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Un corazón espléndido

Carlos Navarro Antolín | 30 de septiembre de 2018 a las 5:00

Araújo

EXISTE un tiempo real como existe un tiempo comercial. El reloj con su tic-tac y el calendario del que se caen las hojas nos marcan el paso de las horas y de los días. Es el tiempo real. La publicidad, los anuncios y los reclamos luminosos nos anticipan los nuevos períodos de consumo con tal intensidad que devoran el presente. En verano nos venden la vuelta al cole, en octubre los mantecados, en febrero los trajes de flamenca… La publicidad juega aviesamente con la denominada angustia anticipativa. Para consumir no hay nada como matar el presente, envejecer prematuramente lo que tenemos hoy para necesitar ya –de inmediato– aquello que acaso necesitaríamos en un mañana muy lejano.

José Antonio Sánchez Araújo (Sevilla, Alcalá de Guadaíra, 1944) es un profesional del periodismo, locutor de prestigio y larga trayectoria, que no vive el presente. Su estado es pensar continuamente en lo que ocurrirá en las semanas siguientes. Dicen que su cuerpo y su mente se guían por husos horarios muy diferentes. Basta un ejemplo: Araújo sale a pasear una mañana por una ciudad europea cuando se le oye reflexionar sobre las tareas que le aguardan en los días y meses siguientes, como si el partido de esa noche ya se hubiera celebrado. El partido ya no existe en su mente. El presente está continuamente amortizado en sus pensamientos.

Araújo se ha pasado media vida viajando con el Sevilla y el Betis hasta que se jubiló en 2009. Ahora solo lo hace con el Sevilla, club que lo tiene mimado, lo trata a mesa y mantel, y que le ha puesto su nombre a la sala de prensa como homenaje perpetuo. En sus tiempos de locutor acumulaba tal cantidad de puntos de la cadena NH y de Iberia que tenía para buenos viajes con muy poco gasto. Gran recolector de facturas, recibos y toda la documentación que sirva para ahorrar costes.

Soltero empedernido. Nadie le ha conocido con pelo. Más de comer que de beber. Maniático al que le gusta tenerlo todo amarrado. En su día se ofreció voluntario para hacer en directo la información del matinal de Radio Sevilla… nada menos que a las 6:30. ¿La clave? Así se aseguraba encontrar aparcamiento en el centro. Posee una cultura envidiable, sabe de casi todo, ha estado en medio mundo.

Cultivó un estilo muy particular, denominado Narrativa Araujo. Y era y es conocido como el Maestro Araújo desde que así comenzó a llamarlo Manolo Rodríguez en su etapa de Radio Sevilla. Dicen que muchas veces habla con sus propias faltas de ortografía, marca de la casa. “Está cormigo”, en vez de “conmigo”. O “Gorgue Cadaval”, en lugar de Jorge Cadaval. Tiene frases recurrentes para las retransmisiones. “¡Atención que viene un córner peligrosísimo!”. Todavía hay quienes se preguntan en qué se diferencia un córner de otro para ser unos lanzamientos más peligrosos y otros no tanto. Tiene otros clásicos en su narrativa: “…Y el árbitro pita la correspondiente falta”. “En fútbol no eleven nada a definitivo”. Una dicción trufada con un ceceo característico y con un timbre de voz que hoy sigue metiendo el cuerpo de sus interlocutores en el ambiente de tarde de domingo.

Por supuesto, si hay una cantinela con la que se identifica a Araújo es la del anuncio de los concesionarios de vehículos Ford: “Catrasa, Tysa y Ferrimóvil”. Miles de sevillanos recuerdan a Araújo intercalar las referencias a los tres establecimientos al retransmitir los partidos con un sonido opaco, casi sin fondo ambiental, propio de los años 80 y 90, cuando la técnica no era tan avanzada como la actual.

Su personalidad está muy definida. Siempre lleva la ropa justa en los viajes. Anda corto de complejos. Conserva en muy buen estado algunas prendas que suman muchos años y que usa de vez en cuando, como el chubasquero de Vía Digital. Combina la ropa con un estilo bastante particular donde los colores de los nikis pueden ser bastante arriesgados. Su estética personal está muy marcada por el uso del bolso masculino al estilo de Torrijos o del paraguayo Cayetano Ré. Hace un año que dio un pequeño paso en su adaptación a la mensajería digital. Inauguró el WhatsApp en su móvil. Todavía no sabe cómo instaló en su teléfono un sistema de mensajería sobre la evolución del Sigma Olomouc, el equipo al que se enfrentó el club de Nervión en las rondas previas de la Europa League. Araújo está ahora al día de todos los partidos de Liga del conjunto checo.

La vida es recordar su etapa de representante de Tampax. En cada farmacia a la que acudía a ofrecer los productos formaba una tertulia de fútbol. Es evocar aquellos partidos que en sus orígenes de locutor retransmitía desde una azotea para la emisora de su pueblo. O aquel director que le habló por primera vez de la FM, la Frecuencia Modulada donde se concentrarían los contenidos deportivos y musicales. La vida es comprar un imán de recuerdo de las ciudades europeas donde juega el Sevilla F.C. “No se te olvide lo del frigorífico, Miguel Ángel”, le dice a su compañero Moreno. Tiene carnet de conducir, pero no le gusta el volante a ciertas horas. Araújo tiene costumbres de obispo, pues sólo acepta la participación en actos nocturnos si el anfitrión se compromete a llevarlo a su casa por la noche.

La vida son largas estancias en Sabinillas (Málaga), donde ahora disfruta de todo el mar que no pudo gozar durante sus años en Radio Sevilla, cuando descansaba preferentemente los miércoles, el día de los “mandados”. La vida son amistades de muchos años como Luis Carlos Peris (¡Cuántos homenajes recibieron juntos tras jubilarse los dos el mismo año!), el macareno Juan Ruiz Cárdenas, el empresario Pepe Moya Sanabria, el torero Emilio Muñoz… Y, cómo no, el difunto Miguel Muñoz, el seleccionador que concentraba al equipo nacional en el hotel Oromana, el de los pinares, donde algunos recuerdan que Araújo entraba con rango de capitán general al ser íntimo del seleccionador y, además, estar en su pueblo.

Es pública su devoción por la Macarena y por Nuestro Padre Jesús, el Nazareno de su amada Alcalá. Cuentan que fue el primero en retransmitir la salida de la Virgen de la Esperanza para toda España, siendo Fontán el director general de la SER. Muchas madrugadas ha coincidido en las labores con Charo Padilla, la flamante pregonera. Un noche de Viernes Santo exclamó ante el micrófono: “El cielo tiene que ser algo muy parecido a lo que yo estoy viendo”. En otra ocasión, cuando la Señora salió sin palio camino de la Cartuja para la beatificación de Madre de la Purísima, Araújo dijo que el palio de la Virgen eran las cientos de estrellas que él vio por un instante en el cielo.

Inseparable de Pablo Blanco, director de la cantera del Sevilla F.C. Juntos comentan todos los partidos del equipo de Nervión desde la temporada 2013-2014 que retransmite Alberto Moreno, todos bajo la coordinación de Miguel Ángel Moreno.

Jamás olvida cuando tuvo que retransmitir por teléfono –desde la habitación del hotel– el partido que el Sevilla jugó en Salónica frente al Paok en la temporada 1991-92. La televisión funcionaba a base de monedas con tan mala suerte que se apagó cuando Diego Rodríguez lanzaba el penalti decisivo de la tanda. Araújo no tenía forma de saber el resultado del lanzamiento. Optó por cantar gol con todas sus fuerzas mientras el técnico de sonido buscaba una moneda griega. La imagen volvió a la pantalla y aparecieron los jugadores sevillistas abrazados. Araújo había arriesgado (y mucho) y acertó. Otro día, en un derbi, los béticos se enfadaron porque Araújo cantó con poco entusiasmo un gol del Betis. La verdad es que el técnico de sonido, ajeno al partido y entregado a la lectura de un libro, le acababa de echar las cenizas del cigarro en el pantalón.

No digiere bien ciertas servidumbres de la fama. No soporta ser imitado, pese a que sólo los muy grandes son remedados. Una de sus ilusiones es volver a retransmitir un partido oficial del Sevilla para pasar a la historia como el locutor de mayor edad, por encima del célebre Matías Prats. Siempre presume de orgullo salesiano hasta el punto de proclamar con fervor en antena tras un gol del Sevilla: “¡Gracias San Juan Bosco, gracias!”.

Araújo es un sevillista, muy sevillista, que goza del respeto del Betis. Es un periodista con buen cartel, que cae bien a todo el mundo. Fue pregonero de la Semana Santa de Alcalá y ha recogido varias medallas, desde la del Mérito en el Trabajo, junto a don Manuel Clavero y Rogelio Gómez Trifón, hasta la de la Provincia por acuerdo del Pleno de la Diputación.

Se vuelca en ayudar a los religiosos de la Orden de San Juan de Dios de su pueblo, donde se presta educación asistencial y laboral a personas con discapacidad intelectual gravemente afectadas. Siempre que ha podido ha tenido detalles con niños enfermos. El profesor alcalareño Francisco Gutiérrez, del colegio San Diego, le pidió un favor en 1986: que el goleador sevillista Ramón Vázquez visitara a un pequeño aficionado convaleciente de un riñón. Araújo no conocía de nada al pequeño paciente, pero bastaba con que se lo pidiera un amigo y que se tratara de una buena causa. Lo logró y la entonces máxima estrella sevillista, que venía de ser campeón de Europa con la selección sub-21, visitó por sorpresa la casa del enfermo.

Dicen que Araújo ahorra mucho, que cuando el camarero del hotel le sube el desayuno, deja la puerta entreabierta y le da las gracias desde el baño para no tener que dejar propina. Pero la verdad es que a mí me ha invitado a café alguna vez en el Bar Lago, el del recordado capataz de La Estrella. Y muchos años antes, sin conocerme, me trajo a casa a Ramón Vázquez cuando estaba enfermo. Aquella generosidad, que solo puede emanar de un corazón grande, espléndido, nunca se olvida. A veces conviene recordar el pasado para dejar ciertas angustias por el futuro. Sobre todo cuando el presente se da continuamente por amortizado.

Yo estudié en los Estados Unidos

Carlos Navarro Antolín | 22 de mayo de 2016 a las 5:00

Antonio Gutiérrez Limones BAJA
ESTUDIAR en los Estados Unidos imprime carácter. Es como ciertos sacramentos de la Iglesia Católica. Unos imprimen carácter y otros no, como se enseña en los manuales de Derecho Canónico. E incluso alguno, como el matrimonio, agria el carácter, según decía con su humor cargado de acidez el profesor Ribelot, todo un sabio a la hora de abordar en su tesis doctoral la mayor operación de enajenación de patrimonio eclesiástico de los últimos cincuenta años en Europa: la venta del Palacio de San Telmo. Ribelot, por cierto, era un firme defensor de las hermandades como asociaciones privadas de la Iglesia Católica, que para eso son erigidas por los cofrades y no por la autoridad eclesiástica por mucho que los juristas del cardenal Amigo endilgaran el carácter público por decreto a todas las hermandades de la diócesis sevillana para garantizarse así mayor poder de cara al futuro.

Hay gente que ha estudiado un año en el extranjero, o tan sólo unos meses, que se pasa la vida recordándotelo a la mínima oportunidad. Están los de la barrila de la primera comunión de su hijo, que te la venden como su segunda boda, dándote los detalles de la barra libre y del menú, y a quienes les importa un pimiento (de serranito) lo del estreno del niño en la eucaristía, como están los que tan dan la vara sin piedad con la mili, la magnífica casa rural de la sierra, el adosado o el mesecito en Irlanda. La de gente en Sevilla que te pega la monserga con el mes de Irlanda de su niño en cuanto te cogen desprevenidos es digna de estudio. Yo creo que hay gente en Sevilla que manda a su hijo a Irlanda el mesecito de verano para poder contarlo en las cenas de los viernes. Te cuentan hasta la transferencia inicial que hicieron en el banco para garantizar la plaza, te someten a la tortura de ver las fotos sonrientes de la familia de acogida y, cómo no, el reportaje de la visita que hicieron a mitad de mes, donde predominan los verdes prados y la estética de acantilados. Está visto que hay mesecitos que dan para toda una vida. Como ocurre con los españoles que estudiaron en los Estados Unidos después de que al Príncipe Felipe lo mandaran a hacer las Américas. Desde entonces se abrió la veda. En España ponemos verde a la monarquía, pero aquí todos se pirran por vivir como reyes.

Antonio Gutiérrez Limones (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1963) es un político socialista tan desenfadado como orgulloso de haberse formado en ultramar. Hay gente que te cuenta que ha almorzado con Limones y su recuerdo del personaje no es su indisimulada pasión por los teléfonos inteligentes y los ipad, ni siquiera por el deporte, que ha practicado en gimnasios de su pueblo. Tampoco su afición a asistir a los partidos de fútbol del equipo local. Lo que de verdad se les queda grabado a muchos es la de veces que este socialista refirió durante la comida que estudió en los Estados Unidos. Limones no te cuenta su hilo directo con Zapatero, como no te contaba el que mantenía con el gran editor José Manuel Lara, sino lo que aprendió en las aulas norteamericanas. Y eso que podía presumir de que Zapatero le pidió hacer footing por Alcalá de Guadaíra en los días que estuvo en Sevilla con motivo del congreso del PSOE en el que el de la cejita alta se despidió de la secretaría general, aquella cita que ganó Rubalcaba y perdió Chacón. Y desde entonces, por cierto, siguen perdidos tanto Zapatero como el PSOE.

Limones ha sido sobre todo y por encima de todo el alcalde de Alcalá de Guadaíra. Un alcalde obsesionado con las obras faraónicas, como la reforma del castillo, la biblioteca, el auditorio, el tranvía… Un alcalde que aprovechó, como todos los alcaldes de España, los años de vacas gordas para hacer sonar los mugidos de los grandes proyectos. Aficionado a telefonear a sus colaboradores a partir de las ocho de la mañana para ponerlos en guardia, cometió el pecado frívolo de encargar la decoración de su despacho a una empresa especializada. Quiso ser secretario general del PSOE de Sevilla, para lo que se enfrentó nada menos que con una militante llamada Susana Díaz. Costó un mundo convencerle para que encabezara una candidatura de alternativa a la trianera, pero finalmente lo hizo después de varios bandazos. Perdió aquel envite de julio de 2012 y pasó a integrar la cuota del derrotado, lo cual a veces sale muy rentable, porque el derrotado debe ser respetado para que el partido pueda presumir de integrar a todos (y a todas). La gran lideresa de la socialdemocracia en el sur de España, que ni estudió en los Estados Unidos ni falta que le hizo, exhibe en los comités federales que ella tiene altura de miras y es generosa con sus rivales, que para eso tiene a Limones sentado en un mullido escaño del Congreso de los Diputados. La verdad es que Limones y su gente jugaron limpio en aquel proceso contra la gran Susana. La ex consejera Evangelina Naranjo lo apoyó con tal intensidad que se decía que era la oposición cítrica a la emergente Díaz por aquello del chiste fácil de la unión de limones y naranjos. Limones quedó literalmente exprimido tras aquellos jornadas en las que vivió peligrosamente. Tras la derrota, este eterno crítico del PSOE se dio de baja de sí mismo. Dejó para siempre de conspirar contra el poder establecido. Renunció a la chispa que había sido siempre marca de su casa. Se rindió y se abonó al silencio. Entendió que todo se había consumado, que ya debía renunciar para siempre a su condición de eterno aspirante a todo, de impenitente crítico con el aparato del partido. Hay un Limones antes y después de aquel congreso provincial. Aquel Limones rebelde con el poder, sobre todo en años de hegemonía de Pepe Caballos, es ya una foto en sepia, es un recuerdo del militante romántico que quiso ser mucho más que alcalde de Alcalá de Guadaíra. Estuvo entre los alcaldes de la provincia de Sevilla (Antonia Hierro, Carmen Tovar, Francisco Toscano, Antonio Gutiérrez Lora, etcétera) que en 2000 apoyaron a Zapatero en lugar de a Bono en aquel congreso federal del tardofelipismo. Pero de poco le sirvió haber apostado al caballo ganador y hacerse aquel día la equivalente a la foto de la tortilla. Al final fue una foto… sin tortilla. El comité federal de perdió la memoria y se olvidó de sus apoyos en el Sur, pese a que Zapatero ganó por sólo nueve votos.

La vida es disfrutar de una cerveza en el bar Jota de Sevilla y de un gintonic en el Bliss de Alcalá. Es vivir cerca de Santa Justa, para tener un pie el territorio aforado de Atocha. La vida es procurar hablar más despacio y vocalizar con precisión para que los interlocutores entiendan el mensaje. Es aguantar la presión de la política local, en la que hay vecinos que no respetan ni la intimidad de los seres más queridos. Y procurar no tener que despedir a nadie, sino invitar a tomar la puerta de salida al asesor al que no quería ver más por los despachos del Ayuntamiento. Uno de sus grandes protegidos ha sido Luis Miguel Rivera, el jefe de protocolo que metió la pata el otro día al solicitar a las mujeres que lucieran falda en el pleno de toma de posesión de la nueva alcaldesa. La vida es sentir el calor de la hermandad del Soberano Poder, que es la de su barrio alcalareño, y el rechazo de los funcionarios cuando quiso recortar sus sueldos o el de los grupos de la oposición cuando no concedió a los portavoces los sueldos que había prometido. La vida es el brillo de un sello de oro en la mano, estética lolaila, de dominguero en Matalascañas con el loro tronando sobre un hombro. La vida es la amistad con Casimiro Gavira, el alcalde Mairena del Alcor que le presentó a José Manuel Lara.

Es cierto que fue el mentor de varias mujeres del PSOE alcalareño, entre ellas la nueva alcaldesa, pero también lo es que no escuchó a esas mismas que le advertían de las irregularidades en la sociedad ACM, por las que Limones está enganchado por la Justicia. El joven que estudió en los Estados Unidos, aquel que luego fue abogado de la UGT asesorando al comité de empresa de la base de Morón, vive pendiente de que los señores de la toga lo reclamen o no a su presencia antes del 26-J, día en que disfrutará de nuevo de su condición de aforado gracias a que el dedo magnánimo de La Que Manda en el PSOE andaluz lo ha incluido en puesto de salida. Limones es un romántico que no supo pasar página a tiempo. Se eternizó como alcalde de Alcalá de Guadaíra. Se eternizó como opositor a Caballos y a todo bicho viviente que controlara el aparato del partido. Y se eternizó contando su periplo estadounidense. Ni Caballos ni Susana han sido realmente sus enemigos, si acaso sus circunstancias. Su problema fue no haber cerrado a tiempo su dilatada etapa como alcalde de una gran ciudad y haberse dedicado a otras faenas, sin dejar por ello de contar sus batallitas norteamericanas mientras en una mano destella el sellito cani que lo devuelve de golpe a la ibérica realidad.

El hermetismo defensivo

Carlos Navarro Antolín | 29 de marzo de 2015 a las 5:00

MERCEDES ALAYA 2
EL Rey no puede tener amigos. El Príncipe tampoco. El cardenal es un príncipe de la Iglesia, luego tampoco debe tener amigos. Yel juez es un poder del Estado. La amistad, el poder y el Estado casan mal. Es una cuestión de estética. De prevención a largo plazo. De cautela. El juez debe ser cuidadoso. El que hoy está a su lado puede estar mañana enfrente. El juez decide sobre la libertad, el honor y la hacienda. Decidir continuamente sobre tres pilares fundamentales para una persona es estar en continuo ejercicio del oficio, es limitar el círculo de amistades a aquellos que estaban en la reunión antes de revestirse por primera vez con la toga. Ocurre como con el sacerdocio. Una vez ordenado, nadie ve al cura sin sotana. Una vez aprobada la oposición, todos la ven con toga, puñetas y trolley.

Mercedes Alaya (Écija, Sevilla, 1963) es de esa cofradía de personajes públicos herméticos sobre los que se crea una leyenda. Nadie conoce su voz, salvo que haya tenido que comparecer ante su mayestática figura. Alaya es una gran tímida, como Soledad Becerril, como Curro Romero. El hieratismo es una forma de ser. La timidez es una defensa. Y el hermetismo es una barrera. Si se funden el hermetismo, la timidez y el hieratismo sale porcelana cara.

La vida ha golpeado con dureza a esta magistrada. Es hija de un directivo de la empresa privada con sede en un parque industrial de la provincia y de un ama de casa que ha demostrado sobradamente su inteligencia y capacidad de sacrificio en los momentos más complicados.

Alaya, a la que algunos guardias civiles en privado llaman la muñequita, estudió en la Escuela Francesa sevillana en una breve primera etapa, para pasar a la educación pública: el colegio Cervantes y posteriormente el Instituto Cristóbal de Monroy, ambos de Alcalá de Guadaíra. Criada en los Pinares de Oromana, en un cómodo chalé con piscina, fue siempre una alumna brillante, la clásica empollona seriota, pero accesible. No contaba chistes, pero se reía con ellos. Entonces era ya celosa de su imagen. Su belleza fue reconocida en el pueblo con el título de dama de honor de la Reina Dulcinea. Una dama de honor que se enojaba con las trampas en los exámenes y en los juegos de mesa. Alguna vez se enfrentó a la salida de las clases a algún compañero aficionado a la carne de chuleta.

En la etapa final del bachilleratorecibió la primera cornada grave de su vida: el fallecimiento de su padre. Suele pasar que cuando el cabeza de familia desaparece, también lo hace la llave de la despensa. Alaya se hace mayor por imperativo de la vida. Se endurece por exigencias del guión. A la Facultad de Derecho llega conociendo ya a su actual marido, un joven procedente entonces de las aulas del San Francisco de Paula. Atrás quedan ya los años de residencia alcalareña. En la Fábrica de Tabacos es la borrega de su promoción. No quiso serlo, pero aquella chica de 17 años procedente del pueblo y recién aterrizada en la Universidad no supo oponerse.

Era una alumna que marcaba la cintura, lucía minifaldas y se solía sentar en primera fila con el mismo interés en las asignaturas de Derecho que tuvo en las enseñanzas medias. A mitad de la carrera se produce un hito que marca su vida: se queda embarazada. Los planes de estudio siguen adelante. La hoja de ruta se mantiene. Su madre asume la intendencia diaria con el bebé para que ella pueda seguir estudiando. Ni un paso atrás. Perdida la figura del padre, no queda otra que exprimir el tiempo y los recursos. Gana las oposiciones a juez –la vocación que siempre tuvo clara– en un tiempo récord:menos de dos años. Y como suele ocurrir: las oposiciones se ganan cuando el opositor tiene raza y las circunstancias de la vida son adversas. Yella tenía raza y una vida cuesta arriba.
El segundo gran golpe de su vida fue la muerte de su único hermano en accidente de tráfico. Dos muertes prematuras que marcan su carácter. Muchos de los problemas son relativizados a partir de entonces. Las previsiones de futuro para Alaya no van más allá de unos días.

Siempre ha ejercido la judicatura en destinos andaluces. Dicen que nunca ha buscado el protagonismo, pero tampoco lo ha rehuido cuando le ha venido dado por la resonancia de los casos. Esos grandes casos la han obligado a enclaustrarse más en sí misma, a fomentar la leyenda, a encapsularse como defensa ante los que le piden fotos, autógrafos, o la paran por la calle para darle ánimos. Los encausados refieren con amargura su impuntualidad en el comienzo de los interrogatorios, su pose altiva, sus preguntas tenidas por capciosas, sus formas poco delicadas y su pasión por condenar en lugar de limitarse a instruir. Incluso se quejan de que no mira a la cara y de que se sitúa física y cómodamente por encima de una pléyade habitualmente apretada de abogados y procesados. Sus admiradores aseguran que no deja nada al arbitrio, que no se guía jamás por el capricho, que es un modelo de honestidad profesional y que es celosa a la hora de fundamentarlo todo en Derecho. Si cree que alguien debe tener habitación en el hotel Don Reja, no duda en hacerle la reserva.

En privado selecciona las compañías, los lugares y el menú. La intolerancia a muchos alimentos restringe sus opciones al salir de casa. Los alimentos, mejor suaves y a la plancha. En la Feria, mucho mejor en la trastienda de las casetas, nunca en la puerta, para no exponerse en esas horas en que al personal se le aprieta una fosa nasal y sale vino por la otra. Las noches de fines de semana, con esos amigos de siempre que sí conocen su tono de voz. Ysi es por los alrededores de la Catedral, mucho mejor. También tiene la opción de disfrutar de la paz de una finca en El Castillo de las Guardas, o de alguno de los viajes al extranjero que tanto le apasionan, cuando los teléfonos móviles escupen fotos de sus largas esperas en los aeropuertos. Si las condiciones lo permiten, los papeles del juzgado pasan con ella el fin de semana.

Alaya es una magistrada de ruán porque es una persona de ruán. Un ruán con rebuscado glamour. Habla poco. Ni siquiera se caracteriza por tener muchas relaciones entre sus compañeros de profesión. Alguno fuerza desde lejos su saludo (“¡Adiós, Mercedes!”) porque sabe que le escuece tener que saludar. En eso se le nota cierta sevillanía malaje. Es crítica con la politización de la Justicia, con el Consejo General del Poder Judicial y con la pusilanimidad de muchos de sus compañeros. No soporta a los jueces con las siglas de los partidos debajo de la toga, a los que parece que deciden en función de intereses políticos. No se la ve tomar café por los alrededores de los juzgados. Alguna vez sí se le ha oído hablar en las juntas de jueces cuando alguna cuestión afecta a la organización de su trabajo.
Es capaz de estar en la barra libre de una celebración durante varias horas sin beber nada. Si acaso, en el mejor de los supuestos, pide una copa de champán. Pero la bebe con tanta parsimonia que el carbónico acaba por coger temperatura. Es entonces cuando ya no bebe más, pero se queda con la copa en la mano dándole coba. En ocasiones muy escogidas pide un cigarrillo. Pero los momentos de aparente relajación están muy calculados.

Disfruta de una preciosa casa en Nervión. El reportaje del Vanity Fayr fue un despropósito que frivolizó su imagen más aún que hacer coincidir ciertos autos con fechas clave del calendario político. A la celebración de la famosa reboda acudió el presidente del PP de Sevilla, Juan Bueno, uno de esos amigos anteriores a su condición de magistrada.

La infancia son recuerdos de Alcalá. El hieratismo es el envoltorio de la porcelana. La trolley es la sinécdoque. La vida ofrece momentos para un pitillo mientras el champán se calienta.