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El poder del frac

Carlos Navarro Antolín | 10 de junio de 2018 a las 5:00

ANTONIO PASCUAL

EL deporte es muy importante para los políticos. Son horas de ocio que, valga la rima, siempre se dedican al negocio, pero con el valor añadido de que se hacen fuera de contexto. Se hace política en todas sus vertientes (periodismo incluido) jugando al pádel en la Moncloa con Aznar, al baloncesto con el avieso Zapatero, o yendo de caminatas con Rajoy por las sendas gallegas. Hubo un tiempo que en Andalucía eran muy importantes los partidos de futbito de los lunes que organizaba el presidente de la Junta de Andalucía, José Rodríguez de la Borbolla, en el pabellón de Arquitectura de la Avenida de Reina Mercedes. Allí se citaban apellidos sonados de la política andaluza como Torres Vela, Recio, Zarrías, Pérez Cano… Los escoltas también jugaban. Un día logró entrar en tan selecto círculo deportivo un señor llamado Antonio Pascual Acosta (Jaén, 1951), el catedrático que debutó en el organigrama de la Junta de Andalucía al frente de la dirección general de Universidades, recién creada en aquellos años ochenta para gestionar las competencias recién transferidas por el Estado. Manuel Gracia era el consejero de Educación, pero sin mucho control de las universidades, por lo que el consejero de Presidencia, el catedrático Ángel López –siempre atento a los movimientos internos, corrientes de opinión y grupos de presión del mundo académico– propuso el nombre de Antonio Pascual. Y Pepote lo aprobó. Pascual terminó escalando a consejero de Educación cuando Borbolla hizo una crisis de gobierno y envió a Gracia a Gobernación. Con el tiempo, tras la marcha de Pepote, Chaves lo mantuvo en el gobierno, pero como consejero de Industria. Fue una etapa corta. Año y medio. Como Zoido en Interior. Cuentan que pese a la brevedad del período, Pascual le sacó muchísima rentabilidad a aquellos días por los contactos personales que hizo con la entonces emergente cúpula de la patronal andaluza, sobre todo con Rafael Álvarez Colunga (1937-2008). Siendo consejero de Industria desembarcó ya para siempre en el mundo de la clase dirigente empresarial. La trayectoria pública de Pascual está estrechamente vinculada a la figura del Lele Colunga.

Pascual era y sigue siendo uno de los fijos en la plantilla de los actos sociales de la ciudad. Es un jiennense del PSOE que parece un sevillano del PP. Es el Luismi de los socialistas, alguien que hace años que dejó los cargos públicos (como Martín Rubio) pero que sigue estando en todas las entregas de premios, foros empresariales de diverso pelaje, conferencias de postín en Cajasol (donde a Pulido no se le va un detalle), desayunos de políticos variados en el Alfonso XIII, retiros (no espirituales) para directivos, funerales de media mañana, cafés en Antares, y toda esa lista de citas en las que lo importante no es lo que se dice en los estrados o presbiterios, sino lo que se cuece en las cocinas o fogones.

Hay una máxima que no falla en la Sevilla de los últimos 25 años. Usted sospeche del anfitrión de cualquier convocatoria de pretendida resonancia si Antonio Pascual no está entre los invitados. Es como lo del jamón del pobre. O el pobre está malo, o lo está el jamón. O al acto va Pascual, o es un acto sin resonancia, de medio pelo.

Pascual controla algo tan serio como la luz en virtud de su condición de patrono de la Fundación Endesa. Y eso es muy peligroso. Pascual controla o interpreta las encuestas electorales, como alto mando del denominado Centro Andaluz de Prospección. Y eso también es muy peligroso. Y Pascual tiene una vara reservada en sitio preferentísimo en la cofradía de la Universidad, a la que se apuntó en 1980. Y eso son ya palabras mayores. Pascual está en todos los guisos. Pascual es ese señor que empezó a usted a ver en Telesur y que de pronto aparece en la toma de posesión de un ministro de diseño (o ministra) de Pedro Sánchez. Todo pasa, Pascual permanece. Como Luismi. El poder del corcho.

En las encuestas del organismo que preside Pascual casi siempre ocurre como en las elecciones de los pueblos: gana el PSOE mientras no se demuestre lo contrario. Pascual manda hacer una encuesta y ya están removiéndose los del PP más que de aquí al congreso extraordinario de julio. Los del PP andaluz telefonean a Pascual para preguntar cómo está el paciente, perdón el partido, y dicen que Antonio les contesta como el del chiste del abogado y el preso en el locutorio: “Lo tuyo va bien, pero si puedes te escapas. Agárrete ligero un escaño en Madrid o lo que sea”.

Pascual es ese señor de pelo caoba que siempre tiene una encuesta para usted. Como siempre tiene a punto el frac para los actos pomposos de la Academia que preside, dada en llamar Academia de las Ciencias Sociales y del Medio Ambiente de Andalucía, un tinglado creado por decreto del presidente Chaves en 1993, siendo consejero de Educación… ¿Saben quién? Tachín, tachín… [Redoble de tambor]… ¡Antonio Pascual! Exacto. Dicen que en los estatutos apócrifos se refleja que se funda para que Pascual pueda amortizar el frac que tiene en propiedad.

–¿Pero qué es lo que tiene en propiedad: la Academia o el frac?
–El frac, so malpensado.

Las academias se mantienen hoy como Mercasevilla. Por no cerrarlas. Con tantas universidades, que hay más que cofradías de vísperas, y el suministro de alimentos de las grandes poblaciones más que asegurado, hay entidades que carecen ya de sentido. Salvo, claro está, que sea para amortizar chaqués y organizar saraos de admisión de nuevos miembros con derecho a fotografía. Anda que no presumió nada don Antonio cuando recibió como académica a doña Amparo Moraleda (Madrid, 1964), entonces presidenta de IBM. Pero de la IBM de verdad, no de los “y veme por esto y veme por lo otro” que hay por Sevilla a manojos dando barzones.

Este Pascual es también conocido en ciertos círculos como el ginecólogo andaluz, porque dicen que como patrono de la Fundación Endesa ha ayudado a dar más (a) luz que el doctor Chacón. Si el IAPH controlado por los socialistas se ha hartado de restaurar cristos y vírgenes, Pascual se ha hinchado a iluminar templos y catedrales. Hágase la luz. Y allí está Pascual apretando botones para activar los leds más modernos del mercado y generar la felicidad de obispos, párrocos y cofrades. Desde que el presidente Pepote alcanzó un convenio inédito de colaboración con el Arzobispado de Sevilla en materia de conservación del patrimonio histórico-artístico, socialistas como Pascual han seguido sin complejos la senda de la colaboración con la Iglesia. ¿A cuántos botones de encendido le ha dado Pascual para alumbrar ojivas, altares y torres? Pascual siempre ha tenido muchas luces… largas. Ser patrono de la fundación Endesa es tener asegurada la buena fama en Sevilla con poco que se haga, como Julio Cuesta con la Cruzcampo. La fuerza de la luz, la fuerza del tirador. Llena ahí. Son cargos amables y de relumbrón, de repartir caramelos como un rey mago en una cabalgata que dura todo el año.

La vida es ser un miembro orgulloso de la asociación de aficionados al tinte capilar de color caoba. En Sevilla crece el número de celebridades que gastan esta tonalidad. Del blanco al caoba. De Pepote a Chaves. De Jaén a Sevilla. La vida es tener un hermano gemelo que suele recibir muchos saludos por error. Te lo encuentras por la zona de la Magdalena, lo saludas y te llevas un chasco: “No, no soy Antonio”. La vida es ser consejero de Educación de la Junta con una apuesta personal por colegios privados y religiosos, al igual que Susana Díaz tiene miembros en su gobierno que apuestan por la enseñanza privadísima en sus parcelas no menos privadas. La vida es ser la cara más amable de la beautiful people de aquel PSOE de los 90. La vida es ofrecer un trato cercano al prójimo, ser solidario al trabajar para organismos benéficos y recordar a Álvarez Colunga –su gran descubridor– en almuerzos periódicos con otros afines en Becerrita. La vida son recuerdos de las celebraciones en el campo del Lele en Olvera (Cádiz), donde Pascual coincidía con Javier Arenas, o de las del santo del Lele y Miguel Gallego, organizadas conjuntamente en el club de enganches a finales de septiembre. La vida es que la clase política andaluza te pida opinión. Pesarán después más o menos sus dictámenes, pero se la piden.

Taurino, fumador de puros, bético, nazareno del Martes Santo. Los escrutadores dicen que solo se nota que no es de Sevilla en que luce un puntito largas las mangas de la chaqueta y un poquito alevitado el faldón. Colmillo se llama. O envidia, porque lo susurran quienes no tienen frac. Pascual transmite alegría pese a los golpes de la vida. Hace poco que el cardenal Amigo lo refirió en un círculo muy privado como ejemplo de fortaleza personal y a algunos de los asistentes se le bañaron los ojos.

Pascual es ese señor en el que uno piensa al recordar aquello que repetía machaconamente el profesor de Matemáticas del extinto Bachillerato. “Quien controla las raíces cuadradas tiene más opciones de llegar lejos en la vida. O, al menos, de que no lo timen cuando compra el pan”. Pascual sabe hacer raíces cuadradas… Pero tela de cuadradas. Del futbito al frac. Del blanco al caoba. Del Telesur a La Sexta. De Pepote hasta Susana.

El silabeo adormecedor

Carlos Navarro Antolín | 25 de enero de 2015 a las 5:00

ILUSTRACIÓN
EN su casa de Nervión de los años ochenta no había espíritus rebeldes por más que aquellos muchachos los invocaran con ingenuidad y osadía calculadas. Yeso que eran ritos de tardes de verano, cuando había que matar el tiempo a la sombra de cualquier casa. Nunca se movía el florero, ni se desplazaba el cenicero, ni levitaban las patas del sofá por más que los jovenzuelos se concentraran como pequeños budas. La primera y última psicofonía irrumpió de pronto desde otra habitación. Era una voz marcada por una parsimonia inaudita, que se recreaba en la pronunciación, con elevaciones progresivas del tono y con bajadas también progresivas, todo siempre con una cadencia estudiada: “¿Pero qué estáis haciendo, niños?” O mejor transcrito: “¿Pe-ro qué es-táis-ha-cien-do?” José Rodríguez de la Borbolla (Sevilla, 1947) apareció en la habitación en pantalón corto de estar por casa. No era la voz de ningún espíritu dispuesto a mover agujas o a tambalear las estanterías, era nada menos que el presidente de la Junta de Andalucía. Sí, Pepote disolvió la sesión. Dio un vaso de agua fría a cada uno para mitigar el calor y, hala, a jugar a la calle. Los muchachos se fueron contentos: no habían sentido ningún presencia del más allá, pero habían visto a ese señor que salía tantas veces en el Telesur de mediodía, en aquellos informativos con escasez de imágenes de documentación en los que siempre salía Pepote en las noticias de política y siempre aparecía Manolo Cardo en chándal en las de deportes, haciendo siempre la misma carrera corta y las mismas flexiones. Aquellos maravillosos años, nosotros y solo nosotros, habíamos conseguido entrar en aquella casa de la que hablaba medio barrio y el otro medio también.

Algunos no recordamos a Pepote con trajes de pana color albero y bigote dando mítines en los cines de los pueblos, pero sí que en el portal de su casa se evidenció el cambio de uniforme de la Policía Nacional: del marrón al azul. Los escoltas devolvían a los niños los balones que se escapaban del parque. Pepote sufrió en su vivienda –alquilada al padre de Felipe González– los primeros escraches, cuando entonces no se hablaba de escraches, sino de “caceroladas a las puertas del piso del presidente de la Junta en la periferia de Sevilla”, según la ignorancia de los telediarios de Madrid para los que el entorno de la entonces pujante Avenida de San Francisco Javier debía ser un lugar de fábricas, talleres mecánicos o incluso de pasto para el ganado.

Lo malo del silabeo tan calculado, marca de identidad del personaje como los abanicos o las camisas cubanas, ocurría en las entrevistas radiofónicas, cuando Pepote hablaba despacio, bajando el tono casi como un timbre de teléfono con la batería agotada e inducía al error. ¿En cuántas casas de la blanca y verde Andalucía no le han pegado un porrazo a la radio al creer que estaba mal sintonizada o falta de pilas?

–Niño, vete al quiosco por pilas de voltio y medio para el transistor que ya se oye malamente.
–Que no, que son nuevas. Es que están entrevistando al presidente de la Junta, al que va en moto y viste cubanas.

Pepote es de la cofradía de los que rajan tela y demandan concentración en el interlocutor; de los que, como se dice, echan el balón abajo e inician un discurso estructurado en presentación, nudo y desenlace, mechado con varias de esas pérdidas de batería en el tono que dificultan la captación de la narración. Algunos creen que esos altibajos son recursos de viejo profesor para mantener a los alumnos con los ojos abiertos como un emoticono. Otra corriente de opinión de esas hermanas de la caridad que pululan por Sevilla defienden que el silabeo es un arma letal que Pepote administra a la perfeccióncontra interlocutores no partidarios de su causa: los duerme, los despierta y los vuelve a dormir. Los cansa y se los lleva de calle. Victoria por puntos.

Una mañana de la pasada Feria estaba en un velador de la calle General Polavieja apurando un dedo de aguardiente mientras el limpiabotas lustraba sus zapatos, cuando alguien echó mano de la guasa:
–¡Pepe! Ten cuidao no te vayan a echar una foto y te pase como a Arenas en el Hotel Palace
–A mi me importa muy poco que me hagan la foto. Yo ya estoy… ju-bi-la-da. ¿Me has oído bien? Ju-bi-la-da. ¿Quieres sentarte y tomarte un anís?
Y miró al limpiabotas: “Siga, no se preocupe. Si-ga dán-do-le us-ted bri-llo, buen hombre”.

Pepote ha mandado mucho. Fue presidente de la Junta y secretario general del PSOE andaluz, pero de un PSOE fortísimo, no de un PSOE que busca las tablas y que sólo se sostiene por el puntal andaluz y alguna viga de medio calibre que ayuda en Asturias. A Pepote se lo cargó Guerra, como todo el mundo sabe y a él no le gusta recordar. Y lo quitó del sillón por eso: porque mandaba mucho. Guerra sólo quería a su vera subalternos que colocaran las banderillas y dieran el paso atrás. En vez de irse de inmediato de la política, Pepote prefirió probar en el ruedo municipal. Creía –ingenuo– que la Sevilla de derechas le votaría como alcalde al reconocerle como uno de los suyos, pero la política municipal, de muy corto alcance, tiene otras medidas. Y la gente de derechas, aunque lo aceptaba en la distancia corta, lo veía siempre con traje de pana a la hora de echar el voto. Para colmo, fue el presidente que inició las conversaciones para comprarle a la Iglesia el Palacio de San Telmo, una operación autorizada por Roma que provocó un conato de cisma en el clero local y que mucha de la Sevilla inmovilista mirara con recelo a un joven arzobispo que se sentaba con los rojos en la mesa de negociación.

Alguna lengua, debidamente afilada en las hemerotecas, asegura que lo peor del final de su etapa política regional fue que comenzó a escribir artículos periodísticos con una temática preferente:las películas del Oeste. Pese a que Pepote es un gran admirador de John Wayne, Guerra desenfundó primero. Mucho mejores eran los artículos que firmó cada Viernes de Dolores sobre Semana Santa introducido por Luis Carlos Peris.

Al perder las primarias del PSOE frente a Monteseirín para ser candidato a la Alcaldía en las elecciones de 1999, Pepote se fue ya definitivamente de la política activa. Comenzó una singladura por las aguas de la influencia, ora embravecidas, ora el mar plato. Hubo un tiempo en que funcionaron los bufetes encargados de defender los proyectos de los empresarios de la derecha en los despachos de los políticos de la izquierda. Igual que hay visitadores médicos, también existieron los visitadores de la Gerencia de Urbanismo. Muchas veces fue Pepote a las caracolas para desbloquear licencias de primera ocupación. Nunca pidió nada directamente. Pepote tiene estilo. Usa recursos elegantes, nada burdos. Incluso si hay que facilitar ante la Dirección General de Minas que una empresa pueda horadar la tierra.“Tengo una idea…” “Esto puede ser bueno”. Yembauca al interlocutor.

Su vida tiene un triple anclaje:el PSOE, el Calvario y el Betis. Una periodista de Madrid le preguntó si era creyente, a lo que respondió, cómo no, con silabeos estratégicamente intercalados: “Yo creo… en los cris-tos y vír-ge-nes de la Semana Santa de Se-vi-lla”. Siendo presidente, nunca dejó los partidos de fútbol de los jueves en el pabellón cubierto de Los Escolapios. Nadie podrá negarle tener los pies en la tierra –pasó de presidente de la Junta a líder de la oposición municipal– y ser bastante humilde. En las reuniones en algunas agrupaciones del partido se sienta en la escalera si hay mucha concurrencia: “Échate para un lado, Juan, que no veo”, le dijo a Juan Espadas en una reciente ocasión.