Un icono de la radio

Carlos Navarro Antolín | 10 de julio de 2016 a las 5:00

Charo Padilla (1)
LA imagen de un pueblo la construyen sus narradores, la enaltecen los poetas, la distorsionan sus tópicos y la destrozan los resentidos. Se puede usted quedar con la Sevilla de postal, como iba a hacer hoy Obama, o recrear la que relatan los viajeros franceses del XIX. Con las fiestas del pueblo, con sus señas de identidad, ocurre exactamente lo mismo. Se puede usted limitar a la Semana Santa chabacanizada, fagocitada por los movimientos del neocostalerismo, donde Dios es la coartada y hasta se graban los ensayos de pasos sin vírgenes, o dejarse llevar por los momentos de emoción interior y de autenticidad a prueba de esnobismos. La elección es libre. La Semana Santa tiene manos que la cuidan y hacen posible, como las de Manuel Palomino. Tiene escritores que la acariciaron en el pasado, como Peyré. O incluso que la desnudaron como Núñez de Herrera.

La Semana Santa tiene hoy sevillanos que la retratan con amor como Martín Cartaya, el último mohicano de la Leica, fogonazo, abrigo azul, cuello cerrado y siempre en la posición idónea para mirar sin ser visto, para disparar sin ser oído. Y tiene reporteros capitalinos de tres minutos de telediario que equivocan los rótulos y sacan con la alcachofa estereotipos ceceantes para ahondar en la vieja e injusta vinculación de la religiosidad popular con el bajo nivel cultural. La Semana Santa, quizás como el periodismo en general, está necesitada de profesionales que la sepa tratar a pie de calle sin edulcorantes, que hagan crónicas en vez de pláticas, que sepan emplear el bisturí imprescindible para diseccionar lo cutre de lo auténtico, lo nuevo y pasajero de lo que siempre permanece, lo popular de lo chabacano, la elegancia que conocieron varias generaciones de lo fabricado hace un cuarto de hora.

Si la Semana Santa, la ciudad misma, tiene manos, fotógrafos y escritores, también tiene voces. Se llama Rosario Padilla de la Hoyuela (Sevilla, 1962) y es conocida como Charopadilla, dicho todo junto, de una sola chicotá y pararse ahí. Para muchos, muchísimos, es la voz de la Semana Santa, la profesional que tiene ese bisturí tan necesario en tiempos de cochambre y misticismo. Muchos, muchísimos, no entendemos la retransmisión de la salida del Cerro sin su trabajo, por esa capacidad para escrutar el público de las primeras filas, el de las vecinas de toda la vida que esperan a la Virgen de los Dolores, y tener claro en unos instantes quién es la que da juego por antena, cuál es la que tendrá capacidad para expresar con su testimonio la vida, el torrente de emociones, la alegría de terciopelo burdeos, que brota en esa calle Afán de Ribera cada mañana de Martes Santo, alicatados de las casas, comercios de toda la vida mezclados con los chinos de nueva hornada, júbilo en la barra de Los Balcones, eco de tambores que se pierden en el océano de asfalto de Ramón y Cajal, Paquili hecho un puro nervio, Adolfo el ginecólogo ajustándose la capa…

Oficio se llama el saber escoger el testimonio adecuado sin incurrir en el papafritismo, sin dejar jamás en evidencia a la entrevistada, sino, muy al contrario, convertirla en ejemplo de esa popularidad elegante sin la cual no se entiende la fiesta más hermosa de la ciudad, el día más bonito del barrio… Charo no entrevista los Martes Santos. Confiesa a las vecinas cada Martes Santo, que no es lo mismo. Y ellas le cuentan a toda Andalucía, por la celosía de confesionario que es su micrófono, cómo ha sido el año vivido. La nieta que se estrena, el hermano que falta, la deuda que por fin se tapó, la tristeza de las Navidades, la playa que pudieron disfrutar gracias a las excursiones de la parroquia, la manita que tiene que echar de nuevo la Virgen por un problemilla de salud que tiene un ahijado, el empleo que falta a un sobrino… Periodismo, reporterismo. Llámenlo como quieran. Su voz está ligada a la mejor Semana Santa, a la más auténtica por más popular, alejada de la oficialidad, el compadreo, el frikismo, las modas con caducidad, el almíbar y el elitismo de cabildo.

Carlos Herrera la llamaba ‘Sharon’ Padilla cuando trabajaban juntos a principios de los noventa, cuando la Stone estaba en pleno apogeo por Instinto básico. A Herrera se le pregunta por ella en un café en la barra del Candelaria, mientras Carmen Laffón sueña paisajes sanluqueños en el velador de al lado, y responde con la brevedad y contundencia casi de un tuit: “Charo es seria, pero no aburrida. Metódica, pero no cuadriculada. Cariñosa, pero no empalagosa. Y tiene un sentido de la fidelidad a prueba de bombas”. Pues por eso a veces no parece sevillana, querido Carlos. Pues por eso no responde al estereotipo de andaluz. Y de andaluza, que diría el tonto del género. Pues por eso dice las verdades mechadas tal vez de cierta brusquedad. Pero no gasta en agrados estériles.

Siempre el usted por delante en cualquier entrevista. Lo tiene como una máxima, ya sea al dirigirse al cardenal en la salida del Cerro o al tío de la pértiga en la entrada de la Redención, al alcalde tras presentar un proyecto urbanístico o al portavoz de un colectivo que se manifiesta en la Plaza Nueva. Tiene aversión por ese tuteo de la falsa confianza que no sólo no relaja el ambiente, sino que degrada al periodismo. Charo Padilla es mucho más que una periodista con capacidad para narrar la Semana Santa verdadera, que suele estar detrás de las vallas. En su currículum hay muchos años de trasteo en los pasillos del Ayuntamiento. Los concejales se cuentan entre ellos si han merecido o no el saludo de la reportera de Canal Sur Radio. “¿Te ha saludado la Padilla? Pues eso es que le caes bien”. A ciertas alturas de la carrera profesional, Padilla no está para hacer concesiones al niñaterío de nuevo cuño que invade la política.

Ostenta el privilegio, tal vez poco conocido, de haber realizado la última entrevista a Miguel de Molina (1908-1993), uno de los exponentes de la copla durante la República y los primeros años del franquismo, aunque hay quien le resta mérito como cantante y atribuye parte de su fama a sus dolorosas vicisitudes. Molina atendió a Charo por teléfono desde Argentina, donde vivía en el exilio desde que se tuvo que ir de España tras haber recibido una paliza de manos de falangistas por ser rojo y homosexual.

La vida es retransmitir sus tribulaciones cotidianas a Manuel Marvizón, el afamado músico que fue a por su corazón. Marvizón, entonces en condición de pretendiente, hizo una noche de Semana Santa de ayudante de la reportera con tal de ganarse su favor. Aguantaba la bobina y se agachaba para soltar más cable cada que vez Charo lo pedía: “¡Tira cable, Manolo!”. Una señora, extrañada ante la escena, lo reconoció en plenas labores ajenas a las corcheas: “¿Pero usted no es Marvizón, el músico?”. Y Marvizón respondió un tanto apurado, mientras se peleaba con la bobina para desenredar el cable y complacer a su pretendida: “Sí, señora, lo soy, pero ahora estoy tirando cable, ¿no me ve?”.

La vida es obsesión por cuidar un cuerpo estilizado, de farola fernandina, exento de grasa y curtido en el gimnasio, pese a la afición por el queso y la cocina. La vida es un vestidor muy variado, de donde sale un estilo personal de formas simples y originales, carente de barroquismos. La vida es rechazar prácticamente todas las invitaciones en horario extralaboral. Ni pregones, ni mesas redondas, ni cuchipandas para profesionales de la captura de la pavía a partir de las ocho y media. La vida es recordar los comienzos en Antena Médica, donde la jornada laboral duraba lo que la estación de penitencia de Santa Genoveva. Es reñir con Sánchez Araujo porque su voz tronante para los oyentes de la SER se cuela por el micrófono de Canal Sur Radio durante la retransmisión de la Macarena. La vida son caracoles y cabrillas de la Alfalfa, un rato de distensión con Pepa, Arancha y Carmela, un arroz con Herrera el domingo de Feria.

Cuarta de nueve hermanos, nieta del fundador de la sombrerería Padilla Crespo, hija de un empresario inquieto cuyo último negocio fue un exquisito restaurante en Benahavís donde Herrera dio cuenta de selectas carnes asturianas y gallegas. Padilla devora literatura gastronómica con la perseverancia y el metodismo que imprime a todas sus acciones. Orden y limpieza. Método y disciplina. Duerme lo que dura el Silencio en la calle. La cama le quema. Arriba el corazón cada día a las 04:30, cuando aún suena el eco de los manguerazos de Lipasam por las calles del centro. La Padilla es un icono de la radio pública andaluza que no vive de la marca. Confiesa cada Martes Santo a las mejores vecinas del Cerro, que le abren su corazón porque se sienten bien tratadas, porque les da el mismo respeto que si fuera Don Carlos con la vara o el alcalde con el chaqué. Esa voz es patrimonio inmaterial de la Semana Santa de las últimas décadas. Tira cable, Manolo, más cable, mucho más, que en aquel balcón he visto un rostro que tiene que tener toda una vida que contar.

El penitente sin cirineo

Carlos Navarro Antolín | 3 de julio de 2016 a las 5:00

JUAN IGNACIO ZOIDO
TODO político tiene dos objetivos: llegar al poder y perpetuarse. Los cuentos chinos sobre la posibilidad de cambiar la sociedad, ayudar a los más débiles y otras hermosas teorías son justificaciones, argumentarios, envoltorios, celofanes con los que sustentar y adornar la carrera por el cetro. Los administrados tenemos que creernos esas razones idílicas por aquello de que la sociedad debe funcionar con un orden en valores. Hay que mantener en pie el edificio del sistema. Y en ese concepto de orden se incluye la necesidad de confiar en la buena fe de los que nos dirigen al mismo tiempo que se debe evitar poner la nariz cerca de las cloacas de cualquier gobierno. Por todo esto, los políticos están obsesionados con su imagen, encomiendan el aumento de su notoriedad a sus asesores, se vinculan en fotografías a deportistas laureados o a tiernos niños para vampirizar su prestigio y su inocencia. El objetivo de todos los políticos, jamás se olvide, es perpetuarse en el sillón cada cuatro años. Para ese fin hay que gestionar con réditos un presupuesto. Y también hay que mantener la imagen más solvente, angelical o ingenua que se pueda en función del perfil de cada uno. Cada cuál trata de potenciar sus fuertes y obviar sus debilidades. Hablemos, por ejemplo, de los alcaldes de Sevilla. Uruñuela era la imagen del político señorial propio de la Transición. Rojas-Marcos proyectaba un perfil enérgico, decidido y rocoso. El ego disparado. Soledad, de dama altiva, selectiva, ahorradora, la buena administradora. Monteseirín, de inventarse cada mañana un charco que pisar.

¿Y Zoido? El alcalde más votado y con más poder de toda la historia de la democracia ha sido muy probablemente el de un balance material más escaso. Juan Ignacio Zoido (Montellano, Sevilla, 1957) ha proyectado siempre una imagen campechana, próxima y risueña, pero nunca se ha guardado las espaldas. Ningún alcalde como él ha carecido tanto de un número dos, de un vicealcalde, de un hombre fuerte que fuera ejecutando proyectos mientras él repartía abrazos y besos; de un edil de Presidencia que se fajara con los concejales para apremiarles, para fiscalizar su trabajo, para ponerle fecha a las terminaciones de las obras, para vertebrar toda la acción del inmenso aparato del gobierno y canalizarla en beneficio del número uno. Zoido se negó siempre a delegar. Reinó pero no gobernó. No quiso. Redujo Sevilla a su paraíso particular en no pocas ocasiones. Y el paraíso era bello, pero efímero si no se cuidaba. En demasiadas ocasiones se le notaba que le escocían los problemas, se evadía ante una narración larga o miraba el reloj cuando un concejal trataba de explicarle las novedades de una ordenanza polémica. Como acaparaba todo el poder, también concentraba todos los problemas. Al no desatascar entuertos y prometer soluciones que nunca se traducían a la práctica, comenzó a generar la frustración entre muchos electores.

No han conocido las corporaciones municipales un líder de la oposición más tenaz y vehemente que este Zoido, como tampoco han visto un alcalde que dilapide en menos tiempo el mayor crédito concedido en Sevilla a un político municipal. La crisis económica restó su capacidad de maniobra, eso es cierto. Pero pudo hacer más. Los criterios –tan legítimos como severos– de la concejal de Hacienda también influyeron. A este alcalde risueño, que tiene la gran habilidad de saber esconder el aguijón, le faltó tener un Manolo Marchena, un brazo ejecutor, alguien que se la jugara para sacar adelante los proyectos, como tuvo Monteseirín durante los doce años de Alcaldía socialista. Cada vez que Alfredo tenía detrás a un empresario con exigencias, lo resolvía con una frase: “Háblalo con Marchena”. Y Marchena se partía la cara por su señorito y se exponía a las cornadas mediáticas. A lo más que llegaba Zoido para salir del paso de peticiones de dinero, colocaciones de allegados o proyectos de cierto peso era a una sentencia habitual: “Que se encargue Jesús”. Y Jesús Maza, consejero delegado de Emasesa y vicepresidente de las empresas municipales, buscaba fondos para la final de la Davis, pero poco más de aquello que de verdad le da proyección a un alcalde, que es cortar cintas e inaugurar infraestructuras. O no había dinero en la caja, se argüía, o estaba todo el funcionariado y los altos cargos en posición de defensa para no firmar un papel que les pusiera en riesgo de pasar por el juzgado. Demasiado miedo. En la Corporación de Zoido imperaba la inacción de los funcionarios, la flojera de muchos gerentes y el criterio técnico del secretario y del interventor, dos personajes poderosos con los que nadie se atrevía a discutir. Nadie se remangaba, tal vez porque todos daban por hecho que se repetiría, al menos, cuatro años más en el gobierno.

El ejecutivo de Zoido lo basó todo en la economía, un objetivo inmaterial, y en la Zona Franca, de la que, como todo el mundo sabe, están todos los vecinos hablando en el desayuno mientras untan la mantequilla en la tostada. Sólo un par de asesores se movieron para dar un brillo especial a este alcalde del PP que no parecía del PP: Antonio Castaño, en Turismo, y Benito Navarrete, en Cultura. Cuantísimos no sestearon durante cuatro años, cuantísimos no se embriagaron en la primera taberna del poder de los 20 concejales, cuantísimos no aconsejaron mal al jefe dejándole cultivar la Sevilla de los Morancos, las bodas de chistera y otros saraos de la ciudad más frívola… Para que, al final, José Manuel Soto, premiado por Zoido con el oro de la ciudad, opine en Twitter que Juan Espadas merece un notable alto en su primer año de gestión. Ay, el fuego amigo.

Zoido llegó al gobierno pero no se perpetuó. Como un Papa sin curia. Como un rey sin corte. Como un penitente sin cirineo. No quiso tener un segundo. Durante los años de la oposición se hartó de hablar con los vecinos, limpiar el Vacie, colocar bancos, empujar carritos de la compra, dar abrazos, sonreír, hacer gimnasia con las señoras en los centros cívicos, visitar ensayos de costaleros, estar en las cabalgatas de los barrios más alejados del centro… Pero se desentendió a la hora de gestionar una ciudad y lo dejó todo en manos de funcionarios sin criterio y carentes de nociones de la política real. Y, tal vez lo peor, su círculo de confort fue reduciéndole su perspectiva y haciéndole ver enemigos gigantes en los molinos de la crítica. Zoido sabe de sobra que su lepra estaba en la curia. Todo lo que se abrió en los años de oposición –captando votos de sevillanos que estaban en sus antípodas ideológicas– se cerró en cuatro años de gobierno. O se lo cerraron. O él se lo dejó cerrar.

La vida es el reencuentro periódico con Fregenal de la Sierra, que siempre sabe a dulce de la infancia. La vida es un innegable espíritu de superación a prueba de las mayores desgracias. La vida es un armario de la Alcaldía con unos cuantos botellines de Cruzcampo entre las tazas de café de la Cartuja con la flor de Lys. La vida son unos trajes perfectos de Javier Sobrino, que son la envidia de Juan Espadas, y una condición pública de católico sin complejos. La vida es retener la mirada al periodista que ha contado algo incómodo. Es usar una frase recurrente ante los problemas: “Hay que dar la patada para adelante”. La vida es juntar los labios y emitir un sonido bilabial característico. Es pedirle a un funcionario de la Plaza de España que corrija con fotoshop algún detalle de una foto en la que posa con el Rey. La vida es recorrer en vehículo la orilla de las playas del Coto de Doñana en sus últimos días como delegado del Gobierno. La vida es no plantearle nunca a Rajoy en corto y por derecho que José Luis Sanz debía ser su sustituto en la presidencia regional del partido. La vida es cualquier actividad menos la de ser juez. Porque los jueces toman decisiones y hay personas que prefieren dar abrazos antes que firmar condenas. Ya lo decía Curro Romero: mejor torear que matar. Mejor reinar que gobernar. Pero sin matar no se cortan orejas. Y sin gobernar no se mantienen los reinados.

El conservacionista pertinaz

Carlos Navarro Antolín | 26 de junio de 2016 a las 5:00

JOAQUÍN EGEA
LOS bares de la Alameda bullen y proclaman el éxito oficial, color amarillo albero, de la revitalización del Norte del casco histórico de la ciudad. ¿Qué es el éxito?En buena parte el ruido, el movimiento, la acción, la actividad. El silencio está asociado al fracaso, la parálisis, la depreciación, la falta de uso. Pero el éxito se demuestra con ruido aunque se envuelva en un celofán de color amarillo chillón. El envoltorio es lo de menos. Lo trascendente es el ruido. Y los bares llenos son la prueba de vida. A muy pocos metros hay un teatro recoleto, de joyero de miniaturas, de elegante suntuosidad, con la decadencia propia de la autenticidad. Se proyecta una película francesa doblada al español. Los palcos están huérfanos de roedores de palomitas. El patio de butacas es un oasis aún iluminado en la gran oscuridad de un anfiteatro oscuro. La película va a empezar cuando de pronto accede a la sala un matrimonio. Solo dos personas toman asiento en el cine más antiguo de Sevilla, inaugurado en 1873, cuando muchas cofradías no eran ni un proyecto embrionario, cuando la Alameda de Hércules presentaba su mejor estampa jalonada por teatrillos y quioscos que daban vida real más allá de una perspectiva consumista. Sólo dos personas en el antiguo gran teatro Cervantes, una minoría en la ciudad de las bullas. Las dos buscan el lugar donde no recibir el puyazo directo del aire acondicionado. Las dos personas se preparan para ver la película en un cine que en sí mismo es la mejor película de la ciudad. Los bares de la Alameda bullen, luego el tonto pregona el éxito. El teatro reconvertido en cine está infrautilizado. Lo catalogaron a la bajo en el PGOUen vez de declararlo Bien de Interés Cultural (BIC). Para muchos un BIC en Sevilla es un bolígrafo. Yya se sabe:el naranja escribe fino. Y el cristal escribe normal. Y los políticos escriben muy normal, tan normal que ahora quieren hacer BIC nada menos que La Carbonería. Eso sí que es hilar fino…

Joaquín Egea (Sevilla, 1951), portavoz de la Asociación en Defensa del Patrimonio (Adepa), era uno de los dos sevillanos que estaba aquel día en el silencio del Cine Cervantes. El hábito hace al monje y el uso conserva el patrimonio. Por eso Egea usa el patrimonio. Una ciudad son sus personas, su arquitectura y su vegetación. Y Egea es un ciudadano inquieto que ha sacrificado hasta su salud en el altar de la conservación del patrimonio. Es un sevillano pertinaz en la ciudad que parece que lleva el antifaz todo el año, en la ciudad que mira hacia otro lado porque ensalza al pusilánime que evita los problemas y orilla al que se atreve a señalarlos con el dedo índice de la denuncia firme. Las cosas son lo que son y no lo que la Comisión de Patrimonio diga que son. Un derribo es un derribo y no una remodelación. Un cambio de uso es un cambio de uso y no una puesta en valor, que aquí la puesta cotidiana es la del sol por el Aljarafe. Egea lleva años con su particular defensa en la conservación de ese patrimonio histórico que es el ADN de la ciudad, su historia, sus valores representativos, las huellas de quienes amaron y contribuyeron a forjar la ciudad de cada momento, sus señas de identidad.

Hay pusilánimes que tachan a Egea de obsesivo, hay pseudoprogres que lo tildan de conservacionista carca y hay quienes quieren pasar por vanguardistas que dicen que Egea es el líder de los inmovilistas, pues Hernán Ruiz jamás hubiera construido el campanario de la Giralda de existir entonces la asociación Adepa, cuando precisamente Egea hubiera apostado no sólo por conservar el alminar, sino por mantener íntegra la segunda gran mezquita de Europa y levantar al lado la gran catedral gótica como soñaba Alfonso X El Sabio.

Egea se mueve. Y eso en Sevilla pasa factura. Egea habla. Y eso en Sevilla tiene un precio. En la ciudad donde sale rentable el activismo de chaqué en las procesiones solemnes, Egea se dedica a visitar las pocas casas que van quedando del XVII y XVIII, a denunciar las fachadas de pastiche que esconden una arquitectura barata y de aceros chorreados, y a levantar la voz desde el púlpito de la indignación contra los mamarrachos arquitectónicos de la calle Santander, o de la Diputación a la misma vera del puente de San Bernardo.

El patrimonio histórico no sólo se cae por el mal gusto, sino por las operaciones inmobiliarias que buscan el pelotazo en suelos estratégicos del casco antiguo. También cae por la incapacidad de particulares, colectivos e instituciones por conservar lo que recibieron como legado. Cuánto sabe Egea de aristócratas que dejaron abandonados sus palacios para emigrar a pisos en República Argentina y mimetizar el estilo de vida de la alta sociedad madrileña que cambió los palacetes por los pisos del barrio de Salamanca. Arrepentidos ahora los unos y los otros… Cuántas veces ha largado Egea de las cutrerías promovidas por el poder eclesiástico en templos catalogados, reinterpretados en vez de restaurados, asimilables a un hotel NH en vez de a iglesias del barroco. Y cuántas veces ha demostrado qué poquito se parece la Comisión de Patrimonio actual a la que velaba por los monumentos en tiempos de Mateos Gago, aquel canónigo que se despertó y vio cómo habían derribado el templo de San Miguel mientras dormía como un apóstol en Getsemaní. Egea es el ciudadano incómodo que firma las denuncias en los juzgados en una ciudad acomodada que pone las demandas en la barra de los bares con la rúbrica de los aspavientos.

La vida es una charla donde este sevillano pertinaz se arrima al pitón del toro de lo políticamente correcto:“Mira, La Carbonería es la Anselma sin salve mariana a las doce y con un barniz progre”. Es esperar el regreso clasicista de Las Penas de San Vicente por Virgen de los Buenos Libros. Es soñar con una Sevilla, quizás idealizada, donde haya barriadas de viviendas dignas, lejos del modelo de hacinamiento en el que fueron construidos tantos bloques de pisos, una Sevilla donde la arquitectura moderna, necesaria, no colisione con la histórica, fundamental. “La Torre Pelli no es fea, lo que pasa es que está en el sitio equivocado”. La vida es recordar los años de Filosofía y Letras en las aulas de Morales Padrón, Comellas o Navarro García. Los años de lucha contra la sede del Colegio de Arquitectos o la destrucción del colegio de Los Escolapios, que por algo este sevillano hiperactivo es una suerte de Rodrigo Caro que canta a las ruinas del patrimonio perdido de forma irreversible. La vida es admiración por Eduardo Ybarra Hidalgo, aquel presidente de la Real Academia de Buenas Letras con el que en 1998 se alcanzó uno de los momentos de mayor fuerza en la defensa del patrimonio histórico, cuando emergió todo un frente conservacionista. La vida es evocar aquel 1977 en que el licenciado Egea fundó una academia por la que pasaron conferenciantes como Manuel Clavero, Cristina Narbona, Carmen Hermosín, etcétera. Al poco tiempo se encontró con un Víctor Pérez Escolano que impulsó un catálogo de corrales de vecinos y casas populares antes de que el poder envolviera a este reconocido arquitecto.

El movimiento se demuestra andando. ¿Quién ha hecho más por mostrar el desconocido Panteón de Sevillanos Ilustres? Egea sueña con que Sevilla mire un día hacia Murillo como Toledo mira al Greco, o Ávila a Santa Teresa. Para celebrar una gran efemérides, Sevilla parece jugársela a la suerte. Que un sevillano habite en la Moncloa en 1992 y tengamos la Expo. Que un concejal socialista sea hermano de Los Caballos cuando el arzobispo echa el cierre de Santa Catalina e intervenga en la gestión de las primeras partidas de dinero público para las reparaciones.

El Corral del Conde y la plaza de toros de la Real Maestranza son dos edificios bien conservados para este empresario de la enseñanza que ejerce la portavocía de Adepa, la entidad que ha conseguido el respaldo del Tribunal Supremo en la lucha contra un PGOU que no respeta la legislación de patrimonio histórico en sus planes sectoriales. Nadie sabe cuántos remontes coplanarios, cuántos áticos, cuántas modificaciones de tramas urbanas, cuántas demoliciones parciales, lleva denunciados Egea en las últimas décadas.

Este empresario de la enseñanza defiende que en la carrera universitaria de Magisterio deben ingresar los mejores alumnos. Sólo así se potencia de verdad una educación lastrada por un poder político que ha sustituido a los padres por los profesores en el pedestal de la autoridad. Yeso, como en materia de patrimonio, puede tener y tiene consecuencias irreversibles.

El escaso rédito del rigor

Carlos Navarro Antolín | 19 de junio de 2016 a las 5:00

JAIME RAYNAUD
SER político hoy es estar expuesto a los vertederos de las redes sociales, estar dispuesto a remar en la frágil nave que surca los mares del márquetin y el pensamiento reducido a los 140 caracteres, ser esclavo del eslogan, el titular y la fotografía y, por supuesto, asumir como propios los enemigos del jefe directo o del aparato orgánico de turno. La vida pública está degradada porque nunca antes ha sido tan fácil y ha resultado tan barato mancillar desde el anonimato a quienes la protagonizan. ¿Quiénes son entonces los mejores galeotes en las aguas embravecidas de la política actual, donde se ha sustituido el discurso estructurado desde la tribuna por la imagen efectista del líder que ve el partido de fútbol agitando la bufanda? Los mejores remeros son, en general, los que no tienen otra embarcación donde ofrecer sus servicios, otro cómitre del que recibir las órdenes, y aguantan todas las bogas. Los más reconocidos hoy no son los mejores preparados, sino los que no discuten la dirección del barco. No son los que controlan los problemas de la población a la que representan, sino los que fabrican los tuits más ingeniosos en esa exaltación del instante, del momento, del flash. Los más prestigiosos no son los que gestionan con mayor rapidez y eficacia los recursos públicos, sino los que tienen un argumento falaz que encuentra aplauso para desmentir una crítica fundamentada. En la política de hoy reinan las culebras trepadoras y no hay ramas para los búhos de ojos sabios.

Es mejor tener una imagen de bonachón, un escudero resoluto que gestione los perfiles de las redes sociales, que un buen conocimiento del funcionamiento de la Administración, un control exhaustivo del presupuesto público y unos criterios claros sobre cómo hacer qué, en cuatro años y de qué manera. Jaime Raynaud Soto (Sevilla, 1949) es un político del PP al que las circunstancias de una política cortoplacista privó de una segunda oportunidad para intentar ser alcalde de Sevilla. Su caso demuestra el escaso rédito que tiene el rigor en la política de hoy. Arquitecto técnico de profesión, vecino del centro y viejo conocido de las filas de la mitificada UCD, Raynaud siempre ha tenido mejor currículum que fotogenia, mayor capacidad para estudiar los temas, preparar las interpelaciones parlamentarias y moverse por los despachos de los técnicos de los ministerios para pulsar la tramitación de un proyecto, que para hacer el indio en una campaña electoral en la cocina de una ama de casa o haciendo pilates en un centro cívico. Raynaud es de los pocos políticos que consigue que el tostón del urbanismo sea apto para todos los públicos, que es algo tan difícil como hacer ameno el Derecho Administrativo.

Justo antes de entrar en la política municipal fue impulsor de varios edificios próximos a la Avenida de la Buhaira. En pleno esplendor profesional fue convencido por Soledad Becerril para ser integrado en la lista electoral como potencial delegado de Urbanismo, pero se quedó en la oposición después de que Alejandro Rojas-Marcos pactara con el PSOE de Chaves para convertir a Monteseirín en alcalde a cambio de la Línea 1 del Metro… Y también de varios contratos para el personal andalucista.

Siempre ha tenido aires de profesor universitario y cierto perfil de maniquí de Galán. Su problema tal vez haya radicado en que es serio en una política donde prima parecer simpático. Le ocurre como a su querida cofradía de Santa Marta: eficaz en el paso, elegante en el porte, cumplidor en los horarios, bello en la imagen, pero sin despertar aplausos…Y los vítores, aplaudidores, agradaores y demás jaleadores son imprescindibles en la dinámica electoral. Porque de ellos dependen las encuestas. Y los partidos políticos son esclavos de los augurios de las israelitas, de los redactores de las prospecciones, de los dictámenes de los sociólogos sesudos, de los caprichos de los arriolos y de otros especímenes. Dios, qué buen alcalde si hubiera tenido un buen sondeo.

“No llegamos, en Sevilla no llegamos”, dijo Arenas en el primer semestre de 2006 al ver las encuestas del PP de cara a las municipales de 2007. Y quitó a Raynaud de portavoz, lo desbancó de la vida municipal. No le dejó ser candidato a la Alcaldía por segunda vez, pese a que alcanzó proyección suficiente como para ser blanco de las bromas ácidas de Alfonso Guerra en los mítines de los barrios obreros en la campaña de 2003: “¿Cómo se llama el candidato que ha puesto el PP? ¡Decidme! ¿Renault? ¿Se llama como los coches? Si parece maestrante…”. ¡Anda que si el PP hubiera apartado a Arenas tras el primer tropiezo en las autonómicas andaluzas!.

–¿Cuántas veces ha intentado Javié ser presidente de la Junta?
–Sólo cuatro, hombre. Sólo cuatro.
–Pocas son.
–Diga usted que sí.

El tiempo litúrgico del PP andaluz se divide en candidaturas fracasadas de Arenas con el tiempo ordinario de Teófila Martínez. Todos creímos que la vida política de Raynaud se acababa aquella tarde de Corpus de 2006 en que un teletipo comunicaba que no repetiría como candidato. El teletipo que citaba “fuentes del PP” (¡Óle ahí esos tíos valientes!) era como el motorista que salía del Pardo con el comunicado de cese de los ministros. Y aquel teletipo llegó después de que Arenas hubiera tenido engañado a todos durante meses: “Jaime es hoy por hoy el candidato del PP a las municipales”, decía con la ceja arqueada. Toma del frasco, Javié. Pensamos que Raynaud entonaría el ya estoy yo en mi casa, que bien cerca la tenía del Ayuntamiento, y que le haría al de Olvera el merecido tururú. Pero no. Raynaud exigió quedarse como concejal raso para cumplir hasta el final de la corporación, de chaqué en las procesiones y oficiando las bodas que tenía comprometidas y alguna más. ¡Ay, aquella imagen suya, con los tiros largos de la dignidad, colocado en las primeras parejas de la representación municipal, como los nazarenos más jóvenes, después de haber ocupado varios años el sitio preferente del portavoz!.

Arenas tuvo que premiarle con un acta de diputado en el Parlamento Andaluz. Raynaud es hoy el decano del PP de Sevilla, con un halo de prestigio poco frecuente en la política de disciplinados galeotes que reman y reman a la espera del bocadillo de un carguillo. Todavía hoy se mantiene como uno de los depositarios de la “interpretación auténtica” del Evangelio Arenísitico, que transmite con prontitud y eficacia. Es una suerte de druida en el convulso PP sevillano. Protagoniza las intervenciones de mayor interés en las juntas provinciales de un partido que aún no se ha levantado de la lona tras recibir el golpe más duro en las últimas municipales.

La vida es recordar los años de juventud en Los Remedios, donde jugaba con un chaval llamado Quico Toscano, eterno alcalde de Dos Hermanas. La vida es un aperitivo en La Barbiana mientras cuenta batallitas del Colegio de Aparejadores, las anécdotas del último viaje a Tierra Santa (ay, qué experiencias allí vividas) o el chiste más picante oído en los pasillos del Parlamento. La vida es usar Panamá (sin papeles) para amortiguar el sol de la Avenida de la Constitución. La vida es una copa de champán francés en Navidad, sin despreciar algún cava extremeño. La vida son combinaciones extrañas de colores en el vestir, concesiones a la frivolidad que sirven quizás para descansar la mente de tanto PGOU, tanto Potau, tantas aglomeraciones urbanas, tuneladoras y legislaciones urbanísticas variadas. No se han encontrado precedentes en la historia del Ayuntamiento de aquella chaqueta de rayas rosas que lució en una audiencia de principio de curso político en la Alcaldía. La vida es corregir impertinencias sin dolo cuando pasea por la calle con la mejor compañía posible: “No son mis nietas, señora. Son mis hijas”. La vida es recordar el hotel Royal que su padre fundó en la Plaza Nueva y que, con el advenimiento de la República, tuvo que rebautizar como Hotel Iberia. La vida es salir junto a los suyos de diputado de cruces en Santa Marta, cofradía de la que su padre fue alma máter, y los fines de semana con los mismos amigos que hace treinta años.

El político al que le cabía el Ayuntamiento entero en la cabeza medita hoy si merece la pena seguir alargando la vida pública o dedicarse a su profesión y al cultivo de las plantas de su Castelgandolfo particular, que está en Almensilla. E incluso a escribir poesía, que dicen que es una de sus aficiones ocultas. Mientras algún socialista sigue respirando décadas después por la herida de la Alcaldía perdida en los tejemanejes de los pactos, Raynaud se reconcilió consigo mismo y hasta con Arenas después de haber guardado el oportuno luto. Se le podrán imputar fallos y carencias, pero nunca el de prepararse tres minutos antes una rueda de prensa, como hacen hoy tantas culebras con las que Guerra no tiene ni para una broma. Ni cierta sastrería tiene para un traje.

El guardián de los ritos

Carlos Navarro Antolín | 12 de junio de 2016 a las 5:00

Ángel Gómez Guillén
SEVILLA, 1982. Los mundiales han terminado. Naranjito se conserva aún en algunos comercios. Calvo Sotelo gobierna en funciones y prepara la visita del Papa. Hoy es Rajoy, por cierto, el que está en funciones y ultima la llegada de Barack Obama. En aquella Sevilla del 82 gobierna Uruñuela, la selección brasileña hace días que dejó la ciudad, escasean los coches con refrigeración y la diócesis aún sigue comentado el aldabonazo del Papa Juan Pablo II al designar en mayo como nuevo arzobispo de Sevilla a un joven franciscano que Pablo VIhabía convertido en prelado de Tánger. Meses después del nombramiento llega a la sede de San Isidoro, por fin, ese joven fraile “experto en islamismo”, según había avanzado la prensa de Madrid, para sustituir al cardenal Bueno Monreal, el que ayudó a la Transición desde los despachos del poder eclesiástico y el que participó en las sesiones del Concilio Vaticano II. Cuando Carlos Amigo aterriza en San Pablo, un reducido grupo de sacerdotes lo espera en el aeropuerto. Entre ellos está Ángel Gómez Guillén (Sevilla, 1943), que fue su primer secretario, quien lo llevó a conocer todos los pueblos a bordo de un caluroso Seat 127 de color amarillo.

Gómez Guillén es a la liturgia en Sevilla lo que Ayarra al órgano. Y como experto en la materia, le ocurre lo que a tantos vecinos de esta ciudad, que es más reconocido fuera que dentro, más valorado en Roma que en algunas parroquias hispalenses donde los curas se colocan el micrófono de solapa cual Matías Prats y que a la hora de la plática se dan paseos por el templo. Esos mismos curas que permiten que el padrino de turno tenga su minuto de gloria en el altar (speech, lo llaman los cursis) para hablar de los novios, todo muy al estilo americano, todo muy litúrgico por las que hilan. Una verdadera paliza que por momentos alcanza cotas de tortura.

Este canónigo con dignidad de chantre podría escribir la biografía más exclusiva del cardenal Amigo, al que ha acompañado desde muy cerca durante sus casi treinta años de pontificado en Sevilla. Pocos curas pueden presumir de haber estado junto a monseñor Amigo antes incluso de que el hermano Pablo se convirtiera en el Gran Hermano del cardenal.

Tal es su proximidad con el fraile de Medina de Ríoseco que siempre se dice que Gómez Guillén forma parte de la Casa Civil del cardenal. Tras la recepción en el salón del trono por la festividad de San Carlos Borromeo, Gómez Guillén era invitado fijo al almuerzo especial. Don Carlos invitaba cada año a algún vicario distinto. Los únicos comensales que repetían siempre eran Gómez Guillén y Pablo Noguera. Y las hermanas de Jesucristo Sacerdote, claro. Si Gómez Guillén era la Casa Civil del cardenal, hay quienes decían, con cierto colmillito, que la Casa Militar eran los inolvidables García Vázquez, Navarro Ruiz y Garrido Mesa, el tridente rojo con el que don Carlos se garantizaba una interlocución fluida con el poder socialista que, como él, llegó a España y a Andalucía en el 82 para quedarse. Los reyes y los príncipes no tienen amigos. Si alguien puede ser calificado de amigo de monseñor Amigo Vallejo –un príncipe de la Iglesia– es Gómez Guillén.

La trayectoria de Gómez Guillén no está marcada por grandes cargos pese a su proximidad con quien ha mandado casi tres décadas en la Iglesia de Sevilla y es cardenal desde 2003. Su principal objetivo ha sido siempre ser un cura libre, no atado a ningún lugar, con los compromisos justos, al mismo tiempo que entregado en todo momento a las tareas de su ministerio. Tan libre que nunca ha usado su condición de canónigo para pedir un piso en la Plaza del Cabildo, lo que le ha garantizado coger distancia con ese runruneo cotidiano de la Catedral que tiene poco que ver con asuntos de altar y coro. Ni siquiera ha querido estar al frente de parroquias más tiempo del necesario. En tiempos fue párroco de Burguillos y Arahal, donde lo siguen reclamando. Si fuera periodista sería un freelance, dispuesto a tapar un hueco para decir misas en Santa Clara, el Salvador, el convento de la Encarnación… Pero sin periodicidad fija.

Asesor de la Conferencia Episcopal Española en asuntos de liturgia, participó en el congreso internacional sobre la materia celebrado en Roma, en el convento de San Anselmo. Como en el pasaje de San Lucas, se sentó el último en la sala. Y la organización lo invitó rápidamente a tomar asiento entre los cardenales, arzobispos y principales especialistas del mundo.

Sevillano nacido en la casa de la calle Tetuán donde hoy sigue el azulejo del Studebaker, siempre bien acompañado a la hora del almuerzo por alguno de sus buenos amigos. Huye de la soledad a mediodía. Gómez Guillén ha sido feligrés del Salvador y nazareno de la Borriquita antes que sacerdote. Su vida gira en torno al templo barroco donde recibe culto el Cristo del Amor, de cuya cofradía es director espiritual. Pocos saben que este cura limpió plata antes de decir misa.

Gran impulsor del Instituto de Liturgia, donde se enseñan los gestos, signos y palabras que conducen a Dios, una suerte de coreografía sacra que se desarrolla en el altar y fuera del altar: cómo se mueve el cura, dónde tiene que estar colocados los acólitos, qué hay que decir y cuándo hay que decirlo, qué significado tiene el color de la ropa del oficiante, por qué se inciensa la mesa de celebración, etcétera. De lo visible, la liturgia, a lo invisible, que es Dios. Cuantísimo ha ayudado Gómez Guillén a las cofradías a saber de liturgia y a adaptarse sin tensiones a las normas emanadas del Concilio Vaticano II, las que dispusieron a la asamblea como parte fundamental de las celebraciones y promovieron el uso de las lenguas vernáculas y la comunión bajo las dos especies. Gómez Guillén es el guardián de los ritos que entendió todos los cambios, pero siempre sin menospreciar el Latín. De hecho, hoy es de los escasos sacerdotes de la diócesis que saben Latín y Griego. Porque hasta en la propia Catedral se ha terminado orillando el Latín por la sencilla razón de que los nuevos canónigos no tienen ni pajolera idea de la lengua de Cicerón, pues pareciera que la ESO se ha implantado también en los seminarios. Ha llevado al Instituto de Liturgia de Sevilla casi al mismo nivel que el centenario Centro de Pastoral Litúrgica de Barcelona. Durante muchos años ejerció como prefecto de Liturgia de la Catedral, lo que toda España pudo contemplar con ocasión de la boda de la Infanta Elena.

La vida es recordar las aulas de Salamanca en las que tenía como compañero de estudios a un tal Antonio Cañizares. Es evocar los años de párroco en Burguillos, donde un monaguillo se llamaba Alfredo Sánchez Monteseirín. Yechar de menos el instituto de bachillerato de Nervión donde impartió clases durante tantísimos años. Los alumnos siguen reclamando su presencia para bodas y bautizos. La vida es recordar el viejo San Telmo como lugar de formación de los futuros sacerdotes. Gómez Guillén es uno de los nostálgicos del palacio, pero siempre aceptó la operación de venta impulsada por el arzobispo Amigo y el presidente Rodríguez de la Borbolla. La vida es estar convencido de la utilidad del seminario menor como cantera de sacerdotes. Y ser siempre un cura de fácil acceso para todos los públicos, nunca parapetado en un despacho de la curia. La vida es procurarse unos días de retiro espiritual cada seis meses en algún convento perdido de España, adonde siempre llega al volante con escalas estratégicas en algún Parador. La vida es un café o una cerveza con Joaquín de la Peña o Francisco Cuéllar en los alrededores de la Catedral en las vísperas del Corpus o de la Virgen de los Reyes. Y, por supuesto, la vida es asistir todas las mañanas al coro de la Catedral, como está mandado, y cumplir cada Jueves de Corpus con el rito de entonar el Tantum Ergo en la misa de autoridades.

Gómez Guillén tuvo devoción por su madre. Siempre la atendió con veneración. Muchos cofrades recuerdan cómo este canónigo la llevaba en coche a las procesiones de gloria de los domingos, cómo estudiaba los recorridos para encontrar el sitio preciso donde aparcar para que su madre pudiera ver el paso de la Virgen desde el automóvil. No pocas veces el cofraderío, que reconocía a don Ángel, se quitaba de delante del coche para no interrumpir la visión. Nunca necesitó dar un speech para decir cuánto la quería. Obras eran amores. Y en eso fue también un liturgista perfecto.

La fortaleza de un castillo

Carlos Navarro Antolín | 5 de junio de 2016 a las 5:00

MANUEL COSSIO
LA cofradía de los sevillanos despistados es digna de estudio. Hay ilustres despistados capaces de mantener una conversación afectuosa durante el trayecto del tranvía que va a ninguna parte, a los que luego se les pregunta por la identidad del interlocutor y te responden: “No tengo ni idea, será un cliente antiguo”. Estos despistados lo son porque tienen muy claras dos o tres prioridades en la vida y no pierden ni el tiempo ni la atención en otros asuntos. El despistado es una tipo de sevillano muy definido, como lo es el tieso, ahora tan de moda; el político populista, que vive sus días de gloria; el cofrade de las tardes libres, el asistente a los funerales, que los prefiere siempre a media mañana para no tener que volver a la oficina; o el paseante de agenda de lomo con letras doradas por Tetuán, arriba y abajo, abajo y arriba, como Supercocos en una versión hispalense de Barrio Sésamo. Formar parte de la cofradía de los despistados es un lujo. Casi un privilegio. Es una suerte de Real Maestranza apócrifa en la que para ingresar hay que demostrar ciertas cualidades al alcance sólo de una minoría. El despistado se hace, no se nace.

Manuel Cossío Martínez (Santander, 1938) tiene ya por derecho propio un cirio con contera marcada en el último tramo del cortejo de los ilustres despistados de la ciudad. Abogado reconocido y en el taco, profesor universitario de Derecho Civil muy conocido, y un desconocido como marqués, que lo es de Torre Campo.

–¿Pero Manolo es marqués?
–Sí, pero no lo va contando… Lo del taco tampoco, pero lo está.

Tiene fama de guapo. Sus coetáneas dicen que hoy sigue siendo guapo, con porte de patricio romano, que va uno de ruta por los museos capitolinos de Roma y está viendo bustos de Manolo Cossío por todas las galerías. Gasta formas exquisitas y zalameras, con barniz de Don Juan, en el trato con las féminas, y tiene una altura idónea para ser el encargado de avisar en una bulla de Semana Santa de la llegada del paso de palio.

Siempre ha tenido mucha aceptación entre el sexo femenino. Un marido se irritó en una ocasión porque su mujer quería el divorcio y había contratado como letrado a Manolo Cossío. “¿Que has contratado a Cossío, El guapo?”. Y el abogado contestó al saber de aquella reacción: “No sabía yo que a tu marido le gustaban los hombres”.

Su bien trabajada condición de despistado le llevó a estar cuatro horas ensimismado en una librería de viejo en Londres. Era la luna de miel de su segundo matrimonio. Tuvo a su mujer cuatro horas esperando en un pub cercano. Otro día, cuando una de sus hijas tenía 12 años, se la encontró por su antigua casa de La Palmera, y le dijo: “Hola Inés, últimamente no te veo, ¿dónde te metes?”. Y la niña respondió: “Papá, llevo un año interna en Londres”. Y lo mejor ocurrió en el funeral del padre de un amigo. Cossío llegó al templo, abrazó al hijo del difunto y le preguntó cómo estaba su padre, a lo que el amigo le dijo: “Ahí Manolo, está ahí”, señalando el féretro.

Apasionado del Derecho Civil, ha disfrutado de la docencia hasta el último día en activo. Dicen que su propia vida, marcada por hechos que a otros hubieran dejado en la estacada, podría ser válida para una prueba de dictamen jurídico, pues tiene nueve hijos: uno de una relación anterior a su primer matrimonio, tres del primer matrimonio, dos que aportó su segunda mujer al matrimonio y que él trata como suyos, y tres de su segunda mujer. Dicen que tiene sentido del humor, pero no tanto como su padre, el célebre catedrático Alfonso de Cossío, que fue decano de la Facultad de Derecho y presidente del Ateneo.

Todos coinciden en que su capacidad de trabajo es la propia de una máquina siempre a punto. Incluso hay quien cree que el leve barniz de frivolidad que se autoaplica puede eclipsar la enorme valía de un profesor de explicaciones sencillas y claras, de un abogado estudioso de los casos, con la cabeza ordenada, que está al día de toda la legislación y al que se intuye una cartera de clientes envidiable. Su habilidad para hacer dinero trabajando fue reconocida por su propio padre. “Por primera vez alguien me ha enseñado a ganar dinero”, proclamó don Alfonso cuando su hijo modernizó el bufete donde hoy trabaja la tercera generación de la familia.

Para este vecino del barrio de Santa Cruz, lo importante no es tener razón, sino argumentos de defensa. La satisfacción más honda es la de encontrarse en un pleito con antiguos alumnos que lo reconocen. Fue abonado de la plaza de toros, pero tuvo que dejarlo por la incomodidad de las localidades. En sus tiempos fue cónsul de El Salvador y frecuentó tertulias cofradieras y taurinas. Hoy sigue siendo hermano de Los Estudiantes, el Gran Poder y la Macarena. Siempre ha ejercido la abogacía en la calle Castelar, donde ha tenido despacho en tres números distintos. Dicen que después del Calvario, Manuel Cossío es el más antiguo en pasar por esa calle.

El marqués de Torre Campo luce las iniciales de su título en las camisas a medida. Sí, es sobrino-nieto de José María de Cossío, el creador de la celebérrima obra taurina El Cossío y académico de la RAE. Es hijo de la excelencia universitaria no sólo por padre, sino también por madre. Su madre, Margarita, fue licenciada en Filosofía y Letras cuando en España cabían en un taxi las mujeres que acudían a las aulas de una facultad.

La vida es recordar el sabor de un chester sin boquilla que en tiempos se fumaba impartiendo clases de Derecho Civil, con el pulgar marcando un extremo del cigarro en una especie de vanguardia de lo que hoy se llamaría postureo. La vida es refugiarse en el castillo segoviano de Sepúlveda, patrimonio de la familia que este árbitro de la elegancia conserva con mimo. Hay ilustres con palco, con caseta, con barco, con carruaje de mulas, con piso en la playa y hasta que coleccionan serpientes. Pero pocos conocen a alguno que sea dueño de un castillo. Cossío para ser feliz tiene un castillo, como Loquillo quería un camión. ¿Pasa algo?, que diría Susana Díaz tras presumir de cónyuge a la cuarta pregunta.

La vida es evocar los años en las aulas de Los Maristas y escudriñar la historia de una familia en la que un Cossío murió en la Guerra Civil, en el frente de Quijorna, con tan sólo 17 años. Precisamente a aquel joven debe su nombre: Manuel. La vida es participar en las sesiones de la Real Academia de Legislación y Jurisprudencia y en las del Comité Andaluz de Disciplina Deportiva. La vida es visitar a unas monjitas clarisas de Soria por las que tiene debilidad. Y disfrutar de la tertulia cotidiana en La Fresquita, copa de tinto a la que da coba, y recordar allí a Antonio de León, ¡ay la voz rasgada del inolvidable capataz, siempre en la memoria! Y, cómo no, la vida es una charla con Ventura, el ex alguacilillo de la plaza de toros que tiene el bar Arenal, o una confidencia con José León-Castro, el catedrático de Civil que fue discípulo de su padre.

Tras el tiarrón que casi no cabe en un velador, detrás de la imagen de un señor que no aparenta estar próximo a los ochenta y que suelta chistes fáciles para despistar su sapiencia, está la historia de un cántabro que vive en Sevilla desde los dos años, la ciudad donde ha triunfado y sufrido, donde ha saboreado puertas grandes y encajado cornalones propios de la vida. Hay quienes aseguran que la sangre cántabra lo ha blindado ante las adversidades de una vida que, al cabo, es como la peregrinación al Rocío: bonita y dura.

El hijo de don Alfonso, el tres veces abogado de Castelar, el cabeza de familia a lo Alberto Closas del siglo XXI, el patricio romano impulsivo y echado para adelante, sabe que sólo aspirando al diez hay garantías de obtener un ocho. Quizás haciéndose el despistado logra uno hacerse perdonar ciertos logros. Lo peor es que a partir de hoy puede haber sevillanos que le pidan la llave para pasar unos días en el castillo que es símbolo de su fortaleza. Pero también a partir de hoy será más difícil hacerse el despistado. La verdad es que unos días de agosto en Sepúlveda deben ser un ahorro considerable en aire acondicionado.

La fuerza del tirador

Carlos Navarro Antolín | 29 de mayo de 2016 a las 5:00

JULIO CUESTA
EN las vísperas de la mayoría absoluta de Rajoy que mandó al PSOE a un largo y oscuro tardozapaterismo, varios políticos del PP de segunda fila soñaban en la barra de Trifón con el reparto de los cargos del inmenso organigrama del Estado. Uno aspiraba a despacho de secretario de Estado, otro a la presidencia de una sociedad estatal con sede en Andalucía, de las que dan brillo y generan poco riesgo. No faltó quien dijo la boutade de soñar con ser subdelegado del Gobierno en Alicante “con derecho a las playas de Benidorm todo el año”. E incluso hubo quien sentenció con el codo derecho apoyado en la barra, que es como se dictan los veredictos de taberna de los viernes a mediodía, que son siempre firmes, sin derecho a recurso: “No os equivoquéis, el mejor puesto es el de presidente de los paradores de turismo. Trincas presupuesto para rehabilitar doce o quince y te pasas los cuatro años visitando obras por toda España”. Y de pronto, alguien que estaba callado irrumpió y provocó un giro en el debate: “Pues yo a lo que aspiro es a quedarme en Sevilla… Y ser Julio Cuesta”. Y en ese preciso momento alguien pidió otra ronda de anchoas con leche condensada.

Julio Cuesta (Sevilla, 1946) forma parte de esa minoría de sevillanos que está en el momento adecuado en el sitio preciso. Cuando en esta ciudad cabían en un taxi los sevillanos que hablaban inglés, que eran Eduardo Osborne, el padre Antonio Garnica y dos más, apareció en la escena de la ciudad –para quedarse para siempre– un señor apellidado Cuesta con un dominio del mencionado idioma y una facilidad para las relaciones públicas que en la Sevilla de los años previos a la Expo lo convirtieron en un personaje muy cotizado para Manuel Olivencia, que lo fichó cuando Cuesta estaba vinculado nada menos que al Consulado de los Estados Unidos en Sevilla.

En Sevilla están las flores de un día, los personajes que duran cuatro años, los ejecutivos que desaparecen tras la jubilación y, después, la eternidad y la versatilidad representada por Julio Cuesta. La Expo’92 y Cruzcampo han sido los pilares de su dilatado pontificado por lo civil. Quien maneja el tirador (de la Cruzcampo) maneja la fiesta. Es como el gordito dueño del balón. O se le deja jugar de delantero aunque sea un patán… o simplemente no hay partido. Cuesta ha sido un perfecto cultivador del puesto soñado por una ingente cantidad de sevillanos de a pie, el de repartir casi lo único imprescindible para el riego sanguíneo de la ciudad: la cerveza. En la Sevilla de principios del siglo XX le pedías a Julio Cuesta cuatro barriles de beneficiencia para la velá del barrio, la cruz de mayo de la hermandad o la tómbola de la asociación de vecinos, y aparecía un camioncito con los cuatro barriles reclamados, más un preciado complemento de dos mostradores, cuatro parasoles y una cajita de la shandy que por entonces estaba de promoción. El tío de la carretilla bajaba la mercancía y saludaba: “¿Dónde dejo todo esto? Es de parte de don Julio”.

Julio Cuesta ha sido un rey mago de 365 días al año. De recibir visitas ilustres en la Exposición Universal, a controlar nada menos que el combustible del motor de la vida social de la ciudad. Sin cerveza no hay paraíso. Y las llaves del paraíso son de este vecino del centro que está en las cofradías, pero que nadie, por cierto, sabe cuál es de verdad su cofradía.

–¿Julio Cuesta? Si acaso, del Baratillo, ¿no? Pero ahora que lo dices, tampoco veo yo que tenga una hermandad muy clara…

Cuando la Cruzcampo tras la Expo proyectó su fundación, cuentan que alguien le espetó a Julio: “¿Cuántos litros venderemos gracias a la fundación?”. Cuesta contestó: “Ninguno. La pregunta es cúanto valor añadido va a aportar a la compañía”. Y ahí, en principio, acertó. Nació el poder del tirador, el gran poder del tirador. ¿Cuantísima gente no se va a su casa cenada y contenta gracias a los actos de la Fundación Cruzcampo que dan derecho a cerveza tirada por camareros con batines blancos y a numerosas diócesis de tortilla de patatas de dos plantas y ático retranqueado? Cuesta tiene en plantilla muchos sevillanos anónimos que acuden a todos los actos de la fundación exclusivamente para el ágape de válvula.

Ejerció cuatro años de tesorero del Consejo de Cofradías, un período que endureció su carácter, pues repartir entradas del pregón y sillas no es tan fácil como dar cerveza. No fue un tesorero de supervisar el montaje de la carrera oficial, ni de llamar a las puertas de bancos o empresas para buscar ayudas y patrocinios. No, no, no. Su lema fue: “Yo me dedico a los números enteros. Los demás, a los decimales”. Y claro, afrontó con éxito el duro reto de sacar adelante la gestión integral de la carrera oficial, un negocio del que salió definitivamente el último sillero, pero no llamó a todas las puertas de instituciones y entidades que se esperaba para conseguir convenios de colaboración y más recursos económicos.

De ortodoxia exquisita en las formas, de una oratoria fluida y de una estética muy a lo Florentino Pérez, elegancia sin concesiones ni alharacas, Julio Cuesta parece que siempre lleva un farol junto a la custodia del Corpus. Cuenta la leyenda que alguna vez ha sido visto sin corbata y con un chaleco negro de cuello vuelto en los días de invierno por su hábitat natural de Canalejas y San Pablo. Quiso ser presidente del Consejo, pero a lo grande, como gran hombre de consenso, por mucho que no lo reconozca. Pero no resultó. La verdad es que, tal vez sin pretenderlo, Cuesta siempre ha aparecido como fijo en determinadas quinielas de la ciudad. Pero, o la cosa era un bulo alimentado por su coro de aduladores, o él mismo no se ha atrevido nunca a hacer el paseíllo en un proceso electoral en el que hubiera otros matadores… Y las cofradías ya no eligen a nadie por aclamación. Hablando de cofradías, Cuesta fue capaz de arrimar el hombro en los tiempos difíciles de los preparativos de la Expo’92, pero no de formar hace unos meses una simple junta de gobierno en su queridísima Archicofradía Sacramental del Sagrario, a cuya parroquia está vinculado desde hace décadas. Será porque en Sevilla no se cumple el aserto de que quien puede lo más, puede lo menos.

Está jubilado, sí. Pero sigue siendo el faro de la Cruzcampo para muchos sevillanos. La luz que aún irradia Cuesta ha de ser tenida en cuenta por Jorge Paradela, el director de las relaciones institucionales de Heineken España, quien lleva en su currículum el ADN de la compañía. Cuesta y Paradela son hermanos del Silencio, pero Paradela se incorporó a Cruzcampo con mucha menos edad que Cuesta.

Dicen quienes bien lo conocen que Cuesta aún conserva un corazoncito andalucista. “Vamos a darle unos votitos al PA que os harán falta para gobernar”, cuentan que le comentó a Zoido antes de las municipales de 2011. Forma parte de esa cofradía minoritaria de la ciudad cuyos miembros son conocidos por el nombre de pila. “A Julio hay que llamarlo para el acto”, dice el sevillano de siempre. Si Cuesta no está en el acto, el acto no vale tanto. “Yo soy amigo de Julio”, afirma el sevillano peligroso”.

La vida es contemplar el mar desde una cafetería de la Playa de La Antilla. Tener claro que la formación académica de los jóvenes con valía debe ser completada en el extranjero. La vida es cambiar en marzo la cerveza por el gazpacho en el bar Las Piletas. Y charlar en el ascensor con el vecino catedrático. La vida es soprender al cofraderío mediocre con frases bien aprendidas: “Vamos a aplicar un sistema DAFO”. Y tener muy claro que la cerveza es el mejor lubricante de las relaciones sociales. En Sevilla, quien maneja la Cruzcampo no es que tenga el equivalente a la Alcaldía, pero sí la Gerencia de Urbanismo. Y eso es mejor que la presidencia de los paradores de turismo. Sobre todo porque los paradores ya no son como en época de don Manuel Fraga. En tiempos de Fraga, en Sevilla sólo parlaban inglés cuatro gatos.

Yo estudié en los Estados Unidos

Carlos Navarro Antolín | 22 de mayo de 2016 a las 5:00

Antonio Gutiérrez Limones BAJA
ESTUDIAR en los Estados Unidos imprime carácter. Es como ciertos sacramentos de la Iglesia Católica. Unos imprimen carácter y otros no, como se enseña en los manuales de Derecho Canónico. E incluso alguno, como el matrimonio, agria el carácter, según decía con su humor cargado de acidez el profesor Ribelot, todo un sabio a la hora de abordar en su tesis doctoral la mayor operación de enajenación de patrimonio eclesiástico de los últimos cincuenta años en Europa: la venta del Palacio de San Telmo. Ribelot, por cierto, era un firme defensor de las hermandades como asociaciones privadas de la Iglesia Católica, que para eso son erigidas por los cofrades y no por la autoridad eclesiástica por mucho que los juristas del cardenal Amigo endilgaran el carácter público por decreto a todas las hermandades de la diócesis sevillana para garantizarse así mayor poder de cara al futuro.

Hay gente que ha estudiado un año en el extranjero, o tan sólo unos meses, que se pasa la vida recordándotelo a la mínima oportunidad. Están los de la barrila de la primera comunión de su hijo, que te la venden como su segunda boda, dándote los detalles de la barra libre y del menú, y a quienes les importa un pimiento (de serranito) lo del estreno del niño en la eucaristía, como están los que tan dan la vara sin piedad con la mili, la magnífica casa rural de la sierra, el adosado o el mesecito en Irlanda. La de gente en Sevilla que te pega la monserga con el mes de Irlanda de su niño en cuanto te cogen desprevenidos es digna de estudio. Yo creo que hay gente en Sevilla que manda a su hijo a Irlanda el mesecito de verano para poder contarlo en las cenas de los viernes. Te cuentan hasta la transferencia inicial que hicieron en el banco para garantizar la plaza, te someten a la tortura de ver las fotos sonrientes de la familia de acogida y, cómo no, el reportaje de la visita que hicieron a mitad de mes, donde predominan los verdes prados y la estética de acantilados. Está visto que hay mesecitos que dan para toda una vida. Como ocurre con los españoles que estudiaron en los Estados Unidos después de que al Príncipe Felipe lo mandaran a hacer las Américas. Desde entonces se abrió la veda. En España ponemos verde a la monarquía, pero aquí todos se pirran por vivir como reyes.

Antonio Gutiérrez Limones (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1963) es un político socialista tan desenfadado como orgulloso de haberse formado en ultramar. Hay gente que te cuenta que ha almorzado con Limones y su recuerdo del personaje no es su indisimulada pasión por los teléfonos inteligentes y los ipad, ni siquiera por el deporte, que ha practicado en gimnasios de su pueblo. Tampoco su afición a asistir a los partidos de fútbol del equipo local. Lo que de verdad se les queda grabado a muchos es la de veces que este socialista refirió durante la comida que estudió en los Estados Unidos. Limones no te cuenta su hilo directo con Zapatero, como no te contaba el que mantenía con el gran editor José Manuel Lara, sino lo que aprendió en las aulas norteamericanas. Y eso que podía presumir de que Zapatero le pidió hacer footing por Alcalá de Guadaíra en los días que estuvo en Sevilla con motivo del congreso del PSOE en el que el de la cejita alta se despidió de la secretaría general, aquella cita que ganó Rubalcaba y perdió Chacón. Y desde entonces, por cierto, siguen perdidos tanto Zapatero como el PSOE.

Limones ha sido sobre todo y por encima de todo el alcalde de Alcalá de Guadaíra. Un alcalde obsesionado con las obras faraónicas, como la reforma del castillo, la biblioteca, el auditorio, el tranvía… Un alcalde que aprovechó, como todos los alcaldes de España, los años de vacas gordas para hacer sonar los mugidos de los grandes proyectos. Aficionado a telefonear a sus colaboradores a partir de las ocho de la mañana para ponerlos en guardia, cometió el pecado frívolo de encargar la decoración de su despacho a una empresa especializada. Quiso ser secretario general del PSOE de Sevilla, para lo que se enfrentó nada menos que con una militante llamada Susana Díaz. Costó un mundo convencerle para que encabezara una candidatura de alternativa a la trianera, pero finalmente lo hizo después de varios bandazos. Perdió aquel envite de julio de 2012 y pasó a integrar la cuota del derrotado, lo cual a veces sale muy rentable, porque el derrotado debe ser respetado para que el partido pueda presumir de integrar a todos (y a todas). La gran lideresa de la socialdemocracia en el sur de España, que ni estudió en los Estados Unidos ni falta que le hizo, exhibe en los comités federales que ella tiene altura de miras y es generosa con sus rivales, que para eso tiene a Limones sentado en un mullido escaño del Congreso de los Diputados. La verdad es que Limones y su gente jugaron limpio en aquel proceso contra la gran Susana. La ex consejera Evangelina Naranjo lo apoyó con tal intensidad que se decía que era la oposición cítrica a la emergente Díaz por aquello del chiste fácil de la unión de limones y naranjos. Limones quedó literalmente exprimido tras aquellos jornadas en las que vivió peligrosamente. Tras la derrota, este eterno crítico del PSOE se dio de baja de sí mismo. Dejó para siempre de conspirar contra el poder establecido. Renunció a la chispa que había sido siempre marca de su casa. Se rindió y se abonó al silencio. Entendió que todo se había consumado, que ya debía renunciar para siempre a su condición de eterno aspirante a todo, de impenitente crítico con el aparato del partido. Hay un Limones antes y después de aquel congreso provincial. Aquel Limones rebelde con el poder, sobre todo en años de hegemonía de Pepe Caballos, es ya una foto en sepia, es un recuerdo del militante romántico que quiso ser mucho más que alcalde de Alcalá de Guadaíra. Estuvo entre los alcaldes de la provincia de Sevilla (Antonia Hierro, Carmen Tovar, Francisco Toscano, Antonio Gutiérrez Lora, etcétera) que en 2000 apoyaron a Zapatero en lugar de a Bono en aquel congreso federal del tardofelipismo. Pero de poco le sirvió haber apostado al caballo ganador y hacerse aquel día la equivalente a la foto de la tortilla. Al final fue una foto… sin tortilla. El comité federal de perdió la memoria y se olvidó de sus apoyos en el Sur, pese a que Zapatero ganó por sólo nueve votos.

La vida es disfrutar de una cerveza en el bar Jota de Sevilla y de un gintonic en el Bliss de Alcalá. Es vivir cerca de Santa Justa, para tener un pie el territorio aforado de Atocha. La vida es procurar hablar más despacio y vocalizar con precisión para que los interlocutores entiendan el mensaje. Es aguantar la presión de la política local, en la que hay vecinos que no respetan ni la intimidad de los seres más queridos. Y procurar no tener que despedir a nadie, sino invitar a tomar la puerta de salida al asesor al que no quería ver más por los despachos del Ayuntamiento. Uno de sus grandes protegidos ha sido Luis Miguel Rivera, el jefe de protocolo que metió la pata el otro día al solicitar a las mujeres que lucieran falda en el pleno de toma de posesión de la nueva alcaldesa. La vida es sentir el calor de la hermandad del Soberano Poder, que es la de su barrio alcalareño, y el rechazo de los funcionarios cuando quiso recortar sus sueldos o el de los grupos de la oposición cuando no concedió a los portavoces los sueldos que había prometido. La vida es el brillo de un sello de oro en la mano, estética lolaila, de dominguero en Matalascañas con el loro tronando sobre un hombro. La vida es la amistad con Casimiro Gavira, el alcalde Mairena del Alcor que le presentó a José Manuel Lara.

Es cierto que fue el mentor de varias mujeres del PSOE alcalareño, entre ellas la nueva alcaldesa, pero también lo es que no escuchó a esas mismas que le advertían de las irregularidades en la sociedad ACM, por las que Limones está enganchado por la Justicia. El joven que estudió en los Estados Unidos, aquel que luego fue abogado de la UGT asesorando al comité de empresa de la base de Morón, vive pendiente de que los señores de la toga lo reclamen o no a su presencia antes del 26-J, día en que disfrutará de nuevo de su condición de aforado gracias a que el dedo magnánimo de La Que Manda en el PSOE andaluz lo ha incluido en puesto de salida. Limones es un romántico que no supo pasar página a tiempo. Se eternizó como alcalde de Alcalá de Guadaíra. Se eternizó como opositor a Caballos y a todo bicho viviente que controlara el aparato del partido. Y se eternizó contando su periplo estadounidense. Ni Caballos ni Susana han sido realmente sus enemigos, si acaso sus circunstancias. Su problema fue no haber cerrado a tiempo su dilatada etapa como alcalde de una gran ciudad y haberse dedicado a otras faenas, sin dejar por ello de contar sus batallitas norteamericanas mientras en una mano destella el sellito cani que lo devuelve de golpe a la ibérica realidad.

Es de Ronda y se apellida Telmo

Carlos Navarro Antolín | 15 de mayo de 2016 a las 5:00

CARLOS TELMO
CUESTA imaginar que existe gente que se gasta cien mil euros en carpas, cortinajes y decoración variada para revestir el recinto de celebración de una boda. El exceso de dinero suele tener dos consecuencias: Hacienda mete más el cucharón en el perol y la excentricidad se dispara. Se aprecia en muchos eventos. La palabra evento ha tenido dos momentos de claro apogeo en Sevilla. El primero fue la Exposición Universal, el evento por antonomasia de la Sevilla moderna. Todo el mundo se refería al evento de la Cartuja, incluso aderezado con el adjetivo magno por influencia de la magna hispalensis de Francisco Navarro, el canónigo que creó el modelo de visita turística de la Catedral que ha llegado a nuestros días. Hoy se diría de forma machacona que Navarro “puso en valor” el templo metropolitano. El segundo empuje a la palabra evento lo dio un rondeño afincado en Sevilla desde, precisamente, aquel año en que los sevillanos aprendieron a hacer cola y todavía no se les ha olvidado, de tal forma que un sevillano llega a la sucursal del banco, a las cajas de Supersol, a la oficina de renovación de sillas y palcos, y se coloca directamente en la cola más larga. Después del 92 todo fueron eventos. Carlos Telmo es especialista en la organización de todo tipo de actos sociales, desde una boda de tronío hasta la presentación de un libro, pasando por la inauguración de un comercio con alfombras rojas en la puerta o cualquier fiesta privada. Es un relaciones públicas, experto en protocolo de alto nivel y con un máster en la organización de eventos. El evento es el término baúl donde caben todos los saraos de la ciudad que se pirra por figurar en el mailing de este ciudadano hiperactivo para tener ocupación de cierto postín a partir de las ocho de la tarde.

La Exposición Iberoamericana trajo afamadas sagas de taberneros a Sevilla, procedentes de Cantabria o de la provincia de Huelva. El 92 nos dejó al comisario del pabellón de Canadá metido a costalero, Gary Bedell, y a Carlos Telmo, director de relaciones externas y servicios VIP de la Expo 92.

Telmo es la garantía de éxito tanto para el famoseo como para los particulares con aspiraciones (o ínfulas) que quieren controlar todos los detalles de sus celebraciones. ¿Usted quiere camareros con pelo para la inauguración de su negocio en el centro? Telmo tiene la lista de camareros sin alopecia. Conocemos uno que, siendo estudiante universitario, se hartó de servir en las citas más selectas. Siempre era convocado por Telmo en detrimento de los demás compañeros de la bolsa de trabajo, que eran relegados a otro tipo de actos.

–¿Todavía no te has enterado? Te llama siempre porque ese cliente no quieren calvos.

¿Acaso los necesita sin tatuajes? También los tiene. Pida sus deseos que Telmo le hará feliz. Eso sí, este relaciones públicas inquieto, un punto maniático y siempre perfeccionista, accede a las peticiones de los clientes, pero no se deja un gato en la barriga dentro. Si considera un disparate el gasto de cien mil euros en una decoración efímera, lo dice abiertamente con esa exquisitez que es marca de la casa. Telmo es un tipo de educación refinada, cuyo broche es que parla francés con notable fluidez.

Tiene verdadera obsesión por mantenerse en su peso ideal. Usa los colores oscuros para vestir, que alegra con tirantes, bufandas y pañuelos de seda coloridos, según la estación del año, sin olvidar las gafas de sol ovaladas. De vez en cuando se permite alguna extravagancia, como acudir a la plaza de toros con un pantalón de camuflaje en los días que Canal Plus le encomendó las relaciones públicas de su palco.

Siempre se ha cuidado mucho en no aceptar trabajos que no ve nada claros. Por mucho que sean rentables para el bolsillo, si no le gustan los compañeros de viaje, no acepta la empresa. Aprieta los dientes –otro de sus rasgos característicos– y dice mientras emite un sonido de rechazo:“Eso no es para mí, eso no es para mí”. Al fin y al cabo se puede proclamar que es un romántico de las relaciones públicas. Pudo haberse forrado de plató en plató contando sus décadas de convivencia e intimidad con la familia Ordóñez, pero jamás ha aceptado ninguno de esos ofrecimientos. Los Ordóñez lo han tratado siempre como uno más de la familia. Le dicen “cateto” con todo el cariño. Yél también los considera familia. “Belén Ordóñez es la hermana que no tuve”. Organizó las dos bodas de Francisco Rivera Ordóñez:la primera con Eugenia Martínez de Irujo, todo un reto al ser retransmitida por TVE, y la segunda con Lourdes Montes. Cuando coordina un acto social, Telmo es el típico manojo de nervios con pretensión (fijación) por controlar todos los detalles. Hasta tal punto quiso controlar aquella primera boda que expidió acreditaciones en función de los tres lugares claves:la Casa de las Dueñas, de donde salía la novia; el Hotel Colón, de donde salió el novio con su madre vestida con una llamativa mantilla azul en consonancia con el traje, y la Catedral, en cuyo trascoro se ofició la ceremonia.

Como siempre busca la originalidad, siendo relaciones públicas de Isla Mágica en los años noventa, apostó por difundir la nueva atracción del parque, basada en un náufrago abandonado a su suerte en una isla, enviando a las redacciones la nota de prensa dentro de una botella. A más de un redactor jefe se le oyó:

–¿Esto qué es? […] Las cosas de Telmo…

Cuando creía su carrera en un declive natural por razón del paso del tiempo y casi pensaba en crear un cáterin con su firma personal, fue requerido para trabajar en el pabellón de España en la Exposición Internacional de Shangai, donde estuvo más de seis meses y de donde se trajo información, contactos y material como para abrir un bazar pijo en la calle Regina, un comercio al que acudió varias veces la duquesa de Alba.

Hay quien afirma que este rondeño de cuerpo enjuto y piel blanquecina podía haber hecho carrera en Madrid, Nueva York o cualquier ciudad con mucha más proyección que Sevilla. Pero se quedó aquí, donde construyó su círculo de confort y donde sus ambiciones se encuentran satisfechas. En muchas ocasiones prima su bienestar personal antes que la rentabilidad de los negocios. Es tal vez demasiado pasional para los negocios y poco duro a la hora de exigir. No pocas veces hay quienes le previenen de la necesidad de ser más pragmático.

–Carlos, no pierdas tanto tiempo en tomar café con esa marquesa que ahí no hay negocio.
–Pero hay que estar, hay que estar.

Cada vez que llega la goyesca de Ronda, su teléfono echa humo. ¡Qué de amigos tiene Telmo así que llega septiembre! ¡Y cuántos se quieren colar a su vera en casa de los Ordóñez a pegar el mangazo de cena tras la corrida!.

La vida es perderse por San Lorenzo, en las barras de la antigua Casa Ovidio o del Eslava. Es recordar los días de Navidad en Ronda, cita con la memoria más entrañable. La vida es exhibir con orgullo y alegría su condición de usuario de Tussam cuando la vespa descansa. Es enviar ramos de flores a los jugadores de fútbol sevillanos que debutan en la selección española para cuidar la imagen de su agencia. Es mantener su papel de contertulio ameno en los medios de comunicación. La vida es pegarse un “chutazo” en la consulta de Carmen Sarmiento para tener el rostro más hidratado. ¡Cómo le espanta la sola idea de tener el rostro arrugado! Quien conversa habitualmente con Telmo sabe la de veces que cita a Sarmiento en su vida cotidiana. Y perderse en charlas de barrio en el estanco, la panadería o la farmacia de San Lorenzo. La vida es comer caracoles en un bulevar en compañía de un grupo de gente que no viste precisamente al sevillanito modo. La vida es cortarse el pelo en Bruno Pantoja, su peluquero de siempre de la calle Bailén. Telmo, además, forma parte de la gran cofradía de ilustres despistados de la ciudad, a los que hay que darles el adiós en voz alta por la calle para que deje de escrutar escaparates y salude al interlocutor que reclama su atención.

Quizás su mayor mérito no sea guardarle lealtad a la familia Ordóñez desde hace cuarenta años. Ni tener un mailing que valdría aún más fuera de Sevilla que en esta ciudad. Tampoco que tenga un gusto refinado, un sentido de la estética reconocido, y carácter emprendedor para abrir un hostel en la calle Calatrava. Ni siquiera que sea un vanguardista de la metrosexualidad. Su mayor mérito es que triunfó en Sevilla hace años y se ha ganado el perdón de la ciudad. El hacerse perdonar los éxitos en Sevilla es cosa que no se enseña en las universidades privadas ni en ningún instituto de empresa.

El andaluz inglés

Carlos Navarro Antolín | 8 de mayo de 2016 a las 5:00

LUIS URUÑUELA
EN Sevilla hay gente que sabe hablar sin voz tronante y que sabe ir vestida en tiempos de calores sin necesidad de hacer el indio, enseñar las uñas de los pies o emitir olores de autobús en hora punta. Sí, las hay. Son de una cofradía civil selecta por minoritaria. A este tipo de gente los llaman señores hasta los que tienen pinta zarrapastrosa. Es curioso. Es un ejemplo de autoexclusión inconsciente. Estos señores, como así los llama la gente, han estado incluso en la política, que hoy es un cultivo idóneo para los sin oficio, los de pensamiento epidérmico y los cautivos del titular del periódico digital que cambia cada dos minutos a golpe de f5. En Sevilla hay sevillanos que no lo parecen porque no pegan voces, no anidan en la crispación cotidiana, no tratan de colarse al subir al tranvía, no exhiben los sobacos en agosto, no descansan los pies en lo alto de un velador, dejan pasar al público en una bulla de Semana Santa y no tratan de aparentar ser catedráticos de todas las materias. Los sevillanos que no parecen serlo pueden ser quizás los mejores sevillanos, estirpe de la mejor estirpe, que diría el pregonero cursi, una especie de aristocracia que habría que proteger como linces de Doñana. Aman la ciudad, viven la ciudad, están dentro de la ciudad a todos los efectos, pero no te dan la vara cada cinco minutos, ni su intenso grado de integración impide una visión más allá de los límites del tranvía más corto del mundo.

Luis Uruñuela (Sevilla, 1937) es uno de esos sevillanos que no lo parecen. Encaja más bien en el perfil de un andaluz inglés. Un inglés andaluz en meses de abrigo y en tiempos de mercurio alto. Fue alcalde de 1979 a 1983, cuando el Ayuntamiento pagaba nóminas a gente que literalmente no aparecía nunca por su puesto de trabajo. Un Ayuntamiento en bancarrota en una ciudad por revitalizar, donde todo estaba por hacer y donde existían dos fuerzas descaradas que presionaban en sentidos opuestos. Unos no querían que nada cambiara, veían rojos peligrosos con tridentes y cuernos en cada esquina, y otros apostaban directamente por irrumpir en las instituciones, destrozar todo lo anterior, incluido lo que de bueno pudiera haber. Uruñuela fue la moderación necesaria en tiempos convulsos, en una ciudad de casitas bajas, sin instalaciones deportivas, con una Carretera de Carmona colapsada por el tráfico de Huelva y Madrid, un parque móvil donde el Seat 127 era el reyezuelo de la selva entre autobuses azules y blancos con franja roja, y todavía elegantes taxis negros con franja amarilla. Resulta curioso hoy que aquel alcalde señor fuera visto como una amenaza por los sectores conservadores, que tuviera que soportar que algunas cofradías no hicieran la parada de respeto a que están obligadas ante la presidencia de la ciudad en la Plaza de San Francisco. Pero aquella ciudad no comprendía entonces que Uruñuela, procedente de los movimientos de Acción Católica, se hubiera entendido con los comunistas, como pocos años después no entendió que monseñor Amigo vendiera San Telmo al rojerío del PSOE.

Stefan Zweig dejó escrito en Momentos estelares de la humanidad que hay instantes que tienen una trascendencia irrevocable. Un “sí”, un “no”, un “demasiado pronto” o un “demasiado tarde” pueden cambiar de forma definitiva la vida de una persona, la de una sociedad e, incluso, la de la historia. Corría el año 1979 cuando el resultado de las elecciones municipales dejó abierta la posibilidad técnica de un acuerdo entre las fuerzas de izquierda para hacerse con el control de los ayuntamientos de las capitales andaluzas. El PSOE de José Rodríguez de la Borbolla, en adelante Pepote, el PSA de Ladislao Lara y Alejandro Rojas-Marcos, y el PCE de Fernando Soto negociaban para dejar fuera de los sillones a los candidatos de la UCD de Suárez. O todo o nada. O puerta grande o enfermería. El PSOE estaba dispuesto a garantizarse la Alcaldía de todas las capitales menos la de Sevilla, la cual cedía a los andalucistas a cambio de que éstos permitieran al PSOE coger el bastón de alcalde de Granada. Un cambio de estampas en blanco y negro que hoy pasaría por un juego de tronos a todo color. Pepote andaba una tarde de negociaciones con los comunistas en la sede de la calle Teodosio cuando decidió telefonear al secretario general de su partido, Felipe González, para reclamar la bendición superior a los pactos de izquierda. Felipe dio el visto bueno a todo. No puso un pero. El socialista Rodríguez Almodóvar, cabeza de lista municipal, se tendría que conformar con la primera tenencia de Alcaldía y ceder la vara de mando al andalucista Uruñuela. Pepote tenía claro que Sevilla acabaría cayendo bajo el control del PSOE más pronto que tarde, como así ocurrió. Felipe remató aquella conversación sin ningún atisbo de pena por perder la plaza de Sevilla: “Además, Uruñuela será un buen alcalde”, sentenció. Minutos después, Alfonso Guerra, vicesecretario general del PSOE, trató de localizar a Pepote para deshacer el acuerdo. Pero Pepote no se puso al teléfono. Guerra insistió, buscó intermediarios en tiempos en los que no existía la telefonía móvil.

–Pepe, que es Alfonso, que quiere hablar contigo, que te pongas por favor.
–No me voy a poner. Ya sé lo que quiere y yo ya he hablado con Felipe.

En la trayectoria de Sevilla, de Uruñuela, del PSOE y del PSA, aquel fue un momento estelar. Si Pepote se hubiera puesto al teléfono, la probabilidad del vuelco se hubiera disparado, los acuerdos políticos podrían haberse deshecho, la historia, en fin, podría haber sido otra muy distinta. Pero dejó a Guerra esperando. Y Uruñuela comenzó una etapa de cuatro años en los que sufrió. Vivió el gran momento de recibir al Papa Juan Pablo II; pero también las zancadillas de su primer teniente de alcalde, que dicen que aprovechaba para sentarse en el sillón principal del Pleno tan pronto como Uruñuela se ausentaba por el menor motivo. A Uruñuela le dieron por todos lados: sus supuestos aliados políticos, la ciudad que no quería modificaciones sustanciales ni en su vida cultural (que era un páramo en los estertores del franquismo) ni en sus fiestas mayores. Soportó el bochorno de una caseta municipal abierta a todo el público, un público que interpretó a su particular manera el todos somos iguales de la democracia recién estrenada, y tuvo que remangarse y poner orden al año siguiente para impedir ciertos espectáculos poco edificantes bajo las lonas. El modelo de Feria actual procede en buena parte de los cambios impulsados en aquellos años.

Una decisión que refleja con nitidez el talante de este alcalde es que siguió vistiendo el frac en el cortejo de la Hiniesta, como habían hecho sus predecesores. No quiso romper con la etiqueta de mayor gala usada por los alcaldes en ciertos actos. Siempre tuvo claro que la institución estaba por encima de cualquier coyuntura y que los cambios debían ser con sosiego. Tenía quizás una visión utópica del poder. Se encontró arañas en la tesorería, por lo que no pudo pagar las subvenciones a las cofradías. Se inventó entonces el modelo que sigue hoy en uso. El Ayuntamiento no paga de forma directa, pero cede el espacio público para que las cofradías lo exploten mediante la instalación de sillas y palcos. El Ayuntamiento se libró del mochuelo y las cofradías quedaron contentas.

La infancia son recuerdos de una casa familiar donde la Semana Santa estaba ligada a San Roque y Los Negritos con cortejos de menos de 300 nazarenos. La juventud son recuerdos de una sólida amistad con Felipe González. Sus respectivos padres ya se conocían. Uruñuela tramitó los papeles para la boda de Felipe con Carmen Romero, pero no intervino como apoderado en la ceremonia, tal como aseveran algunos tratando de crear leyenda. La vida son recuerdos del SEU en la Facultad de Derecho, de un activismo dentro del régimen, nunca desde fuera. Son años de colaboración con el cardenal Bueno Monreal promoviendo foros de pensamiento donde quedó frustrado el intento de traer como invitado al discutido filósofo José Luis Aranguren. La vida es creer en una Andalucía dentro de España, un nacionalismo no excluyente y, por tanto, nunca asimilable al separatismo catalán o el vasco. La vida son recuerdos de un concejal de Cultura y Fiestas Mayores, José Luis Ortiz Nuevo, de aspecto desaliñado y que solía llegar tarde a los actos para enojo del alcalde. La vida es tener claro que en tiempos convulsos lo que se precisa, sobre todo, es que el edificio del sistema no se caiga y, en definitiva, evitar la acción de los bochincheros y alborotadores. La vida hoy es seguir al frente de la escuela universitaria que creó como centro de nuevas profesiones tras dejar la política. Si cada político en retirada fundara una empresa como la que levantaron Uruñuela y Nicolás Valero, el paro en España no abriría los teledarios. Qué poquito tiene que ver Uruñuela con el niñateo zarraspastroso de la política de hoy, las fotos de mariscadas pantagruélicas, los paseíllos por los juzgados, los papagayos del argumentario y los gabinetes que diseñan cómo hay que repartir los abrazos. La vida hoy es un palco en primera fila en la Plaza de San Francisco, único legado que le queda como alcalde, donde este inglés andaluz se mantiene de pie al paso de una cofradía de la vida donde no han faltado las cruces más dolorosas ni los cirineos más fieles.