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El caballito de cartón

Carlos Navarro Antolín | 27 de noviembre de 2016 a las 5:00

Francisco Carrera Iglesias Paquili
EN Sevilla quedan algunos vecinos que aún recuerdan la tarde del 18 de julio con una Plaza Nueva iluminada con farolas de gas. Aquellos niños tienen hoy más de 90 años. Y también los hay que recuerdan las calles de su barrio sin pavimentar, andando por la tierra y sufriendo los días de lluvia. Estos últimos no son ni mucho menos nonagenarios. No alcanzan ni los 60 años. Pero aunque sea difícil de creer, vieron esa Sevilla, vivieron en ella y aprendieron a amarla pese a las circunstancias adversas. Francisco Carrera Iglesias (Sevilla, 1957) se crió en las calles de un Cerro del Águila casi sin urbanizar, cuando era un niño sin caballito de cartón. No llegó el equino soñado al igual que otras niñas de la España en sepia se quedaron en su día sin la deseada Mariquita Pérez. El niño es el Cerro en Superocho, el adulto es el bordador en color de alta definición. Entre uno y otro, la evolución de una ciudad radicalmente distinta en prácticamente todo. Paquili lo llaman y por Paquili responde este sevillano nervioso que osó comprometer a un cardenal para que coronara a la Virgen de los Dolores. Y el cardenal, que se entusiasma con los perfiles transgresores y se aburre con la ortodoxia de sota, caballo y rey, le concedió la petición. La hermandad de la que Paquili era hermano mayor se había volcado en ayudar a la parroquia cuando el edificio estaba en obras. “¿Cómo os lo puedo agradecer?”, preguntó el prelado. Y Paquili, sin ningún tipo de corte, pidió su particular caballito de cartón. “Coronando a la Virgen de los Dolores, señor arzobispo”. “Hecho”, respondió don Carlos. Y aquella coronación se convirtió en un hito. Nunca ha habido más socialistas juntos en una misa. El Suresnes de las coronaciones canónicas con Soledad Becerril, entonces vicepresidenta del Congreso, como excepción.

Paquili tiene sobradamente ganada la categoría de personaje. Su principal virtud no es que haya sido capaz de cambiarse de acera recientemente.

–Oiga, ¿a qué se refiere?
–Pues que siempre tomaba café en el Horno de San Buenaventura de la Alfalfa y ahora lo hace en el de enfrente, el Horno del Abuelo. No todo el mundo lo tiene tan claro para introducir modificaciones sustanciales en un hábito cotidiano. ¿O no?
–Bien, siga.

Su principal virtud, seguimos, es que es de los personajes que no le tienen ningún miedo a la Sevilla Eterna. Forma parte de ella y sabe cómo ganársela, o cómo tocarle los costados. Le gusta provocar al sector rancio, al que tiene cogida la medida porque, en el fondo, Paquili lleva un rancio en su interior, por mucho que sea capaz de pasearse por la Avenida de la Constitución con un traje amarillo y disfrutar de las miradas que provoca. Ríanse ustedes ahora de la discutida estética de una Avenida cargada de veladores, ciclistas, el tranvía más lento del mundo y otros cachivaches. Para estética polémica la de un Paquili sonriente, vestido del color de la selección de Rumanía y con la Catedral de fondo.

De lo que más disfrutó cuando dejó el cargo de hermano mayor del Cerro fue de colgar para siempre las corbatas y los trajes anodinos, que se enfundaba durante aquellos años por respeto institucional. Tiene corbatas para montar un centro comercial, pero no las suele usar. Es como esas señoras que tienen joyas y pieles para disfrutar con su contemplación, pero no quieren incurrir en la ostentación. Clase se llama. La debilidad de este sevillano peculiar son los zapatos. Cuanto más raros, mejor. Si la lengüeta es de un color y el resto de otro, aún mejor. Se cuenta que en su casa hay más de cien pares, lo que le convierte en la versión masculina de Imelda Marcos. Los acharolados los guarda para las ocasiones especiales. Los trajes, de Purificación García. Y el cuello, bien abrigado.

Paquili es artesano, como le gusta que se diga. Aprendió a bordar porque le apenaba no sólo ver sin pavimentar las calles del Cerro de su infancia, sino el pobrecito ajuar de su Virgen de los Dolores de aquellos años del Nodo. Se buscó una oportunidad a lo Palomo Linares, llamando a las puertas de las plazas. El empuje de la humildad se llama. Después de ser rechazado en algunos talleres, logró que una vecina, Fidela, le enseñara el arte del bordado. Siempre reconoce el papel que jugó Fidela en el inicio de una carrera que hoy está jalonada por las principales firmas nacionales e internacionales. Paquili borda desde la Alfalfa para Victorio y Luchinno, Loewe, Justo Salado, Cañabate, el Teatro Real de Madrid y un largo etcétera. No tiene complejos en defender que las técnicas del bordado cofradiero son aplicables en muchos órdenes. Que se lo digan a Hillary Clinton, que lució un mantón de Manila bordado por este cerreño. Con el precio del mantón, diseñado por el 150 aniversario de Loewe, se puede pagar la entrada de un piso en República Argentina.

Paquili no cobra por ir a vestir vírgenes de capital o de pueblos de la provincia. Lo sigue haciendo por amistad, o cuando lo requieren por razones de urgencia. Solo pide que lo lleven y lo traigan porque forma parte de los que tienen claro que el lujo de hoy es vivir en el centro y no tener que depender de un coche.

La vida es provocar. Apostar por los chaqués y los ramos cónicos en una hermandad de barrio como el Cerro, por el diseño de un manto tan discutido como en su día tuvo que serlo el de la Virgen de los Ángeles, de los Negritos. Ahí sigue el manto cada Martes Santo. La vida son charlas interminables con Miguel Caiceo y Eduardo Altolaguirre. Ocon Luis Becerra. Es una honda afición por cocinar y por ejercer de anfitrión con candelabros de plata en una casa presidida por un cuadro de su madre. Es la fidelidad al gimnasio para estar de buen humor y encajar las críticas a las que está expuesto por su trabajo. Paquili se ríe cuando lo comparan con Sampaoli. Y cuando dicen que jamás lo han visto entrar en Cañete o en Galán para probarse un blazer.

Si Fernando Villalón soñaba con criar toros de ojos verdes, Paquili sueña con una saya de cristal y pedrerías para la Virgen del Cerro, su musa, la imagen con la que se atreve a innovar como vestidor, la devoción de su vida. Dicen que lo acabará consiguiendo, como el caballito de cartón, como la Medalla de la Ciudad que ya se ha merecido. Alguien le regaló el caballito ya de adulto. Y está colocado en un lugar privilegiado de su casa. Quizás ese día aprendió que no hay camino, que se hace camino al bordar. Y que todo llega. Hasta los autobuses de Tussam acabaron llegando al Cerro. Y Paquili acabó conquistando el centro. Pese al traje amarillo.

Un romántico de su vocación

Carlos Navarro Antolín | 15 de marzo de 2015 a las 5:00

JAVIER CRIADO
UN pintor ya desaparecido confesó en una ocasión que su sueño sería vivir exclusivamente de sus cuadros, sin necesidad de acudir a su puesto de funcionario por la mañana ni de soportar los comentarios de compañeros de trabajo obsesionados con la calidad de vida, esa expresión que tanto daña la percepción de mucha gente a la hora de valorar su estado de felicidad. ¿Qué es la calidad de vida? Para aquel señor era pintar, única y exclusivamente pintar, hacer aquella actividad que es fuente de bienestar (sentido cristiano del trabajo) y que permite a un individuo sentirse realizado. En Sevilla hay que gente que osa ir por libre, versos sueltos de la estrofa ortodoxa y plúmbea que resulta muchas veces el poema de la vida cotidiana de la urbe; extraños personajes que no soportarían el corsé de una estructura de un partido político, una empresa o una oenegé. Los libres tienen que funcionar solos: autónomos de régimen laboral y autónomos de conciencia. Javier Criado Fernández (Sevilla, 1950) es un psiquiatra que cumple cada día el sueño de aquel pintor:vivir de sus pacientes, del ejercicio privado de su profesión, con la consulta puesta en su casa como los notarios antiguos tenían la sala de firmas debajo de la cocina o del salón, con el teléfono abierto para dar ese trato personalizado como los antiguos galenos de cabecera. Ve uno pasar a Criado por Alcaicería a la velocidad de un nazareno de ruán, con las gafas colgando del cuello y el último modelo de chaquetón de O´Kean, y se oye el eco de una respuesta con tono de urgencia: “Sí, sí… Tú tómate media más de lexatin… ¡Y vente ligero para la consulta que yo te hago un hueco!”.

Criado es su propio jefe, su propia marca, un romántico de la psiquiatría con un nivel de relaciones sociales que podría darle acceso a los organigramas de esas clínicas afamadas con publicidad de médicos sonrientes para trincar pacientes con posibles. Siempre ha preferido la soledad laboral calculada para ser dueño de sí mismo, tener su propio diván y una decoración que mezcla los motivos cofradieros con los recuerdos de los cientos de viajes que ha hecho por todo el mundo. De la Alfalfa a Brasil por el camino más corto. Entre sus debilidades están los viajes, asistencia incluida a muchos congresos de psiquiatría. Hasta fue testigo de la caída del muro de Berlín, unos días históricos de los que guarda los billetes de avión y recortes de prensa enmarcados.

Cualidad fundamental en este cofrade de Pasión es la capacidad para reírse de sí mismo. “¿Tú sabes que yo fui costalero de la Borriquita y me llamaban el tachuela? Je, je, je” “¿Que cómo me encuentro?Cada día más joven y más guapo, ¿no me estás viendo?”

Siendo hermano mayor de Pasión se sacó de la chistera el conejo de una preciosa procesión eucarística con la esbelta custodia montada en el paso del Señor, una atractiva fusión de platerías. La comitiva salía siempre a la caída de la tarde de una jornada laborable para aprovechar el tirón de las últimas horas comerciales del centro. Un día le gritaron con guasa por la calle. “¡¡¡Javier!!! Anda que no sabes ná… ¡Te has inventado una procesión que es el Trofeo Carranza con costaleros!” Y Javier se echó a reír para ponerle música al momento como se la puso al paso de palio de la Virgen de la Merced, que hay quien dice aviesamente que, dado su carácter jovial, cualquier día viste a los nazarenos de Pasión con túnicas y capas de merino.

Un día sentó a Sevilla en un diván y le salió un libro. Otro día puso de plata la orfebrería completa del paso de su Virgen mercedaria, angelito con gafas incluido, que yo creo que ese querubín es Criado de chico jugando a costalero en la azotea de la casa familiar de la Alfalfa.

Ama la psiquiatría tanto como la cerveza fría. “¿Llevas prisa o nos tomamos un cervezón rápido en la Alfalfa?” Nunca lo verán tomando un trago largo. Cerveza, sobre todo cerveza. Ysi es a bordo de su barco marbellí atracado en Cabo Pino, mucho mejor. “El mar está plato, saca una cerveza para cada uno”. No ejerce de cliente de restaurantes que sirven alimentos en reducción bañados con vinagres de Módena. Lo suyo es todo lo que pueda tomarse con cuchara, sobre todo el arroz, los guisos y las chacinas precedidos de gran cantidad de aceitunas. En la mesa, las frivolidades precisas. Nunca lo inviten a desayunar, no es hombre de café y tostada, ni de perder el tiempo a media mañana. La Feria es el paraíso soñado, el agujero negro donde este sevillano se pierde y no hay radar que lo localice. Conocida es su defensa de la Feria desde el punto de vista psiquiátrico, una fiesta que, bien enfocada y sin excesos, puede relajar la mente y servir para distensionar una vida cotidiana marcada por las prisas. La Feria es algo muy serio.

La mar de la Costa del Sol, la cerveza casi vaticana (mitad espuma, mitad cebada), el templo del Salvador, la Alfalfa y sus alrededores, la pintura, un buen puro y la música. Sobre todo la música. Pocos conocen que este psiquiatra es un melómano en grado sumo, digna rama del tronco de su padre en su afición por los grandes clásicos de las corcheas.

El éxito profesional y la libertad personal no se perdonan. Sevilla no es clemente con quienes no tienen complejo en exhibir su talento, mucho menos si son vecinos, allegados o gente a la que se ve a diario. Una vez le preguntaron qué se puede hacer con un envidioso: “Nada. Si acaso no fomentar más la envidia”. No hay fármaco que rebaje la envidia, ni que haga crecer el pelo.

Cuando se vive en angustia cinco años, este psiquiatra dice que, al menos, hay que pasárselo bien otros cinco. Chapeau. Será verdad eso de que la gente se cuida el pecho de los resfriados, la garganta de las inflamaciones y la piel del exceso de sol, pero no se cura la cabeza, porque la cabeza es cosa de locos según la errónea creencia popular. Yen Sevilla, como en cualquier parte del mundo, hay gente que tiene la cabeza mal amueblada:los muebles de la cocina en el salón, los del salón en el tendedero y los del dormitorio en el baño. Los psiquiatras, cirineos de la existencia del ser humano, son una suerte de decoradores del coco que mudan cada mueble a su estancia adecuada, o de interioristas de la mente que se diría ahora que a los resfriados gordos se les llama neumonías y al telele de toda la vida se le dice ictus.

Criado relaja al histérico, hace hablar al tímido y estimula al lánguido. Cuando los fármacos fallan, siempre quedan las manos del Señor de Pasión. Nada de este sevillano se entendería sin la fe. Ha sabido aguantar, apretar los dientes y abrazar la cruz cuando le han metido palos en la rueda de su vida cotidiana. Sabe que el día a día es una rampla del Salvador que lo mismo conduce a la cima de retablos de oro que a la sima de los restos de la botellona, sin olvidar las siete revueltas del callejero diario que marcan las circunstancias de cada uno.

Criado irrumpe. A Criado se le oye porque no se calla. Que no es lo mismo callarse que guardar silencio. Ysilencio guarda siempre de cuanto ocurre en su despacho. Cuando algún cotilla pregunta lo que no debe, el psiquiatra mira al camarero:“Dame un cervezón más grande, hijo mío, que yo soy amigo tuyo… Y pon más aceitunas que estamos desmayados, ¿no nos ves las caras?”

La vida es eso que ocurre en el barco marbellí mientras no se está en la consulta de la Alfalfa o ante el Señor de Pasión. La vida es intensidad, pasión, fuerza, voz alzada para resucitar las mentes moribundas, banderillas de fuego en el alma de quienes lo ven todo perdido.