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El hermetismo defensivo

Carlos Navarro Antolín | 29 de marzo de 2015 a las 5:00

MERCEDES ALAYA 2
EL Rey no puede tener amigos. El Príncipe tampoco. El cardenal es un príncipe de la Iglesia, luego tampoco debe tener amigos. Yel juez es un poder del Estado. La amistad, el poder y el Estado casan mal. Es una cuestión de estética. De prevención a largo plazo. De cautela. El juez debe ser cuidadoso. El que hoy está a su lado puede estar mañana enfrente. El juez decide sobre la libertad, el honor y la hacienda. Decidir continuamente sobre tres pilares fundamentales para una persona es estar en continuo ejercicio del oficio, es limitar el círculo de amistades a aquellos que estaban en la reunión antes de revestirse por primera vez con la toga. Ocurre como con el sacerdocio. Una vez ordenado, nadie ve al cura sin sotana. Una vez aprobada la oposición, todos la ven con toga, puñetas y trolley.

Mercedes Alaya (Écija, Sevilla, 1963) es de esa cofradía de personajes públicos herméticos sobre los que se crea una leyenda. Nadie conoce su voz, salvo que haya tenido que comparecer ante su mayestática figura. Alaya es una gran tímida, como Soledad Becerril, como Curro Romero. El hieratismo es una forma de ser. La timidez es una defensa. Y el hermetismo es una barrera. Si se funden el hermetismo, la timidez y el hieratismo sale porcelana cara.

La vida ha golpeado con dureza a esta magistrada. Es hija de un directivo de la empresa privada con sede en un parque industrial de la provincia y de un ama de casa que ha demostrado sobradamente su inteligencia y capacidad de sacrificio en los momentos más complicados.

Alaya, a la que algunos guardias civiles en privado llaman la muñequita, estudió en la Escuela Francesa sevillana en una breve primera etapa, para pasar a la educación pública: el colegio Cervantes y posteriormente el Instituto Cristóbal de Monroy, ambos de Alcalá de Guadaíra. Criada en los Pinares de Oromana, en un cómodo chalé con piscina, fue siempre una alumna brillante, la clásica empollona seriota, pero accesible. No contaba chistes, pero se reía con ellos. Entonces era ya celosa de su imagen. Su belleza fue reconocida en el pueblo con el título de dama de honor de la Reina Dulcinea. Una dama de honor que se enojaba con las trampas en los exámenes y en los juegos de mesa. Alguna vez se enfrentó a la salida de las clases a algún compañero aficionado a la carne de chuleta.

En la etapa final del bachilleratorecibió la primera cornada grave de su vida: el fallecimiento de su padre. Suele pasar que cuando el cabeza de familia desaparece, también lo hace la llave de la despensa. Alaya se hace mayor por imperativo de la vida. Se endurece por exigencias del guión. A la Facultad de Derecho llega conociendo ya a su actual marido, un joven procedente entonces de las aulas del San Francisco de Paula. Atrás quedan ya los años de residencia alcalareña. En la Fábrica de Tabacos es la borrega de su promoción. No quiso serlo, pero aquella chica de 17 años procedente del pueblo y recién aterrizada en la Universidad no supo oponerse.

Era una alumna que marcaba la cintura, lucía minifaldas y se solía sentar en primera fila con el mismo interés en las asignaturas de Derecho que tuvo en las enseñanzas medias. A mitad de la carrera se produce un hito que marca su vida: se queda embarazada. Los planes de estudio siguen adelante. La hoja de ruta se mantiene. Su madre asume la intendencia diaria con el bebé para que ella pueda seguir estudiando. Ni un paso atrás. Perdida la figura del padre, no queda otra que exprimir el tiempo y los recursos. Gana las oposiciones a juez –la vocación que siempre tuvo clara– en un tiempo récord:menos de dos años. Y como suele ocurrir: las oposiciones se ganan cuando el opositor tiene raza y las circunstancias de la vida son adversas. Yella tenía raza y una vida cuesta arriba.
El segundo gran golpe de su vida fue la muerte de su único hermano en accidente de tráfico. Dos muertes prematuras que marcan su carácter. Muchos de los problemas son relativizados a partir de entonces. Las previsiones de futuro para Alaya no van más allá de unos días.

Siempre ha ejercido la judicatura en destinos andaluces. Dicen que nunca ha buscado el protagonismo, pero tampoco lo ha rehuido cuando le ha venido dado por la resonancia de los casos. Esos grandes casos la han obligado a enclaustrarse más en sí misma, a fomentar la leyenda, a encapsularse como defensa ante los que le piden fotos, autógrafos, o la paran por la calle para darle ánimos. Los encausados refieren con amargura su impuntualidad en el comienzo de los interrogatorios, su pose altiva, sus preguntas tenidas por capciosas, sus formas poco delicadas y su pasión por condenar en lugar de limitarse a instruir. Incluso se quejan de que no mira a la cara y de que se sitúa física y cómodamente por encima de una pléyade habitualmente apretada de abogados y procesados. Sus admiradores aseguran que no deja nada al arbitrio, que no se guía jamás por el capricho, que es un modelo de honestidad profesional y que es celosa a la hora de fundamentarlo todo en Derecho. Si cree que alguien debe tener habitación en el hotel Don Reja, no duda en hacerle la reserva.

En privado selecciona las compañías, los lugares y el menú. La intolerancia a muchos alimentos restringe sus opciones al salir de casa. Los alimentos, mejor suaves y a la plancha. En la Feria, mucho mejor en la trastienda de las casetas, nunca en la puerta, para no exponerse en esas horas en que al personal se le aprieta una fosa nasal y sale vino por la otra. Las noches de fines de semana, con esos amigos de siempre que sí conocen su tono de voz. Ysi es por los alrededores de la Catedral, mucho mejor. También tiene la opción de disfrutar de la paz de una finca en El Castillo de las Guardas, o de alguno de los viajes al extranjero que tanto le apasionan, cuando los teléfonos móviles escupen fotos de sus largas esperas en los aeropuertos. Si las condiciones lo permiten, los papeles del juzgado pasan con ella el fin de semana.

Alaya es una magistrada de ruán porque es una persona de ruán. Un ruán con rebuscado glamour. Habla poco. Ni siquiera se caracteriza por tener muchas relaciones entre sus compañeros de profesión. Alguno fuerza desde lejos su saludo (“¡Adiós, Mercedes!”) porque sabe que le escuece tener que saludar. En eso se le nota cierta sevillanía malaje. Es crítica con la politización de la Justicia, con el Consejo General del Poder Judicial y con la pusilanimidad de muchos de sus compañeros. No soporta a los jueces con las siglas de los partidos debajo de la toga, a los que parece que deciden en función de intereses políticos. No se la ve tomar café por los alrededores de los juzgados. Alguna vez sí se le ha oído hablar en las juntas de jueces cuando alguna cuestión afecta a la organización de su trabajo.
Es capaz de estar en la barra libre de una celebración durante varias horas sin beber nada. Si acaso, en el mejor de los supuestos, pide una copa de champán. Pero la bebe con tanta parsimonia que el carbónico acaba por coger temperatura. Es entonces cuando ya no bebe más, pero se queda con la copa en la mano dándole coba. En ocasiones muy escogidas pide un cigarrillo. Pero los momentos de aparente relajación están muy calculados.

Disfruta de una preciosa casa en Nervión. El reportaje del Vanity Fayr fue un despropósito que frivolizó su imagen más aún que hacer coincidir ciertos autos con fechas clave del calendario político. A la celebración de la famosa reboda acudió el presidente del PP de Sevilla, Juan Bueno, uno de esos amigos anteriores a su condición de magistrada.

La infancia son recuerdos de Alcalá. El hieratismo es el envoltorio de la porcelana. La trolley es la sinécdoque. La vida ofrece momentos para un pitillo mientras el champán se calienta.