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El oboe y el caballo

Carlos Navarro Antolín | 29 de noviembre de 2015 a las 5:00

Francisco Javier Gutiérrez Juan
LOS consultores americanos que asumen la selección de la plantilla de una nueva empresa o la mera contratación de sustitutos por bajas temporales, se fijan cada vez más en los hobbies de los candidatos. Una persona es su currículo tanto como sus aficiones. Su vocación y sus horas de ocio. A lo Perales,pregúntenle al nominado a qué dedica el tiempo libre antes que por sus calificaciones en la Universidad. Esos americanos que siempre sos citados así, sin mayor precisión, desconfían de quienes no tienen perfiles en las redes sociales (aparecer mucho en las fotos es de chuflas, pero no salir nunca en ellas genera desconfianza) y de quienes no tienen bien definida una afición extralaboral cuando el jefe, a lo maestro de ceremonias vaticanas, entona el extra omnes. Fuera todos del currelo. ¿Y usted qué hace fuera del bufete de abogados, fuera del despacho de ejecutivo estresado, fuera de las horas en que vigila a sus empleados o una vez que echa la persiana del negocio que levantó con la indemnización recibida cuando lo botaron de la plantilla, sabiendo que en sus días ya no conocerá más plantilla que la de los zapatos?

–Nada especial.
–¿Nada?
–¿Está en facebook, tuiter o linkedin?
–No, soy muy discreto.

No hace jardinería, no se calza las zapatillas deportivas para evadirse en el Parque, no se le ve por la Casa del Libro recogiendo el pedido de un ejemplar atrasado de Muñoz Molina en cuanto ha recibido el pitido del sms, no publica fotos de los pies en la playa junto a una copa de gin premium, ni siquiera el menor atisbo de algún viaje por la ruta del románico español en la que se intuya agarrado de la mano de un niño que haga presumir una familia estable, digna de foto con marco del Ikea en el mueble minimalista del salón. Yel consultor apunta en rojo la condena que recibe todo aquel que sólo piensa en el trabajo, con tendencia a ser un workaholic: perfil de riesgo.

Francisco Javier Gutiérrez Juan (Guillena, 1968) es un músico de figura menuda como un pictolín, de silueta enjuta como un Quijote y con ese rostro levemente oscurecido como un banderillero de Joselito El Gallo. Tiene la color de una foto antigua, el rostro de un sevillano del ayer, como sacado de la confitería La Española a la hora del aperitivo, o curioseando desde el zaguán el patio del Palacio de los Sánchez-Dalp (va por usted, Nicolás Salas). Gutiérrez Juan es el director de la Banda Sinfónica Municipal de Sevilla, un músico consagrado al I+D+i del pentagrama. Dirige la banda, investiga partituras perdidas en archivos de ciudades y pueblos, las rescata y arregla para su interpretación y, además, publica libros con los frutos de su trabajo más allá de las obligaciones propias de la batuta.

Gutiérrez Juan es lo que se conoce como un fatiga. Su especialidad es el oboe. Cocinero aventajado antes que fraile disciplinado, es maestro en el oboe antes que director de orquesta. Lleva décadas con la música, desde que ayudaba al maestro Marvizón a arreglar sevillanas de Los Romeros de la Puebla o de los Amigos de Gines hasta sacar de los nervios al personal por su exquisita meticulosidad:“¡Para, para la grabación! He oído respirar una trompeta y hay que eliminar ese sonido”.

El músico con fonendoscopio que oye los latidos de los instrumentos. El hombre de pueblo que cada día da paseos a caballo. Tiene cuadra con varias jacas. Y al galope, al trote o al paso elimina el estrés de las horas de dirección e investigación, con la única melodía acompasada de los cascos del caballo.

–¿A qué dedica el tiempo libre?
–A susurrar a los caballos.

Queda usted contratado, dijo el americano. Nervioso, sonriente y con espíritu positivo. La gente se divide en dos:los que generan toxinas, siempre hablando de sus problemas en un yoísmo patológico, y los que generan activos beneficiosos con los que se robustece todo el entorno. Como buen sevillano con brillo, para que no se rompa la tradición, está más considerado lejos de Sevilla que en la ciudad de los veladores y los ciclistas con auriculares. Su figura diminuta y cargada de vigor ha dirigido orquestas en Venezuela, Costa Rica y Estados Unidos. En Iberoamérica es reclamado para impartir lecciones magistrales, esas que los tontos de las técnicas de entrenamiento mental y otras gaitas, llaman ahora máster class. A Gutiérrrez Juan se le ha visto dirigiendo la orquesta nacional de Venezuela, blandiendo la batuta ante decenas de tíos con chandal tricolor que ponen la música oficial del régimen bolivariano. El sevillano, siempre tan caritativo y dispuesto al reconocimiento de la labor del prójimo, exclamó aquel día con ese desdén que es marca de la casa, con el sello del que se cree un ser superior con palillo en la boca: “¿Ya este hombre lo llaman para dirigir esa orquesta tan importante? Pero si yo lo veo todos los días entrar en su oficina del antiguo matadero”. Y el sevillano ignora que sí, que su vecino es a veces un científico de relumbrón, un investigador de las Ciencias Jurídicas, un emprendedor asentado en los Estados Unidos o un músico hecho a sí mismo al que varias naciones de ultramar reclaman continuamente para enriquecerse con su magisterio. Yque él, sevillano mediocre, que tira con balas de verdad contra la reputación y el currículo de la gente, es el que no ha hecho nada por la ciudad, salvo elevar el IPC verdadero de Sevilla, que es el Índice de Precios de la Cruzcampo.

Los críticos dicen que Gutiérrez Juan tiende al divismo y apuntan a que para revestir su ego tiene que ir a la planta de tallas especiales. No hay artista sin ego, pues el ego bien encauzado es el motor del progreso. Es cierto que el barniz de divo se percibe cuando ejerce de director, cuando parece un apasionado Leonard Bernstein de Guillena, cuando se enfunda el esmoquin de las grandes solemnidades. Con Antonio Silva como director de Fiestas Mayores del Ayuntamiento se entendió como Curro con Canorea. Silva sacó la banda de la entonces plúmbea área de cultura. Después, con Carlos García Lara en la dirección de las Fiestas Mayores, llegó el sablazo al Corte Inglés para sacarle esmóquines de válvula para todos los músicos de la Municipal. La banda dejó definitivamente ese papel de hermana pobre del organigrama del Ayuntamiento, de señores mayores cicateros al soplar que sólo tocaban en el Santo Entierro, en el Pregón de Semana Santa y cada cuatro años en la toma de posesión de las corporaciones municipales, maceros y ordenanzas de gala con arzobispo en primera fila del Salón Colón.

Gutiérrez Juan vive con tanta pasión los conciertos que se mete un dulce entre pecho y espalda al bajarse del estrado porque tiene calculado que pierde unos dos kilos en cada actuación. Azúcar para recuperarse y el caballo para evadirse en los campos de Villanueva del Ariscal.

Es tan fatiga que puede volver loco al atrilero buscando partituras: “¡Bazaga, Bazaga, me faltan papeles!” Hábil negociador con los sindicatos para sacarle el máximo jugo a la banda, llevándola a Madrid y a Torreblanca, a la Catedral y a los colegios, a la basílica macarena y a la despedida del cardenal Amigo en al andén del Ayuntamiento. Una noche de concierto de víspera de 15 de agosto en la Plaza de la Virgen de los Reyes, la banda interpretó una selección de los momentos más amenos de la zarzuela El Bateo, de Federico Chueca. Gutiérrez Juan hizo que tocaran las palmas, se jalearan y hasta protagonizaron algunos diálogos divertidos. Al final del concierto, el prelado, que estaba en primera fila, susurró al director: “Cierro los ojos y no estoy oyendo una banda, sino una auténtica sinfónica”. Yahí comenzó su lucha para conseguir la bien merecida ese.

Sufre con la crítica, especialmente tras el estreno del Miserere en el que metió gregoriano como a la vieja usanza. Si los políticos le tocan las cosquillas, tiene un recurso mucho más letal que una huelga:un músico está enfermo y no se puede garantizar la calidad del concierto. Para eso la banda es la que menos componentes tiene de todas las formaciones municipales de España. Cuenta con poco más de 30 músicos. Gutiérrez Juan lleva años reclamando doce incorporaciones y, aun así, seguiría muy por debajo de la cifra recomendable:entre 50 y 60 profesionales.

La vida es vestirse de corto en la Feria y montar a caballo, probar el sabor a gloria de los días del Rocío en familia, contemplar la evolución de los hijos que han heredado la pasión por las corcheas. La vida es un maletín con partituras, es dedicar una marcha tras el paso de la Virgen de los Reyes a un ciudadano despistado de la tercera fila al que señala con la batuta de entre la bulla, es sacar del cajón del olvido composiciones de Pedro Gámez Laserna en un incansable ejercicio de arqueología del pentagrama. La vida es ser un jefe de servicio del Ayuntamiento que prefiere ser conocido como director de orquesta. La vida son tardes dedicadas a aprender veterinaria en cursos especializados para tratar mejor a sus caballos. La vida es sentirse envidiado por tener uno de los diez mejores sueldos del Ayuntamiento de acuerdo con la ley.

A su labor tenaz se debe la transformación de una banda de pueblo en una sinfónica de prestigio que combina en armonía el viento y la cuerda, con más cedés grabados en cuatro años que en los anteriores treinta. Nadie discute que domina desde la música de pasodoble a la opereta bufa. A veces riñe a sus músicos como si de un parvulario se tratase, pero es respetado porque da la cara por ellos ante los gobiernos de turno. Con Carlos García Lara también se entendió. Pero al llegar Zoido a la Alcaldía, el PP devolvió la banda a las mazmorras del área de Cultura, donde esos años estuvieron algo acomplejados con todo lo que pudiera parecer excesivamente sevillano.

Es poseedor de uno de los grandes secretos de la ciudad, que trae negro a más de un miembro de la Corporación: por qué la Marcha Real es el himno (con letra oficiosa) más breve de los que se tocan en España, menos de 40 segundos. Se escuda en que la culpa la tiene un decreto de Aznar. que ya se sabe que la culpa de todo es de Aznar o del Consejo de Cofradías, que para eso están el uno y los otros. Ojú, esos otros…

Si le piden un concierto especial, este inquieto director tiene dos respuestas. La primera: “Eso es muy difícil, pero te lo voy arreglar”. Ylo arregla. O la segunda, al estilo del anuncio de las natilla, ¡Repetimos!:“Ese concierto no te lo puedo dar, porque para dos días antes estamos ensayando uno dedicado a música popular muy escogida. Pero lo que hago es repetirte a ti el de música popular”. Y lo repite.

Lo peor es cuando frunce el ceño y alega que hay un músico enfermo. Entonces se pueden ir al traste la función votiva de la Hiniesta y hasta el acto del Pregón. Yacto seguido cepilla las crines del caballo para eliminar el estrés al trote. El jaco genera confianza a los consultores americanos, mientras el sevillano envidioso sigue mascando el palillo hasta dejarlo escobillado.