Archivos para el tag ‘Antonio Pascual’

El poder del frac

Carlos Navarro Antolín | 10 de junio de 2018 a las 5:00

ANTONIO PASCUAL

EL deporte es muy importante para los políticos. Son horas de ocio que, valga la rima, siempre se dedican al negocio, pero con el valor añadido de que se hacen fuera de contexto. Se hace política en todas sus vertientes (periodismo incluido) jugando al pádel en la Moncloa con Aznar, al baloncesto con el avieso Zapatero, o yendo de caminatas con Rajoy por las sendas gallegas. Hubo un tiempo que en Andalucía eran muy importantes los partidos de futbito de los lunes que organizaba el presidente de la Junta de Andalucía, José Rodríguez de la Borbolla, en el pabellón de Arquitectura de la Avenida de Reina Mercedes. Allí se citaban apellidos sonados de la política andaluza como Torres Vela, Recio, Zarrías, Pérez Cano… Los escoltas también jugaban. Un día logró entrar en tan selecto círculo deportivo un señor llamado Antonio Pascual Acosta (Jaén, 1951), el catedrático que debutó en el organigrama de la Junta de Andalucía al frente de la dirección general de Universidades, recién creada en aquellos años ochenta para gestionar las competencias recién transferidas por el Estado. Manuel Gracia era el consejero de Educación, pero sin mucho control de las universidades, por lo que el consejero de Presidencia, el catedrático Ángel López –siempre atento a los movimientos internos, corrientes de opinión y grupos de presión del mundo académico– propuso el nombre de Antonio Pascual. Y Pepote lo aprobó. Pascual terminó escalando a consejero de Educación cuando Borbolla hizo una crisis de gobierno y envió a Gracia a Gobernación. Con el tiempo, tras la marcha de Pepote, Chaves lo mantuvo en el gobierno, pero como consejero de Industria. Fue una etapa corta. Año y medio. Como Zoido en Interior. Cuentan que pese a la brevedad del período, Pascual le sacó muchísima rentabilidad a aquellos días por los contactos personales que hizo con la entonces emergente cúpula de la patronal andaluza, sobre todo con Rafael Álvarez Colunga (1937-2008). Siendo consejero de Industria desembarcó ya para siempre en el mundo de la clase dirigente empresarial. La trayectoria pública de Pascual está estrechamente vinculada a la figura del Lele Colunga.

Pascual era y sigue siendo uno de los fijos en la plantilla de los actos sociales de la ciudad. Es un jiennense del PSOE que parece un sevillano del PP. Es el Luismi de los socialistas, alguien que hace años que dejó los cargos públicos (como Martín Rubio) pero que sigue estando en todas las entregas de premios, foros empresariales de diverso pelaje, conferencias de postín en Cajasol (donde a Pulido no se le va un detalle), desayunos de políticos variados en el Alfonso XIII, retiros (no espirituales) para directivos, funerales de media mañana, cafés en Antares, y toda esa lista de citas en las que lo importante no es lo que se dice en los estrados o presbiterios, sino lo que se cuece en las cocinas o fogones.

Hay una máxima que no falla en la Sevilla de los últimos 25 años. Usted sospeche del anfitrión de cualquier convocatoria de pretendida resonancia si Antonio Pascual no está entre los invitados. Es como lo del jamón del pobre. O el pobre está malo, o lo está el jamón. O al acto va Pascual, o es un acto sin resonancia, de medio pelo.

Pascual controla algo tan serio como la luz en virtud de su condición de patrono de la Fundación Endesa. Y eso es muy peligroso. Pascual controla o interpreta las encuestas electorales, como alto mando del denominado Centro Andaluz de Prospección. Y eso también es muy peligroso. Y Pascual tiene una vara reservada en sitio preferentísimo en la cofradía de la Universidad, a la que se apuntó en 1980. Y eso son ya palabras mayores. Pascual está en todos los guisos. Pascual es ese señor que empezó a usted a ver en Telesur y que de pronto aparece en la toma de posesión de un ministro de diseño (o ministra) de Pedro Sánchez. Todo pasa, Pascual permanece. Como Luismi. El poder del corcho.

En las encuestas del organismo que preside Pascual casi siempre ocurre como en las elecciones de los pueblos: gana el PSOE mientras no se demuestre lo contrario. Pascual manda hacer una encuesta y ya están removiéndose los del PP más que de aquí al congreso extraordinario de julio. Los del PP andaluz telefonean a Pascual para preguntar cómo está el paciente, perdón el partido, y dicen que Antonio les contesta como el del chiste del abogado y el preso en el locutorio: “Lo tuyo va bien, pero si puedes te escapas. Agárrete ligero un escaño en Madrid o lo que sea”.

Pascual es ese señor de pelo caoba que siempre tiene una encuesta para usted. Como siempre tiene a punto el frac para los actos pomposos de la Academia que preside, dada en llamar Academia de las Ciencias Sociales y del Medio Ambiente de Andalucía, un tinglado creado por decreto del presidente Chaves en 1993, siendo consejero de Educación… ¿Saben quién? Tachín, tachín… [Redoble de tambor]… ¡Antonio Pascual! Exacto. Dicen que en los estatutos apócrifos se refleja que se funda para que Pascual pueda amortizar el frac que tiene en propiedad.

–¿Pero qué es lo que tiene en propiedad: la Academia o el frac?
–El frac, so malpensado.

Las academias se mantienen hoy como Mercasevilla. Por no cerrarlas. Con tantas universidades, que hay más que cofradías de vísperas, y el suministro de alimentos de las grandes poblaciones más que asegurado, hay entidades que carecen ya de sentido. Salvo, claro está, que sea para amortizar chaqués y organizar saraos de admisión de nuevos miembros con derecho a fotografía. Anda que no presumió nada don Antonio cuando recibió como académica a doña Amparo Moraleda (Madrid, 1964), entonces presidenta de IBM. Pero de la IBM de verdad, no de los “y veme por esto y veme por lo otro” que hay por Sevilla a manojos dando barzones.

Este Pascual es también conocido en ciertos círculos como el ginecólogo andaluz, porque dicen que como patrono de la Fundación Endesa ha ayudado a dar más (a) luz que el doctor Chacón. Si el IAPH controlado por los socialistas se ha hartado de restaurar cristos y vírgenes, Pascual se ha hinchado a iluminar templos y catedrales. Hágase la luz. Y allí está Pascual apretando botones para activar los leds más modernos del mercado y generar la felicidad de obispos, párrocos y cofrades. Desde que el presidente Pepote alcanzó un convenio inédito de colaboración con el Arzobispado de Sevilla en materia de conservación del patrimonio histórico-artístico, socialistas como Pascual han seguido sin complejos la senda de la colaboración con la Iglesia. ¿A cuántos botones de encendido le ha dado Pascual para alumbrar ojivas, altares y torres? Pascual siempre ha tenido muchas luces… largas. Ser patrono de la fundación Endesa es tener asegurada la buena fama en Sevilla con poco que se haga, como Julio Cuesta con la Cruzcampo. La fuerza de la luz, la fuerza del tirador. Llena ahí. Son cargos amables y de relumbrón, de repartir caramelos como un rey mago en una cabalgata que dura todo el año.

La vida es ser un miembro orgulloso de la asociación de aficionados al tinte capilar de color caoba. En Sevilla crece el número de celebridades que gastan esta tonalidad. Del blanco al caoba. De Pepote a Chaves. De Jaén a Sevilla. La vida es tener un hermano gemelo que suele recibir muchos saludos por error. Te lo encuentras por la zona de la Magdalena, lo saludas y te llevas un chasco: “No, no soy Antonio”. La vida es ser consejero de Educación de la Junta con una apuesta personal por colegios privados y religiosos, al igual que Susana Díaz tiene miembros en su gobierno que apuestan por la enseñanza privadísima en sus parcelas no menos privadas. La vida es ser la cara más amable de la beautiful people de aquel PSOE de los 90. La vida es ofrecer un trato cercano al prójimo, ser solidario al trabajar para organismos benéficos y recordar a Álvarez Colunga –su gran descubridor– en almuerzos periódicos con otros afines en Becerrita. La vida son recuerdos de las celebraciones en el campo del Lele en Olvera (Cádiz), donde Pascual coincidía con Javier Arenas, o de las del santo del Lele y Miguel Gallego, organizadas conjuntamente en el club de enganches a finales de septiembre. La vida es que la clase política andaluza te pida opinión. Pesarán después más o menos sus dictámenes, pero se la piden.

Taurino, fumador de puros, bético, nazareno del Martes Santo. Los escrutadores dicen que solo se nota que no es de Sevilla en que luce un puntito largas las mangas de la chaqueta y un poquito alevitado el faldón. Colmillo se llama. O envidia, porque lo susurran quienes no tienen frac. Pascual transmite alegría pese a los golpes de la vida. Hace poco que el cardenal Amigo lo refirió en un círculo muy privado como ejemplo de fortaleza personal y a algunos de los asistentes se le bañaron los ojos.

Pascual es ese señor en el que uno piensa al recordar aquello que repetía machaconamente el profesor de Matemáticas del extinto Bachillerato. “Quien controla las raíces cuadradas tiene más opciones de llegar lejos en la vida. O, al menos, de que no lo timen cuando compra el pan”. Pascual sabe hacer raíces cuadradas… Pero tela de cuadradas. Del futbito al frac. Del blanco al caoba. Del Telesur a La Sexta. De Pepote hasta Susana.

El máster en habilidad

Carlos Navarro Antolín | 14 de febrero de 2015 a las 5:00

ANTONIO PULIDO
El cura Chamizo cria la fama de ejercer la pastoral de El Cairo y se echa a dormir en los veladores de su terraza. Y otros cardan la lana dejando que el cura parezca el único cliente de ese bar que dicen que a la hora de pagar es cairo, pero muy cairo. En esa terraza se deja ver muchísima gente: aficionados a los toros, turistas cocidos con piel de salmonetes, madrileños con ínfulas, constructores con palillo en la comisura de los labios, señoronas de copa de vino blanco Marqués de Villalúa y señorones con puro que dejan caer sobre la incipiente barriga un reguero de ceniza. Y entre esos personajes se avista con frecuencia un pájaro que vuelta alto y al que media Sevilla dispara perdigonazos porque no perdona sus éxitos, mientras la otra media lo disculpa con la condescendencia del que se siente superior al enjuiciar a la gente de pueblo. Como dice un veterano notario, nunca se debe infravalorar a la gente de pueblo, porque el de la boina y el bastón suele estar más puesto en temas de legislación, sobre todo si es sucesoria, que mucho cateto de la capital, porque aunque no se sepa los artículos del Código Civil, tiene un sentido de la intuición que le lleva a la solución lógica.

Antonio Pulido (Castro del Río, 1965) fuma puros en la terraza de El Cairo como un rico faraón que todo se lo debe al PSOE y a su innegable habilidad para estar en el sitio adecuado y en el momento preciso. Paracaidista cordobés en la sociedad sevillana, sería el perfecto titular de la Cátedra de la Habilidad para impartir los cursos del I+D del culebreo. Pulido sabe moverse, nadie puede dudarlo. Es presumido, le gusta interrumpir una reunión o una conversación encendiendo la luz del escaparate de sus relaciones con el poder:“Perdonad, pero me llama la presidenta”. En eso se parece a Javier Arenas, cuando en cualquier reunión refiere que hace pocos minutos ha estado hablando con Rajoy, o hace dos días con Soraya Saénz de Santamaría. Si usted ha hablado con Pulido en los últimos dos años y no le ha comentado la de veces que Susana Díaz le consulta los temas, es que usted no es absolutamente nadie para Pulido, hágaselo mirar en el médico del seguro. A Pulido le pirran los puros y ronear de ser el introductor de la presidenta en esa sociedad sevillana en la que ni él mismo se mueve con toda la destreza que le gustaría. ¿Se han fijado alguna vez en que cuando Pulido llega a un acto es como esos conductores de coches de lujo que no saben dónde aparcar y que acaban siendo el foco de atención de todas las miradas por la de ruido que hace con los pisotones al acelerador?

Pulido tiene arte. Los responsables de La Caixa le endilgan el marrón de alquilar las oficinas de la Torre Pelli y él lo cuenta como un éxito más en su carrera. Dice que lo han nombrado nada menos que presidente de la sociedad que gestionará los alquileres de un rascacielos en la ciudad de los mil y un locales vacíos.
–Vamos, que lo han puesto de API…
–Eso mismo.

El gran mérito de Pulido es haber hecho piña juvenil con un secretario de las Juventudes Socialistas de Andalucía llamado Rafael Velasco; una secretaria de organización de las Juventudes Socialistas de Sevilla que atendía por Susana Díaz y un subdirector del Instituto Andaluz de la Juventud de nombre Mario y de apellido Jiménez. Aquella terna (Córdoba, Huelva y Sevilla) maquinó el asalto al poder del PSOE andaluz. El mismo Pulido lo ha contado alguna vez en una tertulia. Sólo faltaba la figura del financiero, por así decirlo. Y ahí estaba Pulido, que primero fue asesor del consejero Antonio Pascual y después director general de Inturjoven.

Un cúmulo de circunstancias, entre las que no se puede olvidar el factor de la suerte, llevó a Pulido hasta la presidencia de una caja de ahorros. A río revuelto, ganancia de Pulido. Desde la carroza de Cajasol fue dadivoso. Le encantaba que le pidieran favores, porque los favores generan hipotecas con intereses que fluctúan en función de los tipos. Y Pulido es un tipo de interés. Ver a Pulido en el coche oficial de todopoderoso presidente de una caja de ahorros era toda una experiencia. A veces mandaba parar el coche para saludar a alguien, sobre todo si se trataba de un catedrático de Economía como José María O´Kean.

Primero puso velas en el altar de Luis Pizarro. Después en el de José Antonio Viera. Y hoy las pone en el de Susana Díaz. Militante de la agrupación del PSOE en Nervión-San Pablo, cuentan que una vez lo saludaron a la voz de “compañero Pulido”, a lo que espetó:“Compañero no, presidente”. Y, claro, ésas son de las que se guardan. Como las guarda el que le pidió trabajo y fue tratado con desdén. La gente –suele ocurrir– tiene paciencia de escribano al ir rellenando las notas marginales del registro de la memoria.
Pulido tiene también afición por el alto clero. A su casa del centro de Sevilla invitó a almorzar a la presidenta con el arzobispo hispalense, en aquellos primeros días de Susana Díaz en el principal despacho de San Telmo. Tanto se alargó aquel mediodía que hubo que encender las lámparas. Yuna persona que telefoneaba no daba crédito: “¿Pero todavía estáis ahí?”

Pulido es rico. Eso dicen en el PSOE. También dicen que es débil con los fuertes (los de La Caixa) y fuerte con los débiles (el Bazar Victoria). También dicen en el PSOE que ahora está en horas bajas, pero no le dan la consideración del pato cojo, que es como los norteamericanos llaman al presidente que ya está en la puerta de salida de la Casa Blanca para dejar de censurar sus decisiones. A Pulido no le conceden esa misericordia porque tiene vitola de rico, procede de un pueblo y pertenece a un partido obrero. Tal vez no se ha hecho perdonar suficientemente los éxitos en la ciudad de la envidia, quizás no puso a tiempo el silenciador en algunas de sus actuaciones.

Hizo la Torre Pelli, vista por sus críticos como su mausoleo como financiero. Yen el pecado lleva la penitencia de buscar no sólo inquilinos para ella, sino inquilinos que sean fiables. Pulido podría escribir un libro gordo con la de peticiones de ayuda y de favores que ha recibido en ese despacho de presidente de caja de ahorros con más humo (de puro) que la delantera de un paso de palio. Ha disfrutado de barrera de postín en la plaza de toros y ha apoyado los brazos en el burladero de la empresa del callejón. Cuanto más cerca del presidente de Unicaja, Braulio Medel, mucho más contento, ¿verdad, Antonio?

La Fundación Cajasol no tiene la fuerza de una caja de ahorros. Es una carroza más pequeña y con muchos menos caramelos para repartir. Pero al menos sirve para estar incluido en el mailing de los actos sociales, es la plataforma para seguir codeándose con políticos, profesionales liberales y arzobispos. Si la torre es el mausoleo, la Fundación Cajasol es la FAES de Pulido, hecha a su medida como una de sus camisas blancas, como uno de sus trajes concebidos para disimular los kilos de más que a todos nos incomodan.

Nadie podrá negarle su habilidad. Es un superviviente nato al que a veces se le percibe desbordado en ciertas alturas. Tiene la costumbre de elevarse las gafas por encima de la frente para ver mejor de cerca mientras toma alguna nota, una práctica que el gobierno de Zoido quiere prohibir a los policías locales en el proyecto de reglamento que se negocia con los sindicatos por considerarla poco decorosa para los agentes de la autoridad. Pero Pulido puede seguir subiéndose las gafas. Él no es policía local.

Muchos de quienes lo azotan quisieran haber estado en aquella piña juvenil de jóvenes socialistas y quisieran haber tenido la oportunidad de presidir una caja de ahorros. Sevilla no perdona los éxitos y guarda las muestras de desdén en los altillos de la memoria para sacarlas en el momento preciso, cuando el pato cojea o el pavo real pierde brillo en la cola. Un día lo veremos investido como doctor honoris causa por cualquier universidad que haya tenido la valentía, por fin, de impartir el Máster en Habilidad como enseñanza de posgrado. Porque Pulido tiene mucho que enseñar. Y que agradecerle a Sevilla, esa ciudad que te da ventaja para que te creas alguien y el día menos pensado pulsa el f5 y apareces en la papelera de reciclaje.

La trigonometría perfecta

Carlos Navarro Antolín | 21 de diciembre de 2014 a las 5:00

Luis Miguel Martín Rubio
Las Matemáticas son útiles para toda la vida, sobre todo para que no le tomen a uno el pelo al comprar el pan, que era lo que decía una profesora a sus alumnos en la antigua Educación General Básica para que vieran el sentido práctico de una materia que en ocasiones parecían tan áridas como poco aplicables a la vida cotidiana. Aquellas ecuaciones como castillos, aquella trigonometría de tiza polvorienta, aquellas elevaciones al cubo… Veinticinco años después de aquellos borrones, quién nos lo iba a decir, la trigonometría es utilísima para clasificar las chaquetas cerradas de los pájaros, pajarillos y pajarracos de la avifauna local, donde el pelaje es tan variado como un encierro de Prieto de la Cal, el hierro de toros amelocotonados. Si hay una chaqueta en Sevilla que es un perfecto tratado de trigonometría es la de Luis Miguel Martín Rubio (Sevilla, 1962). Cuando Luismi se cierra el botón de la americana, son tan ajustadas las medidas que fíjense cómo emerge lentamente un pico en la mitad de la solapa y se compone un triángulo equilátero perfecto. El pico se eleva a la velocidad de un toldo mecánico, muy despacio, lentamente, y allí que va Luismi apatrullando la ciudad con su triángulo en el pecho. Luismi y su triángulo son a Sevilla lo que Álvaro Domecq y su corbata a Jerez, que la corbata hace tal curva que llega media hora antes a los sitios que Domecq. Si el triángulo se pronuncia de una forma ya descaradamente creciente, la chaqueta de este personaje hispalense (que no es lo mismo que personaje sevillano)se convierte entonces en modelo pañoleta.

Luismi es el precursor de las estrecheces de las chaquetas, de la Sevilla ajustada por el talle que algunos diseñadores creen haber inventado ahora con esos ternos ceñidos como taleguillas de banderillero. La estrechez está de moda como si todos los cuerpos fueran como fideos. Pero Luismi la inventó muchos años antes con su particular tratado de trigonometría, tanto de lunes a viernes por las calles del centro, como los domingos a la salida de la misa en San Pedro. Hay gente que acude a comprarse un traje a Galán, O´Kean o Sobrino, o a alquilar un terno para una boda en José Gestoso, que dan instrucciones claras y precisas al dependiente: “Mire usted, el pantalón me lo pone a su criterio, pero la chaqueta como a Luismi, con el piquito de la solapa asomando cuando me la cierre, sabe usted, que eso es lo más chic en las bodas de ahora, mucho más que repartir manoletinas entre las señoras para que puedan seguir bailando sin tacones”.

En Sevilla hay avifauna rica y variada como hay una industria emergente del corcho. Al corcho no se puede dedicar cualquiera, para eso hay que saber. Y esas enseñanzas no se imparten ni en centros públicos ni privados, ni en escuelas de negocios, ni en institutos especializados. Los conocimientos para ejercer de buen corcho en Sevilla se transmiten sólo entre los escogidos. Luismi flota en todas las aguas. Y eso escuece a algunos. Es el Antonio Pascual del PP, que tantísimos años después de ser vicerrector de la Hispalense sigue llevando vara en la presidencia del paso de Cristo de Los Estudiantes. ¿Por qué? Porque ha seguido yendo vestido de nazareno cada Martes Santo y siempre ha habido alguien que le ha dado la vara. Hay quien sale de Lacave en el Gran Poder como hay quien sale de Pascual en Los Estudiantes. Porque sí, porque Pascual ha tenido la habilidad de crear costumbre. Y la costumbre en Sevilla es como la jurisprudencia del Supremo. Luismi fue un día concejal de Seguridad Ciudadana. Y ha creado costumbre. Eso es así, ¿o no?

La celebérrima anécdota sobre la detención de Lorenzo Serra Ferrer un Sábado Santo es como el toro ensabanao de Antoñete, que años después seguía toreando y toreando en foros y tertulias y le cortaba otra vez las dos orejas. Cambian los alcaldes, desaparecen las cajas de ahorro, se hunde el PP…. Pero Luismi siempre está en postura, siempre en el machito, siempre en las fotos con el pico levantado de la chaqueta. Si había un sonrisa del régimen, hay una sonrisa hispalense que es la suya. Nadie puede con Lusimi como no hay nadie que pueda con las Diputaciones Provinciales. Hasta dicen que si dos sevillanos se quedan abandonados en una isla desierta, sólo se salvaría Luismi, porque se haría amigo de los caníbales en dos minutos.

Si hay una saludo que caracteriza a este duque de la Real Maestranza del Corcho es “¡Adelante”! Nunca responde al teléfono con el “Dígame”, sino con un “¡Adelante!” enérgico y firme que hace que el interlocutor se sienta recibido con altos honores. No pocas veces interrumpe el inicio del relato del que llama y espeta con la voz baja:“Te puedo llamar yo en dos minutos, te puedo llamar yo en dos minutos”. Sí, lo dice dos veces,al igual que hace Arenas en los mítines.

El corcho flota. Y la capacidad de flote genera desconfianza en sus compañeros de filas del PP. Mucho largar de Luismi, pero cuando se casa el hijo de un alto cargo, siempre se repite la misma conversación entre los padres de la novia: “Invitamos a Fulanito, a Los Menganitos… ¿Y a Luismi habrá que invitarlo, verdad?”. Una boda del centro-derecha sevillano sin Luismi ni es boda ni es ná por mucho que la presida Sánchez-Dalp (“Sánchez-Cal”, según Paloma Gómez Borrero, que como las crónicas vaticanas las haga con el mismo rigor…). Peregil de todos los enlaces, canapés, cenas de gala y zambombas de nuevo cuño que se precien. Vuvuzela de la gracia con las anécdotas de su etapa de concejal.

Inolvidable la de la visita a casa de Manuel Ruiz de Lopera acompañando al capitán general. Un pedazo de perro como un tigre que tenía don Manuel como mascota acudió a saludar al alto militar. El amo trató de evitarlo a gritos:
–¡Beethoven! ¡Quieto, quieto!
Luismi terció para que se no enfriara el ambiente.
–Qué bien, el perro se llama como el músico.
Y don Manuel puso la guinda:
–No, el perro se llama como su padre.
Tiene el don de pararse al menos un minuto con todo el mundo por la calle. Su gran ilusión sería que los señores de la Academia de la Lengua aceptaran Luismi como abreviatura de Luis Miguel y que la Iglesia lo admitiera como santo festivo.

El problema de conocer tanta gente es que luego se le presentan en la caseta. Un atasco en la SE-30 en hora punta en los años de convenios urbanísticos no es nada comparado con este hombre metiendo gente en la caseta un Jueves de Feria (“Adelante, adelante, que esto es como el autobús de Tussam. Vayan al fondo, vayan al fondo”).

Hubo un mes horribilis en la vida de este sevillano sin igual. Entre todas las cosas que ha sido y las que le quedan por ser, dicen que fue hasta dueño de un periódico por unos días por las circunstancias del destino, porque alguien le quitó la escalera en una negociación y se quedó con la brocha en la mano. Sus muchos partidarios aseguran que Luismi abdicó de sí mismo durante aquellos días.

Caballito fijo en el tiovivo local. Amigo de Soledad Becerril, con quien suele ver la cabalgata. San Fernando entró en Sevilla y ya estaba Luismi estrechándole la mano, como se la dio a Bill Clinton en una visita relámpago a la ciudad. Su silueta es siempre la de un viejo nazareno de San Pedro, de esparto ancho volviendo descalzo por la calle Dormitorio a su feliz morada. Sus chaquetas formarán parte algún día del Museo de Artes y Costumbres Populares. Ahora disfruta de vara de consiliario macareno con la ilusión pura y sincera de un niño. Sabe ganarse la confianza de curas banqueros, obispos y cardenales. Algo tendrá Luismi cuando lo bendicen. Y atesora una virtud escasa en el sevillano:es difícil oírle hablar mal de alguien.

Nunca olvidará una comida dominical con macarenos de pro en un restaurante pretencioso en la Avenida del Pueblo Saharaui. Uno de los comensales no paraba de pedir botellas de reservas de Rioja, raciones de marisco, puros y demás delicatessen. Cuando llegó la cuenta, vació la cartera, pero todavía le faltaban euros. Preguntó al compañero de mesa al oído, enseñándole los billetes que ya tenía.
–¿Tú llevas dinero para dejarme y te lo doy mañana?
–¿Pero cuánto es la broma?
–95 euros cada uno, a 190 el matrimonio. ¿Tú sabes cuántos carros del Supersol de la Alfalfa se llenan con 190 euros?
Y del Pueblo Saharaui al centro se volvieron andando por un desierto de tiesura. No estaba la cosa para coger un taxi. Que en los taxis se arrugan las chaquetas.