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El guardián de los ritos

Carlos Navarro Antolín | 12 de junio de 2016 a las 5:00

Ángel Gómez Guillén
SEVILLA, 1982. Los mundiales han terminado. Naranjito se conserva aún en algunos comercios. Calvo Sotelo gobierna en funciones y prepara la visita del Papa. Hoy es Rajoy, por cierto, el que está en funciones y ultima la llegada de Barack Obama. En aquella Sevilla del 82 gobierna Uruñuela, la selección brasileña hace días que dejó la ciudad, escasean los coches con refrigeración y la diócesis aún sigue comentado el aldabonazo del Papa Juan Pablo II al designar en mayo como nuevo arzobispo de Sevilla a un joven franciscano que Pablo VIhabía convertido en prelado de Tánger. Meses después del nombramiento llega a la sede de San Isidoro, por fin, ese joven fraile “experto en islamismo”, según había avanzado la prensa de Madrid, para sustituir al cardenal Bueno Monreal, el que ayudó a la Transición desde los despachos del poder eclesiástico y el que participó en las sesiones del Concilio Vaticano II. Cuando Carlos Amigo aterriza en San Pablo, un reducido grupo de sacerdotes lo espera en el aeropuerto. Entre ellos está Ángel Gómez Guillén (Sevilla, 1943), que fue su primer secretario, quien lo llevó a conocer todos los pueblos a bordo de un caluroso Seat 127 de color amarillo.

Gómez Guillén es a la liturgia en Sevilla lo que Ayarra al órgano. Y como experto en la materia, le ocurre lo que a tantos vecinos de esta ciudad, que es más reconocido fuera que dentro, más valorado en Roma que en algunas parroquias hispalenses donde los curas se colocan el micrófono de solapa cual Matías Prats y que a la hora de la plática se dan paseos por el templo. Esos mismos curas que permiten que el padrino de turno tenga su minuto de gloria en el altar (speech, lo llaman los cursis) para hablar de los novios, todo muy al estilo americano, todo muy litúrgico por las que hilan. Una verdadera paliza que por momentos alcanza cotas de tortura.

Este canónigo con dignidad de chantre podría escribir la biografía más exclusiva del cardenal Amigo, al que ha acompañado desde muy cerca durante sus casi treinta años de pontificado en Sevilla. Pocos curas pueden presumir de haber estado junto a monseñor Amigo antes incluso de que el hermano Pablo se convirtiera en el Gran Hermano del cardenal.

Tal es su proximidad con el fraile de Medina de Ríoseco que siempre se dice que Gómez Guillén forma parte de la Casa Civil del cardenal. Tras la recepción en el salón del trono por la festividad de San Carlos Borromeo, Gómez Guillén era invitado fijo al almuerzo especial. DonCarlos invitaba cada año a algún vicario distinto. Los únicos comensdales que repetían siempre eran Gómez Guillén y Pablo Noguera. Y las hermanas de Jesucristo Sacerdote, claro. Si Gómez Guillén era la Casa Civil del cardenal, hay quienes decían, con cierto colmillito, que la Casa Militar eran los inolvidables García Vázquez, Navarro Ruiz y Garrido Mesa, el tridente rojo con el que don Carlos se garantizaba una interlocución fluida con el poder socialista que, como él, llegó a España y a Andalucía en el 82 para quedarse. Los reyes y los príncipes no tienen amigos. Si alguien puede ser calificado de amigo de monseñor Amigo Vallejo –un príncipe de la Iglesia– es Gómez Guillén.

La trayectoria de Gómez Guillén no está marcada por grandes cargos pese a su proximidad con quien ha mandado casi tres décadas en la Iglesia de Sevilla y es cardenal desde 2003. Su principal objetivo ha sido siempre ser un cura libre, no atado a ningún lugar, con los compromisos justos, al mismo tiempo que entregado en todo momento a las tareas de su ministerio. Tan libre que nunca ha usado su condición de canónigo para pedir un piso en la Plaza del Cabildo, lo que le ha garantizado coger distancia con ese runruneo cotidiano de la Catedral que tiene poco que ver con asuntos de altar y coro. Ni siquiera ha querido estar al frente de parroquias más tiempo del necesario. En tiempos fue párroco de Burguillos y Arahal, donde lo siguen reclamando. Si fuera periodista sería un freelance, dispuesto a tapar un hueco para decir misas en Santa Clara, el Salvador, el convento de la Encarnación… Pero sin periodicidad fija.

Asesor de la Conferencia Episcopal Española en asuntos de liturgia, participó en el congreso internacional sobre la materia celebrado en Roma, en el convento de San Anselmo. Como en el pasaje de San Lucas, se sentó el último en la sala. Y la organización lo invitó rápidamente a tomar asiento entre los cardenales, arzobispos y principales especialistas del mundo.

Sevillano nacido en la casa de la calle Tetuán donde hoy sigue el azulejo del Studebaker, siempre bien acompañado a la hora del almuerzo por alguno de sus buenos amigos. Huye de la soledad a mediodía. Gómez Guillén ha sido feligrés del Salvador y nazareno de la Borriquita antes que sacerdote. Su vida gira en torno al templo barroco donde recibe culto el Cristo del Amor, de cuya cofradía es director espiritual. Pocos saben que este cura limpió plata antes de decir misa.

Gran impulsor del Instituto de Liturgia, donde se enseñan los gestos, signos y palabras que conducen a Dios, una suerte de coreografía sacra que se desarrolla en el altar y fuera del altar: cómo se mueve el cura, dónde tiene que estar colocados los acólitos, qué hay que decir y cuándo hay que decirlo, qué significado tiene el color de la ropa del oficiante, por qué se inciensa la mesa de celebración, etcétera. De lo visible, la liturgia, a lo invisible, que es Dios. Cuantísimo ha ayudado Gómez Guillén a las cofradías a saber de liturgia y a adaptarse sin tensiones a las normas emanadas del Concilio Vaticano II, las que dispusieron a la asamblea como parte fundamental de las celebraciones y promovieron el uso de las lenguas vernáculas y la comunión bajo las dos especies. Gómez Guillén es el guardián de los ritos que entendió todos los cambios, pero siempre sin menospreciar el Latín. De hecho, hoy es de los escasos sacerdotes de la diócesis que saben Latín y Griego. Porque hasta en la propia Catedral se ha terminado orillando el Latín por la sencilla razón de que los nuevos canónigos no tienen ni pajolera idea de la lengua de Cicerón, pues pareciera que la ESO se ha implantado también en los seminarios. Ha llevado al Instituto de Liturgia de Sevilla casi al mismo nivel que el centenario Centro de Pastoral Litúrgica de Barcelona. Durante muchos años ejerció como prefecto de Liturgia de la Catedral, lo que toda España pudo contemplar con ocasión de la boda de la Infanta Elena.

La vida es recordar las aulas de Salamanca en las que tenía como compañero de estudios a un tal Antonio Cañizares. Es evocar los años de párroco en Burguillos, donde un monaguillo se llamaba Alfredo Sánchez Monteseirín. Yechar de menos el instituto de bachillerato de Nervión donde impartió clases durante tantísimos años. Los alumnos siguen reclamando su presencia para bodas y bautizos. La vida es recordar el viejo San Telmo como lugar de formación de los futuros sacerdotes. Gómez Guillén es uno de los nostálgicos del palacio, pero siempre aceptó la operación de venta impulsada por el arzobispo Amigo y el presidente Rodríguez de la Borbolla. La vida es estar convencido de la utilidad del seminario menor como cantera de sacerdotes. Y ser siempre un cura de fácil acceso para todos los públicos, nunca parapetado en un despacho de la curia. La vida es procurarse unos días de retiro espiritual cada seis meses en algún convento perdido de España, adonde siempre llega al volante con escalas estratégicas en algún Parador. La vida es un café o una cerveza con Joaquín de la Peña o Francisco Cuéllar en los alrededores de la Catedral en las vísperas del Corpus o de la Virgen de los Reyes. Y, por supuesto, la vida es asistir todas las mañanas al coro de la Catedral, como está mandado, y cumplir cada Jueves de Corpus con el rito de entonar el Tantum Ergo en la misa de autoridades.

Gómez Guillén tuvo devoción por su madre. Siempre la atendió con veneración. Muchos cofrades recuerdan cómo este canónigo la llevaba en coche a las procesiones de gloria de los domingos, cómo estudiaba los recorridos para encontrar el sitio preciso donde aparcar para que su madre pudiera ver el paso de la Virgen desde el automóvil. No pocas veces el cofraderío, que reconocía a don Ángel, se quitaba de delante del coche para no interrumpir la visión. Nunca necesitó dar un speech para decir cuánto la quería. Obras eran amores. Y en eso fue también un liturgista perfecto.

El órgano es vital

Carlos Navarro Antolín | 3 de abril de 2016 a las 5:00

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CONTABA Aznar, en uno de esos libros que los ex altos mandatarios sacan al mercado para hacer caja, que cuando llegó a la Moncloa en 1996 sintió la necesidad de explotar el perfil internacional de una serie de españoles que, a juicio de su poderosa libreta azul, estaba desaprovechado o poco reconocido. En esas líneas se refería a Julio Iglesias, Norma Duval, Plácido Domingo… Españoles con trayectoria internacional que pasaron por el comedor del palacete presidencial para probar el postre de helado de moka luego del menú regado con Ribera del Duero. Entonces no se usaba el concepto de marca como ahora. El Gobierno de Rajoy mantiene hoy un comisionado de la denominada Marca España para vender las bondades del reino allí donde no somos siquiera paellas, toros, flamencas y cármenes cigarreras. La marca es mucho más que el perfil de personajes de trayectoria con cuenta inagotable en google, pero aquel presidente que comenzó a desfondarse en El Escorial con la boda pretenciosa de su hija puso tal vez los cimientos para unas labores donde la política y el márquetin comparten carril.

Si Sevilla algún día tomara como norma de cumplimiento cotidiano el reconocimiento de sus vecinos más ilustres y de sus hijos más notables, hay un canónigo que entraría de lleno en la lista de los que poseen eco mucho más allá de la Puerta de Jerez. Y usamos como referencia la Puerta de Jerez porque hay sevillanos de los que salen todos los días en las secciones del colorín que tienen que conectar el romming en cuanto se alejan una mijita del Prado de San Sebastián; sevillanos que no pasan de ser chuflas de actividades difusas, paseadores de la agenda del Colegio de Abogados por Tetuán, o vivaqueadores profesionales de las cafeterías del centro.

–¿Y este tío tan alto que sale en tantos retratos de qué trabaja realmente?
–Pues ni idea. Ahí lo vinculan a una firma impronunciable donde no sé qué hace. En estos casos, aplica la norma:si fuera magistrado del Tribunal Supremo lo pondrían muy clarito, con todas sus letras.

José Enrique Ayarra Jarné (Jaca, Huesca, 1937) lleva más de cincuenta años como organista titular de la Catedral de Sevilla. Es un cura, un canónigo, un organista. Un aragonés que se afincó en Sevilla hace muchísimos años. Yaquí sigue. Un vecino de la ciudad que ha tocado los órganos de las catedrales de medio mundo, que tiene una proyección personal internacional que encuentra pocos ejemplos similares en esta misma ciudad. Es una suerte de Willy Fog de los teclados de catedrales, basílicas, templos, monasterios, orquestas y universidades de los cinco continentes.

–Buenas tardes, quería hablar con don José Enrique.
–Pues no está.
–¿Sabe usted si vuelve pronto de la Catedral o se habrá parado quizás en el Horno de San Buenaventura?
–Mire usted, me parece que tardará un poquito porque está dando un curso en la Universidad de Hiroshima.

Ayarra no es sevillano. En Jaca le tienen veneración. Es un vecino ilustre de Sevilla desde los tiempos del cardenal Bueno Monreal que cualquier gobierno hábil y con criterio, más allá de la Fundación Focus, hubiera convertido hace tiempo en santo y seña de la Sevilla más internacional. Es uno de los grandes desconocidos en la ciudad ingrata por antonomasia, que devora a sus hijos con crueldad de Saturno. Una urbe que a veces cree que hasta ha pagado con generosidad por el solo hecho de dejar caer alguna medalla. Ayarra es el trabajo callado como organista de la Catedral, sublime contradicción que refleja una vida que bien podría titularse Al sacerdocio por la música. Es un guardián de la pureza de los sonidos de la Catedral y un dinamizador del calendario cultural de la ciudad a base de organizar espléndidos conciertos de órgano.

Bueno Monreal lo trajo a Sevilla por sus evidentes capacidades musicales. Ayarra se trajo a sus hermanos. Entró como beneficiado del Cabildo. En aquellos años los canónigos y los beneficiados tenían retretes y vestuarios distintos. Con los años, los beneficiados pasaron a ser canónigos en toda regla. Yse dice que algún beneficiado experto en libros corales tardó mucho en ser canónigo como castigo del cardenal Amigo, pero eso es otra historia y otro personaje…

Como canónigo es fiel a la misa de 8:30 en la Capilla de la Antigua, donde tiene verdaderos seguidores que serían la envidia de cualquier hermandad con los bancos del quinario semidespoblados. También es un verso suelto del Cabildo. Ayarra va por libre. Dicen que tiene la cuota de vanidad y soberbia propia de los creadores. Se muestra distante de las miserias del Cabildo, ajeno a las cuitas del funcionamiento cotidiano del templo. Yeso alguna vez ha provocado recelos en los compañeros de canonjía. Desde que fue trasplantado con el riñón recibido de su hermano el médico, fallecido en accidente de tráfico, dicen que Ayarra es otro, mucho más próximo y familiar. Yel órgano, que ya era fundamental en su vida, ironías del destino, ahora resulta vital.

Francisco Navarro, el canónigo que concibió el modelo de Catedral que se financia gracias al turismo, tenía claro que Ayarra era un genio de la música. Tocó en la boda de la Infanta Elena en 1995, cuando se preocupó en tener un monitor de televisión a su lado para saber en qué momento exacto entraba el Rey con su hija del brazo e interpretar la Marcha Real. Yen la Plaza de San Pedro de Roma en 2003, cuando Juan Pablo II invistió a don Carlos como cardenal. Es un viajero consumado que acepta pocas disciplinas procedentes del exterior. Si está ensayando y se acercan los turistas, se adorna y se deja admirar. En oasiones deja entrar a los turistas en el coro y se da un baño de multitudes. Si en la Catedral se celebra un acto y él tiene que ensayar, no duden que el ensayo no se suspende. Lo dicho:es un verso libre. Y con música.

Al Cabildo lo convence siempre de la necesidad de dedicar partidas económicas al mantenimiento del órgano. El órgano de la Catedral sigue en construcción y cuando esté acabado será hijo de Ayarra, uno de los primeros de Europa y un orgullo para la ciudad que, como en tantas otras cuestiones de verdadero valor cultural, permanece ajena a cuanto ocurre.

Ayarra pertenece a esa generación de canónigos cultos, profundos y eficaces (haberlos haylos) que, además, se ha preocupado de estudiar la historia de la música en la Catedral de Sevilla. Es uno de los más prestigiosos músicos eclesiásticos con especial relevancia en los países asiáticos, donde raro es el año que no acude para dar algún concierto.

La vida es un ensayo por la noche, a solas en la Catedral. Una pequeña pausa para saludar a Alfonso Jiménez y Joaquín de la Peña que tratan sobre la logística del Jueves de Corpus. La vida es ensoñarse tocando todo tipo de composiciones, desde las más selectas a las más populares. En su repertorio le gusta combinar sonidos de su tierra con marchas de Semana Santa. No es un cura cofradiero, pero valora el papel de las hermandades en la religiosidad popular. La juventud son recuerdos de París, donde se formó. Yla vida es sentir orgullo cuando le dedican composiciones. Tiene más obras para órgano dedicadas a su persona que algunas vírgenes de pueblo por las que se paga para que tengan marchas ramplonas. La vida es clavar la mirada en las bóvedas mientras actúa, cuando toca ese organo hipercomplejo y colosal de la Catedral sevillana, más electrónico que mecánico. La vida es estudiar y recuperar los órganos de viejos monasterios y de capillas escondidas. La vida es ser anfitrión de grandes músicos extranjeros, a los que anima a tocar el órgano de la gran montaña hueca que es el templo sevillano; es destinar a fines benéficos de la infancia el dinero que recibe por ciertos conciertos.

La música es sagrada para este aragonés que conserva el vozarrón de chicarrón norteño. No le gustan ciertas novedades, como cuando don Carlos introdujo flamenco en la conmemoración de la beatificación del gitano Ceferino Giménez Malla, el Pelé. Medio teatro de la Maestranza lo vio levantarse indignado en medio de un concierto navideño porque el director de la Sinfónica de aquel entonces había querido hacerse el gracioso “destrozando” la pieza que estaba interpretando. Aquello no era ni serio ni gracioso para nadie, pero para don José Enrique era una herejía.

Meticuloso en las ceremonias y en el coro a la vez que sumamente paciente con los cantores, es ante todo un maestro fino que sabe qué audiencia tiene delante. Es un placer escucharle explicar los órganos (en plural, como los Alcázares)en las vísperas del Corpus a un público nada avezado, como si estuviera explicando las piezas del barco pirata de Playmobil. Solemne, educado, culto, sufrido. Se queja poco, ni siquiera en los momentos delicados de su enfermedad. Sólo gruñe si el órgano falla. En esos casos son los alemanes de la casa de Gerhard Grenzing (Insterburg, 1942) los que atienden sus lamentos.

El arquitecto sin chaqué

Carlos Navarro Antolín | 30 de noviembre de 2014 a las 18:05

Alfonso Jiménez
El martes de Feria de 1997 subió hasta el Giraldillo acompañado por José María Cabeza y Juan Luis Barón, arquitectos técnicos, y por el vicario general de la Diócesis, Antonio Domínguez Valverde, de rigurosa sotana. En lo más alto esperaba una cuadrilla de operarios dispuestos a seguir las indicaciones para desmontar el Giraldillo y dejarlo depositado en la azotea de las azucenas. La Giganta fue literalmente bajada a brazos mientras don Antonio rezaba el rosario. Todos sintieron miedo. La operación era de alto riesgo. Ignoraban si la veleta saldría con facilidad o si tendría algún tipo de freno en el vástago. Ni siquiera sabían cuánto medía el vástago. O si el grado de oxidación del interior era elevado y podía dificultar la extracción. Se aprovechó a conciencia que media ciudad dormía tras la noche de la prueba del alumbrao y la otra media estaba trabajando. Al mediodía, la Giralda se quedaba sin Giraldillo y cesaban los bisbiseos de las oraciones de don Antonio. La ciudad indolente no se había enterado de nada. Ningún medio de comunicación, ningún avispado viandante. Estos hombres llegaron, subieron y bajaron la veleta. En tierra todo seguía igual, como cuando las tropas alemanas entraron en París y los parisinos seguían haciendo su vida. Una breve nota de prensa comunicó los hechos. Alfonso Jiménez Martín (Sevilla, 1946) es el maestro mayor de la Catedral que osó llevar al quirófano al principal símbolo de la ciudad tras años de observación y, sobre todo, tras leer que el catedrático José Luis Comellas afirmaba en uno de sus libros que la veleta pasaba demasiado tiempo en la misma posición. Un buen observador saca partido de lo que dicen otros finos observadores. La lectura de aquella aseveración provocó la reacción propia del hombre inquieto, el impulso necesario para cometer la locura. Si está documentado en castellano antiguo que “doce moros” trasladaron la veleta recién fundida desde San Bernardo hasta la Catedral, una cuadrilla de operarios podría bastar para bajarla. Y así fue.

Lleva enamorado de la Catedral desde 1979, cuando en un paseo vio (siempre observando) que una azucena de la Giralda estaba a punto de desprenderse. Lo denunció ante la Delegación de Cultura, donde le pidieron si él mismo podía hacerse cargo de la restauración urgente, valorada en 25.000 pesetas. Y aquello, como la teja desprendida de la casa de Ben-Hur, fue el comienzo de una larga película. Casi 40 años de relación con el monumento más importante de la ciudad. Un arquitecto que hasta entonces no había tenido más contacto con la Iglesia que la que mantenía con su párroco de la Ciudad Jardín, donde fue criado en valores en un bloque de las denominadas viviendas colectivas, que son una suerte de corrales de vecinos.
Se llevó casi un mes viviendo en la Catedral con motivo de los preparativos de la boda de la infanta Elena en 1995. Consiguió que se aceptara su advertencia para que un retén de bomberos se situara discretamente durante la ceremonia a los pies del altar mayor. Convenció a la reina Sofía de que era inútil colocar ramos altos de flores, pues la gran montaña hueca que es la Catedral lo engulle todo. Y tal fue su labor y dedicación que la Casa Real le envió a última hora una invitación al enlace, cuando ya no había tiempo para encargar un chaqué. Consultó a su inseparable Francisco Navarro, el canónigo que revolucionó el modelo de gestión del templo, cómo debía proceder ante al tarjetón recibido.
–Paco, ¿qué hago?
–Ponte el traje oscuro y colócate la pegatina de un sindicato. Verás como nadie te dice nada.
Y allá que se fue a la boda en traje oscuro. El único invitado sin chaqué. Navarro iba ese día con sotana y fajín, indumentaria propia del diplomático del Vaticano que había sido con destino en África. Jamás se volvió a ver a este cura de esa guisa. Jiménez le pidió un favor al arzobispo: acceder juntos al Real Alcázar. Y así fue. Don Carlos entró acompañado por Isabel, la mujer de Alfonso Jiménez. “¿Quién será ella?”, se preguntaba el público curiosón detrás de las vallas. Y el maestro mayor de la Catedral entró junto al hermano Pablo.

Alfonso Jiménez se revuelve cuando ignora algo sobre la Catedral. Este catedrático impulsivo, inquieto, sin concesiones al tópico hispalense y con cierto aire para algunos a lo Sean Connery, nunca olvidará el día de Santiago de 2006. Los sensores colocados para la auscultación perenne de los pilares agrietados del trascoro detectaron movimientos de hasta tres centímetros en la piedra de la Catedral. Otra vez el temor a lo desconocido. El miedo. La alerta. Planteó al deán la conveniencia de desalojar el templo de turistas. Pasó la noche en la Catedral junto a Juan Luis Barón. La observación, esa suprema fuente de conocimiento, reveló que la dilatación se producía cada mañana. Y que la piedra volvía a su ubicación original por la noche. Se supo entonces que este gran templo respira hondo al amanecer y expira al anochecer. Se infla y se desinfla. No se trataba de nuevas grietas ni de nuevos riesgos.

Su relación con algunos de los grandes sacerdotes del pontificado de monseñor Amigo es absolutamente clave. Sobre todo con Francisco Navarro, aquel cura que sobrevivió como tal pese al revoltijo provocado por el Concilio Vaticano II, que hizo que la mayoría de sus compañeros de promoción colgaran los hábitos. Navarro, Garrido, García Vázquez… Sacerdotes que eran tildados de rojos por la Sevilla más conservadora y que siempre demostraron un amor, una capacidad de servicio y una lealtad a la Iglesia más allá de postureos de clergyman. Con Navarro se entendía con la mirada, con una socarronería deliciosa para los amantes de la ironía y de las cargas de profundidad. Navarro y Jiménez tal vez no sean para algunos los compañeros más idóneos para una tarde de Feria, de vino y jarana, pero nadie podía negar que entre ellos había un sentido del humor fino, para paladares exquisitos, que no pocas veces era el carril de desaceleración de las broncas que provocaba el día a día entre quienes trabajaban juntos con tanto presupuesto y tan alta responsabilidad.
En esa capacidad de observación innata al personaje figuran los turistas, los amos y señores de la Catedral. Nadie como el maestro mayor sabe cuál es el sitio en el que los visitantes se quedan boquiabiertos al comprobar la colosal grandiosidad del interior del templo. Se trata justo del momento en el que abandonan el pabellón de entrada y terminan de recorrer –un poco agachados los de mayor altura– el túnel de los vestuarios de los canónigos. En ese instante es usual oír una exclamación:“Oh, my God!”. En el caso del turismo nacional, la expresión es algo más prosaica: “¡Coñoooo!”.
En la Catedral fue testigo del interés de monseñor Amigo por comunicar en qué capilla quiere recibir sepultura. El vicario Domínguez Valverde, tal vez tensionado por el tema de conversación, zanjó el asunto: “Usted preocúpese de morirse que nosotros ya nos preocuparemos de enterrarle”.
Navarro murió. Jiménez dejará su puesto en la Catedral el 31 de diciembre. La película de Ben-Hur tiene un final feliz. Hace pocos días le preguntaron mientras disfrutaba de la comodidad de un mullido sofá.
–¿Usted cree más en Dios tras llevar casi cuatro décadas mimando a la Catedral?
La respuesta fue un silencio, después una sonrisa a medias y, de remate, una mirada a las alturas. Seguro que el mismísimo Francisco Navarro hubiera reaccionado igual. Tal vez la fe, como el movimiento, se demuestra observando. Y en la Catedral caben todos. Hasta los cables que siempre se preocupa en ocultar.

El tesorero de Dios

Carlos Navarro Antolín | 21 de septiembre de 2014 a las 5:00

CURA MIGUEL CASTILLEJO
DE tanto decir amén la misa no sale bien. Lo ha tenido muy claro este sacerdote que siempre ha ido más allá del altar y el coro, ajeno al qué dirán por las amistades peligrosas y que ha navegado con soltura por las aguas del poder económico y su pariente más próximo: el poder político. Miguel Castillejo Gorráiz (Fuente Obejuna, 1930) se ha hartado de dar créditos como presidente de Cajasur, se ha hartado de colocar en plantilla a familiares de curas y amigos y se ha hartado de poner dinero para causas sociales, benéficas y de conservación del patrimonio, pero también para la revitalización del sector industrial en Córdoba (la naranja, los cárnicos, el cobre, el mueble). Su problema, quizás, fue verse superado por los tiempos. La sociedad, y con ella la Iglesia, pasaron página en muchos usos y costumbres que dejaron al cura Castillejo convertido en una silueta en blanco y negro. Su estilo como presbítero estaba más ligado a Pío XII que a Juan Pablo II, con formas majestuosas de celebración y con homilías en un tono más propio de tribunal de tesis doctoral que de púlpito para llegar a todas las capas de la grey. Sus obsequios a políticos y grandes clientes de la entidad dibujaban un perfil dadivoso que no encajaba en la condición de clérigo. Hoy ni siquiera encajaría en la de presidente de una entidad financiera en una España en la que toda familia tiene uno o más miembros en el paro. Aplicaba a la perfección el viejo dicho:Al amigo, todo. Al enemigo, nada. Y al indiferente, la legislación vigente. Si el amigo le pedía veinte libros, aparecía un mensajero con dos cajas de veinte cada una.
“Espero no perder aquí la fe”, susurró un alto directivo a los pocos meses de estar en los despachos de Cajasur. Don Miguel cultivaba el buen yantar. En una primera etapa, si el cliente que había sido recibido sobre la hora del Ángelus era un VIP, el mismo don Miguel lo invitaba a almorzar a la recoleta sucursal de El Caballo Rojo. Si no era VIP, lo hacía un directivo. En una etapa posterior, las comidas fueron casi siempre en su despacho, en una mesa noble que sólo era cubierta parcialmente con manteles individuales. El camarero, de batín blanco, servía aperitivos de chacinas y un menú de tres platos: crema de verduras, un pescado y una carne. Todo rematado con postres y café. Y al término de cualquier reunión con don Miguel, se podía salir por donde se había entrado o por una puerta trasera. Ironía del destino, presagio de la arquitectura, la presidencia siempre tenía conexión directa con la calle.
Este tesorero de Dios vio a los indios cercando el fuerte de Cajasur cuando el atentado del 11-M desalojó al PP de la Moncloa. En su despacho le preguntaron: “¿Qué va a ser de Cajasur, don Miguel? Tenemos a Magdalena [Álvarez] cada día más encima y ahora…”Y Castillejo comenzó una larga respuesta que empezaba en 1864 con la narración de la fundación de aquel Monte de Piedad donde Cajasur tenía sus raíces. Y siempre, siempre, hablaba en primera persona del plural, aun refiriéndose a tiempos en los que él ni siquiera había nacido. Lo mejor fue el final, con don Miguel de visionario: “…Yen el año 2235 habrá un canónigo de Córdoba que estudiará nuestros legajos. La Junta de Andalucía no existirá. Pero la Iglesia, sí. Yla Caja será otra vez de la Iglesia”.
En los peores tiempos de confrontación con la Junta de Andalucía, don Miguel siempre encontró consuelo en el hombro del cardenal Amigo. Poca gente sabía que el presidente de Cajasur pasaba temporadas hospedado en el Palacio Arzobispal de Sevilla, en una suerte de retiro lejos de los focos. El cardenal siempre lo tuvo en alta estima. El dadivoso don Miguel pagó la millonaria restauración de una veintena de campanas de la Giralda que hubo que trasladar a un taller especializado en Alemania, como pagaba no pocas obras para la conservación de bienes inmuebles de la diócesis hispalense. Fue distinguido por el Cabildo hispalense, cómo no, con el título de canónigo honorario. Días antes de las grandes celebraciones, alguien se encargaba de telefonear a la Catedral de Sevilla para rogar que don Miguel fuera sentado “junto a los obispos”. Y siempre se le explicaba al intermediario que si don Miguel quería destacar, era mucho mejor que fuera sentado como canónigo honorario, porque entre las decenas de obispos con mitra quedaría eclipsado. Este canónigo penitenciario de la Catedral de Córdoba –un puesto que ganó con todo mérito por oposición– siempre se ha quedado con la pena de no ser obispo, pese a que ha mandado mucho más que la gran mayoría de obispos y hasta envió a paseo a cierto prelado de Córdoba con el aval de Roma. En la Ciudad Eterna se solía hospedar con su estado mayor en la distinguida Hostería del Sol. En octubre de 2003, en la celebración del cardenalato de monseñor Amigo en el Colegio Español de Roma, se pensó dos veces si concelebrar o no la eucaristía dada la gran cantidad de presbíteros. La bulla nunca fue de su agrado. En ellla se destaca menos.
Acostumbrado a mandar, a saltarse las comisiones de evaluación de riesgo para dar créditos a quien consideraba oportuno, a la tapicería de los Audi y a la fría compañía de los escoltas, no faltaba a la cena de inauguración de la caseta de Cajasur en la Feria de Córdoba, una caseta con las dimensiones de un estadio. Un año se produjo una situación esperpéntica. El concesionario de la caseta, al que se le había pedido algún espectáculo especial para esa primera noche, contrató a bailarinas para animar los postres. Un cañón de niebla fría se activó para anunciar la salida de las señoritas, ataviadas como gogós, de las que se adivinaban entre el humo los destellos de las lentejuelas de los bikinis. Don Miguel y los canónigos del consejo de administración pusieron cara de circunstancias, algunos se levantaron, pero todos aguantaron con templanza ante la rápida intervención de algunos directivos con ganas de correr a gorrazos al concesionario en presencia de cientos de trabajadores con sus familias.
–¡Por favor, sáquelas de aquí! ¡Y mientras eche más niebla, más niebla, que se vean lo menos posible! ¡Déle, déle al cañón!
Cómo no recordar las largas colas el día de San Miguel para felicitar al presidente en una ceremonia propia del salón del trono. Ola cena de cada verano en Marbella con decenas de profesionales de la caja. Don Miguel lucía igual el bonete en las celebraciones litúrgicas que el traje y la corbata para entenderse con socialistas y comunistas la mar de bien en ese estilo que alguien bautizó como la “hipocresía institucional”.
Se hizo con el precioso Palacio de Viana para el patrimonio de la caja de ahorros, convertido en un Castelgandolfo particular, donde recibir a las visitas más especiales entre los destellos de suntuosas vajillas envitrinadas. En los reposabrazos de aquellos sillones descansaban unas manos con dedos tan gruesos como morcones. “¡Don Carlos es un cardenal propio del Renacimiento!”, le dijo al periodista sevillano en una entrevista. A su término, llamó a solas al responsable de prensa de Cajasur, al que cuchicheó instrucciones.
–Don Miguel quiere que te dé un paseo en coche por Córdoba y te invite a merendar antes de que cojas el AVE de regreso.
Hoy preside la fundación que lleva su nombre. Se comunica por correo electrónico con viejas amistades y antiguos colaboradores, sobre todo para felicitarles la onomástica con puntualidad y enviar algunos libros de regalo con dedicatoria: “Espero que te guste”.
Don Miguel ha salido limpio de las desagradables cuitas que dejó la muerte de la caja, cuyo cadáver envolvió cual José de Arimatea un cura que hoy es obispo auxiliar de Sevilla: Santiago Gómez Sierra. Don Miguel no ha sufrido ni un roce. Y algunos de sus enemigos entran y salen hoy de los juzgados entre alcachofas de la prensa. Su mayor problema fue que no supo irse a tiempo, que no aceptó la llegada de la jubilación. Pero nadie puede discutirle que recibió una caja de zapatos que convirtió en una de las grandes cajas de ahorro de España. Al final, técnicamente, lo echó la Iglesia al reformar el estatuto del Cabildo. Y no el PSOE. Siempre te echan los tuyos. Los adorables compañeros de canonjía. De altar y coro. Y ahora es el tesorero emérito de Dios, viendo en el telediario cómo se sientan en el banquillo algunos de sus viejos conocidos.