el apoyo de José Blanco, secretario de Organización del PSOE. Los dos salieron del despacho creyendo que el comité federal avalaba la figura de Celis y la fusión de las once agrupaciones del PSOE sevillano en una sola para no depender de los pueblos, una reforma pendiente en los estatutos del PSOE. Monteseirín, Celis y Marchena brindaron aquel día con champán Mumm en un restaurante de ópera junto al Senado. Pero ni Celis fue siquiera candidato a alcalde, ni Monteseirín tuvo el retiro soñado. Todo lo que era sólido, dejó de serlo. Sin embargo, la figura de Monteseirín, que acabó marcada por escándalos y desfases presupuestarios, se recupera cada día. Sólo hay que verle pasear ahora por las calles del centro. El tiempo juega a su favor tanto como la fragilidad de la memoria colectiva. Ysiempre tiene la ventaja de que la gaseosa no deja resaca. Sólo gases.

El ciprés andaluz

Carlos Navarro Antolín | 28 de septiembre de 2014 a las 5:00

JAVIER ARENAS
NO es un señorito andaluz. Nunca lo ha sido. La verdad hay que decirla siempre, aunque sea a contracorriente de los hechos considerados probados. Javier Arenas (Sevilla, 1957) es preso de la foto del betunero del Palace, pero ni tiene apellidos de señorito, ni viste como un señorito, ni tiene hábitos de señorito. Los señoritos nunca llevarían esas camisas blancas de perenne invitado de boda. Nunca ha ido de monterías ni ha pasado fines de semana en las casas de campo de esos señores del empresariado andaluz que son como los moros de Queipo en la Puerta del Príncipe, en el Rastrillo o en la cena de los enganches en las vísperas de Feria. Siempre los mismos. Hasta sus enemigos del PP reconocen la injusticia de ese estigma, hábilmente labrado por los rivales del PSOE. Una mala fama alimentada también por la distancia que siempre ha mantenido con la ciudad de Sevilla, su gran lastre en todos los sentidos, que ha visto altanería y distanciamiento donde tal vez había simple timidez. Arenas tiene miedo a la Sevilla Eterna, nunca se ha sentido a gusto en ella. En el corto trayecto del coche blindado, aparcado junto al Oriza, hasta la puerta de la sede regional de la calle San Fernando ha podido sufrir las malas caras de muchos viandantes que no eran precisamente del 15-M.
Arenas cae mal en Sevilla. Sevilla y Arenas son la historia de un desencuentro. Quizás porque todo el que se esconde termina por generar desconfianza. YSevilla, como el can callejero, olisquea rápido los miedos y se comporta con la crueldad de los niños. A los pocos sitios que frecuenta acude siempre arropado, protegido, camuflado entre el séquito que siempre envuelve al poder establecido, por esa cuadrilla que con su sola presencia va voceando la timidez del matador. Manolo García siempre lo escolta en la Macarena para quitarle el frío del atrio. YCurro Romero y Carmen Tello, en los actos sociales muy contados o en cenas muy reducidas. Muy atrás quedan aquellas noches felices en el reservado del Espigón de Felipe II o los mediodías sabatinos del Portarrosa, tras bajarse del AVE procedente de Madrid como ministro andaluz de turno. Y, ay, aquellos cumpleaños en la preciosa Olvera con el tito Colunga. Amigos pocos, porque la política no es tierra de cultivo para las amistades. El roce en política no hace el cariño, sino la UTE. Distinto es que Arenas sea maestro en hacer como si fuéramos amigos, porque los dos sabemos que no lo somos, porque ya se sabe que cuando dos gitanos hablan es la mentira inocente: se engañan, pero no mienten. El problema en todo caso es de quien ignora las reglas de la política. Yen el PP andaluz el autor del manual de instrucciones se llama Javier Arenas.
Arenas cae mal en Sevilla, regular en Cádiz y Huelva y sus adeptos se disparan en todas las demás provincias, sobre todo en esa Almería que siempre le ha dado el calor que le ha negado Sevilla, donde –baste un clamoroso ejemplo– nunca ha pisado los palcos de Semana Santa desde que dejó de ser aquel concejal combativo de abundante mata de pelo. Arenas y Sevilla recelan el uno del otro. No se han entendido nunca. No se han perdido de vista como ciclistas a un kilómetro de la meta. Pero en el sprint final, Sevilla siempre, siempre, ha dejado a Arenas atrás, como en la antítesis perfecta de la madeja que es la heráldica de la ciudad.
Es un sacerdote de la política. No conoce otra actividad. Vive por y para la política, con todas sus consecuencias. Su gran hijo político, el gaditano Antonio Sanz, es el único que ha sabido estar siempre a la altura de su vertiginoso ritmo de trabajo (o de intrigas y maniobras, según las épocas). Sanz le aguanta hasta las bromas desde el atril del mitin, siempre aplaudidas por el veterano Juan Manuel Albendea.
–Antonio, estás más delgado.
La velocidad a la que vive es tal que los hábitos propios de cualquier mortal quedan orillados. Para algunos es una tradición encontrarse con Arenas comprando regalos en los grandes almacenes la misma tarde del 5 de enero. O a deshoras en los Opencor. Su consagración a la vida pública, en cambio, no suele aprovecharla para altas relaciones, como sí han hecho otros que también han tenido alcoba y despacho en la Moncloa. Muy raro ha sido ver a Arenas alternando con banqueros o trabajándose su futuro en la empresa privada, quizás porque su porvenir sólo lo ve ligado a la calle Génova, donde todavía –nunca se olvide– se sienta a la izquierda del Padre Rajoy, por mucho que haya acumulado tres derrotas y haya libado del amargo cáliz de la victoria sin mayoría absoluta en Andalucía.
Buena parte del éxito de Arenas en Madrid radica en su innegable capacidad negociadora (con los sindicatos en el Ministerio de Trabajo, con un bisoño Zapatero para firmar el Pacto por la Justicia o con el socialista Alfonso Perales para sacar adelante el Estatuto Andaluz), en representar el gracejo andaluz (siempre resultó un chico muy simpático para Ana Botella) y en ser el único, absoluto e incontestable referente del sur. Su identificación con el PP andaluz eclipsa a todos los sucesores. Arenas es el ciprés cuya sombra no deja margen de brillo para otras especies. Todos los dirigentes públicos del centro-derecha andaluz se han criado en sus pechos, lo admiran, mimetizan su estilo, con esa inconfundible repetición de la frase final; arquean la ceja izquierda para subrayar una idea, y abrazan con las dos manos a su interlocutor para ganar en proximidad. Llega a ser insoportable la falta de originalidad de algunos cargos públicos y cómo han interiorizado el estilo de Arenas a base de no tener otro ejemplo y guía durante lustros. Hay que rebuscar entre la vieja guardia pepera para hallar estilos y oratorias no contaminadas por Javié, como lo llaman cuando es ministro, para volver a ser el Arenas cuando se trata de censurar alguna de sus andanzas. Hay dos narrativas de los peperos en época de tam-tam electoral, dos formas de referirse al jefe según haya ido la tómbola de las listas.
–El Arenas me llamó el sábado por la tarde para decirme que iba en la lista más atrasado que los cojones [sic] de un galgo. Y encima me suelta que ya me buscará algo si la cosa va bien en las generales y las autonómicas…
Ydespués está la versión del que ha encontrado la tierra prometida, del que ha sido bendecido por una luz cegadora.
–Javié ya me ha llamado desde Antares para asegurarme que voy en puesto de salida. Me ha dicho que me quede muy tranquilo.
La afición a seguir maquinando los domingos suele ir acompañada de la definición de animal político. El sacrificio del fin de semana también tiene su recompensa con los treinta segundos en los telediarios nacionales. Arenas, como el socialista Gaspar Zarrías en sus buenos tiempos, se ha sentado a comer con miles de familias el día de precepto, con esa cazadora azul de Ralph Lauren con la cremallera cerrada levemente, dejando ver la camisa preferentemente alba.
Entre sus espinas están Carlos Rosado, de los tiempos del PDP, Manuel Pimentel, aquel ministro que dio el portazo un sábado, y Luis Miguel Martín Rubio, que fue presidente de Agesa y vicepresidente de Cajasur tras la debacle municipal de Soledad Becerril. Tres apuestas que no le salieron como el campeón esperaba. Dicen que la cuarta puede ser, o lo es ya, Juan Ignacio Zoido, simplemente “Juanito” en los tiempos de compartir pensión completa y acabar los almuerzos con un dedito de Cardhu en vaso bajo, por favor.

El tesorero de Dios

Carlos Navarro Antolín | 21 de septiembre de 2014 a las 5:00

CURA MIGUEL CASTILLEJO
DE tanto decir amén la misa no sale bien. Lo ha tenido muy claro este sacerdote que siempre ha ido más allá del altar y el coro, ajeno al qué dirán por las amistades peligrosas y que ha navegado con soltura por las aguas del poder económico y su pariente más próximo: el poder político. Miguel Castillejo Gorráiz (Fuente Obejuna, 1930) se ha hartado de dar créditos como presidente de Cajasur, se ha hartado de colocar en plantilla a familiares de curas y amigos y se ha hartado de poner dinero para causas sociales, benéficas y de conservación del patrimonio, pero también para la revitalización del sector industrial en Córdoba (la naranja, los cárnicos, el cobre, el mueble). Su problema, quizás, fue verse superado por los tiempos. La sociedad, y con ella la Iglesia, pasaron página en muchos usos y costumbres que dejaron al cura Castillejo convertido en una silueta en blanco y negro. Su estilo como presbítero estaba más ligado a Pío XII que a Juan Pablo II, con formas majestuosas de celebración y con homilías en un tono más propio de tribunal de tesis doctoral que de púlpito para llegar a todas las capas de la grey. Sus obsequios a políticos y grandes clientes de la entidad dibujaban un perfil dadivoso que no encajaba en la condición de clérigo. Hoy ni siquiera encajaría en la de presidente de una entidad financiera en una España en la que toda familia tiene uno o más miembros en el paro. Aplicaba a la perfección el viejo dicho:Al amigo, todo. Al enemigo, nada. Y al indiferente, la legislación vigente. Si el amigo le pedía veinte libros, aparecía un mensajero con dos cajas de veinte cada una.
“Espero no perder aquí la fe”, susurró un alto directivo a los pocos meses de estar en los despachos de Cajasur. Don Miguel cultivaba el buen yantar. En una primera etapa, si el cliente que había sido recibido sobre la hora del Ángelus era un VIP, el mismo don Miguel lo invitaba a almorzar a la recoleta sucursal de El Caballo Rojo. Si no era VIP, lo hacía un directivo. En una etapa posterior, las comidas fueron casi siempre en su despacho, en una mesa noble que sólo era cubierta parcialmente con manteles individuales. El camarero, de batín blanco, servía aperitivos de chacinas y un menú de tres platos: crema de verduras, un pescado y una carne. Todo rematado con postres y café. Y al término de cualquier reunión con don Miguel, se podía salir por donde se había entrado o por una puerta trasera. Ironía del destino, presagio de la arquitectura, la presidencia siempre tenía conexión directa con la calle.
Este tesorero de Dios vio a los indios cercando el fuerte de Cajasur cuando el atentado del 11-M desalojó al PP de la Moncloa. En su despacho le preguntaron: “¿Qué va a ser de Cajasur, don Miguel? Tenemos a Magdalena [Álvarez] cada día más encima y ahora…”Y Castillejo comenzó una larga respuesta que empezaba en 1864 con la narración de la fundación de aquel Monte de Piedad donde Cajasur tenía sus raíces. Y siempre, siempre, hablaba en primera persona del plural, aun refiriéndose a tiempos en los que él ni siquiera había nacido. Lo mejor fue el final, con don Miguel de visionario: “…Yen el año 2235 habrá un canónigo de Córdoba que estudiará nuestros legajos. La Junta de Andalucía no existirá. Pero la Iglesia, sí. Yla Caja será otra vez de la Iglesia”.
En los peores tiempos de confrontación con la Junta de Andalucía, don Miguel siempre encontró consuelo en el hombro del cardenal Amigo. Poca gente sabía que el presidente de Cajasur pasaba temporadas hospedado en el Palacio Arzobispal de Sevilla, en una suerte de retiro lejos de los focos. El cardenal siempre lo tuvo en alta estima. El dadivoso don Miguel pagó la millonaria restauración de una veintena de campanas de la Giralda que hubo que trasladar a un taller especializado en Alemania, como pagaba no pocas obras para la conservación de bienes inmuebles de la diócesis hispalense. Fue distinguido por el Cabildo hispalense, cómo no, con el título de canónigo honorario. Días antes de las grandes celebraciones, alguien se encargaba de telefonear a la Catedral de Sevilla para rogar que don Miguel fuera sentado “junto a los obispos”. Y siempre se le explicaba al intermediario que si don Miguel quería destacar, era mucho mejor que fuera sentado como canónigo honorario, porque entre las decenas de obispos con mitra quedaría eclipsado. Este canónigo penitenciario de la Catedral de Córdoba –un puesto que ganó con todo mérito por oposición– siempre se ha quedado con la pena de no ser obispo, pese a que ha mandado mucho más que la gran mayoría de obispos y hasta envió a paseo a cierto prelado de Córdoba con el aval de Roma. En la Ciudad Eterna se solía hospedar con su estado mayor en la distinguida Hostería del Sol. En octubre de 2003, en la celebración del cardenalato de monseñor Amigo en el Colegio Español de Roma, se pensó dos veces si concelebrar o no la eucaristía dada la gran cantidad de presbíteros. La bulla nunca fue de su agrado. En ellla se destaca menos.
Acostumbrado a mandar, a saltarse las comisiones de evaluación de riesgo para dar créditos a quien consideraba oportuno, a la tapicería de los Audi y a la fría compañía de los escoltas, no faltaba a la cena de inauguración de la caseta de Cajasur en la Feria de Córdoba, una caseta con las dimensiones de un estadio. Un año se produjo una situación esperpéntica. El concesionario de la caseta, al que se le había pedido algún espectáculo especial para esa primera noche, contrató a bailarinas para animar los postres. Un cañón de niebla fría se activó para anunciar la salida de las señoritas, ataviadas como gogós, de las que se adivinaban entre el humo los destellos de las lentejuelas de los bikinis. Don Miguel y los canónigos del consejo de administración pusieron cara de circunstancias, algunos se levantaron, pero todos aguantaron con templanza ante la rápida intervención de algunos directivos con ganas de correr a gorrazos al concesionario en presencia de cientos de trabajadores con sus familias.
–¡Por favor, sáquelas de aquí! ¡Y mientras eche más niebla, más niebla, que se vean lo menos posible! ¡Déle, déle al cañón!
Cómo no recordar las largas colas el día de San Miguel para felicitar al presidente en una ceremonia propia del salón del trono. Ola cena de cada verano en Marbella con decenas de profesionales de la caja. Don Miguel lucía igual el bonete en las celebraciones litúrgicas que el traje y la corbata para entenderse con socialistas y comunistas la mar de bien en ese estilo que alguien bautizó como la “hipocresía institucional”.
Se hizo con el precioso Palacio de Viana para el patrimonio de la caja de ahorros, convertido en un Castelgandolfo particular, donde recibir a las visitas más especiales entre los destellos de suntuosas vajillas envitrinadas. En los reposabrazos de aquellos sillones descansaban unas manos con dedos tan gruesos como morcones. “¡Don Carlos es un cardenal propio del Renacimiento!”, le dijo al periodista sevillano en una entrevista. A su término, llamó a solas al responsable de prensa de Cajasur, al que cuchicheó instrucciones.
–Don Miguel quiere que te dé un paseo en coche por Córdoba y te invite a merendar antes de que cojas el AVE de regreso.
Hoy preside la fundación que lleva su nombre. Se comunica por correo electrónico con viejas amistades y antiguos colaboradores, sobre todo para felicitarles la onomástica con puntualidad y enviar algunos libros de regalo con dedicatoria: “Espero que te guste”.
Don Miguel ha salido limpio de las desagradables cuitas que dejó la muerte de la caja, cuyo cadáver envolvió cual José de Arimatea un cura que hoy es obispo auxiliar de Sevilla: Santiago Gómez Sierra. Don Miguel no ha sufrido ni un roce. Y algunos de sus enemigos entran y salen hoy de los juzgados entre alcachofas de la prensa. Su mayor problema fue que no supo irse a tiempo, que no aceptó la llegada de la jubilación. Pero nadie puede discutirle que recibió una caja de zapatos que convirtió en una de las grandes cajas de ahorro de España. Al final, técnicamente, lo echó la Iglesia al reformar el estatuto del Cabildo. Y no el PSOE. Siempre te echan los tuyos. Los adorables compañeros de canonjía. De altar y coro. Y ahora es el tesorero emérito de Dios, viendo en el telediario cómo se sientan en el banquillo algunos de sus viejos conocidos.

Una dama en el PSOE

Carlos Navarro Antolín | 14 de septiembre de 2014 a las 5:00

ROSAMAR PRIETO
En los entierros se conoce gente. Sobre todo en una ciudad que acentúa el componente social de todo encuentro y donde se publican hasta pobladas galerías de rostros a la salida y entrada de los sepelios. En un entierro conocí a Rosamar Prieto-Castro, en el romántico cementerio de San Fernando, donde están empadronados en horizontal esa gran cantidad de sevillanos que nunca te dan una puñalá, que el yuyu lo provocan siempre los vivos. Los muertos no molestan nunca en su soledad becqueriana. Rosamar Prieto-Castro es una granadina del 47 que vive en Sevilla con el alma puesta en la almeriense Garrucha, la población que tiene musiquilla de administración de lotería premiada en el Sorteo de Navidad. “El segundo premio ha sido vendido en la tres de Tarrasa, la uno de Sabadell, la cinco, 24 y 47 de Madrid y la dos de Garrucha”. Ea, premio repartido.

–¿Te ha tocado, Rosamar?
–Nada, prenda.

A Rosamar la sacaron un día del Consejo Económico y Social de Andalucía, donde estaba más a gusto que un arbusto antes de ser podado por Zoido, para colocarla en el potro de tortura del Ayuntamiento tras haber sido gobernadora civil de Huelva y jefa de gabinete de una delegada del Gobierno en Andalucía llamada Amparo Rubiales. Pertenece a la jet del PSOE de los grandes años, aquel partido centrado que logró el voto de tantísima gente de derechas y al que nunca se le ocurrían majaderías como suspender el concordato con la Iglesia, un mérito debido a Manuel Benigno García Vázquez, el capellán del partido del puño y la rosa que daba clases de Religión en el San Francisco de Paula y que instruyó a Felipe en el respeto a la Iglesia, “una institución en la que se puede creer o no, pero que asegura un orden en valores. Y a todo gobernante le interesa mucho una sociedad en orden”. Una de las virtudes de Rosamar es que todos la sitúan en la acera de enfrente. Para la gente de derechas, de aperitivo dominical y tres vueltas del collar de perlas, Rosamar es la oveja descarriada del rebaño. Para su correligionarios, esos siempre adorables compañeros de partido, Rosamar es el ala conservadora, la que se entiende con empresarios, curas y cofrades.

A punto estuvo de ser alcaldesa interina de la ciudad en el tardoalfredismo de obras faraónicas pasadas de frenada en el presupuesto. Un Lunes Santo acudió a los palcos de la Plaza de San Francisco una chica llamada Susana Díaz, por aquel entonces secretaria general del partido en Andalucía. Hizo maripandi con ella en las sillas de Quidiello. Susana le susurró al oído que se pusiera el chándal y calentara la banda porque todo estaba preparado para relevar a Monteseirín un año antes del final del mandato. Rosamar se puso nerviosa varios meses, emergió ese genio que lleva dentro semejante figura y algunos hasta padecimos tirones de orejas de los que dejan colorado el lóbulo. Alfredo no se quiso marchar sin la seguridad de un nuevo destino bajo el ala protectora del partido y hubo concejales que no estaban dispuestos a que no se respetara el sacrosanto orden de la lista electoral. Entre unos y otros, y con el partido desangrándose en los nefastos últimos años de ZP, se esfumó la posibilidad de que toda una señora ocupara el mullido sillón de la Alcaldía.

El mayor mérito de Rosamar no es haber hecho una oposición antes de desembarcar en la política para tener siempre los garbanzos (de Escacena) asegurados. Ni siquiera haberle correspondido en suerte la lidia de la Delegación de Fiestas Mayores con unas cofradías que acabaron despidiéndola con una ovación cerrada en el Teatro de la Maestranza, que ya se sabe el cariño infinito que esta ciudad le ofrece a quien se marcha para ponérselo imposible al que llega. Su mayor mérito es haber sobrevivido a los homenajes, sobre todo porque a Rosamar, escrito sea con trazo grueso, le organizaron un bonito homenaje sus enemigos, que así son los verdaderos homenajes, que las cosas hay que hacerlas bien, como Dios manda. Quien no alimenta bien al canario enemigo con su ración de alpiste cada mañana ya sabe que se queda sin homenaje al final de sus días laborales. Un homenaje sin enemigos ni es homenaje ni es ná. Aquel canapé fue una de las ceremonias que evidencian el Maquiavelo que el sevillano lleva dentro. “Mira, ha venido aquella de allí. Y eso que nunca me ha podido ni ver”. Y Rosamar pega el pase de la firma con esos cuatro golpes de risa monocorde separadas por leves pausas profundas, muy profundas: “Ja, ja ja, ja”. “Y aquel otro… Con lo que se movió para que yo no fuera alcaldesa”. Y otra vez: “Ja, ja, ja, ja”. Cuando sí le salió la mejor sonrisa fue al llegar su admirado Manolo Chaves. Ay, aquellas tardes de domingo en el cine junto a Chaves y Griñán, rematadas en los veladores del Antonio Romero de la calle Antonia Díaz. Aquellas tardes no volverán…
Un día de Feria la invitaron a la caseta del gremio de los notarios de la calle Juan Belmonte. Como es de vista larga y retrovisores bien reglados, se dio cuenta de que alguna, pasada ya de trago largo y con los lunares caídos, la recibió con cuchicheos de censura. “¿Quién ha traído aquí a una roja?” Y Rosamar, que se hizo la sorda, templó la escena para no incomodar a sus anfitriones: “Esa muchacha no conducirá ahora, ¿no?” Y se puso a narrar sus vivencias en la caseta de los notarios del Prado de San Sebastián, en la que era una de las pocas mujeres que entraba por razones familiares en los años del Nodo. En el haber de esta señora figura que siempre se ha movido con facilidad en territorios aparentemente hostiles y ha sido una gran defensora de los derechos de la mujer sin necesidad de carnés o etiquetas especiales. Por sus obras la conoceréis. Y por la alta y fina joyería que ha lucido los Jueves Santos de mantilla en los oficios, que pasarán varias corporaciones antes de que se vuelvan a ver en los palcos municipales oros y gemas antiguos.

Una noche asistió a una tertulia como delegada de Fiestas Mayores a la entrega de un premio al catedrático Manuel Marchena, entonces consejero delegado de Emasesa. Todos los asistentes acudieron de rigurosa chaqueta y corbata, en un restaurante de maitre elegante y mantel gordo. Sentados ya y con la servilleta de tela planchada sobre las piernas, a Marchena le preguntaron al oído:

–Manolo, ¿de esta reunión quién vota el PSOE?
–Los camareros, yo… Y creo que Rosamar.

Ave nocturna sin complejos que no camufla sus aficiones ni sus ganas de vivir. La vida le ha puesto en su camino baches en los que a otros se les hubieran reventado los neumáticos. Es una suerte de ciudadana coraje a la que el trianero Rosco regaló un crucifijo del Cachorro cuando más lo necesitaba: “Jefa, aquí tienes al único Dios verdadero”. Y aquel crucificado expirante comenzó a lucir en la Dirección General de Comercio de la Junta y después en los despachos que ocupó en el Ayuntamiento.

Carente de complejos y libre de poses convencionales, un día que presidía un almuerzo profesional pidió la carta de postres en un restaurante con vistas a la Torre del Oro, se puso las gafas para leer con detenimiento, pasaron varios minutos, toda la mesa quedó expectante y cuando volvió el maitre con la libretilla para tomar nota, no se cortó un pelo: “Estos postres deben estar riquísimos, pero las calorías que llevan me las va a sustituir usted por una copita de ron con coca-cola”. Y, cómo no, hubo pase de la firma: “Ja, ja, ja. ¿Vosotros nos animáis, prendas? ¿O queréis un tiramisú de cerezas?”