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La taberna mínima

Carlos Navarro Antolín | 13 de noviembre de 2016 a las 5:00

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EN Sevilla se producen extraños fenómenos con mucha frecuencia. A veces un cliente entra en un bar y su saludo –buenas tardes– queda huérfano de respuesta. Un camarero recoge los vasos mientras el otro retira con desgana los platos sucios de un velador del interior. Ninguno de los dos hace el mínimo gesto de bienvenida. El cliente parece que no existe, queda relegado a la condición de ser invisible. Los platos, los vasos, la narración por la radio, las imágenes del televisor o el pitido que avisa del final del runrún del lavavajillas son más importantes que el cliente. Cuando uno de los dos camareros concede una mirada al recién llegado lo hace con condescendencia, oteando por encima del hombro, con el desdén del que hace un favor queriendo acabar rápido porque tiene tareas más importantes. Así está demasiadas veces la hostelería en la ciudad que vive de ella. Así se pudre lentamente el sector terciario. Así se pervierte el mal llamado sector servicios, que hace tiempo que dejó de servir, hace tiempo que no sabe atender y en no pocas ocasiones se limita a despachar como un proveedor despersonalizado. En Sevilla hace tiempo que los mejores camareros son las máquinas, más amables que muchos de los llamados profesionales. Cuántas cartas gastronómicas se vienen abajo porque no tienen quien sepa venderlas a la voz, cuántos diseños carísimos y acogedores de nuevos negocios se van por el sumidero de un camarero mal pagado, quemado y sin oficio, cuántas publicidades se van al traste porque no se tiene presente que lo principal es el cliente.

Se llama Álvaro Pérez Medina (Sevilla, 1973) pero todo el mundo lo conoce por Peregil, el tabernero que tiene claro que el motor del negocio es el cliente, el combustible es el botellín y los accesorios de lujo son una carta limitada de montaditos y platos de cuchareo. Este Alvarito lleva en la sangre el oficio de atender detrás de una barra y ha heredado la memoria prodigiosa de su padre. No hay mejor libreta para hacer las cuentas que la cabeza, por muchas horas que los clientes se hayan pasado en esa taberna mínima que es La Goleta de Mateos Gago, un local que tiene los mismos metros cuadrados que una garita del Palacio del Pardo: caben dos guardias moros en el interior, uno dentro del urinario (“No corred por los pasillos”) y todo un regimiento en la puerta. Perejil sabe que a Sevilla le gusta estar en la calle. Sevilla es de exteriores, de dejarse ver, de la intemperie, del relente que da nombre hasta a una peña sevillista. Las grandes tabernas cerveceras son recoletas, de bulla organizada, de camarero sagaz con la vista alta, de cliente que trinca la cerveza y paso atrás, como el Tremendo, el Jota, el Cateca, Blanco Cerrillo, o esta Goleta de Mateos Gago, que es la calle que siempre tiene aspecto de carga y descarga. Qué casualidad que los bares populares son los más pequeños y tienen los camareros más rápidos.

Si los clientes se han pasado de hora, Perejil echa la cuenta calculando la “ocupación de la vía pública y el tiempo empleado” y siempre, siempre, se equivoca a favor del cliente. Aguanta detrás de la barra más que un costalero de Los Caballos de vuelta por la Cuesta del Rosario. Solo le sacan de quicio los caraduras, que en Sevilla hay suficientes para llenar el Prado de San Sebastián, ponerse a repartir cirios y acabar con las existencias de la cerería del Salvador. Él decide cuándo invita a una ronda, nunca el cliente. Se permite el lujo de hacerse el despistado en su negocio, como el que no vigila nunca cuando, en realidad, tiene las orejas altas y los retrovisores reglados. De vez en cuando rompe en un cante, momento en el que hay alguien que destaca lo bien que Álvaro se sabe la letra de las coplas… Porque nadie duda de que se sabe la letra.

Tiene memoria para saber a las 11:35 el número de botellines que lleva pedidos el tío de la esquina desde las 09:45. Y para recordar con precisión los pasajes de la Biblia. Este tabernero, hijo de célebre tabernero, es un lector constante de textos sagrados. Su cultura bíblica es meritoria. Católico practicante, cumple con rigor el precepto dominical, es hermano de la Cena, el Museo, Los Caballos y Los Gitanos. Es proveedor de sus hermandades cuando le piden de todo, que ya se sabe que las cofradías están siempre pidiendo. “Ahí tenéis los guisos para la cruz de mayo. ¿El cazo? ¿Tampoco tenéis cazo? Mecagoenlamá, no tenéis de ná. Ahora me llego con la moto a La Goleta a por un cazo”.

La vida son recuerdos de las aulas del San Francisco de Paula, de donde no sólo salieron científicos, políticos, rectores de universidad o alcaldes de Sevilla, también ilustres taberneros que mantienen vivo el mejor concepto del oficio. La vida es una boda en Los Terceros donde al novio, de chaqué azul, se le pone el rostro del color del Viernes Santo por la mañana cuando mete la mano en los bolsillos y no están las alianzas. Se tuvo que casar con el anillo del cura y con el de su amigo Benito Ponce. La vida es salir de costalero en Los Panaderos hasta que un día prescindieron de sus servicios “por estética”, según le comunicaron.

–Ah, que me echan por feo.
–No, por altura, Eres demasiado alto.
–No, tú has dicho por estética, no por altura.

La vida son algunos pinitos en estudios sanitarios antes de tener claro que lo suyo era heredar el oficio paterno. Siempre al servicio del cliente con el mandil blanco, las camisas lisas o a cuadros, los chalecos con cuello de pico y el pantalón de pinza gris marengo que acumula trienios: “Hay que ver lo buenos que me han salido estos pantalones”. La vida son evocaciones de la Manzanilla paterna y de la Puerta Real materna. Es tener claro que la clientela busca a Peregil, su marca personal. Él mismo es el valor añadido de sus tabernas, más allá de los garbanzos, las espinacas y los bacalaos. Le encanta la cuchara a todas horas. Si llega a casa de madrugada y hay un guiso en la nevera, este Peregil se consagra al abordaje con cuchara en mano. La vida sabe a vino de naranja y moscatel y deja escarcha en las manos del botellín fresquito. Y cuando puede se va a Tierra Santa o a Praga, se escapa por el mundo.

Cual tabernero antiguo, en La Goleta no hay trago largo. Sólo esporádicamente y para clientes muy selectos. Tiene carné del Betis que no usa. Es devoto del beato Álvaro de Córdoba, como su amigo Álvaro Enríquez, el de la Cena, tres pasos. Un sevillista del Sagrario presumió de victoria ante el Fenerbache cuyos jugadores lucen camisetas con franjas negras y amarillas: “¡Viva el Sevilla!”, gritó en la puerta de su taberna aquella noche. Y Alvarito, detrás de la barra reaccionó: “¡Anda ya, si le habéis ganado al San Roque de Lepe, quillo!”. Destila la gracia seria del mejor sevillano cuando los guiris preguntan por la ventanilla del coche cómo aparcar para entrar en La Goleta: “El párking lo tengo abajo, es subterráneo”. En el negocio de Ponce de León, el Quitapesares que regentó su padre, aguarda con paciencia a que terminen los ensayos de la cuadrilla de costaleros de La Amargura para dar de beber y comer a los hombres de Alejandro Ollero. Jamás ha apretado la vara en una cuenta. Ni en las mañanas de 15 de agosto o de Corpus, cuando hay público en segunda y tercera fila desde bien temprano y la calle huele a aguardiente.

El cliente siempre es lo más importante por mucho que haya vasos sin recoger. Si acaso se recogen al mismo tiempo que se pregunta cuántos botellines hay que ir abriendo, con ese gerundio que hace que quien acaba de entrar se sienta atendido. Peregil ha visto erigir un monumento a su padre en tiempo récord gracias a la autenticidad de ciertas amistades. En La Goleta siempre hay un ayayayayay que irrumpe en el ambiente, una cuchara y un tabernero chapado a la antigua que lleva las cuentas en la cabeza mientras se limpia las manos en el mandil antes de coger las cazuelitas de los guisos. Peregil es un tipo sano en un gremio reventado. La taberna mínima de Mateos Gago es el pequeño paraíso de este hombre que rebosa la alegría propia de la humildad. Y el Quitapesares, el mejor monumento cotidiano al padre que cantó una saeta en privado para los Reyes de España en la Madrugada de 1984. Del buen hijo sale el buen tabernero. En la vida hay que agarrar bien la cuchara y nunca correr por los pasillos. Hay espinacas para todos.

El arte del culebreo

Carlos Navarro Antolín | 11 de septiembre de 2016 a las 5:00

Blas
EL sueño de la razón genera monstruos. Y la actual política, secuestrada por los aparatos de los partidos, genera culebras hábiles que se adaptan a todo tipo de firmes. Cambia el firme, nunca la culebra. Existen los fondos de reptiles como existen reptiles en el fondo, muy en el fondo. Culebrear es un arte en una ciudad como Sevilla, donde hay culebras y pavimentos tan diferentes como para impartir un máster. En alguna de la ristra de universidades que pueblan esta tierra, que ya hay tantas casi como cofradías de vísperas, deberían abrir la Cátedra de Culebreo, que daría mucho más lustre al estudio de esta actividad que un mero observatorio, que los observatorios se los llevó la crisis como todo lo que era sólido. La Cátedra de Culebreo no sólo se centraría en el estudio de las habilidades de los reptadores de la política, sino, sobre todo, en la cohorte de simpatizantes, adeptos y padrinos de los que pueden llegar a gozar durante sus hazañas. La culebra hispalense nunca repta sola. Hay quienes la ayudan en su zigzagueo, le retiran los obstáculos y hasta la jalean.
Blas Ballesteros Sastre es un socialista que un día fue un importante concejal del gobierno de la ciudad gracias a que el PSOE pactó con el PA de Rojas-Marcos (catedrático del culebreo) en 1999 y desalojó de la Alcaldía a Soledad Becerril. El edil del nombre monosílabo se vio en la poltrona sin esperarlo. Como tantos. Como el propio Alfredo. Como todos los del PSOE de entonces. Y a Blas le dieron la doble T de la política municipal: tráfico y turismo. Los expertos sitúan en aquel momento el nacimiento de esta estrella de la política local que lleva más de diecisiete años en la órbita del puño y la rosa. Han leído bien: diecisiete años. Son más años que Paco Vélez en el Consejo de Cofradías y casi tantos como Cañete en Aprocom. Lo de Blas es ya de pontificado más que de supervivencia. Ha saltado de cargo en cargo, de puesto en puesto, de chiringuito en chiringuito como el que salta de velador en velador de Robles y va bordeando la fachada norte de la Catedral. Qué facilidad, que soltura, qué desparpajo. No es un tren, no es un avión. Es Blas.

Blas se hizo para la política. Y la política de hoy se hizo para Blas. Cada día tiene su intriga como cada día tiene su barra. “¿Dónde comemos hoy?”, se preguntaba cada mañana en los años del emergente alfredato. Yera como el hombre primitivo, medio pecho al descubierto y alguna piel con la que cubrir sus partes, que cada amanecida salía a cazar el mamut. Antes de que Espadas se inventara lo del hábitat urbano para revestir de una toga especial a su edil de Urbanismo, este Blas ya tenía claro su hábitat: la cervecería el Tremendo de Huerta del Hierro y el restaurante La Cococha de la Avenida del Greco. En ambos sitios tuvo Blas su corte de aduladores en los años de vino y rosas (del PSOE) municipales. Aquel tiempo en el que Blas alternaba con arzobispos a los que vender la peatonalización de la Avenida y en el que sus zapatos se deslizaban por los pasillos enmoquetados de los mejores hoteles de España. Y de Europa. Sí, hay que reconocer que Blas escondía el garbancito de la peatonalización de la Avenida en uno de los tres cubiletes sin que nadie acertara su ubicación. Nadie daba crédito al proyecto. Pero el garbancito estaba. Blas sabía que Monteseirín estaba dispuesto a dejar la Plaza Nueva sin el flujo de 2.200 autobuses que transportaban 37.000 viajeros cada día. Alfredo nunca tuvo miedo y lanzó a Blas, lo quemó en aquella iniciativa. Y Blas se tiró a la hoguera.

Vecino del Fontanal, se arrimó a don Manuel en el tardoloperismo con algunas perlas muy sonadas, como llamar “Ramona” a Sánchez Pizjuán. Como responsable de fundaciones varias no se olvidó de familiares ni de hacer carrera en Iberoamérica. Como posterior cónsul de Brasil tuvo placa de aparcamiento reservado en el barrio. ¡Cómo se mueve el artista en la pista! Como licenciado en Derecho, juró como abogado con un padrino de la categoría del ex fiscal jefe Alfredo Flores. Y hasta como integrante de un coro, Los Moracos de Triana, hizo sus pinitos en el carnaval.

En sus años de vivaqueo por la Plaza Nueva tuvo especial predilección por los periodistas. Ocurrió que no pudo engañar a todos todo el tiempo. Se acabaron los P-3 para aparcar en la Feria de tanto repartirlos. Blas repartía los aparcamientos como un antiguo rey entregaba las tierras para su cultivo tras la conquista del poder: “Hacedlas productivas y sacad provecho”. En versión: “Ve, úsalo y habla bien de mi”. Había que verlo abriendo el maletero del coche para sacar los pases y negociar como un tratante de ganado. Una vez mandó un pase de aparcamiento de oficio, sin que se lo hubieran solicitado, pero en lugar del P-3 (reservado a prensa y autoridades) metió en el sobre un pase para uno de los estacionamientos que está en Blas Infante, mirando al Aljarafe más que a la Calle del Infierno. El destinatario telefoneó a su secretaria: “Dígale a don Blas que muchas gracias, pero que lo que me ha mandado no es un parking para la Feria, sino una grada de Sol… Y con el reloj delante”.

Estaba obsesionado con la prensa, como tantos de sus compañeros de partido. Pero, en su caso particular, su obsesión le provocaba cambios de decisiones en función de lo publicado. Hay que reconocerle que quiso acabar con la mafia del taxi en el aeropuerto, que es como pretender que se vea bien la televisión en Matalascañas. Un metafísico imposible. Los bravucones del gremio quisieron pegarle y hasta acudieron a su domicilio particular. Aún hoy sigue sufriendo pintadas, prueba de que esos piratas del volante reconocen que el mero intento de este concejal por acabar con el chollo sirvió, al menos, para poner de relieve una situación de privilegio de un grupo basada en meter miedo a todos los demás compañeros.

El arte del culebreo es imposible si no se tiene verborrea ni se es simpático. Toca tantos palos este Blas que le gusta el flamenco y, en ocasiones, ha usado muchas letras de coplas en sus discursos. En la agrupación Centro del PSOE está parte del origen de su poder, pues fue secretario general y en ella conserva adeptos. Sus críticos han envidiado su capacidad para llevarse bien con destacados socialistas del País Vasco. Por Sevilla se le ha visto con Odón Elorza. Y a alguno le dio un sopitipando cuando el telediario informó de la toma de posesión de Pachi López como lehendakari y en las primeras filas estaba el sevillano Blas Ballesteros, imparable como la Junta, que aguanta más que la sábana de abajo y que no hay tsunami que arrase sus chiringos. ¿Por qué? Todos le atribuyen ser el poseedor de secretos inconfesables que comprometerían a gente importante del partido. El silencio de Blas tiene un precio que diferentes responsables del PSOE han ido pagando religiosamente.

Blas va literalmente en moto, usa pantalones Lois y una mochila que carga en el hombro derecho como Moragas cuando acompaña a Rajoy. Al igual que al presidente en funciones, le gustan los puros, aunque tiene la mala costumbre de mojarlos en la copa de alcohol.

Blas nunca ha estado solo. Cae bien a mucha gente, porque en esta tierra se siente una suerte de adoración por Rinconete. En el Ayuntamiento aún se recuerdan las mañanas en las que el edil de Tráfico no aparecía, pues la noche debió ser larga y la “cofradía” se debió encerrar al alba… Entonces era uno de sus colaboradores, el hoy concejal Cabrera, vicario en la curia de Espadas, quien tenía que intervenir en la radio para dar la información sobre la circulación y las rutas recomendadas para evitar los embotellamientos.

Algunos médicos recuerdan cuando Blas ayunaba justo antes de los análisis de sangre para mejorar los resultados. Citaba a los doctores para recoger los informes en el bar del Hotel Inglaterra, donde, destilado de importación por delante a eso de las 13:30 horas, se alegraba por el trampantojo del tubo de ensayo, la bilirrubina y los leucocitos…

La vida es una romería del Rocío vestido como un cowboy junto a Susana Díaz. Coincidió con La que Manda en el PSOE andaluz en la Casa Grande, cuando ella era la edil de Juventud, proyectaba un botellódromo y llamaba a los periodistas críticos: “Canijo, ¿otra vez escribiendo eso?”. A ella le reza ahora, como una santa apócrifa de la mística andaluza. Blas corrió el riesgo de acabar como un Guerrero suelto a la deriva en el mastodóntico organigrama de la Junta, pero tuvo mejor suerte. La vida es sobrevivir a los naufragios y a las denuncias sobrecogedoras. Nunca ha estado imputado, ni se le han sacado fotos comprometedoras. Hoy tiene un sueldo envidiado de 69.800 euros anuales como gerente de un consorcio de aguas, de cuya existencia hemos sabido gracias a Blas. La vida es estar pegado al aparato del PSOE sevillano para lograr los fines personales. Los factótum, secretarios generales y de organización pasan, pero Blas permanece. ¿Verdad, Pepe Caballos? ¿Verdad, José Antonio Viera? La vida es repetir una frase como salvoconducto: “Yo soy del PSOE”. Y dejar Tussam como la carrera oficial tras el paso de la última cofradía. La vida es pretender portar como gobernante una vara en el Baratillo con traje de chaqueta y que el entonces hermano mayor, un jovencísimo Joaquín Moeckel, fuera claro ante los servicios de protocolo del Ayuntamiento: “O viene de chaqué, o no hay vara”.

El arte del culebreo no está al alcance de cualquiera. Sólo los ungidos por la gracia y el desahogo pueden permitirse pisar ciertas rayas de picadores. Diecisiete años dan para repartir muchos P-3. Diecisiete años después, la Cococha ha cerrado y la Avenida es peatonal. El profeta Blas anunció que quitaría los coches del entorno de la Catedral. Acertó. Pero la mafia del taxi sigue en San Pablo. Y en Matalascañas se sigue engollipando la caja idiota. Sin P-3 no hay paraíso. Con Blas siempre tenemos fiesta, canijo.

El oboe y el caballo

Carlos Navarro Antolín | 29 de noviembre de 2015 a las 5:00

Francisco Javier Gutiérrez Juan
LOS consultores americanos que asumen la selección de la plantilla de una nueva empresa o la mera contratación de sustitutos por bajas temporales, se fijan cada vez más en los hobbies de los candidatos. Una persona es su currículo tanto como sus aficiones. Su vocación y sus horas de ocio. A lo Perales,pregúntenle al nominado a qué dedica el tiempo libre antes que por sus calificaciones en la Universidad. Esos americanos que siempre sos citados así, sin mayor precisión, desconfían de quienes no tienen perfiles en las redes sociales (aparecer mucho en las fotos es de chuflas, pero no salir nunca en ellas genera desconfianza) y de quienes no tienen bien definida una afición extralaboral cuando el jefe, a lo maestro de ceremonias vaticanas, entona el extra omnes. Fuera todos del currelo. ¿Y usted qué hace fuera del bufete de abogados, fuera del despacho de ejecutivo estresado, fuera de las horas en que vigila a sus empleados o una vez que echa la persiana del negocio que levantó con la indemnización recibida cuando lo botaron de la plantilla, sabiendo que en sus días ya no conocerá más plantilla que la de los zapatos?

–Nada especial.
–¿Nada?
–¿Está en facebook, tuiter o linkedin?
–No, soy muy discreto.

No hace jardinería, no se calza las zapatillas deportivas para evadirse en el Parque, no se le ve por la Casa del Libro recogiendo el pedido de un ejemplar atrasado de Muñoz Molina en cuanto ha recibido el pitido del sms, no publica fotos de los pies en la playa junto a una copa de gin premium, ni siquiera el menor atisbo de algún viaje por la ruta del románico español en la que se intuya agarrado de la mano de un niño que haga presumir una familia estable, digna de foto con marco del Ikea en el mueble minimalista del salón. Yel consultor apunta en rojo la condena que recibe todo aquel que sólo piensa en el trabajo, con tendencia a ser un workaholic: perfil de riesgo.

Francisco Javier Gutiérrez Juan (Guillena, 1968) es un músico de figura menuda como un pictolín, de silueta enjuta como un Quijote y con ese rostro levemente oscurecido como un banderillero de Joselito El Gallo. Tiene la color de una foto antigua, el rostro de un sevillano del ayer, como sacado de la confitería La Española a la hora del aperitivo, o curioseando desde el zaguán el patio del Palacio de los Sánchez-Dalp (va por usted, Nicolás Salas). Gutiérrez Juan es el director de la Banda Sinfónica Municipal de Sevilla, un músico consagrado al I+D+i del pentagrama. Dirige la banda, investiga partituras perdidas en archivos de ciudades y pueblos, las rescata y arregla para su interpretación y, además, publica libros con los frutos de su trabajo más allá de las obligaciones propias de la batuta.

Gutiérrez Juan es lo que se conoce como un fatiga. Su especialidad es el oboe. Cocinero aventajado antes que fraile disciplinado, es maestro en el oboe antes que director de orquesta. Lleva décadas con la música, desde que ayudaba al maestro Marvizón a arreglar sevillanas de Los Romeros de la Puebla o de los Amigos de Gines hasta sacar de los nervios al personal por su exquisita meticulosidad:“¡Para, para la grabación! He oído respirar una trompeta y hay que eliminar ese sonido”.

El músico con fonendoscopio que oye los latidos de los instrumentos. El hombre de pueblo que cada día da paseos a caballo. Tiene cuadra con varias jacas. Y al galope, al trote o al paso elimina el estrés de las horas de dirección e investigación, con la única melodía acompasada de los cascos del caballo.

–¿A qué dedica el tiempo libre?
–A susurrar a los caballos.

Queda usted contratado, dijo el americano. Nervioso, sonriente y con espíritu positivo. La gente se divide en dos:los que generan toxinas, siempre hablando de sus problemas en un yoísmo patológico, y los que generan activos beneficiosos con los que se robustece todo el entorno. Como buen sevillano con brillo, para que no se rompa la tradición, está más considerado lejos de Sevilla que en la ciudad de los veladores y los ciclistas con auriculares. Su figura diminuta y cargada de vigor ha dirigido orquestas en Venezuela, Costa Rica y Estados Unidos. En Iberoamérica es reclamado para impartir lecciones magistrales, esas que los tontos de las técnicas de entrenamiento mental y otras gaitas, llaman ahora máster class. A Gutiérrrez Juan se le ha visto dirigiendo la orquesta nacional de Venezuela, blandiendo la batuta ante decenas de tíos con chandal tricolor que ponen la música oficial del régimen bolivariano. El sevillano, siempre tan caritativo y dispuesto al reconocimiento de la labor del prójimo, exclamó aquel día con ese desdén que es marca de la casa, con el sello del que se cree un ser superior con palillo en la boca: “¿Ya este hombre lo llaman para dirigir esa orquesta tan importante? Pero si yo lo veo todos los días entrar en su oficina del antiguo matadero”. Y el sevillano ignora que sí, que su vecino es a veces un científico de relumbrón, un investigador de las Ciencias Jurídicas, un emprendedor asentado en los Estados Unidos o un músico hecho a sí mismo al que varias naciones de ultramar reclaman continuamente para enriquecerse con su magisterio. Yque él, sevillano mediocre, que tira con balas de verdad contra la reputación y el currículo de la gente, es el que no ha hecho nada por la ciudad, salvo elevar el IPC verdadero de Sevilla, que es el Índice de Precios de la Cruzcampo.

Los críticos dicen que Gutiérrez Juan tiende al divismo y apuntan a que para revestir su ego tiene que ir a la planta de tallas especiales. No hay artista sin ego, pues el ego bien encauzado es el motor del progreso. Es cierto que el barniz de divo se percibe cuando ejerce de director, cuando parece un apasionado Leonard Bernstein de Guillena, cuando se enfunda el esmoquin de las grandes solemnidades. Con Antonio Silva como director de Fiestas Mayores del Ayuntamiento se entendió como Curro con Canorea. Silva sacó la banda de la entonces plúmbea área de cultura. Después, con Carlos García Lara en la dirección de las Fiestas Mayores, llegó el sablazo al Corte Inglés para sacarle esmóquines de válvula para todos los músicos de la Municipal. La banda dejó definitivamente ese papel de hermana pobre del organigrama del Ayuntamiento, de señores mayores cicateros al soplar que sólo tocaban en el Santo Entierro, en el Pregón de Semana Santa y cada cuatro años en la toma de posesión de las corporaciones municipales, maceros y ordenanzas de gala con arzobispo en primera fila del Salón Colón.

Gutiérrez Juan vive con tanta pasión los conciertos que se mete un dulce entre pecho y espalda al bajarse del estrado porque tiene calculado que pierde unos dos kilos en cada actuación. Azúcar para recuperarse y el caballo para evadirse en los campos de Villanueva del Ariscal.

Es tan fatiga que puede volver loco al atrilero buscando partituras: “¡Bazaga, Bazaga, me faltan papeles!” Hábil negociador con los sindicatos para sacarle el máximo jugo a la banda, llevándola a Madrid y a Torreblanca, a la Catedral y a los colegios, a la basílica macarena y a la despedida del cardenal Amigo en al andén del Ayuntamiento. Una noche de concierto de víspera de 15 de agosto en la Plaza de la Virgen de los Reyes, la banda interpretó una selección de los momentos más amenos de la zarzuela El Bateo, de Federico Chueca. Gutiérrez Juan hizo que tocaran las palmas, se jalearan y hasta protagonizaron algunos diálogos divertidos. Al final del concierto, el prelado, que estaba en primera fila, susurró al director: “Cierro los ojos y no estoy oyendo una banda, sino una auténtica sinfónica”. Yahí comenzó su lucha para conseguir la bien merecida ese.

Sufre con la crítica, especialmente tras el estreno del Miserere en el que metió gregoriano como a la vieja usanza. Si los políticos le tocan las cosquillas, tiene un recurso mucho más letal que una huelga:un músico está enfermo y no se puede garantizar la calidad del concierto. Para eso la banda es la que menos componentes tiene de todas las formaciones municipales de España. Cuenta con poco más de 30 músicos. Gutiérrez Juan lleva años reclamando doce incorporaciones y, aun así, seguiría muy por debajo de la cifra recomendable:entre 50 y 60 profesionales.

La vida es vestirse de corto en la Feria y montar a caballo, probar el sabor a gloria de los días del Rocío en familia, contemplar la evolución de los hijos que han heredado la pasión por las corcheas. La vida es un maletín con partituras, es dedicar una marcha tras el paso de la Virgen de los Reyes a un ciudadano despistado de la tercera fila al que señala con la batuta de entre la bulla, es sacar del cajón del olvido composiciones de Pedro Gámez Laserna en un incansable ejercicio de arqueología del pentagrama. La vida es ser un jefe de servicio del Ayuntamiento que prefiere ser conocido como director de orquesta. La vida son tardes dedicadas a aprender veterinaria en cursos especializados para tratar mejor a sus caballos. La vida es sentirse envidiado por tener uno de los diez mejores sueldos del Ayuntamiento de acuerdo con la ley.

A su labor tenaz se debe la transformación de una banda de pueblo en una sinfónica de prestigio que combina en armonía el viento y la cuerda, con más cedés grabados en cuatro años que en los anteriores treinta. Nadie discute que domina desde la música de pasodoble a la opereta bufa. A veces riñe a sus músicos como si de un parvulario se tratase, pero es respetado porque da la cara por ellos ante los gobiernos de turno. Con Carlos García Lara también se entendió. Pero al llegar Zoido a la Alcaldía, el PP devolvió la banda a las mazmorras del área de Cultura, donde esos años estuvieron algo acomplejados con todo lo que pudiera parecer excesivamente sevillano.

Es poseedor de uno de los grandes secretos de la ciudad, que trae negro a más de un miembro de la Corporación: por qué la Marcha Real es el himno (con letra oficiosa) más breve de los que se tocan en España, menos de 40 segundos. Se escuda en que la culpa la tiene un decreto de Aznar. que ya se sabe que la culpa de todo es de Aznar o del Consejo de Cofradías, que para eso están el uno y los otros. Ojú, esos otros…

Si le piden un concierto especial, este inquieto director tiene dos respuestas. La primera: “Eso es muy difícil, pero te lo voy arreglar”. Ylo arregla. O la segunda, al estilo del anuncio de las natilla, ¡Repetimos!:“Ese concierto no te lo puedo dar, porque para dos días antes estamos ensayando uno dedicado a música popular muy escogida. Pero lo que hago es repetirte a ti el de música popular”. Y lo repite.

Lo peor es cuando frunce el ceño y alega que hay un músico enfermo. Entonces se pueden ir al traste la función votiva de la Hiniesta y hasta el acto del Pregón. Yacto seguido cepilla las crines del caballo para eliminar el estrés al trote. El jaco genera confianza a los consultores americanos, mientras el sevillano envidioso sigue mascando el palillo hasta dejarlo escobillado.

La ocupación de los nichos

Carlos Navarro Antolín | 14 de diciembre de 2014 a las 5:00

Sastrería 14 dic
EN aquella Facultad de Derecho de los años posteriores a la Exposición Universal era usual verla por aulas y pasillos. Por la antigua Fábrica de Tabacos, o su sucursal de las caracolas del Lope de Vega, también se veía a alumnos como Beltrán Pérez, hoy teniente de alcalde en el Ayuntamiento; Miguel Ángel Millán, ex gerente de Urbanismo, y Pedro Molina de los Santos y David Antequera, actuales directores de los distritos Norte y Los Remedios, respectivamente. De las aulas habían desaparecido los crucifijos con las réplicas de la Buena Muerte, preciosidades de Juan Miguel Sánchez, Francisco Maireles, Ricardo Comas y hasta de Alfonso Grosso. Muchos acabaron en despachos de catedráticos y, por supuesto, en bastantes casas particulares. Durante años sólo quedó el crucifijo del Aula Magna. Por aquella Facultad andaba Susana Díaz (Sevilla, 1974), que ya por aquel entonces tenía afición por coger el micrófono y dirigirse a sus compañeros. Cuando un festivo caía en martes, ella era una de las que se encargaban de poner de acuerdo a todos los compañeros para no acudir el lunes y hacer puente. Pero, ojo, porque había un catedrático de Derecho Civil, el jesuita Antonio Gordillo Cañas, duro y exigente como sólo lo son los grandes maestros que verdaderamente dejan huella en sus discípulos, que no transigía con las componendas de los alumnos. Si la jornada era lectiva, había que dar clase. Si no había alumnos, la lección se daba por impartida y pasaba a ser materia de examen. Se dio el caso de un reducido grupo de alumnas que acudieron a la clase de don Antonio, rompiendo el llamamiento a secundar el puente apócrifo. Enterada de la existencia de esquiroles, la alumna Díaz se enojó, tomó el micro y espetó: “¡Habemos aquí más de cien que quedamos en no venir y ha habido un grupito que ha venido!”.

Aquellos primeros años en Derecho se veía ya la forja del animal político que es hoy. Poco tardó en darse de alta en las Juventudes Socialistas con un aval de dos firmas, una de ellas la de Rafael Pineda, ex concejal y ex gerente de Lipasam. Aquellos maravillosos años participaba en las barbacoas de fin de semana en casa de Encarnación Martínez, en Valencina de la Concepción, en la pandilla que lideraba Alfonso Rodríguez Gómez de Celis. Encarni, Verónica Pérez y ella eran de las escasas mujeres activas en las Juventudes Socialistas. La armonía era total, años de camaradería y dolce vita. El reparto de tareas estaba definido. Susana y David Hijón se centraban en las Juventudes en Sevilla. Miguel Ángel Millán, en las Juventudes de Madrid. Celis, consagrado a la Agrupación de Nervión-San Pablo y Rafa Pineda a la Agrupación de Triana. Los chicos de Celis vivían felices y comían perdices a la brasa hasta que se rompió la barbacoa de tanto usarla. La lista electoral al Ayuntamiento de 1999 dinamitó las sinergias. El entonces factótum del PSOE sevillano, José Caballos, eligió a Susana Díaz para un puesto de salida y orilló al que siempre se refiere como “Alfonsito”. Díaz fue concejal de Triana, una de sus grandes ilusiones, y del área de Juventud, donde fue la primera en hablar de un posible botellódromo. Es notorio que con el alcalde Monteseirín jamás se entendió. En los albores del segundo mandato, Caballos la sacó del Ayuntamiento castigándola en el puesto octavo de la lista al Congreso de los Diputados. El castigo se tornó en premio, porque el PP se hundió tras el atentado del 11-M y los socialistas sevillanos, que aspiraban sólo a siete escaños en el mejor de los casos, lograron nada menos que ocho. Ya estaba Díaz moviéndose por la Carrera de San Jerónimo sin perder el contacto ni con Sevilla ni con sus principales amigos y partidarios: Alberto Moriña, que la había apremiado siempre a terminar los estudios de Derecho; Javier Fernández y Verónica Pérez.

Un político gris como José Antonio Viera se hizo con la secretaría general del PSOE sevillano. Contó con ella como secretaria de Organización. Díaz acabó haciéndose con todo el partido, como siempre ocurre, porque siempre está dispuesta a ocupar los nichos vacíos, ya sea de jefa en la capital o de turronera por los pueblos los fines de semana cuando los demás están clavando alcayatas o con el chándal. Esa capacidad de estar literalmente consagrada a la actividad política se traduce en poder. Mientras Viera andaba de cacerías con los empresarios y Caballos comenzaba el declive, Díaz se estaba haciendo con el control del poderoso PSOE sevillano. “Tú no te preocupes que yo me encargo de todo”. El embrión de las barbacoas de Encarni estaba evolucionando hacia un verdadero modelo de éxito en la política actual, donde el control orgánico prevalece en el currículum sobre cualquier brillo en la gestión institucional. El dominio que ejerce sobre cualquier parcela de poder recién conquistada es absoluto. Los espacios se susanizan como los territorios se romanizaban. Abarca todo, acapara todo y lo sacrifica todo por la política. Y sus enemigos, que la califican de maniobrera y conspiradora, de dura e inflexible, reconocen que entiende la política como un sacerdocio y que jamás la pillarán metiendo la mano en la caja.

Guarda las distancias con los periodistas hasta en el horario de máxima animación de la Feria de Abril. Las orejas siempre altas. Si tiene que llamar a un colaborador en Nochebuena para un asunto de trabajo, lo hace sin mayores cautelas. Ytambién es verdad que si a ella la llaman en plena celebración del cumpleaños de una de sus hermanas, responde con celeridad.

Su perfil menos conocido es el de una persona muy sentimental. Se derrumba con cierta facilidad cuando entiende que ha sido herida. Una Feria de Abril, vestida de flamenca, acabó con las lágrimas saltadas ante las protestas airadas de los conductores de Tussam. Los citó en la sede del PSOE, fue a casa a cambiarse de ropa, se reunió con los enlaces sindicales y la huelga quedó desconvocada. Ella, que no era concejal, arregló el problema desde su cargo orgánico, lo cual levantó ampollas entre sus adorables compañeros de partido en la Plaza Nueva.

Ha ocupado tantos nichos que, con ayuda de las circunstancias, ha ido recortando el espacio de quienes estaban directa o indirectamente por encima de ella en el organigrama. La lista de caídos, las cuentas del rosario, es extensa. Monteseirín, Caballos, Viera, Chaves, Griñán… Tiene al Todo Madrid y al Todo Barcelona echado a sus brazos con la inestimable aportación de una ejecutiva federal a la deriva. Siempre que alguien le ha dado poder, ella lo ha ejercido y ampliado hasta el punto de acabar teniendo más competencias que su poderdante, hasta el punto de que el poderdante, por una causa o por otra, ha terminado menoscabado o directamente fuera del mapa.
Aquella chica de Presidencia, que dijo el Cura Chamizo, es de facto el principal estandarte del PSOE en España. Se entiende con reyes y arzobispos, y con financieros y cofrades. Dicen que la garra que tuvo de joven para sacarse sus primeras perras dando clases particulares, la ha aumentado y enriquecido. Aquella cabecilla del grupo que en las noches de fin de semana, a la intemperie y junto al Monumento a la Tolerancia, quería afiliar a todos los presentes a las Juventudes Socialistas, es hoy la que embelesa a esa sociedad civil de los desayunos profesionales en suntuosos hoteles de la capital donde siempre se quedan los zumos a la mitad y los platos de pastas vuelven completos a las cocinas.

El viento de la política actual favorece a quien más tiempo dedica a la causa y más rápido aprende. Los que se van de cacería son camarones en la corriente. Ydejan espacios que otros ocupan. Haber, haber… Habemos muy pocos. Yen el PSOE sólo hay una.