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Más allá del foso de la Universidad

Carlos Navarro Antolín | 8 de julio de 2018 a las 5:30

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LAS cofradías no suelen dar de comer. Aunque haya gente que pelee por ciertos cargos como si llevaran añadida la pensión vitalicia a la que tendrá derecho un tal Sánchez tras asegurarse un período de uso del somier de la Moncloa. Alguien dijo una vez que la estructura de una cofradía era una cebolla con tres capas. La de mayor tamaño corresponde a los hermanos cotizantes. que no aparecen nunca por la hermandad pero pagan religiosamente la cuota por el sistema de domiciliación bancaria que mandó al paro a los cobradores. La segunda en tamaño se corresponde con los capiroteros, que solo aparecen el día de retirada de la papeleta de sitio y el día de la salida de la cofradía. Y la capa de menor tamaño, el núcleo duro de la hortaliza, es el grupo de hermanos que protagonizan la vida cotidiana en la hermandad y que forman parte antes o después de la junta de gobierno. En este colectivo los hay sin oficio ni beneficio, a los que les va la vida por mantenerse en el machito, y los hay que compaginan sus trabajos con las horas de dedicación a la cofradía de su vida, la que aprendieron a amar a través de sus padres.

Antonio Piñero Piñero (Carmona, 1957) es durante unos meses el presidente accidental del Consejo de Cofradías por la dimisión repentina de Joaquín Sainz de la Maza. Fue anteriormente un brillante hermano mayor de la cofradía de Los Estudiantes, de la que forma parte de la capa más interior de la cebolla. Por su profesión de letrado de la Administración de Justicia tiene vida más allá –mucho más allá– de las hermandades. A Piñero se lo encuentra uno en la barra del Labradores con cara de sueño y se justifica alegando que lleva desde las seis de la mañana en una misión especial. No te da más datos, que es hombre chapado a la antigua en la discreción casi excesiva. Consulta uno la web de Diario de Sevilla y aparece la información sobre una operación policial con registro y entrada en el Vacie, en Los Pajaritos o en cualquier punto sensible de la ciudad y, claro, allí estaba Piñero rodeado de policías nacionales blindados hasta la corcha para dar fe pública judicial como corresponde a su puesto en el Juzgado de Instrucción número 9. Muchísimas veces no sabe la estampa que se va a encontrar, qué ristra de miserias humanas va a tener que presenciar y sobre las que luego tendrá que escribir en ese despacho austero, presidido por una foto ochentera del Cristo de la Buena Muerte sobre fondo de cortina roja de terciopelo y dos carteles de pregones universitarios. Siempre el Cristo de la Buena Muerte, siempre presente el crucificado de la Universidad del que su padre fue maniguetero hasta su última Semana Santa.

Hijo del magistrado Francisco de Paula Piñero Carrión (Carmona, 1917-Sevilla, 2012) , sabe lo que es vivir en diferentes ciudades de España, primero como hijo de juez, y después como secretario judicial. A Antonio Piñero le pasa como al rey emérito. Ves a Don Juan Carlos en la televisión y estás viendo al mismísimo Don Juan de Borbón. Cada día la rama se parece más al tronco. Ves a Antonio Piñero camino de una función religiosa y estás viendo la silueta señorial de su padre cuando, inconfundible en las formas, salía de la tertulia de mediodía del Círculo de Labradores camino de la parada del autobús que lo llevara a Los Remedios.

Piñero tiene el don de escuchar a todos y la habilidad después de hacer lo que le da la gana. Dicen que tiene velocidad propia. Es el claro ejemplo del que sigue la proclama: “Oídos los pareceres, yo dictamino”. Tiene un catálogo de frases bien definidas para reaccionar ante determinadas situaciones. Cuando quiere expresar una oposición frontal a un planteamiento: “En modo alguno”. Cuando está un poquito harto de oír obviedades: “Es por ello, es por ello…”. Y cuando encarga una tarea particular a alguien muy concreto: “Si te encargas, te encargas tú”.

En la cofradía de la Cruzcampo tiene casi la misma antigüedad que en la de Los Estudiantes. Piñero es un tipo que prima la compañía antes que el sitio. No es nada exquisito a la hora de escoger un restaurante o una taberna. Se adapta a todo hábitat. Acaso tiene preferencia por los caracoles del bar Bolonia de la calle Juan Sebastián Elcano.

Racional y templado. Cuentan que tiene mucho de Rajoy a la hora de no alterarse. O, al menos, de no parecer alterado. Un día de la Feria de 2017 sufrió un telele cuando se dirigía al real por la calle Asunción. Requirió de ingreso hospitalario. Llamó a la enfermera al cabo de unos días y le dijo que sintiéndolo mucho se tenía que marchar, que ya no podía estar más días en la clínica porque tenía entradas para una corrida de toros. Cuando tiene algo claro es complicado frenarlo. Tal vez sea como su padre, que le insistían en los años noventa para dar el pregón de la Semana Santa y sorpresivamente decía que no, cuando había tortas por abrazar el atril, como las sigue habiendo ahora.

Piñero es la sonrisa en el mundo de las cofradías, tantas veces ajado por los conflictos internos y externos. Es un tipo abierto, extrovertido e integrador. Una prueba de ello es que los jóvenes de Los Estudiantes le tributaron un homenaje improvisado en el último almuerzo que presidía como hermano mayor. Siempre mantuvo abiertas las puertas de la hermandad, siempre obsesionado por el aperturismo. Cuando algún hermano accedía a la sala de cabildos en plena reunión de la junta de gobierno, Piñero se levantaba y le invitaba a pasar al resto de dependencias de la hermandad, para que no se quedara cortado y se marchara. Su gran preocupación es que ningún hermano se quedara en la calle. Llevó ese espíritu de apertura a tal extremo que se inventó la celebración de la Cruz de Mayo en los patios de la Fábrica de Tabacos con permiso, por supuesto, de las autoridades académicas.

La infancia son recuerdos de las aulas de las entrañables dominicas de Madre de Dios de Carmona. Y la juventud son evocaciones de las clases del colegio de San José (Padres Blancos) de Los Remedios, donde también estudió su hermano Francisco, primer alumno del centro que fue ordenado sacerdote y que hoy, además, es el párroco del templo, al que todos cariñosamente conocen como el cura Paco. ¡Cuántos recuerdos de los juegos infantiles con Francisco en los jardines de la casa familiar de Virgen de la Antigua! La vida son recuerdos de los destinos profesionales de su padre: Marchena, Fregenal de la Sierra, Las Palmas de Gran Canaria… El golpe de Estado del 23-F, precisamente, le sorprendió en el archipiélago. La vida es empezar a cursar Derecho en la Universidad de La Laguna y terminar la licenciatura en Sevilla. Hincar los codos en las oposiciones con ese inolvidable descanso de los desayunos del domingo por la mañana en la cafetería Lunchparty frente a la parroquia de Los Remedios.

La vida es llegar temprano a la legendaria caseta Wifredo el Velloso, de la que su padre era fundador, y contemplar el paseo de caballos. La vida es tener el orgullo de ser el hermano mayor que recogió la Medalla de la Universidad concedida a la cofradía de Los Estudiantes por el rector Joaquín Luque. Y la vida, cómo no, es el recuerdo de su perra Molly, un can de enorme tamaño al que sacaba a pasear por las noches –cigarrito en mano– por la calle Virgen de la Cinta.

Uno de los méritos escasamente reconocidos a este cofrade es que se aprendió el segundo apellido del obispo vasco Mario Iceta, al que recogió en el aeropuerto con motivo de unos cultos que iba a presidir en la Capilla de la Universidad. Siempre se refirió al prelado como monseñor Iceta Gavicagogeascoa. Sólo por eso merecería una distinción del Vaticano, por lo menos… Hizo buenas migas con Iceta y con el cardenal Sistach, uno de los grandes canonistas de la Iglesia española al que también invitó a presidir cultos de la cofradía.

Sin hacer mucho ruido, la verdad es que Piñero ha sido pionero en algunas apuestas. Como hermano mayor promovió la designación de la primera mujer pregonera e incorporó la primera mujer a una junta de gobierno. Hizo presión para que su dilecto Lutgardo García fuera pregonero de la Semana Santa. Lo consiguió. Después, ya de vicepresidente del Consejo, consiguió que su amigo del alma, José Ignacio del Rey, también lo fuera. Su vida es una continúa promoción de notables hermanos de Los Estudiantes. Incluso ha hecho hermanos de la cofradía a muchos abogados, jueces y fiscales.

Analítico con las situaciones de la vida cotidiana, pero siempre con corazón. Siempre tiene a mano la raqueta de pádel para jugar en las pistas junto al río. Y, cuidado, porque es tremendamente competitivo por mucho que se queje de las rodillas. Si fuera futbolista se diría que no le gusta perder ni el Torneo de la Galleta. De hecho, ha ganado en todos los comicios cofradieros que se ha presentado, hasta tal punto que en una ocasión se calificó de piñerazo la elevada cantidad de sufragios obtenidos.

Correcto en el vestir, le pierden ciertos antojos como los regalos promocionales: gafas de sol, polos, etcétera. Muy sevillista, tanto que forma parte de la peña Eindhoven. En su casa exhibe la tabla del Cristo de la Buena Muerte que pintó Ricardo Suárez, regalo de la hermandad por el fin de su mandato. Piñero es de los que cumplen con su trabajo con rigor pero sin obsesiones, sabe disfrutar del horario extralaboral. Su despacho está a escasos metros de la cofradía de su vida. Siempre está cerca de la Capilla de la Universidad por grande que sea el foso que separa el templo del exterior de la antigua fábrica. Siempre está en esa capa reducida de la cebolla. Es por ello, es por ello…

La alegría de la fe

Carlos Navarro Antolín | 18 de marzo de 2018 a las 5:00

José Ignacio del Rey Tirado

COFRADE de ruan, vecino de Los Remedios, abogado de profesión y pregonero de la Semana Santa. Hay quien lo tiene todo para responder al prototipo de sevillano ortodoxo con el que una tarde de Feria podría ser una experiencia tan divertida como la lectura de la revista oficial del Colegio de Médicos en la sala de espera del dentista. Este año tenemos un pregonero de catálogo. Sí, pero es de los que pegan el regate en corto y exhiben el espíritu transgresor que llevan dentro cuando uno menos se lo espera. Cuidado porque hay guasa. Hay gente que se mete en las cofradías para trepar, gente que se introduce como una babosa aficionada para hacer cierta carrera social en Sevilla. Hay gente joven que se hace prematuramente vieja por estar tantas horas en una casa de hermandad, como también hay gente que mantiene un espíritu jovial pese al tiempo que invierte en una cofradía. José Ignacio del Rey Tirado (Madrid, 1972) no es lo que reza su tarjeta de presentación. Su vida tiene mas baches que el empedrado de la Lonja de la vieja Fábrica de Tabacos. Nunca se hará la víctima. Es un personaje divertido, cristianamente alegre y con un elevado grado de compromiso con su hermandad del alma y con su profesión de abogado. Este domingo pronunciará el Pregón de la Semana Santa con un chaqué cortado por el maestro Ibáñez. Dicen que el sastre está rezando para que el pregonero no coja más peso en estos días previos, cuando se le están poniendo hechuras de costalero de Los Caballos en la chicotá de vuelta por la Cuesta del Rosario. Defienden algunos entendidos en la materia que lo bonito del Pregón es que sea pronunciado por alguien no experto ni en la literatura ni en la oratoria, pero sí con unas vivencias y un conocimiento profundo sobre los pilares de la materia: la Semana Santa y sus hermandades. En eso no le quepa duda a nadie que este abogado tiene el cum laude garantizado. No es aburrido porque tiene guasa y acidez de sobra, como el día de su designación cuando afirmó, tras varios años con novedades musicales en el acto, que en su pregón podría haber maracas… De tonto está como la Canina: ni un pelo. De amor a las cofradías anda sobrado. Pilla al vuelo a los envidiosos taimados. Y siempre, siempre, arenga a todos para que tengan caridad cristiana con el prójimo. Claro que a veces hay que recordarle que la caridad debe ir de la mano de la justicia previa. Y ahí pueden surgir esas discrepancias que le encantan para organizar una buena y ordenada polémica. En ese momento, este José Ignacio se acerca a la barra y pide una copa “pregonero”, que consiste en un chorreón de ginebra con limón, siempre con limón, en ese bar de la calle Juan Sebastián Elcano donde tantas y tan buenas tertulias improvisa con algunos de sus hermanos en la cofradía de la Universidad, como sus inseparables Antonio Piñero, Antonio Gil Tejero o Juan Antonio González Marín. “Mi pregón será entretenido, ¿eh?”, anuncia para alivio del respetable, demostrando conocer cómo se las gastan sus paisanos cada Domingo de Pasión.

La vida son recuerdos de todo lo que ha oído de su abuelo, José María del Rey Delgado, un notario con despacho en la Plaza del Pan que se metió a ganadero y a escribir libros taurinos con el seudónimo de Selipe. Su abuelo, por cierto, protocolizó nada menos que la concordia entre el Gran Poder y la Macarena, el célebre acuerdo que sigue vigente más de cien años después. El tío de José Ignacio, José María del Rey Caballero, usó después ese mismo seudónimo. Y hasta su hermano Eduardo, hoy hermano mayor del Silencio, lo ha empleado alguna vez como Selipe III. La vida son diez años de crianza en Madrid antes de que a su padre, Eduardo del Rey García, le dieran plaza fija en Sevilla como funcionario del Ministerio de Agricultura. Son recuerdos de las aulas del colegio Marista y del instituto Carlos Haya de Tablada. La vida es vivir en la alegría de la fe con independencia de como sean de pronunciadas las curvas del camino de la existencia. Ahí se le nota que es nazareno del Silencio: en el abrazo a la cruz de las desgracias. La vida es ironía, sentido del humor y nervio, puro nervio, para bien y para mal.

Dicen que le ha pegado más recortes al texto original del Pregón que Montoro al estado del bienestar. Sabe que en la impresión del Pregón no se debe emplear más de un paquete de folios y que todos debemos llegar a tiempo (con comodidad) de oír las noticias de las dos de la tarde. Al menos tiene tanta facilidad para usar las tijeras como para responder a cualquier comentario. Este abogado es rápido, muy rápido, aprieta el gatillo con suma rapidez en cualquier reunión, y es un gran observador de cuanto le rodea. Es un tipo actual de los que se empapan los telediarios y las informaciones sobre la Iglesia. Pregúntenle por los movimientos eclesiales, los últimos documentos sobre asuntos del gobierno de la Curia o las quinielas para nuevos prelados.

Un día se hartó de pescao frito en su casa de hermandad. El hermano mayor de entonces tuvo la feliz idea de prescindir de los capataces, una decisión legítima, pero eligió con alguna torpeza el momento de comunicar dicha decision, porque lo hizo antes de una convivencia prevista con las cuadrillas y la junta de gobierno. Los costaleros, en cuantito se enteraron de los despidos, se sumaron voluntarios a esa suerte de ERE del martillo. En la mesa quedaron pavías, pescadas y croquetas para dos cuadrillas enteras de costaleros. Los entonces jóvenes de la cofradía que andaban por allí, entre ellos José Ignacio, se pusieron morados y nunca, nunca, olvidaron la noche en que los Ariza y el añorado Jesús Basterra dejaron el martillo de la cofradía universitaria. La vida es guardar lealtad al hermano mayor de su cofradía, sea quien sea, y a su maestro en la profesión como abogado, Alfonso Cano Bravo. Y la vida es ejercer gratis total el oficio cuando las condiciones del cliente lo requieren, pero de eso no le oirán hablar nunca, eso lo sabemos porque lo dicen algunos de sus compañeros con lágrimas de emoción en los ojos. Tampoco le oirán hablar mucho de su condición de orgulloso hermano de la Caridad, donde trabaja de manera muy activa en el proceso de beatificación del venerable Miguel Mañara (1627-1679).

Alegre, echado para adelante, sin complejos y con la enorme ventaja de no haber generado ninguna expectación para el Domingo de Pasión. Sí, es abogado, vecino de Los Remedios y doblemente cofrade de cola, pero se puede compartir una tarde de Feria con este letrado porque sabe dosificar esa acidez que en clave local se llama guasa y que, al fin, es el lubricante de los mejores momentos. El día que recibió la llamada del Consejo para ser designado pregonero estaba en la sede de su cofradía tras el acto de inauguración del curso académico universitario. Se metió con el teléfono móvil en el retrete de la casa de hermandad. Allí se quedó un buen rato para atender las principales llamadas y es de suponer que para hablar también con sus familiares. Al salir de ese reducido aseo, la gente de la hermandad estaba esperando oír de su propia voz la feliz noticia de su nombramiento. José Ignacio prefirió ser directo. A su estilo, que es hablar muy rápido porque piensa a la velocidad de Santa Marta: “¿Qué hacéis todos aquí? ¿Un pregonero no puede estar en el wáter, o qué?”.

Disfruta de la buena mesa tanto como cuando recorría la cofradía estudiantil en sus años de diputado mayor de gobierno: de cruz a palio con parada en el cántaro de agua. Porque los buenos nazarenos con funciones de enlace saben cómo y dónde hay que beber agua sin ser vistos. Creador del sistema de vigilancia de los monaguillos, con un cuerpo auxiliar y un dispositivo muy controlado de entrega de los menores a sus padres o tutores. Siempre ha tenido a los monaguillos como los hermanos predilectos de la cofradía, más importantes que los propios sagrados titulares en caso de lluvia repentina. Su casa está iluminada por una fe a prueba de vaivenes, simbolizada en un hachón de cera tiniebla que iluminó la última tarde de Martes Santo la faz amorosa de ese Cristo más humano por menos divino, el Señor que siempre espera los lirios morados que llegan frescos la mañana del Sábado de Pasión, la misma mañana en la que se descargan las cruces que son apiladas en las galerías de la Universidad. No hay más preciosa imagen de la alianza de la cultura y la fe que esas cruces que aguardan junto a las aulas a ser portadas por nazarenos de todas las edades y condiciones. Hay túnicas de tonalidad ala de mosca que salieron de la vieja Universidad de Laraña, donde se concentraban las cuatro facultades de los años cincuenta, como las hay de brillante ruan que quizás visten ya estudiantes de nuevas y emergentes universidades privadas.

El pregonero dice que no aburrirá. Escrito está que algunos ya hemos estado en el pregón de este madrileño que aprendió a hacerse sevillano en la distancia. Lo hemos oído varias veces en las reuniones preparatorias, cuando se ganaba la confianza de los monaguillos, de sus padres y de sus abuelos. Lo hacía con tacto, con exquisitez, con cariño, con mano izquierda. Sólo así se forja a los futuros nazarenos de Los Estudiantes, sólo así uno se queda de pie cuando la vida le golpea. Pasa la fuerte marejada de cualquier desgracia y allí sigue José Ignacio, empapado por fuera, abatido por dentro, pero agarrado a la cruz que recibió de sus padres, la del mástil más alto, carey y plata; la del Señor de ojos grandes, cuello erguido y potencias de oro. Y siempre hay alguien, siempre, que le da de beber del cántaro fresco de la Buena Muerte para, torbellino de nervios, seguir remontando la cofradía y buscar a su Virgen de Los Estudiantes.